Por Marcelo Gullo

El historiador y filósofo uruguayo Alberto Methol Ferré solía afirmar que para explicar cualquier fenómeno era necesario partir desde lo más elemental, para así reconstruir el todo desde lo simple hacia lo complejo. Analizar los desafíos geopolíticos de la patria grande en el contexto de la consolidación de un nuevo orden mundial multipolar implicará entonces partir de la premisa más elemental que caracteriza a nuestra región y ha venido determinando su devenir histórico desde que fue declarada la independencia política de los Estados americanos: fuimos y somos una semicolonia británica.

Esta afirmación podría parecer arriesgada, si no fuese porque se ha corroborado en todas las etapas de la historia a través de la propiedad directa o indirecta de la infraestructura de comercio internacional de nuestro país en manos de capitales británicos, así como en los sucesivos procesos de endeudamiento que pusieron en jaque la independencia económica de los países de la región. Pero el imperialismo inglés se ha puesto de manifiesto sobre todo en sus semicolonias de la América Hispana a través de la importación de ideologías de la subordinación que facilitaron la colonización pedagógica de las oligarquías locales y fueron replicadas y difundidas por las clases medias aspiracionales o, como las llamaba Arturo Jauretche, el mediopelo.

Para diseñar una estrategia de inserción de la Argentina y de la América Hispana en su conjunto como polo de poder en el mundo multipolar que se avecina es fundamental entonces partir desde lo simple hacia lo complejo, asumir nuestra condición histórica de semicolonia en primer lugar, identificar los procesos que mediaron la consolidación de ese estatus y finalmente librar la batalla por el sentido de manera de desactivar el mecanismo de ingeniería social que la oligarquía financiera internacional ha instalado en el sentido común de las naciones americanas con el propósito de rubricar el estatuto legal del coloniaje, versión 2.0. El futuro de Hispanoamérica depende necesariamente de reasumir su nacionalidad única y continente y recobrar los vínculos de fraternidad entre los pueblos que nunca debieron haberse quebrantado.

Al presagiar su propia decadencia, el imperialismo británico hizo un enorme esfuerzo por ponerse en alianzas con la potencia en ascenso en el siglo XX y que se hizo finalmente del liderazgo luego de la II Guerra Mundial: los Estados Unidos de América. Así, mediante alianzas con potencias ascendentes, los británicos empezaron a desplegar una nueva estrategia con la que finalmente se aliaron con los chinos y con las élites globales para seguir dominando en sus semicolonias.

Para comprender cuáles han sido los mecanismos que condujeron a la fragmentación del gigante iberoamericano en unidades políticas menores luego de las guerras de independencia y a la cristalización del estatus semicolonial de cada una de las unidades resultantes es necesario entender qué cosa diferenció a la Inglaterra imperial de las metrópolis que habían sabido erigirse como tales en cada uno de los regímenes imperiales desarrollados a lo largo de la historia. El rasgo fundante del imperialismo británico es la autoconsciencia de la construcción de su propio poder, es decir, que la diplomacia inglesa es la primera de la historia consciente de la capacidad de las naciones de construir poder. En todo momento, el imperio británico implementó en las excolonias españolas un manual de instrucciones para la dominación que celosamente había diseñado con el objetivo explícito de consolidar su injerencia sobre la política económica de los nacientes Estados. Paralelamente al proceso de independencia y durante la consolidación de los Estados nacionales americanos, Inglaterra usufructuó cuatro ideologías de la subordinación para degradar a esas unidades a la condición de colonias económicas: 1) La leyenda negra de la conquista española, 2) El nacionalismo de campanario, 3) El libre comercio y 4) El iluminismo.

La leyenda negra de la conquista española, a la sazón la primera fake news de la historia, tuvo como objetivo y resultado principales la hispanofobia, esto es, la negación de los rasgos de la hispanidad comunes a todas las naciones de la América Hispana. A través de la instalación de ese relato la diplomacia inglesa logró que los pueblos americanos repudiáramos aquello que nos había dado identidad y nos había aglutinado como un pueblo nuevo, único y continente, con un pasado en común, una única lengua y valores tradicionales idénticos. La leyenda negra ha cuajado de tal manera en el sentido común de las naciones americanas que resulta casi imposible no toparse con ella en todo momento, incluso entre algunos sectores cercanos al nacionalismo de inclusión. La identificación de la conquista española con el “genocidio del indio” es automática y constituye aún hoy la base del relato de la historia oficial. Sin embargo, nacionalistas como Manuel Ugarte, Juan José Hernández Arregui o el propio Juan Perón han discutido la idea del genocidio, de la que Eva Perón ha sabido afirmar: “La leyenda negra con la que la reforma se ingenió en denigrar la empresa más grande y más noble que conocen los siglos, como fueron el descubrimiento y la conquista, solo tuvo validez en el mercado de los tontos o de los interesados”. ¿Con qué propósito el imperialismo británico estimuló la hispanofobia? El objetivo de Inglaterra respecto del Nuevo Mundo ha sido siempre el mismo: la apropiación. Las ideologías de la subordinación tuvieron el objetivo de fraccionar el vasto territorio americano en tantas unidades como fuera posible. Así, el gigante americano se convertía por vía diplomática en el conjunto de pigmeos que la guerra no había terminado de conformar.

Imágenes como esta representación de un auto de fe, obra de Robert Fleury, fueron ampliamente utilizadas para difundir la leyenda negra de la colonización española en todo Occidente, impactando lógicamente aquí en las colonias. Al imponerse la idea de que los españoles fueron terribles, se impuso también otra idea: la de que todos los demás fueron buenos, incluyendo a los ingleses en su vastísimo imperio por todos los continentes.

El mismo propósito de división y olvido de la fraternidad persiguió el que llamamos nacionalismo de campanario, consistente en la exaltación del terruño rayana en el odio desmedido hacia el vecino. Este se consolidó a través de la Guerra de la Triple Alianza (1864/1870), cuádruple infamia fruto de las intrigas de la diplomacia inglesa en connivencia con las oligarquías de Argentina, Uruguay y Brasil y que trajo aparejados dos resultados ampliamente beneficiosos a la corona británica: el desmantelamiento del primer proyecto industrializador del Nuevo Mundo, el Paraguay del Mariscal Solano López, con el consiguiente genocidio fratricida ejemplificador y la exacerbación de los odios entre pueblos no mucho antes considerados hermanos. La Guerra del Pacífico (1879/1884) atizó ese estado de hostilidad latente perseguido por el imperio. El objetivo británico todavía inconcluso es el resurgimiento de las lenguas indígenas y el establecimiento de estas como lenguas oficiales para que de ese modo, de norte a sur el continente pase a ser una Torre de Babel en la que, olvidada la lengua común, cada nación no pueda entenderse con sus hermanas.

La tercera ideología de subordinación fue el libre comercio. Este fue diseñado exclusivamente con el propósito de expoliar las riquezas de las naciones, lo que se demuestra por el férreo proteccionismo económico que caracterizó a Gran Bretaña a lo largo de todo el periodo que estamos estudiando, mientras los agentes de la diplomacia y la intelectualidad orgánica esparcían la doctrina liberal en todas las regiones del mundo. En otras palabras, el liberalismo no es sino una pata más del proyecto geopolítico del imperialismo cuyo fin no es otro que comprar a precio vil las riquezas del mundo y colocar excedentes industriales en relación de coloniaje.

Finalmente, la cuarta ideología que la corona utilizó en América fue el iluminismo. Deberíamos aclarar, no obstante, que en rigor de verdad esta ha sido la primera tanto en importancia como en orden cronológico, pues el iluminismo ya operaba en las colonias del continente cuando estas permanecían bajo el dominio político de España. El historiador Fermín Chávez descubrió cuál fue el motivo del impulso a esta ideología en las Américas: Inglaterra exportó el iluminismo con el firme objetivo de desterrar del alma de las naciones incipientes lo trascendente del hombre, para borrar del corazón de las masas toda creencia sobrenatural o religiosa, la que en la nación continente hispanoamericana estaba constituida por la religión católica. Los ingleses, en tanto que primer imperio autoconsciente de la capacidad de las naciones para construir poder, hicieron uso del iluminismo para deconstruir la fe fundante de la hispanidad.

Más piezas de propaganda orientadas a instalar el maridaje de una Gran Bretaña decadente con potencias en ascenso. Aquí vemos otra vez la alianza pretendida con los estadounidenses mediante diversas consignas, entre las que está el idioma inglés (véase en el extremo inferior y en el centro de la imagen) como factor de unidad. Como se ve, lo que es bueno para ellos está asimismo prohibido por ellos para nosotros. El imperialismo británico ha luchado desde siempre por destruir la unidad idiomática de América hispana.

Independientemente de la existencia o no de Dios, discusión lateral en lo que atañe a la geopolítica de la dominación, el manual de instrucciones del coloniaje británico establecía la imperiosa necesidad de destruir la fe fundante de las naciones subordinadas. La intelectualidad británica pudo ver que toda nación posee como base de sustentación una fe fundante que la sostiene y la cohesiona y que el poder de las naciones se empieza a des-construir cuando la fe fundante se erosiona. Para muestra basta un botón, la caída de la URSS es una demostración reciente de esta premisa: cuando la élite comunista dejó de sentir al marxismo como la fe fundante de su andamiaje, la que había constituido una élite revolucionaria mutó en burocracia y la Unión Soviética se desmoronó como un castillo de naipes.

La leyenda negra de la conquista, entonces, estuvo orientada a exacerbar el odio hacia lo hispano, el nacionalismo de campanario atizó los odios entre pueblos hermanos y facilitó la fragmentación territorial, el liberalismo económico fue el fundamento ideológico de la desprotección de los propios recursos y el iluminismo erosionó el espíritu de la nación continente iberoamericana. Así se consolidó el estatus semicolonial del continente americano.

Haciendo uso del método de Methol Ferré hemos partido de la premisa básica de nuestra condición semicolonial e hicimos un racconto de los medios que derivaron hacia ese estatus. Pero si hemos de proseguir analizando desde lo más simple hacia lo más complejo, deberemos establecer el estado de situación de las relaciones internacionales en la actualidad para responder al interrogante principal que nos ocupa: de qué manera la región podrá insertarse en el nuevo orden mundial multipolar como polo de poder y no como colonia o semicolonia. Ese desafío nos obliga a indagar a través de qué mecanismos se sostiene la condición semicolonial de la América Hispana y a qué metrópoli respondemos, pues claramente las ideologías de subordinación han mutado siglo a siglo en función de la evolución de las relaciones de dominación. Hemos pasado de cargar el collar invisible borbón al británico y este se transfirió en algún momento a los Estados Unidos. La pregunta es cómo se sostiene ese collar hoy y a qué nación dominante pertenece.

Boris Yeltsin, liderando el movimiento de disolución o implosión de la Unión Soviética. Al perderse la fe fundante —el marxismo—, el país se estancó y se perdió, con lo que la reacción del cipayo occidental Yeltsin era solo cuestión de tiempo. En el centro de la imagen, un soldado soviético llora su derrota y captura a manos de los golpistas.

La respuesta estará una vez más en la oligarquía financiera internacional. Este actor que hoy domina la escena geopolítica a nivel global surgió en Inglaterra hacia fines del siglo XVIII, se consolidó durante las guerras napoleónicas y llegó prácticamente a fundirse con el Estado británico hasta 1911, cuando se alió con el Estado norteamericano durante la presidencia de Woodrow Wilson. A partir de ese giro, la oligarquía financiera se asimilaría con el gran país del norte, utilizando su infraestructura estatal y militar para canalizar sus demandas, al menos hasta la década de 1990, cuando el presidente Bill Clinton habilitó la concentración de los medios masivos de comunicación a manos de un puñado de compañías financieras. Así, con los medios de producción y los medios de opinión en su poder, la oligarquía financiera internacional consolidaría su autonomía respecto de Estado alguno, pues le bastarían su capacidad de moldear la opinión pública y dar golpes de mercado a voluntad para prescindir casi totalmente de un aparato militar. El resultado de ese cambio pervive hasta nuestros días: el mundo se divide hoy en democracias secuestradas por la propia oligarquía financiera en los países desarrollados y democracias coloniales en los países periféricos. Estos últimos, entonces, han alcanzado un estatus inédito de doble subordinación: a manos de alguna metrópoli estatal y a manos de un poder supraestatal, la oligarquía financiera internacional. El interrogante es si efectivamente en la actualidad existe algún poder estatal que ejerza como metrópoli en los Estados americanos, y de quién se trata.

Raúl Scalabrini Ortiz había identificado con precisión a Inglaterra como metrópoli a la que respondía nuestro país hacia comienzos del siglo XX, basándose en la demostración de que ese Estado controlaba los principales resortes de nuestra infraestructura comercial: los ferrocarriles y los puertos. En la actualidad, la concentración de capitales se reparte entre compañías que siguen siendo británicas, aunque se disfracen de australianas o canadienses y sociedades anónimas cuyo principal accionista es el Estado chino. Esa es la respuesta a la cuestión de la primera fase de la doble subordinación, correspondiente a los poderes estatales.

Resta entonces analizar de qué modo opera la élite global, responsable de la segunda fase de la doble dominación, la fase supraestatal. Esta se pone de manifiesto a través de nuevas ideologías de la subordinación, derivadas a la vez del liberalismo clásico: el neoliberalismo o liberalismo de derecha y el progresismo o liberalismo de izquierda, que a su vez tiene diseñadas para nuestra región tres estrategias de control social: 1) La ideología de género, 2) El aborto serial indiscriminado y 3) El fundamentalismo indigenista fragmentador o supremacismo indigenista balcanizador.

Caricatura muy precisa del imperio británico atropellando literalmente a los “extranjeros” con los conceptos de libre comercio y reforma impositiva. El liberalismo que Gran Bretaña impuso a sus colonias jamás se aplicó en la misma Gran Bretaña, donde rige un proteccionismo brutal.

Neoliberalismo y progresismo, entonces, no son sino la forma que en la actualidad cobró la tercera ideología de la dominación de la etapa analizada más arriba. Consolidado el estatus semicolonial de la región, solo restaba sostenerlo a través de la sujeción económica. El neoliberalismo es la pata del liberalismo destinada a disolver las matrices productivas de las naciones, la relación entre los Estados y los trabajadores y dinamitar la protección sindical que el hombre había alcanzado en décadas anteriores. El progresismo, por su parte, se ocupa de disolver el último reducto de comunidad y solidaridad que persiste en pie, la familia, para arrojar al mundo a un hombre solo, vulnerable y desprotegido, presa natural de la dominación. Esto les suena a algunos alocado, exagerado o rayano en la conspiración, pero se corrobora largamente por infinidad de vías. Un ejemplo básico del deseo explícito de constituir un nuevo orden mundial de hombres solos arrojados a su suerte lo constituyó el artículo firmado por Sophie Lewis que en abril de este año publicó la Open Society Foundation propiedad del magnate “filántropo” George Soros. Allí la fundación exhortaba a la población mundial a aprovechar el confinamiento social producto de la epidemia de coronavirus para “abolir la familia tradicional, que apesta”.

El interés expreso de la oligarquía financiera internacional en financiar y sostener la ideología progresista —que se corrobora sencillamente observando los libros contables del multicolor espectro de oenegés “filantrópicas” militantes de cuestiones raciales, sexuales o étnicas— debe poner en alerta a los pueblos acerca de la peligrosidad de plegarse a la agenda del progresismo, la pata izquierda del liberalismo clásico, esto es, la nueva y más perfecta ideología de la subordinación. Claro que no es fácil luchar contra el Leviatán cuando este posee y utiliza nada menos que las mentes de sus subordinados, a través de la formación de opinión fruto de la difusión de su sistema de ideas en el ámbito académico, los medios masivos de comunicación y las redes sociales, veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año y en todas las latitudes del mundo. La progresía, en definitiva, no es sino la expresión actual, académica y social del mediopelo.

Los cipayos, elemento fundamental de la colonización británica. En la actualidad, los cipayos vienen más “por izquierda” que “por derecha”, puesto que la dominación se encuentra en la etapa de disolución de los valores nacionales de sus países víctimas y esa es una tarea que debe llevar a cabo el progresismo. Así es cómo Victoria Donda se abraza con el embajador británico Mark Kent para celebrar los colores de lo que el imperio llama “diversidad” hoy.

La inserción de la región iberoamericana como polo de poder en un mundo multipolar dependerá necesariamente de la ruptura de los collares que nos sujetan: el de la alianza anglochina y el de la oligarquía financiera internacional. Lo primero depende de rechazar de plano las ofertas de alianzas económicas desventajosas, basadas en los intentos de reprimarización de la economía regional para dar impulso a una fuerte industrialización de los países de la América Hispana. Lo segundo depende de la voluntad política de rechazar el modelo económico que propone el neoliberalismo, pero sobre todo la trampa de libertad que ofrece el progresismo. La nación continente hispanoamericana debe reconstituir los lazos de hermandad, desechar los proyectos de control de la natalidad, balcanización del territorio y el nacionalismo de campanario para abrazar la noción de patria grande con la que soñaron los libertadores y que en definitiva es la condición natural de su ser como nación continente despedazada de manera artificial por una diplomacia inglesa en un brutal intento de fundar una colonia de enanos allí donde habitaba un colosal gigante, único en su especie e indestructible.

La paradoja de nuestro tiempo se bifurca en dos opciones antagónicas e igualmente radicales: saldremos de esta encrucijada habiendo sellado nuestra doble dependencia de manera definitiva o habiendo decretado nuestra segunda independencia, constituyéndonos en una auténtica potencia mundial, con condiciones naturales, ambientales, climáticas y humanas incomparables a nivel planetario. Sería una verdadera pena que en este contexto de latencia de un nuevo orden mundial, abriéndose una ventana de oportunidades insuperables, la región no participara del crecimiento en virtud de su propia incapacidad para consolidar un polo de poder sólido e industrializado. El verdadero desafío consiste en privilegiar el bien común por sobre las ideas rimbombantes y tomar siempre en consideración el auténtico criterio de verdad de los pueblos: si la oligarquía financiera internacional desea para nosotros la adopción de una práctica o ideología, esta necesariamente no puede ser buena para los pueblos. Cuestiones en apariencia justas, basadas en presuntos derechos tales como el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, por ejemplo, no pueden ser buenas para los pueblos si se corrobora que están siendo vehementemente impulsadas por la oligarquía financiera internacional, agente histórico del desgarro y la hemorragia material y espiritual de los pueblos. Porque, si Drácula nos pide que dejemos abiertas las ventanas por las noches, invitando al vampiro a ingresar a desangrarnos, ¿hemos de obedecerle en función de su encanto macabro y su diabólica amabilidad o tapiaremos las ventanas, soportando calor y humedad, en pos de la preservación de nuestras propias vidas? El que fuere buen patriota americano que sepa elegir la opción que mejor le sirva a su dignidad.

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