El fallecimiento del expresidente Carlos Menem en la mañana del último domingo dejó al descubierto la existencia de una situación límite y hasta inusitada en la opinión pública politizada de la Argentina. Gracias a las redes sociales, que les quitaron a los medios convencionales el monopolio de la expresión de opiniones sobre la realidad y de cierta forma la democratizaron, en 24 horas se vio una enorme cantidad de subgrietas ideológicas en espacios donde a priori debió existir una uniformidad de criterio. Y eso podría ser un fuerte indicio de que algo no está funcionando debidamente en el nivel de los liderazgos de la política.

El disparador del gran destape de esas subgrietas ideológicas fueron los distintos panegíricos dedicados a Menem que los dirigentes de la actualidad publicaron en sus redes sociales. No hubo en el arco político quienes se hayan abstenido de comentar la noticia del deceso y allí fueron a manifestarse los seguidores de cada uno de esos dirigentes de una forma pocas veces vista, fue en la manifestación reactiva de los de a pie en esas publicaciones donde se vio claramente que son innumerables las subdivisiones, tendiendo estas al infinito a medida que se complejiza la agenda política con la oferta diaria de nuevos temas de discusión.

Entonces la llamada transversalidad fue y es total, no hubo ni hay ningún consenso entre los que supuestamente piensan parecido acerca de si Menem fue un buen presidente o si fue un mal presidente. Véase bien: no es que uno de los dos grandes campos de la política hegemónica del momento se haya volcado hacia una de las opciones, dejando la totalidad del otro campo en la vereda opuesta. Lo que aquí pasó fue que hacia el interior de los campos las opiniones se dividieron y luego —he aquí el dato mayor— lo mismo ocurrió hacia el interior de las incontables tribus políticas que se amalgaman con sus diferencias en uno o en otro de esos frentes en torno a los proyectos políticos hegemónicos.

Grandes controversias. El presidente Alberto Fernández fue mucho más allá de lo protocolar y eligió palabras elogiosas para hacer su panegírico a Carlos Menem, acompañando dichas palabras por esta imagen de un cordial saludo entre ambos. Más inteligente fue Cristina Fernández, quien se limitó estrictamente al discurso breve y justo, adecuado para una vicepresidenta que además preside el cuerpo legislativo del que el fallecido formaba parte.

¿Podría decirse entonces que, en términos de opinión, la valoración de Carlos Menem se asemeja al proyecto de ley de legalización del aborto que fue aprobado en las últimas horas del 2020? Podría decirse que se trata de una situación similar, aunque eso sería hacer de la cuestión un análisis limitado, incompleto, ya que en la valoración positiva o negativa del menemismo el corte transversal es mucho más profundo. Si bien la controversia alrededor de la legalización del aborto partió al medio a los dos grandes campos en ambos lados de la grieta, habiendo opiniones contrarias y favorables al aborto tanto en el llamado kirchnerismo como en el antikirchnerismo, lo que pasa cuando el asunto es valorar la política de los años 1990 del neoliberalismo y del Consenso de Washington es que no son los dos grandes campos los que se parten, sino los grupos por opinión particular que conforman esos dos campos.

Hubo loas a Carlos Menem desde el albertismo, desde el kirchnerismo, desde el macrismo de Macri y desde los variados macrismos sin Macri, también desde otras corrientes que no se identifican con ninguna de las anteriores, pero se ubican más o menos cerca de uno de los dos grandes polos. Y también hubo, por supuesto, expresiones de repudio a Menem desde todos esos cuarteles. En una palabra, no es que los dos grandes polos fueron cortados transversalmente por la controversia, como había ocurrido hace poco con la legalización del aborto: el corte transversal partió al medio los subgrupos, mostró profundos desacuerdos ideológicos en el seno de parcialidades menores que parecían ser más bien homogéneas.

Ahí está el fenómeno de un muerto que mata y además fragmenta aún mucho tiempo después de haber sido presidente y luego de haber estado en la política durante casi dos décadas apenas como un exdirigente político en actividad. Tómese el ejemplo de uno de esos subgrupos, el de los kirchneristas que apoyan al gobierno de Alberto Fernández. Entre estos hubo quienes reivindicaran a Menem y hubo, por otra parte, quienes lo defenestraran. Y lo mismo pasó entre los kirchneristas que ya son críticos al gobierno de Fernández, entre los albertistas peronistas, entre los albertistas progresistas o socialdemócratas, entre los macristas de Macri, entre los macristas de otras cepas virales y hasta entre los morenistas, que no apoyan al gobierno y también cayeron en la volteada.

El corte transversal por el aborto y sus consecuencias: kirchneristas y macristas abrazados en una alianza políticamente contra natura. Los dos proyectos políticos de existencia excluyente —no hay espacio para ambos en el mundo— marchando del brazo para generalizar la confusión y hacer caer la fe de las mayorías.

Todos cayeron en la volteada menemista y un ejemplo de ello quizá por antonomasia haya sido el de Malena Galmarini, que es de Massa. La actual titular de Agua y Saneamientos Argentinos (AySA) es feminista, abortera y decididamente progresista de la rama liberal, es decir, de la socialdemocracia de siempre. Cayó del lado “izquierdo” de la grieta por la controversia del aborto en el Frente de Todos, que fue de donde luego vinieron las críticas más duras a Carlos Menem. Pero Galmarini se despachó rápidamente con un hilo de Twitter en el que trataba por el sobrenombre a Menem, calificándolo como un “hombre de diálogo”, un “presidente del pueblo” que “peleó por la democracia” y además hizo avanzar la causa feminista. La titular de Aysa remata su panegírico afirmando que la historia lo reconocerá y reivindicará a Carlos Menem en el futuro. Y allí se armó la subdivisión en la tribu política a la que Malena Galmarini fue a recalar en los últimos años: las respuestas de sus seguidores fueron furibundas, aunque también hubo quienes aplaudieran.

Piedrazos y aplausos. ¿Y por qué? Claro que Malena es Massa y también es Galmarini, viene de una cuna profundamente menemista y luego se casó en alianza matrimonial con el que pretende llevar a cabo el proyecto de Menem en continuidad y actualización. Es decir, Malena Galmarini es menemista por los cuatro costados y a la vez es progresista y feminista, es de pañuelos verdes calzar, es de izquierda liberal socialdemócrata y es eso mismo, el símbolo de una monumental fragmentación ideológica cuya primera víctima es la coherencia en el discurso de los dirigentes. Carmela Moreau, una alfonsinista igualmente de izquierda liberal socialdemócrata que andaba a los besos y abrazos con Galmarini hasta hace quince minutos, salió a liquidar a su aliada y allí se armó una grieta más dentro de la grieta, una grieta donde todos creíamos que había homogeneidad.

Malena Galmarini de Massa y sus contradicciones: por un lado, menemista y proyanqui por matrimonio y por herencia familiar. Por otro, de izquierda liberal y socialdemócrata. Esta mezcolanza ideológica no puede durar para siempre y en las pequeñas controversias de la agenda diaria se va efectivamente deconstruyendo.

La lectura de los infinitos “ismos” descritos en los anteriores párrafos (que no son ni la ínfima minoría de todos los existentes hoy en la política argentina, hay todavía muchísimos más) es el propio diagnóstico del problema fundamental: estamos avanzando a paso acelerado hacia un todos contra todos ideológico que es la anomia, o por lo menos se le parece mucho. No hay acuerdos, no hay consensos. Nadie se deja conducir integralmente por nadie y todos estamos frente al desafío de salir a opinar libremente sobre lo que sea, batiéndonos en duelo contra el de al lado que discrepa en cuestiones muy puntuales.

¿Quién pone orden?

Es evidente que las redes sociales tienen mucho que ver con eso, con la visibilización del problema. No es que antes de las redes haya habido acuerdo total entre más de dos individuos en todas las cuestiones de la sociedad y la política, siempre existió esta fragmentación ideológica en un mundo naturalmente diverso. La novedad es que ahora la vemos y, al verla, asumimos como natural el ir a pelearnos a muerte con el que hasta ayer nomás considerábamos que estaba a nuestro lado.

Se presiente la problemática y se ve que está escalando claramente. Luego de observar el fenómeno de la fragmentación alrededor del cadáver de Menem, hicimos en las redes sociales la encuesta sociológica sugiriendo el tema de la vuelta a las aulas sin indicar ninguna opinión particular al respecto. Y la teoría se corroboró: entre gente que está de acuerdo en prácticamente todo hubo una inusitada virulencia en la defensa de una u otra postura, a saberlas, si deben o no abrirse las escuelas del país para el reinicio de las clases en las próximas semanas. Dicha encuesta apenas empezaba al momento de escribir estas líneas y solo habían opinado en ella unos cientos de individuos, pero la tendencia ya estaba clara. Hubo división entre los que exigen la vuelta de las clases presenciales y los que no quieren que eso ocurra tanto entre los que apoyan al gobierno de Alberto Fernández como entre los que no lo hacen. Ya no hay nada automático en la política y uno no es oficialista u opositor por apoyar o por oponerse a las políticas del gobierno de turno. Ahora cada cual dice lo que piensa más allá de una disciplina partidaria que ya es una pieza de museo, la política es un pandemonio.

El ministro de Educación de la Nación Nicolás Trotta, en el ojo del huracán por la controversia acerca del retorno de las clases presenciales en el país. Las encuestas indican que la mayoría en la base de sustentación del gobierno de Alberto Fernández no desea que vuelvan alumnos y docentes a las escuelas mientras no exista una vacunación masiva, pero Trotta avanza con el proceso y hace más alianzas contra natura con funcionarios de Rodríguez Larreta en la Ciudad de Buenos Aires. La imagen del ministro Trotta va en picada y es solo cuestión de tiempo para que aparezcan sus nexos con la Open Society de George Soros como golpe de gracia.

El terreno de la política argentina se asemeja hoy a una suerte de campo minado en el que nadie conoce la ubicación de las minas y todos estamos además vendados de ojos, es una situación muy peligrosa la de esta sociedad de la opinión sin la orientación política del liderazgo carismático como amalgama. Los dirigentes tienen muchas dificultades para hacer consensos hacia el interior de sus propias fuerzas y los cuadros medios, que son los dirigentes en las segundas y terceras líneas, están directamente aterrados. Es imposible salir a expresar una opinión sobre lo que fuere sin recibir por parte de los propios —ya no de los extraños, que eso sería lo normal, lo no problemático— una hermosa cantidad de piedrazos. Entonces los cuadros medios quedan atrapados en controversias mínimas por las que terminan perdiendo el escaso capital político que venían construyendo y temen, por lo tanto, dar una definición sobre cualquier asunto.

Ese es el caso de Malena Galmarini, que es de Massa, pero también es el de todos los ministros del actual gobierno de Alberto Fernández, los que han transitado en silencio los quince meses de sus gestiones para no hacer peligrosas olas y ahogarse en la marea propia. Nadie habla, las cuestiones van brotando en la agenda y hasta el presidente se refugia en una ambigüedad que por momentos también exaspera. Al no haber los consensos ideológicos mínimos en la opinión pública, los dirigentes se estancan en el lugar de la representación cabal de la opinión particular de los dirigidos, que a su vez es tremendamente variada y es la nada misma en términos políticos justamente por eso. En una palabra, nadie quiere decir nada para no espantar al ganado propio, pero el no decir nada es lo que finalmente lo termina espantando.

Esa tremenda variedad de opiniones que impide la formación de unos consensos básicos sobre temas aún más elementales como la vuelta a las aulas en la modalidad presencial o la prosaica valoración del gobierno de Carlos Menem surge precisamente de la escasez de orientación por parte de los grandes dirigentes. Cuando el sector politizado de la población no está orientado por sus referentes, se encuentra con la obligación de salir a opinar por cuenta propia en la era de las redes sociales. Y lo hace, efectivamente, aunque no apoyándose en la coherencia de una doctrina o al menos en el análisis de orientaciones anteriores impartidas por la dirigencia cuando esta todavía hablaba. Lo que hace cada uno es tomar posiciones aleatorias sobre cada tema en particular y volcarlas en las redes sociales, tan solo para ser embestido a continuación por el de al lado que hizo el mismo proceso aleatorio. Y eso es la guerra civil ya no entre vecinos, sino entre parientes.

El mal llamado “gobierno de los científicos”, uno de los errores capitales de Alberto Fernández. Al basarse únicamente en la opinión de expertos en salud para definir su estrategia de combate al coronavirus, Fernández construyó una narrativa tremendista en la que cualquier concentración humana sería sinónimo de muerte de no estar vacunada toda la población. Ahora las presiones son inauditas y Fernández debe autorizar el reinicio de clases presenciales en las escuelas sin mediar ninguna vacunación masiva, cambiando la narrativa a un “hay que aprender a convivir con el virus” que es el relato típico de los Trump y los Bolsonaro. Pero el cambio brusco no funciona, porque la narrativa inicial se instaló profundamente en la conciencia de los propios y allí empieza la guerra civil de opiniones.

Al ver que la controversia por el aborto entre pañuelos verdes y celestes escalaba peligrosamente durante el año 2018 y ya previendo los efectos nefastos de dicha escalada en la organización política necesaria para afrontar las elecciones del año siguiente, Cristina Fernández hizo uso de un foro intelectual —el foro mundial de pensamiento crítico del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO)—  para ordenar un cese al fuego diciendo que en la familia kirchnerista había de los unos y también de los otros y que no debían pelearse entre verdes y celestes. Eso dio un resultado satisfactorio y la controversia por la legalización del aborto no generó entonces una ruptura en el campo, aunque quedó allí latente para dirimirse en un futuro a corto plazo.

Pasaron las elecciones y Cristina Fernández se refugió en el estratégico silencio del que lucha entre bambalinas contra una extorsión judicial, en el silencio prudencial. Y la controversia por el aborto volvió a la agenda de la opinión pública, esta vez ya sin la orientación de la conductora del campo, dando como resultado lo esperable: la virulencia entre verdes y celestes en el seno del Frente de Todos fue extrema, inaugurando la etapa del todos contra todos cuyo desarrollo está a la vista. Ahora el que alguna vez pudo definirse como un campo nacional-popular alrededor de un proyecto político es un campo de batalla por opinión particular en el que entre soldados de una misma tropa se tiran mutuamente a matar.

Es fundamental entender que esto siempre fue así, nunca hubo entre dos individuos una coincidencia absoluta sobre todos los temas de la política y de la organización social simplemente porque la diversidad existe en la conciencia. Es natural, ese no es el problema. La cuestión es que hoy nos definimos apasionadamente por esos temas secundarios y buscamos quienes acuerdan con nosotros en cada uno de ellos, tan solo para descubrir con amargura que el aliado en un asunto puntual es el enemigo en otro asunto igual de puntual. ¿Qué puede interesar la opinión vertida frente a la muerte de un dirigente del pasado o sobre este o aquel proyecto de ley frente a la necesidad mayor de acordar en los contenidos del proyecto político del presente? Evidentemente hay contradicciones primarias y las hay secundarias, el modelo de país que va a imponerse en la política para determinar la calidad de vida de una sociedad y hasta el grado de soberanía de una nación es la controversia principal y todo lo demás puede negociarse, toda opinión diferente se puede tolerar. No hay razón para que se sigan abriendo grietas donde debe existir un mínimo consenso acerca de lo esencial.

Cristina Fernández, aprovechando el foro de CLACSO para parar la mano de la rosca entre pañuelos verdes y celestes, que amenazaba con fracturar el campo propio de cara a las elecciones del año siguiente. Cuando esta orientación escaseó y luego faltó, la guerra civil entre parientes ideológicos fue la consecuencia natural.

Pero no es lo que ocurre en la práctica. Hemos llegado a una etapa de nuestro desarrollo histórico en el que no estamos dispuestos a tolerar que el de al lado tenga una opinión distinta sobre un asunto particular, el que fuere. Nos hicimos la delirante noción de que en una construcción política todos tienen que pensar igual sobre todas las materias del mercado y de que, si eso no ocurre, es natural agredir y “cancelar” al que hasta el relativamente insignificante diferendo había sido un par. Hemos optado —por razones que nos exceden, por supuesto, que son más bien resultantes de una manipulación— por definirnos individualmente por aquellos temas menores ante la escasez de orientación sobre el tema mayor, que es el proyecto político.

Nos hemos vuelto profundamente individualistas, he ahí todo. Ahora la que vale es la opinión de uno, todos estamos llamados a gritar bien fuerte nuestra manera de pensar sobre todas las cosas para imponerla sobre los demás. Y en ese sentido Carlos Menem terminó triunfando al triunfar el individualismo neoliberal que él había venido a instalar en la cultura a instancias del Consenso de Washington. No es casual que la fragmentación del todos contra todos haya quedado al descubierto al morir Menem, tenía que ser él. Si fuera cierto el que algunos eligen la hora de su propia muerte, aquí tendríamos un caso clásico de alguien que eligió morir de una forma y en un momento tales que el triunfo de su legado quede expuesto de manera inequívoca. Menem es un muerto que mata a todos los que se atreven a hablar de él, pero también es uno que decreta su triunfo en el último acto de su vida. El individualismo en la cultura del pueblo argentino está al fin a la vista, somos en esencia el mismo desorden atomizado resultante de la dictadura cívico-militar y su rotura del tejido social que Menem vino a profundizar y a consolidar. Menem lo hizo, otra vez.

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