Por César Trejo
Observatorio Malvinas
Universidad Nacional de Lanús

El pasado 11 de febrero se conoció la noticia de que un submarino estadounidense fue avistado en el Atlántico Sur, secundado en su excursión por aviones británicos. El hecho fue denunciado por Gustavo Melella, gobernador de Tierra del Fuego, como “una flagrante violación a los acuerdos internacionales” mientras que un día después la propia Cancillería a cargo de Felipe Solá emitió un comunicado en el que señalaba una “grave preocupación por la operación de un submarino de los Estados Unidos en el Atlántico Sur”.

Lo cierto es que el hecho no debería de sorprender a una dirigencia política argentina que desde el advenimiento de la democracia en adelante solo ha contribuido a la consolidación del estatus británico de amo y señor del Mar Argentino, a través de la concesión de ventajas económicas al usurpador. La ausencia de un plan estratégico integral que implique el encarecimiento de los costos operativos de la usurpación constituye el principal motivo por el que la potencia colonial nunca se ha visto en la posición de sentarse a negociar con la Argentina.

La base que los británicos tienen en nuestras Islas Malvinas es una base de la OTAN y los británicos la administran. Allí son entrenadas fuerzas que luego son destinadas a participar en diversas empresas colonialistas, sobre todo en Medio Oriente. Desde allí partieron, por ejemplo, tropas francesas y canadienses rumbo a Irak, a Afganistán y a Libia.

El submarino USS Greeneville, aquí siendo escoltado en Filipinas.

Entonces es verdaderamente insólita la sorpresa de algunos que se rasgan las vestiduras con esta “novedad”, siendo que la información de que la que está emplazada en Malvinas es una base de la OTAN que opera en el Atlántico Sur es pública y no es nueva. En ese sentido, claro que se trata de un asunto preocupante, pero que se debe denunciar en su contexto histórico, no como un hecho aislado.

La Organización del Tratado del Atlántico Norte es un organismo que se creó bajo la égida de los Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría con el objetivo de dirigir las acciones en contra de la Unión Soviética. Sin embargo, disuelta la URSS, los objetivos de la OTAN se modificaron y viraron hacia la consolidación de los proyectos coloniales de los países imperialistas dentro del llamado “tercer mundo”, incluida la Argentina con nuestras Islas Malvinas, amén de otras tropelías y piraterías.

Algunas voces aisladas nos hemos opuesto desde el final de la guerra a la política de inacción de parte de los sucesivos gobiernos en lo que a la base de Malvinas respecta, incluso cuando ya durante el gobierno de Raúl Alfonsín se firmaron los convenios de las operaciones UNITAS, porque entendíamos que sin la intervención norteamericana en la Guerra de Malvinas el resultado de la batalla podría haber sido otro, según lo afirmaron los propios comandantes ingleses y los jerarcas de la OTAN y de los Estados Unidos.

Entonces resulta llamativa ahora esta sorpresa ante la presencia en nuestro mar de un buque norteamericano. ¿Y cómo no habría de haber intromisión de flotas extranjeras en nuestra plataforma continental si tenemos emplazada en nuestro mar una base militar de la OTAN? Las expresiones de quienes recién se anotician de esta situación resultan como mínimo llamativas.

La base militar de Monte Agradable, en la práctica una posesión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en pleno territorio argentino. El 40% de nuestro espacio soberano se encuentra actualmente ocupado por el imperialismo.

Ahora bien, ¿cómo se enmarca esto que se conoce desde hace unos diez días? En primer lugar, hay una discusión, muchos están diciendo que no se trata de un submarino estadounidense, sino que es una movida enmascarada de Gran Bretaña de alguna manera involucrando a la nueva gestión de los Estados Unidos, la de Biden, en el asunto del Atlántico Sur. Lo cierto es que hubo un buque de la patrulla costera de los Estados Unidos durante las primeras semanas del año que ya había venido al Atlántico Sur cuando el nuevo presidente no había terminado de asumir su mandato. Pero no es esta seguidilla de episodios la que nos debería escandalizar. Mejor escandalicémonos ante el hecho comprobado de que desde la época del Proceso en adelante la Argentina se ha venido desarmando de forma unilateral y renunciando a toda posibilidad de defensa fundamentalmente de los mares, pero de todo el territorio en general. Este proceso es el resultado de la derrota espiritual que toda la dirigencia argentina ha sufrido luego de la guerra en Malvinas, pero desde el advenimiento de la democracia en adelante nunca fue posible hablar seriamente de defensa de las fronteras nacionales.

Entonces claramente es una situación preocupante, pero revertir esto no implica solamente emitir un comunicado en el que se plasmen la preocupación y el escándalo, sino fundamentalmente revertir lo que la dirigencia política argentina ha hecho sistemáticamente a lo largo de los sucesivos gobiernos, esto es, la destrucción sistemática de la defensa nacional. Porque aunque las capacidades estratégicas de defensa argentinas que pudieran desarrollarse en términos de la defensa en el mar se desplegaran al unísono con el propósito de “marcarle la cancha” al usurpador, jamás podrían llegar a igualarse de manera simétrica con la de los Estados Unidos o Gran Bretaña. Pero al menos parece inevitable la búsqueda de una capacidad disuasoria tal que demuestre a los Estados Unidos y la OTAN que no pueden ser amos y señores de los mares en el Atlántico Sur, por lo menos de manera gratuita.

Lo tristemente cierto es que en este momento los mismos que fueron artífices de la indefensión argentina emiten comunicados expresando su escándalo ante los hechos recientes, incluso en un periódico que se ha dedicado en estos últimos treinta y cinco o cuarenta años a denostar la capacidad de la defensa argentina, como es Página/12.

Respecto del episodio recientemente conocido, el ministro de Defensa de la Nación Agustín Rossi ha manifestado que no se trataba de un buque que trasladara armamento nuclear, sino que se movía a propulsión nuclear y que se hallaba en aguas internacionales y no en aguas argentinas. De esta manera, el funcionario le bajó el precio al asunto, desconociendo que a través de esta maniobra la OTAN está ocupando un 40% del territorio argentino. Reitero: hay un 40% del territorio nacional, según el mapa bicontinental y la plataforma extendida argentina que fue aprobada por ley, que en este momento está siendo ocupado por una potencia extranjera, situación que personalmente he venido denunciando desde el final de la guerra, aunque quienes lo denunciábamos éramos catalogados de locos y conspiracionistas. En la actualidad la preocupación se ha generalizado porque quedó demostrado que los argentinos no ejercemos soberanía y que el verdadero territorio de la Argentina no termina en la General Paz ni en la pampa húmeda, sino que el centro de la república está en la Tierra del Fuego, en Ushuaia.

Mauricio Macri y Sergio Massa, haciendo buenas migas con Joseph Biden, quien luego sería el presidente de los Estados Unidos. La dirigencia política argentina evidencia una profunda derrota espiritual en lo que respecta a la defensa de la soberanía nacional y algunos —como Macri y Massa, por ejemplo— ya asumieron toda una identidad de cipayos.

Más allá de los papeles y la protesta, resulta imperativo repensar a cuántas capacidades la Argentina ha venido renunciando en función de dejar de ser una nación para pasar a ser una semicolonia proveedora de materias primas a las grandes corporaciones transnacionales. Una colonia impróspera, con la mitad de los argentinos por debajo de la línea de pobreza o una nación donde reconstruyamos nuestras capacidades nacionales para el disfrute de los bienes naturales y de las riquezas para los argentinos. Esas son las opciones.

Ya desde 1965 la Organización de las Naciones Unidas reconoce en la Resolución 2065, precedida por el alegato Ruda del año anterior, que Malvinas es un territorio argentino colonizado por una potencia extranjera y que la única solución posible del asunto es la descolonización. Ahora bien, esto no va a ocurrir de ninguna manera si tan solo apelamos a la diplomacia, es necesario establecer un plan.

En el año 2010, por ejemplo, se reunió el I Congreso latinoamericano Malvinas causa de la patria grande, que congregó a intelectuales, embajadores, diplomáticos, pensadores y académicos de todos los países de la región y que propuso entre otras medidas encarecer los costos de la ocupación, en el sentido de desincentivarla para obligar al ocupante a sentarse a la mesa de la negociación por vía diplomática.

Sin embargo, los sucesivos gobiernos, en especial los de Videla/Martínez de Hoz, Menem y Macri, han actuado en la dirección contraria, facilitando así a Gran Bretaña la progresiva consolidación de su ocupación ilegal. Y lo que resulta imprescindible comprender es que el Reino Unido únicamente se va a sentar a una mesa de negociación el día que le resulte más barato que no hacerlo. Siendo que en la actualidad la República Argentina no posee ninguna capacidad en la defensa y a la vez no llevamos adelante ninguna política que contribuya a encarecer los costos de la ocupación, naturalmente el Reino Unido no se verá forzado a negociar, pues se encuentra en una situación ventajosa y cómoda que es fruto de la inacción de la dirigencia política argentina.

Desde el fracaso en la Guerra de Malvinas predominó en la política y en los medios de comunicación de nuestro país la idea “progresista” del desmantelamiento de todo lo relativo a la defensa del territorio. El resultado son unas fuerzas armadas incapaces en el presente de realizar acciones disuasorias mínimas. La invasión extranjera al territorio nacional es gratis para el invasor.

El problema no es británico, el problema es cómo resolvemos entre los argentinos una política de Estado que obligue a Gran Bretaña a negociar. Pero existen solo dos maneras de forzar la negociación: a través de las armas, derrotando a Gran Bretaña y a la OTAN, o a través de la presión de los pueblos organizados por vía pacífica encareciéndole los costos de la ocupación.

Y en esa área nuestro país tiene una ventaja, pues el ocupante tiene que sostener los costos de mantener a 14.000 kilómetros de distancia un sistema militar de la OTAN. La pregunta es cómo haremos para aprovechar las condiciones de la actualidad, por ejemplo, la salida de Gran Bretaña del bloque continental europeo a través del llamado Brexit y cómo profundizaremos el encarecimiento de los costos de la ocupación británica en Malvinas.

Claramente no será a través de las políticas que el Estado argentino viene llevando adelante desde el advenimiento de la democracia. No será a través de iniciativas como la de la Secretaría de Energía de la Nación, que les ofrece a los británicos nuevas oportunidades de negocios en materia minera. No será a través de las relaciones amistosas entre la ministra de las Mujeres, Género y Diversidad Elizabeth Gómez Alcorta y el embajador Mark Kent, charlando inocentemente sobre la agenda de género, como si creyera de veras que los británicos se preocupan por las cuestiones de los argentinos y las argentinas.

Si la Argentina sigue sin cobrar a los británicos lo que les correspondería pagar en calidad de derechos de explotación minera a lo largo de toda la Cordillera de los Andes, donde empresas canadienses, australianas o sudafricanas —esto es, británicas— están expoliando y explotando, llevándosela toda y dejando tras de sí muerte, veneno y destrucción sin que la ganancia nos llegue a los argentinos, por omisión estamos consolidando la posición británica en la región.

Del mismo modo, la potencia usurpadora nos saquea a través de la deuda externa y así resulta evidente que se encuentra muy cómoda, se puede pasear por nuestros mares con un submarino, con un buque costero y hacer lo que se le antoje pues desde aquí no poseemos capacidad alguna de reacción.

Agentes de Prefectura Naval intentan patrullar la pesca ilegal en el Mar Argentino. Se calcula que el país se desangra en unos 14 mil millones de dólares anuales al no tener la capacidad de reprimir esa actividad delictiva, de la que se benefician las potencias imperialistas y fundamentalmente los grandes piratas del presente: los chinos.

Por lo tanto, desde el Observatorio Malvinas de la Universidad Nacional de Lanús y desde otras instituciones que trabajamos activamente por la recuperación del primer aspecto de la soberanía que es la conciencia de patria instamos a retomar políticas activas, nacionales e internacionales a nivel de la región de la América del Sur. Sin un plan serio de recuperación de la soberanía nos estaremos limitando a emitir comunicados de protesta que resultarán absolutamente inocuos y estériles.

La emisión de una nueva expresión de parte del Comité de Descolonización de la ONU está bien, pero con el actual la Argentina se hace acreedora de unos cincuenta comunicados en la misma línea, sin que ello haya significado que el estado de la situación se haya modificado efectivamente. La resolución de esta ocupación solo puede entonces estar en manos de los argentinos, pero para que esta tenga lugar es importante que la dirigencia política recupere la confianza en el pueblo argentino. Si la dirigencia no cree en su pueblo, no hay salida posible.

El pueblo argentino ha demostrado una y mil veces que está dispuesto a dar las batallas que sean necesarias para ser una nación soberana. No estoy hablando de guerras o de cruzadas alocadas, sencillamente el pueblo argentino, nuestro gobierno y toda la dirigencia política, todos deberíamos estar ocupándonos activamente en ver cómo podemos desde la vía pacífica encarecer los costos de la usurpación. La negociación debe enmarcarse dentro de la ley nacional y conforme al derecho internacional. Lo que como nación no podemos permitirnos más es dejarnos saquear nuestros recursos justamente por los mismos que están ocupando el territorio de Malvinas. Desde la ley, desde la resistencia civil pacífica es posible encontrar una salida, pero para ello es imprescindible confiar en el pueblo argentino.

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