Por Rosario Meza

Diciembre comenzó con una noticia extraña e inquietante: el agua, recurso fundamental para la reproducción de la vida, comenzaría a cotizar en el mercado de futuros de Wall Street y su precio estaría determinado por una combinación del volumen y la disponibilidad del líquido en cada región. En un planeta en el que dos mil millones de personas —un tercio de la población mundial— tiene dificultades para acceder al agua potable, el hecho de que el elemento esencial de la vida cotice en bolsa implica necesariamente una acentuación de las desigualdades preexistentes. Pero, ¿qué sucede en el Cono Sur? ¿Qué posibles consecuencias se podrían desprender de una futura escasez de agua que empujase hacia arriba el precio de ese bien, en el contexto del reordenamiento mundial que tiene lugar en la actualidad?

La respuesta es ciertamente una incógnita, puesto que depende directamente del derrotero histórico, de cómo se resuelva la inserción de la región en el nuevo esquema mundial, cuestión que aún hoy está pendiente. Pero eso no es todo: si Hispanoamérica lograse insertarse como polo de poder, de todos modos el verdadero desafío sería el de fortalecer el sistema de defensa de toda la región, blindar sus fronteras y prepararse para unos cuantos dolores de cabeza, con la total seguridad de que los buitres del mundo vendrían por el agua.

En el año 2003, de hecho, el Banco Mundial convocó a representantes de los países integrantes del Mercosur a una reunión realizada en Montevideo, la que culminaría con la firma de un documento y la ulterior creación del Proyecto de Protección Ambiental y Desarrollo Sustentable del Sistema Acuífero Guaraní. Este sería apoyado por el propio Banco Mundial (BM) con ayuda del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (FMAM), la Organización de los Estados Americanos (OEA), los gobiernos de Alemania y los Países Bajos y la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), entre otras entidades. Es decir, que el interés de los países centrales y la élite global por el monumental reservorio hídrico de América del Sur no es nuevo. Desde hace décadas se viene cocinando a fuego lento un intento de apropiación de las reservas de agua dulce por parte de los poderosos del mundo.

Caricatura simbolizando al Banco Mundial —véase el detalle del logotipo en la billetera— alimentando a los buitres del mercado financiero. Ya el propio concepto de un banco supranacional cuyo poder se ubica por encima de los Estados nacionales es una clara evidencia de cómo este y otros organismos multilaterales como el FMI, la OMS y tantos otros fueron creados y existen para representar los intereses de las élites globales.

El Sistema Acuífero Guaraní es el tercero del mundo en volumen, detrás del Areniscas de Nubia en África y la Gran Cuenca Artesiana en Australia. Ocupa 1.200.000 kilómetros cuadrados de territorio compartido entre cuatro países: el 70% de su superficie corresponde a Brasil, el 19% a la Argentina, el 6% al Paraguay y el 5% restante, al Uruguay. Por el norte toma contacto con el Pantanal brasileño, conectándose de manera indirecta con la Amazonia. El límite oeste en el Paraguay es difuso, mientras que en el territorio argentino las estimaciones suponen que se extiende en el norte hacia la cuenca del Bermejo y al sur no se descarta que continúe hacia la región pampeana o eventualmente hacia la Patagonia, para alimentarse de los grandes lagos, al pie de la Cordillera de los Andes. El volumen total de agua del acuífero se estima en unos 30.000 kilómetros cúbicos y las reservas explotables, en unos 2.000 kilómetros cúbicos al año. La recarga del acuífero en los lugares en los que aflora es de solo 5 kilómetros cúbicos al año.

El área más importante y fundamental de alimentación del reservorio es la Triple Frontera entre Argentina, Paraguay y Brasil y en particular, la cuenca fluvial que conecta a los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay con el Río de la Plata, aunque también recibe parte de su caudal desde los Andes a través del Acuífero Puelche. De acuerdo con las estimaciones, las disponibilidades de agua potable del Acuífero Guaraní serían suficientes para abastecer a una población del orden de los 360 millones de personas, con una dotación de 300 litros diarios por habitante. En otras palabras, se trata de una auténtica mina de oro líquido.

Si las reservas de agua potable del mundo comenzaran a escasear, sin lugar a dudas la América del Sur pasaría a constituir un tesoro mucho más preciado aún que en la actualidad. Recordemos algunas de las maravillas de la región: a las inagotables reservas de petróleo de Venezuela podemos añadir el coltán en ese mismo país o el litio en el desierto de Atacama y las cuencas salinas adyacentes de los territorios de Bolivia, Argentina y Chile. Se trata de ejemplos paradigmáticos por su actualidad y por la proyección a futuro de su explotación, pues si bien ya existen intentos aislados por prescindir de los combustibles fósiles, el recambio no pareciera pronto a realizarse, por lo que sin lugar a dudas la disputa por el petróleo se irá agravando en vez de apaciguarse. Otro tanto sucede con el litio y el coltán, materias primas básicas en la producción de baterías y dispositivos móviles, es decir, de la industria de punta en un futuro no muy lejano. Esto sin contar el colosal almacén de minerales y agua pura de la Cordillera de los Andes y el pulmón verde de la Amazonia.

Las Cataratas del Iguazú, en el centro geográfico del área por la que se distribuye el Acuífero Guaraní. El agua es el recurso natural que probablemente sea más escaso y por lo tanto más valioso en un futuro a corto plazo. Las élites globales, ni lerdas ni perezosas, ya pusieron a funcionar su máquina institucional para garantizar el libre acceso a esas reservas en exclusividad.

Eso significa que nos hallamos literalmente parados encima de una auténtica bomba de tiempo geopolítica. Independientemente del modo como la América del Sur logre acomodarse en el nuevo tablero político del mundo multipolar, lo indefectible es que sus vastísimos recursos naturales implicarán más tarde o más temprano el conflicto en el mejor de los casos diplomático por el acaparamiento de esas riquezas por parte de las élites globales, mal acostumbradas a nunca recibir un no por respuesta.

El programa impulsado por el Banco Mundial, entonces, no es sino la punta de lanza de todo un proyecto de la élite global destinado a convencer a los Estados nacionales de la presunta conveniencia de flexibilizar las legislaciones locales en materia de concesión de recursos naturales para que les sean permitidas a compañías privadas de capital multinacional la exploración, explotación, potabilización y distribución, esto es, literalmente, la entrega del agua de todos los sudamericanos a los poderosos del mundo, sin asegurarse previamente la provisión necesaria para los Estados soberanos en cuyo territorio nacional está emplazado el acuífero. Según informes elaborados por el propio Banco Mundial, 40 millones de dólares habían sido destinados en esa ocasión, allí por el 2003, a estudios y exploraciones de toda la cuenca guaraní que incluye ríos, arroyos, lagunas y esteros para diseñar e implementar en forma conjunta entre los organismos de crédito y las empresas privadas un marco institucional y técnico para el manejo y la preservación de este sistema. Su interés sería reconfigurar el manejo de la cuenca, con el único objetivo de propiciar la transferencia de los servicios hídricos al sector privado multinacional, que es como decir impulsar la concentración de la explotación en un puñado de actores, colocando a las multinacionales en el centro de la escena como beneficiarias de la gestión y el usufructo del agua.

A medida que vaya en aumento la cotización de ese preciado bien en el mercado de futuros, impulsada por una agudización de la falta de disponibilidad de agua que es inversamente proporcional al volumen del stock mundial, el negocio resultará más atractivo y cualquier reserva natural de agua dulce apta para el consumo humano se encontrará en un potencial peligro ante las veleidades de la demanda y la codicia de la élite global.

Representación artística del retirado CEO del Grupo Nestlé, Peter Brabeck-Letmathe, quien en el año 2005 declaró públicamente que el agua es una mercancía y no un derecho humano. Con el diario del lunes, vemos que el austriaco Brabeck-Letmathe fue entonces todo un visionario y dejó en evidencia lo que hoy estalla como escándalo al cotizar el agua por primera vez en Wall Street.

El proyecto de privatización del agua ya está en marcha, la pregunta es si efectivamente llegará a cristalizarse, lo que va a depender de las decisiones de un bloque continental sólido, con vínculos afianzados y una política proteccionista de los propios recursos, integral y supranacional. Sin la existencia de un polo fuerte, que se inserte en el mundo como una potencia única, la victoria de los buitres en la guerra por el agua parece inevitable. Esta podrá tomar previsiblemente tres formas, derivadas de la relación que los Estados nacionales establezcan con las empresas multinacionales.

  • A través de la venta total de los sistemas de distribución, tratamiento y/o almacenamiento del agua por parte de los Estados nacionales. Esto implica la privatización directa y significa lisa y llanamente que los argentinos, brasileños, paraguayos y uruguayos no serán dueños del agua que subyace a la capa continental sobre la que habitan.
  • A través de la concesión directa de parte de los Estados nacionales para que las empresas de propiedad directa o indirecta de la élite global se hagan cargo del servicio y del cobro por la operación y mantenimiento del sistema en uso, o un proceso similar al que actualmente ya está teniendo lugar en la explotación minera en los países de la región.
  • A través de un contrato restringido mediante el que un Estado nacional contrate a una sociedad anónima, muy probablemente una empresa multinacional para que administre el servicio de agua a cambio de un pago por costos administrativos. De las tres alternativas, los antecedentes en materia de relaciones de explotación de recursos minerales de las naciones dependientes tienden a hacer suponer que se privilegiará la segunda, acarreando la pérdida total de la soberanía de los pueblos sobre sus recursos hídricos.

Pero ahí no se acaban los problemas. Aún si la región lograse erigirse en una auténtica potencia mundial es difícil suponer que los buitres del mundo se quedarían de brazos cruzados y aceptarían una derrota sin adoptar alguna estrategia lateral de apropiación. Lo más previsible es que sin una fuerte política de defensa a nivel continental, que implique la expulsión de todo agente foráneo y el despliegue de tropas en territorio y en las fronteras como ofensiva disuasoria de posibles invasiones, en un futuro no muy lejano los conflictos armados estén emparentados con el agua, así como con el resto de los tesoros que alberga nuestro suelo.

Protesta en Michigan, Estados Unidos, contra la privatización del agua que llevaban a cabo corporaciones como el Grupo Nestlé. En el letrero, literalmente, se lee: “Nestlé, pare de robarnos el agua”.

La victoria de un Joe Biden —cuyo gobierno parece estar adelantando un claro sesgo belicista inferido de los nombres que integran su gabinete, tanto como de los apoyos a la campaña presidencial de los demócratas, gigantes de la producción y venta de armas incluidos— se suma a la noticia de la cotización en bolsa del precio del agua para poner en alerta a las naciones dependientes acerca de la imperiosa necesidad de prepararse para el mundo que se viene, en una estrategia conjunta de industrialización, estatización de los recursos estratégicos y defensa del territorio.

La independencia de los pueblos americanos se emparenta directamente con la unidad continental pero también con la protección de las riquezas que hacen de nuestro continente una región única en el planeta. La inserción del Cono Sur y de toda la América hispana como polo de poder en el nuevo orden mundial multipolar va a estar determinada por la expresa voluntad política de los Estados nacionales de sostener los vínculos de fraternidad de los pueblos, diseñar una estrategia económica común reforzando el bloque continental y establecer alianzas inteligentes con otros polos, que no impliquen la entrega de nuestras riquezas naturales ni tampoco la reprimarización de las economías regionales. El derrotero histórico de lo que viene aún es incierto y está por resolverse. Lo que ningún nacionalista puede ya desoír es que de la unidad depende la fuerza de nuestra región. Eso está claro como el agua.

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