Mauricio Macri, Patricia Bullrich y María Eugenia Vidal. Los mascarones de proa del pasado régimen macrista intentan y seguirán intentando mantenerse vigentes mediante maniobras simbólicas típicas de quienes están en el llano y por eso no tienen la iniciativa que da la gestión en el Estado. De hecho, los tres personajes han calcado la fórmula ganadora de Cristina Fernández y han puesto a circular sus discursos ideológicos en la prosaica forma de un libro, tratando de emular el batacazo de las elecciones en las que fueron derrotados en las urnas gracias a esa misma maniobra. Macri, Bullrich y Vidal publicaron sus libros de memorias o autobiográficos con la finalidad de reinstalarse en el debate mediático, aunque quizá precipitándose en al menos dos años y con unos resultados más bien magros en comparación a la bomba cristinista previa a las elecciones del año 2019, cuando con su Sinceramente Cristina Fernández conmocionó la política argentina, recuperó toda la centralidad y logró el triunfo.

Se equivocan, no obstante, quienes ven en los esfuerzos de Macri, Vidal y Bullrich un intento de posicionarse para competir electoralmente con un oficialismo que estaría para el cachetazo, todavía no hay nada de eso. La maniobra de publicar libritos escritos por manos ajenas a las suyas y cuyo contenido es un rosario de obviedades para reinstalar sus nombres en los canales de televisión, en las radios y en las redes sociales no es aún con la finalidad de ganar elecciones generales, sino internas. En esta etapa, Macri, Vidal y Bullrich se pelean entre sí, están muy lejos de tener el poder en el Estado y primero deberán resolver la crucial cuestión de quién va a tener la lapicera en el frente opositor. Sin los cargos que dan la exposición mediática diaria y sin la caja del Estado para financiar sus campañas, ninguno de estos tres próceres del cambiemismo puede hoy dar por sentado que liderará la coalición antikirchnerista cuando llegue la hora de presentar las listas para las elecciones que valen, que son las del año 2023.

Deben luchar mutuamente en una feroz interna y eso hacen al poner en evidencia sus individualidades, al forzar un verdadero culto a sus propias personalidades. Aunque frente a los ojos del observador superficial la alianza contreras aparezca como un bloque sólido e inquebrantable entre viejos socios —el pasto del vecino siempre es mucho más verde en la percepción del que desconoce la realidad del hogar del vecino—, no hay realmente ninguna unidad en el actual Juntos por el Cambio. Más bien todo lo contrario: la guerra civil en esa coalición es mucho más intensa que las desavenencias en el Frente de Todos, por la sencilla razón de que “de este lado” la gestión de gobierno y los cargos garantizan una paz relativa que en el llano es inviable. Macri, Vidal y Bullrich están en guerra entre sí y luego los tres por separado contra otro general cambiemita, este último en una posición estratégica muchísimo más favorable respecto a sus tres rivales, como verá el atento lector más adelante.

‘Primer tiempo’, de Mauricio Macri, ‘Guerra sin cuartel’, de Patricia Bullrich y ‘Mi camino’, de María Eugenia Vidal, las emulaciones pretendidas de los “sin tierra” de la oposición al éxito de Cristina Fernández con ‘Sinceramente’. Al no tener lugar de gestión ni caja para financiar sus actividades, Macri, Bullrich y Vidal apelan a forzar una exposición mediática con finalidad de mantenerse en vigencia. Una misión casi imposible.

Una de las verdades más verdaderas del sistema electoral hoy vigente en la Argentina y en la mayoría de los países es que las elecciones no se ganan ni se pierden en las urnas, sino mucho antes, en las mesas chicas donde se arman las listas. La llamada partidocracia es el sistema que la revolución burguesa encontró para garantizar que el pueblo no gobierne ni delibere sino por medio de sus representantes, pero básicamente que no pueda tampoco elegir libremente a estos. De un modo general, puede decirse que el ciudadano de a pie vota a los candidatos que hay y nunca a los que quiere porque al entrar al cuarto oscuro no tiene la posibilidad de elegir a cualquier candidato, lo que por otra parte sería bastante caótico en una sociedad de masas y hasta cierto punto contraproducente para el propio funcionamiento de las elecciones. Se dice que luego de una gira por treinta y una ciudades de los Estados Unidos en la que se reunió con Graham Bell y dio un discurso en la Sociedad Americana de Geografía, el emperador de Brasil Pedro II se hizo muy famoso en el país del norte y por eso recibió unos cuatro mil votos en las elecciones presidenciales del año 1876. He ahí el dato de color, que no es tan de color: alrededor de cuatro mil estadounidenses —el voto en ese entonces se restringía a unos pocos millones de ciudadanos— pudieron votar “libremente” a un personaje extranjero al que consideraban entrañable, pero que no se había postulado formalmente y a todas luces no estaba habilitado para ocupar el cargo de presidente para el que fue “libremente” votado.

Una gran anomalía del sistema, sin lugar a dudas. El sistema electoral en los Estados Unidos y en los demás países de Occidente y de las colonias habría de perfeccionarse en el tiempo hasta dar con la limitación de las opciones para el elector y evitar anomalías como la de Pedro II en 1876, se encontró la fórmula de boletas electorales en las que solo podían ser votados los candidatos nominados por los partidos políticos legalmente constituidos y el sistema electoral, en consecuencia, se normalizó hasta nuestros días. Pero la contradicción en el concepto de elecciones en la modernidad sigue a la vista y es que, en realidad, hay electores que son más importantes que otros, el voto calificado existe. Si los candidatos habilitados a disputar una elección son solamente aquellos que surgen de la voluntad de la partidocracia, entonces los que en el seno del partido político eligen a esos candidatos con la lapicera para componer las listas son los electores de primera categoría. Y todos los demás ciudadanos son electores de segunda, puesto que votan por opciones previamente limitadas por otros, eligen lo que pueden y no lo que quieren.

Rutherford Birchard Hayes, el 19º. presidente de los Estados Unidos, ganador de las elecciones de 1876 en las que el emperador Pedro II de Brasil recibió insólitos cuatro mil votos. El sistema electoral habría de perfeccionarse para evitar estas anomalías, del todo indeseables en una sociedad de masas.

Es así como en la realidad práctica y fáctica las elecciones se pierden o se ganan en las internas de los partidos y las coaliciones, las elecciones en sí mismas se resuelven al momento de armar las listas: al ser nominado por el partido que tendrá la mayoría de los votos populares, un candidato ya sabe de antemano que ganó las elecciones varios meses antes de que estas se realicen formalmente. No conviene soslayar que cualquier otro sistema sería contraproducente para la sociedad de masas y por eso no se trata de decir que la actual partidocracia esté bien ni mal, simplemente es la forma típica de democracia masiva, quizá la única posible. Lo que sí es importante observar es que las futuras elecciones del año 2023 se están resolviendo ahora mismo fuera de la vista del elector de a pie. La guerra civil entre generales cambiemitas ante la expectativa de un fracaso del actual gobierno es, de consolidarse efectivamente dicho fracaso, la pugna cuyo resultado será el nombre del próximo presidente de la Nación. De no ganar el Frente de Todos en 2023, ganará Juntos por el Cambio, por eso del bipartidismo, etapa superior de la partidocracia. Por lo tanto, los resultados de las elecciones de 2023 serán conocidos antes de octubre de 2023, literalmente cuando quede resuelto quién tendrá la lapicera para el armado de las listas en cada uno de los dos bandos hegemónicos y esté visible la tendencia hacia un lado o hacia el otro.

Las religiones del libro

Eso es lo que actualmente llamamos “elecciones”, la posibilidad de elegir entre dos opciones predeterminadas por otros en mesas chicas a las que muy poquitos acceden y en las que normalmente un solo individuo tiene la última palabra. La democracia es la partidocracia y es el bipartidismo en casi todos los países del mundo, salvo en aquellos donde el que rige es un esquema de partido único. Incluso allí donde una multiplicidad de partidos políticos parecería existir, como en Brasil, por ejemplo, antes de todas las elecciones se forman dos grandes alianzas hegemónicas y de la disyuntiva salen los nombres de los próximos presidentes, gobernadores e intendentes municipales en la alternancia prestablecida. No es distinto en la Argentina y los generales cambiemitas lo saben, saben que el ganar las elecciones se reduce a una cuestión de imponerse en las internas sobre el rival o los rivales y luego tener la lapicera para componer la lista con su propio nombre a la cabeza. Lo que hay en el fenómeno literario de los Macri, las Vidal y las Bullrich es nada más que eso, la lucha interna entre rivales y hermanos por la lapicera.

Ahora bien, es curioso y digno de mención el hecho de que los generales cambiemitas hayan optado por emular a Cristina Fernández y se hayan lanzado a la exposición mediática desde el llano no con un clásico hecho político, sino con la publicación de un libro, un hecho más bien literario. Cristina Fernández supo en el año 2019 que la nuestra es una cultura judeocristiana, esto es, derivada de la tradición occidental que, a su vez, se conforma en base al judaísmo y al cristianismo. Estas son dos de las tres religiones del libro —el islam es la tercera en el grupo, la más joven de las tres—, religiones cuyos fundamentos están plasmados justamente en sendos libros sagrados: la Biblia, el Tanaj y el Corán. En nuestra cultura el libro es una cosa mística, es el símbolo de la sabiduría y lo es mucho más para quienes no lo leen, para los que solo ven lo simbólico de su existencia. Con la publicación de Sinceramente a mediados de 2019, Cristina Fernández supo perfectamente que en nuestra cultura eso es así y que, por lo tanto, el hecho literario iba a impactar fuerte en la opinión pública, catapultándola desde el llano al nivel suficiente de exposición mediática para patear el tablero y ganar las elecciones con su propia coalición. Macri, Vidal y Bullrich probablemente no hayan tenido en cuenta estas disquisiciones filosóficas e históricas, es más probable que frente al éxito del triunfo de Cristina Fernández sobre ellos mismos hayan optado simplemente por repetir la fórmula ganadora cuyo origen está en nuestra tradición cultural judeocristiana.

La Biblia, el Corán y el Tanaj, los libros sagrados de las “religiones del libro” o abrahámicas. El cristianismo y el judaísmo están en la base de la formación de la incipiente cultura argentina, razón por la que el libro es para nosotros un objeto que simboliza la sabiduría y la elevación.

Pero lo cierto es que ahí están, cada cual con su librito sagrado, tratando de ponerse en evidencia para movilizar otra vez a sus núcleos duros de simpatizantes. Los tres con la misma estrategia calcada y desde el llano, lo que en la práctica significa que ninguno de los tres tiene un cargo en el poder ejecutivo como para generar desde la iniciativa hechos políticos de gestión ni tiene la caja del dinero público para financiar sus campañas, ya sea con el reparto de contratos en el Estado o con dinero contante y sonante propiamente dicho, pauta publicitaria en los medios de difusión, etc. Como se suele decir vulgarmente en el léxico popular, Macri, Vidal y Bullrich están más en bolas que Tarzán a pesar de contar con el apoyo del poder fáctico de tipo económico en mayor o en menor medida. Los poderosos no van a invertir fuertemente en una interna, sino más bien quedarse en la expectativa de la resolución de la misma para, entonces sí, volcar en el ganador las inversiones del caso. Si Macri, Vidal y Bullrich quieren hacerse la guerra mutuamente, deberán aplicar recursos propios y, sobre todo, mucho ingenio.

De ahí sus anunciados lanzamientos literarios, una forma tanto de llegar a la exposición mediática suficiente como de recaudar cierta cantidad de dinero, con el que podrían financiarse en la lucha. El de Mauricio Macri es el mayor patrimonio de los tres y estaría teóricamente en una posición más cómoda respecto a sus dos contrincantes, ya que Patricia Bullrich es oligarca, pero no rica, mientras que María Eugenia Vidal es directamente plebeya, lo que se dice un piojo resucitado. Pero sin cuidado de estas especificidades patrimoniales que en realidad no mueven demasiado la aguja porque las campañas políticas grandes tienen un costo que no está al alcance del bolsillo particular de ningún dirigente político, estos tres generales cambiemitas luchan entre sí, es cierto, pero finalmente contra un rival mucho más poderoso que los tres combinados: el actual jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires Horacio Rodríguez Larreta.

El entorno plebeyo —de clase media— de María Eugenia Vidal, la que compite en inferioridad de condiciones frente a sus tres rivales en la interna de los cambiemitas. Además de no tener fortuna, Vidal tampoco tiene abolengo y esas son limitaciones a sus aspiraciones presidenciales. Vidal tendrá que vender el alma al diablo y tener además mucha suerte para imponerse en la interna.

Si el atento lector observa bien la situación, verá que entre estos cuatros favoritos de cara a la definición de quién tendrá la conducción en Juntos por el Cambio el único que no lanzó ningún libro ni tiene que generar hechos puramente culturales es precisamente Rodríguez Larreta, el gran oligarca que heredó de Macri el gobierno de la ciudad más rica de América hispana en el año 2015, cuando Macri fue elevado al lugar de presidente de la Nación. ¿Y por qué? ¿Por qué Rodríguez Larreta se deja “madrugar” por sus rivales en la interna cambiemita y no se hace escribir un librito para pasearse luego por los medios de comunicación hablando de su figura? Porque no lo necesita. Gracias a que Macri y Vidal fueron derrotados en las elecciones del año 2019, Rodríguez Larreta fue el único cambiemita con relevancia y proyección a nivel nacional que retuvo el poder político en el Estado al triunfar holgadamente y al renovar su mandato de jefe de gobierno —en rigor, de intendente municipal— en la Ciudad de Buenos Aires. Los rivales bajaron al llano y Rodríguez Larreta resistió al tsunami cristinista del Frente de Todos, se quedó con una caja multimillonaria y, fundamentalmente, con un cargo ejecutivo cuyo solo ejercicio alcanza para mantener su vigencia de candidato.

Eso es lo que ve actualmente en la polémica por la suspensión o no de la actividad de clases presenciales en las escuelas. Mientras Macri, Vidal, Bullrich y demás dirigentes cambiemitas se limitan a lo que pueden hacer al respecto, que es opinar en Twitter o hablar en los medios cuando a los medios les sirva darles el espacio, Rodríguez Larreta se pone al frente de la demanda de un sector de la sociedad, lo hace activamente, como le es propio al poder ejecutivo, metiéndose en el bolsillo a toda una minoría numerosa que en la controversia le exige al Estado el mantenimiento de la presencialidad en las escuelas. Y no se trata de nada despreciable: se habla aquí de una multitud de papás y mamás no solo en Capital Federal, sino en todo el país, que ya no saben cómo armonizar sus actividades cotidianas con el hecho de tener a sus hijos todo el día en casa. Para los sectores medios y populares de la sociedad, donde el salir todos los días a trabajar es la norma, la escuela significa mucho más que la educación de los hijos. La escuela es el lugar al que van los hijos cuando los padres se van al trabajo.

María Eugenia Vidal observa y sonríe mientras Mauricio Macri le pasa la posta en la Ciudad de Buenos Aires a Horacio Rodríguez Larreta. De aquella coyuntura triunfante, solo el último sobrevivió a la posterior avalancha kirchnerista que despojó al cambiemismo de los gobiernos en la Nación y en la provincia de Buenos Aires. Hoy Rodríguez Larreta es el único de los tres que tiene la palanca en el Estado, con todas las consecuencias del hecho a la vista.

Por más que lo disimulen con bellos discursos ideológicos acerca de la importancia de la educación de cara al futuro, de la presencialidad como esencial para la sociabilización de los niños, etc., en el fondo el problema es qué hacer con los hijos en una rutina más vieja que la propia sociedad. Rodríguez Larreta sabe que hay millones de papás y mamás deseando el sostenimiento del régimen presencial en las escuelas para poder retomar la normalidad de sus rutinas y por eso se pone al frente de la demanda, que es la demanda de muchos incluso entre los que votaron al Frente de Todos en las últimas elecciones. Aquí no hay ni podría haber por parte de Rodríguez Larreta ninguna convicción ideológica sobre la necesidad de clases presenciales, lo que hay es un cálculo frío e inteligente: una parte muy importante del electorado está incómoda con la suspensión de las clases presenciales y ve que todos los dirigentes políticos sostienen dicha suspensión priorizando la contingencia sanitaria. Entonces hay un espacio sin ocupar, el de la representación de los intereses de quienes consideran que la prioridad es otra. Rodríguez Larreta ocupa ese espacio vacío desde un lugar de gestión, desde una función que Macri, Bullrich y Vidal no pueden realizar, y hace un verdadero carnaval demagógico al volcar todos los recursos de la Ciudad de Buenos Aires a la pelea contra el gobierno nacional, los gremios docentes y todos los dirigentes que han optado por priorizar la contingencia sanitaria.

Con el aspecto del peronista

Además de tener lo que Mauricio Macri no tiene, que es la palanca de la gestión política en el Estado, Rodríguez Larreta es de una naturaleza muy distinta respecto a quien lo elevó al gobierno municipal en Capital Federal para asumir la presidencia de la Nación en 2015. Podría decirse que Rodríguez Larreta es superior a Macri tanto en capacidad de gestión como en la habilidad para la construcción política y hasta en materia de carisma. Y también en potencial dañino, por supuesto. Al ser superior a Macri en todos los aspectos, Rodríguez Larreta es perfectamente capaz de ejecutar la totalidad del proyecto político de la oligarquía a la que él mismo pertenece por los cuatro costados. Macri fracasó miserablemente en esa tarea, hizo un saqueo monumental y no pudo, sin embargo, modificar las estructuras del país en la forma deseada por la oligarquía. Profundizó casi todo lo que supuestamente había venido a alterar, fue incapaz de hacer la construcción política necesaria para sostenerse y fue barrido después de tan solo un mandato de cuatro años. Y además es vago, le tiene ojeriza al trabajo, indigna condición de la que el obsesivo Rodríguez Larreta está en las antípodas.

Es por eso que subestimar a Rodríguez Larreta viendo en su figura una continuidad de Mauricio Macri es un error gravísimo que podrá pagarse muy caro en el futuro. No corresponde ver en Rodríguez Larreta una suerte de porteño galerita, no hay nada de eso. En realidad, este oligarca puro con larguísimo abolengo —recuerde el atento lector que, aun en comparación, Macri es bastardo al mezclar la sangre azul de los Blanco Villegas con la de un inmigrante italiano contrabandista, para la oligarquía eso es un problema— es lo más parecido a un peronista que puede haber en lo que se refiere a la política de hacha y tiza que es la construcción territorial. Pese a su cuna oligárquica, Rodríguez Larreta es un hábil “populista” en el sentido planteado por Ernesto Laclau, a saberlo, el de articular con los distintos sectores de la sociedad, sobre todo en sus estratos más bajos. Rodríguez Larreta no duda en meterse en el barro, arremangarse y tejer con los liderazgos barriales, en dar la cara frente al vecino porteño de a pie.

Parodia militante sobre la proverbial vagancia de Mauricio Macri, un tipo muy poco adicto al trabajo y más bien amante del “dolce far niente”. La militancia kirchnerista se acostumbró a tener como rival a un hombre que duerme todo el día y aún no comprendió el peligro de un Rodríguez Larreta que es todo lo opuesto a eso.

No como Macri, como se ve, a quien sus subalternos debían despertar pasadas las doce del mediodía para que firmara desde la comodidad del despacho un documento o grabara un spot televisivo. Rodríguez Larreta está todo el día prendido a la rosca, operando en persona la ejecución del proyecto oligárquico que pretende representar a nivel nacional desde el 2023 en adelante. De no haber sido un gorila, Rodríguez Larreta habría estado en el peronismo como el pez en el agua, rosqueando todo el día en la política, respirando literalmente política y tejiendo acuerdos coyunturales por doquier, el modus operandi del peronista clásico. Es bueno recordar que grandes peronistas han sido hijos de la oligarquía, hasta en la familia de los Pinedo los hay porque el peronismo no excluye por portación de apellido. Ni ese impedimento habría tenido Rodríguez Larreta si por el acaso hubiera caído del lado opuesto de la grieta.

Pero cayó del lado gorila y eso es, un tremendo cuadro de la política y de la oligarquía como clase dominante regresiva en la Argentina. Rodríguez Larreta es ese atraso histórico de un país que nunca supo constituir una burguesía nacional y nacionalista como clase dominante. Y es un peligro doble, triple y cuádruple, puesto que a diferencia de los demás gorilas en su clase parasitaria, Rodríguez Larreta no duda en asumir la totalidad de la identidad de un peronista a la hora de hacer política, hace todo lo que un peronista hace y lo hace para llevar a cabo el proyecto radicalmente opuesto al peronismo. Su demagogia extrema en el caso de la polémica por las clases presenciales es el ejemplo de ello por antonomasia. Ahí se ve claramente cómo ese as de espadas de la fuerza brutal de la antipatria, en palabras de Eva Perón, es capaz de levantar o de bajar literalmente cualquier bandera con tal de triunfar.

No estamos frente a otro Mauricio Macri ni mucho menos, aquí lo que hay es otra cosa. Una cosa de distinta naturaleza, de un nivel superior de peligrosidad para los intereses permanentes del pueblo-nación argentino. El actual equivalente a Macri es Sergio Massa, es el mal disimulado bajo una fachada de alianzas que son una farsa y que, si llega a triunfar, hará muchísimo daño a la Argentina, no hay dudas de ello. Pero Rodríguez Larreta es aún más peligroso porque trabaja más, comete muchos menos errores y casi no se presta a la payasada tilinga como método para llamar la atención y mantener la vigencia, el método Macri. Rodríguez Larreta es serio, es seriamente peligroso para el pueblo-nación al venir con la totalidad del proyecto neocolonial bajo el brazo. Y cada vez que en una controversia sus detractores lo insultan y lo eligen para polarizar, están perdiendo de vista el hecho de que él allí está precisamente para eso, para posicionarse como antagonista y cosechar las voluntades disidentes, que son muchísimas.

De campaña rutinaria en el barrio. Horacio Rodríguez Larreta es un clásico “populista” que no hesita en dar la cara, desplegando por todo el territorio su aparato político para tejer alianzas con los sectores de la sociedad y sumar. El peligro en el triunfo de Rodríguez Larreta sobre sus rivales en la interna cambiemita es que podrá dotar al proyecto oligárquico de un dirigente que se arremanga y trabaja, un hueso durísimo de roer.

Los Macri, las Vidal y las Bullrich van a seguir presentando sus libros en la esperanza de que eso les alcance para hacerse de la conducción en Juntos por el Cambio, pero eso es muy difícil. El que tiene la capacidad de provocar hasta la locura con hechos políticos concretos de gestión al llamado kirchnerismo es Rodríguez Larreta, es el que tiene la palanca y la caja rebosante de una Ciudad decisiva. En esa provocación sistemática va a estar su posicionamiento como líder indiscutido del cambiemismo, pues la reacción natural a esa provocación resultará en que todos los demás comprendan que no es Macri, ni Vidal y mucho menos Bullrich, sino Horacio Rodríguez Larreta el referente del antikirchnerismo con la capacidad de ganar las elecciones y realizar el proyecto gorila. Como los aprendices de brujo, que evocan fuerzas para ellos desconocidas y luego son incapaces de controlarlas, quieren pavimentarle el camino a Rodríguez Larreta los que lo detestan y son a su vez detestados por un vasto sector de la sociedad. Al igual que con Macri en el 2015, pero en esta ocasión con consecuencias infinitamente más nefastas. El peligro es inminente.

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