Él está en todos los canales y en todas las radios, dice presente en las redes sociales sin ni siquiera darles mucha importancia. Aparece por todas partes y muchos lo ven hasta en la sopa, menudo nivel de exposición para un cuadro medio que en la actualidad no ocupa cargo público ni lidera un espacio numeroso en el tablero de la política a nivel nacional. Y aún así lo ven en todos lados y hablan de él, dándole un protagonismo inusitado para un dirigente que no es uno de los cuatro grandes —Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández, por una parte, Mauricio Macri y Elisa Carrió, por otra— en el presente. Al interpelar a una multitud que en condiciones consideradas normales ni registraría su existencia, Guillermo Moreno se convierte en un fenómeno cuya explicación no parecería estar al alcance del entendimiento del que analiza la política con las categorías tradicionales.

Pero el análisis político tiene una infinidad de otras categorías que pueden ser útiles para comprender cómo Guillermo Moreno hace para irrumpir en el debate sin apelar al clásico movimiento de pararse claramente en un extremo de la grieta para obtener la visibilidad necesaria. Moreno no hace lo que hace la mayoría de los dirigentes actuales, que es alinearse automáticamente a uno de los extremos en pugna para disputar con otros el favor de uno de los núcleos duros existentes, sino más bien todo lo contrario. Guillermo Moreno tiene y utiliza estratégicamente su capacidad de crispar a ambos bandos y eso, bien observado el escenario actual, es algo que nadie sabe, puede o quiere hacer. Todos los dirigentes, desde Cristina Fernández y Mauricio Macri hacia abajo, funcionan en la lógica binaria del amigo/enemigo, esto es, apuestan por ser la representación total o parcial de uno de los extremos del arco político haciéndose en consecuencia odiar por el extremo opuesto para lograr el reconocimiento de los propios. Esa es la lógica de la grieta, o el sentido común de la política argentina: pararse ostensivamente de un lado, cosechar la enemistad automática de los que están del otro lado y así obtener el apoyo de los que se ubican del lado propio. Todos los referentes en la política actual sostienen sus posiciones de liderazgo general o localizado siguiendo la lógica de la grieta, salvo Guillermo Moreno y, quizá en menor medida, Sergio Berni. A contramano del sentido común de la política presente, Moreno opta por crispar a griegos y también a troyanos. ¿Por qué?

Por una simple cuestión de cálculo. La observación de la realidad en su debida profundidad dará como resultado el hecho de que la grieta es una cosa potente, pero que no arrastra ni mucho menos a las mayorías con su fuerza centrípeta. Dicho de otra manera, no es cierto que la mayoría de los argentinos hayamos sido absorbidos por el microclima de la grieta que se da hoy y desde hace bastante tiempo entre dos bandos, cuyos máximos exponentes son los presidentes Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri y se denominan kirchnerismo y macrismo respectivamente. Podría argumentarse que los más sí están parados en uno de los llamados tercios duros y que eso, por lo tanto, resultaría en una mayoría combinada del orden del 60%, pero la cosa no funciona así. En la práctica, los núcleos duros que conciben la política como una realidad de compartimientos estancos son realmente muy minoritarios. Tanto hacia el interior del kirchnerismo como del macrismo hay una buena cantidad de individuos que no están dispuestos a firmar cheques en blanco, esto es, que nunca dejan de comunicarse con la política por fuera de la pecera propia. Así, el “macrismo” sería una entelequia en tanto y en cuanto no todos los que se ubican en ese tercio son realmente macristas de un modo cerrado o excluyente. Y lo mismo vale para el “kirchnerismo” entre comillas, donde solo la parte muy extrema ha cortado las líneas de comunicación dinamitando los puentes con la política. Entonces solo una minoría numerosa del orden del 30% o quizá hasta del 40% ha sido absolutamente absorbida por la grieta y no admitirá jamás otra cosa que toda la razón y la verdad revelada en el lado propio. Todo el restante 60% o 70% del electorado —incluyendo a los no fanatizados de ambas partes y a los llamados “ni-ni”, cuyo voto va oscilando de elección en elección como una veleta— sigue abierto y accesible al discurso político alejado de los extremos ideológicos.

Guillermo Moreno, en una de sus participaciones en el programa de Viviana Canosa. En los últimos meses, Moreno se ha convertido en un fenómeno de exposición y aprovecha cada invitación para exponer en los medios su idea de cómo debe conducirse el programa económico. Dando la cara en programas como el de Canosa, Moreno da a conocer su imagen y su discurso a un público que solía ignorarlo o, en todo caso, que solo conocía el relato de Clarín sobre su personalidad. Y así logra lo que pocos dirigentes pueden: hablarle al sector indefinido de la sociedad, el que con su voto define y definirá siempre todas las elecciones por ser la primera mayoría y oscilar entre extremos a cada dos años.

Eso es lo que comprende Guillermo Moreno e intenta, por lógica, hacerse visible entre el 60% o el 70% mayoritario mediante la estrategia de crispar a ambos extremos de los núcleos duros. ¿Para qué? Pues para que hablen de él todo el tiempo los que se ubican en dichos extremos ideológicos. Moreno sabe que no existe la mala propaganda y tampoco la imagen negativa como determinante del voto en elecciones. Lo que sí es un impedimento insalvable para cualquier referente con aspiraciones electorales es la no imagen, el desconocimiento por parte del electorado de la figura del postulante. Guillermo Moreno debe hacerse conocido, remontar los escalones de la política hacia un nivel que le permita poner en discusión su programa y para eso se sirve de los unos y de los otros, de los sectores donde su imagen ya es conocida, para darse a conocer entre los que aún lo ignoran.

Ahora bien, no es más ni menos que estrategia política o lo que en la posmodernidad se dio en llamar marketing electoral, una forma inteligente de superar las limitaciones propias de la democracia en las sociedades de masas. Pero es una estrategia que no cualquiera sabe, puede o está dispuesto a desplegar: además de comprender el juego, el aspirante a superador de una grieta en todo momento debe contar con ciertos atributos inherentes para no ser tragado por la propia grieta en determinado momento. No es una simple cuestión de transitar la “ancha avenida del medio” negando tanto la tesis como la antítesis en la lucha dialéctica. La superación verdadera de la dicotomía solo puede ser la síntesis, que en política es la concertación de los intereses, de las esperanzas y los miedos de la generalidad, no de las partes. El primer atributo inherente al candidato superador es ese mismo, el de ser sintético a punto de representar un auténtico enigma desde el punto de vista de los extremos, cosa que jamás pudo lograr, por ejemplo, Sergio Massa. La “ancha avenida del medio” massista nunca fue otra cosa que la negación frontal en cada momento de uno u otro extremo de la grieta, se trató tan solo de acercarse alternativamente al kirchnerismo y al antikirchnerismo según la dirección del viento, que es el humor electoral cambiante. No es lo que hace Guillermo Moreno, quien no se acerca jamás a los extremos y genera con ello una confusión monumental por aquello de que nada es más difícil de entender que la obviedad ululante. Moreno crispa a ambos extremos ideológicos sin que nadie logre fijarlo de una vez y para siempre en el lugar del enemigo.

Sergio Massa, reafirmando junto a Mauricio Macri los lazos de amistad entre el antiperonismo argentino y el Partido Demócrata de los Estados Unidos, una alianza que quedó sellada cuando Spruille Braden formó aquí la Unión Democrática en un intento desesperado por frenar a Juan Domingo Perón en 1946. Por su parte, Massa quiso hacer su “ancha avenida del medio” alternando entre extremos. Luego de alinearse con Macri durante el gobierno de este, Sergio Massa vino a formar en el Frente de Todos para derrotar al propio Macri. Un verdadero panqueque tragado por la grieta.

Por una parte, Moreno crispa a los que están ubicados en lo que vamos a llamar —solo para fines de análisis— el extremo derecho del arco político al identificarse como lo que realmente es, a saberlo, un dirigente peronista que se desempeñó durante más de diez años como el más leal de los funcionarios en los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, además de ser el enemigo público Nº. 1 desde el punto de vista de los Héctor Magnetto y los Grupo Clarín. Como ese extremo derecho odia al peronismo, odia al kirchnerismo y considera al Grupo Clarín como propio, como un refugio ideológico, tiende a volverse loco cada vez que ve a Guillermo Moreno, pues ve allí representada buena parte de aquello que odia. Aquí funciona la larga e intensa campaña de desprestigio que Héctor Magnetto llevó a cabo “por derecha” contra Moreno, atribuyéndole arbitrariamente las categorías de “polémico”, “patotero”, “maleducado” (un delirio, jamás se lo escuchó a Moreno decir ni siquiera una mala palabra o se lo ha visto en un gesto descortés), “mafioso” y un largo etcétera. Pero la confusión empieza cuando ese mismo extremo derecho observa el costado dicho “conservador” de Moreno, sus críticas internas al discurso y a la praxis kirchnerista, su respeto a la propiedad privada con función social y su absoluta omisión en el irritante debate de la agenda “progresista”. Entonces el extremo derecho se confunde, quiere odiar a la figura que le genera fascinación y, finalmente, en consecuencia, no puede dejar de hablar de dicha figura.

En el extremo opuesto que con la finalidad de análisis llamaremos el extremo izquierdo la situación es la misma, pero en espejo. El sector dicho “progresista” del kirchnerismo observa el costado “conservador” de Moreno, le reprocha el no subirse a la agenda de los asuntos del “progresismo” europeizante, condena su respeto a la propiedad privada y literalmente enloquece cada vez que escucha su crítica interna al discurso y la praxis del kirchnerismo. Pero de pronto recuerda que Moreno fue el funcionario más leal en los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, que puso a raya a los especuladores formadores de precios, que tiene una historia de 50 años en la militancia peronista y que fue el único con las suficientes agallas para enfrentar a Héctor Magnetto yendo a las entrañas mismas de la bestia al meterse en la asamblea de accionistas del Grupo Clarín a cantarles las cuarenta a los que allí habían estado desde siempre bien sosegados haciendo negocios fuera de la vista de las mayorías. Por eso el extremo izquierdo también se confunde muchísimo, quiere odiar al personaje que le produce fascinación y tampoco puede dejar de hablar de Moreno cada vez que Moreno da la cara, lo que es prácticamente todos los días.

Con Axel Kicillof como ladero, Guillermo Moreno se metió en la junta de accionistas del Grupo Clarín en representación del Estado argentino, tenedor de acciones del holding de Magnetto desde la estatización de los fondos de las AFJP. Moreno fue el ariete de Cristina Fernández de Kirchner tanto en el control a los especuladores desde la Secretaría de Comercio como en la lucha contra el poder fáctico representado en Héctor Magnetto. Un soldado cuya lealtad y valentía nunca estuvieron en discusión.

He ahí que Guillermo Moreno tiene todos los atributos inherentes para no ser tragado por la grieta y para hacer levantar temperatura en ambos extremos ideológicos, tanto en el “conservadurismo” como en el “progresismo”. Y entonces Moreno tiene que hacer muy poco para que hablen y hablen de él todo el tiempo. Lo único que debe hacer es dar la cara y exponer justamente las ideas que pretende instalar en el debate político: las ideas del sentido común de las mayorías populares. Cuando Moreno hace eso, hace volar en fiebre al extremo derecho y al extremo izquierdo a la vez —un atributo esencial a todo peronista que se precie de serlo— y obliga a dichos extremos a criticarlo tanto “por derecha” como “por izquierda”, con lo que se da la situación ideal. El sentido común de las mayorías desprecia los extremos, busca siempre el discurso más equilibrado y entonces lo único que logran desde los extremos ideológicos al criticar a Moreno es poner en visibilidad la verdad no relativa de que el propio Moreno es la expresión política del sentido común de las mayorías populares. En una palabra, cada vez que de un lado o del otro de la grieta se vuelven locos y salen a gritar rabiosos contra Guillermo Moreno, lo que en realidad hacen es decirles a todos los demás, al 60% o al 70% de los que no están enajenados de la realidad en la grieta, que Guillermo Moreno los representa. Es el campeón del sentido común.

Coyunturas

Una de las características fundamentales del extremo ideológico en todo tiempo y lugar es la escasa tolerancia a la crítica y el absoluto rechazo a la autocrítica. Uno se acerca a los extremos en la política a medida que va convenciéndose a sí mismo de ser poseedor de la verdad revelada o, lo que es lo mismo, se radicaliza del todo en un extremo cuando abandona el debate político y se atribuye toda esa verdad, imputando en consecuencia toda la falsedad, la fealdad y la maldad al extremo que considera opuesto. Eso es lo que les pasa tanto al kirchnerismo como al macrismo hoy y es por eso que no existe el debate político en la Argentina. Lo único que hay son provocaciones, chicanas y agresiones de parte a parte, nadie está dispuesto a discutir seriamente la gestión de lo público hacia la resolución efectiva de los problemas reales y el resultado lógico es el estancamiento. Cuando gobiernan ellos, nosotros bloqueamos todo; cuando somos nosotros los que gobernamos, ellos son esa infernal máquina de impedir. La sociedad se paraliza en el empate hegemónico.

El empate hegemónico, en una imagen. El ganador de las elecciones de 2015 saluda a su enemiga acérrima luego de ser derrotado en las elecciones de 2019. El kirchnerismo y el macrismo se eligen mutuamente como enemigos sin que uno de los bandos logre finalmente derrotar al otro. Y así se reproduce la grieta de modo indefinido, donde el bando que gana las elecciones intenta gobernar y el bando perdedor se dedica a impedir. No existe ningún consenso en Argentina sobre los lineamientos mínimos básicos de un proyecto de país, lo que resulta en volantazos y en una suma cero.

En la actual coyuntura el kirchnerismo comprende que gobierna y el macrismo entiende que es oposición. Eso quedó determinado así pese a las numerosas anomalías existentes y el sector kirchnerista del campo nacional-popular quiere discutir con el macrismo, aunque el macrismo como expresión política ya está derrotado. El macrismo como proyecto político fracasó, no es realmente una opción válida para los “tibios” que no están en su propio extremo ideológico, que son casi todos los argentinos. En una palabra, hay una situación en la que ambos quieren elegirse mutuamente como enemigos, pero por fuera de esa grieta están pasando otras cosas. El kirchnerismo quiere atribuirse un gobierno cuya agenda no coincide con su propia ideología y cuyos funcionarios le son casi todos ajenos, mientras que el macrismo quiere ocupar un lugar de oposición que el resto de la sociedad no le va a legitimar por el fracaso que lleva a cuestas. Pero en la cabeza de los unos y de los otros el kirchnerismo gobierna y el macrismo es la oposición. Así está la grieta del momento.

Al ser un extremo ideológico fanatizado y al hacerse de la idea de que gobierna, el kirchnerismo va a rechazar de plano toda crítica contra el gobierno que considera propio, es una operación lógica: soy lo que me pertenece y si no acepto que me critiquen, tampoco voy a aceptar que critiquen lo que es mío. Ahí está la explicación de por qué hoy por hoy la figura de Guillermo Moreno levanta mucha más temperatura en el extremo izquierdo que llamamos kirchnerista que en el otro extremo. Moreno es el pecado mortal, es la autocrítica que no tiene perdón porque no solo critica lo que el kirchnerismo quiere blindar —el gobierno que considera propio—, sino que además lo hace desde dentro. La certeza de la lealtad de Moreno a Cristina Fernández, que fue denunciada por el mismísimo Alberto Fernández en una entrevista a Alejandro Fantino hace cinco años, cuando el actual presidente era un notorio opositor, hace de Moreno un propio y entonces no se le permite la autocrítica. Lo que realmente duele no es el ataque de un extraño, sino la crítica de los propios. Cuando eso ocurre, las falencias de uno quedan totalmente expuestas.

Durante una entrevista con Alejandro Fantino a principios del año 2016, en los primeros meses del gobierno de Macri, el actual presidente Alberto Fernández “denunció” a Guillermo Moreno señalándolo como un soldado de Cristina Fernández de Kirchner. Esa fue una de las tantas veces en las que el presidente “escupió para arriba” diciendo cosas de las que hoy se arrepiente. Resulta que su principal crítico peronista es leal a la conductora del movimiento y el hecho subsiste como una bomba de tiempo a la espera de que el kirchnerismo lo descubra.

Pero la lealtad de Guillermo Moreno es una lealtad peronista en un sentido estricto. Moreno le debe lealtad al pueblo argentino y a la conductora del movimiento político que lo contiene, jamás a un gobierno encabezado por un dirigente cuya legitimidad desconoce. Moreno es propio del peronismo y es propio de quien lo conduce, que es Cristina Fernández de Kirchner, no propio del gobierno de Alberto Fernández. Y entonces se ve obligado a señalar sin ambages que la razón de esa no propiedad es la sencilla verdad de que con ingredientes de una ensalada no se hace una torta. Cuando Guillermo Moreno anuncia que el gobierno de Alberto Fernández es un poco radical y otro poco socialdemócrata, nunca peronista, se basa para ello en la experiencia histórica: cada vez que se les dio a los radicales (o al antiperonismo de un modo general) el manejo de la economía nacional, el resultado siempre fue la debacle, la catástrofe y la posterior anomia. La torta que se pretende hacer es el peronismo, pero los ingredientes son de una ensalada allí donde el presidente del Banco Central es un radical, el titular del Banco Nación es un socialista/progresista y el ministro de Economía es un universitario de Harvard al que no se le conoce ninguna militancia política. No hay ingredientes para hacer una economía de tipo peronista, pero se insiste en que el resultado de la receta lo es. ¿Cómo pueden un radical, un socialista y un indefinido aplicar el programa económico de un peronismo que no conocen y con el que no comulgan? No se puede, por cierto. Y ahí está la razón de la no pertenencia de Guillermo Moreno al gobierno de Alberto Fernández, está en su composición y también en su destino, que de darse la lógica histórica ya está cantado.

La definición de la naturaleza ideológica de Alberto Fernández y su gobierno no es un asunto anecdótico ni mucho menos, no es por una cuestión de “peronómetro” que se intenta definir de qué se trata. Cuando Alberto Fernández anuncia públicamente su fe en la socialdemocracia de tipo europeo y hasta afirma pensar con una cabeza europea, lo que está diciendo allí es qué tipo de políticas pretende implementar en la gestión de gobierno y eso nos afecta a todos. La orientación ideológica de un presidente, lejos de ser un tema meramente identitario o simbólico, es la indicación del rumbo que va a tener su gestión. Y si Alberto Fernández insiste en que su referente y modelo es Raúl Alfonsín, además de hacerse la opción por el radicalismo por encima del peronismo, adelanta su convicción de que probablemente correrá la misma suerte del que en 1989 tuvo que abreviar su mandato en medio a una fenomenal hiperinflación. Guillermo Moreno suena antipático cada vez que pone de manifiesto el no peronismo de Alberto Fernández, parece una pelea por ver quién es más peronista. Pero no hay nada de eso. Si el argentino estuviera atento a las palabras de sus dirigentes, no necesitaría a Moreno para saber qué matriz ideológica orienta la praxis del presidente: el propio Fernández ha dicho una y mil veces que tiene más de la cultura hippie que de las 20 verdades.

El culto a la personalidad de Raúl Alfonsín, una constante de Alberto Fernández. Además de dicho culto, Fernández ha dado sendas definiciones de su orientación ideológica que variaron desde la predilección por la socialdemocracia de tipo europeo, la influencia de la cultura hippie estadounidense y hasta una naturaleza posmoderna, rarísima definición que apareció en el discurso de su jefe de gabinete y amigo Santiago Cafiero. Lo que fue desapareciendo de las definiciones de Alberto Fernández luego de ser electo presidente fue el peronismo, aunque lo había expresado con mucha pasión durante la campaña electoral para asegurarse el voto peronista.

Aunque son menos hoy que hace un mes y muchos menos de los que fueron en diciembre del año pasado, aún hay muchos en el kirchnerismo considerando propio un gobierno cuya totalidad del equipo económico, buena parte del gabinete y hasta el propio presidente o bien no son peronistas o bien directamente son antiperonistas. ¿Cómo esperar que un cuadro militante del peronismo en las últimas cinco décadas como Guillermo Moreno forme parte o apoye un gobierno con el que no comparte nada? Es evidente que eso no puede pasar y entonces es injusta la exigencia de algunos en el sentido de que Moreno dé su apoyo. Para que eso sea posible, sería necesario primero reemplazar a los actuales funcionarios radicales, socialistas, progresistas e indefinidos por cuadros del peronismo, lo que resultaría en un inmediato cambio de orientación en el gobierno de Alberto Fernández. Como eso no parecería que vaya a ocurrir porque la investidura presidencial es unipersonal y Alberto Fernández debe hacer desde la soledad del poder lo que le parezca mejor a su propia conciencia —que es socialdemócrata, quizá un poco radical alfonsinista—, lo más probable es que el actual equipo económico y el actual gabinete estén compuestos por los que son de su agrado. Por lo tanto, a Guillermo Moreno no le queda otra opción que despegar simbólicamente al peronismo de eso, lo que se hace exponiendo el plan alternativo. Todo aquello que una parte del kirchnerismo recibe como un ataque a un gobierno que todavía considera propio nada más es que la expresión del peronismo en disconformidad con un programa político y económico que, en su apreciación, no es peronista.

El plan

Entonces Moreno transita sobre los intersticios de la grieta en su intento de hacer la síntesis entre lo que fue derrotado y lo que existe sin llegar a ser la expresión deseada por el peronismo. Y lo hace explotando el potencial del rechazo irreflexivo que es tan característico de los extremos con escasos niveles de inteligencia estratégica. Se da a conocer para ir ocupando espacios relevantes en la política, desde los que pueda exponer su programa político y económico. Está claro que Guillermo Moreno quiere romper el empate hegemónico, desempatarlo de alguna forma y proponer un proyecto que permita a la Argentina volver a avanzar sobre las bases de cierto consenso y sin el escollo de una u otra parcialidad siempre al bloqueo.

Miguel Ángel Pesce, un radical al frente del Banco Central de la República Argentina, un puesto clave en la definición de la política económica del país. Junto al titular del Banco Nación, al ministro de Economía y casi todos los ministros, Pesce configura un gabinete no peronista y, en algunos casos, hasta antiperonista. ¿Cómo hacer una política en la que no se cree y con la que no se comulga?

A mediados del año, Guillermo Moreno presentó oficialmente un plan económico para superar la crisis actual, que es una crisis de ingresos y de equilibrio fiscal. De un modo muy genérico, Moreno sostuvo entonces que el Estado argentino debe empezar a hacer pagar la cuenta a los más ricos, pero no a cualquier rico: el plan económico presentado por Moreno se basa en la idea de recaudar unos 7,5 mil millones de dólares anuales del núcleo agroexportador de la Argentina mediante la aplicación de retenciones, control de los precios del combustible y ley de alquileres. El plan presentado por Moreno fue ignorado por el gobierno del Frente de Todos y no tuvo apenas difusión por parte de los medios en ambos lados de la grieta y eso dio como resultado que la militancia jamás se enterara de la existencia del plan, creyendo que la única opción seguía siendo el no plan del presidente Fernández.

De acuerdo con las proyecciones de Moreno, es posible recaudar esos 7,5 mil millones de dólares anuales para el fisco nacional sin entrar en un conflicto como el que tuvo lugar en el 2008 por ocasión de la Resolución 125, esto es, sin amenazar con una baja en la rentabilidad del productor rural. Lo que Moreno dice es que se puede sostener esa rentabilidad subiendo las retenciones al agro. ¿Cómo? Mediante un esquema que reduzca los principales costos que pesan sobre la producción, que son los alquileres de la tierra y el gasoil que se utiliza en las máquinas. La idea es compensar lo que se paga en concepto de retenciones con una baja en los costos de producción para que el nivel de rentabilidad del productor rural quede inalterado. Pero la cuenta lógicamente la tendría que pagar alguien, es imposible hacer una suba de retenciones sin alterar la rentabilidad del productor y a la vez pretender que esos dólares no salgan de alguna parte real y concreta. He ahí que, a diferencia de lo que ocurrió con el proyecto de la 125 ideado por Martín Lousteau en el año 2008, la idea es no afectar a la mayoría de productores rurales, sino precisamente a los dueños de la tierra que viven de la renta agraria sin producir nada ni trabajar. No es más ni menos que hacer pagar la cuenta a la oligarquía terrateniente tan mentada en el discurso peronista desde Perón y Evita en adelante, nada puede ser más peronista en un sentido estricto que hacer impactar el costo de las retenciones sobre los que poseen el campo en propiedad privada improductiva y no sobre los que lo trabajan.

El radical Martín Lousteau, protagonista en la crisis generada para la Resolución Nº. 125, de su autoría. El intento de avanzar sobre la rentabilidad del productor rural y la imprudencia de no distinguir entre grandes y pequeños fue un gravísimo error que hizo peligrar el recién nacido gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en los primeros meses de 2008. Queda demostrado que la carga fiscal debe no pesar sobre los que producen, sino sobre oligarquía parasitaria, a la que Lousteau representó con su proyecto de retenciones.

La oligarquía terrateniente es ese sector improductivo, rentista de la sociedad argentina. De no ser por los productores que alquilan la tierra para hacerla producir, vastas extensiones de la Pampa Húmeda habrían quedado desde luego vacías o, como mucho, con alguna que otra vaca dispersa pastando aquí y allí. La propiedad privada de la oligarquía terrateniente —sin ni siquiera tener que entrar a cuestionar el origen de los títulos de propiedad que ostenta— es por definición improductiva, lo que en las categorías peronistas es la inutilidad social del capital. El peronismo como tercera posición entre el liberalismo y el socialismo defiende la propiedad privada (no es marxista), siempre y cuando esta cumpla una función social en la comunidad (no es liberal) y si no la cumple, entonces no es propiedad ni debe ser privada. La idea de Guillermo Moreno se enmarca en esa filosofía, por la que el productor rural no solo no debe ser afectado por las retenciones, sino que debe ser fomentado e incentivado a producir, puesto que le da una función social a una propiedad privada que encima le es ajena. El peso fiscal debe necesariamente recaer sobre la oligarquía rentista cuya propiedad privada no tendría ninguna función social de no haber sido trabajada por otros.

Ahí está lo que ningún peronista mínimamente atento a la doctrina del nacional justicialismo que profesa o debió profesar puede pasar por alto. El plan económico de Guillermo Moreno no solo es la única forma viable de superar la crisis de ingresos y de equilibrio fiscal del Estado argentino, es mucho más que eso: es un poner en práctica la doctrina del peronismo forzando la existencia de la función social de la propiedad privada y golpeando en el corazón de la oligarquía parasitaria, enemiga natural del peronismo. Si a la oligarquía no le interesa el negocio de vivir de la renta pagando los impuestos del caso, puede siempre optar por vender la tierra y dejar de ser terrateniente, a lo que Moreno también propone una solución práctica que es el otorgamiento de créditos estatales a los productores para que con el dinero adquieran las tierras que ellos mismos ya trabajan desde siempre, desplazando del escenario al parásito oligárquico. Ahí está la sustitución de una oligarquía premoderna estilo Francia antes de la caída de la Bastilla por una burguesía agraria moderna, con vocación de trabajo, tecnificada y lista para cumplir la función social prevista en la parte del programa del peronismo dedicada a la propiedad privada. Es la revolución burguesa en nuestro país con unos 250 años de retraso respecto a Occidente, pero lo es al fin.

Representada en la Sociedad Rural Argentina, la oligarquía terrateniente de rural, en realidad, tiene poco y nadie: al no hacer producir las inmensas extensiones de campo que tienen en propiedad privada, los oligarcas argentinos viven de la renta y muchas veces son además ausentistas, viviendo la mayor parte del año fuera del país. De no ser por los productores rurales que alquilan los campos, la Pampa Húmeda probablemente no tendría más utilidad que la de servir de pasto para unas pocas vacas. Ese es el capital sin utilidad social que el peronismo se dispone a combatir desde su advenimiento a mediados del siglo pasado.

La situación del Estado argentino es grave, diríamos terminal, pero no hay en ello ningún misterio. El Estado necesita ingentes cantidades de dinero para sostenerse y eso debe necesariamente venir de alguna parte, deben ser recursos genuinos cuyo origen no puede ser la emisión monetaria. Entonces solo hay dos maneras posibles de obtener ese dinero: lo ponen las minorías adineradas e improductivas, unas mil familias ubicadas en el sector oligárquico de la sociedad, o lo ponen las mayorías populares trabajadoras y medias. Siempre es un ajuste fiscal y la cuestión se reduce a sobre quién deberá pesar el ajuste. Si el gobierno de Alberto Fernández cambia de rumbo y aplica la política económica del peronismo sugerida en el plan alternativo de Guillermo Moreno, abrirá un frente de guerra infernal con la Sociedad Rural Argentina, con esas mil familias dueñas de virtualmente toda la tierra en nuestro país. Pero si opta por seguir con el rumbo actual, deberá realizar ajustes sucesivos en tarifas de servicios públicos e impuestos, tendrá que devaluar regresivamente los salarios y las jubilaciones mediante la destrucción del poder de compra del peso argentino, cosa que se logra con devaluaciones de la moneda nacional y su respectiva inflación. Pero en ese caso abrirá una infinidad de otros frentes de guerra, igualmente infernales, a medida que vayan sublevándose los sectores de los trabajadores, de la clase media y de los jubilados.

No se hacen tortillas sin romper huevos, es imposible gobernar sin desposeer a alguien y menos aún en un país repleto de urgencias, desigualdades, pobreza y miseria. Lo único que se puede hacer es optar entre quitarle unos 7,5 mil millones de dólares anuales a la oligarquía terrateniente e ir a la guerra o quitarles más o menos lo mismo a todos los demás e ir igualmente la guerra. El asunto se reduce a elegir el enemigo. Cuando en el pasado hubo que dirigir un país deshabitado gobernar fue poblar y luego, una vez poblado el territorio, hubo que crear trabajo. Hoy gobernar es luchar, es definir de una vez quién va a pagar la cuenta de un país que en cuatro años fue brutalmente saqueado y cuya economía hoy está paralizada, deprimida, un país de rodillas. Alguien va a tener que pagar los platos rotos y el peronismo dice que eso le corresponde a la oligarquía. ¿Abrirá el gobierno de Alberto Fernández el frente de guerra contra la oligarquía terrateniente, dándole una vez más la razón al polémico patotero Guillermo Moreno? ¿O seguirá con aumentos a cuentagotas en los combustibles, luego en las tarifas, devaluaciones e inflación hasta que se subleven las mayorías populares y las clases medias en las calles? Habrá guerra, es solo una cuestión de optar con quién o con quiénes. La respuesta en los próximos capítulos, que en esta Argentina vertiginosa e insostenible en estos términos siempre puede ser literalmente pasado mañana.


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