Toda la historia del éxito de los llamados formadores de opinión en la sociedad de masas moderna es la historia de la manipulación de los pocos sobre los muchos sin que estos hayan sido jamás capaces de comprender el problema, lo que puede corroborarse fácilmente al observar cómo la “voluntad” y la “opinión personal” entre las mayorías populares han coincidido siempre con la voluntad y la opinión de las clases dominantes en todas las sociedades sin excepción. En la observación histórica del fenómeno de la manipulación de las mayorías por unas minorías muy poco numerosas veremos muchas cosas, pero fundamentalmente que todos los procesos de manipulación masiva han estado basados en la incapacidad manifiesta del individuo manipulado para todo lo que sea tener conciencia del hecho de que alguien lo manipula. Dicho de una forma más simple, la manipulación masiva se caracteriza y es más efectiva a medida que el sujeto manipulado va perdiendo de vista los hilos con los que mueven desde arriba su “voluntad” y su “opinión personal” hasta llegar a creer que expresa sus propias ideas al repetir una narrativa dominante. Cuando eso sucede, el éxito de los formadores de opinión es total.

Eso es lo que supo denunciar sutilmente el genial Quino en una viñeta de antología en la que se ve a un potentado cómodamente sentado en un sillón, reflexionando mientras sostiene un vaso de whisky: “Por suerte la opinión pública todavía no se ha dado cuenta de que opina lo que quiere la opinión privada”. He ahí una de las obras más lúcidas de Quino, quizá la más reveladora de eso que es una enorme obviedad y que, no obstante, permanece invisible para las mayorías. La mentada “opinión pública” no es en la práctica más que un reflejo de la opinión privada, es la reproducción irreflexiva de la opinión de unos pocos privilegiados con capacidad de controlar la información que consumen las mayorías y de controlar con ellos su opinión y toda su voluntad, por supuesto.

Claro que para el atento y asiduo lector de esta revista lo anterior sonará como una perogrullada y hasta una redundancia. Por lo menos desde el advenimiento del kirchnerismo a principios de este siglo, o más precisamente a partir del inicio de la guerra contra los grupos económicos mediáticos que se desató allá por el año 2008 como secuela del mal llamado “paro del campo” y el cisma entre el gobierno y el Grupo Clarín, el mecanismo y la propia mecánica de la manipulación no se le escapan al que observa la política con un ojo más o menos crítico y medianamente informado. No hay ninguna novedad en eso, todo el mundo sabe que los medios corporativos representan los intereses de sus propietarios en un sentido de clase social ―es decir, de los dueños de los medios en un sentido estricto y luego de sus pares en la cima de la pirámide, en un sentido amplio― y que desde ese lugar forman la opinión de las masas para que hagan lo propio y defiendan también esos intereses, que les son a todas luces ajenos. ¿Pero si todo el mundo lo sabe, cómo es que sigue funcionando el truco?

Imagen del ataque a un móvil de C5N durante una manifestación de los que consideran a C5N como un canal “enemigo”. La idea de que algunos medios representan la voz de una parte y otros representan la de otra parte de la sociedad ha calado hondo en la conciencia del argentino politizado, pero es una quimera. En realidad, todos los medios responden a los intereses de sus propietarios y de la clase social a la que pertenecen. Y cuando esos propietarios hacen un pacto, todos los medios pasan automáticamente a dar el mismo mensaje ideológico. Tal es la situación actual.

Es que todo el mundo no lo sabe y, aún peor, quizá no lo sepan muchos de los que creen saberlo. La mecánica y el mecanismo de la manipulación se complejizan a medida que se hace más compleja la propia lucha por el poder y son hoy mucho más sofisticados que hace diez, quince o veinte años, ni hablar respecto a lo que fueron en el siglo pasado. Al avanzar las tecnologías de la información y además la capacidad de procesamiento de datos, avanzan asimismo los métodos de manipulación, se hacen más sofisticados y a la vez más sutiles. Y allí es donde empiezan a caer victimados también aquellos que en un determinado momento habían visto los hilos del titiritero y hasta se habían sumado a denunciarlos, esto es, de un modo general, la manipulación se renueva hasta el punto de recapturar a los que ya habían podido liberarse de la telaraña. Lo que estamos viendo en los días de hoy es eso, es un escenario en el que los manipulados de siempre siguen siéndolo, pero ya no están solos en ese lugar. Ahora se dejan manipular también muchos de los que antes no se habían dejado.

Eso pasa porque las técnicas de manipulación avanzan, como veíamos, se hacen más sofisticadas y más complejas mientras que el nivel promedio de conciencia respecto al hecho permanece inalterado. El que ya había asimilado la información de que “Clarín miente” se quedó con eso y sigue en alerta frente al mensaje emitido por los medios del Grupo Clarín, pero la situación ya es más compleja: no mienten solo Clarín y demás medios de propiedad de las clases dominantes. Hoy mienten y manipulan todos los medios de comunicación que se ubican de un lado y del otro en la llamada grieta. La situación ahora es distinta y la diferencia es precisamente la grieta, donde la verdad cae derrotada. Y muere.

La grieta es esa sofisticación del mecanismo de manipulación. Y eso es así por la lógica razón de que cuando se produce una ruptura en el esquema político de un país y esa ruptura no se resuelve en el corto o en el mediano plazo con el triunfo de uno de los dos bandos en pugna, es porque ambos bandos han suscrito un pacto hegemónico. Ninguna guerra como la que se desató a partir del lock-out patronal del año 2008 podría seguir empatada tanto tiempo como para que llegue hasta los días de hoy, a casi trece años de aquel episodio inicial, sin resolverse. No es que la grieta se haya consolidado ni es que nos hayamos acostumbrado a vivir en ella, sino que la grieta pasó de representar un empate en vías de resolución a ser ella misma el sostén de un pacto entre los altos mandos.

La consigna “Clarín miente” se instaló con fuerza entre un sector de la militancia y los simpatizantes de uno de los dos proyectos políticos en pugna durante el gobierno de Cristina Fernández. El tiempo pasó y la situación fue mutando hasta que la consigna quedara desactualizada: ahora ya no mienten solo los medios del Grupo Clarín y todas las empresas mediáticas se unieron en alianza para emitir una sola narrativa falsificada de la realidad.

Cuando eso pasa, lejos de cuestionar seriamente al proyecto opositor y de difundir el proyecto político propio, los comunicadores empiezan a profundizar la grieta ya como un fin y no como un medio. En una palabra, lo que antes era el contexto de la lucha o el escenario sobre el que esa lucha se daba, es ahora la totalidad de la política, es la política en sí misma, perfecta, terminada. En vez de una lucha entre opuestos irreconciliables en una grieta lo que tenemos es un esfuerzo combinado entre esos falsos opuestos por reproducir dicha grieta hasta el infinito.

La grieta es el fin y los comunicadores que aparentemente se paran firmes de un lado o del otro empiezan, en realidad, a trabajar en el sentido de la no resolución de las controversias. Y allí se forma una verdadera sociedad de la opinión, donde sin cuidado de lo que es verdad y de lo que no lo es, habrá siempre dos opiniones radicalmente opuestas sobre todos y cada uno de los asuntos en la agenda que los propios medios instalan y desarrollan todos los días. He ahí lo fundamental de la cuestión: en poder del monopolio absoluto de la información, el nuevo consorcio mediático entre viejos enemigos crea la enfermedad y, al mismo tiempo, crea dos medicamentos distintos, con fórmulas que al parecer son opuestas. La hegemonía impone la agenda y también impone las alternativas para discutir la agenda. Y aquí empieza un juego que llamaremos de aquí en más el uso selectivo de la moral.

Quiero tener la razón y ser moralmente superior

Se les atribuye a varios autores, desde Esquilo hasta Winston Churchill, la sentencia inapelable de que la primera víctima de toda guerra es la verdad. Y entonces uno de los aspectos más desopilantes y a la vez espantosos de esta sociedad de la opinión agrietada e hipermediatizada es ese mismo, es el uso selectivo de la moral. Se trata de un asunto verdaderamente insidioso, verá el atento lector, en el que las causas se van a mezclar con los efectos en la comprensión de muchos y el resultado será que se pierdan finalmente de vista los hilos de la manipulación inicial incluso para los que alguna vez los habían visto.

Pero es todo manipulación, tanto de un lado como del otro de la grieta. Lo que pasa cuando la moral es utilizada de un modo selectivo con la única finalidad de tener la razón sobre el otro, el que por su parte se para en frente e intenta hacer exactamente lo mismo, pero en espejo, es que en ninguno de los dos bandos en pugna a nadie ya le interesa la verdad y el resultado necesario es una fragmentación progresiva del tejido social cuyo destino históricamente ha sido la guerra civil. La guerra, de la que la verdad es la primera víctima, como veíamos. Así estamos los argentinos hoy, todos en una loca carrera por tener la razón y a la vez por demostrar que el disidente no la tiene. Estamos todos marchando a paso acelerado hacia una fragmentación total del tejido social con nefastas consecuencias.

Las diez estrategias de la manipulación mediática, cuya autoría se le suele atribuir erróneamente a Noam Chomsky y en realidad se basan en la obra de Sylvain Timsit. Todo lo expuesto en esta teoría está en pleno funcionamiento hoy en la Argentina y en todo el mundo.

Quizá lo peor de todo este asunto sea precisamente la incomprensión de que la fragmentación social está muy lejos de ser un accidente y mucho menos un fenómeno inevitable de la naturaleza. La perpetuación de la grieta y la rotura del tejido social son el resultado de una consciente manipulación en la que, véase bien, a los individuos se los manipula para que obren en contra de sus propios intereses sin tener la más mínima sospecha de que los están operando para que lo hagan.

Y una vez más el origen de esto, que es inaudito, está en los medios de difusión. En el pacto hegemónico que suscribieron los dirigentes políticos al concluir que es imposible resolver el empate, los medios y los operadores que en ellos “trabajan” se dedican a crear realidades paralelas como compartimientos estancos, allí donde a los soldados del bando propio se les informa que son poseedores de toda la verdad y de que son moralmente superiores, en oposición a los soldados del enemigo, los que solo mienten y son moralmente inferiores. Toda la verdad revelada y la moralidad del lado propio, toda la mentira y toda la inmoralidad del lado opuesto. Uno mismo como el bien absoluto y el otro como el mal absoluto. Y si bien existe de hecho una verdad, en ninguno de esos bandos hay interés en ella. Aquí lo que todos queremos es imponernos y es reafirmar nuestra superioridad moral sobre el otro.

Entonces empieza el juego del uso selectivo de la moral y todos los medios van llenando los compartimientos estancos, primero con el asunto del día —que es el mismo para todos— y luego con una verdad revelada sobre ese asunto para cada una de las parcialidades en la minigrieta que se quiere formar dentro de la gran grieta general, cuya preservación y reproducción indefinida es el objetivo. Piense el atento lector en dos ejemplos clásicos de esto para ilustrar la situación, que podrían ser el de un Pablo Duggan y el de un Diego Leuco (o de cualquier otro par supuestamente antitético) en un asunto fútil como el del episodio en el que estuvo involucrada la diputada Carolina Píparo en la madrugada del primer día del año (o de cualquier asunto fútil de los que dominan la agenda a diario). ¿Qué ocurre allí? Pues ocurre que la hegemonía mediática que resulta de la alianza entre todos los medios impone la agenda y luego pone a sus operadores a promocionar dicha agenda tanto de un lado como del otro de la grieta.

Imagen de la reunión de transición entre un Alberto Fernández entrante y un Mauricio Macri saliente. En un futuro muy lejano se generalizará la comprensión de que esta es la imagen que simboliza un pacto hegemónico que se firmó con la finalidad de resolver un empate. A esto responden los medios de difusión hoy en su totalidad.

Así, desde el punto de vista del consumidor final, lo que hay allí es un Pablo Duggan demonizando en C5N a la diputada Píparo y, por otro lado, un Diego Leuco santificándola en TN. Parecen opuestos, parece tratarse de una contradicción insalvable, pero no hay nada de eso. Lo único que hay son Duggan y Leuco trabajando juntos en una misma empresa: la de convencer a la sociedad de que la suerte de una diputada marginal como Carolina Píparo es de interés general, esto es, de que el resultado de esa controversia es importante para la sociedad. Duggan y Leuco hacen lo mismo, que es vender la agenda del poder, cada cual en su compartimiento estanco.

¿Por qué eso funciona y la sociedad compra como importantísimo el problema o el drama personal de una diputada de poca monta? Pues porque, en el contexto de la grieta general, operadores como Duggan y Leuco construyen con mucha habilidad un discurso según el que en el resultado de esa nimiedad habrá un triunfo moral para unos y una derrota moral para otros. Y para eso es necesario hacer un uso selectivo de la moral: si el involucrado en el patético episodio hubiera sido un diputado no macrista, sino kirchnerista, allí tendríamos instalado el tema en todos los medios de igual manera, pero con Duggan y Leuco en roles invertidos.

Juan García, el hijo del locutor kirchnerista Eduardo Aliverti. En el año 2013, García se vio implicado en un episodio muy similar al de Carolina Píparo y allí se dio el caso testigo que hoy podemos usar para contrastar el uso selectivo de la moral: los que condenaron entonces a García hoy piden “mano blanda” para el marido de Píparo, mientras en el campo “opuesto” se da lo mismo, pero a la inversa. A nadie le interesa ya la verdad de las cosas y todo se resume a un tener la razón y ser moralmente superior a los demás, aunque para eso haya que hacer malabares con la moral propia.

Es contrafáctico, por cierto, pero hay antecedentes. Cuando en el año 2013 el hijo del periodista Eduardo Aliverti atropelló a un ciclista en la autopista Panamericana y condujo unos 20 kilómetros con el cuerpo sobre el capó de su vehículo, en los medios de lo que en la grieta de hoy se identifica con el macrismo se exigió durante semanas la crucifixión del hijo de Aliverti y del propio Aliverti, aunque este ni siquiera estaba presente en el momento del hecho. Aliverti es kirchnerista y si su hijo atropella a un ciclista, entonces debe tronar el escarmiento; pero si es el marido de Píparo quien atropella a un motociclista, bueno, entonces la cosa ya cambia de figura en el discurso de los mismos operadores. He ahí el uso selectivo de la moral.

Y además en temas que son absolutamente irrelevantes para el conjunto de la sociedad. Si el hijo del locutor kirchnerista Aliverti y el marido de la diputada macrista Píparo son santos o demonios es una controversia que no solo no resolverá ningún problema social sino que, por el contrario, va a ser utilizada para invisibilizar los problemas reales. La agenda no es la agenda de la problemática social real y actual, es la agenda de lo que le convenga al pacto hegemónico en cada momento.

Mis convicciones

Así es la grieta cuando deja de ser el escenario de una lucha entre dos proyectos políticos alternativos y pasa a ser el fin de la política en sí mismo. Mientras el precio de los combustibles sube entre un 2% y un 4% cada quince días y la inflación sigue fuera de control, haciendo imposible el consumo de alimentos para la enorme mayoría, los medios siguen imponiendo la agenda moralista como prioridad para que la discutamos como si se tratara de nuestras convicciones. Un 60% de los niños en nuestro país está por debajo de la línea de pobreza y las familias han reemplazado la carne por las harinas para no pasar hambre, pero al agotarse la controversia sobre las habilidades automovilísticas del marido de una oscura diputada provincial —toda nimiedad tiene un límite natural, no se las puede estirar indefinidamente— aparece el caso de un explotador laboral que abusa de sus empleados en algún balneario del país. Y se lo estira todo lo posible para que dure, informando detalles insustanciales del caso, a cuentagotas, todos los días. Un día se “descubre” que además de explotador tiene una causa por atentado al pudor y al otro día se “revela” que también es rugbier y luego que es un proxeneta, etc. Y así nos “informan” a diario para que hagamos nuestro uso selectivo de la moral y tengamos la razón sobre el otro mientras el país se nos cae encima a todos.

Y así sucesivamente. Siempre habrá y de hecho hay casos de violencia, de abuso o de excesos individuales en la sociedad, la cuestión se reduce a elegir uno de esos casos y ponerlos en evidencia mediatizándolos y presentándolos como excepcionales. No lo son, se trata de lo cotidiano en la sociedad de masas, somos en el mundo miles de millones de individuos y todos los días se dan episodios como el que involucró a Carolina Píparo o al empresario/delincuente de Pinamar. Lo único que tienen que hacer los medios es elegir uno de esos casos entre millones, ponerlo en clave de grieta y hacer un uso selectivo de la moral para que la sociedad compre y se ponga a discutir el asunto en los mismos términos.

La magia de Joaquín Salvador Lavado Tejón, el genial Quino, quien supo sintetizar conceptos enormes como el de la manipulación mediática en sus viñetas.

No existe la mentada “opinión pública”, todo depende de las fuentes de información a las que el público está sujeto y en las que forma al fin su opinión. La “opinión pública” es, como decía Quino, la opinión de los privados y de acuerdo a sus intereses en cada momento, es una manipulación mediática constante que hoy por hoy nos tiene atrapados a todos sin distinción de en qué lado de la grieta nos ubiquemos. Ante el empate hegemónico y el subsiguiente pacto hegemónico que se suscribe como materialización de la imposibilidad de resolución política en una sociedad, el resultado es la proscripción de la política y su reemplazo por una lucha moral, accesoria. Nuestras convicciones nos impiden buscar la verdad: de un lado de la grieta no quieren discutir la política porque el gobierno es propio y hace agua por todos lados; del otro no pueden discutirla porque los medios “propios” no se lo permiten, hacen el blindaje del pacto al que se han suscrito. Y así pasan enormes elefantes por detrás y el mundo se nos pone cada vez más cuesta arriba a todos. A todos, en ambos lados de la grieta.

Arriba se han puesto de acuerdo, esa es la verdad. Y eso es, a todas luces, una enorme conspiración. Se nos impone una nueva realidad que se presenta como “nueva normalidad”, el mundo cambia a un ritmo inaudito y en el sentido de un desmejoramiento de las condiciones de vida de los pueblos. Están pasando cosas demasiado importantes, están pasando verdaderos elefantes a nuestras espaldas mientras defendemos nuestras convicciones morales y luchamos por tener la razón en esta sociedad de la opinión. Todo pasará, es improbable que haya resistencia. Resistir hoy sería reconocer la existencia del pacto hegemónico, admitir que todo es una enorme simulación y que el rumbo ya está fijado. Pero eso, como se sabe, es cosa de conspiranoicos. Y nadie quiere estar en ese lugar. Mejor es seguir el juego y gritarle al de al lado que ser moralmente superior es exigirle la renuncia a Carolina Píparo o repetir una vez más que todo rugbier es una bestia mientras el de al lado grita que eso es, precisamente, ser moralmente inferior. Con el uso selectivo de la moral, al fin y al cabo, todos tendremos la razón y dormiremos tranquilos con la certeza de haber derrotado al mal.


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