Tomará el revólver, cargará las seis balas y saldrá a la calle. Las primeras cinco balas serán para los cinco primeros desgraciados que azarosamente se crucen en su camino. La sexta será para él mismo. Harto de vivir en un mundo de mierda, rodeado de gente de mierda que da náusea y a la que siempre es mejor mirar desde arriba para no rozarse, el personaje en cuestión ha decidido ser un Eróstrato de nuestro tiempo.

Para quienes no lo recuerden, Eróstrato era un pastor que allá por el siglo IV antes de Cristo, según dicen, más precisamente el mismo día en el que habría nacido Alejandro Magno, incendió el Templo de Artemisa en Éfeso, aquel considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo. Nadie se explicaba por qué lo había hecho; no había razones políticas, ni religiosas ni simbólicas en un sentido amplio. Sin embargo, tras un largo interrogatorio que incluyó hasta torturas, el incendiario confesó: lo había hecho para ser recordado. Y a pesar de que los efesios ordenaron quitar toda referencia a su persona para que no lograra su cometido, la historia le daría la razón pues de hecho nadie sabe quién construyó aquel templo pero todos sabemos quién lo destruyó. Es más, hasta figuras de la talla de Unamuno, Gracián, Cervantes, Víctor Hugo, Chéjov, Pessoa y Verne, entre otros, le han dedicado al menos una línea en sus obras.

Estar en el recuerdo por la razón que fuera, o incluso por malas razones, pero estar. La psicología misma habla de un Complejo de Eróstrato para definir aquellas personalidades con baja autoestima dispuestas a buscar la fama a cualquier costo y cada vez que leo casos como estos recuerdo que una lógica parecida persiguió el asesino de John Lennon quien luego declararía que cometió el crimen para poder ser más famoso que el exbeatle.

Representación artística de 1572 sobre lo que pudo haber sido el Templo de Artemisa —Diana, en su equivalente romano— en Éfeso, actual Turquía, antes de haber sido incendiado por Eróstrato. Para la posteridad, el Complejo de Eróstrato quedó como la necesidad personal de obtener fama a cualquier costo.

Además de los mencionados, la figura de Eróstrato inspiró también a J. P. Sartre, quien publicara un cuento que llevaría justamente el nombre del pirómano más famoso y que sería recopilado en el libro El muro. Como se indicaba en el primer párrafo de esta nota, Sartre piensa en Eróstrato cuando crea el personaje de un hombre que aborrecía vivir rodeado de gente y, de repente, decide salir a la calle a matar de manera indiscriminada como una suerte de legado para la posteridad antes de suicidarse. Para desgracia del protagonista las cosas no salieron como pensaba, pero invito al lector que lea por sí mismo esa fantástica historia. Con todo, lo que sí podemos sacar en limpio hasta ahora es que a lo largo de la historia ha habido muchos Eróstratos pero nunca fue tan fácil convertirse en uno de ellos como sucede en la actualidad.

De hecho, no casualmente, de manera periódica nos anoticiamos de locos terroristas que perpetran masacres que transmiten en vivo en sus redes sociales solo por ser “reconocidos”, por alcanzar una “fama” aunque más no sea desde el horror. No olvidemos ese punto ya mencionado. Se trata de trascender por la trascendencia misma y no necesariamente por alguna virtud.  El gran descubridor y el gran asesino valen lo mismo envueltos en el mismo lodo de Wikipedia. Y, a su vez, Eróstratos ha habido siempre. Sin embargo, como les indicaba, hay tiempos históricos que son un caldo de cultivo para este tipo de acciones. Y, claro, no descubrimos nada si indicamos que una cultura donde todo se hace para ser visto sea proclive a la multiplicación de Eróstratos. Si todo es trascender y la competencia por esa trascendencia es feroz, los más cuerdos vivirán empastillados para soportar la presión y los menos cuerdos serán capaces de hacer desastres contra terceros y contra sí mismos.

Con el asesinato de John Lennon, Mark David Chapman se hizo efectivamente famoso y no precisamente por ninguna virtud. La conmoción mundial por este auténtico incendio de un templo viviente fue enorme y a fines de 1980 Chapman alcanzó la fama mundial.

Sin embargo, intuyo que en paralelo comenzaremos a convivir también con el fenómeno contrapuesto. Una suerte de pretensión de regreso al anonimato que será muy potente en las nuevas generaciones. Insisto en que serán fenómenos que se darán a la par: tendremos por un lado una dinámica disparatada de personas necesitadas de llamar la atención con cada vez más frecuencia en una competencia frenética y, al mismo tiempo, muchos otros que aun presos de la tecnología tenderán a permanecer ajenos, a intentar pasar desapercibidos, a vivir una vida menos expuesta. Efectivamente, serán cada vez más frecuentes los pedidos de lo que se conoce como “derecho al olvido” que más allá de referir, desde el punto de vista legal, al derecho a que se quite de la web información maliciosa o que daña la reputación de un afectado, podemos pensarlo de manera metafórica como un derecho a no ser recordados, el derecho a una vida que no trascienda.

A propósito, hace unos días revisaba el libro Teoría General del Olvido, del angoleño José Eduardo Agualusa, y me encontré con este párrafo en la página 158 de la edición de Edhasa de 2012: “Ciertas personas padecen del miedo a ser olvidadas. A esa patología se la llama atazagorafobia. A él le sucedía lo opuesto: vivía en el terror de que nunca lo olvidasen. Allá, en el delta de Okavango, se había sentido olvidado. Había sido feliz”.

Estoy pensando en la cantidad de casos de jóvenes que hoy cuentan con 30 años y están arruinados en el presente por el simple hecho de haber expuesto su vida y sus opiniones en una red social cuando tenían, quizás, 13, 14 o 15 años. Esa web que todo lo recuerda y que privilegia lo viralizado, es decir, le da preponderancia a lo que más circuló independientemente de si ese contenido es verdadero o falso, está arruinando la vida de miles de personas impulsadas por una cultura y una tecnología incapaz de separar lo público de lo privado. Esa opinión indebida vertida cuando tenías 16 años, un video compartido con amigos, un comentario privado que alguien hace público, todo puede, de un momento a otro, transformar tu vida en un infierno, llevarte a ser un Eróstrato pero, claro está, de manera involuntaria.

Portada de la edición de Edhasa de la ‘Teoría General del Olvido’, del angoleño José Eduardo Agualusa, quien hizo de todo para ser olvidado y hoy se recuerda como autor de esta pieza literaria. No hay derecho al olvido en el mundo del recuerdo informatizado.

No deja de ser curioso que en casi todos los sistemas legales existe la figura de la prescripción de algunos delitos y que, sin embargo, en paralelo, culturalmente estemos presos de un sistema de memoria infinita que permite juzgar a la gente por hechos o acciones que ni siquiera son delitos; donde no hay posibilidad de arrepentirse por una foto desafortunada o por una opinión vertida hace 15 años con la cual quizás hoy no comulguemos. Porque la gente cambia, para bien o para mal, pero el combo entre una maquinaria de almacenamiento total con una sociedad deseosa de vigilar, juzgar y castigar con valores del presente hechos de un pasado en el que los valores eran otros, está generando mayores calamidades que actos reparatorios, además de minar una vida en sociedad en la que todos estamos a tiro de la policía del pensamiento que decrete la muerte civil del señalado de hoy.

Como conclusión, entonces, seguirán floreciendo y, algo aún peor, seguirán intentando florecer los Eróstratos, cada vez más patéticos y probablemente más dañinos. Pero atención con la reacción ante ese fenómeno. Cuando creemos que todo está a la vista, puede que se esté gestando en paralelo un mundo subterráneo donde la gente pueda y pretenda vivir sin ser recordada. Y quizás, como decía Agualusa, puede que en ese mundo esa gente lleve adelante el acto contracultural más grande: la revolución de ser feliz.

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