Las municipales de noviembre de 1988 fueron unas elecciones muy importantes en la historia de Brasil. Tras 21 años de dictadura militar y otros 3 años de transición lenta, en la que los derechos y garantías del pueblo brasileño no habían sido aún restituidos del todo, se realizaron los comicios en los que por primera vez en casi 30 años todos los municipios de Brasil eligieron sin restricciones sus autoridades locales. Esas casi tres décadas de suspensión de los derechos políticos de las mayorías tendrían un precio muy alto y al llegar a las urnas en 1988, el brasileño simplemente no sabía muy bien qué hacer con eso o no tenía realmente mucho interés en ejercer su derecho al voto en el marco de una democracia dicha republicana. Los militares del régimen impuesto por un golpe en 1964 habían logrado imponer también profundas alteraciones en la cultura del pueblo y luego sus continuadores civiles se habían asegurado de que una transición lenta y controlada no resultara en una explosión cívica de reivindicaciones y empoderamiento de las mayorías.

El régimen militar supo atar muy bien la vaca desde 1985, que es cuando se retiran los generales y empieza la transición, tanto que el pueblo supo tolerar cinco años más de un gobierno electo por nadie después de finalizar formalmente la dictadura. José Sarney había asumido como presidente de la Nación en circunstancias un tanto extrañas, al fallecer el titular Tancredo Neves antes de asumir el mandato. Pero Neves fue electo presidente de Brasil por vía indirecta, es decir, en un colegio electoral formado por delegados de cada una de las unidades de la federación que en Brasil se llaman estados, lo equivalente a nuestras provincias. El pueblo brasileño toleró más o menos pasivamente la asunción de un vice cuyo titular ya no resultaba de la voluntad popular y llegó a 1988 para encontrarse en elecciones municipales con las urnas, a las que no tenía la costumbre de tutear ni mucho entusiasmo por empezar a hacerlo.

Eso era lo que hoy llamamos en Argentina la antipolítica, o el desprecio por las formas dichas democráticas del esquema de representación en el Estado. El brasileño de un modo general estaba entonces sumido en esa antipolítica, descreía del Estado y fundamentalmente de los dirigentes a los que llamaban ellos y seguimos llamando nosotros vulgarmente “políticos”. La actividad política se percibía como una rosca de la camarilla a espaldas del pueblo y, en consecuencia, se ignoraba prácticamente degradando las elecciones a una instancia de escasa importancia, indeseable en todos los sentidos. Ahora que el voto estaba permitido después de décadas de dictadura, eran más bien pocos los que querían ejercer su derecho a votar y menos aún los que creían que eso iba a servir de algo en absoluto.

El general João Baptista Figueiredo, último presidente de facto en la dictadura militar brasilera. Figueiredo fue famoso por sus declaraciones explosivas y por frases que quedaron para la historia, como la empleó en su momento para definir qué tan interesado estaba en hacer la transición en Brasil: “Haré la transición a la democracia y al que se oponga lo meto preso y lo reviento”. Cada país entiende el concepto de “democracia” en clave de su propia cultura, como se ve.

Fue ese ambiente de antipolítica, de desprestigio del Estado en la figura de sus representantes, un terreno más que fértil para el surgimiento de personajes como el célebre Mono Tião. Para 1988 los brasileños debieron elegir autoridades municipales y en Río de Janeiro un grupo de humoristas —subiéndose al clima de época para autopromoverse— decidió “postular” como candidato a intendente de la segunda ciudad capital más importante del país a un chimpancé. Claro que esa candidatura no era una cosa legal, puesto que la humanidad es el primer requisito para ser candidato en elecciones de humanos y el Mono Tião no daba la talla, pero fue posible porque en aquel momento existía un sistema de boleta única de papel en la que el elector escribía libremente el nombre del candidato de su preferencia.

El Mono Tião era uno de los animales en cautiverio que había en el zoológico de Río de Janeiro entonces, famoso por un cierto comportamiento lascivo frente a las damas. El chimpancé ya era en ese momento todo un personaje de la cultura popular del carioca y eso, sumado a una campaña mediática realizada por aquellos humoristas que se tomaban las elecciones para la chacota, fue más que suficiente para catapultar a Tião en las encuestas, lo que hizo crecer aún más su fama: miles visitaban el zoológico para verlo y hasta un club de fans se formó para homenajearlo. Finalmente, el 15 de noviembre de 1988 el pueblo votó y el chimpancé Tião “obtuvo” alrededor de 400 mil votos, ubicándose teóricamente como tercer candidato más votado en esas elecciones.

Está claro que el Mono Tião no obtuvo en realidad ni un solo voto y que todos esos 400 mil fueron considerados nulos en el escrutinio, lo que en sí es muy lógico. Para lo que aquí nos interesa, bastará con decir que además de los humoristas oportunistas, la “candidatura” de Tião fue apoyada por Fernando Gabeira, un diputado nacional de la izquierda ecologista que había participado en el secuestro del embajador estadounidense Charles Elbrick en 1969, durante la dictadura militar y como parte de la lucha armada de esos días. En tiempos más recientes, Gabeira estuvo a menos de dos puntos —menos de 100 mil votos— de convertirse él mismo en intendente de Río de Janeiro. ¿Qué dice todo esto? Pues que en 1988 incluso los dirigentes políticos promocionaban la antipolítica a modo de protesta.

Entonces la antipolítica es mucho más una cosa de época que una ideología propiamente dicha, es algo que ocurre de tiempos en tiempos cuando existe en la sociedad un hartazgo frente a lo que se considera entonces como una suerte de “casta”, la de los dirigentes políticos. Cuando se forma en el sentido común la noción de que una minoría se ha apoderado del Estado poniendo a funcionar el sistema en su propio beneficio, mucho más allá de los intereses de las mayorías populares, en el tiempo eso empieza a formar una corriente de opinión antipolítica. Dicha corriente en un principio es marginal, pero al acentuarse la decadencia de la “clase política” (otra forma de referirse a la minoría dirigente cuando se cristaliza, homologando esa minoría a una clase social) la idea va prendiendo hasta resultar en personajes como el Mono Tião, personajes que simbolizan la idea y la sintetizan.

Imagen del famoso Mono Tião, al que su adiestrador acostumbró a portarse como humano desde un principio. Tião interactuaba con los visitantes del zoológico de Río de Janeiro como si fuera un hombre sin habla e incluso solía mostrarles sus genitales a las damas. Al momento de ser postulado como “candidato” a intendente de la ciudad, su fama ya era enorme y eso resultó en un fenómeno electoral hasta ese momento sin precedentes.

Aun salvando las distancias entre lo que era Brasil en 1988 después de 28 años de dictadura y democracia tutelada, algo parecido a la formación de la idea de la antipolítica viene teniendo lugar en la Argentina en los últimos años. El advenimiento de Mauricio Macri como presidente de la Nación en el año 2015 y su reemplazo en 2019 por un gobierno que había venido a revertir sus maldades y, no obstante, terminó siendo percibido más como continuidad que como ruptura han elevado los niveles de hartazgo con la política de un modo general a niveles extraordinarios. En la percepción de un gatopardismo en el que todo cambia para que nada cambie, esto es, de que las elecciones no modifican concretamente la situación de las mayorías populares, empieza a existir en la Argentina la opinión de unos cuantos de que la política no sirve.

Por eso, la dura evidencia indica que nadie en el mundo hace más promoción de la antipolítica que los mismos dirigentes y militantes de la política. Parece una contradicción, pero en realidad es una tendencia a desprestigiar la actividad política por parte de quienes a ella se dedican cuando estos entran en un periodo de decadencia. En cada etapa del desarrollo histórico, esa decadencia se plasma en una generación y sus individuos hacen el desprestigio de su propia actividad, a modo de protesta promocionan expresiones nocivas a la actividad que realizan. Y allí aparecen los personajes raros, los payasos y hasta los animales, los “candidatos” cuyo programa en la práctica se limita y se resume a representar el voto nulo, el “voto bronca” del que ya no cree en nada.

Los vendedores de la antipolítica

Para las elecciones de este año en nuestro país, la expresión de la antipolítica será el llamado “libertario” Javier Milei, un individuo que se presenta como “antisistema” y propone dinamitar el Banco Central. Pero se equivoca el que ve en Milei el exponente máximo de la antipolítica, Milei no es más que el símbolo. El problema del desprestigio de la política como representación legítima de los intereses del conjunto de la sociedad son precisamente los que hacen esa representación seriamente, esto es, los que sostienen el sistema en su discurso, pero en su praxis lo desprestigian.

El “libertario” —eufemismo para anarcocapitalista— Javier Milei se presenta con consignas de “antisistema” que en realidad son de un discurso antipolítico con finalidades de entrar a discutir en la política con los que ahí ya están. En términos de ideología, Milei no presenta novedades, sino más bien todo lo opuesto: la supresión del Estado propuesta por este referente fue descartada por los propios liberales al empezar la revolución burguesa en Francia, además de ser una auténtica entelequia.

En ese sentido, Milei aparece como la consecuencia y nunca como la causa del hartazgo ya a esta altura generalizado que existe en el pensar y en el sentir de quienes no se ocupan todos los días de la organización política de la sociedad: las mayorías populares. Milei es el resultado de años de desprestigio de la política por parte de unos dirigentes políticos que en vez de resolver la problemática social desde el Estado —ya que se los vota y se les paga para que lo hagan, esa es su única función social—, deciden enfrascarse en una rosca particular muy alejada de los intereses de quienes los eligen como representantes y les pagan.

No queda todavía del todo claro, pero la antipolítica la hacen hoy los polos de la grieta definidos como macrismo y kirchnerismo. A partir del momento en que ambos polos deciden que la política será pelearse mutuamente con el rival ideológico y ninguno de los dos se ocupa ya de dirigirse concretamente a las mayorías con la representación de sus intereses, lo que ocurre es que esas mayorías perciben el gatopardismo votando a los unos y votando a los otros alternativamente sin que eso resulte en una transformación efectiva de la realidad. En una palabra, la grieta convierte la política en una constante declamación ideológica, los dirigentes y los militantes solo hablan de eso y la problemática social queda irresuelta. En el tiempo las mayorías se percatan rápidamente de que eso es así y dejan de creer en las opciones hegemónicas.

Y el resultado natural es el surgimiento del llamado “outsider”, una expresión que en teoría no viene de la política y cuyo discurso es corrosivo para el sistema establecido. Puede ser un personaje de la farándula, un “influencer” de las redes sociales, un militar o un mediático ruidoso, un payaso y hasta un animal, como en el caso del Mono Tião que ya hemos visto en este texto. No importa el qué, sino lo que representa: el “voto bronca” o la negación de la política como herramienta de los pueblos para la transformación social.

Lo que está explícito en esta hipótesis es que tanto el Mono Tião como Javier Milei son de la misma naturaleza, o que al menos son ambos el resultado genérico de un mismo proceso. Adaptados a su cultura y a su tiempo, Tião y Milei surgen como “alternativa” a una situación en la que los dirigentes se sienten cristalizados en sus lugares y dejan de representar a sus representados para enfrascarse en una lucha ideológica con quienes consideran que son sus enemigos. En la Argentina de hoy, el macrismo y el kirchnerismo se dedican a contarse mutuamente las costillas, los unos y los otros compiten para ver quién es el peor, es más inmoral, quieren ver qué tan baja pueden dejar la vara, etc., pero ese no es el problema. La cuestión es que mientras hacen eso la problemática social queda irresuelta, se prolonga un periodo de deterioro de las condiciones objetivas de existencia de las mayorías y hay un hartazgo que es el terreno fértil para el surgimiento del “outsider”.

La famosa grieta, expresada en la figura de los máximos exponentes en cada uno de los polos: Mauricio Macri y Cristina Fernández. Para entrar en esta discusión, Milei tiene la difícil misión de atacar a ambos polos a la vez, puesto que si solo discute con uno de los dos será puesto automáticamente del lado opuesto y caerá bajo el liderazgo de aquellos exponentes máximos. He ahí la razón por la que opta por un discurso de antipolítica como método para embestir contra la hegemonía entera.

Los vendedores de la antipolítica son los mismos dirigentes de la política tradicional, del statu quo o hegemonía. Y por allí van a aparecer siempre los Mono Tião y los Javier Milei con un mensaje muy sencillo: nada de eso sirve ni ninguno de los que ya están va a resolver el problema, vótennos a nosotros a modo de protesta. Las mayorías saben que lo más probable es que nadie, ni siquiera el “outsider”, resuelva nada, pero el “outsider” no está allí para eso sino para canalizar el “voto bronca” y después vemos. En otras palabras, nadie vota a Javier Milei realmente para que haga lo que propone hacer, lo que por otra parte es una entelequia. El voto a Javier Milei es como el voto al Mono Tião, es un voto contra los candidatos del establishment político en la forma de castigo.

Lo que Milei no va a hacer

Es evidente que de haber sido el candidato más votado en aquellas elecciones municipales de 1988, el Mono Tião no asumiría como intendente de Río de Janeiro por la sencilla razón de que era un mono y un mono no gobierna. Un poco distinta es la situación de Javier Milei, quien muy probablemente ocupará una banca de diputado a partir de las elecciones de noviembre de este año, hará entrar al Congreso a otros consigo y, si la política no revierte su tendencia decadente, podrá aspirar a ser electo para cargos en el Poder Ejecutivo en un futuro a corto plazo. Entonces habría que ver, pensará el elector, las propuestas de Milei para saber qué dirá Milei en Diputados o qué haría si llegara a ser funcionario.

Ahí tenemos, no obstante, la entelequia propiamente dicha. Milei no representa realmente ninguna de las ideas que expresa en su discurso, salvo una: la de la antipolítica y apenas con la finalidad de meterse en la discusión política. Y para corroborar esta hipótesis bastará con buscar el antecedente inmediato a Javier Milei en la política argentina, que es precisamente Mauricio Macri. Allá por principios de este siglo, Macri apareció en el escenario como un “outsider”, un empresario que venía por fuera de la política con un discurso ultraliberal parecido en muchos aspectos al que vocifera hoy Milei. Desde erradicar las villas a base de topadoras hasta la destrucción del llamado “populismo” en la economía, Macri se presentaba discursivamente entonces como la alternativa liberal, aunque en realidad nunca fue otra cosa que un antikirchnerista. En una palabra, Macri nunca quiso realmente ejecutar el programa liberal, eso siempre fue una declamación ideológica. Macri vino a polarizar con el kirchnerismo y a existir en la política como ese polo opuesto, como la negación que traba e inviabiliza el proyecto del otro.

En sus inicios, aun como presidente del club Boca Juniors y con bigotes, Mauricio Macri se presentaba como un “outsider” y hacía un discurso de antipolítica muy similar al que hoy argumenta Javier Milei. Más tarde, ya más cerca del poder político y de acuerdo con el teorema de Baglini, Macri fue bajando el tono hasta convertirse en otro sostenedor del statu quo incluso con las mismas políticas dichas “populistas” que solía defenestrar mientras corría por fuera.

¿Y por qué? Porque el programa político del ultraliberalismo es la propia entelequia, es una cosa que no puede realizarse en ninguna parte. El librar toda la economía al “dejar hacer, dejar pasar” es algo indeseable incluso para los propios liberales, puesto que ellos mismos crearon y desarrollaron el Estado moderno para poner orden en la sociedad. No hay nada más liberal que el Estado moderno resultante de la revolución burguesa de 1789 y eso viene naturalmente con regulaciones económicas, con políticas sociales para atenuar los desequilibrios de la desigualdad, etc. Es una mentira histórica la de que los liberales quieren la destrucción del Estado, todo eso es exactamente al revés: los liberales crearon el Estado para que el sistema se reproduzca y se dé la preservación del derecho sagrado (para los propios liberales) de la propiedad privada.

Entonces para Javier Milei las ideas altisonantes de dinamitar el Banco Central y de achicar el Estado hasta su mínima expresión no son otra cosa que una declamación ideológica cuya única finalidad es la instalación del propio Javier Milei en la política como una opción. Cuando Macri llegó en los primeros años de este siglo, no existía ninguna polarización sobre un escenario profundamente fragmentado luego del estallido del 2001 y Macri no necesitó mucho más que organizar a su alrededor a todos los que no estaban en el kirchnerismo, transformarlos a estos en antikirchneristas y representarlos. Ahora la cosa es distinta, la polarización existe y está consolidada, por lo que Milei debe necesariamente negar a ambos polos para meterse en la discusión. Debe negar la política entera con una entelequia ultraliberal por discurso.

Por otra parte, no se le escapa a ningún analista serio de la política el hecho de que Milei en su discurso omite deliberadamente al imperialismo de las potencias globales y de las corporaciones como factor de poder real determinante de la política argentina. Todo lo que Milei dice hoy que haría en un futuro en caso de “tener la manija” del gobierno en el Estado es sencillamente inviable en un mundo globalizado como el actual. ¿Destruir un Banco Central que responde absolutamente a los intereses de la timba financiera apátrida? ¿Cómo les caería eso a las corporaciones que se benefician de esa actividad a todas luces delictiva? Es más: ¿Qué pensarían la familia Rothschild y sus asociados de todo eso? Es imposible saber si Milei ignora la realidad fáctica de que este mundo tiene dueños, pero lo más probable es que no lo haga y que, conscientemente, plantee esas cuestiones a modo de declamación ideológica para luego hacer todo lo contrario y representar fielmente los intereses de los verdaderos dueños del mundo.

La burguesía revolucionaria de Francia descartó de plano la destrucción del Estado y, por el contrario, creó el concepto de Estado moderno basado en la división de poderes para poner en la sociedad un orden favorable a la defensa de su derecho sagrado a la propiedad privada. Sin Estado, esas garantías deberían ser defendidas con el uso cotidiano de la fuerza, lo que supondría un peligro constante para las clases dominantes y un costo altísimo. Con el Estado moderno, las clases subalternas pagan ese costo, financian su propia represión y la burguesía tiene las manos libres para incrementar su capital. El anarcocapitalismo dicho “libertario”, como se ve, es más opuesto al liberalismo que el mismísimo socialismo.

Javier Milei también promete “terminar con los planes sociales”, aunque no explica muy bien cómo haría eso en un país cuya mitad de la población está sumida en la pobreza y tiene casi como único dinamizador de la economía el dinero que el Estado hace circular entre los sectores más postergados de la sociedad. Suspender la asistencia social abruptamente en circunstancias como la actual no solo podría resultar en un estallido de proporciones apocalípticas, sino que además terminaría de arrasar con la parte de la economía que sigue funcionando a duras penas y es precisamente la del consumo popular de subsistencia, razón por la que no cierran las puertas decenas de miles de comercios, industrias, intermediarios, transportistas, etc.

De los “planes sociales” no comen solo los que todos los meses perciben del Estado esa asistencia, como se ve. De hecho, Macri fue el que más declamó ideológicamente la necesidad de “cerrar la canilla” de un saque y, sin embargo, su gobierno entre los años 2016 y 2019 aumentó la presencia del Estado en lo que el propio macrismo llama “clientelismo político”. Suele decirse que, como ministra de Desarrollo Social, la muy liberal y macrista Carolina Stanley repartió “planes sociales” como ningún ministro en toda la historia argentina y hasta mantuvo excelentes relaciones con Juan Grabois, la expresión del pobrismo ideológico por antonomasia en esta Argentina del presente. Stanley es Macri y Macri ya no es el Macri del año 2007 y mucho menos el del 2003 o de los años 1990. Macri es el establishment después de ser “outsider”, corroborando otra vez el teorema de Baglini en su síntesis de la relación directa entre la lejanía respecto al poder en el Estado y la irresponsabilidad en los enunciados discursivos de quienes están lejos.

La actual generación de jóvenes es la que nació en el menemismo y hasta el periodo de excepción que va desde el 2001 al 2003, son gente que transitó la infancia durante el kirchnerismo, ya después de la catástrofe y en plena recuperación. Y en eso es muy distinta a la generación anterior, la de quienes padecimos el neoliberalismo desde 1976 en adelante, el desguace de un país a manos de los Milei de la época que fueron los Martínez de Hoz, los economistas fracasados de la presidencia de Raúl Alfonsín y luego los Domingo Cavallo. Por lo tanto, es natural que los jóvenes de hoy vean la política como un inconveniente y al Estado como una carga, un gasto innecesario e incluso como un enemigo al que suprimir. Es esa ola la que surfea Milei para acercarse al poder político, es un hacer declamaciones ideológicas explosivas que irán esfumándose a medida que el propio Milei se vaya acercando al objetivo.

También en Brasil y en tiempos más recientes, un payaso llamado Tiririca se convirtió en el segundo diputado nacional más votado de la historia de un país con más de 200 millones de habitantes. En determinado momento de su campaña triunfante, Tiririca empezó a decir públicamente —vestido como payaso y a modo de chiste, haciendo efectivamente de payaso con fines electorales— que no tenía la más mínima idea de qué hacía un diputado, pero invitando al elector a votarlo para ir al Congreso a descubrirlo. La supuesta inutilidad del parlamento o la ignorancia acerca de la función de los diputados en la división republicana de los poderes es todo un clásico del léxico antipolítico y Tiririca usó, como en el judo, la fuerza del oponente en su favor haciendo de su propia ignorancia una fortaleza mucho más que una debilidad. Eso mismo hace Milei en la actualidad al criticar a la “casta política” postulándose a ingresar él mismo en ella para desmantelarla, como si dijera: “Las cosas se voltean desde adentro, vótenme y me meteré en la política para destruirla”.

El payaso Tiririca, ya sin el disfraz utilizado en campaña y ocupando aquí una banca de diputado nacional. Montado sobre el sentido común de las mayorías, el señor Francisco Everardo Oliveira Silva obtuvo la segunda mayor votación de la historia para un diputado en Brasil y allí sigue, tratando de averiguar qué demonios hace un diputado en el parlamento.

El peligro no está en Javier Milei, sino en la expresión típica de una época a la que Milei representa a la perfección. Y no importa ya si en las próximas elecciones Milei logra una banca legislativa para sí mismo y para los que lo acompañan, es casi seguro que mucho de eso va a pasar. Pero lo relevante es que Milei se está instalando en el sentido común de una parte considerable de nuestra sociedad. Y tampoco vale argumentar otra vez como con Macri que se trata de una expresión clásica del microclima porteño, que eso no cruza la Av. General Paz hacia el resto del país. Macri tampoco la cruzaba, hasta que un buen día la cruzó y el resto es historia.

Es un error, por lo tanto, hacer tanto foco en la figura de Milei, no es lo importante aquí. Lo más probable es que se trate de un provocador, de uno que viene a romper el mercado de la política para abrir camino. Javier Milei es un adelantado cuya misión es la de dejar políticamente instalada una idea y que luego vengan atrás de él los liberales “serios” a luchar de verdad por el poder político en el Estado y a imponer un proyecto político viable: el que las corporaciones ya vienen instalando hace décadas y quiere instalarse en lo más profundo del espíritu del pueblo argentino hasta lograr pasar a la etapa del posperonismo que es igual al preperonismo, pero en colores y en alta definición.


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