Por el éter radial de las ondas cortas viaja constantemente desde Miami hacia Cuba y hacia todo el mundo la propaganda ideológica de los llamados “gusanos”, o los disidentes cubanos exiliados en los Estados Unidos desde 1959 en adelante. El instrumento de esa propaganda perenne y virtualmente imposible de controlar es Radio Martí, un servicio de comunicación oficialmente financiado por el gobierno estadounidense desde que durante el gobierno de Ronald Reagan se creó una comisión presidencial para la radiodifusión hacia Cuba. No se trata de nada ilegal ni mucho menos clandestino, no es —como suele pensarse comúnmente en estas latitudes— la obra de un grupo de rebeldes escasamente organizados que transmite en secreto desde algún escondite en Little Havanna ni nada por el estilo. Radio Martí es un esfuerzo oficial de Washington con fines de desestabilización del régimen socialista nacido de aquella mítica revolución ocurrida a fines de los años 1950. Con los demócratas o con los republicanos sin distinción, Radio Martí ha estado en el aire todos los días, las 24 horas del día y hace ya casi cuatro décadas, haciendo con el dinero del contribuyente yanqui declamación ideológica para el consumo de gente en un país extranjero.

En los primeros días del mes de julio Radio Martí tuvo en esa guerra ideológica una importancia que no había tenido en décadas, concretamente desde el episodio que quedaría conocido como el “Maleconazo”, cuando en 1994 se produjeron las últimas protestas masivas en las calles de La Habana contra la revolución. Desde entonces Radio Martí ha tenido una existencia un poco boba, extraña situación que duraría hasta principios del año 2010. Promediaba entonces el primer gobierno de Barack Obama y el senador demócrata John Kerry, argumentando la inutilidad relativa de Radio Martí para quienes pagan impuestos en los Estados Unidos, recomendó su fusión con otro medio estatal, una forma sutil de empezar a desmantelar ese aparato propagandístico.

Panorama de los estudios de Radio y Televisión Martí, con sede en la ciudad de Miami. Desde aquí parte hace casi cuatro décadas el discurso contrarrevolucionario hacia Cuba en amplitud modulada, en ondas cortas y, más recientemente, en señal de televisión, aunque la recepción de esta última en la isla es un poco dificultosa.

Si bien las gestiones del senador Kerry finalmente no prosperaron, la decadencia de Radio Martí habría de acentuarse con la llegada de las conexiones de internet a Cuba. En los últimos tres o cuatro años, la radio de los “gusanos” apenas ha tenido una muy escasa audiencia entre los cubanos de Cuba a los que se dirige. La radio había quedado allí, podría decirse, meramente por inercia, en una situación de inminente caducidad que, no obstante, iba a cambiar súbitamente cuando frente a una nueva ola de protestas en la isla caribeña el gobierno revolucionario resolviera la limitación del servicio de internet como método para cortar los circuitos. De la noche a la mañana, Radio Martí volvió a ser el único enlace entre los cubanos disidentes que siguen en Cuba y sus amigos al otro lado del Estrecho de Florida.

Es así como esa minoría de quizá decenas de miles de cubanos disidentes desempolvó sus viejos receptores de ondas cortas para saber qué hacer en un momento que considera clave en la historia del país. Y a pesar de ello, aun recibiendo instrucciones constantes desde Miami, no es menos cierto que incluso en la opinión de los propios disidentes el método ya quedó anacrónico: en una perorata contrarrevolucionaria digna de los servicios de inteligencia que hace muchas décadas trabajan intensamente para destruir la revolución cubana, un ideólogo reconocía desde Miami en el aire de Radio Martí que “sin internet y fundamentalmente sin redes sociales va ser muy complicado”.

Del otro lado del mostrador, los jerarcas revolucionarios saben que muy poco y nada puede hacerse técnicamente para evitar que viajen las ondas de radio hasta los receptores en el país, aunque tampoco ignoran que Radio Martí ya no mueve el amperímetro. El gobierno de La Habana puede interrumpir y en efecto interrumpe rápidamente el servicio de internet en toda la isla al detectar movimientos de insurrección, a sabiendas de que dichos movimientos hoy por hoy se gestan y se organizan en las redes sociales. Tanto en la Florida como en Cuba han descubierto que la Guerra Fría terminó y reconocen que los tiempos cambian.

El senador demócrata John Kerry, junto a Raúl Castro en una visita a Cuba. El gobierno de Barack Obama fue el periodo de menos tensión entre cubanos y estadounidenses, lo que motivó la furia de los llamados “gusanos” de Miami y del establishment estadounidense de un modo general. Hubo avances hacia el establecimiento de cierta relación bilateral y señales políticas como la reapertura de la embajada de los Estados Unidos en La Habana o el intento por desmantelar Radio Martí. Con la llegada de Donald Trump todo volvió a la vieja normalidad, aunque la embajada allí quedó como un hermoso presente de griego. En primer plano y desenfocada en la imagen puede verse a la entonces primera dama estadounidense, Michelle Obama.

Veíamos anteriormente que Radio Martí es un instrumento para la declamación ideológica y poco más que eso, es el repetidor diario de un mismo discurso que, en la práctica, los cubanos disidentes ya conocen de memoria. Ni aún durante los sucesos del ya mentado “Maleconazo” la radio fue efectivamente útil para la organización de un movimiento insurgente en un territorio muy bien controlado como el de Cuba, siempre hizo falta algo más y eso serían las redes sociales. Si bien los cubanos en disidencia hoy se aferran otra vez a Radio Martí al verse privados de un servicio de internet que por otra parte es toda una novedad en la mayor de las Antillas —puede hablarse de un uso masivo de internet y redes sociales en Cuba recién desde el 2018—, ya se sabe que la radio es un esquema de comunicación vertical de uno a muchos y que eso no sirve para hacer lo que allí se quiere hacer: la organización de los muchos en forma horizontal.

Entonces la contrarrevolución en Cuba es típicamente un hecho de las redes sociales, es algo que no pudo haber pasado antes del advenimiento del uso masivo de internet. El carácter insular del territorio y la tremenda efectividad del gobierno cubano en todo lo que se refiere a cortar aquellos circuitos de movida insurgente aún en ciernes han sido factores suficientes para sostener la estabilidad política en las últimas seis décadas, prácticamente sin excepciones. Aún en los peores momentos como en el Éxodo de Mariel (1980), en el “Maleconazo” y en el Éxodo de los Balseros (1994), el gobierno revolucionario pudo sofocar rápidamente los focos de insurrección y estabilizarse sin mayores costos políticos. Radio Martí siempre estuvo allí (por lo menos desde 1985), los servicios de inteligencia estadounidenses siempre estuvieron allí y también los disidentes, sin que nada de eso fuera suficiente para desestabilizar el régimen socialista. El pueblo cubano supo y pudo transitar incluso el nefasto Período Especial resultante de la disolución de la Unión Soviética sin que estuviera realmente en peligro la estabilidad de la revolución.

¿Cuba libre?

Pero ahora parece que hay peligro real de una contrarrevolución a más de sesenta años del inicio del proceso. Por razones que el atento lector verá a continuación, por primera vez en seis décadas de revolución socialista parecen estar dadas las condiciones para que los disidentes, con el apoyo de las potencias occidentales encabezadas por los Estados Unidos, restauren su tan anhelado régimen liberal en Cuba.

En líneas muy generales, Cuba puede definirse como un país con economía planificada de tipo socialista que padece los efectos devastadores de un embargo económico permanente impuesto por Washington. Considerando que al empezar dicho embargo en 1960 el 70% de las importaciones y el 73% de las exportaciones de Cuba eran desde y hacia los Estados Unidos, al existir entre ambas naciones lazos históricos en la cercanía geográfica, resulta sencillo comprender la magnitud del descalabro económico y las penurias por las que atraviesa el pueblo cubano desde la disolución de la Unión Soviética y del bloque socialista en el Este. Embargados desde el vamos por sus socios naturales y sin el apoyo del socio ideológico soviético, los cubanos se encontraron en 1991 con un panorama desolador: el de la inviabilidad económica nacional.

“¡Viva Cuba!”, expresa el afiche propagandístico simbolizando en ruso la amistad entre cubanos y soviéticos, que quedó establecida a principios de los años 1960 y a poco de empezar a andar la revolución. El primer síntoma de esa alianza fue la Crisis de los Misiles que puso al vilo al mundo durante 14 días en la expectativa de una guerra nuclear.

Toda la pobreza material existente hoy en Cuba es el resultado de esa situación de embargo e inexistencia de un socio estratégico alternativo con la capacidad de romper la dependencia natural del Caribe para con los Estados Unidos. Más allá del griterío ideológico de derecha y de izquierda, esa es toda la realidad de una pequeña isla cuya escasez de recursos naturales es un hecho determinante. Si Cuba tiene embargadas las tres cuartas partes de su comercio exterior y por otro lado no recibe el apoyo decisivo de alguna otra potencia global como lo fue la Unión Soviética en su momento, eso significa en la práctica menos panes y menos peces para repartir entre los que están.

La pobreza en Cuba que se utiliza como argumento para hacer la contrarrevolución no es, por lo tanto, un asunto ideológico, sino político en un sentido económico. Sin la posibilidad de llevar a cabo relaciones comerciales normales con los Estados Unidos y a la vez sin contar con el apoyo alternativo de otra potencia mundial —China nunca ocupó realmente ese lugar con la intensidad y la generosidad que había tenido el Kremlin—, es una obviedad el que los cubanos en algún momento se lanzarían a protestar en las calles. No es que estén hartos del socialismo, como suelen decir los “gusanos” de Miami, los halcones liberales de Washington y sus repetidores en todo el mundo. Es que ya no quieren ser tan pobres.

Un ejemplo de ello habría que buscarlo no muy lejos, sino en un país geográficamente cercano a Cuba y con similares condiciones objetivas. Y allí tendrá el atento lector tres alternativas de lo que podría ser Cuba en la eventualidad de que caiga efectivamente la revolución socialista o en el ejercicio contrafáctico de que esta nunca hubiera tenido lugar: Puerto Rico, República Dominicana y Haití, tres territorios vecinos y además geográficamente parecidos a la mayor de las Antillas. Los tres son pobres y uno de ellos, Puerto Rico, ni siquiera es independiente. Entonces Cuba sin la revolución podría ser una dependencia colonial como Puerto Rico, un país independiente con mucha desigualdad como República Dominicana o un caos total como Haití, cualquiera de las tres opciones es perfectamente factible para Cuba porque se dan actualmente en lugares que son muy parecidos a Cuba, pero han tenido distintos desarrollos históricos desde fines del siglo XVIII al presente.

Fotografía de la revista estadounidense ‘Life’ de la noche cubana antes de la revolución. Con Fulgencio Batista, Cuba fue un centro de diversión y lujo para los turistas estadounidenses, quienes venían atraídos por los casinos, los hoteles, las drogas y la prostitución en la isla.

Esa es la obviedad ululante, aunque no lo es para todos. Existe una narrativa mágica según la que a la caída del socialismo Cuba sería de la noche a la mañana una nación próspera conservando su independencia, toda la pobreza dejaría de existir y los cubanos de Cuba podrían consumir todo lo que consumen los cubanos de Miami hoy. Los ideólogos de la contrarrevolución insisten en esa hipótesis delirante y no son pocos los que “agarran viaje”, es decir, optan por creer en semejante patraña. Pero no hay nada de eso. La hipotética caída del actual régimen socialista difícilmente podrá resultar en otra cosa que en un proceso de recolonización por parte de los Estados Unidos sin que nada de eso se traduzca —he aquí lo esencial— en una elevación sustancial en la calidad de vida de las mayorías populares en el país. De caer la revolución, Cuba puede ser como Puerto Rico, un “Estado asociado” con todas las obligaciones, muy pocos derechos y bastante pobreza. También puede ser como República Dominicana, puede conservar su independencia de un modo meramente simbólico y ver explotar la desigualdad hasta niveles de escándalo. Pero lo más probable es que sea como Haití, siendo sometido el pueblo cubano a un monumental saqueo y a la vendetta imperialista.

Debilidades

Ahora bien, veíamos anteriormente que a diferencia de lo ocurrido en otras situaciones de protestas masivas en el pasado esta vez existe la preocupación de que los contrarrevolucionarios puedan triunfar y poner un punto final a la revolución socialista de 1959. Esa preocupación se desprende de los términos del discurso oficial, el que intenta por primera vez contemporizar en algunos aspectos y hasta hacer concesiones para sostener el statu quo, un error estratégico que raramente suele dar buenos resultados. De hecho, durante el Éxodo de Mariel de 1980, Fidel Castro pudo sofocar la revuelta porque no hizo ninguna concesión a las protestas, sino que redobló la apuesta y abrió el puerto de Mariel para quienes quisieran abandonar el país e invitó a los disidentes a dirigirse a la embajada de Perú a solicitar allí asilo político. Con esas dos jugadas, Fidel generó una crisis de refugiados en Miami que le costó la reelección a Jimmy Carter e inundó los jardines de la embajada peruana con unos 10.000 cubanos, colapsando la capacidad diplomática de ese país. Eso fue suficiente para disuadir a los que agitaban para voltear desde afuera la revolución y calmó las aguas por un largo periodo.

Hoy, por el contrario, pese a la escalada discursiva de Miguel Díaz-Canel con la convocatoria a los militantes comunistas a reprimir cuerpo a cuerpo las protestas, la política del gobierno cubano tiende a conceder más aperturas. Ese hecho habla a las claras de una preocupación genuina acerca del futuro en el corto plazo. Al parecer, el Partido Comunista de Cuba teme por primera vez el éxito de la contrarrevolución. ¿Por qué? Porque, a simple vista, es evidente que se dan hoy unas condiciones que en el pasado jamás se dieron o por lo menos no con tanta coincidencia temporal. Lo que se ve es la formación de una tormenta perfecta, la combinación de factores económicos, políticos, tecnológicos, culturales y sociológicos que nunca existieron en el pasado.

Imagen icónica del episodio que quedó conocido como el Éxodo de Mariel, un periodo de inestabilidad política en Cuba previo al “Maleconazo” y la crisis de los balseros en 1994.

Para empezar, el más duro de los factores de incentivo a la sublevación: el aspecto económico de la cuestión. Desde la disolución de la Unión Soviética y del bloque socialista en el Este, Cuba viene subsistiendo a duras penas básicamente con dos fuentes de ingreso, que son las remesas de dinero por parte de los cubanos que se fueron a los Estados Unidos a sus familiares en la isla y el turismo. Según un cálculo modesto hecho por el Diario El País de España, dichas remesas ascendían en 2020 a unos 3.600 millones de dólares anuales, más que lo generado por la industria del turismo (unos 3.000 millones de dólares por año) y más que el conjunto de todas las exportaciones del país. No hay razones para sospechar que vaya a haber una merma considerable en las remesas de los migrantes desde los Estados Unidos, puesto que se trata de una actividad constante en tanto y en cuanto no exista un verdadero colapso de la economía estadounidense. Mientras los cubanos exiliados sigan teniendo trabajo allí, seguirán enviando esas pequeñas cantidades de dinero a sus familias en Cuba, las que combinadas representan para el país un ingreso de dólares frescos que son vitales.

El problema está más bien en el rubro del turismo, una industria que fue prácticamente desactivada de golpe al advenir la crisis del coronavirus a nivel global. Es de suponerse que se redujeron a cero los ingresos por el turismo en Cuba y entonces faltan allí esos 3.000 millones de dólares que antes solían ingresar al país anualmente. Ese es un quebranto importante para la economía nacional y solo puede traducirse en penurias para el pueblo, allí donde quedaron sin ocupación todos los que trabajan en el sector y, a la vez, quedó el Estado con menos recursos genuinos para atender las necesidades de siempre. Está claro que esas penurias son un poderoso factor de incentivo a la sublevación y es probable que muchos de los que hoy se lanzan a las calles lo hacen al ver disminuida su calidad de vida, la que por otra parte ya era bastante baja.

El segundo factor de inquietud social es político en un sentido más bien ideológico y de liderazgo moral. Este es el primer desafío a la revolución cubana luego del fallecimiento de su líder histórico, el comandante Fidel Castro. Y si bien en un primer momento la transición pareció ser muy tranquila y se creyó que Díaz-Canel iba a suplantar el liderazgo de Castro sin mayores problemas, existe la posibilidad de eso no sea así. No sería extraño que ante la ausencia del líder carismático que a su vez fue el hacedor de la revolución, los subalternos se encuentren espiritualmente liberados de la obligación y se animen a sublevarse. Eso es lo que la historia enseña, de hecho, que a la caída del liderazgo carismático se suceden grandes cambios sociales y entonces la ausencia del comandante Fidel Castro debería tener mucho impacto sobre la situación.

El turismo, sector esencial de la economía cubana después de la desintegración de la Unión Soviética. A raíz del coronavirus, la actividad turística en la isla se vio paralizada y eso impactó con la fuerza de un bombardeo en la sociedad generando la tensión social que hoy se ve en las calles.

El tercero de los factores es sociológico o generacional, allí donde casi todos los cubanos contemporáneos nacieron después de 1959 o eran demasiado jóvenes antes de la revolución para tener memoria de lo que había sido el país bajo la dictadura liberal y cipaya de Fulgencio Batista. Al no tener esa perspectiva histórica, es probable que muchos de ellos hayan incorporado elementos del discurso contrarrevolucionario, sobre todo la parte de la narrativa falsificada que da cuenta de un supuesto país idílico que la revolución habría venido a destruir. Es difícil explicarle a un joven en los días de hoy que en tiempos de sus abuelos Cuba no era más que un burdel de los Estados Unidos donde el juego, la droga y prostitución habían sido moneda corriente y que además de la pobreza hubo entonces una desigualdad galopante, un pueblo sin dignidad. El que no ha vivido tiempos difíciles tiende a ver difícil su propio tiempo y a no valorar los progresos alcanzados.

Además, los más jóvenes entre los nacidos después de la revolución de 1959 son los de la generación que conoció las redes sociales, conoció YouTube y allí pudo tener contacto con el nivel de consumo de otros jóvenes no solo en los Estados Unidos, sino en los demás países de la región. Y vieron con sus propios ojos, aunque solo en videos, las cosas a las que los cubanos no tienen acceso. Esa juventud ya no es tan tolerante a la austeridad del comunismo de guerra permanente y se pregunta por qué los cubanos no pueden tener lo que otros tienen, otra vez afectada por la pérdida de la perspectiva que es una característica del paso del tiempo y el recambio generacional. Así fue en el bloque socialista del Este, donde la juventud estuvo en la primera línea al caer el Muro de Berlín y también en la fulminante transición del socialismo al liberalismo en todos los países de la Cortina de Hierro y de la Unión Soviética.

La tecnología es el cuarto factor de incentivo a la sublevación y es la razón por la que aquí consideramos que esta es una contrarrevolución de redes sociales. Tras la apertura que en el año 2018 dotó a los cubanos de una modesta conexión a internet y el uso masivo de teléfonos celulares, empezó a haber en Cuba la comunicación horizontal en red por fuera de los circuitos del Partido Comunista. Antes de las redes sociales, el cubano se reunía con sus pares únicamente en el marco institucional de la política territorial o en otras instituciones (religiosas, deportivas, sociales, barriales, etc.), siempre bajo el atento control del Estado. Uno en Cuba podía perfectamente seguir la programación reaccionaria de los “gusanos” de Radio Martí en la intimidad del hogar y podía comulgar con esas ideas, pero no tenía dónde ni con quiénes poner en común esas ideas para organizarse con otros alrededor de ellas. Al advenir las redes sociales esa limitación dejó de existir y allí mismo se fueron formando los grupos que hoy hacen la agitación política en las calles.

Las actuales manifestaciones en Cuba, en las que se ven expresados dos de los principales factores de sublevación: el uso intensivo de teléfonos celulares con conexión a internet y la presencia de jóvenes menores de 30 años como inmensa mayoría.

Finalmente, juega a favor de la peligrosidad de la contrarrevolución de los días actuales un factor puramente cultural. Es harto conocido el hecho de que las sublevaciones a lo largo de la historia solo llegaron a triunfar al surgir en el horizonte simbólico de los contemporáneos una bandera común. El símbolo es el elemento de amalgama detrás del que se encolumnan todos, incluso aquellos que no saben muy bien por qué están marchando y lo hacen atraídos por el símbolo. Son abundantes los ejemplos históricos, en toda revolución y también en toda reacción ha habido el factor simbólico como base de la organización para la lucha. Y en el caso de la presente oleada contrarrevolucionaria ese símbolo de unidad es una pieza musical: la canción Patria y vida, cuyo video en las plataformas ha tenido millones de reproducciones y cuya letra se entona en las marchas de protesta.

He ahí un símbolo poderoso tanto por su ridícula sencillez de eslogan publicitario como por su aspecto sarcástico. “Patria y vida” es para los contrarrevolucionarios una respuesta al lema histórico de la revolución cubana de 1959, “Patria o muerte”. Es evidente que la cosa no resiste al más ligero análisis, puesto que la disyuntiva “Patria o muerte” hace referencia a la necesidad de una lucha por la liberación nacional y a la existencia de individuos dispuestos a llevar esa lucha hasta sus últimas consecuencias, no hay en ello ninguna apología a la muerte. Pero los símbolos son eso, son eslóganes de consumo veloz, son el fast-food de la cultura y no se requiere de mucha capacidad intelectual para adherir a la consigna propuesta. Hasta un idiota percibe que hay algo mágico en la expresión “Patria y vida” y es justamente por eso que este factor cultural mueve hoy la aguja en la correlación de fuerzas, dejando en evidencia el riesgo inminente de triunfo contrarrevolucionario.

La enmienda Platt

El asunto es que nada de lo anteriormente expuesto sería suficiente para llevar a cabo una contrarrevolución en un esquema tan rígido como el de Cuba si no hubiera por otra parte y en paralelo una presión foránea. Es cierto que hay gente disconforme en las calles y sería delirante suponer que todos ellos son agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) a sueldo de Washington. Y, no obstante, sí que hay agentes de la CIA en Cuba y hay mucha más injerencia de los Estados Unidos en los asuntos internos de ese país de lo que solemos suponer.

Eso es así porque los Estados Unidos llevan inscripta en su doctrina fundamental la convicción de que América es para los americanos, allí donde “americanos” es sinónimo exclusivo de “estadounidense”. En una palabra, los yanquis creen que todo el continente les pertenece desde Alaska a la Patagonia y que por ello tienen la obligación doctrinaria de meterse siempre donde no fueron invitados. A partir de la Doctrina Monroe la política exterior de los Estados Unidos fue mutando en el tiempo hacia la tendencia al imperialismo y al intervencionismo sobre las naciones independientes de América, entre las que está Cuba. En ese marco está la Enmienda Platt.

Caricatura alusiva a la Doctrina Monroe, o la idea de “América para los americanos” que está profundamente instalada en la conciencia de los estadounidenses. El problema en eso es qué cosa entienden ellos por “americanos”.

La famosa Enmienda Platt fue una ley promulgada por el Congreso de los Estados Unidos e impuesta por el chantaje militar a los cubanos en el año 1901. Para que Cuba la aceptara y la incorporara a su Constitución, los Estados Unidos la pusieron como condición para la desocupación del territorio cubano luego de la Guerra Hispano-estadounidense, en la que Cuba obtuvo su “independencia” respecto a España, pero solo entre muchas comillas. El caso es que la Enmienda Platt es un verdadero estatuto legal del coloniaje pues les garantizaba a los yanquis el derecho de intervenir militarmente en Cuba si a su juicio existiera un peligro para la vida, la propiedad y los intereses de los estadounidenses en la isla, pero también en la eventualidad de que —siempre en la opinión de los propios yanquis— hubiera una amenaza a las libertades individuales… ¡de los cubanos!

En ese acto los Estados Unidos normalizaron su rol de policía universal, definieron que los cubanos no eran capaces de gobernarse a sí mismos según sus propios criterios y sentaron las bases definitivas de la ideología por la que el gobierno de los Estados Unidos está autorizado a intervenir con las armas en un país independiente como si se tratara de parte de su territorio nacional. Claro que la Enmienda Platt era una burla a la dignidad de los cubanos y fue derogada en 1934, pero la idea quedó y esa es la razón por la que, por ejemplo, a los estadounidenses les parece absolutamente normal utilizar el dinero de los impuestos para mantener un aparato propagandístico como Radio Martí, cuyo mensaje no se dirige a los propios estadounidenses, sino a los cubanos. En el fondo, lo que está instalado en la conciencia de los yanquis es que Cuba pertenece a los Estados Unidos, lo que es el caso literal de Puerto Rico.

Eso explica buena parte de las hostilidades históricas que partieron de los Estados Unidos hacia Cuba desde el advenimiento de la revolución socialista: existe la idea de que ese proceso autónomo es una usurpación. Entonces el intento de invasión en la Bahía de los Cochinos y luego la Operación Mangosta, los innumerables atentados terroristas, el embargo y toda la agresión de un modo general desde 1959 a esta parte desde el punto de vista de los estadounidenses no es sino un esfuerzo sostenido por recuperar lo que a los Estados Unidos les pertenece. Para entender bien de qué se trata, el atento lector no necesita más que ponerse en el lugar del establishment yanqui y desde allí pensar en Puerto Rico. Así vistas las cosas, es fácil comprender qué es Cuba para el poder político y económico de los Estados Unidos.

Impactante imagen de los soldados revolucionarios ocupando el lobby del hotel Hilton de La Habana en pleno triunfo de la guerrilla con Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara a la cabeza. La reforma agraria y las nacionalizaciones que se siguieron a esto dejaron muy resentida a la oligarquía local, que se vio obligada a huir a los Estados Unidos dejando por el camino todo su patrimonio. En la eventualidad de una restauración, lo primero que se verá en Cuba será la presencia de esas familias patricias reclamando lo que en su opinión les pertenece. Y ese será un proceso muy doloroso.

Pero el mayor interés en la sumisión colonial de Cuba y su reducción al estatus de protectorado (de “Estado libre asociado”, por el eufemismo que se inventaron para disimular esa colonización) que tiene Puerto Rico hoy no está en las clases dominantes estadounidenses, sino en un sector de los “gusanos” de Miami que supo ser la oligarquía cipaya en Cuba antes de la revolución. Esas son las familias patricias que huyeron hacia los Estados Unidos al ser derrocado Fulgencio Batista y perdieron sus latifundios en la reforma agraria y/o su capital en las nacionalizaciones llevadas a cabo por Fidel Castro en los primeros meses de la revolución. En términos muy argentinos, esas familias oligárquicas supieron ser los personeros locales de la colonia a cambio de un estatus privilegiado sobre sus propios compatriotas y no solo fueron despojados del patrimonio que garantizaba ese estatus, sino que fueron obligados a huir y a reubicarse en un país que a priori no les reconoció los títulos de nobleza, aunque los recibió muy bien y les dio algunos privilegios.

Es por eso que la suma entre la convicción de los estadounidenses en que Cuba les pertenece y el resentimiento de los oligarcas exiliados está buena parte de la explicación para la animosidad que parte de Washington, pasa por Miami y estalla en La Habana cada vez que se dan protestas masivas en las calles. Todo ese poder está detrás de la agresión foránea a Cuba y se traduce en movidas de espías, atentados, sabotaje y boicot, embargo e incluso intentos mal disimulados de invasión militar, como sucedió en Bahía de los Cochinos. Los “gusanos” patricios de la vieja oligarquía apuestan por una restauración colonial para que un nuevo gobierno revierta la reforma agraria y las nacionalizaciones, restituyendo asimismo todo el patrimonio que esos oligarcas dejaron atrás al huir hacia Miami hace ya sesenta años.

Es evidente que existen en Cuba una oposición y gente que no está contenta, no hay unanimidad en ninguna parte. Nadie en su sano juicio va a negar que hay cubanos en Cuba —más allá de los cubanos en Miami— deseando terminar con la revolución y cambiar el paradigma. Solo un progresista delirante de pasillo universitario y de pañuelos tomar dirá que todos los que protestan están a sueldo de Washington, no es así. No es así y aun así hay de los que sí están a sueldo de Washington. Una cosa no quita la otra, ambas coexisten y están ambas agitando. Por lo tanto, lo que tampoco se puede negar frente a la evidencia es que hay injerencia estadounidense en esta conversación. Hay gente disconforme en Cuba y también hay participación de los servicios de inteligencia estadounidenses en la generación de una conmoción interna al estilo de la llamada Primavera Árabe, con finalidades destituyentes.

Tímida protesta frente a la sede de Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos contra el intento de invasión en Bahía de los Cochinos. Campanas de palo, por cierto: la derrota estadounidense se dio en el campo de batalla y la revolución cubana se consolidó con el triunfo.

El problema es que Cuba no es un asunto exclusivo de estadounidenses y cubanos. Ideológicamente, Cuba es en sí un símbolo para muchos y también para los argentinos, la tensión social en la mayor de las Antillas modifica la política en Argentina y muchos otros países. Aquí estamos muy ideologizados y divididos en una grieta muy profunda, donde cada cual mira el lado de la cuestión que sea más apetecible para su propio sesgo de confirmación ideológico: la mal llamada “derecha” dice que el pueblo cubano lucha por su libertad, mientras que la mal llamada “izquierda” solo ve injerencia de los Estados Unidos en los disturbios callejeros. Y ambos están equivocados al no ver toda la complejidad de un proceso histórico de seis décadas que modificó profundamente la política a nivel global.

Se le va a exigir a Alberto Fernández que tome partido por uno o por otro bando, aquí la cuestión se va a reducir a “defender los logros de la revolución” o “ponerse de parte de una dictadura” según quien lo mire desde su punto de vista ideológico. Y allí quedará otra vez Fernández atrapado en la contradicción de un Frente de Todos que es kirchnerista, pero también es massista y aun no puede definirse. Cuba es un enorme atolladero y arrastra en su torbellino incluso a los que a primera vista no tendrían nada que ver con el asunto, pero los de afuera deberíamos ser de palo. En un mundo ideal, los cubanos tendrían que resolver soberanamente sus asuntos nacionales sin la injerencia de nadie y sin que nadie se viese obligado a tomar partido en la cuestión. Eso no va a ser así. Todos están llamados a opinar y algunos a intervenir. Está por verse qué interés tendrán Rusia y China en el asunto, saber si estos están dispuestos a enfrentarse a los Estados Unidos a 90 millas de las costas de la Florida y dar el batacazo final o exponerse a una derrota que podría costarles muy caro.

La cuestión es compleja como el propio tablero de la geopolítica y en el mientras tanto se recomienda cautela. Existen más cosas entre Miami y La Habana de las que puede soñar nuestra vana filosofía.


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