Las recientes declaraciones del Dr. Pedro Cahn a los medios, en las que trata de despegarse del escándalo alrededor de las fiestas clandestinas de Alberto Fernández en Olivos, ponen en evidencia un problema gravísimo que el gobierno del Frente de Todos tendrá que enfrentar de aquí en más: hay una grave contradicción discursiva y eso hace peligrar la continuidad del gobierno o el sostenimiento de la narrativa sanitaria que ha sido la razón de ser del propio gobierno desde marzo del año pasado.

El escándalo aún está al rojo vivo y por eso no está del todo claro cuáles serán sus consecuencias en el mediano plazo, aunque esas consecuencias no se le escapan al ojo del observador que sabe proyectar. Más allá del terremoto político ocasionado por la aparición de fotos en las que se ve al presidente de la Nación celebrando con un grupo de amigos el cumpleaños de su mujer en plena etapa de aislamiento social obligatorio —medida de prevención contra el coronavirus decretada por el mismísimo presidente—, el escándalo tiende a forzar a los apoyadores del gobierno a optar en una encrucijada durísima. Y eso es lo que todavía no se ve.

Todo empieza por el principio de autoridad en la política, es decir, el por qué los más le hacen caso a uno o a los menos cuando estos dictan órdenes desde el Estado. No es difícil confundirse y pensar que un gobierno tiene autoridad simplemente porque ganó las elecciones, pero eso no funciona así en la práctica. Las elecciones son la consagración formal de una autoridad que se fundamenta en la credibilidad, las elecciones son solo la expresión visible y cuantitativa de esa credibilidad. Un presidente o un primer ministro en el Estado no tienen autoridad porque ganaron las elecciones, sino porque las mayorías creen en ellos y a partir de eso están dispuestas a seguir su liderazgo.

En una palabra, la autoridad no está en el cargo ocupado por un dirigente en el Estado tras haber sido electo para ello, sino en el liderazgo que ejerce ese dirigente. Sin ir mucho más lejos, existen países donde el líder de masas no ejerce ningún cargo formal en el Estado y de igual manera gobierna mediante otros personajes que sí tienen cargos, aunque los tengan únicamente para hacer aquello que ordena el líder real. Gobernar entonces es una cuestión de tener liderazgo político, de tener influencia sobre los gobernados.

Para salvarse del naufragio, el Dr. Pedro Cahn —aquí posando junto a su hijo y a la referente del macrismo Silvia Lospennato— salió a despegarse rápidamente con sus declaraciones. Y así hizo como otro Pedro, el más famoso de todos que según el relato bíblico negó a Cristo tres veces. Pedro Cahn es la narrativa sanitaria en la Argentina y, pase lo que pase en la política, debe salir ileso de cualquier controversia.

Y el liderazgo político es una cosa más bien moral, es decir, se es líder cuando moralmente se tiene el reconocimiento de dicho liderazgo entre los que serán liderados, nunca al revés. Un líder no es el que dice serlo, sino el que los demás reconocen como tal. Ese es el principio de autoridad moral que rige la política desde tiempos inmemoriales y que empezó a expresarse formalmente al advenir la modernidad con sus elecciones. Un líder existe, tiene un liderazgo moral reconocido por las mayorías y luego, en consecuencia, gana las elecciones para ejercer sobre la sociedad entera una autoridad que emana de la propia sociedad.

Con esa autoridad el líder hace cosas, lo que se llama un gobierno o políticas de Estado, un proyecto político que se ejecuta más o menos según el nivel de credibilidad en el liderazgo moral que haya en la cabeza del gobierno. Entre las cosas que hace el gobierno de Alberto Fernández hoy y desde hace ya un año y medio está la gestión del control del coronavirus caracterizado como pandemia: las medidas de restricción, la política sanitaria como un todo, las decisiones económicas condicionadas por la contingencia, etc. Todo eso se pudo hacer desde marzo del año pasado porque la ciudadanía “acompañó”, como suele decirse en la jerga política, porque las mayorías hicieron caso y acataron las duras medidas de restricción, draconianas en muchos casos, porque consideraron que la política sanitaria era adecuada y fundamentalmente porque aceptaron las decisiones económicas que se justificaban por la contingencia, que se caracteriza como extraordinaria.

Eso equivale a decir que la llamada “cuarentena” —la que en rigor es un aislamiento social con suspensión de la actividad humana considerada normal—, el párate económico derivado de ella y más tarde la vacunación masiva de personas fueron y son posibles si y tan solo si el que las ordena tiene autoridad para imponer todo eso. Si en la cabeza del Estado hay alguien sin autoridad, las mayorías hacen caso omiso de los decretos del gobierno y hacen básicamente lo que quieren, con lo que el proyecto político se destruye por inutilidad. Si al momento de decretar la “cuarentena” Alberto Fernández no hubiera tenido la suficiente autoridad para hacerlo, pues la “cuarentena” no hubiera existido en la práctica aun siendo Fernández el presidente de la Nación. Lo que habilita a Fernández a hacer todo lo que hace es la autoridad y no el cargo formal de presidente de la Nación.

Durante el largo periodo de aislamiento social obligatorio con suspensión de la actividad humana que dejó desiertas las calles, el presidente Alberto Fernández llevaba a cabo reuniones sociales en la Quinta de Olivos, o por lo menos eso es lo que se instaló como una verdad en la opinión pública. El descubrimiento del hecho es un golpe fatal a la autoridad moral de Fernández, quien estará de aquí en más muy complicado para lograr que la ciudadanía no haga caso omiso de sus decretos y decisiones. “Si el presidente no se guarda, ¿por qué tendría que guardarme yo a instancias del presidente?”, se preguntará el sentido común.

Todo eso es bastante viejo, es la primera naturaleza de la ciencia política que todo el mundo comprende y, no obstante, siempre es bueno repasarlo. Sobre todo ahora, cuando a raíz de un escándalo que resta credibilidad y pone en duda la autoridad presidencial algunas cuestiones empiezan a aparecer, como la siguiente: ¿Qué pasaría si en las próximas semanas fuera necesario imponer ciertas medidas restrictivas para mitigar el efecto del contagio del mal que se quiere enfrentar con la suspensión de la actividad humana? La cuestión es clara, se resume a preguntarse con qué cara podría presentarse Alberto Fernández frente a la sociedad para anunciar una nueva “cuarentena”, por ejemplo, luego de haber sido fotografiado violando la “cuarentena” que él mismo había decretado el año pasado.

Se derrumba entonces la autoridad moral de Alberto Fernández, la que ya venía un poco maltrecha frente al análisis de los resultados de su gestión de gobierno. Fernández ya venía tambaleante, con una agenda desconectada de los problemas reales de la sociedad argentina y en eso le cayó la bomba. Fernández hoy se enfrenta a un proceso electoral y a una crisis de autoridad que se asemeja a la que fulminó a Fernando de la Rúa en el año 2001. ¿Cómo hará Fernández para gobernar el coronavirus en circunstancias como esta? ¿Cómo hará para sostener la narrativa sanitaria, la que por otra parte es la columna vertebral de su propio gobierno?

Entonces está, desde el punto de vista del Frente de Todos, esta enorme encrucijada: ¿Sostener el gobierno de Alberto Fernández o sostener la narrativa sanitaria? Eso es muy difícil porque ya está visto que Alberto Fernández ya no puede sostener esa narrativa, ha perdido la autoridad para hacerlo, pero a la vez no puede simplemente dar un paso al costado y entregarle el gobierno a la oposición. Tampoco puede seguir siendo presidente omitiéndose del sostenimiento de la narrativa sanitaria, puesto que el gobierno se apoya sobre ella y prácticamente sobre nada más. Si Fernández no puede gobernar con esa narrativa, ¿con qué otra lo hará? Y si no lo hace él, ¿quién lo reemplazará en esa tarea?

La encrucijada está porque el Frente de Todos tiene actualmente tres intereses primarios: el primero es sostener el gobierno, evitar que caiga; el segundo es ganar las elecciones de este año, al menos en la provincia de Buenos Aires; y el tercero es llevar a cabo la agenda del coronavirus que se le ha encargado. Pero las tres cosas a la vez, por lo visto, no se pueden lograr. Si el gobierno sigue de pie, no tiene autoridad para gobernar la crisis del coronavirus y es probable que no pueda gobernar nada en absoluto. Pero si no sigue, se arriesga un gobierno propio en una sucesión que nadie sabe cómo va a terminar y que puede impactar sobre el Frente de Todos de modo fulminante.

Cristina Fernández y Sergio Massa son los que, al menos en teoría, están expectantes frente a la destrucción de la autoridad de Alberto Fernández, aunque la eventual sucesión anticipada de este difícilmente sería un proceso lineal. De no llegar Alberto Fernández al 10 de diciembre de este año para completar los dos años que marcan la mitad de su mandato, el sucesor interino se verá obligado por ley a convocar a nuevas elecciones en el corto plazo y eso sería una verdadera caja de Pandora en las actuales circunstancias.

Alguien dirá que la solución está a la vista: renuncia para Alberto Fernández y asunción interina de la vicepresidenta, Cristina Fernández, quien sí tendría la autoridad moral para asumir la gobernanza de la crisis al no arrastrar los problemas morales de Alberto Fernández, pero eso es una gran complicación en la práctica. Para empezar, si el presidente Fernández renunciara antes del 10 de diciembre, esto es, antes de completar la mitad de su mandato de cuatro años, el que asumiese la primera magistratura interinamente estaría obligado por ley a convocar a nuevas elecciones en el corto plazo, en los próximos noventa días. Como se ve, no solo se estaría cambiando abruptamente una elección legislativa por una elección presidencial anticipada, sino que habría un proceso electoral muy precipitado cuyo resultado es lógicamente impredecible. Es imposible saber quién ganaría esas elecciones anticipadas en un contexto de crisis total en todo sentido.

Todo dependería entonces de la habilidad de Cristina Fernández en caso de renuncia de Alberto Fernández. Ella tendría que pacificar la sociedad, gobernar el coronavirus y reactivar un poco la economía, todo eso en noventa días y al mismo tiempo. De no lograrlo, podría estar convocando a unas elecciones en las que triunfaría la oposición sin haber hecho nada para ganar, una oposición que hace menos de dos años dejaba un país destruido y una deuda monumental que nadie sabe cómo se va a pagar. La situación es delirante a punto tal que esa oposición podría ganar las elecciones sin merecerlo, habiendo sido artífice del desastre y sin haber trabajado políticamente por el triunfo, podría ganar simplemente por implosión del polo opuesto. Y eso es muy delirante.

Pero no solo eso, sino que además no existe en esta etapa de la democracia liberal argentina ningún antecedente de renuncia del titular que haya resultado en la asunción lineal del vicepresidente. La última vez que algo así pasó fue en el año 2001, pero al huir en helicóptero Fernando de la Rúa el vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez ya había renunciado hace mucho y no supimos entonces qué pasa con el vicepresidente cuando el titular renuncia. ¿Por qué esto podría ser problemático? Porque el titular y el vice son electos en la misma fórmula y no podría faltar la conspiración política para que ambos corran la misma suerte en caso de renuncia. En la práctica, el vicepresidente existe para reemplazar al titular en caso de ausencia, incapacidad o muerte y no en caso de renuncia, puesto que si un gobierno cae es esperable que caigan todos los dirigentes electos en la fórmula electoral que lo puso allí.

Fernando de la Rúa y Carlos “Chacho” Álvarez, en campaña para las elecciones del año 1999. La renuncia del presidente De la Rúa hubiera sido un antecedente para saber qué sucede con el vicepresidente en estas situaciones, pero no pudo ser: Álvarez ya había renunciado mucho antes de la caída delarruísta y la presidencia pasó de mano en mano hasta terminar en poder de Eduardo Duhalde, ya en el 2002.

Por lo tanto, más allá de los que están ansiosos por ver la asunción anticipada de Cristina Fernández, la renuncia del presidente Alberto Fernández es una caja de Pandora: uno puede abrirla, pero nunca saber de antemano qué cosas van a salir de ella. Esta es la encrucijada en la que se encuentra hoy el Frente de Todos, con un presidente que ha perdido toda la poca autoridad que aún tenía luego de una gestión fracasada tanto del coronavirus como de los demás aspectos económicos y sociales, con un proceso electoral en puertas y sin saber si se podría suplantar exitosamente a un presidente saliente sin que el poder en el Estado caiga en manos de la oposición o del mismísimo Sergio Massa, que está al acecho.

La renuncia de Alberto Fernández no parecería ser una buena opción para el sector kirchnerista del Frente de Todos, aunque la continuidad de Alberto Fernández se nos aparezca hoy como una imposibilidad práctica. El gobierno en su actual composición y con Alberto Fernández a la cabeza no puede dirigir el coronavirus sosteniendo la narrativa sanitaria, nadie podría aceptar la dirección moral de un presidente que violó el encierro anterior decretado por él mismo. Pero si cambia la composición actual del gobierno el resultado podría ser una crisis política terminal para el Frente de Todos. La encrucijada es tener que elegir entre conservar el poder en el Estado al menos hasta diciembre y luego plantear la sucesión o sostener la política sanitaria que es objeto del interés de muchos aquí y en el exterior.

Son dos mandatos que con Alberto Fernández a la cabeza no se pueden cumplir, se hace lo uno o se hace lo otro. Habrá que elegir y las declaraciones de Pedro Cahn indican la opción de un sector: la prioridad es la narrativa sanitaria y si Alberto Fernández no la puede sostener, entonces el sector interesado en sostenerla querrá su renuncia y su reemplazo por alguien que pueda. Lo que venga después de eso es meramente un problema político que solo le interesa al Frente de Todos, no a los allegados que se arrimaron luego de marzo del año pasado al advenir el coronavirus. Cada cual atiende su juego.


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