Francis Fukuyama es un politólogo estadounidense de origen japonés que se hizo de un gran reconocimiento a nivel mundial cuando acuñó, después de la caída del Muro de Berlín y la posterior disolución del campo socialista en el Este —concretamente, con el derrumbe de la Unión Soviética en 1991—, la categoría de “fin de la historia”. Para Fukuyama, al fracasar el socialismo oriental como alternativa ideológica al liberalismo occidental, se acababa la historia en términos más bien marxistas, es decir, la historia movida por la lucha política entre dos proyectos políticos antagónicos. Esos proyectos fueron los grandes relatos que animaron la modernidad desde la revolución burguesa de fines del siglo XVIII en adelante y sobre ellos se debatió toda la humanidad como en un péndulo: entre la derecha liberal con su proyecto capitalista y la izquierda comunista con el socialismo real como horizonte se discutió durante dos siglos, hasta que este último gran relato mordió el polvo con el colapso soviético. Ni lerdo ni perezoso y además financiado por los intereses occidentales que buscaban entonces establecer un nuevo orden mundial con hegemonía unipolar en los Estados Unidos, Fukuyama decretó allí el fin de la historia, anunciando que el futuro de la humanidad sería con el liberalismo occidental y sin discusión.

En muy resumidas cuentas, lo que Fukuyama anunciaba en ese naciente orden global unipolar no era otra cosa que la quiebra de una posibilidad de representación política entre las dos existentes hasta allí. Y no era moco de pavo. Habían sido doscientos años desde que la burguesía revolucionaria introdujera el liberalismo como relato hegemónico al destruir hasta sus cimientos el antiguo régimen de las monarquías absolutas que durante un milenio había sido indiscutible. Esa burguesía liberal y sus conceptos de república, división de poderes y de igualdad entre los hombres ante la ley había creado el Estado moderno y prácticamente todo lo que aún hoy tenemos en la base de nuestra organización política tiene en esa revolución su origen. Los parlamentos, los gobiernos, el poder judicial, la Constitución como garante supuesto del orden en medio a la lucha política y mucho más, todo eso resulta de las cabezas iluminadas de aquellos burgueses revolucionarios, quizá un poco más en Francia que en Inglaterra, pero en Occidente de un modo general. Hasta el ordenamiento horizontal de derecha a izquierda que tan instalado tenemos en la conciencia los que pensamos la política es obra intelectual de la revolución burguesa.

La obra de Francis Fukuyama, especialmente ‘El fin de la historia y el último hombre’, libro en el que este politólogo estadounidense de origen japonés afirma que la historia en un sentido de lucha ideológica terminó al saldarse la Guerra Fría entre el Occidente demoliberal y el Oriente socialista. Con la caída de este último, sostiene Fukuyama, el mundo tendría su aspecto definitivo en el demoliberalismo.

Semejante es el legado de 1789 y con tanta fuerza hegemonizó la política a nivel global que incluso su propia antítesis, el marxismo o socialismo científico, existe únicamente como una derivación del liberalismo fundante. El mismo Marx es un hijo de la revolución y nunca hubiera sido sin ella. Como negación dialéctica del capitalismo liberal, el socialismo también liberal, pero por izquierda, nace a mediados del siglo XIX para ser esa alternativa moderna e industrial cuya diferencia quizá única respecto al modo de producción capitalista está en la propiedad de los medios de producción. Bien observada la cosa, la revolución rusa de 1917 que se inspiró en el marxismo para sacudir el mundo desde Rusia fue la continuación lógica de 1789, fue el liberalismo de la igualdad, la fraternidad y la libertad llevado a sus últimas consecuencias, la idea original por la que los primeros jacobinos conocieron el filo frío de la guillotina luego de haberlo usado contra la monarquía. El triunfo del socialismo en una vasta región del planeta, la oriental, fue el triunfo de una vertiente del liberalismo francés, la que en Occidente suelen llamar “radical” puesto que representa cabalmente el jacobinismo extremo de la revolución temprana. La revolución burguesa tuvo tanto éxito en el tiempo porque ya tenía en sí misma su propia dialéctica, no dejaba nada por fuera de su sistema y todo lo resolvió de allí en más en una interna liberal entre la izquierda y la derecha generadas en su seno.

Esa inmensa y larga interna fue la que Francis Fukuyama vio caerse al derrumbarse el bloque socialista en el Este y de ahí la gravedad contenida en la sentencia del “fin de la historia”. Francis Fukuyama fue testigo de lo que François Furet llamó la muerte de la revolución, acaso dos formas de decir lo mismo. Donde Fukuyama veía el fin de la historia al hundirse uno de los polos del empate liberal hegemónico, Furet anunciaba la muerte de la revolución burguesa de Francia a exactos doscientos años de la caída de la Bastilla. Tanto Fukuyama como Furet, cada cual a su manera, vieron en 1989 el fin de una era. Furet no es claro respecto a lo debía suceder a la modernidad revolucionaria, pero Fukuyama sí lo es y sin ambages: el fin de la historia sería el triunfo final de la fracción derecha en la interna liberal. De allí en más no habría lucha, no habría política y, por lo tanto, no habría historia.

La caída del Muro de Berlín, el acto de guerra final que disparó el proceso de disolución del campo socialista en el Este. Como la caída de la Bastilla en 1789 marca simbólicamente el inicio de la modernidad en términos políticos, este hecho de 1989 va a simbolizar el nacimiento de la posmodernidad expresada también en la política. Aquí no termina la historia, como se sabe, pero termina a exactos doscientos años de su inicio la historia de la revolución burguesa, que subsiste hoy como una mera simulación al no estar definidos todos los caracteres de la nueva era.

A la vista de recientes acontecimientos en Oriente y hasta en América, Fukuyama quiso matizar sobre lo que había dicho a principios de los años 1990 y hasta admitió que pudo haberse equivocado. El ascenso de Vladimir Putin (otra vez en Rusia) y de un Hugo Chávez hablando de socialismo sentado sobre las reservas más grandes de petróleo del planeta podrían ser la evidencia de que la historia sigue y de que el orden unipolar estadounidense había sido nada más que un corto interregno. La historia sigue, habrá pensado un ya canoso Fukuyama. Quizá no como una interna liberal clásica entre izquierda y derecha, pero sigue. La irrupción de China con vocación de potencia global en el llamado concierto de las naciones parecería corroborar esa hipótesis y dar lugar a la idea de una nueva guerra fría entre Occidente y Oriente para renovar la vieja interna de la modernidad.

Algo muere

Pero Fukuyama no se equivocó y las nuevas manifestaciones políticas de los Putin en Rusia y los Chávez en Venezuela son de una naturaleza muy distinta respecto a lo que fue la política en la modernidad industrial que es la propia revolución burguesa. Es cierto que hay una nueva ola de movilización aquí y allí, también en nuestro país la década de los 1990 se superó con el advenimiento del kirchnerismo y se movilizaron muchos de los que habían sido derrotados por el “fin de la historia”, pero todo eso pertenece ya a una era distinta. El error de Francis Fukuyama está mucho más en la generalización de la idea de una historia que termina cuando termina una era, una época con sus características históricas que son únicas e irrepetibles. Fukuyama se equivocó como publicista de la hegemonía unipolar, aunque eso fue mucho más la expresión de una militancia rentada que un error propiamente dicho. Pero no se equivocó como intelectual: la historia de la modernidad industrial —o, en términos de Furet, la revolución burguesa de 1789— realmente terminó.

El atento lector verá que eso hoy es una obviedad ululante. Hoy, a más de treinta años de la caída del Muro de Berlín, es muy fácil entender que la política existe como una cosa de distinta naturaleza. En otras palabras, está claro que hoy no se hace política como en los siglos XIX y XX, algo cambió efectiva y suficientemente como para que podamos hablar de un cambio de época, como diría el portugués Sousa Santos. No es que haya habido algunos cambios dentro de una coyuntura histórica, sino que empezamos a transitar una coyuntura completamente nueva y sin mucha continuidad respecto a la anterior. Hoy podemos ver y sabemos que a partir de la quiebra del proyecto político socialista y el fin de la Guerra Fría es adecuado hablar de una posmodernidad en oposición o como superación de la modernidad industrial resultante de 1789, hay una ruptura fundamental y el problema que tenemos los contemporáneos es quizá similar al que tuvieron aquellos a los que les tocó transitar las primeras décadas del siglo XIX, a saberlo, es que seguimos buscando en el presente referencias que en el presente existen únicamente como un recuerdo del pasado, como fantasmas o como nostalgia. Los primeros posmodernos, nosotros mismos, estamos buscando hoy referencias que ya no existen y por eso estamos tan confundidos.

Vladimir Putin y Hugo Chávez, el uno con herencia de la Unión Soviética y el otro hablando de socialismo sobre las más grandes reservas de petróleo y gas del planeta. El advenimiento de estos titanes de la política habría sido la evidencia de que la historia no se terminó, de que todavía hay una lucha ideológica en curso. Y eso es verdad, aunque la naturaleza de esa lucha es muy distinta a lo que fue en el pasado. Tanto Putin como Chávez son ya, en mayor o en menor medida, la posmodernidad naciente.

Una de esas referencias es la representación política, que ya no existe como existió en la modernidad. Seguimos hablando de pertenencias ideológicas, somos peronistas, somos liberales o somos comunistas, pero sin serlo en absoluto. He ahí la confusión de esta posmodernidad temprana: muchos de los contemporáneos hemos sido formados en la modernidad tardía, en los últimos años de la Guerra Fría de las identidades políticas e ideológicas duras, y por eso seguimos hablando de lo que aprendimos entonces. Pero eso ya no existe de hecho y por la muy elemental razón de que la política ya no se hace como antaño. No hay referencias duras, los dirigentes políticos no se aferran a su identidad ideológica pretendida y el resultado final es que la personificación de la ideología ha dejado de funcionar.

La personificación de la ideología es el proceso por el que los muchos empiezan a identificar a uno o a unos pocos como los depositarios de una idea política en un tiempo determinado. Por ejemplo, en el siglo XX el socialismo hecho carne fueron los bolcheviques con Lenin y Stalin y el fascismo fueron Mussolini y Hitler. Si uno quería entonces defender esas ideas con una militancia coherente a los fines previstos en cada uno de esos programas ideológicos, entonces se hacía militante y se ponía a las órdenes de esos referentes máximos, con la mediación de una multitud de cuadros medios que a su vez respondían orgánicamente al líder. Ahí estaba personificada la ideología y además de formarse políticamente para su actividad militante, uno debía poner atención en las palabras y en los actos del liderazgo para orientarse bien. El atento lector que tiene ya sus años de vida y fue educado en ese esquema entenderá al instante que aquí hay una descripción cabal de cómo funciona la política desde el punto de vista de su organicidad. Y también deberá entender que nada de eso existe actualmente.

¿Por qué no existe? Por varias razones, pero fundamentalmente porque los tocayos Francis Fukuyama y François Furet estaban en lo cierto respecto a que algo muere o murió. Con la caída del socialismo en el Este y la consagración del liberalismo occidental como ideología única, hegemónica a nivel global, todo el sistema político existente antes de ese derrumbe deja de existir. Al no haber una controversia entre al menos dos grandes relatos, el relato sobreviviente tiene la viudez como destino: existir durante algunos años en soledad, pero ya sin el sentido que supo tener mientras tuvo pareja. Lo que le pasó al liberalismo occidental al quebrar el socialismo en Oriente fue eso, se quedó privado de un fin y naturalmente languideció, murió en esencia al morir su par opuesto. En esa sobrevivencia con los días contados no tuvo motivaciones para sostener el sistema y el sistema se cayó. Así, el derrumbe del socialismo soviético resultó en el vaciamiento de los partidos políticos, los que perdieron sus funciones de formación política de sus cuadros militantes y pasaron a ser meros instrumentos electorales. Sin tener una finalidad específica en un mundo donde la controversia había quedado saldada en favor de una narrativa, el sistema de partidos quebró.

Representación artística posmoderna de la Guerra Fría, que es en sí un enorme anacronismo. No existe entre los Estados Unidos y China la controversia ideológica que existió entre los primeros y la Unión Soviética en el pasado, pese a los símbolos aparentes. China está absolutamente integrada al liberalismo global e incluso pugna por dirigir el proceso. Trump no es Eisenhower y Xi Jinping está muy lejos de parecerse a Stalin, pero el presente insiste en vestirse con el manto del pasado al no poseer todavía una narrativa propia de su época.

Por lógica, al no haber partidos políticos con función de formación de cuadros y aglutinación de militantes y simpatizantes de una ideología, el resultado necesario fue aquello que hace mucho se dio en llamar la crisis de representación. “La gente ya no cree en los políticos”, arriesgaba el opinólogo en los canales de televisión para dar cuenta de dicha crisis. El fenómeno se hizo cada vez más visible en el tiempo, pero nadie parecía muy interesado en dar con su origen. Todo fue un “la gente ya no cree en los políticos” como explicación, sin comprender que los “políticos” —esto es, el liderazgo ideológico personificado en dirigentes de carne y hueso— son esos mismos cuadros ahora sin formación, son resultantes de la quiebra del sistema. ¿Cómo creer en “políticos” que un día dicen una cosa y al día siguiente dicen la cosa opuesta, sin ninguna coherencia con la vieja etiqueta ideológica que usan para identificarse? No importa el color de dicha etiqueta, el dirigente político de la posmodernidad es un cuadro militante elevado a un lugar de poder, como siempre, pero ya sin la formación ideológica necesaria para ocupar ese lugar y además con la obligación de liderar a otros cuadros, militantes y simpatizantes que tampoco han sido formados en las generales de la ideología.

La crisis de representación no es en el fondo mucho más que eso, es el problema de que en la cultura de los representados los principios y valores morales (ideológicos, por lo tanto, en el nivel del sentido común, que es la ideología de las masas populares) permanecen sin alteración, mientras los dirigentes desorientados a veces representan esas ideas y a veces no lo hacen, casi siempre escudándose en el pretexto de un supuesto “pragmatismo” que, en realidad, es falta de formación política e ideológica. La crisis de representación no es, en otras palabras, que esté escaseando la credibilidad de los dirigentes, sino la escasez de la propia representación.

Acá tenés los pibes para la liberación

En todos los cuarteles militantes del presente existe un hambre feroz de representación. Con un cierto arrastre de tiempos pasados o algo de orientación ideológica que persiste, los militantes de todos los sectores buscan desesperadamente ser bien representados por un liderazgo ideológico personificado. Esa es la explicación de por qué el llamado kirchnerismo se aferra tanto a una Cristina Fernández que prácticamente no habla y el macrismo no deja ir a un Mauricio Macri que como líder es un verdadero fracaso. Ambos campos necesitan esos liderazgos para no disolverse, puesto que no están realmente unidos por un programa político e ideológico definido. La unidad de los campos la dan aquellos liderazgos personificados, aunque ideológicamente son incoherentes en sí mismos al contradecirse cada vez que expresan sus ideas rectoras. No han sido debidamente formados y son la propia posmodernidad como resultado del “fin de la historia”, pero son de lo mejor que hay entre los dirigentes políticos del presente. Y por eso ahí están.

Enemigos íntimos. Mauricio Macri y Cristina Fernández lideran los campos de la política hegemónica en la actualidad y la “grieta moral” declamada por ambos bandos es, en realidad, una lucha de esos liderazgos personificados donde los simpatizantes de un lado se nutren de la oposición de los simpatizantes del otro, se retroalimentan hasta el punto de que se mantienen unidos ya no por principios y valores ideológicos comunes, sino con la finalidad de derrotar electoralmente el clásico rival. El medio se convierte en fin y la política es una lucha en la que nadie sabe muy por qué desea la victoria.

Todo eso impacta profundamente en la calidad actual de la política en la práctica: al no tener la debida formación ideológica que solían impartir los partidos políticos y al orientarse únicamente por la individualidad de un liderazgo personificado que tampoco es ideológicamente estable, los cuadros medios son inservibles y la militancia queda sujeta a sucesivos bandazos en el tiempo. Existe una grieta y aparentemente es entre dos cosmovisiones o dos ideologías distintas, dos maneras de ver el mundo y de proyectar cómo debería ser absolutamente opuestas. Pero eso solo en apariencia. En realidad, no hay una verdadera lucha ideológica como la que existió en la modernidad, los campos de la política no están enfrentados por la voluntad de imponer cada cual su programa político. Lo único que hay es lo que ambos extremos llaman la grieta moral, es decir, una cuestión que en el fondo es meramente estética y está movida por el deseo de diferenciarse del otro y derrotarlo electoralmente. Y allí termina de morir la política.

El llamado kirchnerismo actual es el ejemplo por antonomasia de todo ese embrollo ideológico por escasez. A partir de la enigmática alianza con Alberto Fernández y Sergio Massa para ganar las elecciones de 2019 derrotando al clásico rival —como si de un asunto futbolístico se tratara, la metáfora calza a la perfección—, los kirchneristas negaron todos y cada uno de los principios ideológicos que supuestamente habían sido la amalgama del campo. Hace ya casi un año y medio que el gobierno de los Fernández viene haciendo un ajuste y una devaluación de la moneda nacional a cuentagotas, ajuste y devaluación que no difieren salvo en la intensidad de las políticas aplicadas por el anterior gobierno, al que se quería superar o por lo menos así se declaró entonces. Hay mucha más continuidad que ruptura respecto al gobierno de Mauricio Macri, incluso en las relaciones carnales con el Fondo Monetario Internacional, pero aún así el kirchnerismo sigue firme o al menos quieto frente a la realidad de dicha continuidad. En otras palabras, el kirchnerismo hoy milita lo que supo criticar mientras estuvo en oposición a Macri. ¿Por qué?

Primero porque los principios ideológicos nunca fueron tales, como se decía anteriormente. No hubo una verdadera formación política e ideológica en el génesis del campo kirchnerista y el poco peronismo doctrinario que existe en ese núcleo está muy lejos de hegemonizar el espacio para imponer su doctrina. A decir verdad, el kirchnerismo no es más que el liderazgo personificado, no es realmente una corriente ideológica determinada. Y tampoco podría serlo en el marco del fin de la historia en el que nace: como identidad política netamente posmoderna, el kirchnerismo es la no formación ideológica por definición. De haberlo sido, esto es, de no ser posmoderno y de haber tenido una estructura partidaria con función de adoctrinamiento en la base de su creación, el kirchnerismo habría incorporado los principios y valores ideológicos del peronismo, en el que supuestamente debería abrevar al tratarse de una continuación histórica necesaria. Y allí se hubiera parado de manos frente a Alberto Fernández a la primera señal de ajuste en las tarifas de los servicios públicos o devaluación de la moneda nacional, por ejemplo. La doctrina del peronismo, su esencia ideológica, es la incondicional defensa del pueblo-nación de clase trabajadora popular y media, esa es la razón de su existencia en la política o lo que representa.

El ministro de Economía de Alberto Fernández, Martín Guzmán, en relaciones carnales con el Fondo Monetario Internacional. Pese al hecho de esta promiscuidad que no difiere mucho de la existente en el macrismo, hasta hace muy poco el kirchnerismo estuvo dispuesto a matar para defender al que consideraba “el mejor ministro del gobierno”, aunque nadie supiera explicar muy bien por qué. Ahora, tras la desautorización de Cristina Fernández al ministro, el kirchnerismo irá “descubriendo” de a poco que este discípulo de Joseph Stiglitz tiene muy poco de kirchnerista en el sentido ideológico que el kirchnerismo supuestamente tiene. Pero es tarde: Guzmán ya hizo lo que tenía que hacer y es absolutamente descartable para los poderes que lo instalaron.

Pero nada de eso jamás ocurrió, el kirchnerismo nunca ni siquiera amagó con pararle la mano a Alberto Fernández y ahora el ajuste, la inflación galopante y la devaluación de la moneda han agravado la obra de destrucción de Macri hasta niveles inimaginables. Hay más argentinos hoy por debajo de las líneas de pobreza e indigencia que a fines del año 2001 y también es más profundo el quebranto económico general. Todo esto, claro, gracias a la complicidad y hasta la colaboración del kirchnerismo, el que lejos de exigirle a Alberto Fernández el nivel de decisión política para avanzar sobre la oligarquía saqueadora y hacerla pagar la cuenta, discursivamente utilizó los argumentos típicos del macrismo para justificar cada maldad contra el pueblo-nación. Los “hay que darle tiempo”, “dejen gobernar” y “la pesada herencia” de los días de Macri volvieron, aunque en palabras ligeramente distintas, en boca del kirchnerismo. En boca de los pibes para la liberación, entendámonos bien.

Todo está encadenado lógicamente. Al no ser una identidad política con formación suficiente, el kirchnerismo solo puede amalgamarse alrededor de un liderazgo personificado. Pero Cristina Fernández sigue en silencio hace ya seis años y medio y solo para las campañas electorales de 2017 y 2019 se expresó para orientar a la tropa. Sin la orientación del liderazgo personificado y sin formación ideológica suficiente, ¿qué cosa es la que mantiene unido al kirchnerismo? Pues la grieta, es la sola motivación de no ver ganar las elecciones al clásico rival lo que define hoy por hoy a un kirchnerista, se es kirchnerista en el presente por aceptar lo que fuere, tragar cualquier sapo, con tal de que no vuelvan los que se fueron.

Entonces llegamos, el atento lector con nosotros, a la raíz del problema, que es un problema de escasez. El kirchnerismo aquí es el símbolo o el ejemplo cabal de la escasez de formación ideológica que deriva en unas motivaciones políticas no relacionadas con ningún programa político en absoluto, sino en una cosa meramente identitaria por exclusión, es decir, en definirse el ser por el no ser o el ser siempre en oposición a otros, los que tampoco son de modo definitivo. En espejo, toda la descripción del kirchnerismo es válida para los macristas, quienes discursivamente hablaban de la “cultura del trabajo” como si se tratara de un principio y de un valor propio, por ejemplo, pero no hesitaron en ponerse detrás de un notorio delincuente contrabandista que jamás conoció el trabajo y, una vez en el poder en el Estado, fomentó la vagancia de los ricos especuladores por arriba y la vagancia del lumpenaje por abajo con una ampliación de las prebendas que se suelen llamar “asistencia social”, el famoso asistencialismo. Lo que se llama macrismo hoy por hoy y es una suerte de gorilismo aggiornado a la posmodernidad —los gorilas modernos, vale recordar, estaban muy bien formados en su ideología liberal mitrista— que, por supuesto, no se constituye alrededor de una formación política determinada, sino en contra del kirchnerismo que se había hecho del gobierno allá por el 2003. Al igual que el kirchnerista, el macrista también es un posmoderno y es el resultado del fin de la historia, de la quiebra del sistema político de la modernidad. Todas las expresiones políticas hegemónicas en el mundo lo son.

La ministra de Desarrollo Social de Macri, Carolina Stanley. Durante su gestión, se amplió el asistencialismo hasta niveles inauditos. Todo macrista sabe que eso fue así y, no obstante, pese a que el hecho está en frontal contradicción con el eslogan de la “cultura del trabajo”, los macristas toleraron ese “fomento a la vagancia” —en sus propios términos— considerando que criticar a Macri hubiera sido favorecer el retorno del kirchnerismo. Cuando no existe formación ideológica, los sapos para tragar se multiplican y se tragan sin hesitación.

En todo el mundo, por cierto. En todos los países se da el fenómeno de la destrucción de la modernidad y su reemplazo por esta cosa líquida, como decía Zygmunt Bauman, que es la posmodernidad. En España, por ejemplo, una realidad que nos es dada a conocer en profundidad por los lazos culturales en común. Allí tanto el Partido Popular (PP) como el Partido Socialista Obrero (PSOE) quebraron tras la caída del Muro de Berlín y perdieron sus funciones de formación ideológica de sus cuadros medios y militantes. Ambos se convirtieron en meros sellos electorales y así fue posible ver a un Rodríguez Zapatero hacer neoliberalismo a ultranza o a un Mariano Rajoy hacer populismo, hasta que el cambalache fue demasiado y eso resultó en el nacimiento de Podemos, ese engendro posmoderno que declamó el comunismo soviético hasta el ascenso de sus dirigentes a lugares de poder en el Estado. Ahora Podemos hace lo que sea, perdió los papeles que nunca tuvo y usa el “pragmatismo” a modo de pretexto para no reconocer que nunca tuvo principios y valores ideológicos porque es la propia posmodernidad hecha grupo. España es un lío aún más complejo que Argentina y sería un verdadero caos social y económico de no haber estado en Europa, sino en América, del lado de los condenados de la tierra y no de condenados de los explotadores.

El problema actual es un problema sistémico, el problema de que algo murió y los contemporáneos aún no hemos sido capaces de registrar el hecho debidamente. Francis Fukuyama habría dado en el clavo si en vez de “fin de la historia” hubiera hablado con más precisión de un “fin de la historia de la modernidad”, porque lo que muere con la quiebra de una de las patas de la revolución burguesa de 1789 al caer el Muro de Berlín en 1989 es el sistema moderno en sí, es la propia revolución. La Bastilla en el principio y el Muro en el final, dos actos de guerra para marcar el nacimiento y la muerte de una época. La posmodernidad es un hecho histórico y es presente, es innegable. Y toda frustración tiene su origen en que todavía intentamos ordenar el mundo con categorías que ya no existen, queremos un Partido Justicialista que adoctrine a sus militantes como antaño y ningún partido puede hacer eso en los días de hoy. Queremos un liderazgo personificado y carismático que tenga una coherencia interna en todo su discurso, pero los dirigentes son hijos de su tiempo y representan a muchos que también lo son. Hará falta una nueva política para salir de este berenjenal y una nueva política habrá, aunque no sin sangre, sudor y muchas lágrimas. Antes de que seamos capaces de hacer lo nuevo tendremos que terminar de matar lo viejo y eso duele. Ya está doliendo y dolerá mucho todavía.

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