En los últimos días de marzo llamó la atención de la opinión pública una placa —o un “graph”, que es como suele decirse en la jerga televisiva— de un canal de noticias que se consume exclusivamente por uno de los extremos de la grieta. Dicha placa acompañaba un titular alarmista en el zócalo sobre segundas olas de contagios con la imagen de un individuo tapado con una máscara antigás, una de esas que se repartían entre la población civil de Occidente en plena Guerra Fría mientras la amenaza de un holocausto nuclear pareció ser una posibilidad real. El canal de televisión en cuestión fue C5N, pero el modus operandi de sembrar el pánico con la crisis del coronavirus no ha sido ni mucho menos una exclusividad de un solo medio de difusión en la Argentina. Quizá con un poco menos de amarillismo y sin apelar tanto a máscaras que existen únicamente para la eventualidad de una catástrofe nuclear, prácticamente todos los canales, radios y diarios del país, con sus extensiones en las redes sociales, han intensificado en los últimos meses la narrativa apocalíptica acerca del virus chino. Tal vez sea C5N el medio que más uso hizo de la manipulación simbólica con fines de instalar el pánico, de exagerarlo hasta el absurdo, pero lo cierto es que el abuso de la narrativa de la pandemia y de la inocencia de los televidentes, oyentes y lectores ha sido un recurso del periodismo en general.

El atento lector podrá corroborar esta afirmación ahora mismo o en cualquier momento con tan solo prender el televisor y hacer el llamado “zapping” por los canales de cable que venden operaciones mediáticas en un ropaje de noticias. Desde América 24, pasando por el novedoso y aún poco visto canal de La Nación y el también falto de rating Canal 26, hasta los campeones del rubro que son Todo Noticias (TN) y Canal 5 Noticias (C5N), todos esos canales dedican la mayor parte de sus programaciones a especular acerca de nuevas cepas virales, medidas de restricción a la circulación, vacunas y cantidades exorbitantes de muertos y contagiados. Todos los días y a toda hora es lo mismo, ya muy poco es lo que les queda a los demás temas de la agenda. A cualquier hora, como se ve, uno puede sintonizar en cualquiera de esos canales y allí va a estar la narrativa de coronavirus, con un nivel de alarmismo cada vez más alto. En ciertos horarios es posible incluso transitar entre esos canales para comprobar que todos están hablando de lo mismo a la vez: dándole un enfoque quizá algo distinto, hay momentos del día televisivo en los que todos los canales están haciendo la narrativa del coronavirus, dejando sin más alternativa al televidente que la de participar en la hegemonía o la de apagar el televisor, lo que no suele ser una opción.

Una máscara de tipo antigás, similar a la asociada por C5N al coronavirus. La narrativa del virus como evento de extinción masiva crece en los medios de difusión, conduciendo a la sociedad quizá a la aceptación pasiva de la destrucción del esquema de interacción considerado normal en miles de años y con ello la destrucción de la economía tal y como la conocemos. El tremendismo en los medios es la preparación cultural necesaria para la introducción de modificaciones sociales. Solo resta saber en qué consistirán esas modificaciones, la naturaleza misma de lo que hoy llamamos “nueva normalidad”.

Lo mismo ocurre con los medios impresos y radiales, donde la narrativa del virus es constante a lo largo de todo el día y en cada edición que sale de imprenta o en las actualizaciones de los portales digitales. Hay virus para satisfacer todos los gustos y todos los morbos: las nuevas cepas mortales que van apareciendo en Londres, en California, en Sudáfrica, en Río de Janeiro y hasta en la Amazonía, el toque exótico que no puede faltar en ningún relato; la situación en otros lugares del mundo, donde los medios tienen corresponsales improvisados que transmiten con un teléfono celular mientras caminan por la calle como cualquier peatón y con la sola finalidad de atrapar al televidente no por el contenido o por lo que se dice, sino por el paisaje que se ve de fondo; la danza de las vacunas de distintas corporaciones y países, cuántas nos van a llegar y cuándo nos van a tocar, algo de la efectividad o de los efectos colaterales de cada una de ellas, etc. Así todo el día y cuando escasean las “noticias” de esa naturaleza, empieza el relato de las fiestas clandestinas, de si se contagian o no los alumnos en las escuelas, del protocolo, que ya es todo un significante vacío, de famosos que se contagiaron y la mar en coche. Pero en el fondo se está hablando todo el día de coronavirus en los medios, como si nada más sucediera en la realidad cotidiana. ¿Por qué?

Alguien dirá, apresurándose, que el coronavirus es de los problemas el más urgente, el más acuciante de todos. Y que, por lo tanto, es justo y necesario que se esté todo el día durante meses y años hablando de eso. Los problemas sociales deben visibilizarse y se visibilizan de hecho cuando existe la voluntad política para ello, pero toda visibilización de un problema tiene el límite de su propia utilidad, es decir, existe una frontera práctica entre concienciar y alarmar respecto a una situación determinada, entre la noticia y la operación. Un ejemplo de ello puede ser la llamada inseguridad, que es el delito cuando se percibe como fuera de control, o la propia corrupción, temáticas de las que los medios de comunicación hacen un abuso de tiempos en tiempos cuando a los intereses de los propietarios de esos medios y a sus socios les conviene. Respecto a la inseguridad, se ha cuestionado en innumerables ocasiones la utilidad de la difusión de los más mínimos detalles de un crimen, por ejemplo. ¿En qué contribuye a la disminución del delito la reproducción sistemática de las minucias de un caso delictivo específico hasta el hartazgo? En nada, por cierto, ahí solo hay un interés en aumentar la realidad en la percepción de quienes reciben el mensaje, el lector, el televidente y el oyente. Y lo mismo ocurre con la corrupción, que es un hecho constante al menos en nuestra región y que, sin embargo, reflota mediáticamente con intensidad inusitada en determinados momentos sin que nada de eso sea útil para terminar con el problema ni mucho menos.

Al empezar la crisis del coronavirus se dio la hegemonía mediática total, cuyo símbolo es esta unanimidad expresada en la portada de todos los diarios de circulación nacional. De allí en más todos los medios de comunicación acordaron la narrativa única del coronavirus, un hecho que por sí solo es ya demasiado sospechoso, aunque no levanta casi sospechas. Todos estamos cómodos con el relato único y eso históricamente nunca suele terminar bien.

Entonces la sobreinformación de un problema social no tiene ninguna relación con la gravedad de dicho problema, no es por más o menos grave que ocupará prácticamente todo el espacio televisivo, radial y de prensa. El que los medios estén todo el día “informando” —en rigor, especulando sobre cosas que desconocen porque al difundirse todavía no son dadas a conocer públicamente— sobre el virus chino no hace a la prevención que podría existir respecto a dicho virus. Aquí debe haber otra cosa y eso necesariamente responde a un interés determinado, como ocurre con los ejemplos anteriormente vistos que son los de la inseguridad y la corrupción. En una palabra, puede afirmarse sin miedo a equivocarse que los medios de comunicación no ponen el foco sobre una temática o una problemática con la finalidad de ayudar en su resolución, no hay nada de eso. Cuando los medios se vuelven de pronto monotemáticos es porque hay un interés en el tema propuesto y por eso no se habla ya de otra cosa. La lógica indica que no es distinto con el actual coronavirus.

Por eso debe descartarse el argumento de la seriedad o la gravedad como explicación para la fijación con un tema en particular. Todos los medios de difusión de la Argentina no ocupan el 80% de sus programaciones con el coronavirus y sus derivados porque el virus sea una amenaza a la existencia de la humanidad, aun en la eventualidad de que efectivamente lo fuera, sino porque en esa reiteración sistemática hay un interés. Aquí se quiere instalar y reforzar una idea con una finalidad bien específica, se quiere generalizar el miedo hasta que se convierta en pánico para que eso resulte en otra cosa. ¿Y qué podría ser eso? Las hipótesis son muchas, algunas catalogadas como “conspiranoia” y otras quizá un poco más verosímiles, una infinidad de posibilidades sobre en qué podría resultar una sociedad espantada por el temor a la muerte inminente y, claro, qué intereses podría haber en ello para quienes controlan la comunicación en un esquema de monopolio y a la vez de hegemonía. No cabe en este modesto artículo enumerar todas esas hipótesis, sino tan solo señalar la famosa obviedad ululante y es la que hemos visto hasta aquí, la de que existe un interés en los fines y por eso los medios para lograrlo son comunes a todos, incluso a los que parecían ser díscolos.

Malcolm X sufrió en carne propia las consecuencias de oponerse a la hegemonía mediática. De esa experiencia, que para él fue letal, sacó la siguiente conclusión, expresada en una frase inmortal: “Si no estamos prevenidos ante los medios de comunicación, nos harán amar al opresor y odiar al oprimido”. Algo así está pasando con la narrativa alrededor del coronavirus, donde las mayorías aceptan pasivamente el proyecto del poder que va en desmedro propio o directamente antihumano.

No sabemos ni sabremos qué es lo que quieren lograr con la mal llamada “nueva normalidad” que debería resultar de una sociedad temerosa en la pospandemia hasta que ese momento llegue y los resultados estén todos a la vista. Y otra vez se trata de una cuestión lógica, ya que un truco no tiene éxito si el que lo observa lo conoce de antemano, esto es, no es lógicamente posible saber hoy qué quieren lograr los que controlan la información con venta diaria de pánico o eso no podría lograrse. Por lo tanto, las hipótesis acerca de la real naturaleza de la “nueva normalidad” no son más que ejercicios intelectuales sin mucha finalidad práctica. De existir un plan del poder fáctico para reconfigurar el mundo a partir del coronavirus y forjar una sociedad humana disciplinada para fines de dominación, es inútil y hasta contraproducente el pretender adivinarlo hoy. Lo que sí se puede hacer es observar el proceso presente para ver en ese proceso los hilos de manipulación actual y allí se ven los hechos. Uno de esos hechos es el que venimos viendo, el de que todos hablan de lo mismo —todos, incluso los que parecían ser enemigos en una grieta política insalvable— y lo hacen con igual intensidad. Más allá de en qué quieren que resulte la cosa, es la propia cosa la que está actualmente a la vista y puede ser analizada.

Escepticismo prohibido

Dicho todo esto de una forma puntual, puede observarse el fenómeno de la comunión entre supuestos enemigos o lo que solemos llamar el pacto hegemónico: si los canales noticiosos de cable TN y C5N son la expresión televisiva de la discordia existente entre dos proyectos políticos contradictorios entre sí, la primera señal de alarma frente a los ojos del observador es el hecho presente de que TN y C5N se pusieron de acuerdo y empezaron a decir lo mismo. Ese dato de la realidad, que es fácilmente verificable y al mismo tiempo es un escándalo, ya es en sí suficiente para comprender que algo en la práctica no es coherente con lo que se anuncia en el discurso. Descartando de plano la hipótesis de que los medios de comunicación informan legítimamente, si dos medios cuyos intereses expresados son mutuamente opuestos empiezan a hacer la misma narrativa, entonces los intereses por detrás de esos medios no son realmente contradictorios o existe por encima de ellos un poder que los determina a ambos. En la sencillez del sentido común podría decirse lo mismo, pero con las siguientes palabras: si dos enemigos se ponen de acuerdo en algo, es porque nunca estuvieron realmente enemistados o es porque ambos responden un mismo amo.

La agresión a un móvil del Canal 5 Noticias, motivada por la asociación entre ese canal y el oficialismo actual. No obstante esa asociación, hoy por hoy no difieren en su narrativa este canal y los que supuestamente están del otro lado de la grieta en lo que se refiere al coronavirus. ¿Nunca fueron realmente enemigos o hay una mano única que finalmente mueve a todos los peones mediáticos cuando la situación lo amerita?

Para comprender bien esta situación es necesario inicialmente separar el coronavirus de su narrativa, es preciso comprender que una cosa no es lo que se dice de ella ni es la forma en la que el hombre construye para sí mismo un relato. Más allá de la existencia del coronavirus, que no parece ser cuestionada por nadie o por casi nadie, existe una narrativa del propio virus más o menos como evento de extinción humana a nivel global. El atento lector verá que no hay una relación necesaria entre las dos cosas y que el virus puede existir como existen tantos otros de igual naturaleza en el mundo, pero que esa existencia como amenaza mortal a la humanidad es nada más que un relato. En su momento histórico, el virus de la influenza fue en el relato esa extinción masiva y también lo fueron el SARS, el MERS y el H1N1, la Gripe A, sin que en la realidad jamás se diera nada de eso ni cerca. Todas esas fueron enfermedades infecciosas y contagiosas de tipo gripal al igual que el propio coronavirus y todas han tenido sus víctimas. Y en todos los casos se hizo de ellas una narrativa tremendista que al final no se corroboró en los hechos al no resultar en ninguna extinción masiva.

He ahí que a partir de esa separación entre lo que es fáctico y lo que está en el nivel del relato sobre los hechos se empiezan a ver, digamos, las muchas hilachas en la narrativa presente del coronavirus, que de ser bien observada hace agua por todas partes. En primer lugar, veremos que se hace todo un relato enorme sobre algo que es desconocido hasta el momento. Al parecer, la todopoderosa ciencia, esa fe moderna, no ha sido capaz aún de aislar el virus en laboratorio para estudiarlo y saber de qué se trata. Y si eso fuera así, ya serían de entrada cuestionables todas las afirmaciones periodísticas y de los infames infectólogos mediáticos acerca de nuevas cepas virales geográficamente identificables. ¿Cómo se conoce la copia sin haberse conocido el original? Es bastante risible que se hable de nuevas cepas como esa amenaza de extinción frente a la que estamos más o menos inermes cuando en realidad nadie ha podido ver en un microscopio el virus original del que en teoría se derivan esas cepas al multiplicarse, ya sea en Londres, en la Ciudad del Cabo o en Río de Janeiro.

El titular de la Organización Mundial de la Salud, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, aquí en uno de sus muchos encuentros con el chino Xi Jinping. El origen del virus y su administrador simbólico, unidos en alianza sin que nada de eso pareciera hacerle ruido a nadie. La mejor manera de ocultar algo, diría Edgar Allan Poe, es poniéndolo a la vista de todos. Como lo muestran, el que cuestione solo podrá ser un “conspiranoico”.

Pero las nuevas cepas son un hecho que se da por sentado y nadie se atreve a cuestionar lo obvio. Lo mismo ocurre con las vacunas, las que fueron desarrolladas en tiempo récord sin que esa velocidad inusual haya despertado ninguna sospecha. ¿Cómo se desarrolla el anticuerpo contra algo que no se conoce y encima en cuestión de meses? Allí quedaron las nuevas cepas como la amenaza y las vacunas como esperanza, la muerte por una parte y la vida por otra, aunque ninguna de las dos opciones se explica lógicamente en los propios términos del lenguaje científico, que es sagrado. Simplemente los medios de comunicación hablan durante el día entero de “nuevas cepas” que causan sucesivas olas de contagios, contra las que la respuesta sería la vacuna. Y así, como se ve y se sabe, se van instalando en la conciencia de las mayorías las asociaciones entre unas cosas y las otras sin que —fíjese bien el atento lector— ni las unas ni las otras puedan demostrarse todavía por la ciencia. Es un Nietzsche aplicado, donde la interpretación siempre es superior a los hechos.

Cuando un relato tiene la potencia que da la hegemonía y todas las voces sobre el escenario repiten lo mismo en el tiempo, ya nadie se atreverá a cuestionar lo que se presenta como incuestionable. Evidentemente existen las enfermedades infecciosas y contagiosas de tipo gripal y el coronavirus ciertamente será un miembro de esa familia, es irrelevante discutir hoy si se trata de una variación más de los influenza, de los SARS, los MERS, los H1N1 o de la propia gripe que es la madre de todos esos borregos, o si en realidad estamos frente a una de esas enfermedades modificadas de alguna manera, ya sea por manipulación en laboratorio o mutación. Lo que sí debería cuestionarse ahora son los alcances de una enfermedad de esas características. ¿Son evitables? Probablemente no, nunca fue posible prevenir la gripe o cualquiera de sus variantes antes enumeradas y, de hecho, tanto el original como sus copias siguen matando gente todos los años desde siempre: una de las causas de muerte de adultos mayores es la gripe, aunque existe hace mucho una vacuna con cierto grado de efectividad. No es necesario ser científico para saber que en organismos debilitados por el paso del tiempo o por la concurrencia de otras enfermedades la mismísima gripe común suele ser letal, eso es casi una verdad consuetudinaria y entonces es un hecho de la existencia humana cuya única solución es la convivencia. Todo hombre nace sabiendo que va a morir y luego descubre que probablemente esa muerte vendrá tras muchos años de vida por una infección gripal. No hay aquí realmente ninguna novedad para la humanidad en su existencia.

La narrativa tremendista del coronavirus, en la que cualquier interacción social resulta necesariamente en la muerte, pone todas sus esperanzas en la aguja como si de la panacea universal se tratara, pero con un problema muy grave: si el virus no ha sido correctamente aislado en laboratorio, es probable que las vacunas no sirvan para terminar con la pandemia. En tal caso, los que apostaron a un discurso basado en lo desconocido tendrán la tormenta perfecta sobre sus cabezas.

Ahora bien, si nada de eso es evitable ni existe la “cura para la muerte”, otros cuestionamientos deberían surgir, como el siguiente: ¿Qué es lo que queremos lograr restringiendo toda actividad humana considerada normal, es decir, prohibiendo el contacto y la circulación que han sido habituales durante miles de años? Es comprensible que las mal llamadas cuarentenas tengan lugar en un primer momento para mitigar el impacto del golpe de una supuesta nueva enfermedad y para adecuar la estructura sanitaria hasta hacerse de las condiciones mínimas necesarias para el combate a ese mal, son los recaudos lógicos si lo que quiere el Estado es evitar un colapso de los hospitales y sus nefastas consecuencias. Pero lo que se hace en Argentina y en casi todos los países del mundo es, por una parte, sembrar el pánico a través de los medios de comunicación y, por otra, limitar indefinidamente la actividad social mediante el recurso de las sucesivas olas de contagio. A cada una de esas olas, se siguen las medidas de restricción y por la canaleta de las cuarentenas se va buena parte de la actividad económica, arrastrando en el torbellino el empleo, el salario y la calidad de vida de millones de familias. ¿Para evitar lo inevitable, debería cuestionarse el periodista, se hace todo esto?

Camisa de once varas

Pero ningún periodista se atreve a cuestionar la obviedad por delante de sus narices, el escepticismo se asocia automáticamente al negacionismo y está prohibido para los que se pretenden serios. Frente a la hegemonía, es mucho más cómodo y más seguro para un comunicador social seguir la corriente y así se pasa sin escalas de informar acerca de la existencia de un nuevo virus con cierta mortalidad como resultado a especular sobre nuevas cepas y sobre la efectividad supuestas de vacunas, sobre la cualidad de panacea universal de esas vacunas, sin tener sobre lo que se dice la más mínima certeza. La propia ciencia sigue o se muestra todavía confundida frente al coronavirus, cambiando de opinión a medida que va presentando hallazgos inciertos sobre la marcha, pero los anuncios de los periodistas en televisión, en la radio y en los diarios tienen el peso de la afirmación y sobre una materia absolutamente desconocida la opinión se va formando en la sociedad. Es mucho, muchísimo más lo que la ciencia no sabe sobre la realidad, el hombre es casi totalmente ignorante del mundo, lo que no impide que en los medios se construya toda una narrativa basada en verdades reveladas que no lo son.

Mural de un Trump a los besos con Xi Jinping, barbijos mediante. El gobierno de Trump cayó victimado por el coronavirus al optar por una postura extrema que en su momento estuvo en contradicción directa con la narrativa dominante. Los negacionistas pagaron el costo político de la crisis, pero los fanáticos que afirman lo desconocido también lo pagarán ante las consecuencias nefastas de las políticas dichas sanitarias de destrucción del tejido social en el mediano plazo.

Eso es así en parte porque la narrativa del coronavirus viene ya con un “seguro anticrítica”, un mecanismo en el propio relato con el que las voces disidentes se descalifican en los términos del relato en sí mismo, esto es, la narrativa se hace de una forma tal que cualquier cuestionamiento se ubica en el lugar del “conspiranoico” y naturalmente se prohíbe. ¿Quién querrá quedar como un negacionista delirante? Nadie, por cierto, razón por la que nadie cuestiona nada aunque la cosa es muy cuestionable, es evidentemente cuestionable. La narrativa del coronavirus tiene la propiedad de basarse en “existe una enfermedad” y “la gente muere”, que son verdades innegables, puesto que efectivamente existen las enfermedades y todo hombre muere, para encadenar una larga serie de otras afirmaciones que no solo no pueden demostrarse en los términos del lenguaje científico, sino que además son inverosímiles si se las mira con atención. Ahí tenemos la construcción de una narrativa sobre algo que es real, pero interpolada por una enorme cantidad de afirmaciones francamente arbitrarias.

Políticamente hablando, toda narrativa es un discurso cuya finalidad es la de crear una realidad simbólica sobre la que deberían construirse unos consensos sociales como medio para lograr modificaciones. El relato, se ve, es un medio para la obtención de un fin, nunca el fin en sí mismo. Y el relato del coronavirus, miedo y pánico mediante, existe en forma actual porque a alguien le interesa introducir modificaciones en nuestra sociedad. Esa es la propia descripción clásica de la política como lucha por el poder en el Estado y conduce a la reflexión sobre cuáles podrían ser las finalidades de un gobierno —un poder político inestable y muy limitado en el tiempo— cuando dicho gobierno adhiere de lleno a una narrativa tremendista acerca de una enfermedad. Si bien no nos es dado conocer todavía las motivaciones del poder fáctico, que es el poder real estable y sin limitaciones en el tiempo, es posible proyectar desde ya las consecuencias de la adhesión o la oposición de un gobierno al relato del coronavirus actual. Y también concluir desde luego que ambas opciones tienen consecuencias nefastas para dicho gobierno. El coronavirus es una crisis justamente por eso, porque normalmente todas las opciones son malas al meterse uno en camisa de once varas.

El presidente Fernández y el jefe de Gabinete Cafiero, reunidos con el delirante comité de “expertos”, los aprendices de brujo que indujeron al gobierno a afirmar lo desconocido como si fuera ciencia y a tomar decisiones que hoy le pesan muchísimo a Fernández. Con una economía devastada y el relato de una segunda ola de contagios en puerta, el presidente no tiene ya la carta de la prohibición de la actividad y queda a la espera de una vacuna que, de llegar en tiempo y forma, puede no funcionar correctamente. Una apuesta de altísimo riesgo.

Desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que el coronavirus es una pandemia, los Estados nacionales con sus gobiernos del momento han adoptado posturas extremas frente al hecho político de esa declaración. Por una parte, hubo de los Donald Trump y de los Jair Bolsonaro, de los que se mostraron en una posición negacionista del problema. El primero pagó ya el costo político de su decisión con una derrota electoral que de otra forma no habría tenido lugar, mientras que el segundo tambalea y no debería llegar en buenas condiciones a las elecciones del 2022 de no haber un giro brusco en la situación. Por otra, los que adhirieron a la narrativa global y se plegaron completamente, como en el caso de Alberto Fernández en nuestro país. Desde el primer día, el presidente Fernández ha hecho un relato tremendista de la coyuntura, presentando incluso como bandera la peligrosa disyuntiva entre salud y economía, en la que optó por lo primero. Fueron pocos, realmente muy pocos los dirigentes políticos que han encontrado una manera equilibrada de afrontar el desafío, la enorme mayoría eligió el extremo del negacionismo o el de la afirmación. Y ambos lógicamente se equivocaron, puesto que negaron o afirmaron lo que no sabían.

Trump y Bolsonaro pagaron y pagan el costo político de sus decisiones, pero lo mismo le está pasando a Alberto Fernández. Si bien en un primer momento la adhesión al relato global de la pandemia como evento de extinción masiva y las drásticas medidas coercitivas de cuarentenas y prohibiciones a la actividad económica se interpretaron positivamente entre la población y la popularidad de Fernández tocó niveles inusualmente elevados, ese triunfo resultó ser demasiado efímero cuando las mayorías empezaron a sentir el impacto económico de las medidas gubernamentales. Fue el momento de transitar gradualmente hacia un esquema de más flexibilidad, pero Alberto Fernández ya se había casado con la narrativa tremendista y no pudo cambiar. Desde que asoció el salir a la calle con la muerte segura —otra vez, la afirmación de lo que no se sabía entonces y ni siquiera se sabe ahora—, Fernández se obligó a sostener su palabra y con eso agotó económica y socialmente a la sociedad argentina, sobre todo en sus clases trabajadoras populares y medias, las que vieron menguar sus ingresos familiares y padecieron un infierno. Alberto Fernández apostó a lo que no sabía, asesorado por un comité de “expertos” que no pueden serlo, lógicamente, puesto que nadie es experto en lo desconocido, salvo los brujos. Y el resultado fue naturalmente el siguiente: los “expertos” se equivocaron y siguen equivocándose, pero no pagan ni pagarán ningún costo. Lo pagará el presidente Fernández por hacerse asesorar por aprendices de brujo.

Oportuna ilustración sobre las consecuencias del coronavirus sobre la economía de las familias. Las medidas de restricción a la circulación considerada normal por la humanidad destrozaron el comercio y destruyeron millones de puestos de trabajo en todo el mundo.

De un modo general, los negacionistas fueron castigados primero y por eso perdió Donald Trump en los Estados Unidos, quien tuvo la mala suerte de revalidar su mandato durante el auge de la narrativa a la que él mismo había optado por negar. Pero también serán castigados los que afirmaron lo que no sabían, los que escucharon únicamente a los mal llamados “expertos”, se ocuparon únicamente de la administración de la pandemia y directamente hicieron caso omiso de todos los demás aspectos sociales, entre ellos la economía de un modo central. En este último grupo está Alberto Fernández, quien ahora será embestido por la narrativa de la segunda ola y de las nuevas cepas exóticas, una narrativa que él mismo promocionó en un principio, pero ya con casi un año y medio de gobierno a cuestas y la mitad de la población por debajo de la línea de pobreza, una economía nacional devastada y un gran desgaste tanto de su imagen como de su autoridad. ¿Cómo imponer en estas circunstancias nuevas restricciones a la actividad social normal?

Alberto Fernández está en un callejón sin salida en todo lo que respecta al coronavirus, está preso de su propia narrativa. Ni siquiera puede hacer uso del canal oficialista para intentar revertir la situación, puesto que C5N está adherido al relato global del tremendismo y es verdaderamente el más tremendista de todos, ya acostumbró a su público —el que coincide justamente con la base de apoyo del gobierno— al pánico de saber que salir a la calle resultará en una muerte segura y al poco saludable hábito de no cuestionar el relato global dominante. Fernández está en esa camisa de once varas y con él todos los comunicadores sociales que han adherido a la narrativa del coronavirus como un dogma, algunos de ellos habiendo afirmado a los gritos y en alta definición que “quedate en casa o vas a morir”.

Para colmo de males, el haber apostado a la panacea universal de la vacuna presenta el problema de no tenerla y, por lo tanto, de ser responsabilizado por esa escasez, máxime mediando un escándalo como el del “vacunatorio VIP”, que dañó seriamente la imagen del gobierno y la cohesión del relato sanitario. Pero además por la lógica razón de que existe la posibilidad de que la vacuna sea tan efectiva para prevenir el coronavirus como lo ha sido siempre para evitar la gripe común y silvestre, esto es, casi nada. El verdadero infierno, la tormenta perfecta para la política, será si luego de una vacunación masiva el coronavirus sigue matando grandes cantidades de gente, como ocurre con la propia gripe desde siempre. Esos también son los resultados de apostar a lo desconocido y de afirmarlo como si se tratara de la verdad revelada. No se sale de eso fácilmente y quizá no se salga en absoluto.

El escándalo del llamado “vacunatorio VIP” hizo rodar la cabeza de Ginés González García unos pocos días después de su mayor logro: la obtención de la ley del aborto. Pero también dañó seriamente la cohesión de todo el relato de la gestión gubernamental del coronavirus. Las cosas se han puesto muy cuesta arriba para Alberto Fernández luego del “vacunatorio VIP” al devaluarse enormemente su palabra y escasear su credibilidad.

En el fondo, el problema es que la narrativa de un evento de extinción masiva no es compatible con la existencia humana, justamente porque la viene a extinguir. De una manera o de otra, siempre se trata de una profecía autocumplida: si la amenaza es realmente letal como se afirma sin saberlo, entonces la extinción es un hecho y el coronavirus va a diezmar la población mundial sin que se pueda hacer mucho al respecto, lo que en sí es la definición de evento de extinción masiva. Pero si, por el contrario, el coronavirus termina confirmando sus ínfimas tasas de mortalidad y realmente no impacta en la población mundial, entonces será la destrucción del tejido social generada por la suspensión de las actividades económicas la que hará el trabajo de extinción. Y eso es lo que no parecen comprender los dirigentes políticos en la actualidad, la dura realidad de que podrían terminar involucrados en delitos de lesa humanidad por haber hecho bandera con un discurso de “protección a la vida” cuyas premisas no son conocidas y cuyas consecuencias pueden ser nefastas para la vida misma. Todo dirigente debe saber que existen dos reglas de oro en la actividad política. La primera es que si todos los medios de comunicación se ponen de acuerdo en algo, es porque allí hay un tongo. Y la segunda es que, como el narcotraficante, uno jamás debe consumir aquello que vende. Las narrativas son necesarias para la construcción de los consensos que van a resultar en la modificación de la realidad social que toda política persigue, pero nunca dejan de ser relatos. Al fin y al cabo, lo único verdadero es la realidad efectiva y esta indica que la enfermedad mata y que el hambre también, que apostar todas las fichas a lo que está fuera del control propio es normalmente una mala decisión y que Maquiavelo tenía razón al enfatizar la importancia de vender humo para triunfar en la política, pero más énfasis aún en la necesidad de no consumir el propio humo. Queda la esperanza de que cuando llegue el momento de tronar el escarmiento, el pueblo no vaya a buscar a los responsables solamente a las casas de gobierno, sino a la fuente de la enfermedad, que es mental: a los medios de comunicación. La esperanza es lo último que se pierde.

Este es un adelanto de la 38ª. edición de nuestra Revista Hegemonía. Para suscribirte, acceder a todos los contenidos de la actual edición y todas las anteriores, y apoyar La Batalla Cultural para que sigamos publicando en estos tiempos difíciles, hacé clic en el banner abajo y mirá el video explicativo.
Nosotros existimos porque vos existís.