Terminaron el domingo 8 de agosto los Juegos Olímpicos de Tokio, los que debieron haberse realizado el año pasado y fueron, no obstante, postergados por el advenimiento del coronavirus. Tokio 2020 fue un evento extraño más allá de las muchas novedades tecnológicas introducidas por los japoneses y algunas novedades deportivas, con la inclusión de modalidades posmodernas cuya finalidad declarada fue hacer de los juegos olímpicos una cita más atractiva para los jóvenes, aunque desde luego se trata de hacerlos más mediáticos y rentables. También se inauguró el silencio, al disputarse en un país ya naturalmente muy silencioso las competencias sin el calor del público.

Pero hay ciertas cosas que nunca cambian cuando se trata de los juegos olímpicos en un sentido de evento ecuménico al que acuden las distintas naciones con objetivos muy claros. Más o menos desde que el barón Pierre de Coubertin se inspiró en la Grecia clásica para crear los juegos olímpicos modernos en 1896, el deporte ha sido un pretexto para que midan fuerzas las naciones entre sí en una suerte de guerra sin armas letales y sin muertos. Aunque los ideales del barón de Coubertin se hayan declamado con la nobleza del que pone la prioridad en la competencia por sí misma y no en el triunfo o en la derrota, con el tiempo toda esa mística fue dando lugar a una lucha geopolítica.

Esa lucha se expresa en el medallero, una cosa que oficialmente ni existe y aún así tiene una importancia descomunal para la política global. El Comité Olímpico Internacional (COI) es la criatura del barón de Coubertin, rige los juegos olímpicos y se encarga de realizarlos a cada olimpiada, que es como denominaban los griegos el periodo de tiempo de cuatro años entre juego y juego. Pero la Carta Olímpica —que sería algo así como la constitución del COI— establece sin ambages que “Los Juegos Olímpicos son competiciones entre atletas, en pruebas individuales o por equipos, y no entre países” y no reconoce nada que se le parezca a un medallero como el que todos conocemos.

Representación artística del barón Pierre de Coubertin y los anillos olímpicos, su creación. Con el lema “Citius, Altius, Fortius” (“más rápido, más alto, más fuerte), el barón de Coubertin llevó a cabo un esfuerzo monumental para rescatar los valores olímpicos clásicos hasta realizar los primeros juegos modernos en Atenas, 1896. Considerado un idealista por los franceses y honrado en todo el mundo, el barón de Coubertin fue en realidad un visionario y gran parte de lo que entendemos hoy por deporte se lo debemos a él y a su tenacidad.

En una palabra, para el COI la lucha encarnizada entre naciones por encabezar el medallero olímpico simplemente no existe, aunque en la práctica es una realidad. Al terminar cada edición de los juegos olímpicos, los países difunden sus logros en relación con los demás países y los presentan como evidencia de su propio desarrollo. ¿Por qué? En principio, porque en la modernidad del siglo XX en adelante el deporte se ha asociado con la calidad de la educación, de la alimentación y del desarrollo humano de un modo general. Y por eso se considera que gana más medallas o tiene más campeones olímpicos el país cuyos indicadores son los mejores en una relación proporcional con la cantidad de población de dicho país.

Eso se traduce en la idea central de que las potencias olímpicas son las potencias mundiales de hecho, o de que los países ricos tienen la capacidad de triunfar deportivamente al garantizarles a sus ciudadanos un alto nivel de vida y desarrollo humano. Claro que dicho razonamiento es lógico, no es una cosa arbitraria —las definiciones en la geopolítica no suelen serlo— la idea de que el medallero de los juegos olímpicos expresa cuantitativamente el poder de las naciones. Salvo algunas excepciones que veremos más adelante en este artículo, el orden en el medallero olímpico suele coincidir con el orden mundial del momento en el que un juego olímpico se realiza, con los más ricos y poderosos arriba y los más pobres abajo.

Y entonces el medallero olímpico es insumo para la propaganda nacional en el concierto de las naciones. Históricamente, los Estados Unidos son el país con más campeones olímpicos (1.061) y también el que más medallas tiene incluyendo las de plata y las de bronce (2.635), utilizadas para distinguir a los subcampeones y a los terceros mejores, respectivamente. Eso coincide justamente con el periodo de hegemonía global estadounidense, cuyo ascenso se da en los últimos años del siglo XIX al finalizar la Guerra hispano-estadounidense de 1898 con el triunfo arrasador de los yanquis sobre los españoles. Es allí donde los Estados Unidos le arrebatan a España los territorios de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam y declaran frente al mundo estar preparados para llevar a cabo su proyecto imperial.

Las medallas de plata, oro y bronce —en el orden de su presentación en la imagen— de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 que finalizaron el pasado domingo 8 de agosto con un año de retraso por el coronavirus. Si bien el Comité Olímpico Internacional distribuye medallas al campeón, al subcampeón y al tercero mejor en la competencia olímpica, no reconoce ningún medallero que suponga una competencia entre países. El espíritu de esa norma apuntaba a evitar la rivalidad entre naciones en un mundo ya demasiado tenso, pero fue simplemente ignorado por las propias naciones, las que utilizan el medallero olímpico con fines propagandísticos.

El siglo XX empieza con los Estados Unidos enterrando definitivamente al viejo imperio español y empezando su carrera hacia la hegemonía global, la que se fortaleció luego de la I Guerra Mundial y terminó de consolidarse tras la II Guerra Mundial. Los juegos olímpicos modernos empiezan casi simultáneamente a los hechos de la Guerra hispano-estadounidense (empiezan tímidos en 1896, dos años antes) y es natural, por lo tanto, que los Estados Unidos hayan dominado el medallero olímpico mientras dominaban el mundo entero de un modo no deportivo metafórico.

A lo largo de 125 años hasta la fecha se han realizado 30 ediciones de los juegos olímpicos a cada olimpiada de cuatro años, salvo en 1916, 1940 y 1944, cuando los juegos dieron lugar a la guerra de verdad: las dos guerras mundiales antes mentadas. Y en muchas de esas ediciones los Estados Unidos han liderado el medallero, algunas veces incluso holgadamente, aunque hay excepciones y estas nos cuentan mucho de la historia de la geopolítica en el siglo XX y en este primer cuarto del siglo XXI. La historia de los juegos olímpicos de la modernidad se yuxtapone a la historia moderna. Esta historia es digna de un libro, pero se sintetizará de aquí en más en este modesto artículo.

Paren los tiros

La crónica relata que en la Grecia antigua los juegos olímpicos tenían la potestad de suspender la mismísima guerra. En un larguísimo periodo de casi doce siglos entre los años 776 a. C. y 393 d. C., las ciudades-estado griegas llegaban a interrumpir sus conflictos bélicos para reunirse y dedicarse al culto del cuerpo. A cada olimpiada de cuatro años, se promulgaba la llamada “tregua olímpica”, los guerreros dejaban las armas y viajaban sin amenazas a Olimpia para los juegos. Esa es, sin lugar a dudas, una de las maravillas de la antigüedad, o la capacidad que al parecer tenían entonces para ponerse de acuerdo en algo por encima de las más insalvables diferencias.

Los juegos olímpicos de la antigüedad, una tradición de la Grecia clásica que existió durante casi doce siglos y fue rescatada en la modernidad por el barón de Coubertin. La competencia deportiva que tradicionalmente cierra los juegos olímpicos hasta los días de hoy es el maratón y es una carrera de 42.195 metros, distancia que habría entre Maratón y Atenas y que, según la leyenda, fue recorrida por el soldado griego Filípides en el año 490 a. C. Al parecer, Filípides murió después de correr esa distancia para darles a los atenienses la noticia del triunfo sobre el ejército persa. Esa es una parte del legado olímpico de los griegos que los modernos revivieron.

La modernidad nunca tuvo esa característica y pese a los esfuerzos denodados por parte del barón de Coubertin y luego de sus continuadores por sostener la tradición antigua, nadie acordó en suspender la guerra para hacer deporte. Como habíamos visto, fue más bien al revés y las ediciones de 1916, 1940 y 1944 fueron canceladas por las guerras mundiales y es justamente en el periodo posterior a esos conflictos bélicos donde lo olímpico aparece como continuación lógica de la guerra. Es a partir del fin de la II Guerra Mundial cuando los juegos olímpicos llegan a tener el carácter de lucha geopolítica que tuvieron hasta fines del siglo XX y que, de cierta manera, vuelven a tener hoy.

Puede decirse que los juegos olímpicos como juegos geopolíticos son una característica de la Guerra Fría que empezó al finalizar la II Guerra Mundial y al emerger de ella dos superpotencias globales: los Estados Unidos y la Unión Soviética. Al establecerse ese orden mundial bipolar y no existiendo ya la posibilidad de dirimir las cuestiones entre las superpotencias a los tiros —el advenimiento de la bomba atómica disuadió a esos guerreros de la guerra de trincheras—, la guerra pasó a ser una cosa más bien localizada y, por otra parte, una guerra de espías entre Occidente y Oriente. Entonces es a partir de los Juegos Olímpicos de Londres en 1948 por ser los primeros después de la II Guerra Mundial y más precisamente de los de Helsinki en 1952 —que es donde empiezan a participar los soviéticos— cuando los juegos olímpicos empiezan a ser un teatro de guerra sin guerra real.

En el último año de vida de Stalin y habiéndose estabilizado la Unión Soviética en la posguerra con cierta recuperación de la economía y el desarrollo de un arsenal nuclear propio para ponerle coto a la amenaza atómica estadounidense, los soviéticos participan por primera vez de los juegos olímpicos en Helsinki y ya en este debut declaran prácticamente su interés en disputarles a los Estados Unidos el primer puesto del medallero. La Unión Soviética ya estrena en 1952 con una gran delegación y se ubica en el segundo puesto del medallero, con 22 campeones olímpicos y 71 medallas en total, una performance impresionante y más aún si la comparamos a los 40 campeones y las 76 medallas en total que lograron los Estados Unidos ese año. Bien mirada la cosa, los soviéticos ya de entrada anunciaban que a partir de Helsinki iba a expresarse la Guerra Fría en el medallero olímpico y que la hegemonía estadounidense iba a empezar a peligrar.

Poster propagandístico de anuncio de los Juegos Olímpicos de 1940, que debieron realizarse en Helsinki, Finlandia, pero fueron cancelados tras el estallido de la II Guerra Mundial. Por desgracia, algunas tradiciones antiguas no fueron reivindicadas por la modernidad, como la de suspender los conflictos bélicos para la realización de los juegos olímpicos.

De hecho, en los años subsiguientes la Unión Soviética incrementó notablemente su inversión en desarrollo humano y ya para los Juegos Olímpicos de Melbourne en 1956, tan solo cuatro años después de su debut, dio el batacazo y le impuso a los Estados Unidos una humillante derrota en el medallero. La URSS tuvo en Melbourne 37 campeones olímpicos y 98 medallas en total, contra los 32 campeones y las 74 medallas totales de los yanquis. Así fue cómo los Estados Unidos con casi sesenta años de tradición olímpica fueron derrotados por un rival que apenas iba por su segunda participación y que, además, era económicamente muy inferior. Los soviéticos habían descubierto un campo en el que podían derrotar a sus enemigos ideológicos de Occidente muchos años antes de derrotarlos también en la carrera espacial y en otros ámbitos.

La historia se repitió cuatro años más tarde, en los Juegos de Roma 1960. Aquí los soviéticos ampliaron la brecha respecto a los yanquis con la impresionante cantidad de 43 campeones olímpicos y 103 medallas en total, contra 34 campeones y 71 medallas en total de sus rivales históricos. Evidentemente eso hizo prender todas las alarmas en los Estados Unidos, no era conveniente para la propaganda ideológica del capitalismo occidental que unos comunistas económica y hasta demográficamente inferiores le propinaran a la primera potencia global aquellas palizas deportivas cada cuatro años, algo andaba mal con el deporte estadounidense y eso iba a ser presentado como una falencia del sistema político y económico del liberalismo en Occidente. Era preciso reaccionar.

Para los Juegos Olímpicos de Tokio en 1964 los Estados Unidos hicieron un esfuerzo monumental para recuperar el liderazgo en el medallero y lo lograron, aunque por escaso margen y en medio a una polémica, la que vendría a ser muy actual en nuestro siglo XXI: ¿Cómo determinar las posiciones finales en un medallero olímpico? ¿Por cantidad de medallas de oro o por cantidad de medallas totales? Los Estados Unidos terminaron arriba en la clasificación con 36 doradas, 26 plateadas y 28 de bronce, lo que totalizaba 90 medallas de los tres colores. Y aquí empieza el lío, porque la Unión Soviética volvió al lugar de escolta que había ocupado en su debut, ahora con 30 medallas de oro, 31 de plata y 35 de bronce, totalizando las 96 que pondrían a los soviéticos en la cima de la clasificación si esta fuera por total de medallas y no por campeones olímpicos. Si el medallero olímpico es una cosa informal, ¿quién determina la forma de ordenarlo? La naturaleza de la polémica está precisamente en que no existe una autoridad capaz de hacerlo y entonces cada cual presenta la clasificación final de los juegos olímpicos como mejor le convenga en el momento.

Las gimnastas soviéticas, leyendas de la tradición olímpica. Mientras existió y tuvo la decisión de participar en los juegos olímpicos, la Unión Soviética siempre fue protagonista y lo siguió siendo aun tiempo después de haberse disuelto como unidad política. Por lo general, la URSS siempre arrasó con el medallero y es la potencia olímpica histórica por antonomasia, aunque los Estados Unidos tengan más medallas.

Los Juegos de Tokio en 1964 marcaron también la novedad del ascenso de los países de la llamada “Cortina de Hierro”, esto es, de las naciones socialistas de Europa oriental que servían de cordón sanitario para la URSS contra Occidente. Hungría (6º. en la clasificación general con impresionantes 10 medallas de oro, 22 en total), Polonia (7º.), Checoslovaquia (9º.), Bulgaria (11º.), Rumania (14º.) y Yugoslavia (19º.), todos países socialistas de la zona de influencia de la URSS, todos con economías muy pequeñas y todos con al menos dos campeones olímpicos y cinco medallas en total, que fue lo obtenido por los yugoslavos. También aparecía la que en el futuro llegaría a ser una verdadera potencia olímpica en total desproporción con sus indicadores económicos y demográficos: Cuba, a poco de andar su revolución y también socialista amiga de los soviéticos, se llevó de Tokio una solitaria medallita de plata.

Los Estados Unidos iban a sostener el liderazgo en los Juegos Olímpicos de México 1968, pero una nueva pesadilla se les iba a empezar a aparecer en el horizonte. Otro país socialista y económicamente muy pequeño debutaba y arrebataba de entrada un 5º. puesto en la clasificación general: Alemania Oriental, con 9 medallas de oro, 9 de plata y 7 de bronce, totalizando insólitas 21 medallas para este pequeño país. Quedaba configurado en México 1968 el bloque socialista oriental como una potencia olímpica combinada, una mala noticia para los propagandistas del régimen liberal y capitalista de Occidente. El detalle es que Alemania Occidental, un país mucho más rico, fuertemente apoyado por los Estados Unidos en el marco de la Guerra Fría y capitalista por antonomasia no pudo lograr más que un modesto 8º. puesto en la clasificación, por debajo de los alemanes supuestamente más pobres de Oriente.

Más política y más guerra

Los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 —realizados en Alemania Occidental, como se ve— pondría a los socialistas en el cénit de su epopeya olímpica a expensas de los países capitalistas. La Unión Soviética volvió a derrotar a los Estados Unidos y otra vez por paliza. Con 50 campeones olímpicos contra tan solo 33 de los yanquis, los soviéticos festejaban al otro lado del muro de Berlín, pero no lo hacían solos. Alemania Oriental dio un salto de calidad y se ubicó esta vez en el tercer puesto del medallero con 20 campeones olímpicos y 66 medallas en total, muy por encima de sus hermanos más ricos y dueños de casa, los de Alemania Occidental, quienes solo lograron 13 oros y 40 medallas en total. Este medallero es el que mejor expresa la Guerra Fría de esos tiempos, ubicando a la URSS y a los Estados Unidos en los dos primeros puestos de la tabla y a sus dos satélites resultantes de la partición de Alemania en el tercero y en el cuarto lugares. Los cuatro protagonistas de la época intercalados, con buena ventaja para el socialismo oriental en todos los aspectos.

Pese a contar con el múltiple campeón de la natación Mark Spitz en sus filas, ganador de siete medallas de oro en Múnich 1972, los Estados Unidos fueron igualmente derrotados en esos juegos olímpicos por la Unión Soviética. Por su parte, con sus 9 medallas de oro, 1 de plata y 1 de bronce en México 1968 y en Múnich 1972, Spitz fue la figura excluyente de la historia de la natación en los Estados Unidos hasta la llegada de Michael Phelps, quien en cuatro ediciones olímpicas ganó solito 23 medallas de oro, más que la Argentina en toda su historia.

Peores noticias habría para la propaganda liberal de Occidente al dar Cuba un enorme salto de calidad en estos Juegos, finalizando en un sensacional 14º. puesto en la general con 3 medallas de oro, 1 de plata y 4 de bronce, un total de 8 medallas olímpicas para un país socialista ubicado a 90 millas de las costas estadounidenses que entonces no tenía más que unos pocos millones de habitantes y que, además, había sido el escenario de la crisis de los misiles nucleares tan solo diez años antes. ¿Cómo se leyó eso entonces? Pues exactamente como se lee ahora: como la confirmación de que el socialismo era un sistema cualitativamente muy superior al capitalismo en todo lo que se refería al nivel de desarrollo humano. ¿Cómo no lo iban a presentar así, si para argumentarlo la Unión Soviética derrotaba a los Estados Unidos, los alemanes del Este derrotaban a los alemanes del Oeste en su propia casa y Cuba, con poco y nada, figuraba ya en la clase media siendo muy pequeño? No hay otra forma de interpretarlo y menos que menos la había en 1972, cuando la propaganda ideológica estaba a la orden del día.

Los Juegos de Múnich iban a quedar signados por el retorno de la guerra no metafórica como continuación de la política, esta vez en la forma de terrorismo. Seis días antes de finalizar la competencia, el grupo Septiembre Negro tomó como rehenes y ejecutó a once atletas del equipo israelí en la villa olímpica. El objetivo de los militantes de esta facción de la Organización para la Liberación de Palestina era la libertad de 234 presos palestinos de las cárceles de Israel, pero el resultado fue nefasto: cinco de los ocho miembros del grupo fueron abatidos por la policía alemana, los otros tres fueron detenidos y los autores intelectuales de este episodio que quedaría conocido como la Masacre de Múnich fueron alcanzados más tarde por la venganza ejecutada por el Estado de Israel. Quedaba grabada en sangre la relación entre los juegos olímpicos, la política y la guerra.

Lejos había quedado el recuerdo de la Masacre de Múnich cuando los juegos olímpicos llegaron a Canadá, un país anexo a los Estados Unidos y que en la práctica era un terreno muy favorable para el triunfo de los yanquis. Los Juegos Olímpicos de Montreal en 1976 se organizaron como la ocasión ideal para que los Estados Unidos recuperaran la gloria perdida y se restaurara la hegemonía occidental en el medallero. Pero el golpe dado por el socialismo oriental en Múnich había sido tan solo un aviso y el dominio del medallero olímpico por parte de los países socialistas del Este iba a consolidarse de una manera sensacional. Entre la Unión Soviética, las naciones de la “Cortina de Hierro” y Cuba, los países socialistas iban a copar siete de los diez primeros lugares de la tabla general al finalizar este ciclo olímpico, lo que iba a generar un problema de orden global cuyas consecuencias se verían en las dos próximas ediciones de los juegos olímpicos a realizarse en Moscú (1980) y Los Ángeles (1984).

Dramática imagen de la toma de rehenes en la villa olímpica durante los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972. La Masacre de Múnich —justo en el país donde había ocurrido el holocausto tres décadas antes— trajo de la peor manera la comprensión de la íntima relación entre el deporte olímpico, la política y su continuación por otros medios: la guerra.

Empezando por el fracaso rotundo, el anfitrión Canadá es uno de los países capitalistas con más alto índice de desarrollo social y por eso siempre se presentó como un ejemplo de capitalismo que funciona en la práctica. Pero pese a todo eso y al hecho de que jugaban de locales, los muy desarrollados canadienses no hicieron ni un solo campeón olímpico en sus propios juegos, amargando un modesto 27º. puesto en el medallero con 5 medallas de plata y 6 medallas de bronce. Para la propaganda eso constituía un fracaso escandaloso del proyecto político liberal y Canadá finalizaba por debajo no solo de todos los socialistas que participaron de esos juegos olímpicos, sino además por debajo de países económicamente inferiores como Jamaica y Corea del Norte (empatados en el 21º. lugar), México (22º.) y Trinidad y Tobago (26º.). En este fracaso Canadá fue acompañado por Bélgica (28º), Holanda (29º.) y Australia (32º.), todos estos países con alto nivel de desarrollo económico, social y humano y actuales potencias olímpicas.

Eso en lo que respecta a la parte baja de la clasificación, porque en la cima de la tabla se daba aquello que los estadounidenses y los liberales en general más temían: en Montreal 1976 los Estados Unidos terminaron siendo desplazados del ya incómodo segundo puesto en la general por la Alemania Oriental, un país socialista de tan solo 16 millones de habitantes y un territorio cuya extensión equivalía a la de nuestra provincia de Catamarca. Así, la Unión Soviética arrasó en Montreal con 49 medallas de oro, 41 de plata y 35 de bronce, totalizando infernales 125 medallas de todos los colores, un número altísimo incluso para los estándares olímpicos actuales. Recordemos que la inclusión de categorías femeninas en todos los deportes y la incorporación de nuevas modalidades elevó considerablemente la cantidad de medallas distribuidas actualmente respecto a las que se repartían en 1976. Para que se tenga una idea de la magnitud de la hazaña de los soviéticos en Montreal, véase la performance de los Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Tokio que acaban de finalizar: sin la Unión Soviética, con Rusia prácticamente proscripta y con una cantidad mucho mayor de medallas a repartirse, los Estados Unidos terminaron en 2021 con 113 en total, doce menos que las 125 obtenidas por la URSS en 1976.

Como escoltas de los soviéticos se pusieron los alemanes del Este, con 40 medallas de oro, 25 medallas de plata y otras 25 de bronce, en un total también muy elevado de 90 preseas. Y recién en el tercer puesto figuraron los Estados Unidos con 34 doradas, 35 plateadas y 25 de bronce, 94 en total. Todos los demás países —entre ellos Alemania Occidental, con solo 10 campeones olímpicos— quedaron muy por debajo de estos tres y quedó así bien caracterizada la Guerra Fría en los juegos olímpicos.

Nadia Comăneci, la gimnasta rumana que a los 14 años asombró el mundo en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976. En la imagen, se ve el tablero electrónico indicando una nota uno, o 1.00, pero lo que allí se lee en realidad es una nota 10. Los tableros no estaban preparados para eso, puesto que hasta Comăneci la nota más alta obtenida por una gimnasta había sido 9,52 y los propios jueces consideraban que era humanamente imposible conseguir un 10. Ella pudo.

El impacto del golpe de efecto dado por los socialistas en Canadá iba a tener consecuencias inesperadas de cara al futuro, siendo una de ellas la realización de dos olimpiadas incompletas, es decir, sin la participación de todos los que en el momento estaban en condiciones de participar. Eso fue el boicot del bloque occidental a los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980 y el boicot del bloque oriental, a modo de represalia, a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, cuatro años después, en 1984. Curiosamente, empezaba así la última década de existencia de la Unión Soviética y de todo el bloque oriental, que iban a empezar a disolverse en 1989 con la caída del Muro de Berlín.

Esplendor y desintegración

Desde el punto de vista de la Unión Soviética, de los demás países del bloque socialista en el Este y de Cuba, los Juegos Olímpicos de Moscú en 1984 fueron un evento comunitario. Con la ausencia de los Estados Unidos y de otras 66 naciones que les hicieron el seguidismo —entre ellas la Argentina—, siete de los diez primeros lugares del medallero fueron ocupados por países socialistas en la órbita de la Unión Soviética y por los propios soviéticos, quienes esta vez quedaron en la cima de la tabla por escándalo. Francia, Italia, Gran Bretaña, Australia, Suiza, España y Bélgica desafiaron el mandato estadounidense y enviaron deportistas a Moscú, aunque ninguno de ellos compitió bajo la bandera de sus países: lo hicieron como “independientes” y bajo la bandera del COI.

La razón declarada por la que los Estados Unidos y acólitos boicotearon los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980 había sido la invasión soviética a Afganistán, aunque en realidad el problema estaba en otra parte. El presidente demócrata Jimmy Carter amenazó a los deportistas yanquis con revocarles la nacionalidad estadounidense si se atrevían a ir a Moscú y efectivamente nadie fue, pero en el fondo lo que jugaba allí era el hecho de que, en una elección un poco extraña, el COI había decidido realizar los juegos olímpicos de 1980 en la Unión Soviética y no en los Estados Unidos. Moscú y Los Ángeles se habían postulado en 1974 para realizar estos juegos y la decisión favorable a los soviéticos fue tomada por los estadounidenses como un insulto. Además, el resultado final de Montreal 1976 hacía sospechar que la Unión Soviética jugando de local iba a arrasar, probablemente imponiendo a su enemigo ideológico una derrota más escandalosa que todas las anteriores. Todo conspiró entonces para que los Estados Unidos se borraran y así fue, dando como resultado la transformación de los juegos olímpicos en un evento deportivo exclusivo del Pacto de Varsovia.

El oso Misha, mascota de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. Con una coordinación de los carteles que formaban la figura en un mosaico, Misha derramó una lágrima de tristeza por los boicots de aquellos tiempos. La imagen recorrió el mundo y se convirtió en un verdadero golpe bajo de los rusos en su guerra propagandística contra los estadounidenses. “Esos yanquis son malos, no vinieron a Moscú e hicieron llorar a Misha”, pensaron algunos en 1980. Muchos años más tarde, en los Juegos Olímpicos de invierno de Sochi 2014, los rusos revivieron a Misha como una de las tres mascotas del evento.

Los resultados, anecdóticos, fueron los siguientes: encabezó una vez más la Unión Soviética, ahora con 80 medallas de oro, 69 de plata y 46 medallas de bronce, con insólitas e irrepetibles 195 medallas en total. Justo por debajo de los soviéticos, en el segundo puesto, se ubicó Alemania Oriental, con números también increíbles: 47 medallas de oro, 37 de plata, 42 de bronce y 126 en total. El tercer puesto fue ocupado por Bulgaria (8 de oro, 16 de plata, 17 de bronce y 41 en total) y el cuarto lugar quedó en manos de los cubanos, quienes consolidaban su condición de potencia olímpica —Cuba ya había logrado un 8º. puesto en el medallero de Montreal en 1976— con 8 medallas de oro, 7 de plata, 5 de bronce y 20 en total. También estuvieron en la clase alta de los diez más ganadores Hungría (6º.), Rumania (7º.) y Polonia (10º.). Solo Italia (5º.), Francia (8º.) y Gran Bretaña (9º.) pudieron meterse en la conversación de los socialistas, aunque ninguno de ellos lo hizo con su propia bandera y sus himnos no se escucharon en ningún podio moscovita ese año.

El vuelto iba a llegar en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, en 1984, cuando se dio el boicot soviético en respuesta a lo hecho por los occidentales cuatro años antes. Los países del bloque del Este menos Rumania —que desafió a la URSS en esta ocasión y se salió con la suya— y once aliados del resto del mundo (Afganistán, Angola, Corea del Norte, Cuba, Etiopía, Irán, Laos, Libia, Mongolia, Vietnam y Yemen) no se presentaron a competir en Los Ángeles alegando oficialmente que no estaban dadas todas las condiciones de seguridad para los deportistas, cosa que nadie en su momento creyó ni cree ahora. La verdad es que la Unión Soviética impuso el boicot a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 a modo de retaliación por el boicot anterior, impulsado por los estadounidenses.

Y los resultados también fueron anecdóticos: sin ninguna de las potencias olímpicas que el Montreal 1976 se habían alzado con el 60% de las medallas de todos los colores, los Estados Unidos quedaron fácilmente ubicados en la cima de la tabla general con 83 medallas de oro, 61 de plata, 30 de bronce y 174 en total, una cantidad no obstante inferior a la obtenida por los soviéticos en Moscú. El dato curioso es que, escoltando a los estadounidenses no apareció ninguna otra potencia occidental, sino los socialistas “díscolos” de Rumania, con 20 medallas doradas, 16 plateadas, 17 de bronce y un coqueto total de 53. El tercer puesto quedó en manos de Alemania Occidental y el cuarto, como para extenderle el certificado de defunción al relato de superioridad de Occidente, fue ocupado por China, que en ese entonces ya no tenía nada que ver con la Unión Soviética, aunque también era socialista. En una palabra, los Estados Unidos hicieron unos juegos comunitarios para sí mismos y para sus socios de Occidente, pero en el resultado final se les colaron dos países socialistas inesperados entre los cuatro primeros puestos. De hecho, aquí empieza el avance de China hacia la condición de potencia olímpica, la que veremos más adelante.

Carl Lewis (c), el hijo del viento, ganador de los 100 metros llanos, de los 200 metros llanos y del salto en longitud en Los Ángeles 1984. En esta última modalidad, Lewis reinaría por cuatro olimpiadas hasta Atlanta 1996, un récord difícil de igualar. Los Estados Unidos fueron sede de los juegos olímpicos en cuatro oportunidades, más que cualquier otro país: 1904 (Saint Louis), 1932 y 1984 (Los Ángeles) y 1996 (Atlanta). Para 2028 los juegos se realizarán en Los Ángeles por tercera vez y por quinta vez en suelo estadounidense.

Yugoslavia también participó en Los Ángeles 1984 y finalizó en un meritorio 9º. puesto con 7 medallas de oro, 4 de plata, 7 de bronce y un total de 18. Yugoslavia también era un país socialista, al igual que Rumania y China, pero ya por esos días con su Mariscal Tito a la cabeza se había abierto de la influencia soviética y tenía muy buenas relaciones con Occidente, por lo que no fue considerada como un disidente del bloque oriental y allí hubo paz.

Todo ese embrollo iba a resolverse en los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988. Corea del Sur era y sigue siendo un importante aliado de los Estados Unidos en el Extremo Oriente y era presumible que así, en condiciones muy cómodas, los estadounidenses iban a ser capaces de “poner orden” en la expresión deportiva del mundo bipolar, pero otra vez los yanquis chocaron de frente contra la dura realidad. En unas competencias en las que los Estados Unidos perdieron hasta en el básquetbol (ganó la la Unión Soviética en una final contra Yugoslavia y los Estados Unidos, derrotados en las semifinales por los soviéticos, amargaron una indeseable medalla de bronce), se repitió la catástrofe de Montreal en 1976 y otra vez la Unión Soviética y Alemania Oriental figuraron en los dos primeros lugares del medallero, con los Estados Unidos consolidados en un tercer puesto inaceptable.

Los resultados de Seúl confirmaban las sospechas de que el boicot a Moscú en 1980 había sido para evitar otra humillación y fueron los siguientes: lideró la Unión Soviética con 55 medallas de oro, 31 de plata y 46 de bronce, totalizando 132, siete más que las cosechadas en Canadá doce años antes. En la escolta quedaron los alemanes del Este, con 37 doradas, 35 plateadas y 30 de bronce, en un total de 102. Los Estados Unidos terceros cómodos, con 36 de oro, 31 de plata, 27 de bronce y un total de 94. Quedaba saldada la polémica al fin, con los estadounidenses otra vez derrotados en un territorio amigo, casi de locales, por su rival ideológico máximo y también por la pequeñísima Alemania Oriental. Aquello era insólito, más bien incomprensible para el yanqui promedio de la época.

Poster de los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, los últimos de la Unión Soviética y del campo socialista del Este en general. Los Estados Unidos llegaron aquí luego de los boicots con la expectativa de revertir las caídas del pasado a manos de los soviéticos, pero eso no pudo ser y además fue para los estadounidenses una pesadilla, ya que también fueron derrotados por Alemania Oriental en el medallero.

La humillación fue grande para Occidente, pero los resultados no anunciaban para Oriente ningún futuro glorioso. Los de Seúl en 1988 fueron los últimos juegos olímpicos en los que el bloque socialista se presentó como sujeto político real, ya que tan solo un año más tarde se iba a derrumbar el Muro de Berlín, Alemania se iba a reunificar e iba a quedar herida de muerte la propia Unión Soviética, llegando a desintegrarse en 1991 en medio a una conmoción interna sin precedentes. Y la paradoja es que en su momento de mayor gloria deportiva, de más exhibición del alto nivel de desarrollo humano logrado por sus países, el bloque socialista del Este se disolvió y dejo de existir. Los Juegos de Seúl fueron el anuncio de la desgracia en aquella parte del mundo.

Palizas post mortem

Entonces los Estados Unidos hicieron los cálculos y concluyeron que la pesadilla había terminado. En poder de la hegemonía global en un nuevo mundo unipolar, era presumible que ya no habría más humillaciones, sino todo lo contrario: a partir de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 debía empezar una larga era de dominación estadounidense en el medallero olímpico, para la felicidad de los propagandistas liberales que ahora sí iban a poder declamar alegremente la superioridad total del capitalismo de Occidente sobre el mundo sin cisnes negros que desafiaran su narrativa. Muerta la Unión Soviética y absorbida Alemania del Este por sus vecinos y hermanos del Oeste, los Estados Unidos debieron empezar a reinar absolutos y sin cuestionamientos.

Eso efectivamente iba a ocurrir, pero no en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Si la Unión Soviética se había desintegrado, lo propio no les había pasado a sus deportistas, que todavía seguían siendo los mismos y teniendo el mismo nivel de preparación para la alta competencia. Esos deportistas fueron a Barcelona agrupados en el llamado Equipo Unificado, un ente ficticio representado por la bandera del COI para darles entidad a los deportistas de Rusia y de las demás 14 naciones orientales que hasta el año anterior habían formado la Unión Soviética. Y lo notable es que ese Equipo Unificado de fantasía, formado por deportistas venidos de países que estaban sumidos en una profunda crisis multidimensional, derrotó otra vez a los Estados Unidos en unos juegos olímpicos. La Unión Soviética en su última función les daba a sus enemigos ideológicos una paliza más, con el agregado de que esta fue post mortem. Los Estados Unidos lograron la hazaña de hacerse apalear por un muerto.

La semifinal del básquetbol en Seúl 1988, en la que los Estados Unidos fueron derrotados por la Unión Soviética por 82 a 76. Esta fue la última vez que la URSS llegó como tal a los juegos olímpicos y este equipo campeón —nutrido por lituanos como Arvydas Sabonis, en la imagen peleando la pelota con los estadounidenses Danny Manning y David Robinson— no volvió a verse. Para terminar con humillaciones como esta, a partir de Barcelona 1992 los Estados Unidos empezaron a enviar todos a todos los jugadores profesionales de la NBA a los juegos, dando como resultado el legendario “Dream Team”.

Los resultados llamativos de estos Juegos de Barcelona tuvieron al Equipo Unificado/Unión Soviética desintegrada en la cima del medallero con 45 medallas de oro, 38 de plata y 29 de bronce, en un total de 112 de todos los colores. Los Estados Unidos pudieron recuperar el incómodo segundo puesto —menos incómodo que el tercero, por supuesto, aunque ya competían contra un fantasma o algo parecido— con 37 medallas de oro, 34 de plata, 37 de bronce y 108 total. Alemania reunificada terminó en el tercer lugar y por allí abajo apareció China ocupando el cuarto puesto y anunciando su intención de suplantar a los soviéticos en la polarización de la geopolítica expresada olímpicamente. Pero lo más curioso fue el quinto puesto logrado por Cuba en su mejor participación en los juegos olímpicos, con impresionantes 14 medallas de oro, 6 de plata y 11 de bronce, con 31 en total. Esta hazaña la lograban los cubanos justo en el momento más oscuro de su revolución: al derrumbarse la Unión Soviética, Cuba ingresaba al llamado Periodo Especial de su historia y empezaba a transitar un tiempo de dificultades económicas y sociales que duran hasta hoy. Hay quienes hacen la proyección para afirmar que, de no haber pasado nada de eso y de no haberse desintegrado el campo socialista, sería tan solo una cuestión de una o dos olimpiadas hasta que los tres primeros lugares del medallero olímpico fueran ocupados por la Unión Soviética, por Alemania Oriental y por Cuba, relegando a los Estados Unidos a un espantoso cuarto lugar o quizá incluso algo peor que eso, puesto que China ya venía degollando.

Después de Barcelona 1992 los juegos volvieron a realizarse en los Estados Unidos y de allí en más se dio por un tiempo aquello que era esperado, la dominación holgada de los estadounidenses en el medallero. En los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996, los Estados Unidos triunfaron de local con 44 medallas de oro, 32 de plata y 25 bronce, un total algo modesto de 101 medallas de los tres colores. Ya sin el apoyo de las demás 14 repúblicas socialistas que habían conformado la Unión Soviética, Rusia se ubicó igual en el segundo puesto con 26 de oro, 21 de plata y 16 de bronce, 63 en total. No obstante, la suma de todo lo obtenido por las aquellas repúblicas socialistas soviéticas ahora independientes habría puesto a la URSS en la cima de la clasificación otra vez, aunque eso ya era entonces una entelequia, pues no correspondía combinar esas medallas para hablar de una unidad política inexistente.

En las siguientes olimpiadas se realizaron los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 en Australia, los últimos del siglo XX. Aquí no hubo novedades y el statu quo se mantuvo inalterado, con los Estados Unidos en la punta, Rusia en la escolta y China ya en un tercer puesto, escalando. La novedad aparecería cuatro años más tarde, cuando China dio otro salto de calidad y en los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004 escaló un poco más hasta superar a Rusia en cantidad de campeones olímpicos y ocupar el segundo lugar del medallero. China declaraba en la práctica que ya estaba lista para reemplazar a la Unión Soviética en la polarización frente al capitalismo occidental representado en los Estados Unidos.

Más allá de las clases alta y media en el medallero, en la clase baja hay ciertos países como Jamaica o algunos africanos como Kenia y Etiopia que suelen ganar buena cantidad de medallas, aunque eso siempre es en un solo deporte olímpico: el atletismo. Jamaica en las carreras de velocidad (100m, 200m y 400m, además de los relevos) y los africanos en las de medio fondo y fondo (desde los 800m hasta el maratón). De hecho, en Tokio 2020 Jamaica hizo 4 campeones olímpicos y 9 medallas en total para finalizar en un meritorio 21º. lugar. Algo mejor le fue a Kenia, con igual cantidad de campeones y 10 medallas en total, 19º. puesto en la general. Todo eso en el atletismo únicamente.

Los Juegos de Atenas 2004 fueron, por cierto, una especie de reparación tardía a una gran injusticia. Los Juegos Olímpicos del centenario se habían realizado en Atlanta por presión de los estadounidenses, los muy angurrientos, cuando por una cuestión histórica debieron ir a Grecia, la cuna del olimpismo en el mundo antiguo y la sede los primeros juegos olímpicos de la era moderna realizados en 1896. Pero los Estados Unidos estaban entonces ansiosos por borrar la huella de lo ocurrido en Barcelona y en casi todos los juegos desde 1956 en adelante y por eso impusieron su potencia económica y su condición de única superpotencia global para realizar los Juegos Olímpicos de 1996 en su territorio. Grecia se vio despojada de esa posibilidad y luego “compensada” con la sede de los Juegos Olímpicos de Atenas ocho años más tarde, aunque la injusticia y la mancha histórica ya eran y serán siempre imborrables.

Los juegos llegaron finalmente a China, lo que en sí era inevitable. Y en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 se dio aquello que no se daba desde la desintegración de la Unión Soviética: los Estados Unidos fueron desplazados del primer puesto en el medallero por un país socialista, aunque eso vendría envuelto en una polémica que ya fue expuesta en este artículo. De acuerdo con la tradición de ordenar la tabla de medallas por cantidad de campeones olímpicos, los resultados de Beijing 2008 fueron los siguientes: China en el primer lugar con 48 medallas de oro, 22 de plata, 30 de bronce y, véase bien, 100 medallas totales. Fueron escolta los Estados Unidos, con 36 medallas de oro, 39 de plata y 37 de bronce, las que totalizaban 112 y pondrían a los Estados Unidos en la cima si el medallero se ordenara por estos criterios, pero eso no ocurre y China pudo emular a la Unión Soviética en sus propios juegos olímpicos, para más desgracia de los propagandistas de Occidente.

Actualidad del deporte geopolítico

Claro que esos propagandistas no iban a aceptar mansamente la derrota y en los medios de comunicación estadounidenses el medallero olímpico fue presentado en un ordenamiento particular de medallas totales, por el que los Estados Unidos aparecían en primer lugar con 112 y China como escolta, con 100. He ahí la manipulación clásica de los datos duros con fines políticos, una práctica que no requiere demasiadas explicaciones. El asunto es que China no pudo confirmar su vocación de ser el reemplazante de los soviéticos, puesto que en todos los siguientes juegos olímpicos —Londres 2012, Río de Janeiro 2016 y la más reciente edición de Tokio 2020, realizada este año y recién finalizada— los Estados Unidos sostuvieron su dominio sin mayores problemas. En Río de Janeiro, por cierto, la performance china fue pobre y no alcanzó más que para un tercer puesto por detrás de Gran Bretaña, un país que si bien es una potencia olímpica acostumbra a ocupar puestos intermedios en la clase alta.

China no es la Unión Soviética, no tiene la fuerza aún para emular las hazañas de aquella superpotencia en campos como el deporte, la exploración del espacio o la tecnología en materia de armamento nuclear. De hecho, esa herencia sigue estando en manos de Rusia, sobre todo en lo que se refiere a la carrera armamentista. Es en Moscú y no en Beijing donde se encuentra el arsenal nuclear más importante del planeta y los rusos siguen siendo los interlocutores más serios de los estadounidenses en varias cuestiones que hacen al ordenamiento mundial. China seguirá avanzando y es probable que en un futuro a mediano plazo llegue a estar a la altura de los soviéticos en todo, incluso en el deporte olímpico que funciona desde siempre como un símbolo del poder de los países que son los dominantes del mundo.

La “Generación Dorada” del básquetbol argentino, triunfante en Atenas 2004. Contra todos los pronósticos, los jugadores profesionales de la NBA volvían a fracasar y aquel brillante equipo argentino se alzaba con la medalla de oro, una de las 21 conquistadas por nuestro país en toda su historia olímpica. La Argentina prácticamente no tiene deportes individuales olímpicos —los que distribuyen más medallas— y depende de hazañas de equipos en el básquetbol, en el fútbol, en el voleibol y en el hockey para triunfar en los juegos olímpicos, lo que explica la escasa cantidad de medallas para el país.

¿Pero qué pasa con los demás, fundamentalmente con los que no hemos tenido la vocación, la voluntad o la capacidad de expresar nuestra fuerza en las justas olímpicas? De un modo general, los países americanos excluyendo a los Estados Unidos, Canadá y Cuba nunca hemos tenido tradición olímpica ni es común que el sentido común de nuestra gente comprenda la importancia de los juegos olímpicos en el concierto de las naciones como la han comprendido desde siempre las potencias globales. No sabemos lo que otros saben hace mucho: cualquier cubano comprende que la relevancia geopolítica de su pequeña isla se debe en buena parte a la performance de los deportistas olímpicos cubanos, que es en los juegos olímpicos donde Cuba expresa de un modo visible para la opinión publica mundial su relevancia cada cuatro años.

En los últimos veinte años esa comprensión empezó a existir en Brasil y en consecuencia se inició un lento proceso de inversión mayormente privada para fomentar el deporte olímpico y lograr mejores resultados. La historia del proyecto olímpico de Brasil empieza en los Juegos de Sídney 2000, donde el gigante de nuestra región amargó un 52º. puesto en la clasificación general, sin campeones olímpicos y una cosecha de 6 medallas de plata y otras 6 de bronce. Al ver estos resultados y al verse superados en el medallero por países como Mozambique, Tailandia, Camerún y Argelia, entre muchos otros, los brasileros decidieron que era el momento de llevar a cabo un proyecto más o menos serio que pusiera a Brasil en un lugar más acorde a su posición, que en ese entonces era la de sexta economía a nivel mundial.

Brasil es uno de los países más grandes y más poblados del planeta y por eso debería expresar esas condiciones de un modo visible, fácilmente comprensible para la gente en todo el mundo. Esa es la propaganda que hicieron los soviéticos mientras existieron, la que hacen los estadounidenses y los chinos hasta hoy: la promoción de su propia grandeza y del éxito de sus políticas. Con esa base, ha habido en Brasil cierta inversión en el deporte amateur que es olímpico y los resultados empezaron a verse en el tiempo. Después del fiasco en Australia, las cosas mejoraron mucho en Atenas 2004 y Brasil ocupó un meritorio 15º. puesto, ubicándose en la clase media del medallero con 5 campeones olímpicos y 10 medallas en total. En Beijing 2008 aumentó la cantidad de medallas, aunque hubo menos campeones olímpicos y Brasil bajó al 23º. puesto, todavía en la clase media olímpica con 3 medallas de oro y 17 en total. Algo parecido pasó en Londres 2012, con un 22º. Lugar logrado con las mismas 17 medallas y las mismas 3 doradas.

El deporte olímpico cubano es un modelo viable para nuestro país. Sin grandes inversiones y, en realidad, con casi nada, Cuba sostiene sus centros de alto rendimiento deportivo a pura voluntad política. Y así cosecha resultados que ponen el nombre del país entre los más grandes, lugar que Cuba acostumbra a transitar desde la crisis de los misiles en 1962. De allí en más, Cuba ha tenido una relevancia en la geopolítica que está en total desproporción con sus indicadores económicos y demográficos. Los cubanos se hicieron grandes sin serlo y buena parte de ese éxito se debe al deporte. ¿Cuánto podría lograr la Argentina si hiciera lo mismo?

Había ya cierta estabilidad en el proyecto y en eso llegaron los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, los primeros en un país sudamericano. Allí Brasil jugó de local y obtuvo con el calor de su gente un excelente 13º. puesto, con 7 medallas de oro, 6 de plata y 6 de bronce, 19 en total. El salto de calidad se confirmó en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 que acaban de terminar. Es esta competencia Brasil superó ligeramente lo que había hecho de local, posicionándose en un 12º. lugar con las mismas 7 medallas de oro conseguidas en Río, pero ahora con 21 en el total. Son números todavía modestos, aunque estables y elocuentes: los brasileros ya entendieron la importancia de los juegos olímpicos para un país que tiene pretensiones de codearse en la geopolítica con los más grandes y a eso va, a paso lento y va.

Más allá de la medalla dorada obtenida en el fútbol, Brasil hizo en 2021 campeones olímpicos en deportes como el boxeo, la gimnasia, la natación, el canotaje, el surf y la vela, no dependió de deportes en los que tiene mucha tradición como el voleibol, el judo o incluso el fútbol femenino para lograr ese 12º. puesto histórico en los Juegos Olímpicos de Tokio. Entonces es presumible que, de tener algo de suerte en esas modalidades arraigadas en su cultura y de seguir desarrollando otras, Brasil dará un nuevo salto de calidad en el plazo de una olimpiada, hasta ponerse en el límite de la clase alta olímpica.

Ese es un proyecto a mediano y largo plazo que en la Argentina no existe. El 72º. lugar que ocupó nuestro país en la tabla general con solamente una medalla de plata y dos de bronce, todas obtenidas en deportes colectivos que distribuyen muy poco, es el resultado de la omisión tanto del Estado como de los privados en todo lo que se refiere al fomento del deporte amateur que es olímpico. El modesto aporte del kirchnerismo con un impuesto a la telefonía celular cuya recaudación se destinaba a ese fomento fue derogado por el gobierno de Mauricio Macri y nunca más se restableció, ni eso quedó. Para llegar a Japón este año y poder presentarse mal preparados a la competencia para no ganar —justamente porque no tienen apoyo público ni privado para prepararse de una manera adecuada—, muchos de nuestros deportistas dependieron de vaquitas hechas por “influencers” en las redes sociales.

El brasilero Isaquías Queiroz, uno de los siete campeones olímpicos de Brasil en Tokio 2020. Al apostar un poco a los deportes individuales, el gigante sudamericano dio un salto de calidad sin hacer grandes inversiones. De hecho, el proyecto olímpico de Brasil contó con cierto apoyo del Estado solamente durante los gobiernos de “Lula” da Silva y Dilma Rousseff. Todo lo demás lo hizo el propio deporte con algún apoyo de la iniciativa privada. Y los resultados son excelentes en proporción a lo invertido. Si el Estado se toma en serio el proyecto, Brasil será una potencia olímpica en el plazo de dos o tres olimpiadas.

La Argentina es uno de los países con más riqueza y el octavo más extenso del mundo, pero no expresa su grandeza en la geopolítica y tampoco hace mucho en términos de propaganda a través de lo olímpico, es un país que no explota ni una fracción de su potencial. Los Estados Unidos fomentan el deporte en la educación y China, por otra parte, lo hace en centros del alto rendimiento deportivo mantenidos por el Estado, como supo hacer la Unión Soviética en su momento. Son dos modelos opuestos, pero son modelos al fin y garantizan los resultados. El modelo de fomento argentino al deporte amateur y olímpico es ninguno, no existen los centros de alto rendimiento específicos para deportes que reparten muchas medallas como el atletismo, la natación, el judo, la vela o el remo. Pero tampoco existe el deporte en la educación, no existen las escuelas que se especializan en ciertas disciplinas y revelan los talentos que luego van a representar al país olímpicamente: un niño o un joven que desea practicar un deporte amateur no encuentra los medios ni el incentivo para hacerlo, todo está reducido a los clubes, los que por su parte no tienen con qué ni pueden hacer por su propia cuenta la inversión necesaria.

Nuestro país debe ser olímpico mirándose en el espejo de otros países como Australia, uno que si bien es más extenso y mucho más desarrollado, está escasamente poblado y aún así frecuenta la clase alta de la potencias olímpicas. En los Juegos de Tokio 2020, los australianos obtuvieron un sexto lugar en la clasificación, con 17 medallas de oro, 7 de plata y 22 de bronce, 46 en total, siendo el 70% de estas ganadas sobre el agua (natación, canotaje, remo y surf). Son un país con mucha extensión costera como el nuestro y lo aprovechan debidamente para triunfar. O podemos seguir el ejemplo de Cuba, que con muy poco y a pura voluntad política mantiene funcionando sus centros de alto rendimiento deportivo. En Tokio, los cubanos arrancaron un 14º. puesto con 7 medallas de oro, 3 de plata y 5 de bronce, casi todas en deportes de lucha y en el atletismo. Estos son dos países menos poblados que el nuestro y uno de ellos es incluso más pobre.

Los argentinos no vamos a construir una épica nacional mientras nuestra bandera no aparezca frecuentemente en el podio olímpico junto a las banderas de los países con los que queremos discutir, no vamos a inspirarnos en esa épica y tampoco nos van a registrar en el mundo, lo que dará como resultado una identidad nacional cada vez más débil, una moral cada vez más baja y un desarrollo económico siempre mediocre. Todos los países que discuten en la geopolítica grande invierten mucho en el éxito olímpico, esta es una relación muy clara. Ellos saben que eso es importante, saben lo que tienen que hacer y lo hacen. ¿Estarán todos ellos equivocados y nosotros tendremos la razón a contramano?


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