Con la II Guerra Mundial prácticamente resuelta y el panorama de un mundo en reconstrucción por delante, se realizaba a mediados del año 1944 en una pequeña localidad del interior de los Estados Unidos una reunión cumbre entre los representantes de los países ganadores del gran conflicto bélico del siglo pasado y sus amigos. En el Hotel Mount Washington de New Hampshire los países aliados en la guerra establecieron —bajo la tutela y la dirección efectiva de los estadounidenses— las nuevas reglas para las relaciones de comercio y de finanzas que iban a ordenar de allí en más el mundo de la posguerra: los Acuerdos de Bretton Woods, cuyo brazo largo de sus consecuencias llega hasta los días de hoy. Entre lo acordado por los poderosos en esa reunión de tres semanas en el viejo y lujoso hotel estuvo la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI), o el inicio de un nuevo orden económico global.

Los Acuerdos de Bretton Woods efectivamente reconfiguran el planeta en una escala inimaginable hasta entonces y el FMI quizá sea el símbolo más visible y duradero, aunque normalmente incomprendido, de dicho reordenamiento. En los papeles, el FMI fue creado con la finalidad de brindar servicios financieros a los países miembros para que estos puedan afrontar las sucesivas crisis del sistema capitalista salvaguardando en todo momento sus estructuras económicas, es decir, como un fondo común al que todos aportan y cualquiera de los miembros podría acudir frente a la contingencia de una crisis. De hecho, siempre en teoría, el propósito declarado del FMI es el de otorgar préstamos a los países miembros que experimenten dificultades en su balanza de pagos y en esa declaración de principios que orienta o debería orientar su praxis, el FMI establece como aspiración el que todo país miembro que recurra al auxilio de este organismo multilateral sea capaz de pagar su deuda lo más pronto posible.

Vista actual del Hotel Mount Washington en Bretton Woods, New Hampshire, Estados Unidos. Aquí estuvieron reunidos durante tres semanas los delegados de los países ganadores en la II Guerra Mundial para definir el nuevo orden de la política económica para la posguerra. Uno de los resultados de esas deliberaciones fue la creación del Fondo Monetario Internacional.

Y es precisamente la idea de que el FMI aspira a que sus miembros paguen rápidamente el dinero recibido a modo de préstamo la que existe en el sentido común de los pueblos, el concepto de un FMI que presta y espera cobrar con módicos intereses el dinero prestado. La mentalidad del almacenero con la que todos venimos equipados de fábrica nos indica que el que presta dinero quiere cobrar, necesita cobrar o perderá el dinero que prestó. Así, en esa lógica elemental que está al alcance de cualquier inteligencia, el FMI existe como existe cualquier prestamista, con la finalidad de prestar y recuperar lo prestado en el plazo más corto posible con ciertos intereses. Eso es lo que afirma el FMI como principio y es lo que está instalado en la conciencia colectiva: el FMI es un financista como cualquier otro y además es comunitario, esto es, los países participantes aportan al socorro mutuo. Una verdadera maravilla de un mundo diseñado para la paz luego de dos guerras mundiales devastadoras.

Pero en la práctica no hay nada de eso. En los últimos días del mes de junio, los medios nacionales anunciaban que el FMI iba a repartir ingentes cantidades de dinero en concepto de auxilio financiero a los países frente al impacto de la pandemia del coronavirus. En total, el FMI tenía previsto el desembolso de 650 mil millones de dólares para atender las necesidades de sus países miembros y una pequeña parte de esa friolera —exactamente 4.300 millones de dólares— serían graciosamente destinados a la Argentina, justo el país que más dinero le debe al Fondo y justo el que viene dando todas las señales de que no sería capaz de honrar aquellos compromisos asumidos en el gobierno de Mauricio Macri, por los que el capital de la deuda externa del país con el FMI asciende hoy a escandalosos 44 mil millones de dólares.

Llueve sobre mojado, más préstamos al que ya está debiendo mucho y no sabe cómo va a pagar. Entonces el anuncio de un nuevo rescate —en esta ocasión con el pretexto de la pandemia, que no admite cuestionamientos— confundió a muchos, nadie supo muy bien si se trataba de una bocanada de aire fresco para festejar en un momento difícil o un incremento más del capital debido al que habrá que lamentar mañana. Es que, al fundarse sobre una declaración de principios hipócrita, el FMI confunde cada vez que aparece en el relato. ¿Son ayuda o son sabotaje sus intervenciones? ¿Es buena o es mala la noticia de que el FMI nos vuelve a prestar dinero?

John Maynard Keynes, aquí entre los delegados Stepanov de la Unión Soviética y Rybar de Yugoslavia, dos países que ya no existen y no obstante estuvieron entre los ganadores de la II Guerra Mundial. La propuesta de Keynes era la de crear una especie de banco universal con una moneda global y por eso Keynes fue derrotado por Harry Dexter White, quien traía entre manos la propuesta estadounidense para la creación del FMI tal y como lo conocemos hoy.

La respuesta está incluida en la premisa, más precisamente en la parte de la hipocresía sobre la que el FMI se funda y se sustenta. El FMI no es un prestamista como cualquier otro y mucho menos un organismo comunitario cuya finalidad real es la de salvar a sus socios en la hora más difícil, está muy lejos de ser lo que afirma en su declaración de principios. El FMI no existe para prestar dinero y cobrar, sino todo lo opuesto: el Fondo Monetario Internacional existe para prestar dinero y asegurarse de que sus deudores lo sean para siempre, es decir, que no le paguen jamás.

El de Bretton Woods es el secreto peor guardado de la historia, no es secreto en absoluto. El FMI es y siempre fue desde su fundación un vil instrumento de dominación imperial por el mecanismo del crédito. John Quincy Adams, uno de los primeros presidentes de los Estados Unidos en su etapa de liberación nacional, decía que hay dos maneras de conquistar y esclavizar una nación. La primera es la espada, la ocupación militar común y silvestre de la que todos los imperialismos de la historia se han servido. La segunda, mucho más sutil e incluso más barata, es la deuda. Todavía del lado colonial del mostrador, John Quincy Adams dejaba constancia de los métodos modernos de dominación, los que serían abundantemente explotados por los mismísimos Estados Unidos, sobre todo en el siglo XX a partir del fin de la II Guerra Mundial con la creación del FMI.

El FMI es la expresión mayor de la máxima de John Quincy Adams, es una forma de institucionalizar la dominación por deuda mediante el mejor truco del diablo, como diría Baudelaire. Nadie cree que el FMI presta dinero para que no le paguen, sería una cosa de locos y ese diablo no puede existir. Pero existe y es eso mismo, es una caja con muchos dólares que presta y no quiere cobrar el dinero prestado, hace de todo para no cobrar. Al fin y al cabo, el dinero es solo dinero y ellos mismos, los de la Reserva Federal de los Estados Unidos en control del FMI, lo imprimen. ¿Por qué los dueños de la tinta habrían de querer que les devuelvan papeles pintados por ellos mismos, si pueden pintar todos los papeles que les vengan en gana?

Un daguerrotipo de John Quincy Adams, el sexto presidente de los Estados Unidos. En la época de Quincy Adams —principios del siglo XIX— los Estados Unidos eran un país en proceso de liberación nacional y estaban aún bastante lejos de ser dominantes. Por eso el pensamiento de Quincy Adams y de todos los dirigentes estadounidenses de la época remontando hasta los “padres fundadores” expresa un profundo antiimperialismo: tenían en frente a nadie menos que los británicos, la potencia colonial del momento.

De ninguna manera, el FMI no existe para cobrar el dinero que presta, sino para no cobrarlo jamás y así hacerse con el control de la economía de los países deudores, o aquella dominación de la que hablaba John Quincy Adams en el siglo XIX. ¿Y para qué quiere eso? El atento lector con memoria a corto y mediano plazo no tendrá dificultades en recordar las exigencias del Fondo a países como el nuestro a partir de un acuerdo de endeudamiento. Apenas realiza el primer desembolso acordado y el dinero llega al banco central del país deudor, el FMI empieza a exigirle a este paquetes de leyes y reformas económicas, normalmente de austeridad, bajo el pretexto de garantizar un uso racional de los recursos hacia un superávit que le permita al deudor tener las cuentas en orden y poder así finalmente pagar lo que le debe justamente al FMI. Parecería ser lo más lógico que puede haber y, no obstante, es una monumental patraña.

En nombre de la austeridad y el superávit, de las cuentas en orden y el buen comportamiento, el FMI exige ajustes que siempre —siempre, no se conoce una sola excepción a esta regla— resultan en la retracción de la economía del país deudor y, en consecuencia, en una disminución de la recaudación fiscal al haber menor actividad económica. Como el resultado necesario de dicha retracción es más déficit y no el superávit que se anuncia hipócritamente como objetivo, justamente porque la actividad económica es cada vez menor cuando se ajusta y hay menos dinero en el bolsillo de quienes consumen, aparece otra vez el FMI exigiendo más ajuste fiscal, el que de nuevo resultará en caída en la actividad y en más déficit. Y así hasta el infinito. ¿Será posible que en casi ocho décadas de prestar y no cobrar los técnicos del Fondo Monetario Internacional no se hayan percatado de que el ajuste destruye la economía de los países deudores y así nunca nadie va a poder pagar lo que debe?

Esa es la cuestión, la explicación de por qué el FMI no quiere cobrar el dinero que presta y que el FMI, en realidad, no presta: invierte. Cuando un país se hunde en la espiral de deuda, ajuste, déficit, más deuda para cubrir el déficit y más ajuste exigido hasta la quiebra y el default, los países y las corporaciones que controlan el FMI tienen al fin luz verde para venir a cobrar con aquello que, de otro modo, tendrían que pagar carísimo: las riquezas reales del territorio. Ahí está la diferencia fundamental entre el dinero y la riqueza, allí donde el primero puede imprimirse y de hecho se imprime masivamente por los que pueden imponer el valor del papel pintado sobre todos los demás, pero la riqueza real no se consigue así. El acceso a los recursos naturales, al potencial productivo de alimentos y a los mercados consumidores en exclusividad para la constitución de cárteles y monopolios, he ahí lo que los dueños del FMI quieren cuando mandan un país a la quiebra con el instrumento de la deuda.

Portada del Diario Clarín del 17 de diciembre del año 2000, en la que se anuncia el blindaje resultante del acuerdo con el FMI. Esto habría de terminar en un verdadero desastre y casi exactamente un año más tarde, el 21 de diciembre del 2001, Fernando de la Rúa renunciaría a la presidencia de la Nación y se iría en helicóptero, dejando un tendal de destrucción y muertos que condicionaron para siempre a la Argentina. Siempre que el FMI aparece hay descalabro en el país.

Entonces el FMI no presta dinero, sino que hace una inversión y con esa inversión compra la soberanía de los países para entregársela a quienes controlan el organismo, que son las potencias occidentales lideradas por los Estados Unidos, la Reserva Federal de ese país y las corporaciones que se esconden detrás de esas banderas. El FMI “pierde” el dinero que prestó, no lo cobra en dólares contantes y sonantes, pero es que nunca quiso hacerlo en primer lugar. Lo que el poder que controla el FMI quiere son las riquezas de los países dichos “subdesarrollados”, no que les devuelvan los dólares que ellos mismos imprimen y que para ellos no tienen ningún valor real.

La deuda externa que la Argentina tiene con los muchachos de Bretton Woods no se puede pagar sin la recuperación de los fondos fugados, los que probablemente descansan ahora en paraísos fiscales y generan jugosos intereses para el que allí los depositó. Pero el FMI no quiere que esa recuperación se produzca y hará todo lo que esté a su alcance para que eso caiga en el olvido. Lo que el FMI quiere es seguir llevando a cabo el actual plan de ajuste con un Ministerio de Economía sumiso y copado por sus técnicos, quiere que el ajuste destruya el aparato productivo del país y que la Argentina quiebre de una manera definitiva en el mediano plazo, reconozca formalmente su incapacidad para pagar y acepte la tutela de las potencias y las corporaciones, del imperialismo actual de un modo general. Nos quieren esclavos, esclavos por deuda e insolvencia.

El diablo existe y su mejor truco es el hacernos creer lo contrario, hacernos creer que es cosa de conspiranoicos el pensar en la existencia de un plan cuyo objetivo es el saqueo, legalizado y legitimado, de nuestras riquezas reales. Para un país como el nuestro, aceptar el dinero de un préstamo del Fondo Monetario Internacional equivale a eso mismo, a vender el alma al diablo. Y el problema que tenemos hoy es que nuestra soberanía es inexistente, el FMI dirige nuestra economía y la dirige hacia la catástrofe mediante un ajuste que nunca va a tener fin. La deuda solo puede pagarse con el dinero que se fugó durante el gobierno de Mauricio Macri o no se puede pagar en absoluto, todos los anuncios de “acuerdo” con el Fondo son humo para ocultar la dura realidad de que pusieron los dos pies acá con la idea de no irse nunca más.


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