No hay nada más difícil actualmente en la política que hablar de política. Esto, que parecería ser una paradoja y es más bien fáctico, es la comprensión definitiva de la llamada “doctrina del shock”, o el hecho de que siempre se impone en la agenda una contingencia o una declamación ideológica que justifica la suspensión del debate de fondo sobre la organización política de la sociedad. Ya no debatimos las alternativas en esa organización, sino muy puntuales polémicas sobre las que nos paramos de un lado y del otro en la grieta, defendiendo con pasión y sin pensarlo muy bien la postura de los dirigentes a los que asumimos como referentes. Y mientras tanto nadie discute lo que en verdad debería discutirse en política: el qué haremos con lo que hicieron de nosotros, como diría Sartre.

Entonces la política ya no es tal, es una rosca infinita en la que lo único que les interesa a los involucrados es tener la razón en cada tema de la agenda y ganarse en las próximas elecciones con ello la mayor cantidad de cargos y bancas para su parcialidad. Todo se reduce, como veíamos, a una cuestión de contingencias y declamaciones ideológicas cuando de las primeras no las hay. Pero siempre las hay: en la actualidad y desde principios del año pasado, esa contingencia es el coronavirus y esa declamación ideológica es la entelequia del bien común.

El coronavirus y el bien común, contingencia y declamación ideológica detrás de las que, utilizándolas como pretexto, se está llevando a cabo la redefinición de los aspectos esenciales de nuestra organización política en sociedad. En otras palabras, desde el poder se hace un uso del coronavirus y del “bien común” como consigna ideológica para hacer cosas que nada tienen que ver con el coronavirus y menos que menos con el bien común sin comillas, cosas que tienen que ver más bien con el orden político, económico y social en el sentido de modificarlo.

El coronavirus —o al menos la idea que se hace del problema en la cultura— es la contingencia que modifica profundamente el debate político en la actualidad hasta imposibilitarlo. Es virtualmente imposible hablar hoy de la organización política de la sociedad de cara al futuro sin caer en las limitaciones que el virus impone a nivel global. Y así, los vivos van avanzando con las alteraciones sobre el orden global cuyo resultado deseado es un mundo muy distinto al actual en la “pospandemia”. Las mayorías tienen miedo y duermen mientras las minorías hacen su negocio.

Entonces tiene lugar la paradoja, que es el resultado claro de un enorme proceso de ingeniería social. En cualquier espacio de debate, al intentar discutir esos cambios que se están implementando en segundo plano, detrás de las cortinas, inmediatamente aparecen de un lado y del otro de la grieta alrededor del coronavirus los que desvían la discusión desde la política hacia el pretexto, es decir, hacia cualquier parte. La ingeniería social es eso, es llenar la agenda pública con un asunto que arrastrará la atención de la opinión pública hacia un lugar de mucha distancia respecto a la política. Y por eso es imposible hoy hablar de política en el debate de la política.

El atento lector intenta hablar de política, de lo que va a determinar el nivel de vida propio y general, pero no puede hacerlo. Si intenta decir que hay algo pasando detrás de la cortina, es inmediatamente puesto en uno de los bandos de la grieta y descalificado. No participa en la grieta, no es pro ni anti lo que allí se esté debatiendo, pero será ubicado automáticamente, por ejemplo, en el lugar del “negacionista”, del que no está interesado en el bien común y del que atenta contra ese bien común. No importa lo diga. Si no dice lo que marca la agenda hegemónica, será rápidamente descalificado y el tema que propone caerá en el olvido.

El ejemplo por antonomasia de ello se dio en los primeros días de este mes de julio, cuando el presidente francés Emmanuel Macron pasó a la ofensiva anunciando que habrá serias restricciones a los derechos constitucionales de los franceses que no quieran recibir la vacuna experimental contra el coronavirus. Al hacer eso, Macron se metió de lleno en la grieta no solo de Francia, sino de prácticamente todos los países donde dicha grieta existe —que son todos, por supuesto, la ingeniería social es global—, posicionándose como personaje destacado en el debate público mundial. Ahora estamos todos a favor o en contra de Macron como extensión de los que estábamos a favor o en contra de la vacunación obligatoria. Macron hizo carne de esas ideas en el debate hegemónico y hoy las representa.

Protestas en Francia en las que el pueblo adivina los objetivos de Emmanuel Macron y los expresa caricaturizando al presidente francés como un déspota premoderno. Los franceses ya saben que Macron quiere llevar a cabo una reacción contra los principios revolucionarios fundamentales de la Francia moderna y en su intento de avanzar sobre derechos y garantías esenciales con el pretexto del “bien común” eso habría de quedar ampliamente corroborado.

Las consecuencias de eso en nuestro país fueron desopilantes. En primer lugar, Macron logró que lo abrazaran muchos de aquellos que ya lo habían señalado como el enemigo por sus políticas de ajuste neoliberal y su represión contra los chalecos amarillos, esa forma heterodoxa de organización para la lucha que el pueblo trabajador francés se inventó para luchar contra el ajuste. De la noche a la mañana, el todavía llamado kirchnerismo asumió a Emmanuel Macron como un referente propio a raíz de un acto de imposición que es autoritario, pero que se considera como conveniente para el bien común por parte de sus novísimos admiradores en el fan club argentino.

Es el milagro de la transformación en la política, donde puede pasar que un detractor como Alberto Fernández se convierta en aliado y un traidor como Sergio Massa pase a ser amigo si eso es conveniente para tener la razón en la contingencia. Si hay que ganar las elecciones, los malos se pueden volver buenos y los buenos, malos. Todo eso según lo que sea más conveniente para el logro del objetivo inmediato y, más importante, sin cuidado de las consecuencias a futuro. Lo desopilante aquí es que Macron, exempleado de la familia Rothschild y la propia expresión del mal, pasa de buenas a primeras a ser un referente porque en la opinión de quienes lo adoptan como tal tomó una decisión favorable al bien común. Solo por eso.

Como se ve, no es la primera vez que el kirchnerismo lo hace y tampoco es la primera vez en lo que va del año. Hace unas pocas semanas, en una movida demasiado imprudente, la dirigencia y buena parte de la militancia acrítica no dudó en lanzar al tapete la idea de un Joe Biden caracterizado como “Juan Domingo Biden”, es decir, la homologación de un turbio dirigente político estadounidense con la figura sagrada del máximo exponente del peronismo. Biden dio dos o tres declamaciones ideológicas —en las que además no cree y mucho menos piensa llevar a cabo, su plan de gobierno es el programa de las corporaciones— y eso fue suficiente para que esa parcialidad viera en él la reencarnación yanqui del General Perón. ¿Serán para ellos las también turbias Nancy Pelosi y Hillary Clinton, cuyas manos están manchadas en sangre, las homólogas de Eva Perón?

Los llamados chalecos amarillos conocen bien a Macron, lo han padecido largamente y no se equivocan: ven en él la figura de un psicópata. A ese siniestro personaje abrazaron muchos de los que aquí apoyaron la lucha de los trabajadores franceses contra el ajuste. Cosas del milagro de la reconversión.

Es posible. Lo imposible es saber lo que pasa por la cabeza del dirigente que lanza semejantes consignas y del militante que las reproduce. Lo cierto es que a partir del golpe a la mesa dado por Macron, la militancia otra vez no dudó en hacerlo propio y es así como estamos ante un “Juan Domingo Macron”, la adopción como referente propio del que probablemente sea la expresión más oscura del imperialismo occidental en la actualidad junto a Joe Biden, precisamente. Macron y Biden son el mal declarado, son la banca Rothschild, son el complejo industrial-militar, la especulación financiera global, la industria farmacéutica y todo aquello que el General Perón combatió en vida. Pero se convierten mágicamente en sus homólogos en un cambalache que pocas veces se ha visto en la historia de la política.

Olvidar las consecuencias

Pero nada es gratis y todo lo que se dice o se hace, se paga. La dirigencia está presionada por la “doctrina del shock” impuesta desde fuera y, por eso, la militancia está confundida, desorientada. Y así se cometen errores graves que deberán pagarse en el futuro. De ponerse al lado de delincuentes globales, globalistas y globalitarios como Joe Biden y Emmanuel Macron no se vuelve, como se usa decir en la jerga propia de la política. No se tienen en cuenta las consecuencias de lo que se hace o de lo que se dice, todo es al voleo y con una liviandad que un poco asusta. Pero las consecuencias van a estar.

Una de esas consecuencias es la inhabilitación futura para luchar contra el mal declarado cuando este se presente abiertamente, sin tapujos ni coartadas ideológicas impostadas. Si uno se hace la imagen de un “Juan Domingo Biden”, por ejemplo, queda imposibilitado de luchar cuando el Biden real lance una operación militar contra un país que se considera ideológicamente afín e incluso contra el propio. Si Biden es bueno por hablar de la “justicia social”, no podrá luego ser malo si avanza contra Cuba, Venezuela y Nicaragua con la finalidad declarada de llevar esa “justicia social” a esos países. Biden es Perón, lo han puesto en ese lugar como una chanza para decir en broma lo que se piensa en serio. Y Perón, como se sabe, está revestido del carácter de infalibilidad típico de los próceres.

La periodista canadiense Naomi Klein, autora de La doctrina del shock, libro en el que detalla la estrategia del poder para someter a las mayorías mediante la ocupación total de la agenda pública con sendas contingencias que impiden el debate político profundo al concentrar la atención en sucesivos problemas. La doctrina del shock se aplica en su plenitud con el coronavirus y es hoy imposible discutir la organización social y política sin que el problema del virus contamine el debate.

Lo mismo pasa en el caso de Emmanuel Macron. Si hoy Macron recibe el apoyo a imposiciones autoritarias sobre su pueblo, ¿qué podrán decir más tarde los que lo apoyan cuando esas imposiciones autoritarias caigan no sobre los franceses, sino sobre los argentinos? Es comprensible que esa adhesión esté fundamentada en lo que se considera el “bien común”, es decir, en lo que debe hacerse en la contingencia, pero precisamente ahí está el problema: ¿Quién define qué es el “bien común”?

En el terreno de la política, que está detrás de la contingencia y de las declamaciones ideológicas, lo que realmente quiere hacer y hace Macron es redefinir los límites del alcance del aparato represivo del Estado sobre los derechos y garantías esenciales históricamente establecidos por una revolución bien francesa: la revolución burguesa de 1789, en la que la burguesía revolucionaria destruyó el Estado autócrata de los déspotas y lo reemplazó por un Estado fundado, al menos en teoría, en la razón de la ley. Bien mirada la cosa, Macron puso en marcha una reacción contra esa revolución burguesa, sembró la semilla del Estado autocrático que la modernidad había desplazado a fines del siglo XVIII.

Esa reacción es la redefinición de los límites en nombre del bien común y así, en un acto, el Estado francés puede limitar los derechos y garantías establecidos en la Constitución moderna, puede relativizarlos siempre y cuando exista una contingencia de amenaza al bien común. Entonces la pregunta se reitera y sigue siendo la misma: ¿Quién define qué cosa es el “bien común”, esa contingencia que va a justificar la suspensión de los derechos y garantías que los propios franceses consideran sagrados al resultar de su revolución fundamental?

La república francesa tal y como la entienden los franceses no es otra cosa que esa revolución jacobina, es la Francia moderna que no quiere asemejarse en nada a la Francia premoderna, la de los reyes absolutos y la de “el Estado soy yo”. Macron hace la de Luis XIV y es por eso que los franceses están en las calles. Los van a calificar de “negacionistas”, de “antivacunas”, de no querer el bien común, los van a censurar en los medios y van a ocultar su existencia todo su posible, pero en el fondo lo que hay es eso. Ellos comprenden que hay una reacción en marcha.

La revolución burguesa de Francia desde 1789 en adelante, vulgarmente referida como “revolución francesa”. En esta revolución se sentaron las bases de la república francesa actual y también de la política de un modo general en todo Occidente y sus colonias. Estos son los valores que Emmanuel Macron pretende subvertir y de ahí la percepción de que se trata de un reaccionario premoderno.

Ahora bien, a partir de ello hay dos escenarios posibles. El primero es el triunfo de Emmanuel Macron en su reacción y el avance del Estado sobre los derechos y garantías de los franceses, cosa que va a impactar en todo Occidente y en sus colonias, entre las que estamos nosotros. Si Macron se sale con la suya y en nombre del bien común establece que el Estado puede usar su aparato represivo contra los franceses disidentes, la primera consecuencia es que eso queda como un precedente para futuros diferendos. Mañana, en poder de la potestad de definir qué es el “bien común” y de avanzar contra los que en su opinión lo amenazan, el Estado francés quedará legalmente habilitado, por ejemplo, para reprimir con la fuerza a los chalecos amarillos y básicamente a cualquier protesta social. Bastará con definir esas protestas como una amenaza al bien común y poco más que eso.

La segunda consecuencia es que eso va a desparramarse como reguero de pólvora por todo Occidente y por las semicolonias, esta parte del planeta tiende a imitar a los franceses en todo lo que tenga que ver con la política. Nuestro actual sistema de representación, nuestra Constitución, la división de poderes, el parlamento, las elecciones y todo el Estado de un modo general son un calco del modelo francés triunfante en la revolución de 1789. Hasta los conceptos de izquierda y derecha que son orientativos para la mayoría de la opinión pública aquí, en Paraguay, en Haití y fundamentalmente en los Estados Unidos, todo eso se ha calcado de Francia y de su revolución. Francia es eso, es un faro de ideas y si la idea de la reacción prende allí, es solo cuestión de días y semanas hasta que prenda en todas partes.

Está a la vista que el coronavirus y el bien común son coartadas, son los pretextos necesarios para hacer lo que se quiere hacer. Macron es, como veíamos, un exempleado de la familia Rothschild y es imposible no comprender que esa misma familia de oligarcas financieros fue la que lo puso a Macron donde está. ¿Para qué lo habrán puesto allí, si no es para desplegar en la política la agenda de los intereses de los Rothschild en un sentido de clase social? Lenin decía que el Estado es un arma de clase y no se equivocaba: si el Estado está en manos del pueblo, allí lo que va a desarrollarse es una democracia. ¿Pero qué pasa si el Estado cae en manos del 1% más rico y poderoso del planeta? ¿Sería lícito suponer el interés genuino de ese 1% en el bien común, que es el bienestar del 99% de los que no estamos sentados en su mesa?

El concepto republicano de la división de los poderes del Estado moderno en tres, la propia república, el parlamento, el sistema jurídico constitucional, la idea de un arco político de derecha a izquierda y mucho más, el enorme legado de la revolución burguesa de Francia al mundo. Francia es el faro ideológico occidental y si se da allí una restauración de los valores premodernos, es solo cuestión de poco tiempo hasta que eso salpique en muchos países del mundo, el nuestro incluido. Esa es la parte fundamental del plan de las élites globales, que quieren reinar absolutas por encima de los pueblos y con los Estados a modo de accesorio.

Las preguntas son evidentemente retóricas, no hay nada de eso. Macron no es Juan Domingo, no es ni podría ser la representación de los intereses de las mayorías trabajadoras, todo lo contrario. Macron es la más acabada expresión de los intereses de los ricos del mundo, los que provocaron la crisis del coronavirus o mínimamente están sacando tajada de ella para imponer a nivel global su cosmovisión absolutista. No es conveniente equivocarse, aquí está todo claro. La oligarquía global de los Rothschild y afines, a los que Macron representa en la lucha política, es la nueva monarquía premoderna y quiere restaurar ese mismo sistema autocrático en el que ellos serán absolutos. Ellos son la reacción.

Nada es gratis, ya lo sabemos. Y cada cual es responsable de lo que dice y de lo que calla, responsable de cómo se ata o desata las manos hoy de cara a lo que se viene. El mundo está en guerra hace rato, alguien quiere el poder absoluto para imponer un nuevo orden mundial en lo político, en lo económico y en lo social. Cada cual es responsable de negarle o de darle a ese alguien las herramientas que necesita para lograrlo en el mediano y en el largo plazo. Al fin y al cabo, todo se reduce a lo que en su momento supo decir Emiliano Zapata, ese gran revolucionario de nuestra América mestiza. El que quiera ser águila que vuele y el que quiera ser gusano que se arrastre, pero que no grite cuando lo pisen. Si hoy le damos la mano a Macron y legitimamos el avance del poder sobre la dignidad mínima de la modernidad, mañana no vamos a poder quejarnos de nada.

Hay que correr las cortinas de humo de la declamación ideológica y de la contingencia para volver a debatir la política, la propia definición de lo que será la vida en este mundo. Y no debemos ser amigos del mal, al mal hay que dar maldad.


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