En ciertas ocasiones la política en sus niveles más altos se inspira, trasciende la burbuja que parecería serle inherente y capta el espíritu de una época. Es cierto, por supuesto, que esas ocasiones son más bien raras: la dirigencia política acostumbra caminar muy retrasada respecto al pensar y al sentir de un pueblo en cualquier momento, suele ser mucho más conservadora que el promedio incluso por razones de autopreservación. Al ocupar en sociedad un lugar de cierto privilegio, el sector dirigente suele tomarse las cosas con mucha parsimonia y sin apuro. Esa es la burbuja y por eso son escasas las veces en las que la dirigencia logra hacer una correcta interpretación del sentido común de una época. La política en el sistema de representación que llamamos “democracia” desde la modernidad en adelante es la negación misma del sentido común, allí donde los representantes se constituyen en una vanguardia intelectual respecto a sus representados. Y el resultado práctico es esa desconexión entre las ideas de las mayorías y el discurso ideológico de los representantes en la política entendida como una actividad de pocos.

Pero esas ocasiones existen y una de ellas tuvo lugar en la última semana del mes de agosto, cuando el presidente de la Nación Alberto Fernández anunció informalmente la realización de una marcha de la “gente de bien” para cuando pase la coyuntura del coronavirus. Allí, en esa expresión, el presidente Fernández hizo una impecable lectura del sentido común al anunciar de modo informal una futura concentración de los “buenos” en tanto haya cesado la amenaza de contagio. Al decirlo y al utilizar la categoría “gente de bien”, en un destello Fernández expuso con mucha sensibilidad la idea de una permanente división social entre buenos y malos que existe desde siempre y que, por otra parte, se agudiza de tiempos en tiempos. El concepto de “gente de bien” es muy similar y está emparentado con otro concepto, el de “gente bien”, que fue de sentido común hasta hace muy poco y que refería a una cuestión de clase social donde los ricos y la clase media —que entra siempre “de colada” al exclusivo club, motu proprio— se diferenciaban de la “gente mal” por exclusión, de las clases populares trabajadoras percibidas como socialmente inferiores. La existencia de una grieta definitiva entre dos grandes grupos sociales es innegable, puede rastrearse en toda la historia de la humanidad y es fácil concluir que Alberto Fernández se refería a esa división, poniendo de manifiesto su pertenencia al grupo de los “buenos” y ubicando a todos los demás en la categoría opuesta, la de los “malos”.

El presidente Alberto Fernández, en una de sus intervenciones públicas. Quizá de manera involuntaria o inconscientemente, Fernández expresó aquello que está en el fondo del actual problema argentino: el que la grieta haya dejado de ser política y haya pasado a ser moral e intelectual. Ya no se trata de ideas distintas, sino de una lucha entre buenos y malos, entre superiores e inferiores. Y eso nunca termina bien.

Esa idea, la de que la sociedad está compuesta por dos grandes grupos con los buenos de un lado y los malos de otro, es la que circula hoy y siempre en el sentido común de los argentinos. Eso fue lo que Alberto Fernández supo interpretar en su discurso ideológico, pero en ello no habría ninguna novedad de no mediar algunas circunstancias que están modificando la normalidad de siempre. En condiciones consideradas normales, el hallazgo de una sociedad partida en dos grandes bandos donde uno de los dos se considera superior no constituiría ninguna originalidad y el único mérito de Alberto Fernández habría sido el de reproducir en su discurso el sentido común. No es así. Hoy se da la particularidad de que en la división entre “buenos” y “malos” no queda del todo claro quiénes son los unos y quiénes son los otros.

Entiéndase bien: no es que escaseen las certezas, sino que sobran. En circunstancias dichas normales la división entre la “gente bien” y la “gente mal” se da consuetudinariamente y queda invisibilizada la grieta, esto es, nadie discute los juicios de valor por los que, por ejemplo, los ricos y la clase media son “bien” y las clases populares trabajadoras son “mal”. En ese ordenamiento por clases sociales se forma una hegemonía y el consenso se logra mediante la aquiescencia de los subalternos. La expresión “gente bien” circula entre los que no lo son, entre los que saben que no lo son, para referirse a los que sí lo son. Y se establece una especie de paz de los cementerios, como solía decir Eduardo Galeano, donde la grieta existe, es de clases sociales y se acepta como si se tratara de un hecho natural. En una palabra, para la normalidad del sistema el juicio de valor que asigna los roles de “gente bien” a los que están en la punta superior y en la mitad de la tabla y de “gente mal” a los que pelean el descenso, la grieta de clases sociales no supone un conflicto visible porque las propias clases se definen, si se quiere, objetivamente.

Autopercepciones

No es lo que ocurre en la actual grieta donde el presidente Alberto Fernández asigna a los propios el valor de “gente de bien”, a la vez que hace lo inverso respecto a los demás, tácitamente, calificándolos de lo opuesto. Aquí no existe la normalidad que se quiere objetiva al fundamentarse en criterios económicos, que es la estabilidad estamental de las clases sociales. El hallazgo o la lectura del sentido común que hace Fernández es el descubrimiento de una certeza que no viene dada por criterios objetivos: la de que la “gente de bien” es la que comulga con determinadas ideas y la “gente de mal”, por exclusión, es la que tiene las ideas contrarias. En ese sentido y al prescindirse del criterio social que da el orden establecido por el esquema de propiedad privada, se forman grupos transversales y al interior de estos, tanto entre los “buenos” como entre los “malos”, habrá individuos de cualquier clase social. ¿Por qué criterios, entonces, se definen quiénes serán los buenos y quiénes serán los malos en la grieta?

El concepto binario de la eterna lucha entre el bien y el mal, que aparentemente existe en la cultura general de la humanidad desde siempre y que fue retomado, reinventado y relanzado con mucho éxito por el cristianismo. El problema del concepto no es que sea erróneo, puesto que existen efectivamente el bien y el mal, sino que al aplicarse al debate político da como resultado el terrible empate allí donde nadie se autopercibe del lado del mal.

Los criterios son morales e intelectuales, siempre de acuerdo con la escala de valores de cada individuo, que es una cosa siempre muy relativa. Ya no es como en el asunto de la “gente bien”, cuando los criterios económicos les otorgaban a los “bien” una superioridad de tipo social, una superioridad de clase que podía cuantificarse en dinero y en patrimonio. Actualmente la superioridad es intelectual y es moral, es una cuestión de considerarse uno mismo inteligente y bueno en oposición a los demás, que lógicamente serán los malos y los estúpidos o no inteligentes. Y eso es absolutamente subjetivo. ¿Cuáles son los criterios prestablecidos para definir quiénes son más inteligentes y mejores? ¿Quién juzga esa cuestión? Pues nadie más que uno mismo y en su propia escala de valores. Por eso lo subjetivo y por eso, como veremos, una situación de tablas. Una cuestión de un empate que se da por la inexistencia de árbitros o jueces competentes.

Como casi todo en la actual posmodernidad, que suspende todas las certezas que fueron la base de la modernidad anterior, aquí lo que hay es una readecuación de la escala de valores, lo que en sí no es bueno ni es malo. Cada nueva era llega con su propia escala de valores y la impone en el tiempo hasta llegar a ser dominante. En la posmodernidad es un valor positivo la autopercepción, esto es, la definición del ser en base a cómo el sujeto se percibe a sí mismo y no a otros criterios objetivos o convencionales. En una palabra, aquí el que se perciba a sí mismo bueno lo será y el que se perciba inteligente también lo será. Y estará, por lógica, socialmente autorizado a poner al otro distinto en las categorías diametralmente opuestas sin que nada o nadie arbitre en esas definiciones. En esta posmodernidad lo que vale es la autopercepción y todo lo que de ella resulte, como por ejemplo la taxonomía del otro.

Representación artística de la caída de Acre. Las cruzadas fueron incursiones occidentales en el Medio Oriente con el objetivo de controlar las rutas comerciales. Pero ese objetivo fue disimulado en consignas “santas” y eso mismo tuvo lugar, guerras santas en las que en ninguno de los bandos existió el cuestionamiento sobre las razones reales de la masacre. Los involucrados fueron a imponer su superioridad moral e intelectual, aunque los organizadores querían las rutas de comercio con Oriente para hacerse más ricos.

Aquí empieza el problema, porque si la ubicación en la escala de valores es un asunto de autopercepción y es así una cosa subjetiva, entonces lo que hace el uno también puede hacerlo el otro. Si en uno de los extremos de una grieta —que por otra parte ya dejó de ser política hace mucho y pasó a ser justamente una grieta moral e intelectual— van a considerarse más inteligentes y mejores que los demás, nada impide que del otro lado de la grieta pase lo mismo, rigurosamente lo mismo. Nada lo impide y es precisamente eso lo que está ocurriendo en los tiempos que corren: no hay nadie que no esté absolutamente convencido de estar del lado de la verdad y de la bondad y, en consecuencia, nadie duda de que el otro ideológicamente opuesto sea la imagen de la corrupción moral y la decadencia intelectual. Lo que pasa hoy no solo en la Argentina, sino en todo el mundo, es que la grieta no separa a opuestos con diferentes ideologías. Lo que hay en cada lado de la grieta son convicciones profundas sobre uno mismo y sobre el que no está de acuerdo con uno. Específicamente hablando y en unos términos que están al alcance de la comprensión general, el kirchnerista está convencido de que es moral e intelectualmente superior, mientras que el antikirchnerista cree exactamente lo mismo, pero al revés y en espejo. Eso es un empate.

Es un error creer que el opuesto conoce y admite ideológicamente su error. Más bien todo lo contrario: nadie se autopercibe moral e intelectualmente inferior, aunque en efecto lo sea. De no existir un código fijo que lo determine, no hay forma de convencer al otro de que hace el mal o de que se equivoca. Y el código fijo ya no está, murió con la modernidad industrial y sus certezas, por lo que en base a la autopercepción subjetiva no hay posibilidad de resolver el problema. Debería quedar claro a esta altura del partido, como suele decirse, que es imposible convencer a nadie realmente si no existe una verdad fija para lograr ese convencimiento. Si seguimos luchando para que “ellos” nos entiendan a “nosotros” y vean al fin que cometen un error al pararse del lado equivocado de la vida es simplemente porque seguimos atados a la modernidad y tenemos aún la fe en que la razón se impondrá después de todo.

Dramática imagen de la grieta moral e intelectual en Brasil, durante el proceso electoral que dio como resultado el triunfo de Jair Bolsonaro. El grito furioso y el ataque frontal de un partidario de Bolsonaro contra un simpatizante del Partido de los Trabajadores denotan eso mismo, la certeza absoluta por parte del primero de su propia ubicación en el lado del bien. Al no lograr convencer de ello al que piensa distinto, aparece la violencia que es la guerra. Una guerra santa cuyas consecuencias suelen ser nefastas para los involucrados que la luchan de a pie, en la infantería: las mayorías populares.

Eso no pasa hoy y quizá no haya pasado nunca, lo que constituye una perspectiva todavía más oscura de cara al futuro. Y es que si la modernidad fue un gran relato lleno de anomalías, como parecería efectivamente haber sido, existe la posibilidad de que ni siquiera los valores fijos sean suficientes para dirimir las disidencias y hacer el consenso necesario para avanzar. La historia de la modernidad da ejemplos de ello, como en el caso de los nazis en Alemania. En cierto momento del desarrollo histórico, Occidente consideró que el nazismo era intelectual y sobre todo moralmente inferior, procediendo a su eliminación mediante el uso de la fuerza brutal de la guerra. Pero los nazis no estaban de acuerdo con eso, sino más bien todo lo contrario. Desde su punto de vista subjetivo, los nazis se autopercibían la raza superior en todos los aspectos y basados en esa misma percepción se dispusieron a eliminar al otro diferente y luego a hacer la guerra total contra los occidentales, a los que también consideraba inferiores. Una situación de tablas que solo pudo resolverse a los tiros allí donde nadie iba a lograr convencer al de en frente. ¿Y si, en efecto, fuera humanamente imposible ese convencimiento?

El empate es la derrota de ambos

Habiéndose visto los antecedentes, el panorama en la Argentina de la grieta es oscuro. En estos momentos la sociedad argentina se encuentra en una situación tal que prácticamente nada puede hacerse sin que uno de los dos sectores mayoritarios de la política intente y logre sabotear la iniciativa. Pero lo fundamental de esa discordia generalizada es que no tiene lugar porque la calidad de lo propuesto sea mala, sino porque se descalifica de entrada al que hace el proyecto y trata de concretarlo. Si bien en un comienzo parecía que el gobierno de Alberto Fernández había logrado el nivel de consenso suficiente para hacer ciertas transformaciones, pronto se vio que la grieta está aún muy lejos de cerrarse. La idea de un impuesto a los más ricos y hasta el proyecto de estatización de la empresa Vicentín son claros ejemplos de la profundidad del problema, ya que allí había dos proyectos orientados a favorecer a la enorme mayoría y, no obstante, fueron resistidos por el sector social cuya ideología rectora se basa principalmente en los valores de la clase dominante y oligárquica. Por eso, en vez de pensar, de hacer las cuentas en frío y concluir que un impuesto sobre los más ricos de la sociedad podría probablemente revertirse en una mejor calidad de vida para todos los demás, lo que el sector “contreras” hizo fue oponerse y hasta tomar las calles para expresarse en esa oposición. No se lo pudo convencer, no hubo argumento lo suficientemente bueno para persuadirlo. “Un momento”, habrá pensado el atento lector. “Si no entienden eso es que no van a entender nada, quizá no haya forma de convencerlos”.

Estudiantes alemanas aprendiendo la diferencia entre arios y judíos durante el III Reich. Hoy, con el diario del lunes, es sencillo para la mayoría determinar que allí estaba el mal y que el bien, por otra parte, estaba en las potencias occidentales y la Unión Soviética, cuya alianza derrotó por la fuerza a Hitler y terminó con el nazismo en Alemania. Pero durante la coyuntura esa escala de valores no era universal. De hecho, los nazis se consideraban a sí mismos intelectual y moralmente superiores a todos los demás, sobre todo a los judíos. Y tuvieron que ser “convencidos” por la fuerza de que eso no era así. La modernidad también tuvo sus grietas y sus guerras santas.

He ahí la conclusión a la que nadie quiere llegar. Si fuera realmente imposible convencer al otro de que defender a las grandes fortunas del país o los chanchullos de una empresa privada y evasora es un error, la perspectiva sería bastante oscura, aunque no deja de ser absolutamente lógica. Si la grieta es un asunto de definir quién es moral e intelectualmente superior, entonces difícilmente podría ser una grieta política, esto es, no podría tratarse de este o de aquel desacuerdo puntual. No es que se hayan opuesto a la estatización de Vicentín, al impuesto a las grandes fortunas o a lo que fuere. Se oponen al otro que presenta esos proyectos en el contexto de un mensaje ideológico. Ningún “contreras” se fija realmente en el contenido de los proyectos y mucho menos en la argumentación lógica empleada en su defensa. A partir del momento que desde el lado “contreras” se olfateó algo de kirchnerismo en el gobierno de Alberto Fernández, en ese mismo momento se terminó la idea de la conciliación. Muy poco duró, a decir verdad. Y ni siquiera fue necesario mostrar demasiado kirchnerismo y menos que menos peronismo, puesto que el gobierno de Fernández tiene muy poco y nada de ambos.

Ahí está la evidencia de que el “contreras” considera intelectual y moralmente inferior al kirchnerista, no lo tolera y jamás accederá a ser funcional a su triunfo, aunque el resultado de esa resistencia sea la debacle generalizada. Y lo mismo con el kirchnerista respecto al “macrista”, que es como se suelen calificar erróneamente a esos “contreras” que a todo se oponen cuando el animador es el otro. Cuando el kirchnerista advierte la presencia de “macrismo” en lo que fuere, en ese preciso momento deja de escuchar y se cierra en sus propias convicciones. ¿Por qué? Pues por eso mismo, porque entre kirchneristas y “macristas” hay un abismo infranqueable: la grieta moral e intelectual donde en ambos lados existe la certeza de la superioridad propia y nadie va a convencer a nadie de nada. No se supera la situación de empate y mientras tanto quedan trabadas todas las iniciativas cuyo objetivo es salvar la patria.

Sergio Massa es uno de los cisnes negros en la hipótesis de buenos todos de un lado y malos todos del otro. Si el kirchnerismo representa el bien absoluto y de “este lado” están todos los buenos, ¿cómo se explica la presencia en el campo de un Massa, notorio agente del imperialismo occidental de las corporaciones para la destrucción, la fragmentación y el remate de la Argentina? Como la guerra es santa y no admite argumentaciones, nadie se detiene en estas cuestiones y en ninguna cuestión en absoluto.

Así es cómo el empate en la grieta intelectual y moral se convierte en la derrota de todos los involucrados, incluso de los que no toman parte en la lucha. La solución lógica sería convencer a uno de los bandos de eso mismo, de que se deje convencer, pero esa es la imposibilidad. Ambos bandos están ya convencidos al 100% de sus propias convicciones y principalmente del error inherente a las convicciones del otro, nadie está dispuesto a ceder un centímetro. ¿Podrá desatarse el nudo gordiano? De acuerdo a la experiencia histórica está claro que no y que cuando la grieta se convierte en una controversia permanente que no puede ser arbitrada ni siquiera por una escala de valores común —o cuando esa escala de valores se pierde, lo que es lo mismo—, la tendencia es siempre a la guerra. Y en este caso a una guerra santa, un conflicto que no se resuelve sin la destrucción de uno de los bandos porque ambos tienen o creen tener convicciones innegociables. No se trata de una crítica a ninguno de los dos, ya hemos visto que es inútil intentar hacer ver que la verdad está en la resolución de los problemas y que eso no se logra sin consenso a cada momento. Es inútil querer explicarle a un “contreras” que su pretendida superioridad moral e intelectual es una quimera cuando su apoyo es siempre a gobiernos que hicieron saqueos, genocidios y corrupción galopante, a veces todo eso junto. Y es igualmente inútil explicar la imposibilidad de la homogeneidad de los bandos en “buenos” todos de un lado y “malos” todos de otro a un kirchnerista cuando “de este lado” hay un Sergio Massa, por ejemplo.

Cuando la guerra es santa a nadie le interesa la argumentación ni la razón, es lo que es. No deja de ser una tragedia si lo que se tiene en cuenta son las consecuencias en el mediano y en el largo plazo, pero también es lo inevitable. Ni siquiera la propia descripción de la grieta puede apreciarse fuera de las convicciones propias. Un “contreras” se ofende ante la verdad de que su bando impuso las peores dictaduras y los gobiernos más dañinos para los intereses permanentes del pueblo-nación argentino; un kirchnerista se sentirá agredido por la observación de que los campos no son homogéneos, de que no todos los suyos son buenos y, en realidad, no hay buenos ni malos en la política. Las convicciones son casi religiosas y están basadas en relatos paralelos en ambos lados de la grieta, relatos que una vez instalados en la conciencia adquieren el carácter de verdad revelada. Lo típico de la guerra santa, que es adonde se dirige la Argentina de no mediar a la brevedad algún hecho trascendental que tuerza la historia. Pero eso pertenece al ámbito del acaso y es lo imponderable. Por lógica, los argentinos vamos derechito al conflicto total si seguimos así. Ningún pueblo subsiste al estancamiento permanente.


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