En la mañana del domingo 25 de abril, entre la típica intrascendencia de la información dominical que existe más para llenar un espacio que para informar propiamente, en los medios se anunció el éxito en una misión que se quiere científica, pero responde a grandes intereses económicos: la cápsula Crew Dragon de SpaceX se había acoplado sin incidentes a la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), haciendo ingresar con seguridad a dicha estación una tercera tripulación como parte de un contrato multimillonario firmado entre la Agencia Espacial de Estados Unidos (NASA, también por sus siglas en inglés) y el famoso plutócrata Elon Musk. Avanzaba otro paso más la privatización del espacio exterior, un delirio que ni los profetas distópicos del siglo XX vieron venir.

Como de costumbre, la difusión de la noticia se hizo con la construcción de una narrativa plagada de tecnicismos e ilustrada por imágenes de la NASA, ambos elementos con la propiedad de causar fascinación entre los que aquí abajo miramos al espacio con curiosidad. Los tecnicismos le dan a cualquier noticia científica un aspecto casi místico, mientras las imágenes del espacio exterior convencen de la grandiosidad natural de la cosa, nos muestran algo que está muy por fuera del alcance de nuestra comprensión y que, no obstante, puede ser y es efectivamente explorado por el hombre. Tecnicismo científico e imagen controlada por la entidad que genera el hecho, he ahí en una síntesis todo lo que hay desde el punto de vista de los terráqueos en la carrera espacial desde que en aquel remoto año de 1957 los soviéticos pusieron en órbita el Sputnik 1, el primer satélite artificial. De allí en más el espacio exterior fue para el observador con los pies en la tierra un relato milagroso cuya culminación sería la llegada del hombre a la Luna en 1969 con Neil Armstrong y dos amigos suyos a bordo de la nave Apolo 11.

El plutócrata Elon Musk, Donald Trump y la nave espacial privada, todo en una misma imagen simbolizando un nuevo tiempo, pero con los métodos de siempre. La utilización de la ciencia y en particular de la carrera espacial es todo un clásico de la lucha por la acumulación de poder y Musk lo sabe.

Todo eso es enorme y aun fuera del contexto de la Guerra Fría en el que se generó sigue presentándose como un logro de la humanidad, el triunfo del hombre sobre la naturaleza hostil, etc. Todavía hoy, a más de tres décadas de la caída del Muro de Berlín que puso fin a la coyuntura mundial bipolar de lucha entre estadounidenses y soviéticos y a la propia modernidad industrial, la carrera espacial se usa como propaganda para convencer a las mayorías de algo. No es ya una cuestión geopolítica clásica entre dos potencias globales, por cierto, pero sigue alimentando la geopolítica en un contexto distinto, que es el de las corporaciones. En una palabra, la ciencia que antes fue un arma de guerra más bien fría en el concierto de las naciones ahora es un arma de guerra en manos de los que luchan contra las naciones, sin que la naturaleza de la cosa se vea modificada en absoluto. Antes, yanquis y soviéticos a ver quién hacía el cohete más largo, con más alcance; ahora las corporaciones del poder fáctico global entre sí y frente a los Estados con la misma finalidad.

Para los modestos objetivos filosóficos de este artículo, no obstante, esa rosca geopolítica está de más. De lo aquí se trata de observar es la forma en que la ciencia es utilizada para convencer políticamente a las mayorías de lo que fuere, ya sea de la factibilidad de viajes interestelares, de la conveniencia en el uso de un brebaje como medicamento o de lo que en un determinado le resulte interesante a quienes hacen ese uso. Sí, porque la difusión masiva del avance científico y tecnológico —por fuera de los círculos científicos, que es por donde naturalmente esa información se difunde— solo puede tener una finalidad política, económica. Desde las hermosas ilustraciones soviéticas representando a la heroica perrita Laika en el espacio exterior hasta las imágenes en alta definición del presente, en las que se ven sendos acoples entre cápsulas y estaciones espaciales, siempre se trató y se trata de un monumental proyecto de difusión, de la comunicación desde los pocos y hacia los muchos.

Brillante iconografía soviética para representar la carrera espacial, o los años dorados tanto del capitalismo occidental como del socialismo oriental en el marco de la Guerra Fría. Aquí, un tierno Yuri Gagarin sostiene a la perrita Laika, primer hombre y primer animal en la órbita de la Tierra.

El fin de esa comunicación y el cómo funciona son, o al menos deberían ser, materia de observación y debate. La manera en la que los avances científicos y tecnológicos se difunden hasta penetrar y sedimentar en la cultura de los pueblos, las finalidades últimas de todo el proceso, he ahí lo que es de suma importancia para el quehacer político en tanto y en cuanto resulta en una modificación de las subjetividades, que a su vez es esencial para todo cambio social. El reverso de cualquier trama siempre pasa por hacer caso omiso del contenido del mensaje públicamente difundido y por poner atención sobre cómo ese discurso se construye, la semántica, las motivaciones de quienes invierten todos los años miles de millones de dólares en esa construcción y en esa difusión a través del monstruoso aparato mediático universal existente. Es preguntarse sin prejuicios y sobre todo sin miedo a lo que veremos más adelante y es el hiriente mote de “conspiranoico” por qué en un proyecto científico y/o tecnológico el presupuesto para la comunicación es siempre muy superior al que se destina a la investigación y al desarrollo propiamente dichos.

Citius, altius, fortius

Es una crítica a la ciencia, por cierto, pero no al quehacer científico en sí, sino más bien al uso que hace el poder real de sus resultados en un mundo de mercantilización de todo, incluso de la propia ciencia. ¿Qué hay realmente detrás, por ejemplo, de las fantásticas imágenes de un acople entre una cápsula y una estación espacial? ¿Son legítimas todas las afirmaciones que se hacen tanto sobre eso como sobre el resto de las presentaciones de los pretendidos logros de la ciencia y la técnica o, en realidad, todo eso no es más que un engranaje en el fenomenal esquema publicitario cuyos fines son invisibles?

Otro sensacional lanzamiento en el Cosmódromo de Baikonur, la poderosa herencia soviética en las estepas de Kazajstán. De aquí partieron los cohetes que llevaron al espacio el triunfo soviético contra todas las probabilidades sobre los ricos estadounidenses. Pero el diablo tiene sus trucos y los Estados Unidos habrían de resultar vencedores, quizá con algo de trampa.

También del espacio —en un sentido muy figurado— viene el que quizá sea el mejor ejemplo para ilustrar toda esta hipótesis: el del ya mentado alunizaje del Apolo 11 en el año 1969. Un breve repaso por los datos de lo que quedó registrado oficialmente en la historia demostrará que el gobierno de los Estados Unidos invirtió en el mediano plazo mucho más en la publicidad del hecho científico y tecnológico de dicho alunizaje que en posibilitarlo, si es que efectivamente lo hizo. Eso significa que los yanquis gastaron más dinero dándole a conocer al mundo la pretendida hazaña de Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins a bordo de la nave Apolo 11, seguramente con la finalidad de imponerles a sus rivales soviéticos una derrota dura y definitiva. Para fines de la década de los años 1960 los estadounidenses se encontraban en un verdadero brete al haber sido derrotados por el enemigo ideológico que, para colmo de males, era económicamente muy inferior. Sin la abundancia de recursos que la NASA disponía para llevar a cabo su proyecto espacial, la Unión Soviética desde el cosmódromo de Baikonur en Kazajstán ya les había ganado a los Estados Unidos en 1957 con el primer satélite artificial (el Sputnik 1) y el primer ser vivo en órbita (la perrita Laika, a bordo de la nave Sputnik 2), para derrotarlos otras dos veces más, colocando al primer hombre (Yuri Gagarin con la Vostok 1) y la primera mujer en el espacio (Valentina Tereshkova, Vostok 6), respectivamente, en 1961 y 1963.

Cuatro hitos de la carrera espacial que en la época dejaban a los hombres de la NASA en una posición de extrema debilidad frente a la opinión pública mundial —y fundamentalmente frente al contribuyente yanqui, que con sus impuestos pagaba la fiesta—, quienes se preguntaban cómo era posible que los soviéticos derrotaran una y otra vez a los poderosos estadounidenses, siendo que todo el dinero lo tenían estos últimos. Esa era la narrativa de la época, quizá algo pueril para el gusto de los tiempos que corren, pero crucial en el contexto de la Guerra Fría. Y entonces los Estados Unidos tenían que jugar la carta del alunizaje, del hombre caminando sobre la Luna, para contrarrestar el efecto de los logros del socialismo soviético sobre el capitalismo occidental. De eso se trataba, de demostrarle al mundo la superioridad de uno u otro proyecto político en lo que se refiere a hacer más, llegar más lejos y conquistar. Otro tanto pasaba en paralelo con el deporte y siguió pasando hasta bien entrada la década de los 1990, más precisamente con los Juegos Olímpicos, pero era en la carrera espacial donde se había puesto el parámetro para definir quién era el mejor.

La imagen de la victoria de la Unión Soviética sobre los Estados Unidos en la semifinal olímpica del basquetbol de 1988, en Seúl. Además de derrotar a los yanquis en el deporte estadounidense por antonomasia, los soviéticos arrasaron con el medallero de los Juegos Olímpicos de aquel año, demostrando una salud que su sistema político ya no tenía: la URSS habría de desintegrarse antes del nuevo ciclo olímpico y ya llegaría representada por un nombre de fantasía provisorio a Barcelona en 1992.

Así los Estados Unidos se jugaron todas las fichas en la conquista de la Luna y el 20 de julio de 1969 el mundo se detuvo para ver cómo la nave Apolo 11 tocaba suelo lunar y descendían de ella, algunas horas después, ya al día siguiente en horarios terrícolas, Neil Armstrong y Buzz Aldrin plantando la bandera de los Estados Unidos en el satélite natural de nuestro planeta. Tamaña fue la potencia de la difusión del evento —con transmisiones en vivo, colores en la imagen, cosas novedosas, exclusivas y muy caras para la época— y con tanta fuerza penetró en la cultura global que el 20 de julio terminaría estableciéndose en países sin ninguna relación con la hazaña como el Día del amigo, una forma de simbolizar la unidad de lo humano alrededor de uno de sus logros capitales. He ahí lo esencial: la campaña publicitaria del alunizaje fue más grande que el propio alunizaje y los Estados Unidos como primera potencia mundial se beneficiaron de los frutos de esa campaña muchísimo más que de las consecuencias científicas del hecho. Infinitamente más.

La conquista de la fe

¿Y todo eso por qué, alrededor de qué cosa se construyó el relato épico más grande de la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética en representación de dos proyectos políticos antagónicos? Pues alrededor de un hecho cuya legitimidad es disputada. Empezando por los rusos, que son los herederos naturales de los soviéticos, aun al día de hoy existe una enorme cantidad de gente que cuestiona la autenticidad de las imágenes que el mundo entero vio en colores a partir del 20 de julio de 1969, esto es, gente afirmando con una catarata de argumentos que el supuesto alunizaje de la nave Apolo 11 fue una puesta en escena hecha en un estudio de cine, una obra maestra de Hollywood para darles a los estadounidenses un respiro en una carrera espacial que ellos, los yanquis, venían perdiendo por goleada a manos de los soviéticos.

“¿Qué hacemos con eso?”, se preguntará el atento lector. Y la respuesta es nada, literalmente nada se puede hacer con la controversia alrededor del real o supuesto alunizaje estadounidense de 1969. La verdadera utilidad de esa controversia para los fines aquí propuestos, que son los de entender la superioridad cualitativa de la narrativa sobre los hechos concretos, es la de comprender también que Nietzsche tenía la razón al ubicar la interpretación de los hechos en un lugar prioritario respecto a los hechos en sí mismos, o el poder de transformación de la realidad de la primera sin cuidado de la autenticidad de los últimos. Realmente importa poco si el alunizaje de 1969 fue real o si se lo escenificó para las cámaras en un estudio de Hollywood, lo importante es el impacto que significó eso en la cultura de la humanidad como un todo y, en consecuencia, en la política de época hasta los días de hoy.

De acuerdo con la narrativa disputada por los “conspiranoicos”, Neil Armstrong fue el primer hombre en poner los pies sobre la Luna. Al hacerlo, Armstrong diría frente al mundo entero que seguía la transmisión en directo del evento la siguiente frase: “Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad” (“That’s one small step for man, one giant leap for mankind”, en su inglés original). Allí los Estados Unidos “sociabilizaban” su hazaña y convencían a la opinión pública de una manera fulminante.

Es así cómo vamos acercándonos a la respuesta para el interrogante que nos ocupa desde el comienzo de este texto y es el siguiente: ¿Por qué la inversión en publicidad y en comunicación de un modo general es muy superior a la que se hace en la producción del hecho que luego se quiere comunicar? No trasciende ni podría trascender hasta tomar estado público, pero Elon Musk invierte mucho menos en el proyecto SpaceX que en “ensobrar” a dueños de medios de comunicación, periodistas y opinólogos en todo el mundo para que estos digan que SpaceX es la expresión del futuro de la humanidad. Entendámonos bien: desde el punto de vista de Elon Musk es absolutamente irrelevante el éxito de la ciencia en el proyecto, no hay nada allí para él. Lo único que le interesa es instalar en la opinión pública la idea de que SpaceX es eso mismo, es el avance científico y tecnológico de este tiempo y, en ese sentido, Elon Musk procede calcando tanto a estadounidenses como a soviéticos en lo que respecta a los fines. Acá se trata de ganar una guerra y la lucha no es en el espacio, el espacio es una entelequia. La lucha es aquí nomás.

De vuelta a los años de la Guerra Fría, es fácil hoy observar que la meta de los Estados Unidos y de la Unión Soviética con su carrera espacial se redujo siempre a incrementar su poder en la Tierra, no en la Luna y mucho menos en Marte, que es donde dice querer llegar el señor Musk con su revival de los años 1950, 1960 y 1970. Más allá de si se llega o no al espacio exterior, a la Luna, a Marte o a cualquier rincón de la galaxia, lo realmente importante es la fe de los terrícolas en eso. Así, pasamos de asociaciones necesarias del pasado a asociaciones necesarias del presente: “¿Cómo no creer que el sistema capitalista es superior al socialismo soviético, si los Estados Unidos pisaron la Luna?” sin escalas a “¿Cómo no creer que las criptomonedas promocionadas por Elon Musk son el futuro de la economía mundial, si ese mismo Elon Musk es capaz de pisar en Marte con su proyecto SpaceX?”. Todo es una cuestión de fe que conduce a asociaciones necesarias y la conquista, por lo tanto, no es la conquista del espacio: es la conquista de la fe.

Lo mismo ocurre con aquello que ya se había propuesto anteriormente como ejemplo en este texto, a saberlo, la lucha a brazo partido entre los Estados Unidos y la Unión Soviética por el primer puesto en el medallero olímpico. Es francamente delirante imaginarse a un Richard Nixon o a un Leonid Brézhnev sentados frente a un televisor en la Casa Blanca o en el Kremlin y haciendo fuerza por un deportista por puro amor al deporte. No hay nada de eso, los grandes dirigentes políticos no tienen tiempo para lo que no mueve la aguja en la lucha por el poder y su única pasión es esa misma. La pelea entre estadounidenses y soviéticos por las medallas de oro, que fue la constante entre los Juegos Olímpicos de Helsinki en 1952 y los de Barcelona en 1992 y solo terminó porque la Unión Soviética se desintegró, siempre fue otra manera de demostrar la superioridad de un proyecto político, de un sistema, sobre el otro. Los laureles son para los atletas y el poder, para los poderosos.

Los soviéticos quisieron maravillar al mundo con el oso Misha en los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980, pero el horno no estaba para bollos: los Estados Unidos y los países que le hacían entonces el seguidismo —Japón, Alemania, Canadá, Chile y Argentina entre ellos— boicotearon esos Juegos. En respuesta a eso, todos los países del Pacto de Varsovia menos Rumania boicotearían los Juegos Olímpicos de Los Ángeles cuatro años más tarde. Tiempos de guerra fría en todos los órdenes.

Las asociaciones necesarias de la época, impulsadas por una propaganda intensa por parte de ambos bandos, partían de la premisa de que el deporte es un fuerte indicador de desarrollo humano y concluían en que una potencia olímpica solo podía ser una potencia mundial en todos los demás sentidos, es decir, que en ese país laureado con decenas de medallas olímpicas de oro había un altísimo estándar de vida y eso solo podía deberse al triunfo del proyecto político subyacente en todo lo que respecta a la organización social. Puede ser cierta o no la asociación, sus premisas y conclusiones, es irrelevante para el caso. Y aunque otra vez se nos aparezca como pueril poner en discusión la calidad de un proyecto político según la performance de atletas, nadadores, gimnastas y demás deportistas olímpicos, la verdad es que eso fue verdad —valga la redundancia— entre los años 1950 y 1990 y vuelve a ser verdad hoy con la retomada de la tradición olímpica de la Unión Soviética por parte de China. Por primera vez en muchas ediciones, los Estados Unidos fueron superados en cantidad de medallas de oro y esa hazaña de los chinos en los Juegos Olímpicos de Beijing en 2008 fue presentada por los propios chinos como un signo de la superioridad de su proyecto político.

Funciona

La fe en el socialismo de características chinas, sucesora natural a la fe en el socialismo soviético del siglo XX. Nadie puede dudarlo, todos los indicios de que eso es así están a la vista en lo simbólico, en lo que se utiliza para motorizar esa fe y, a la vez, para dejar en evidencia que todo es una eterna lucha por el poder. La utilización de la ciencia, de la tecnología, del deporte y del hombre de un modo general para producir discursos que son metadiscursos cuyo objetivo central, finalmente, es la incrementación del poder de quien los hace. Ya sea en el uso geopolítico del alunizaje por parte de los Estados Unidos, en la promesa de llegar a Marte que hace Elon Musk o en las 55 medallas de oro obtenidas por la Unión Soviética en los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988 —en esa edición el segundo lugar del medallero quedó en manos de otro país del bloque socialista, la Alemania Oriental, quedando el capitalismo de los Estados Unidos reducido a un humillante tercer puesto—, hay siempre mucho más de propaganda en el discurso que de recuento de la realidad fáctica. Y eso es lo central de la cuestión.

Todo lo dicho hasta aquí, sin embargo, no deja de ser una preparación del terreno previa a la siembra, fundamentalmente porque el problema central de la manipulación de la opinión pública mediante la propaganda está en otra parte. No está realmente del todo mal que el hombre haga la asociación entre capacidad tecnológica, potencia olímpica o lo que fuere y éxito de un proyecto político. Al fin y al cabo, un modelo de organización social es una cosa compleja, tiene múltiples aspectos y es perfectamente posible que el desarrollo humano en términos de salud, educación y cultura en una sociedad se refleje en la capacidad de un país para producir cohetes espaciales o ganar medallas olímpicas, algo de eso hay. El problema es cuando la premisa inicial de la asociación que se propone como verdadera es falsa, es decir, cuando con un uso intensivo de la propaganda se hace creer, por ejemplo, que un sistema político es bueno por haber pisado la Luna, pero este último hecho no es cierto, es un factoide comunicacional y no un hecho.

La nadadora Kristin Otto, quien cosechó seis medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988. Otto ganó todas las competencias en las que participó y así colaboró para que su pequeño país socialista, la República Democrática Alemana (o Alemania Oriental), terminara como escolta de la Unión Soviética en el medallero, relegando a los Estados Unidos a un insólito y humillante tercer puesto. Este cénit del deporte en el socialismo, no obstante, fue inmediatamente anterior al colapso político del bloque soviético en el Este.

En líneas generales, el problema de la actualidad se asemeja mucho al del alunizaje de 1969 en el caso de que este no se haya producido, es una cuestión de movilizar la sociedad alrededor de una simulación, lo que en verdad sería trágico. ¿Qué pasaría si los postulados científicos actuales estuvieran manipulados por intereses económicos con el objetivo de comunicar lo que no es y beneficiarse alguien de las consecuencias? El ejemplo del alunizaje de 1969 —otra vez, en el caso supuesto de que los rusos tengan la razón y eso jamás haya tenido lugar más que en un set de película— nos ofrece la respuesta: no casualmente a partir de los años 1970 los Estados Unidos fueron consolidando su superioridad, lanzaron el neoliberalismo y sitiaron a la Unión Soviética hasta desintegrarla, todo con la venia de un mundo que había quedado convencido por el éxito rotundo de los yanquis en la carrera espacial. ¿Y si no fuera así? ¿Y si el alunizaje de 1969 fuera una puesta en escena? ¿Cómo hacer las asociaciones necesarias hasta concluir que el socialismo soviético era cualitativamente inferior al capitalismo occidental?

Por eso la veracidad de los hechos importa menos que su instalación con valor de verdad. Sin importar si el alunizaje fue real o no, el impacto de su anuncio fue central para el triunfo del proyecto político que lo había logrado o simulado, es decir, se produjeron modificaciones sociales muy profundas a partir de un hecho o una simulación, pero las modificaciones sí que son reales. La opinión pública a nivel mundial quedó convencida, se consolidó una tendencia hasta la formación de una hegemonía global y este es el mundo que tenemos hoy. Y todo lo que tuvieron que hacer los estadounidenses para lograrlo fue disponer de los recursos necesarios, pagarles a quienes forman la opinión de la mayoría y sentarse a ver pasar el féretro de su enemigo ideológico por la puerta de la casa, lo que ocurrió unos veinte años después de la hazaña, pretendida o real, de la nave Apolo 11.

Un nuevo proyecto político deberá imponerse sobre las cenizas del actual, pero ya llevando hasta sus últimas consecuencias las pretensiones de universalidad del capitalismo occidental posterior a la Guerra Fría. Lo que se quiere ahora es un solo modelo para todo el mundo, sin bloques regionales, cortinas de hierro ni excepciones. Esa será una profunda, muy profunda modificación social y solo podrá tener lugar a partir de un evento que movilice a la sociedad a nivel global, formando su opinión de un modo decisivo. Y dicho evento, a su vez, podrá ser real o simulado. Podrá ser una demostración de fuerza por parte del poder que pretende imponerse, una amenaza irresistible, un virus que se presente pandémico o lo que fuere, realmente no importa la naturaleza del evento. Lo único que importa es comunicarlo con la potencia de la verdad revelada, corrompiendo en el proceso a los que forman la opinión de las mayorías: periodistas, intelectuales, científicos. Si todos se ponen de acuerdo en que la Apolo 11 descendió sobre suelo lunar, entonces quedará toda la humanidad presa de la fascinación, nadie se atreverá a cuestionar. Y si aún así alguien se atreve, el problema del disenso podrá resolverse sin escándalos mediante la aplicación del hiriente mote de “conspiranoico”, el que será reproducido por aquellos a quienes la fe fue conquistada hasta acallar debidamente la voz disonante por humillación.

El encuentro del líder soviético Leonid Brézhnev y el presidente de los Estados Unidos Richard Nixon en 1973. En posesión del diario del lunes, sabemos hoy que al momento de tomarse esta imagen los días de Nixon y de la Unión Soviética como constitución política ya estaban contados. Nixon renunciaría meses después en el escándalo de espionaje político conocido como Watergate y la URSS transitaba ya un proceso de decadencia que habría de culminar menos de veinte años después.

Todavía hoy hay gente que se enoja muchísimo cuando se encuentra con la hipótesis de que el alunizaje fue una farsa, una puesta en escena hecha por los yanquis en un estudio de televisión para reproducir un hecho que no fue y para ganarles de mano a los soviéticos. Hay gente de a pie que reacciona violentamente contra los “conspiranoicos negacionistas” del alunizaje, como si fueran ellos mismos, los de a pie, parte de ese logro. Lo hacen propio, sienten que participaron colectivamente del proyecto de la NASA estadounidense, esa es la fuerza de la cultura, es la consecuencia de la penetración profunda de una idea en esa cultura: al presentar aquel alunizaje como “un gran salto para la humanidad”, en palabras textuales de Neil Armstrong, la negación del salto produce el rechazo de quienes sienten que saltaron cuando Armstrong saltó. Cuando una verdad es revelada y están de acuerdo en ella todos los que deben estarlo para que sea hegemónica, el “conspiranoico negacionista” es rápidamente reprimido por sus pares y el poder descansa tranquilo en la certeza de haber delegado esa represión en manos subalternas.

El atento lector puede irse a dormir esta noche bien tranquilo, en la seguridad de que es incapaz de saber lo que pasa a una cuadra de su casa de no mediar un tercero que le informe acerca de lo que pasa allí, lisa y llanamente porque el atento lector allí no está. Y sin embargo hay verdades que son certezas, aunque nadie las haya visto jamás, es la forma de cognoscibilidad que tenemos los hombres. Es el famoso “San Martín cruzó los Andes” (en camilla, a caballo, a lomo de mula) de Bartolomé Mitre, una proposición a todas luces verdadera que, no obstante, a Mitre nadie jamás le disputó. Mitre allí no estuvo y el atento lector tampoco, pero tenemos fe y ese es un lugar cómodo, por lo menos hasta que un Jan Hendrik Schön es descubierto tras haber publicado casi una veintena de artículos falsos en las más prestigiosas revistas científicas del mundo. El fraude de Schön no suponía un beneficio para el poder y finalmente Schön cayó, pero solo después de sostener prácticamente en soledad una farsa monumental durante cuatro años y de estar a punto de ganar el Premio Nobel de Física.

Haga el atento lector las asociaciones del caso, no es difícil ver de qué se trata. La Apolo 11 ha alunizado y los medios de comunicación de todo el mundo solo hablan de eso las 24 horas del día, con la potencia de la verdad revelada. Y el mundo va a cambiar en consecuencia y gracias a la capacidad extraordinaria de los conquistadores de la fe.

Este es un adelanto de la 39ª. edición de nuestra Revista Hegemonía. Para suscribirte, acceder a todos los contenidos de la actual edición y todas las anteriores, y apoyar La Batalla Cultural para que sigamos publicando en estos tiempos difíciles, hacé clic en el banner abajo y mirá el video explicativo.
Nosotros existimos porque vos existís.