El estudio en profundidad de la historia, ese que va más allá de una memorización de fechas de batallas e hitos simbólicos que marcan el comienzo y el fin de las coyunturas, es fundamental para entender el presente. Claro que semejante afirmación es casi una perogrullada, no hay prácticamente nadie dispuesto a negar que el comportamiento social es más bien invariable en el tiempo y que la dinámica de un hecho pasado es básicamente la misma, calcada en los hechos del presente, cambiando únicamente los nombres propios que ilustran la narrativa. Marc Bloch decía, dando toda una definición para la posteridad, que la historia es la acción de los hombres en el tiempo. Lo que Bloch no dijo ni pudo decir, puesto que aún no había llegado la hora para decirlo, es que esa acción en el tiempo es una suerte de “loop” allí donde la acción en sí es básicamente siempre la misma. Al no haber variación en el comportamiento social por no variar tampoco la naturaleza de los que hacen la historia, que son los hombres, lo que vemos en el análisis histórico y en su posterior contraste con el presente es que vivimos en un eterno día de la marmota, en los moldes de aquella obra filmográfica.

Es siempre lo mismo, siempre la misma lucha por el poder con el fin de introducir modificaciones sociales —esencialmente económicas, puesto que se trata de una cuestión de pesos y centavos desde el principio de los tiempos— que luego se desgastarán y serán sucedidas por una nueva lucha y por nuevas modificaciones. Y así hasta el infinito. En lo esencial la historia es siempre la misma y entonces no existen razones para sospechar que esta vez sí va a ser distinto. No lo será, la acción es la acción de los hombres en el tiempo, en eso tenía y seguirá teniendo la razón Marc Bloch, no se hace la historia sola ni nada nace de un repollo. Pero esa acción es un calco y por esa razón los analistas que no somos historiadores profesionales estamos ya en condiciones de afirmar que hoy mismo se está cocinando una nueva coyuntura histórica en la acción de los hombres en el tiempo presente. En una palabra y para el disgusto de los que ven cambios profundos en cada revuelta y en cada catástrofe de escala mundial, aquí lo único que va a cambiar es el esquema social en un sentido económico, un cambio que vendrá lógicamente acompañado por su impacto en la cultura de los pueblos.

Vivir en el cotidiano es perder la perspectiva histórica y olvidar que los hechos del presente, por más dramáticos o tremendos que aparezcan frente a los ojos del contemporáneo, son más bien ordinarios. No existe realmente nada nuevo bajo el sol, todo lo que pasa hoy ha pasado antes, salvando las distancias entre épocas por el avance tecnológico. Por eso, decir que de una coyuntura histórica resultará una humanidad totalmente nueva en el aprendizaje colectivo, en la experiencia del fracaso o en lo que fuere es francamente delirante. He ahí lo que puede saberse desde luego a partir del análisis histórico y de la invariable naturaleza humana: lo único que cambia cada vez que algo ocurre y parecería que todo va a cambiar es el esquema cultural de producción y reproducción. Todo lo demás va a seguir inalterado, es decir, va a seguir siendo lo que siempre fue en esencia.

Una edición de ‘Introducción a la Historia’, de Marc Bloch, el cofundador junto a Lucien Febvre de la escuela historiográfica francesa que fue fusilado por los nazis por haberse enrolado en la Resistencia. En esta obra cumbre, Bloch da la definición de la historia como la acción de los hombres en el tiempo. Un legado para todos los tiempos.

Enormes discursos se construyen en estos días y el tremendismo está de moda para dar cuenta de una enfermedad que el poder declaró como pandémica, todo un léxico del hipocondríaco se despliega en los medios de difusión prácticamente las 24 horas del día: virus, contagios, agujas, camas, terapia intensiva, internación, barbijos, distancia social, enfermedad, muerte. Buena parte o casi todo de lo que se dice hoy en los canales de televisión o se escribe en los diarios es muerte en sus distintas presentaciones. Y así se construye día tras día una narrativa tremendista que no permite ver un mañana, no hay mañana. Cuando uno asume y naturaliza el léxico del hipocondríaco, lo hace propio y pasa a pensar en esos términos, en ese preciso momento les ha puesto un número a los días de vida que le quedan. El resultado, como se sabe, es la eliminación simbólica del mañana. No tiene futuro el que tiene los días contados y eso lo sabe todo el mundo.

Todo el mundo lo sabe, esa comprensión está en el nivel del sentido común de prácticamente todas las culturas. Y, no obstante, se pierde de vista el hecho de que el léxico del hipocondríaco es propio de quienes viven cada día como si fuera el último sin proyectar nada hacia el futuro. Al perderse de vista la perspectiva histórica se ignora aquella verdad de Perogrullo, la de que nada realmente va a cambiar y que un nuevo día vendrá con un nuevo esquema y poco más que eso. Prende entonces como el fuego en el pasto seco la narrativa tremendista de los medios que manipulan la opinión pública hacia la incorporación del léxico del hipocondríaco, los días contados y la consiguiente renuncia al mañana. Como se ve en este sencillo ejercicio lógico, la falta de perspectiva histórica no resulta solo en la incomprensión del presente, sino además en la pérdida del futuro. Naturalmente, el que no sabe dónde está parado muy difícilmente podría saber adónde se dirige y ni siquiera que se dirige a alguna parte.

Todo este rodeo se hace necesario como el preludio a una vulgar crítica a los medios de comunicación. Perspectiva histórica, la acción de los hombres en el tiempo e historia como proceso cíclico, todo eso para decir que la especialidad de los medios no es el pasado ni el futuro, sino el presente. La observación etimológica de la propia palabra “periodismo” remite a lo que es periódico y lo deja en evidencia: no hay para el periodista ni el ayer ni el mañana, lo que ocurre hoy tiene que ser único, inédito, tremendo y sin precedentes si lo que se quiere es hacer de eso una noticia. Si no fuera así, esto es, si los periodistas en los medios relativizaran sus primicias y sus “bombas” informativas con la perspectiva histórica y concluyeran que “es grave, aunque no es nuevo y el resultado se puede conocer de antemano”, entonces no habría primicias y mucho menos titulares bombásticos. Pero no podría ser así por la mismísima naturaleza de los medios de comunicación y del oficio de periodista, que es el de la permanente venta de humo para que se vendan los diarios y haya rating para los canales, share para las radios y clics en los portales de la web. La noticia vieja no vende porque no es noticia, es historia conocida.

Escena de la película ‘El día de la marmota’, protagonizada por Bill Murray, obra que en España se tituló justamente ‘Atrapado en el tiempo’ y caracteriza la insólita situación de un hombre que repite el mismo día una y otra vez. Esa es una buena metáfora de la historia cíclica, o de la idea de que en la acción de los hombres en el tiempo lo único que cambia son los nombres propios de los hombres, jamás la acción.

Eso es lo que pasa hoy en la relación entre la pandemia del coronavirus y los medios de comunicación, existe una voluntad manifiesta de hacer del hecho una noticia diaria. Y para que eso funcione es necesario omitir que tanto las pandemias como el coronavirus de un modo genérico siempre anduvieron por ahí, no se trata de ninguna novedad. Por lo general, el truco de los medios para transformar en noticia lo que es ordinario no pasa de una maniobra de ocultación de la perspectiva histórica con la finalidad de no revelar el hecho de que no hay realmente nada extraordinario en la actual coyuntura como para que se modifiquen los esquemas sociales de la noche a la mañana, con todas las consecuencias nefastas de ese cambio brusco y forzado. De haber una perspectiva histórica que conduzca a la comprensión de que igualmente habrá un mañana, aunque exista hoy la falsa percepción de un apocalipsis, lo que se pierde es la primicia y el negocio esencial de los medios de comunicación desaparece. Entonces el léxico del hipocondríaco con su avalancha alarmista diaria es la clave para que el negocio siga, allí donde la única forma de atrapar al público con una narrativa es mediante el sostenimiento del interés general y nada es más potente en ese sentido que el miedo, nadie pone más de su atención a un relato que el temeroso a las posibles consecuencias de lo que se relata.

¿Por qué mienten?

Cabría aquí la metáfora de los cuentos de terror o de la espeluznante crónica del crimen para ilustrar el magnetismo que ejerce el miedo sobre el hombre a punto de captar y monopolizar su atención. Las narrativas tristes o felices —ambas placenteras por distintos motivos para el que las consume— pueden funcionar y de hecho funcionan bien en la captación de la atención del público, pero suelen ser abandonadas al surgir en el horizonte simbólico del receptor algo de mayor importancia requiriendo su atención. Eso no ocurre con el relato del miedo, nadie abandona una narrativa si entre sus alternativas está la amenaza a la existencia de uno o de los suyos, justamente porque nada es más importante que existir. Si primero está la existencia y luego vienen las condiciones, como indica la lógica más elemental, entonces la amenaza a la vida es el miedo mayor y es, finalmente, la garantía última de que el individuo atrapado por una narrativa de ese tipo jamás la va a abandonar para poner su atención sobre lo que es de menor importancia.

El atento lector puede corroborar fácilmente todo lo expuesto con tan solo encender el televisor o la radio, darse una vuelta por los portales de noticias en la web o leer el diario físicamente. Allí está, a cualquier hora y durante todo el día, la narrativa del miedo cuyo léxico es el léxico del hipocondríaco y cuyo significado subyacente es muerte. Eso está por todas partes, en cualquier canal de televisión o estación de radio. No hay ningún medio de comunicación que no ocupe la casi totalidad de su programación diaria —y a veces la totalidad, como en el caso del Canal 5 Noticias (C5N)— con la narrativa del terror de una muerte inminente. Entendámonos bien: no es que el asunto no dé para difundirse, es de suma importancia y no puede no comunicarse, pero la narrativa del miedo no tiene por finalidad informar a nadie, sino sobreinformar básicamente con una especulación que es del todo inútil para la sociedad.

Momento televisivo en Todo Noticias (TN), de la mañana del 19 de abril. Sin importar el día o la hora, al sintonizar cualquiera de los canales de noticias el televidente se encontrará con las placas rojas de escándalo, los números exorbitantes de contagiados y muertos. El miedo como instrumento para disciplinar a la sociedad está a la orden del día.

Ahí está el meollo de la cuestión, de la relación entre el coronavirus y los medios de comunicación. Unas pocas horas diarias distribuidas a lo largo de la programación serían más que suficientes para difundir lo esencial a la prevención de la enfermedad, para generar la conciencia suficiente en la población sobre la problemática actual, los cuidados necesarios, etc. Pero no, no son solo unas pocas horas diarias. En canales como C5N la narrativa del miedo y de la muerte inminente ocupa la totalidad de la programación, ya sea directa o indirectamente. Es directa cuando los periodistas se ponen a especular sobre cosas que no saben y que a las pocas semanas se demostrarán imprecisas, inexactas e incluso falsas. Y es indirecta cuando se habla de otros temas de interés y allí también aparece la narrativa del terror. Si se habla de fútbol, por ejemplo, necesariamente debe aparecer algún titular de escándalo sobre jugadores y directores técnicos contagiados, protocolos que se van a aplicar a la realización de los partidos, si se suspenden o no las competencias por el riesgo de contagio y la mar en coche. Y cuando el asunto que se va a tratar no permite mechar el relato del miedo, la misión se cumple con el uso de la imagen donde periodistas, cronistas y noteros aparecen innecesariamente con las caras tapadas por sendos barbijos o máscaras, asegurándose así la omnipresencia de la narrativa deseada. Incluso en el mismísimo pronóstico del tiempo se cuela el mensaje. Un hermoso día de sol está previsto, pero no se recomienda salir de casa porque en la plaza del barrio pueden estar el contagio y la muerte.

Ahora bien, todo eso es fácilmente corroborable, como decíamos en el anterior párrafo, basta con mirar poniéndole la suficiente atención a la semántica exhibida más que a los contenidos propiamente dichos. Y la explicación de la narrativa del miedo como relato atrapante también es de sencilla comprensión para empezar a entender por qué en los medios de difusión hay tanto tremendismo y tanta sobreinformación inútil, tanta especulación gratuita en la actualidad, pero es insuficiente. La crítica al proceder de los medios es inconducente si no viene acompañada de una denuncia contra los intereses reales que mueven a ese proceder. Nada de lo que se dice en los medios de comunicación hegemónicos es resultado de la voluntad de los periodistas, que son meros empleados y repetidores de un guion predeterminado. El famoso “Gato” Sylvestre o el extático Pablo Duggan no están todo el día vociferando la extinción de la humanidad de no meterse todos los humanos en un pozo porque se hayan obsesionado con el coronavirus o hayan perdido la cordura. Tanto el uno como el otro y todos los demás predicadores mediáticos hacen a diario sus “stand-up” para aterrorizar al televidente que tiene la desgracia de escucharlos simplemente porque se les paga muy bien para hacerlo.

La conductora de Canal 5 Noticias (C5N), María Belén Aramburu, aquí exhibiendo orgullosamente su tapabocas. Con la aceleración del proceso, algunos operadores mediáticos televisivos empezaron a presentarse de esta forma frente a las cámaras, en frontal contradicción con todo lo que venían diciendo y haciendo hasta aquí. Ahora en los canales oficialistas como C5N y la TV Pública no se ven más bocas ni narices destapadas, un paso más hacia el adiestramiento para la estandarización de las mayorías.

Eso es lo que el buen sentido popular define como “la culpa no es del chancho, sino del que le da de comer” y ahí está, precisamente, el huevo del tero. Los periodistas saben que están especulando con cosas que desconocen, saben que con esa especulación no contribuyen en nada a la prevención de la enfermedad y saben, sobre todo, que enloquecen al consumidor de noticias con sus elucubraciones, pero no pueden hacer nada al respecto más que seguir y seguir la huella. Son empleados, como se ha visto, no tienen voluntad propia sobre el trabajo que realizan. El asunto es poner el foco sobre los empleadores, ver bien quiénes son los que ponen el dinero para que la narrativa del miedo y de la muerte ocupe la totalidad de la pantalla, del éter radial y de las páginas de los diarios. Es ahí, en la mano que mueve al títere, donde el atento lector encontrará los verdaderos intereses detrás de una sobreinformación que tiene por finalidad sembrar el terror para cosechar otra cosa.

Fines e intereses inconfesables

Está claro que los objetivos políticos inmediatos o de vuelo corto están presentes en las motivaciones de los periodistas y no deben soslayarse en el análisis. De un modo superficial, vale decir que C5N y Todo Noticias (TN) no hacen el relato del miedo y de la muerte con la misma finalidad a corto plazo. Para los operadores mediáticos de C5N, por ejemplo, la sobreinformación del coronavirus sirve para tapar una realidad indecible e indecente en materia social y económica y entonces, al ser oficialistas, a dichos operadores les viene como anillo al dedo especular todo el día sobre lo que se desconoce para no tener que informar sobre el estado de la economía nacional, que es catastrófico y hasta terminal. En la vereda opuesta, los operadores mediáticos de TN hacen lo propio, pero con la finalidad contraria, a saberla, la de cargar sobre el gobierno toda la responsabilidad por la catástrofe sanitaria. Esa es la obviedad ululante, lo que puede percibirse a primera vista en un rápido análisis del contenido de los medios de comunicación y lo que resuelve una parte del problema sin resolverlo en su totalidad. C5N se declara abiertamente oficialista y TN se declara abiertamente opositor, no hay incoherencias hasta aquí ni son necesarias más explicaciones.

Pero la política local es de muy poca monta si se la compara con el juego mayor de los intereses globales que durante el kirchnerismo solíamos llamar corporaciones y ahora pasaron, misteriosamente, al plano de la “conspiranoia”. El General Perón solía decir que la verdadera política es la política internacional y esa es la del actual globalismo que pugna por introducir profundas modificaciones sociales a nivel global en lo que ya se dio en llamar la “nueva normalidad”, esos son los intereses realmente importantes detrás de una ingeniería social de enorme magnitud en la manipulación mediática. Dicho de otra forma, si bien los medios hacen la narrativa del miedo y la muerte en un principio para lograr objetivos inmediatos en el plano local, esas son las achuras del matadero. La carne está en otra parte.

El inefable Gustavo “Gato” Sylvestre, hoy el gran difusor del léxico del hipocondríaco y del miedo en la pantalla de la televisión. Luego de trabajar para Héctor Magnetto en TN, Sylvestre se cruzó de vereda y se ubicó en C5N, canal supuestamente rival. Y desde allí predica todos los días el mensaje de las corporaciones con la amenaza constante de contagio y muerte, pero blindado por la voluntad militante que lo considera un “compañero”.

La narrativa del miedo tiene su magnetismo, sí, pero tiene además la propiedad de disciplinar hasta al más rebelde. La reiteración diaria de cantidades exorbitantes de contagiados y muertos —la que, otra vez, no es de ninguna utilidad para la prevención de nada, simplemente sirve para meter más miedo— en placas rojas de escándalo está significando la advertencia: aquí hay que plegarse o morir. ¿Pero plegarse a qué? ¿Cuáles son las condiciones impuestas para evitar el contagio y la muerte? Esta es una cuestión de proyección, de ver las cosas en potencia como en la serpiente aún en el huevo poniendo este a contraluz para saber que, en efecto, de allí saldrá una serpiente. Lo que los adiestradores de masas que son los ingenieros sociales pusieron rápidamente en las categorías hirientes de “conspiranoia”, “terraplanismo”, “anticiencia” y afines es la capacidad de proyectar sobre algo que está aún en estado incipiente, inviabilizaron esa facultad del hombre para que el hombre nuevamente quede atrapado en un presente sin perspectiva histórica, sin pasado, pero fundamentalmente sin horizonte, sin futuro. Observar las novedades impuestas en nombre de la salud y hacer la hipótesis de que esas novedades llegaron más con fines de disciplinamiento que de prevención sanitaria es hoy poco menos que un delito.

Es fácil adivinar, no obstante, los planes del poder fáctico a nivel global en muchas de las medidas de control que van imponiéndose bajo el pretexto de lo sanitario, sobre todo en aquellas que prescriben cambios en el comportamiento social habitual de las mayorías de a pie y en la introducción de mecanismos automatizados de control mediante el uso de los ya omnipresentes teléfonos celulares. No es solo el adiestramiento para la ocultación intensiva de los rostros y para el mantenimiento de una distancia que para el hombre es contra natura, eso es lo de menos y puede tolerarse temporalmente sin mayores problemas. Lo que estamos naturalizando todos los días en nombre de la salud pública, en el fondo, es un cambio de paradigma en lo que se refiere a la libertad relativa del individuo frente al poder, sin que nada de eso esté a tono ni mucho menos con los delirios de los mal llamados “libertarios”, los que ven toda la opresión en el Estado sin comprender que la orwelliana 1984 es, en realidad, una metáfora perfecta de las corporaciones actuales. Hay un poder supranacional y dicho poder considera que están dadas todas las condiciones técnicas para realizar el Gran Hermano de la ficción. Y eso es lo que estamos naturalizando por miedo.

Representación artística de la novela orwelliana ‘1984’, en la que muchos vieron erróneamente una metáfora del Estado opresor. En realidad, dada la naturaleza global y la omnipresencia del Gran Hermano, este se asemeja más a una corporación en poder de los medios tecnológicos suficientes para un total control de la humanidad. Orwell va a terminar siendo un visionario por haber anticipado una realidad de la que hoy vemos plasmadas las primeras pinceladas.

Otra vez se hace necesaria la perspectiva histórica para la comprensión de que este es un proceso cíclico. Ha habido a lo largo de la historia periodos de más o menos control por parte del poder central sobre los individuos atomizados: el caos de los últimos dos o tres siglos de la Antigüedad fue reemplazado por el control social instrumentado por la religión institucionalizada y luego, al llegar la modernidad, la revolución burguesa con la destrucción del orden medieval propiciará otro periodo caótico que habría de durar hasta los primeros años del siglo XX. Fue el Estado entonces el que tomó la posta, burocratizando el control social de la política. Pero finalmente llegó la posmodernidad y con ella la crisis de representación en desmedro de la autoridad estatal, otro periodo de caos relativo que dura hasta el presente. Aquí tenemos, en cinco grandes coyunturas —decadencia del mundo antiguo hacia el siglo V, el llamado Medioevo hasta fines del siglo XVIII, la primera modernidad industrial, hasta mediados del siglo XIX, la consolidación del Estado moderno hasta la II Guerra Mundial y la posmodernidad— una alternancia entre periodos de mayor o menor control social del poder sobre las mayorías populares.

Una sexta coyuntura está en vías de empezar y la caótica situación de un Estado en decadencia y ya incapaz de controlar a la sociedad de masas, o sobre las cenizas de ese ordenamiento caduco, deberá emerger la nueva autoridad. Es natural que así sea: al igual que el Estado antiguo y la Iglesia institucionalizada como poder político, el Estado moderno de los burgueses revolucionarios ha tenido sus periodos de ascenso, esplendor, decadencia y caducidad. Bien mirada la cosa, eso se asemeja siempre al ciclo vital de un solo hombre, que normalmente se resume en nacer, crecer, reproducirse, envejecer y morir. Y por eso puede decirse que es natural en todos los sentidos, al ordenamiento moderno le ha llegado la hora de ser reemplazado por otra cosa y el problema se reduce a saber o a conocer la real naturaleza de esa cosa. El problema es verla venir.

Contestatarios

Si el atento lector apela a las expresiones culturales para simbolizar esa alternancia entre periodos de mayor o menor control social del poder sobre las mayorías, verá claramente en esas expresiones la manifestación del espíritu de época en cada una de las épocas. Sin ir demasiado lejos con la observación de esos fenómenos, alcanzará con ver cómo el siglo XX ha sido testigo de marchas y contramarchas en términos de control social por parte de un poder central. En los albores de los años 1900, aun en el arrastre del primer Estado moderno no del todo consolidado —véase los esfuerzos del Barón Haussmann por rediseñar la ciudad de París en la segunda mitad del siglo XIX para hacerla menos vulnerable a las barricadas, por ejemplo—, la regla general fue el caos, esto es, una situación de poco control social que va a culminar en su momento de mayor libertinaje: la Belle Époque. Hasta aquí tenemos el esplendor de las artes y de la política de hacha y tiza, cuyo símbolo máximo es una revolución rusa que en otro contexto sería utópica. La era de las guerras mundiales y el ascenso del totalitarismo en Europa impusieron otra vez el control y el orden, con el Estado asumiendo todas las funciones de vigilancia, control y represión. Décadas más tarde, el sociólogo francés Michel Foucault haría un análisis de ese periodo, hallando los conceptos de panóptico, biopolítica y biopoder, por ejemplo, típicas herramientas de control estatal en la etapa totalitaria que va desde los años 1920 hasta los años 1950.

El barón Jorge Eugenio Haussmann, quien hacia la segunda mitad del siglo XIX llevó a cabo un monumental plan de obras con la finalidad de reconstruir la ciudad de París, modificando la naturaleza caótica de su entramado urbano. Los estrechos callejones de la capital parisina, en la visión de Haussmann, eran ideales para la insurgencia en la forma de barricadas. A partir del rotundo triunfo de Haussmann, empiezan a existir en el Estado moderno muchos de los conceptos de control que serán comunes desde principios del siglo XX hasta finalizar la II Guerra Mundial.

Lo que Foucault ve en los años 1970 y 1980 es ya, para esa época, una simulación. En los “Treinta Gloriosos” que van desde el fin de la II Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo en 1973 lo que hay es una edad dorada del capitalismo en la que el Estado de bienestar es también un periodo de apertura donde florecen otra vez las expresiones caóticas de los individuos sin tanto control: es el tiempo de los hippies, del amor libre, de las drogas recreativas, el feminismo, la liberación sexual y de la juventud como sujeto social. Se relajan los controles en medio a la abundancia económica de posguerra y con un Estado más preocupado en reconstruir que en controlar.

El resultado es el cuestionamiento a la autoridad estatal. Resulta hoy un poco difícil de creerlo, pero la generación denominada “baby boomer” por la expresión en inglés para denominar a la explosión de nacimientos posterior a la guerra fue inmensamente más contestaria y más libre que todas las posteriores, incluso la actual. Pero los cuestionamientos se dirigían siempre a lo que en ese momento se percibía como la autoridad opresora: el Estado. Los “baby boomers” nunca vieron venir el ascenso de las corporaciones como poder fáctico con el proyecto político de un gobierno global, siempre interpretaron las expresiones culturales de su generación —las novelas 1984 y Un mundo feliz, entre otras— como una metáfora del Estado. Seguía fresco el recuerdo de los Stalin y de los Hitler en la memoria colectiva y el resultado fue que toda una generación le ladró al árbol equivocado, por decirlo de alguna forma.

Así el Estado moderno decayó en el tiempo hasta llegar a la monumental crisis de representación de nuestros tiempos, que es terminal. Y fueron las corporaciones, el poder fáctico global, en ascenso y en reemplazo del Estado moderno en el lugar de la autoridad. El periodo de libertad relativa viene terminándose hace tres décadas a medida que el Estado profundiza su decadencia, crece el poder de las corporaciones y, quizá lo más importante, avanza la tecnología que hará posible la realización del proyecto de control mundial y definitivo que las élites globales quieren imponer a la caducidad final de los Estados. Desde la posibilidad de rastrear a todos los individuos mediante el uso de los teléfonos celulares hasta las cámaras de seguridad —que hoy están literalmente por todas partes, ya no hay forma de hacer nada por fuera de la vigilancia del ojo omnipresente del Gran Hermano—, están dadas las condiciones técnicas en la actualidad para un gobierno central cuyo control centralizado será virtualmente imposible de evadir.

Los hippies, el movimiento contracultural de los “Treinta Gloriosos” por antonomasia en Occidente y luego en casi todo el mundo. Al abandono del modelo de Estado totalitario al finalizar la II Guerra Mundial, se siguió un periodo de apertura y relajación que terminaría siendo letal para el propio Estado, ya que la posmodernidad vendría con una crisis de representación en la que la autoridad estatal sería cuestionada hasta desaparecer virtualmente. El poder fáctico global se beneficia del proceso y prepara su dominación, global y supranacional, cuya naturaleza es similar a la del Estado totalitario del periodo comprendido entre las décadas de 1920 y 1950.

Los “baby boomers” cometieron un error histórico al cuestionar la autoridad de un Estado que, para el momento de ese cuestionamiento, ya no ejercía sobre los individuos la presión controladora que supo ejercer entre los años 1920 y 1950. Y ese error propició el avance de las corporaciones, que siempre vinieron precisamente con un proyecto de control elevado a la perfección. Y aquí está lo central de dicho proyecto: el perfeccionamiento de los mecanismos de control es aquello que el sociólogo estadounidense George Ritzer llamó, ya a mediados de los años 1990, la macdonaldización de la sociedad o un proceso mundial de racionalización social tendiente a estandarizar el planeta entero con fines de control. En una palabra, mientras la sociedad sigue discutiendo con los gobiernos en el Estado sobre si se puede o no salir a la calle o la adquisición de agujas milagrosas, verdaderas panaceas universales, las corporaciones están imponiendo esquemas sociales de producción y reproducción que se asemejan al modelo de “fast-food” de McDonald’s para establecer una dominación global.

Piense el atento lector en un McDonald’s, en un restaurant de comida rápida al que acuden masivamente los individuos a pagar para comer chatarra, sí, pero literalmente para que los pongan en fila. En su obra, Ritzer se refiere a los procesos de producción de McDonald’s y habla de conceptos como previsibilidad, eficiencia, cálculo y, véase bien, control. El esquema McDonald’s es una forma de garantizar que los empleados humanos, desde el gerente hasta el que trapea el piso, hagan siempre lo que se espera de ellos en el momento preciso, de la misma manera y sin pérdida de tiempo ni recursos. Eso es lo que Ritzer señala y extrapola al ordenamiento social, proyectando el esquema McDonald’s sobre todos los demás esquemas de producción y reproducción, o una sociedad automatizada en la que nadie hace lo que quiere o considera que es lo mejor en un determinado momento, sino tan solo lo que está establecido en el programa.

Con los patitos en fila

Ahora bien, el esquema McDonald’s, si se mira con atención, no tiene solo por objetivo estandarizar el comportamiento de los empleados, sino también el de los consumidores. Y esto es lo esencial: en un restaurante de la cadena McDonald’s el consumidor es el menú, uno se robotiza, por decirlo de alguna forma, cuando va a comer a un “fast-food”, va a que lo ordenen. El consumidor entra, se pone en fila; pasa por una caja a hacer su pedido entre opciones limitadas que ya están preparadas y solo necesitan recalentarse o quizá ni eso; recibe un ticket con un número de orden y luego espera que el sistema le ordene retirar una bandeja con lo que ha comprado para sentarse en una silla fija a comer velozmente y sin sobremesa —la arquitectura del lugar está diseñada para desalentar esas demoras innecesarias— y luego a retirarse, dejando el lugar desocupado para que venga otro robot. Uno se porta bien, demasiado bien, cuando va a comer a un McDonald’s. ¿Y por qué?

Imagen muy representativa del llamado “baby boom”, tomada el 1º. de enero de 1946 en una maternidad de Francia. Al terminar la II Guerra Mundial hubo una explosión de nacimientos y un nuevo día, que vendría además con reconstrucción y bonanza económica: la edad de oro del capitalismo. Se considera que la generación de los “baby boomers” comprende a los nacidos entre 1946 y 1980, aunque no existe consenso en esa temporalidad. Lo cierto es que los “baby boomers” fueron educados en un esquema de menos control respecto al que se le impuso a la generación anterior, signada por el paradigma del Estado totalitario y la guerra.

Porque el sistema conduce y determina el comportamiento del hombre, el que se adapta a su entorno y empieza inmediatamente a proceder de cierta manera al verse condicionado por ese entorno: la manera deseada por quienes diseñan el esquema. Entonces la macdonaldización de la sociedad solo puede ser un asunto que se reduce a extrapolar esos esquemas predeterminados para condicionar el comportamiento de los individuos en todas partes, no solo en los restaurantes chatarra de McDonald’s. El desiderátum del poder global es ese control, esa previsibilidad, es que los hombres en su vida cotidiana hagan siempre lo que se espera de ellos en el momento preciso, de la misma manera y sin pérdida de tiempo ni recursos, pero además sin cuestionamientos.

Es sencilla la observación de cómo, a través de una intensa campaña en los medios de comunicación, el poder fáctico global finalmente ha dado con la forma de lograr que la humanidad se pliegue sin cuestionar al esquema de macdonaldización de la sociedad. Esa forma es la extorsión por el miedo, más precisamente el miedo a la muerte. Ir a comer comida rápida chatarra a un McDonald’s siempre fue opcional, las campañas publicitarias en los medios se construyen en clave de lenguaje expresivo, esto es, en un tipo de comunicación en el que se apela a las emociones del consumidor para que este “quiera” —no quiere, como se ve, sino que es impelido sutilmente a ello— ir a robotizarse a un McDonald’s, donde lo pondrán en fila y le servirán comida de muy baja calidad nutricional que además no es barata para el bolsillo promedio en ciertas regiones del mundo como la nuestra. Entonces a un McDonald’s no van todos los individuos, hay gente que no pisa un restaurante de dicha cadena ni aun por decreto. Y ese es un problema si lo que se quiere es generalizar el esquema de dominación.

‘La macdonaldización de la sociedad’, obra del sociólogo estadounidense George Ritzer en la que se describe un proceso de estandarización social tendiente a intensificar el control por parte de los que controlan. Quizá al publicar el libro a mediados de los años 1990, Ritzer no haya tenido todavía la conciencia de que describía el proceder de las corporaciones hacia su proyecto de gobierno mundial y control tecnológico imposible de evadir. Sea como fuere, el libro es esencial para comprender lo que nos pasa en la actualidad.

El coronavirus como pandemia, como amenaza de muerte y como un potente modificador social resuelve el problema desde el punto de vista de quienes diseñan el sistema, permite el reemplazo del viejo lenguaje expresivo de la publicidad sugestiva por el lenguaje directivo del Estado o de la Iglesia controladores de antaño. “Lavate bien las manos”, “Usá alcohol en gel”, “tapate la boca y la nariz en todo momento”, “mantené dos metros de distancia respecto a otro ser humano”. Esas son medidas de prevención, no hay ninguna duda de ello ni se cuestiona su utilidad práctica respecto al fin declarado, que es el de evitar el contagio de la enfermedad que se presenta como nueva. El tema es el adiestramiento, el hombre se está acostumbrando otra vez a seguir directivas que aparentemente bajan de una autoridad sanitaria estatal, pero que en realidad son la instrumentación de una ingeniería social desde mucho más arriba. Se naturaliza el acatamiento a medidas de prevención expresadas en un lenguaje directivo que lleva solapado en su mensaje la extorsión: hacer caso o morir.

Si pudiera callejear tranquilamente en los tiempos que corren, el flâneur de Walter Benjamín vería las consecuencias del acatamiento de ese lenguaje directivo por parte de las mayorías en una sociedad que avanza hacia la macdonaldización, que progresivamente va poniéndose en fila, como los patitos. De una forma imperceptible para muchos, por miedo a la muerte nos estamos plegando a un orden determinado, el que será la normalidad para las próximas generaciones educadas en la comprensión de que el contacto humano es una cosa peligrosa. Desde el punto de vista de un “baby boomer” muy tardío —casi un “millennial”— como quien aquí escribe, no hay ninguna novedad en ello. Para frenar la promiscuidad en el comportamiento sexual que había sido regla general durante las décadas de 1960 y 1970, surgió el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) y, en consecuencia, nuestra generación fue educada a partir de los años 1980 en un esquema de extorsión, de comportamiento condicionado por miedo a la muerte. Fuimos distintos y se nos aparece como de ciencia ficción el relato de las experiencias sexuales de nuestros padres, aquellos “baby boomers” auténticos. Todo eso se considera hoy inviable y algo similar les pasará a los que hoy son niños respecto al contacto humano: si bien los llamados “centennials” ya son propensos al aislamiento social detrás de las pantallas de las computadoras, son los pequeños nacidos después del 2010 de la presente generación alfa los que quedarán marcados a fuego al haber sido educados por la nueva extorsión directiva del léxico del hipocondríaco que baja desde los mercenarios mediáticos y se instala, con la complicidad de dirigentes cobardes o corrompidos. De no mediar una enorme rebelión a nivel global que tuerza la historia, ellos vivirán hacia el 2030 en un mundo absolutamente macdonaldizado y esa será su normalidad.

Escena de la película ‘Filadelfia’, que sintetizó en 1993 la amenaza que marcó a la generación educada en los años 1980: la muerte como castigo a un comportamiento sexual promiscuo. ‘Filadelfia’ es, en el fondo, una descripción de la aplicación de la biopolítica con fines de biopoder, un antecedente directo del actual coronavirus en todos los sentidos. El castigo ahora es a la materialidad de la interacción social.

De una manera o de otra el futuro se construye y también los esquemas para ordenar el mundo. La diferencia siempre está en un mayor o en un menor nivel de libertad de los individuos atomizados respecto al poder, o bien en las formas de organización de aquellos para contrarrestar los deseos de control que siempre existen entre los mandones. El VIH, el SARS, el MERS, el H1N1 o “Gripe A”, la perspectiva histórica a corto plazo nos indica que las corporaciones ya venían ensayando hace unas décadas la imposición de un nuevo biopoder y una nueva biopolítica, no es difícil ver que todas esas enfermedades han sido antecedentes del actual coronavirus como modificador social. No es realmente mucho lo que se puede hacer, el discurso de la ingeniería social es demasiado potente, las inversiones en danza son descomunales y por eso no puede haber fracaso. Lo que sí se puede hacer al respecto es comprender el proceso históricamente para transitarlo de una forma tal que el propio tránsito no se convierta en un martirio para el contemporáneo. Muchos la están pasando muy mal en la actualidad sin estar enfermos de nada, simplemente por la angustia de cara a un futuro que no ven. Esa es la perversión del poder, contra la que solo se puede pisar la pelota, pensar y argumentar. Y fundamentalmente apagar el televisor, la radio, las redes sociales de los frenéticos cuyo objetivo es meter miedo y hacer daño. El hombre es mucho más espiritualidad que materia, la calidad de esta depende del nivel de aquella, nunca al revés. Cuidar la integridad de la conciencia no creyendo en cosas que uno no comprende para no sufrir, como decía Stevie Wonder, es el único camino posible.

Habrá un nuevo día. Siempre lo hay.

Este es un adelanto de la 39ª. edición de nuestra Revista Hegemonía. Para suscribirte, acceder a todos los contenidos de la actual edición y todas las anteriores, y apoyar La Batalla Cultural para que sigamos publicando en estos tiempos difíciles, hacé clic en el banner abajo y mirá el video explicativo.
Nosotros existimos porque vos existís.