Insatisfacción en los unos, decepción en los otros. Algunos todavía con una punta de esperanza, mientras por otra parte gritan que la cosa ya no tiene remedio. Un poco más allá, una minoría se aferra al fanatismo ciego y sordo para evitar la caída de la fe, acaso el último refugio del que no tiene más que su propia esperanza. A tan solo diez meses de empezar a caminar —de los que por lo menos seis estuvieron signados por la crisis del coronavirus— el gobierno del Frente de Todos se encuentra en medio a la inusitada situación de verse cuestionado por extraños y también por propios. No se supone, como sabrá el atento lector, que un gobierno reciba tantos embates a tan poco tiempo de haber asumido y entonces no son pocos los que hoy se preguntan por qué. ¿Por qué habiendo recibido una herencia tan pesada del gobierno anterior y habiendo sido embestidos por el coronavirus a los tres meses de iniciarse el nuevo gobierno se escucha tanto ruido de disconformidad que se niega a callar?

Es una situación realmente insidiosa. En condiciones consideradas normales, en diez meses de gobierno el panorama tendría que ser más bien pacífico y la marcha, triunfante. Por una parte, debería existir una oposición en silencio, avergonzada por las calamidades resultantes de la gestión de gobierno de su espacio político en los cuatro años anteriores. Los militantes y simpatizantes de lo que hoy se suele denominar vulgarmente macrismo, siempre en condiciones normales, tendrían que estar hoy escondidos, privados de opinión y apostando al olvido en el tiempo para llegar con alguna posibilidad no a las elecciones del 2023, que es muy poco tiempo para perder la memoria, sino a las del 2027. Y, no obstante, dicha oposición está en llamas, movilizándose por prácticamente cualquier motivo fútil y a unas dos cuadras de empezar a decir que Mauricio Macri tenía razón, si es que ya no lo dice. Aquellos que debieron callar por los próximos siete años y monedas ya están sublevados y esa es una sublevación muy precoz.

Por otra parte, hay cuestionamiento y discusión allí donde solo debió existir entusiasmo y unidad. Si bien una pequeña parte de los propios sigue apoyando incondicionalmente a Alberto Fernández como si se tratara de la mismísima Cristina Fernández, los más lo critican y algunos dejaron de apoyar al gobierno albertista, habiendo entre estos últimos de los que directamente ya se oponen y gritan esa oposición en público. Bien observada la cosa, el escenario es peor que el del año 2015. No había en el último año del gobierno de Cristina Fernández tantos cuestionamientos ni mucho menos, aun con doce años de gestión a cuestas y todo el desgaste que eso supone. Por lo pronto, la sublevación en las filas propias era inexistente, el entusiasmo general de la tropa estaba intacto. En cambio, en tan solo diez meses se ha llegado a tener un nivel de desgaste superior al que existió hacia mediados de 2015 luego de doce años de gobierno.

Los llamados macristas, que debieron estar en silencio, avergonzados y escondidos más o menos hasta el 2027 por la catástrofe impuesta por el gobierno que apoyaron. Lejos de eso, los macristas están tomando las calles hace ya varios meses por cualquier futilidad para expresar su oposición a un gobierno recién nacido. Este es el síntoma más claro de que algo no anda bien en la gestión del Frente de Todos y de que es necesario cambiar, recuperar la iniciativa con mucho volumen político.

Con el giro brusco en la política exterior simbolizado en el apoyo argentino al Informe Bachelet, que denuncia violaciones a los derechos humanos en Venezuela y condena al gobierno de Nicolás Maduro por supuestos crímenes de lesa humanidad, Alberto Fernández echó la gota que faltaba para rebalsar el vaso de la paciencia de una buena parte de sus hasta aquí seguidores. Muchos de estos ya venían inquietos ante un gobierno sin plan económico y que desde hacía bastante tiempo parecía no tener rumbo ni más gestión que la de la crisis del coronavirus. Pero las cifras de contagio y de muertes por el virus chino se habían descontrolado en las últimas semanas y Alberto Fernández se vio despojado de la principal bandera de su gobierno, quizá la única. El fracaso de la gestión de lo sanitario dejó a Fernández en una insalvable contradicción en los propios términos de su discurso: al haberse planteado inicialmente la disyuntiva entre salud y economía y al haber optado por lo primero en esa misma dicotomía, Alberto Fernández apostó todas sus fichas al éxito en la contención del coronavirus. Y cuando las cifras de la pandemia se descontrolaron, el presidente se encontró de súbito en el peor de los mundos, con una crisis económica terminal y también con un infierno sanitario inesperado entre manos.

Entonces llegó el día fatídico de los dos anuncios que pusieron a nocaut técnico la moral de la tropa propia. Además de colocarse en oposición a la revolución bolivariana de Venezuela —aliada histórica del sector kirchnerista que hoy es la base de su gobierno—, Fernández dio a conocer la suspensión del pago del ingreso familiar de emergencia, el IFE, que hasta aquí había funcionado como una garantía de mínima subsistencia a los millones que se vieron privados de trabajo y del respectivo ingreso al imponerse la cuarentena como método para la prevención del virus. En un solo día, el gobierno del Frente de Todos arrojó sobre la fe y la moral de sus propios militantes y simpatizantes dos verdaderas bombas atómicas muy difíciles de sortear y determinantes para muchos. El giro de 180 grados en la orientación diplomática de un gobierno que se supone es kirchnerista y el no pago del IFE en el mismo día de la llegada de una misión del Fondo Monetario Internacional al país fueron golpes demasiado duros.

Alberto Fernández y la embajadora Alicia Castro, quien dio el portazo tras la definición del gobierno sobre el asunto Venezuela. Castro representa la opinión del sector kirchnerista del gobierno, la lealtad a la revolución bolivariana que se construyó durante la gestión de Néstor Kirchner (2003/2007) y se consolidó con Cristina Fernández (2007/2015). En teoría —y tan solo en teoría— el Frente de Todos se alinea ideológicamente con el chavismo. Pero en la realidad fáctica se vio que pisa fuerte el sector de Sergio Massa, notorio agente del imperialismo occidental y desde siempre un detractor del gobierno venezolano en la Argentina.

Por eso y por un cúmulo de indecisiones, claudicaciones y fracasos la situación del recién nacido gobierno del Frente de Todos es hoy insólitamente delicada. Alguien dirá y no sin razón que Alberto Fernández viene dejando cantidades de aprobación por el camino a medida que va mostrando la orientación real de su gobierno, esto es, que ya viene perdiendo apoyo y destruyendo el entusiasmo de los que considera propios en los últimos seis meses. Por ejemplo, en el fiasco de la cerealera Vicentín y luego, más recientemente, en la baja de retenciones al agronegocio. En todos esos tropezones Fernández volcó baldazos de agua fría sobre los suyos, pero hasta la definición de la postura sobre el asunto Venezuela sumada al no pago del IFE no había habido un desbande de gran magnitud.

Ese día todo cambió y, lejos de agradar y de calmar a la oposición dicha macrista, el giro diplomático y el brusco ajuste no hicieron más que enardecer a los que ya se oponían, sumando además a ese grupo una cantidad de desilusionados. Ahora Fernández se apoya en una minoría que teme a Mauricio Macri más que a la propia muerte y está dispuesta a entregar una a una todas sus convicciones con tal de evitar un eventual retorno del expresidente saqueador. Entre luchar por lo que quiere y luchar contra lo que no quiere, esa minoría opta por esta última opción, quizá sin percatarse de que está defendiendo un empate en un callejón sin salida. Todos los demás están insatisfechos, neutralizados o directamente en la vereda de en frente y esa es una situación de extremo peligro para la estabilidad de un gobierno que asumió la botonera del Estado en diciembre del año pasado, hace tan solo diez meses.

No todo está perdido

Pese al panorama desolador anteriormente descrito en una muy apretada síntesis, Alberto Fernández aún está a tiempo no solo de salvar al gobierno del Frente de Todos, sino además de triunfar y llegar a 2023 como favorito indiscutido a la reelección. Claro que esta afirmación hecha así, en vista de lo que en apariencia es una situación terminal y sin mucha perspectiva de que pueda mejorar, le sonará delirante al atento lector. Pero la política es un arte, no hay prácticamente nada imposible para el que domina el oficio y sabe mover sus fichas estratégicamente y a tiempo. El presidente Alberto Fernández puede salvar su gobierno, darle un sentido bien determinado y empezar a construir un triunfo arrollador en las próximas elecciones generales. ¿Cómo? Pues tomando decisiones, las decisiones que el propio Fernández viene evitando hasta aquí.

Las protestas contra la estatización de la cerealera Vicentín marcaron un antes y un después en el gobierno del Frente de Todos. Alberto Fernández diría luego que había esperado el apoyo incondicional de la sociedad al proyecto de estatización, cosa que no ocurrió. La presión forzó una marcha atrás que terminó siendo profundamente corrosiva para la moral de los militantes y los simpatizantes del gobierno. Allí empezaron a surgir cuestionamientos donde antes no los había y apareció, además, el concepto de “tibieza” para definir a Fernández. Nada volvió a ser igual después del fiasco en Vicentín.

Sin ir mucho más lejos, Fernández puede relanzarse en cuestión de horas si opta por asumir la identidad política que supo tener antes de ser presentado como el candidato titular del Frente de Todos en las elecciones del año pasado: la identidad del antikirchnerista. Eso es lo inesperado para muchos y, no obstante, es la movida más obvia que tiene Alberto Fernández en su abanico de posibilidades. Habiendo enajenado ya el apoyo de buena parte de los militantes y simpatizantes kirchneristas y conservando apenas el de aquellos que no logran interpretar correctamente el silencio de la conductora, el presidente puede muy bien optar por dinamitar lo poco que le queda de eso dándole al poder fáctico de tipo económico aquello que Guillermo Moreno suele llamar la “prueba de amor” y es la privación de la libertad de la mismísima Cristina. Si Alberto Fernández hace eso, la primera consecuencia es que se pone en frente a la totalidad del kirchnerismo, a los que ya no lo apoyan y también a los que todavía sí. Pero a la vez, automáticamente, se gana el apoyo de una enorme proporción de los llamados macristas, de los que en realidad no son macristas en absoluto, sino precisamente antikirchneristas y desean más que cualquier otra cosa ver a Cristina Fernández presa.

“Un momento”, protestará el atento lector. “Alberto ganó con los votos del kirchnerismo, su mandato nos pertenece a los que bancamos a Cristina”. Error, no existe ninguna limitación a lo que puede o no puede hacer un presidente en el actual régimen presidencial, tan característico de nuestra América. En realidad, los votos son siempre al candidato sin importar de qué parcialidad ideológica provengan esos votos. El pueblo argentino eligió en las urnas a Alberto Fernández y no al Frente de Todos como presidente de la Nación y entonces Alberto Fernández puede muy bien hacer “la gran Lenin Moreno”, darse vuelta y empezar a perseguir judicialmente a aquellos que posibilitaron su elección. ¿Lo hará? Nadie lo sabe, pero no se trata de nada descabellado ni mucho menos. De hecho, eso fue precisamente lo que hizo Lenin Moreno en Ecuador —donde rige un sistema presidencial como el nuestro— y allí sigue, con todo el correísmo en contra, pero gobernando de igual manera y aspirando a la reelección. ¿Cómo? Pues con el apoyo de la contra, de los que desean más que nada ver a Rafael Correa pudriéndose en la cárcel.

Lenin Moreno, aclamado como presidente de Ecuador gracias a la bendición de su padrino político Rafael Correa. Al momento de la asunción de Moreno nadie pudo imaginarse lo que estaba por venir: una traición monumental que en apariencia tomó por sorpresa al mismísimo Correa. Ahora Moreno es un anticorreísta y lleva a cabo una feroz persecución judicial contra quienes lo elevaron a la primera magistratura, además de gobernar contra los intereses de los que lo votaron.

La grieta es así, tiene la propiedad de generar parcialidades cuya orientación ideológica es mucho más negativa que positiva, es decir, un montón de gente que sabe lo que no quiere y muchas veces no tiene en claro qué es lo que sí quiere. Tanto en Argentina como en Ecuador o en cualquier país de la región donde se instaló la grieta en la política, el anti o el contreras se mueve básicamente por el odio. Así, la oposición ecuatoriana es anticorreísta y tiene como objetivo primario la destrucción de Rafael Correa. Cuando Lenin Moreno asumió esa tarea de destrucción, en ese mismo momento fue “adoptado” como propio por el anticorreísmo y con ese núcleo duro como base sigue gobernando. Otro tanto pasa en Argentina, donde el que se disponga a perseguir judicialmente a Cristina Fernández de Kirchner y todo lo que tenga un mínimo olor a kirchnerismo será elevado de inmediato a la condición de máximo referente del campo anti o contreras.

No es nada de otro mundo y, bien mirada la cosa, es la opción más clara que tiene Alberto Fernández hoy, incluso por una cuestión de antecedentes. Fernández tiene más perfil de Lenin Moreno que el propio Lenin Moreno, aunque a primera vista parezca tratarse de una afirmación absurda. Moreno nunca fue opositor a Rafael Correa antes de ser elevado a la presidencia de la Nación, siempre estuvo al lado de Correa como uno de sus más fieles colaboradores. Y sin embargo, para sorpresa y escándalo de prácticamente todos, al ser electo presidente Lenin Moreno cambió de bando, se pasó con todo al anticorreísmo y empezó a perseguir judicialmente a Correa, mientas implementaba políticas diametralmente opuestas a las que había sostenido su antecesor y padrino político. En el caso de Alberto Fernández respecto a Cristina Fernández de Kirchner, como es de público conocimiento, no existe ningún antecedente de lealtad, sino todo lo contrario.

La llamada “marcha del silencio” por el fiscal Alberto Nisman, de la que participó Alberto Fernández junto a todo el sector anti o contreras. Alberto implicó a Cristina en el supuesto crimen del fiscal, operó como lobista de Repsol contra la estatización de YPF y fue un feroz opositor a Cristina Fernández desde que Néstor Kirchner lo expulsara de la Jefatura de Gabinete de Ministros en el año 2008 por su extraña actuación en la crisis por la Resolución Nº. 125 y el lock-out patronal correspondiente. Alberto Fernández siempre tuvo la identidad de antikirchnerista. ¿Es más probable que la siga teniendo o que la haya dejado de tener milagrosamente en algún momento del año 2019?

Desde que fue corrido por Néstor Kirchner de la Jefatura de Gabinete de Ministros en los primeros meses del gobierno de Cristina Fernández, el actual presidente de la Nación se dedicó a hacer una oposición furiosa a esta última, destilando veneno en los estudios de televisión, operando como lobista de Repsol para sabotear la reestatización de YPF y hasta participando de la “marcha de los fiscales” por su tocayo Alberto Nisman, implicando a Cristina en el supuesto crimen. Lenin Moreno jamás dio una sola pista de lo que iba a hacer una vez aupado a la presidencia de Ecuador; Alberto Fernández tiene todas las cartas sobre la mesa y hace rato.

La traición de Lenin Moreno es una absoluta sorpresa, ni el propio Rafael Correa se la esperaba. ¿Podría decirse lo mismo de Alberto Fernández en la eventualidad de que efectivamente se diera vuelta y empezara a fomentar la persecución judicial contra la conductora del movimiento que lo puso en la presidencia de la Nación? La memoria en nuestro país es corta y muchos ya se olvidaron de lo que se comentaba ese sábado por la mañana cuando Cristina Fernández anunció en las redes sociales que el candidato para las elecciones de 2019 iba a ser Alberto Fernández, pero lo que se decía era exactamente eso: Cristina eligió a un detractor suyo para encabezar la lista. No se hablaba de otra cosa en ese momento, de cómo Alberto Fernández había sido hasta allí un feroz opositor y, de pronto, aparecía como candidato a presidente por el Frente de Todos con la propia Cristina Fernández en el lugar de candidata a vicepresidente. Eso sí fue sorpresivo. ¿Sería igualmente sorpresivo, no obstante, si Alberto Fernández se revelara como el anti que siempre supo ser? ¿Por qué habría de serlo, si de hecho nunca fue otra cosa?

Alternativas auténticas

Claro que no todo en un gobierno es persecución judicial y lo que Guillermo Moreno llama “prueba de amor” no es más que eso mismo, una prueba de amor al establishment. Después de eso, en el caso de que opte por traicionar a quienes lo llevaron hasta la primera magistratura, Fernández tendrá necesariamente que implementar las políticas que esos sectores dominantes exigen. En una palabra, tendrá que hacer exactamente igual que Lenin Moreno y hacer de su gobierno un gobierno conservador. La traición en estos casos no se reduce a meter preso al objeto del odio de los contreras enloquecidos, eso es solo lo simbólico. La traición es gobernar en contra de los intereses de los que lo votaron.

Guillermo Moreno es el dirigente peronista que desde el mismo día del anuncio de la fórmula Fernández-Fernández viene haciendo la narrativa de la verdad sobre el actual presidente de la Nación. Moreno habla de una “prueba de amor”, que sería la privación de la libertad de Cristina Fernández a cambio del beneplácito del poder fáctico y del apoyo automático de todo el sector contreras en la Argentina. Y a Moreno se le acusa de pretender un cargo en el gobierno, aunque eso sería técnicamente imposible: además de ser mucho mejor remunerado en el sector privado, Moreno está inhabilitado para ejercer cargos públicos no electivos.

Pero la traición abyecta no es la única opción que tiene Alberto Fernández para salvar al gobierno del Frente de Todos y triunfar hasta las elecciones del 2023 y más allá. También está la opción opuesta, que es tomar la decisión de hacer aquello que prometió en campaña y es lo que esperan sus votantes: un programa de tipo peronista. Si Alberto Fernández opta por eso y abandona de una vez y para siempre su identidad política de anti, recuperará en el tiempo todo el apoyo perdido en estos últimos seis meses y sumará nuevos adeptos a medida que vaya resolviendo la situación calamitosa en la que se encuentra el país actualmente. Es más: al remontar una crisis que parecería ser terminal, podrá ser recordado incluso como uno de los mejores presidentes de la historia de la democracia argentina junto a Juan Domingo Perón, Néstor Kirchner y la propia Cristina Fernández.

Para hacer eso, no obstante, además de tomar decisiones Alberto Fernández deberá cambiar y mucho, tendrá que hacer una gestión muy distinta a la actual, que es titubeante y errática. Por lo pronto, urge abandonar la narrativa de la “pesada herencia”, que a esta altura solo sirve para el escarnio, para hacer el ridículo y para agregar más desgaste sobre desgaste. O bien se avanza de una vez contra Mauricio Macri y sus cómplices para repatriar los casi 90 mil millones de dólares fugados por la banda entre el 2015 y el 2019 y con la respectiva voluntad de resolver las múltiples acusaciones que pesan tanto sobre el expresidente como sobre sus funcionarios y allegados, o se deja de utilizar eso como un pretexto para justificar las vicisitudes del presente. Lo que ya no se puede seguir haciendo es ir dando a cuentagotas todos los días una pequeña información más sobre el saqueo macrista como si se tratara de un hallazgo actual en un rompecabezas que se va armando de a poco. Todos los delitos del macrismo en los cuatro años de su gobierno ya son conocidos por la opinión pública —por los que deseamos que caiga sobre los responsables todo el peso de la ley y también por los que no lo desean, que son los simpatizantes fanáticos de esa fuerza política— y ya no es creíble presentarlos como si fueran una novedad.

A partir de la transición, el gobierno de Alberto Fernández hizo uso de la narrativa de la “pesada herencia” para justificar las pálidas y las vicisitudes propias, lo que fue muy útil en los primeros meses de mandato y ahora ya no convence a nadie. Si bien es cierto y todos saben que Mauricio Macri dejó tierra arrasada, las mayorías populares ya empiezan a exigir soluciones a los problemas heredados y a los autogenerados. Nadie vota a un gobierno para que comente las problemáticas, sino justamente para que las resuelva.

El atento lector puede comprobar el abuso de dicha narrativa con tan solo sintonizar cualquier medio considerado “amigo” por el gobierno, ya sea en televisión, radio, internet o redes sociales. Lo que se verá allí es que una gran proporción del contenido diario está dedicado a desmenuzar una parte localizada de alguno de los miles de chanchullos macristas. Toman uno de esos chanchullos y lo exponen en esa partecita localizada, un avance poco significativo en una de las múltiples causas o el llamado a indagatoria de un cómplice de poca monta es presentado por la mañana en esos medios con el famoso titular en letras de molde y fondo rojo que grita “alerta”. Y luego se sigue desmenuzando y debatiendo esa nimiedad durante todo el día hasta la noche, tan solo para volver a empezar al día siguiente con otra pequeñez judicial presentada de la misma forma rimbombante. Lo que nunca hay son definiciones, todos los cómplices siguen en libertad y gozando del dinero mal habido sin mayores problemas, amén del propio dinero, del que el pueblo argentino no ha vuelto a ver un solo centavo.

Esa narrativa a cuentagotas del buraco dejado por el macrismo es la base del asunto de la “pesada herencia”, que a su vez se utiliza para legitimar la resignación frente al espantoso estado de la economía. Básicamente el descalabro actual de la Argentina sería una suma del saqueo de Macri y la crisis del coronavirus, lo que es cierto, no hay ningún error en la proposición “nos dejaron un país de rodillas y luego nos embistió la pandemia”. El problema es que no alcanza y cada día alcanza menos, cada vez exaspera más al que observa impotente una realidad avasallante. Y por una sencilla razón: nadie vota a un gobierno para se queje de los problemas dejados por el gobierno anterior y los problemas actuales, sino precisamente para que los resuelva. Es una obviedad o por lo menos debería serlo, aunque en la cabeza de algunos dirigentes parecería existir la delirante noción de que es posible dejarse estar en el gobierno durante cuatro años deslindando responsabilidades. No lo es, la narrativa de la “pesada herencia” es útil en los primeros meses y luego la ciudadanía empieza a exigir soluciones, respuestas concretas. Eso es lo que está pasando abajo y fuera del microclima militante, donde ya se escucha con fuerza la insatisfacción por un gobierno que cambió de manos y una realidad que sigue inalterada e incluso empeoró.

La patética relación entre Mauricio Macri y la entonces directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde. El régimen de Mauricio Macri endeudó al país y se fugo todo el dinero, aproximadamente unos 90 mil millones de dólares, de los que el pueblo-nación argentino jamás volvió a ver un solo peso. ¿Pensará el actual gobierno en avanzar contra la banda macrista para recuperar ese dinero en su totalidad o en parte? El silencio sobre esta cuestión es uno de los grandes misterios del presente.

Por otra parte, en lo que se refiere al discurso y a la simbología orientados al consumo de los propios, esto es, de la militancia y el núcleo duro de simpatizantes, Alberto Fernández va a tener que terminar con la contradicción que hay en el haber hecho toda la campaña hablando de peronismo y, una vez llegado al gobierno, haber mutado ese discurso y esa simbología en un verdadero culto a la personalidad de Raúl Alfonsín. No hay ningún problema muy grave con Alfonsín, salvo el siguiente: para el sentido común de la militancia peronista Alfonsín fue un radical que fracasó al no poder terminar su mandato. Y eso no es auspicioso. Toda la prédica ideológica filoradical, socialdemócrata o simplemente no peronista debe ser erradicada de la comunicación del gobierno y Alberto Fernández va a tener que hacer un esfuerzo para evitar el escenario más temido por el peronismo de todos los tiempos, que es la caída de la fe militante.

El esfuerzo es en el sentido de peronizar tanto el discurso como la praxis, por supuesto, pero también en el de peronizarse en primera persona, expresando simbólicamente solo aquello que estimula e incentiva a luchar a los soldados propios. No sirve mostrarse en esa postura licuada tan típica de la posmodernidad, el peronista no quiere eso y no está dispuesto a batirse en lucha para defenderlo. En otras palabras, considerando que la mayoría de los individuos militantes hoy en el campo de lo nacional-popular son en efecto o al menos se perciben peronistas, la única forma de asegurarse su lealtad en cualquier circunstancia es mediante la representación de sus ideales políticos y esos ideales no son socialdemócratas, no son “de izquierda” y mucho menos son radicales. La tropa que hizo el trabajo militante fundamental para el triunfo en las elecciones del año 2019 es una tropa peronista y desea ver representada esa idea en el dirigente objeto de su lealtad. No es nada muy complicado de entender, es tan básico como la metáfora futbolística en la que el fanático de Boca Juniors, por ejemplo, está dispuesto a todo para defender a los referentes que se caracterizan con esos colores, pero no va a mover un dedo si los referentes aparecen caracterizados con los colores de cualquier otro cuadro deportivo. La lealtad es esa representación simbólica donde el individuo se identifica ideológicamente con el que cree corporizar sus ideales, una noción más bien básica tanto de la política como de la sociología, de la mismísima naturaleza del hombre.

Para salvar al gobierno del Frente de Todos y triunfar, Fernández deberá abandonar el culto a la personalidad de Raúl Alfonsín (1983/1989), cuya imagen está asociada a la hiperinflación, la catástrofe económica y el fracaso de un modo general. La épica del triunfo no se construye con la simbología del estallido social.

También va a ser necesario un shock con un cambio profundo de gabinete y la supresión de los ministerios superfluos que han sido creados para agradar el gusto estético de los sectores sobreideologizados “por izquierda” en el Frente de Todos. Para peronizarse, habrá que poner el foco en aquello que el pueblo peronista considera que son las prioridades y mucho más en tiempos de crisis, que son la producción, el trabajo, el salario, la estabilidad económica y la seguridad. Con el cambio de gabinete, la ida de los que en el gobierno están de adorno y la supresión de los cargos y ministerios que apenas sirven para satisfacer la ideología de unos pocos, habrá que hacer una reasignación de las partidas presupuestarias de todo lo que no es esencial. Apretar los dientes, poner el dinero donde hay que ponerlo y no gastar un solo peso en ideología. Claro que el progresismo en el Frente de Todos querrá amenazar con una ruptura, intentará mostrar su insatisfacción. Pero nadie se irá a ningún lado: los progresistas son pocos y son además políticamente impotentes, siempre van a optar por ser cola de león en vez de cabeza de ratón. Ningún progresista argentino tolera sufrir las humillaciones electorales que sufren todos los años sus primos, los trotskistas. Entonces Alberto Fernández debe despojar a la mal llamada “izquierda” de sus actuales “kioscos”, debe enviar a los progresistas al final de fila y dar toda la prioridad a los cuadros del peronismo, que es mayoritario tanto en el Frente de Todos como en la misma sociedad.

No desviar la atención

Una de las principales características del régimen macrista fue el excelente manejo de la gestión simbólica, mediante la que se pudo tapar el bache de la total ausencia de gestión política durante al menos los tres primeros años del régimen de Mauricio Macri. Esa gestión de lo simbólico se llevó a cabo en todos los medios, desde los tradicionales como la televisión, la radio y los diarios mediante el pago de brutales cantidades de dinero en concepto de pauta oficial hasta las redes sociales, con el empleo de auténticos ejércitos de los llamados trolls. Con ese aparato, los macristas pudieron ejecutar una estrategia de diversión —entendida en su acepción militar, que es el de distraer al enemigo— como tapadera ideal para el saqueo que se realizaba. Así, mientras en el plano político la gestión era escasa, casi siempre inexistente, en el plano económico se llevaba a cabo un saqueo monumental perfectamente ocultado por una gestión simbólica, en la que se invertía una millonada de dineros públicos. En una palabra, durante el gobierno de Mauricio Macri el pueblo argentino pagó para que lo distraigan y para no darse cuenta de que le estaban robando.

El actual gabinete de ministros del gobierno de Alberto Fernández, atestado de radicales, progresistas y de otros que nunca se han probado en el campo de batalla de la política. En la santísima trinidad económica —Ministerio de Economía, Banco Central y Banco Nación—, Fernández ubicó a un militante de la Franja Morada formado en los Estados Unidos, a un radical de pura cepa y a un socialista/progresista. Ni rastro de peronismo en el diseño de la política económica del gobierno. Para triunfar, Fernández deberá hacer un cambio profundo en el gabinete, llenándolo de cuadros capaces del peronismo que aporten volumen político al gobierno.

Pero no toda la gestión simbólica puede existir basada únicamente en el relato propio de los operadores mediáticos, lo que equivale a decir que el mal llamado “periodismo” no puede hacer la narrativa entera si los personajes no hablan. Esa parte del humo la aportan los dirigentes con todo lo que hacen y lo que dicen se suele llamar “factoide” en el argot de la política. Cuando un protagonista hace o dice algo que les sirve a los operadores mediáticos para distraer a los lectores, oyentes, televidentes y usuarios de las redes sociales, eso es un “factoide”, es decir, algo que parece un hecho sin llegar a serlo. Y el régimen macrista fue pródigo con los “factoides”, no escatimó esfuerzos en su producción y produjo, efectivamente, varios cientos de ellos. A veces hasta más de uno por día.

He ahí al desnudo la gestión simbólica que vulgarmente se suele llamar “estrategia comunicacional” de los gobiernos oligárquicos o propios de los poderes fácticos. Para poder representar los intereses de las minorías ricas sin perder el favor electoral de las mayorías populares, dichos gobiernos tienen que saquear con una mano y engañar con la otra, están obligados a construir un relato paralelo y absolutamente disociado de la realidad para que el plan funcione. ¿Pero cómo? ¿Cómo hacer que ese relato paralelo sea aceptado por las mayorías como si se tratara de la realidad misma? Pues no permitiendo que la realidad se discuta, forzando que la discusión se circunscriba, se limite a los “factoides”. Por ejemplo, para que no se hable de una pálida económica como una inflación demasiado alta, los dirigentes hacen o dicen algo polémico para que todos se “diviertan” discutiendo ese humo. A cada golpe del macrismo a la dignidad de las mayorías hubo un macrista y hasta estuvo el propio Macri generando polémica con “factoides” para que eso fuera presentado por medios como noticia y la sociedad se pusiera a polemizar.

La inaudita payasa Filomena, haciendo un factoide durante un anuncio de contagios y muertes en la peor hora de la crisis del coronavirus. El método macrista de distraer a la opinión pública con factoides sigue vigente en estos primeros meses del gobierno del Frente de Todos y exaspera a muchos de los propios, que no desean ver los métodos del macrismo reproducidos en un gobierno que consideran peronista.

Ahora bien, el modus operandi sigue aplicándose en la actualidad. En menor medida, por supuesto, nada se compara a la máquina de humo que hizo funcionar el régimen macrista. Pero también en el actual gobierno el “factoide” se ha utilizado y se utiliza, con mucho éxito en un primer momento y luego ya no tanto. Muchos de los militantes y de los simpatizantes propios, cuyo nivel intelectual es por lo general superior al de un macrista promedio, ya empiezan a sospechar que funcionan como “factoides” toda la intriga judicial, la tremenda intensidad del tratamiento del impacto del coronavirus, la rosca ideológica que incluye una insistencia en hablar de un macrismo ya muerto, la ideología de género y hasta los furcios de los referentes. Y eso es así por la simple razón de que, al haber tanta urgencia en la gestión política, es insólito que los medios considerados “propios” dediquen casi todo el espacio editorial y de programación a tratar de cualquier asunto, menos de la economía real. Muchos militantes y muchos simpatizantes ya se percataron de que los están “divirtiendo” y eso no es bueno para la moral de la tropa.

La conclusión es lógica, una gran obviedad: para salvar al gobierno, será necesario dejar de desviar la atención. Y para que eso sea así será fundamental tener aquello que veíamos anteriormente y es mucho volumen de gestión política. El gobierno debe retomar la iniciativa haciendo peronismo reconstructor, un tipo de peronismo de urgencia que trabaja las 24 horas del día para apagar incendios, luego limpiar la zona afectada y sobre ella reconstruir. Eso fue lo que hizo Néstor Kirchner desde el primer día de su mandato en el año 2003, absteniéndose de generar “factoides” para la distracción de la opinión pública y concentrando todos los esfuerzos en la reconstrucción de un país que había sido arrasado. Los cuadros del peronismo deben ser todos aprovechados en la función pública, deben trabajar a destajo durante meses al hilo hasta que la situación del país esté otra vez estable, todos los ineptos que hoy ocupan cargos públicos por afiliación ideológica deben ser barridos de inmediato y sus lugares deben ser asumidos por esos cuadros del peronismo, que son abundantes. Así y solamente así el presidente Fernández tendrá el volumen político necesario para recuperar la iniciativa e ir levantando cabeza. Al cabo de dos o tres meses el gobierno ya estará marcando otra vez la agenda y los medios de difusión se verán obligados a retornar a la función para la que fueron diseñados, que es la de correrla de atrás.

Losardo, Gómez Alcorta y Frederic: la omisión, el humo y la ineptitud representados en tres ministros del gabinete que han sido ubicados allí por afiliación ideológica y pertenencia al grupo de un oscuro operador mediático y judicial considerado “propio”. El amiguismo y el agradar a los extremos ideológicos en los cargos públicos han resultado en un gabinete paralizado, sin capacidad de respuesta. El triunfo requiere de funcionarios de hacha y tiza, gente dispuesta a trabajar a destajo y, fundamentalmente, a dar la cara en las horas más difíciles.

Finalmente, hay que olvidar a Mauricio Macri. Si bien es una cosa ideal para mantener elevada la moral del núcleo más duro de la militancia, el odio a Macri tiene escasa efectividad como motivador entre el sentido común popular. Este es un asunto de cálculo frío y así debe analizarse, dejando a un lado las ideas propias que no son compartidas por la generalidad. Tanto el amor como el odio a los dirigentes políticos en un escenario de grieta son propios de los núcleos militantes y no mueven la aguja fuera de esos círculos. El odio a Mauricio Macri se circunscribe a los fanáticos kirchneristas y el odio a Cristina Fernández se limita a los fanáticos macristas, es una cosa de rivalidad que se restringe a los rivales, únicamente. Entre las mayorías populares no politizadas la valoración es igual de mala para todos los dirigentes, sin que esa valoración se acerque nunca a nada parecido al odio. “Las mayorías no odian, odian las minorías”, explicaba el sociólogo del estaño Arturo Jauretche.

Y lo opuesto también es verdadero, allí donde el culto a la personalidad de los líderes solo existe en las tropas propias: solo los macristas aman a Mauricio Macri y únicamente los kirchneristas aman a Cristina Fernández, es un fenómeno que no ocurre fuera de esos círculos. Entonces la estrategia de hablar de Macri todo el tiempo es igual de inútil para sostener el favor de las mayorías para el kirchnerismo hoy como lo fue para el macrismo ayer hablar todo el día de la “pesada herencia” dejada por Cristina Fernández. Sirve para mantener la motivación de los soldados propios y hasta ahí nomás, ya que entre la tropa ya empiezan a surgir los cuestionamientos.

El odio a los referentes del otro bando es el combustible infernal de la grieta, pero tiene muy escaso impacto sobre la mayoría de civiles no militantes y/o despolitizados. Mauricio Macri intentó basar su gobierno en el odio a Cristina Fernández y fracasó. Si Alberto Fernández insiste en hacer lo mismo respecto a Macri fracasará de igual manera.

No es suficiente con ser mejores que Macri, la vara está muy baja. Si vamos a intentar gobernar con el argumento de que el macrismo fue una calamidad y de que, hagamos lo que hagamos, seremos mejores que eso, en el mediano plazo el pueblo nos va a repudiar. Hay que dejar que la Justicia investigue los delitos de Macri y no contar con eso para hacer parámetros de la gestión propia. Hay que olvidar a Macri y concentrarse en los problemas reales de las mayorías populares, trabajar las 24 horas del día y los siete días de la semana para resolver esos problemas uno a uno sin pensar si son heredados o autogenerados. Un problema es un problema y requiere solución inmediata, eso es lo que espera el sentido común no politizado de cualquier gobierno.

En todo caso y en última instancia, solo nosotros mismos desde el pueblo podemos salvar el gobierno al que votamos en octubre del año pasado. Y de un modo muy sencillo: cambiando el apoyo incondicional, obsecuente y en todo sentido acrítico por otro tipo de apoyo, uno que tenga ciertas condiciones o que directamente imponga esas condiciones desde abajo, presionando a los dirigentes todos los días para que hagan lo que tienen que hacer. Si seguimos en silencio creyendo que nuestra crítica pone en peligro la estabilidad del gobierno, estaremos logrando lo opuesto a lo deseado. Lo que le resta estabilidad a un gobierno no es la crítica de los propios, es la falsa sensación de que todo está bien cuando todo se cae a pedazos. Si los propios callamos y el gobierno cree que estamos conformes con lo que hay, es poco probable que haga algo por modificar la realidad. Únicamente expresando nuestra inquietud y exigiendo peronismo los peronistas podremos conseguir lo que queremos, que es un gobierno cuya gestión se base en los principios y valores de la doctrina peronista. Alberto Fernández no dejará de ser un socialdemócrata alfonsinista motu proprio, hay que obligarlo a ser peronista.

Mientras la socialdemocracia hacía rosca ideológica en Alemania, la hiperinflación y la devaluación galopante que resultaban del Tratado de Versalles hacían estragos en la economía del pueblo-nación alemán. El Tratado de Versalles era la “pesada herencia”, los socialdemócratas no resolvían el problema y fueron percibidos por el pueblo como ineptos. Así fue cómo parieron a Hitler, quien surgió en el horizonte con un discurso incendiario y se llevó el favor electoral de las mayorías. La historia de la que algunos no quieren aprender.

Cuando en un futuro a corto y mediano plazo veamos a los que hoy se hacen llamar “republicanos” destruyendo esta caricatura de república que tenemos y haciendo fascismo sin eufemismo, vamos a llorar que su “republicanismo” era es una máscara y que en el fondo siempre fueron autoritarios. Vamos a tener toda la razón, aunque de muy poco nos va a servir tenerla. Una vez que ellos estén montados sobre el sentido común en oposición a toda la ola de “progresismo” y socialdemocracia rosquera e inepta que el sentido común de las mayorías desprecia, una vez que sean considerados por la opinión pública como los “salvadores de la patria”, allí no habrá punto de retorno. Si las mayorías no politizadas perciben que el gobierno del Frente de Todos es incapaz de resolver los múltiples problemas de una sociedad que está hundida en la crisis, va a buscar refugio en el discurso incendiario de lo que llamamos la “extrema derecha”. Así fue cómo la socialdemocracia alemana parió a Hitler y así fue cómo la socialdemocracia brasilera del Partido de los Trabajadores parió a Bolsonaro. A eso no debemos llegar.

Guillermo Moreno suele decir, con mucho realismo, que Alberto Fernández no debe seguir las recetas que fracasaron en el pasado, las recetas de los gobiernos radicales. Moreno insiste en que Fernández tiene que cambiar o fracasará irremediablemente, pero la sentencia también puede leerse al revés. Si Alberto Fernández cambia, triunfará. Triunfará y hará el gobierno que las mayorías populares trabajadoras y medias en Argentina están necesitando para recuperar la dignidad. Fernández tiene que cambiar y en eso los que votamos al Frente de Todos jugamos un rol protagónico. Si nosotros cambiamos, abandonamos esa actitud de resignada pasividad, de gris obsecuencia, el gobierno de Alberto Fernández va a definirse inmediatamente. Sabremos la verdad en el cara o cruz, solo depende de nosotros.


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Nosotros existimos porque vos existís.