Por Gabriel Lanusse

A poco más de un mes de las elecciones que arrojaron como resultado un probable triunfo de Joe Biden en la carrera por la presidencia de los Estados Unidos, el idilio de los medios masivos de comunicación con el veterano candidato demócrata permanece intacto. A medida que transcurren las semanas y se conocen más nombres de los funcionarios que integrarían un eventual gabinete en un gobierno de Biden, el entusiasmo no se diluye. Se espera que el equipo de funcionarios que acompañen al presidente se presente como un auténtico crisol de razas y diversidades, enteramente del agrado de los editorialistas de los principales medios hegemónicos a nivel global.

En contraposición al “racista, misógino y homofóbico” Donald Trump —así catalogado por gran parte del poder mediático global— Biden diseña un gabinete negro, latino, feminista y sexualmente diverso y de ese modo se garantiza el blindaje de parte de un progresismo cada vez más volcado exclusivamente a la agenda de minorías sexuales, étnicas y de género. De lo que nunca se habla es de las trayectorias políticas individuales que se ocultan detrás de ese arcoíris de nombres propios.

El caso más paradigmático y que le valió a Biden sin lugar a dudas la simpatía de sectores que no lo hubieran elegido espontáneamente es el de su vicepresidenta, Kamala Harris, la primera mujer de la historia de la nación norteamericana que ocupará ese cargo. Harris además es hija de inmigrantes de la India y Jamaica, mujer afroamericana y feminista, lo que constituye un combo más que suficiente para que los medios lo destaquen de manera sincronizada en lugar de a su prontuario.

El “racista, misógino y homofóbico” Donald Trump, quien en determinado momento de su gobierno hizo un cambio de discurso respecto al emitido en el 2016 y en años anteriores y se acercó a las causas de las minorías, sin llegar a hacer de ellas un tema central. La poderosa idea de que las banderas progresistas en lo que se refiere a la moral sexual, religiosa, sexual y racial les pertenecen a los demócratas se impuso al fin y Trump siguió siendo identificado como un retrógrado en materia de nuevas libertades civiles, hecho que Joe Biden supo capitalizar a la perfección en las elecciones de este año.

La relevancia de Harris como operadora del establishment se puso de manifiesto durante la campaña presidencial, cuando la senadora negoció con los propietarios de grandes empresas de tecnología y comunicaciones, farmacéuticas y seguros privados generosas donaciones y aportes destinados a financiar la carrera a la presidencia. Los vínculos de Harris con este sector ya habían quedado demostrados cuando grandes multimillonarios y ejecutivos de Wall Street celebraron la decisión de Biden de seleccionar a Kamala para integrar su fórmula presidencial. De hecho, a la vicepresidenta electa se la reconoce históricamente por sus estrechos vínculos con la élite de Silicon Valley, abocada principalmente a los negocios de la información y la mass media, y que según el diario El Español “ya le ha ido dejando caer su lista de Reyes Magos” pues, de acuerdo con ese medio, “en la Costa Oeste tienen claras las prioridades” y esperan ansiosamente un vuelco en la política económica del país que priorice las telecomunicaciones y las finanzas por sobre el capital humano y la industria, ejes principales de la política de Donald Trump.

Por otra parte, al igual que el mismo presidente electo, Kamala Harris es una ferviente defensora del Estado de Israel. Es frecuente su participación en el Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelí (AIPAC, por sus siglas en inglés), el lobby sionista más poderoso de EE.UU. Queda demostrado, entonces, que las razones principales de los apoyos que la totalidad del arco mediático global ha brindado desde inicios de la campaña a esta mujer joven y atractiva, militante feminista, negra y descendiente de inmigrantes son más de corte político y económico que derivadas de su pertenencia a una minoría étnica y de género.

En igual sentido, en las últimas horas, se conoció que Lloyd Austin resuena como designado para estar al frente del Pentágono, oficina estratégica desde donde se diagraman y ejecutan las políticas de Defensa (o ataque, en realidad) de los Estados Unidos. No obstante, vale resaltar que los medios de comunicación se hicieron eco de esta noticia, pero no por las ideas e intereses que representa Austin, sino porque se trata del primer hombre negro en alcanzar el cargo más saliente dentro de la política militar de ese país. Así, la cadena ABC de España titula en relación con la nominación: “El general Lloyd Austin rompe el estigma de los negros en el Ejército de EE.UU.” Pero, ¿quién es Lloyd Austin?

Afiche de propaganda de orientación republicana en el que se denuncia a Kamala Harris por su perfil draconiano como fiscal. Harris es bien conocida en el sistema de Justicia estadounidense por su “mano dura”, con la que siempre abogó por un punitivismo extremo incluso para delitos menores o no violentos. Ese prontuario de “sheriff” desapareció como por arte de magia de los medios —salvo del New York Times, diario que publicó tímidamente algún artículo sobre el asunto— cuando Harris fue elegida como candidata a vicepresidente junto a Joe Biden. Y ahora Kamala Harris es un ícono del progresismo de minorías, a las que supo encarcelar mientras fue fiscal.

General retirado del Ejército de los Estados Unidos tras 40 años de actividad, Austin integró la 3ª. División de Infantería cuando esta marchó de Kuwait a Bagdad en la invasión estadounidense de Irak, en 2003. Desde finales de ese año hasta 2005, formó parte de las tropas que invadieron Afganistán al mando de la Fuerza de Tarea Conjunta Combinada 180. Durante el mandato del beligerante presidente Barack Obama, el primer afroamericano en habitar la Casa Blanca, el exgeneral se desempeñó como director del Comando Central del Ejército entre 2013 y 2016. Dicho organismo supervisa las acciones militares en Medio Oriente.

En la actualidad, Austin es miembro de la junta directiva de Raytheon Technologies. Esta multinacional aeroespacial y militar es una las compañías bélicas más importantes del mundo y fue denunciada por The New York Times el 16 de mayo de este año, cuando ese importante medio publicó una nota en la que señalaba a Raytheon Technologies como una de las principales proveedoras de bombas y armamento de la monarquía de Arabia Saudita, en el contexto de la cruenta guerra que ese país lidera desde 2015 contra Yemen, el Estado más pobre del mundo árabe.

La industria armamentística, una de las más rentables del mundo, vive de la guerra. Y eso no es ningún descubrimiento.  En los últimos años, bajo gobierno de Trump, Estados Unidos no ha iniciado nuevas guerras. Sí es cierto que, pese a que el actual presidente ha llamado a retirar tropas de Siria y de otros países de la región, Estados Unidos sigue manteniendo fuerzas militares en Medio Oriente y en otras regiones del mundo. Sin embargo, resulta por demás evidente que la política belicista del país del norte ha disminuido en intensidad, por lo que la industria de la guerra se ha dedicado a presionar en primer lugar a Trump con el propósito de que este diera impulso a nuevas ofensivas militares y, vista su renuencia, ha hecho lobby abiertamente en favor de Biden. El objetivo ha sido siempre el mismo: negocios son negocios, el complejo industrial-militar, como solía llamar Dwight Eisenhower la industria de la guerra, siempre está a la caza de cualquier aliado que le garantice un incremento de las ventas y la rentabilidad del negocio. Austin, el funcionario negro postulado para presidir el Pentágono, podría ser ese hombre.

El general (R) Lloyd Austin, aquí junto a Joe Biden en Irak, probablemente durante la vicepresidencia del demócrata. Todo el progresismo estadounidense está encantado con el anuncio de Austin como titular del Pentágono, sin observar que se trata de un enorme halcón y un militar con las manos manchadas de sangre, uno de los ejecutores de la larga y brutal campaña estadounidense de recolonización en Oriente Medio. El hombre es lo que parece ser, nunca lo que realmente es, hizo o hace en efecto.

En línea con esa política de inclusión de minorías, el equipo de prensa de Biden estará compuesto exclusivamente por mujeres, de acuerdo con un criterio de respeto del cupo femenino al interior del gabinete. En ese sentido, el presidente electo designó a Jen Psaki, quien fuera portavoz del Departamento de Estado en el gobierno Barack Obama, a la cabeza de la Secretaría de Prensa del gobierno federal. En el historial de declaraciones de esta joven mujer se destaca su defensa de la intervención de parte del gobierno norteamericano sobre la República Bolivariana de Venezuela. Entre otras afirmaciones, ha manifestado que “el objetivo de las sanciones (que Estados Unidos impuso sobre el país bolivariano) es persuadir al gobierno de Venezuela de que cambie de comportamiento”. 

Otra mujer destacada en el gabinete del flamante 46°. presidente de los Estados Unidos será Avril Haines, quien estaría destinada a desempeñarse como Directora de Inteligencia Nacional, siendo la primera mujer en ocupar tal puesto. Haines ejerció como viceconsejera de Seguridad Nacional durante la administración Obama. Anteriormente había ocupado el cargo de vicedirectora de la CIA.

En la actualidad, el 52% del equipo de transición del presidente Biden está compuesto por mujeres y el 46% son negros o latinos. Una vez en el gobierno, pareciera que la proporción tendería a repetirse. El Secretario de Seguridad Interior, por ejemplo, será un inmigrante cubano, Alejandro Mayorkas, férreo opositor a la Revolución Cubana y a la Revolución Bolivariana de quien el propio Biden ha declarado: “Me enorgullece que, por primera vez en la historia, el departamento esté dirigido por un inmigrante, un latino, que sabe que somos una nación de leyes y valores”.

Alejandro Mayorkas, uno de los más destacados “gusanos” anticastristas de los Estados Unidos que ahora será nada menos el secretario de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Los medios anticastristas de Miami titularon con bombos y platillos, como un hecho extraordinario, que “una mujer y un cubano estarán al frente de la Seguridad”, poniendo en evidencia que para ellos mismos las mujeres y los hispanos son inferiores y no se supone que deban ocupar esos cargos. Traiciones del inconsciente que son propias de la mezcla contra natura entre cipayos cubanos y la “izquierda” colorida de los Estados Unidos.

Estas nominaciones forman parte de una minuciosa estrategia del Partido Demócrata para cautivar el ala progresista de la sociedad norteamericana. Los seleccionados son individuos que se muestran a sí mismos como referentes del feminismo, de la lucha contra el racismo y de los derechos de diversas minorías, pero resulta evidente para el atento observador que se trata de una mera estrategia de márketing cuyo objetivo es el de limpiar la imagen de una serie de oscuros personajes, escondiendo bajo la alfombra su criminal prontuario.

La pregunta fundamental que hemos de hacernos a nosotros mismos es cuál es la relación lineal que existe entre la pertenencia a determinado sector social víctima de la “opresión” o la discriminación y la idoneidad para ocupar cargos públicos en el gabinete del país aún hoy más poderoso del mundo. ¿Desde cuándo haber nacido negro, mujer o pertenecer a la comunidad homosexual, ser inmigrante o hijo de inmigrantes garantiza que una persona está ipso facto capacitada para desempeñarse de manera eficiente en un determinado cargo? ¿Importan el color de piel de un funcionario, el género que lo represente o su orientación sexual, si a la hora de arremeter contra pueblos inocentes lo hace sin ningún tapujo? Alguna vez el amigo de los pueblos Bertold Brecht ha sabido decir: “Qué tiempos serán los que vivimos, que hay que defender lo obvio”. Será necesario, entonces, recordar que los asuntos de la política poco tienen que ver con las cuestiones que atañen a las etnias, los sexos, las identidades de género, las religiones o cualesquiera otras variables que pudieren tomarse para dividir o clasificar a las sociedades. En los Estados Unidos, como aquí y en la China, la política es la arena en la que no se decide otro asunto que no sea la repartija de la torta.

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