Tras un año de control, confinamientos y terrorismo informativo a granel, la pandemia del coronavirus transita hoy una etapa más bien precaria en la que todo parecería estar a punto de explotar en una crisis de escepticismo. Quizá nunca antes en la historia de la humanidad haya habido tanta gente escéptica, en una actitud casi cínica frente a la realidad o frente a lo que se presenta como la realidad en el relato mediático dominante. Si bien la fe en dicho relato sigue intacta como en el primer día en la consciencia de algunos, ya son muchos más los que pasaron de hacerse preguntas a negar directamente la existencia de un problema. Y todo eso a raíz de una manipulación que cada día es más difícil de disimular y ocultar.

Las restricciones a la vida cotidiana impuestas en países como el nuestro en el marco de la prevención del coronavirus han trastocado muchísimo la realidad efectiva de muchos, sobre todo de aquellos ubicados en los sectores más vulnerables de las clases populares. Para muchos de nosotros, el atípico año de 2020 significó un tránsito brusco desde una normalidad dificultosa ―una vida dicha normal al acecho de dificultades económicas que ya se ven como permanentes y un clima político enrarecido que también se había normalizado― a una incertidumbre total en la que a las dificultades de siempre se les suma aquello que cada vez más se percibe como una verdadera bota sobre el pecho. Es como si de la noche a la mañana se hubiera impuesto un sistema opresivo que no resuelve ninguno de los problemas previos, aunque se justifica ideológicamente por estar diseñado para resolver un problema nuevo que se percibe como más problemático que la suma de todos los anteriores.

La burla a la cuarentena y a las medidas de prevención, un hábito que se está extendiendo sobre todo entre los más jóvenes. La caída de la fe es generalizada y eso da lugar a una situación caótica, en la que se polariza una cuestión trascendental y se pierde así el sentido del debate. Entre “coronaviristas” fanáticos de las restricciones y de la represión a los que no cumplen las medidas sanitarias y los “negacionistas” para quienes el coronavirus es una elucubración informática, nadie parecería estar muy preocupado en observar las consecuencias económicas, políticas y sociales de la pandemia. Y se da la paradoja de que los más interesados en discutir la coyuntura son los que menos la discuten en efecto al posicionarse en lugares extremos cuyas opiniones no aportan conclusiones relevantes.

He ahí el punto. A esta altura de los acontecimientos y a casi un año del inicio de las restricciones a esa normalidad dificultosa que existió hasta marzo del 2020, no son pocos los que ya dudan de que dichas restricciones hayan servido para resolver cualquier problema en absoluto. Ese es el caldo de cultivo del escepticismo, allí donde la caída de la fe en una parte del sistema va derivando en la caída de la fe en el sistema entero. Así son los puntos de inflexión en la historia: cuando un evento es presentado con un grado excepcional de tremendismo y los sistemas que así lo presentan fallan estrepitosamente en dar soluciones, las mayorías pierden entonces la fe en el sistema como un todo y el que cae, al fin y al cabo, es el propio sistema.

Eso es lo que está pasando hoy a casi un año de la presentación del coronavirus en Argentina con un grado superlativo de tremendismo. Allá por el mes de marzo del año pasado, previamente preparados por las noticias de espanto que llegaban de lugares como China e Italia, en nuestro país el sistema presentó al coronavirus como ese “enemigo invisible” que había llegado para poner en jaque la existencia humana. Y eso naturalmente movilizó de inmediato a toda la sociedad, la que en ese momento olvidó o puso entre paréntesis toda la problemática económica y política existente, que estaba al rojo vivo, para concentrarse en la lucha final contra el “enemigo invisible” que amenazaba con liquidarnos a todos. Esa lucha se percibió como final, como se ve y se sabe, fue presentada por el sistema como decisiva para la supervivencia y por eso mismo toda la sociedad aceptó inmediatamente suspender sus demandas económicas y aceptó suspender asimismo la propia política para unirse frente a un enemigo que se hizo ver como tremendo. Y así el gobierno en el Estado, que es la representación política y ejecutiva del sistema en todo lo visible, pudo imponer aquellas restricciones a la normalidad dificultosa sin apenas encontrar más que alguna resistencia muy aislada en sectores entonces calificados como “delirantes” y rápidamente descalificados por esa razón.

Los llamados “anticuarentena”, en su gran mayoría organizados en grupos de las redes sociales para protestar contra las medidas sanitarias de prevención contra un virus cuya existencia niegan rotundamente. Los “anticuarentena” terminaron siendo muy funcionales a la imposición de cada vez más medidas restrictivas, pues fueron utilizados en el relato dominante como ejemplo negativo, esto es, como imagen del que cuestiona por antonomasia. Durante meses el cuestionamiento a las maniobras de imposición de la “nueva normalidad” política, social y económica fueron inviables: al que se atreviera a cuestionar se le imponían los hirientes motes de “anticuarentena”, “terraplanista”, “anticiencia” y “antivacunas”, con lo que se logró acallar durante un largo tiempo a todos críticos desde una postura de superioridad moral pretendida. Y mientras tanto el poder avanzó sin oposición, haciendo uso del coronavirus para imponer en etapas una “nueva normalidad” que, en realidad, es un nuevo orden. Ese es el precio que se paga por la polarización y la supresión del debate argumentativo en posiciones fanatizadas.

Esa sería, en cierto sentido, la descripción de la guerra. Cuando una sociedad es embestida por la guerra, se suspenden automática y temporalmente en el seno de dicha sociedad todas las tensiones internas y también dejan de atenderse todas las problemáticas anteriores. Todos los recursos existentes se vuelcan al esfuerzo de guerra y nadie se atreve a cuestionarlo, puesto que la guerra es la amenaza a la propia existencia humana. Claro que las guerras no ocurren por arte de magia ni son un fenómeno de la naturaleza, además de que no siempre son defensivas. Las guerras son decisiones políticas y muchas veces ocurren muy lejos del territorio propio, aunque siempre son presentadas a la sociedad como un evento tremendo frente al que solo cabe aunar esfuerzos para lograr el triunfo. Y entonces las guerras sirven para suspender la normalidad dificultosa de las mayorías, esto es, para quitarles la normalidad, dejarles las dificultades y sumarles una dificultad nueva sin que nadie se percate de la maniobra ni mucho menos, sino precisamente haciendo un consenso social acerca de la maniobra.

Pero las guerras son coyunturas cuya resolución es real o percibida. Los argentinos tenemos en Malvinas el ejemplo clásico de ello: en un contexto de debacle económica total y de fin de ciclo político, la Junta Militar se lanzó a la aventura bélica de concretar la recuperación de la soberanía nacional sobre ese territorio largamente usurpado por una potencia imperialista. Al empezar la Guerra de Malvinas, toda la problemática interna mágicamente se suspendió, no hubo en la sociedad argentina más que apoyo incondicional a la Junta Militar en su esfuerzo de guerra. Incluso el movimiento obrero organizado, que hasta allí venía manifestándose con cada vez más fuerza en las calles y ya no exigía solo una respuesta a las penurias económicas sino directamente el retorno de la democracia, tuvo que llamarse a silencio. Con Malvinas la Junta Militar logró poner pausa en una lucha política que iba perdiendo por goleada y esa es la razón por la que en algunos medios adictos a la dictadura se vieron titulares como “Estamos ganando” en letras de molde. Lo tremendo del triunfo sobre lo tremendo de la guerra, el método para justificar la suspensión de la normalidad dificultosa y para sumarle la muerte en las trincheras a la problemática existente con total consenso social.

La euforia delirante en la forma de triunfalismo propagandístico, estampada en la portada de una edición de la ‘Revista Gente’ durante la Guerra de Malvinas. Las guerras tienen la propiedad de suspender la lucha social y política al interior de las sociedades involucradas. De hecho, esta misma guerra salvó a Margaret Thatcher de una destitución segura en Gran Bretaña y el triunfo le aseguró varios años más de mandato. Con el coronavirus se quiere hacer algo parecido al suspender el debate político y reemplazarlo por un relato único a nivel mundial con el objetivo de que, al prenderse otra vez las luces de la política, exista ya un nuevo ordenamiento que nadie podrá discutir. La diferencia es que en esta ocasión la euforia y el triunfalismo se van a alternando con la desesperanza: un día la vacuna como panacea universal y al otro día una nueva cepa que pondría las cosas de vuelta a foja cero.

Entonces la resolución de la Guerra de Malvinas fue en un primer momento percibida y luego fue real. En un comienzo “íbamos ganando” y luego se firmó la rendición incondicional, todo eso en cuestión de semanas. Lo cierto es que siempre hubo una resolución a la vista, a la coyuntura bélica se le veía la luz al final del túnel, ya sea con la falsa noticia de que Argentina estaba a punto de triunfar en el campo de batalla y de recuperar las Islas Malvinas o con la noticia real y brutal de la derrota que llegaba tan solo unos días después. Sea como fuere, la suspensión de la normalidad dificultosa en aquel lamentablemente extraordinario año de 1982 siempre tuvo para los que la padecieron una resolución a la vista.

No es lo que sucede hoy con el coronavirus. A la euforia delirante por el advenimiento de una vacuna ―que es hoy equivalente al “Estamos ganando” de otrora― se le imponen brutalmente los rumores sobre segundas, terceras e infinitas nuevas cepas del virus que parecerían mezclarse con segundas, terceras e infinitas nuevas olas de contagio. Y la posibilidad de retornar a la normalidad dificultosa para resolver los problemas existentes antes de marzo de 2020 se va viendo cada vez más desdibujada, cada vez menos factible. De hecho, va en aumento la promoción mediática de una “nueva normalidad”, la que ya es percibida por el sentido común como la suma entre los problemas anteriores y problemas nuevos, como el de aprender a vivir con unas restricciones que van a inviabilizar el trabajo para dos de cada tres individuos y, por supuesto, el de pagar los costos del esfuerzo de guerra que van a quedar una vez pasada la coyuntura. Lejos de ver una luz al final del túnel, a los que nos toca padecer esta guerra contra un “enemigo invisible” se nos sugiere que el mundo nunca más será el mismo y que vamos a extrañar muchísimo aquella normalidad dificultosa en la que todo estaba muy complicado, por cierto, pero en la que bota sobre el pecho no había. Se nos sugiere que estamos cambiando un esquema y un estilo de vida problemáticos por otro esquema y otro estilo de vida igualmente problemáticos y además opresivos. Vamos a cambiar lo que había por lo mismo, pero con la bota sobre el pecho.

Un mal negocio

El atento lector se preguntará en este punto cómo se logra tal cosa, es decir, cómo es posible que nos vendan el tránsito entre una normalidad dificultosa a una “nueva normalidad” en la que todos los problemas anteriores persistirán, se profundizarán y además habrá restricciones que antes no existían. “Es un muy mal negocio”, concluirá el lector y con razón: es en efecto un pésimo negocio salir de una situación y entrar a la misma situación repotenciada y además con un elemento represivo nuevo, no quedan dudas de ello. Las dudas están justamente en cómo se logra eso, en qué cantidad de ingeniería social se requiere para lograr un consenso en dicho tránsito. Para empezar a responder a semejante cuestionamiento sería necesario revisar los nudos de la historia, o aquellos puntos de inflexión en los que la humanidad aceptó el tránsito de una época a otra y lo hizo prestando su consentimiento aun cuando dicho tránsito significaba un pésimo negocio para la propia humanidad.

Algunos especialistas en cuestiones sanitarias ya afirman que el futuro de la humanidad es un futuro de bocas tapadas, de distancia entre individuos (lo antisocial como norma) y de extinción de dos entre cada tres actividades cuya normalidad nunca se discutió hasta marzo de 2020. Véase bien: algunas voces ya no hablan de contingencias, sino de lo que va a quedar. Según esas opiniones, las restricciones a lo que hoy consideramos una vida socialmente normal no son coyunturales para limitar el contagio de un virus igualmente coyuntural. Cuando organismos multilaterales de usura y dominación a escala global como la Organización Mundial de la Salud (OMS) sugieren y los dirigentes políticos en un plano local afirman que “vamos a tener que aprender a convivir con el virus” o insisten en que la “nueva normalidad” es ya inevitable, lo que se quiere instalar es precisamente esa idea de la inevitabilidad del tránsito entre una situación y otra situación igual, pero opresiva. En una palabra, se hace cada vez más fuerte la idea en el relato dominante de que entre nuevas cepas, nuevos virus y segundas, terceras e infinitas olas de contagios esto no tiene fecha prevista para terminar o de que la contingencia va a durar mínimamente lo necesario para que toda una generación nazca y se eduque en los principios generales de la “nueva normalidad” hasta que esa normalidad deje de ser nueva y pase a ser normalidad a secas.

En todo el mundo, las restricciones a la circulación y la suspensión de las libertades individuales se plasmaron con una extraordinaria presencia de las fuerzas represivas de los Estados en las calles y en contacto directo con la población civil. Ese despliegue infernal de las armas favoreció enormemente la generación de la idea de que el coronavirus impuso un régimen dictatorial en prácticamente todos los países, reforzando la percepción de que algo se estaba tratando de imponer. Eso fue tomado por uno de los extremos en el debate para embarrar aun más la cancha y para seguir invisibilizando el hecho de que la “nueva normalidad” no la imponen los Estados, sino las élites globales que aprovechan la coyuntura para llevar a cabo su plan.

Y la clave está en la ingeniería social, en esa fuerza transformadora y persuasiva en la construcción de consensos. Lo que la ingeniería social hace es convencer a los individuos y por lo tanto al grupo hasta ponerlos en movimiento hacia una posición menos favorable tanto para los propios individuos como para el grupo. Con ingeniería social logran o quieren lograr convencernos a abandonar una posición incómoda, pero habitual, para “avanzar” hacia otra posición aún más incómoda, a la que no estamos habituados y en la que además habrá un régimen político nuevo, con menos libertades. Y hasta nos pueden convencer de las bondades del suicidio social y económico. Un ejemplo de ello es ese sector de la economía que hasta marzo del 2020 se dedicó al turismo, ese servicio que se les brinda a los que viajan con fines recreativos. Desde que empezó la pandemia del coronavirus y hasta los días de hoy, todas las señales emitidas por las crecientes restricciones a la circulación y a la interacción social entre seres humanos están dando un mensaje muy claro: lo que conocemos como turismo ya es una actividad inviable, no podrá existir en la “nueva normalidad” nada parecido a una actividad turística. De un modo inequívoco y ante la inevitabilidad de la permanencia del riesgo sanitario en infinitas olas y en sucesivas nuevas cepas virales, queda explícito que el sector turístico va a desaparecer de la economía.

En efecto ya está desapareciendo, empezando por las pequeñas y medianas empresas familiares que solían dedicarse a la actividad y no resistieron a estos primeros diez meses de restricciones a la circulación y a la interacción social. Con el consentimiento de quienes viven del turismo la ingeniería social está logrando destruir ese sector de la economía, condenando a los mismos prestadores de consentimiento a una incertidumbre brutal. A modo de paliativo temporal ―una suerte de morfina que se le administra al que muere para aplacar el dolor de los últimos minutos― y como un eufemismo, los Estados se dan “soluciones creativas” para que haya turismo con barbijo, sin aglomeraciones de gente y, por lo tanto, con aforos máximos que son un mal chiste. Esas “soluciones creativas” apuntan a que en una playa, por ejemplo, haya el 10% o el 20% de los veraneantes habituales para que se pueda respetar la distancia entre hombre y hombre que la opinión científica considera hoy segura. Y eso nos conduce a una primera disyuntiva: si el turismo va a tener una capacidad del 20% respecto a la que supo tener antes del coronavirus, entonces por lógica el precio de los servicios tendrá que multiplicarse por cinco o habrá que hacer despidos masivos en el sector para deshacerse de todos los trabajadores que ya hoy están sobrando. O bien ambas cosas, puesto que ningún empresario va a sostener una plantilla entera para atender a una quinta parte del público, lo que es lógico. Y entonces el turismo puede no dejar de existir, sino volverse una actividad muy exclusiva de los que lo puedan pagar y empleadora de solo una fracción del material humano que hoy demanda.

La falsa idea de lo que será la “nueva normalidad”, promocionada fuertemente en los medios de comunicación dominantes: toda la interacción social de siempre, pero con distancia y barbijo permanentes, lo que en realidad es una utopía y una patraña. La “nueva normalidad” real que se quiere imponer es la prohibición de la interacción social y su traslado al ámbito de las pantallas de computadoras y teléfonos celulares. Como en una ventana de Overton, se evita decir toda la verdad sobre el futuro proyectado para desactivar la oposición en el tiempo.

Pero hay más. ¿Qué hacer con toda la infraestructura turística existente que son los hoteles, paradores, balnearios, parques turísticos, agencias, teatros, cines, centros de diversión y un largo etcétera? Todo eso se ha construido para una totalidad que, a precios practicables, pudo asegurarse hasta aquí el ejercicio del derecho al ocio, no para una quinta parte que pueda pagar precios que para todos los demás son prohibitivos. Como se ve, todas las señales indican que el turismo que conocemos desde mediados del siglo pasado no existirá en un futuro a corto plazo o bien ya existe tan solo como una simulación, ya es un moribundo al que le administran morfina para aplacar el dolor. Y así puede extrapolarse el ejemplo a todas las actividades sociales y económicas que implican la movilidad de personas y la interacción social entre esas mismas personas en destino. Piense el atento lector en cualquier actividad, desde la del que vende helados o bebidas en espectáculos de tipo artístico, cultural o deportivo ―los recitales, los festivales, los partidos de fútbol que en nuestra región y en casi todo el mundo mueven y agrupan en pequeños espacios a verdaderas multitudes― hasta la mismísima educación, con alumnos, maestros, profesores y personal no docente desplazándose ida y vuelta todos los días para amontonarse en aulas y en patios de colegios, en las oficinas del personal, en todas partes.

“Mi abuela murió de coronavirus”

Claro que en el caso específico del turismo moribundo, la morfina va a durar hasta que nos percatemos de la obviedad ululante, que es la siguiente: aún el 20% de aforo es garantía de nada en absoluto, esto es, que sin aglomeraciones ya sea en una playa, en un parque nacional, en una pista de esquí o donde fuera, siguen dándose los traslados y en algún momento habrá interacción entre humanos, aunque sean la quinta de parte de los que antes había. ¿Cuánto tardará el propio turista en asociar el viaje con el contagio y, consecuentemente, en optar por no viajar? ¿Cuánto tardarán los sindicatos docentes en percatarse de que aun con cinco o diez alumnos en aulas construidas para recibir a cincuenta, con todas las bocas tapadas y embadurnados en alcohol en gel lo que hay allí es interacción social y también hay contagios? El apuro de los Estados nacionales en normalizar la educación a distancia y en declarar que el retorno a las aulas estará condicionado por varios factores es un anuncio de eso. De hecho, ya muchos saben que, planteada así la cuestión, con nuevas cepas y nuevas olas surgiendo a gran velocidad, los factores que condicionan el retorno a las aulas o a cualquier otra actividad que implique interacción social real ―no mediada por computadoras y otros dispositivos electrónicos― son insoslayables. En una palabra, ya saben que si la gente sale de sus casas habrá contagios sin cuidado de todos los llamados “protocolos” que se apliquen. Y que si no sale también, como hemos visto en el fracaso rotundo de las cuarentenas en todo el mundo y sobre todo aquí.

Otra imagen delirante que se utiliza en los medios para generar una falsa idea de lo que será la “nueva normalidad”: la posibilidad de que la industria del turismo pueda funcionar con al 20% de su capacidad sin catastróficas consecuencias sociales y además sin contagios. Aeropuertos, hoteles y playas para casi nadie, con todos distanciados de otros humanos y con la boca tapada. Ni George Orwell se atrevió a tanto.

Entonces la “nueva normalidad” sin interacción social entre seres humanos viene con la potencia de la realidad inevitable. Viene a cuentagotas, es cierto, con mucha morfina para los que no van a tener lugar en ella y mucho eufemismo para todos los demás. Viene en la forma de una ventana de Overton, donde decir hoy que el 60% o el 70% de las actividades económicas van a dejar de existir sería un escándalo y hasta el escarnio, pero si a esas actividades se las va matando de a poco hasta convencer finalmente de su inviabilidad en un mundo donde la interacción social va a ser un delito, entonces a cada paso, a cada cepa y a cada nueva ola de terror las mayorías irán aceptando su suerte paulatinamente. De a poco nos están informando acerca de los contenidos de la “nueva normalidad”, aunque sus arquitectos ya saben perfectamente de qué se trata en su totalidad. Nos van mostrando el proyecto de a vistazos y además reforzando la asociación entre todo lo que se ha preparado antes del coronavirus de cara al futuro. El desarrollo de la informática y las comunicaciones, por ejemplo, que hoy está ya en condiciones de suplantar la interacción social real. Las llamadas videoconferencias van dejando de ser la excepción y pasando a ser la regla, allí donde ya hay gente hoy planificando todas sus actividades políticas, sociales y culturales con la mediación de una pantalla, cada cual cuidándose en su casa. Las redes sociales, por su parte, no han tomado su nombre de modo azaroso, sino de una proyección fríamente calculada de que esas serán literalmente las únicas redes sociales del futuro.

Es la metáfora de la rana en una olla de agua fría que se deja cocinar sin saltar a medida que sube la temperatura del agua de la olla puesta sobre una hornalla. Y entonces la cuestión se reduce a por qué el hombre actúa como una rana, es decir, por qué viendo cómo se deteriora el mundo de sus relaciones sociales no hace una proyección lógica para ver hacia dónde lo están conduciendo. O aún más grave: ¿Por qué frente a un proceso de destrucción creativa cuyos efectos puede percibir en el cotidiano al restringirse una a una sus propias libertades inherentes el hombre se mantiene pasivo y se deja conducir mansamente hacia un tránsito que a todas luces le será desfavorable? Cualquier inteligencia mediana es capaz hoy de ver lo que los poderes reales del mundo están haciendo con el mundo bajo el pretexto de la crisis sanitaria global y, aún así, son más bien pocos los que ponen el grito en el cielo para exigir la detención del proceso de tránsito hacia esa “nueva normalidad”. ¿Por qué?

Las “soluciones creativas” que van apareciendo aquí y allí para usarse como paliativo y no decir en qué realmente consiste la “nueva normalidad”. Meten a los alumnos en cajas y afirman que eso detiene los contagios, sin explicar qué sucede cuando esos mismos alumnos van y vienen de la escuela o simplemente se reúnen en el patio durante el recreo. Un virus como el coronavirus, tal como está planteado y descrito, no es compatible con la educación presencial ni con nada que implique la reunión de ser humanos, ya sea en espacios abiertos o cerrados. O bien no es lo que dicen ser, o bien el futuro será un futuro absolutamente antisocial en el que se criminalizará “en nombre de la salud” al que intente subvertir el orden.

Sería difícil comprenderlo si no comprendiésemos asimismo la potencia que tiene el miedo tanto en la conservación de un estado de cosas como en su transformación. Son dos momentos, como se ve, el de la conservación y el de la transformación, ambos constantes y alternativos en la historia de la humanidad. En un primer momento, el hombre se resiste a los cambios por miedo a la muerte violenta y así va resistiéndose a las revoluciones por considerar que está seguro en el lugar donde se encuentra en ese momento. Podría pensarse que ese momento dicho conservador se agota cuando, por el contrario, el hombre se hace del coraje necesario para cambiar, pero no es así. En realidad, también el cambio está motivado por el miedo y el segundo momento, que es el de la transformación, no es opuesto al primero ―el de la conservación― sino precisamente su contracara. Eso decía Thomas Hobbes al referirse a esa categoría, la del miedo a la muerte violenta que impele al hombre a aceptar al Leviatán, esto es, a mantenerse pasivo frente a un poder coercitivo que, por otra parte, le garantiza una cierta estabilidad en la existencia. Para Hobbes, el hombre busca y conserva el statu quo social o “estado civil” también por miedo a una muerte violenta que sería segura en lo que el propio Hobbes llamaba “estado de naturaleza”, o la lucha de todos contra todos.

Entonces por miedo a la muerte el hombre primero transforma y luego conserva, pero luego vuelve a transformar cuando pierde la fe en el “estado civil” de un momento y considera que en dicho estado también existe el riesgo a la muerte violenta. Claro que Hobbes se refería al génesis de la sociedad civil y del Leviatán como ese poder estatal que garantiza la seguridad a cambio de restringir ciertas libertades individuales, pero el mecanismo aquí es el mismo. El hombre hoy tiene miedo a la muerte violenta, que es la muerte por enfermedad, real y actual, por lo que opta por mantenerse pasivo frente a la constitución de un nuevo Leviatán destruidor de libertades, pero garante de la seguridad. Ese nuevo Leviatán se expresa frente a sus ojos como la “nueva normalidad”, es el admirable nuevo mundo que deberá aceptar para alejar el peligro de muerte. Y ese Leviatán es otra vez un poder central, aunque no necesariamente estatal, uno que viene a restringir las libertades individuales para controlar masivamente y frente al que el individuo entrega su consciencia para no morir.

Retrato de Thomas Hobbes, el filósofo que sistematizó el miedo como motor del cambio y luego de la conservación. El miedo a la muerte violenta impele al hombre a entregar en el altar de la seguridad todas y cada una de sus libertades individuales, aunque dicha entrega implique un descenso brusco en su calidad de vida.

Nadie sabe si el coronavirus surge de procesos naturales o si fue creado en laboratorio con la finalidad de infundir el miedo a escala global e imponer justamente esa “nueva normalidad” que será como el Leviatán hobbesiano de nuestro tiempo, pero tampoco es tan relevante saberlo. Surgido de mutaciones genéticas naturales o de un tubo de ensayo, el coronavirus es el miedo, o más precisamente el miedo a la muerte violenta por el que el hombre está dispuesto a mantenerse pasivo y a aceptar la imposición de un nuevo orden. Está dispuesto a aceptarlo en silencio aunque, véase bien, dicho orden venga a destruir todo su universo simbólico, sus relaciones sociales, su trabajo hasta reducirlo a una condición de pobreza y hasta de indigencia. Nada importa frente al miedo a la muerte violenta. Hay allí afuera una enorme cantidad de gente que no solo está dispuesta a aceptar las condiciones del nuevo Leviatán: también está dispuesta a defenderlo ideológicamente. Ante cualquier cuestionamiento a la maniobra de tránsito hacia la “nueva normalidad” y ante el intento de poner en tela de juicio a los poderes que quieren concretar ese tránsito, el que tiene miedo responde, grave e indignado: “Mi mamá murió de coronavirus, no acepto discutir ese asunto”, como si al cuestionar al poder central del planeta uno estuviera negando la existencia de un virus o como si discutirlo suscitara otra muerte, quizá la propia.

El motor de la transformación es el miedo y aquí estamos, en medio a una destrucción creativa cuya magnitud no tiene precedentes en la historia de la humanidad. No se trata del virus, siempre los hubo y siempre los habrá. Se trata de cómo hemos llegado a una etapa de nuestro desarrollo social en la que es posible hoy utilizar el miedo al virus como instrumento de transformación de un planeta entero con sus casi ocho mil millones de habitantes humanos. La caída de la fe en el actual “estado civil” ha culminado y nos encuentra enloquecidos, peleando ideológicamente entre pares hasta percibir que hemos vuelto al “estado de naturaleza” hobbesiano. Los que no han salido de sus casas en los últimos diez meses por miedo se enfrentan en las redes sociales a los que, en el otro extremo ideológico, niegan directamente la existencia del coronavirus. Y mientras eso pasa nadie pone el foco en los contenidos de la “nueva normalidad” que se está instalando como un Leviatán con la promesa de restablecer la seguridad y la fe perdidas bajo sus propias reglas. Tenemos miedo y nos pasan los elefantes por detrás.

Este es un adelanto de la 35ª. edición de nuestra Revista Hegemonía. Para suscribirte, acceder a todos los contenidos de la actual edición y todas las anteriores, y apoyar La Batalla Cultural para que sigamos publicando en estos tiempos difíciles, hacé clic en el banner abajo y mirá el video explicativo.
Nosotros existimos porque vos existís.