A medida que chocan y van destrozándose contra la realidad todas y cada una de las esperanzas inicialmente existentes entre los de abajo en el gobierno de Alberto Fernández y la base electoral dura del kirchnerismo empieza a percatarse de que el profesor de leyes no vino realmente a cumplir lo que demagógicamente había prometido durante la campaña, una inquietud se forma y se reitera entre la militancia y los simpatizantes de lo nacional-popular, lo que en la Argentina hoy es el llamado kirchnerismo: ¿Por qué fue Alberto Fernández el elegido por Cristina Fernández como candidato titular en su lista para las elecciones de octubre de 2019? Y aún más: ¿Acaso Cristina no sabía a qué venía ese compañero de fórmula elegido?

Ambas preguntas están muy mal formuladas al partir de supuestos que son falsos. Es muy poco probable, prácticamente imposible que Cristina haya elegido a Alberto para derrotar a Mauricio Macri, ganar las elecciones generales y gobernar el país. Por otra parte, suponer que la conductora de uno de los movimientos políticos populares más grandes del planeta no sabe a quién elige para formar en una lista es directamente delirante. Cristina Fernández tiene que tener y de hecho tiene a su disposición la suficiente información para saber exactamente quién es quién dentro e incluso fuera del movimiento que conduce, puede acceder y accede a la información detallada hasta del último candidato a concejal en cualquier pueblito del interior, si quiere. Ambos cuestionamientos, como se ve, se basan en premisas que por lógica no pueden ser verdaderas, están mal formuladas y no conducen a ninguna parte.

La dupla Fernández-Fernández, fórmula ganadora de las elecciones de octubre de 2019 que puso fin al gobierno de Mauricio Macri, aquí en el acto de asunción de mandato. Si bien algunos ya sospechaban que algo no era como se presentaba públicamente, no fue sino hasta que Alberto Fernández empezó a mostrar la real orientación de su gobierno que se encendieron las alarmas. Y hoy las cartas están casi todas sobre la mesa.

Por lo primero, la obviedad ululante: en ninguna circunstancia una personalidad como Cristina Fernández escogería a un siniestro operador del poder fáctico de tipo económico como Alberto Fernández para formar parte lo que fuera, menos que menos para presentarlo como candidato titular a la presidencia en una lista suya. La nominación, digámoslo de esta manera, de Alberto Fernández como candidato a la presidencia en la lista ganadora no podría resultar de la voluntad de Cristina Fernández, salvo que esta no estuviera en sus cabales o que mediaran allí intenciones ocultas, ambas opciones muy poco probables. Y para saber que eso es así el atento lector solo tiene que tener dos informaciones de público y notorio conocimiento. La primera es esa personalidad tan particular que es la de Cristina Fernández, una personalidad memoriosa que no perdona ni olvida, sobre todo cuando de traiciones se trata. La segunda es la biografía de Alberto Fernández, o su trayectoria errática en la política. En posesión de esas informaciones y con el uso del método hipotético-deductivo, de la lógica más elemental, será posible ya comprender con muy poco margen de error qué hay aquí.

Será posible entonces comprenderlo sin la necesidad de entrar todavía en los detalles de por qué Cristina Fernández no pudo elegir a su candidato, siendo ella la primera electora al tener un caudal de votos propios superior al de cualquiera de sus rivales, ni tampoco preguntarse aún quién en realidad puso a Alberto Fernández como cabeza de la lista del Frente de Todos en las elecciones de octubre del 2019. Estas dos cuestiones van a resolverse cuando resolvamos en la presente edición de esta Revista Hegemonía el problema del pacto hegemónico, aunque desde luego la respuesta está a la vista: la elección de Alberto Fernández es el resultado lógico de dicho pacto, es la materialización de una manera de hacer política que hoy es predominante en nuestro país.

Lo importante, lo esencial para comprender ahora está en la respuesta a la siguiente pregunta, esta sí mucho más esclarecedora: ¿Por qué Cristina Fernández, teniendo el caudal electoral más importante de la política nacional, no encabezó directamente las listas ella misma en el lugar de candidata a presidenta? Esa fue efectivamente la pregunta que muchos se hicieron aquel sábado 18 de mayo por la mañana, cuando la entonces senadora de la Nación anunció en las redes sociales con un video de unos diez minutos la sorpresiva fórmula electoral. “¿Por qué no va ella misma como candidata? ¿Por qué postula a otro y se coloca en el lugar subalterno —aunque estratégico, como se sabe— de vicepresidenta?”.

Cristina Fernández, en un multitudinario acto realizado en el estadio de Racing Club de cara a las elecciones de medio término del año 2017. Con Unidad Ciudadana se llevó a cabo la prueba definitiva para conocer la verdadera proporción del caudal electoral cristinista: sin hacerse acompañar más que por leales del propio riñón, Cristina Fernández demostró que seguía siendo la primera electora de la política nacional. El poder tomó nota y luego actuó en consecuencia.

Así pensamos todos ese día, entre la estupefacción y la sorpresa de un anuncio que nadie parecería haber visto venir. Pero el tiempo pasó, la campaña se puso en marcha y pronto ya nadie se acordó de preguntarse por la naturaleza de aquella fórmula electoral estrambótica. Por una parte, un candidato titular que había sido expulsado del gobierno de su ahora candidata a vicepresidenta al romperse el acuerdo coyuntural de dicho gobierno con el Grupo Clarín, del que el ahora titular siempre fue un operador y un lobista. Por otra, la extravagante asignación del puesto de vice a la que jamás había sido segunda de nadie. La famosa fórmula Fernández-Fernández era eso mismo y sigue siéndolo, un verdadero aborto de la naturaleza, un ordenamiento patas arriba cuya inviabilidad no se le escapa al más despistado de los observadores.

Así y todo la asimilación fue rapidísima y en cuestión de días, para no decir horas, ya nadie cuestionaba la fórmula. Los que la apoyamos nos pusimos la camiseta con alegría mientras los detractores volvían a la repetición irreflexiva del discurso macrista, hegemónico en el campo de lo que ahora es la oposición y entonces era gobierno. Ya nadie sospechó de aquello que en ese momento fue calificado como una “jugada estratégica maestra” y, por el contrario, fue suficiente la explicación del techo electoral cristinista para satisfacer las inquietudes. Es sabido que Cristina Fernández tiene uno de los niveles de imagen negativa más altos entre los dirigentes políticos de la actualidad, en gran parte gracias a la intensa y prolongada campaña mediática de difamación contra su figura.

De haber sido candidata, Cristina Fernández habría tenido alrededor de un 30% de los votos, coincidiendo con el núcleo duro kirchnerista que dice estar dispuesto a acompañarla en cualquier circunstancia, pero no mucho más que eso. Y entonces sus votos habrían sido insuficientes para alcanzar el 45% mínimo necesario para ganar las elecciones en una primera vuelta sin someterse a un ballotage en el que podría ser derrotada por un hipotético “efecto Le Pen”, o la unión de todos los demás en contra de un mal que consideran ser el mayor. He ahí aquella explicación ofrecida por los analistas en mayo de 2019, al momento de anunciarse la lista del Frente de Todos y la propia composición de dicho frente. Por eso, Cristina Fernández supuestamente habría necesitado de una alianza con un candidato que le aportara los votos que faltaban y ese candidato, como se ve, fue Alberto Fernández.

El ultranacionalista francés Jean-Marie Le Pen, aquí junto a su hija y heredera política, Marine. Le Pen fue durante muchos años el conductor del Frente Nacional de Francia sin poder jamás acceder al poder político en el Estado en virtud del efecto que, precisamente, lleva su nombre: la unión de todos los demás sectores de la política en un ballotage contra el que comúnmente se considera el mayor de los males. Le Pen tenía un piso de votos muy duro y un techo aún más duro, irrompible. He ahí el “efecto Le Pen”, una historia y un legado que su hija intenta no continuar.

Eso nos conduce al primer nudo de la cuestión, que es la incontrastable realidad de que Alberto Fernández simplemente no tenía votos. El atento lector ciertamente sabrá que, además de haberse desempeñado como lobista, operador entre bambalinas, profesor universitario y jefe de Gabinete en un gobierno de otros, los pergaminos políticos de Alberto Fernández son escasos o más bien inexistentes. Fernández jamás ganó una elección en su vida y solo ocupó brevemente una banca de legislador de la Ciudad de Buenos Aires —en rigor, de concejal— porque ingresó por la regla de proporcionalidad en una lista perdedora, la de Domingo Cavallo en las elecciones del año 2000. Lo único que siempre hizo fue reptar en la política detrás de la escena, operando aquí y allí como un verdadero lobista. Alberto Fernández no es un dirigente político, sino más bien un operador entre los muchos que hay en todas partes, lo que ya serviría para empezar a explicar su total incapacidad para gobernar.

Alberto Fernández es inexistente como dirigente político hoy, a catorce meses de haber asumido como presidente de la Nación, lo que hace suponer correctamente que era mucho menos que eso en mayo de 2019, cuando fue elegido para encabezar las listas del Frente de Todos. ¿Por qué, entonces, fue Alberto Fernández el encargado de sumar los votos que él mismo no tenía en primer lugar? No parecería ser una opción muy lógica y, efectivamente, no tiene ningún sentido si la premisa es sumarle votos a una coalición. Alberto Fernández no suma ningún voto y es evidente que no lo pusieron allí para que lo haga. La respuesta tiene que estar en otra parte.

Es también sabido que en su errática trayectoria como operador y lobista del poder, además de un cavallista ideológicamente convencido, Alberto Fernández siempre fue un empleado de Héctor Magnetto. De hecho, al pactar el gobierno de Néstor Kirchner con el Grupo Clarín con el objetivo de contrarrestar la presión de la oligarquía nucleada en el Diario La Nación —quienes ya le habían picado el boleto a Kirchner a pocos días de asumir la presidencia en el año 2003—, Alberto Fernández fue inmediatamente ubicado en la Jefatura de Gabinete a modo de garantía de cumplimiento de lo acordado entre Magnetto y Kirchner. Eso no es secreto para nadie, ni siquiera un secreto a voces. Es un hecho conocido de la realidad y simplemente es algo que no se dice porque ni Kirchner ni Magnetto estarían demasiado orgullosos hoy de aquel pacto suscrito, nadie saca a la luz el rol de Alberto Fernández como hombre de Magnetto en el gobierno de Kirchner porque a nadie le interesa, pero es la verdad.

La lista encabezada por Domingo Cavallo para las elecciones del año 2000, en la que se ve a Alberto Fernández en el lugar Nº. 11 entre los candidatos a legislador porteño y su hoy supuesto brazo derecho en el gobierno nacional, Gustavo Béliz, como candidato a vice de Cavallo, además de otras “curiosidades” como la del famoso Lorenzo Borocotó en el quinto puesto, el propietario del Diario Página/12 Víctor Santamaría —actualmente un hombre del “progresismo”— en el decimoséptimo y el secretario General de la Presidencia de la Nación Julio Vitobello en el decimoctavo.

Alberto Fernández fue el candidato titular de la lista ganadora y es hoy en consecuencia el presidente de la Nación porque el poder existe. Y si el poder existe, entonces todos los que no lo tenemos estamos desde el vamos limitados por la voluntad del poder, esto es, por los intereses de los verdaderos poderosos del mundo. El poder existe y no perdona ninguna ofensa, pero no por ninguna naturaleza vengativa del poderoso ni mucho menos: el que tiene el poder lo tiene fundamentalmente por ser inteligente y saber que lo personal no es político, que no conviene personalizar la lucha ni odiar al enemigo. “No odies a tu enemigo, eso te afectará el juicio”, explicaba Mario Puzo en El Padrino, esa monumental descripción del poder y de las tesis de Maquiavelo. El poder no perdona una ofensa en su contra por una cuestión de disciplina, de sentar el ejemplo futuro y disuadir a potenciales díscolos.

Un buen ejemplo actual de ello es la interminable persecución judicial contra Amado Boudou. Boudou es un buen economista, un hombre leal y un potencial dirigente con mucho carisma y con pasión por el trabajo, pero no es mucho más que eso. Bien observado, Boudou está en una segunda línea por detrás de los grandes de la política, nunca se le dejó avanzar. ¿Y por qué? ¿Por qué tanta saña del poder contra un individuo que aún no llegó y probablemente nunca llegue, por lo que veremos, a ser uno de los principales arietes de lo nacional-popular? La explicación más frecuente da cuenta de que Boudou había sido el elegido de Cristina Fernández para encabezar la continuidad en las elecciones del año 2015, que finalmente se perdieron con Daniel Scioli como candidato, por lo que el poder lo habría destruido preventivamente para romper esa continuidad, pero es poca explicación. De ser así, el poderoso solo tendría que dedicarse a matar cuadros del enemigo mientras aún están en ciernes. No es que no lo haga, las operaciones contra los que asoman la cabeza de modo promisorio por parte del poder son reales, aunque no alcanzan para entender el caso Boudou.

Una bella pieza promocional del film El Padrino y en alusión la brillante definición del odio al enemigo como impedimento para el buen juicio. Mario Puzo describe magistralmente la política y el poder en general en su obra, la que debe leerse en clave maquiavélica.

Amado Boudou cometió un pecado mortal desde la óptica del poder fáctico de tipo económico y, al cometerlo, se metió en un callejón sin salida. Boudou fue el artífice de la recuperación de los multimillonarios fondos que habían estado en la timba de las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP), destruyendo en un acto un pingüe negocio de los ricos, entre los que estaba el propio Héctor Magnetto con el Grupo Clarín y muchos otros poderosos reales. Claro que Magnetto y sus congéneres no le tienen mucha estima a Boudou por lo que hizo, han perdido una millonada ahí. Pero la persecución contra Amado Boudou no responde a ninguna vendetta ni nada por el estilo, sino a la necesidad de disciplinar a los dirigentes políticos con el ejemplo para que en el futuro a nadie se le ocurra golpear otra vez en el centro de los intereses de los ricos. Es todo cálculo, no hay resentimientos. “En barrio de ricachones”, decía un famoso golpeador de ricos mediante el vulgar delito, “sin armas ni rencores, es solo plata y no amores”.

He ahí que pocos individuos en la historia argentina les han hecho tanto daño a los intereses de los de arriba como Cristina Fernández, hay pocas coyunturas como la de su gobierno, coyuntura en la que se golpeó fuertemente contra el núcleo del negocio eterno del poder. Y entonces es lógico que Cristina Fernández se haya metido, al igual que Boudou y todavía mucho más adentro, en un callejón sin salida. La actual vicepresidenta de la Nación está desde ya condenada a nunca más tener paz en su vida, será perseguida hasta el último de sus días y tendrá la certeza de que esa persecución continuará contra sus hijos y hasta contra sus nietos, si es que estos se animan a decir una palabra sobre lo público. Ya le han dictado sentencia, una sentencia fáctica dictada por un poder que no es temporal. Cristina Fernández fue condenada por un poder que nunca se acaba ni se presenta a elecciones.

Amado Boudou, marcado por el poder como ejemplo de disciplina que se quiere imponer. Boudou deberá quedar en la memoria de las próximas generaciones de dirigentes políticos argentinos como el que se atrevió a cruzar un límite prohibido y por eso fue castigado con una persecución eterna. Y lo mismo vale, aun con más intensidad, para Cristina Fernández de Kirchner, la atrevida por antonomasia.

Lo pagará con el cuerpo el individuo Cristina Fernández, por supuesto, aunque la condena no es al individuo, sino a lo que representa. Que el infierno de Cristina Fernández sea eterno servirá para disciplinar a los demás —o al menos así lo espera el poderoso— y para que no vuelva a existir otra Cristina Fernández en la política argentina. Ese es el callejón sin salida en el que se meten los que osan desafiar al que puede: aun años y décadas después de finalizada su obra el castigo persigue, no hay forma de evitarlo ni hay clemencia. No se puede ir para adelante y tampoco para atrás, no se les permite a los atrevidos retractarse ni retirarse. Tienen que seguir allí para siempre pagando por el daño que les hicieron a los que no admiten que nadie les inflija daños.

Tienen que seguir y seguir el juego hasta el último día, no hay posibilidad de retiro. Y acá está la clave para empezar a comprender por qué es presidente Alberto Fernández aparentemente de la mano de Cristina Fernández de Kirchner. “Con Cristina sola no alcanza y sin Cristina no se puede” es una máxima válida no solo para un sector de la política, que es el propio, sino para la política argentina como un todo. No había forma de construir un gobierno estable en las elecciones de octubre de 2019 sin ella y el poder siempre supo que eso era así. Por eso sigue Cristina Fernández, aunque realmente no sigue más que tratando de levantar su propia proscripción. De ahí el pacto hegemónico, del que la gran atrevida es más bien rehén que signataria. Pero esas ya son cuestiones para tratar en profundidad y en las páginas de la edición de febrero de la Revista Hegemonía, que no tardará en aparecer.

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