Durante toda la semana previa al cierre de la campaña electoral de cara a las elecciones primarias en Argentina circuló un video que generó polémica e intensos debates en las redes sociales y que, en distintas circunstancias, habría pasado más bien inadvertido entre la montaña de información que se difunde todos los días en esta sociedad posmoderna de la sobreinformación. Los planetas se alinearon y la imagen de un vendedor ambulante increpando a militantes del Frente de Todos en una mesita callejera de Morón fue noticia, o por lo menos disparó una importante discusión sobre el hecho de esa diatriba explosiva.

Dicha diatriba, como se ve en el material fílmico improvisado con un teléfono celular, fue la de un trabajador con el reproche no a los militantes que allí estaban haciendo campaña como de costumbre, sino a lo que suele llamar hoy la “casta política” y no es otra cosa que los dirigentes percibidos como una suerte de establishment. Aquel trabajador informal se dirigía a los militantes porque los tenía en frente, los acusaba de sostener con su actividad un régimen político en el que el trabajo, su trabajo precarizado de vendedor ambulante, había sido prohibido. “Porque ustedes dentro de tres semanas se van todos, pero nosotros seguimos laburando todos los días acá”, decía el trabajador, quien por lo demás se presentaba como artesano para reclamar su derecho al trabajo.

Ese reproche a los gritos no habría ciertamente sido objeto de ningún video y mucho menos de difusión o debate en las redes sociales de no haberse dado en esta coyuntura y en el preciso lugar donde el hecho ocurrió. En vísperas de una elección ideologizada hasta el extremo y cuyos resultados eran entonces una incógnita en medio a un clima de inestabilidad política similar al que se vio en nuestro país por última vez en el año 2001, el grito y la reprensión a la política por parte del sector más postergado de la clase trabajadora caen como una bomba sobre una opinión pública que empieza a asimilar la narrativa de la “casta política”, esto es, la idea de que existen los dirigentes y los militantes desconectados de la realidad social. Es ese el contexto en el que el video fue leído y por eso generó tanto debate su difusión.

Los vendedores ambulantes, organizados en Morón para protestar contra la prohibición de trabajar. La confusión ideológica por la que el trabajo deja de ser una prioridad para la praxis de dirigentes y militantes resulta en conflictos entre una fuerza política y los que en teoría debería representar. La consecuencia es que el capital político se pierde y nuevas representaciones surgen para llenar los espacios vacíos.

Y también por el lugar donde transcurren esos pocos segundos de expresión de enojo con la política: Morón es el distrito donde reina absoluta hace ya varios años la agrupación Nuevo Encuentro, el sector del kirchnerismo que más abiertamente se identifica con la izquierda y con el progresismo. Nuevo Encuentro es la agrupación conducida por Martín Sabbatella, el exmilitante comunista que después de su aventura electoral del año 2009 —la que resultó en la derrota del entonces Frente para la Victoria con Néstor Kirchner a la cabeza y a manos de Francisco de Narváez— se arrimó al kirchnerismo y empezó a formar de ese lado de la grieta. Sabbatella es el propio progresismo en el Frente de Todos y reina mediante apoderados en Morón, distrito del oeste del Conurbano bonaerense donde se dio el hecho del reclamo a viva voz de un trabajador a la política.

Eso es muy significativo. En el encontronazo entre un laburante y la militancia progresista de Nuevo Encuentro no está solo el reproche de los trabajadores a un gobierno que hasta aquí no ha podido revertir el proceso de destrucción del trabajo y del ingreso de las familias argentinas iniciado por Mauricio Macri, hay mucho más. Allí está el choque entre la clase trabajadora y la mal llamada izquierda, la expresión política que se autodefine por representar los intereses de los trabajadores en la política a nivel mundial. Fue la percepción de esa contradicción la que generó la polémica y el debate, en el que no tardó en aparecer el clásico argumento de la falsa pertenencia ideológica del trabajador: “No tiene conciencia de clase, es de derecha”, fue la forma en la que la militancia propia del oficialismo zanjó la cuestión, aunque de ninguna manera clausuró la polémica.

La discusión sigue porque el de Morón no fue ni mucho menos un hecho aislado. Se repiten por todo el país escenas en las que se ve al sector más postergado de las clases populares trabajadoras de Argentina reprochando a los dirigentes y militantes oficialistas que se exponen al cuerpo a cuerpo con los de a pie. Aquel vendedor ambulante de Morón llamó mucho la atención por la vehemencia de su reclamo sin ambages e incluso por la agresividad de sus expresiones: “No tengo que hacer ningún trámite para trabajar, soy argentino y ese es mi trámite”, vociferaba el trabajador frente a una militancia azorada que no atinaba a darle una respuesta concreta por fuera del discurso burocrático típico de la organicidad militante oficialista de todos los tiempos. Llamó la atención esa vehemencia y esa agresividad en la diatriba, aunque otras tantas diatribas tienen lugar todos los días en el país poniendo al sector más progresista del kirchnerismo en una contradicción insalvable.

Martín Sabbatella, aquí junto a Cristina Fernández a principios de la década del 2010 y después de la catastrófica aventura electoral que le costó la elección a Néstor Kirchner en el año 2009. Con su Nuevo Encuentro, junto a los dos partidos comunistas y otras expresiones similares en origen, Sabbatella es hoy la expresión de la izquierda en el Frente de Todos y avanza ocupando lugares para desplazar de la alianza la doctrina peronista.

Claro que la izquierda y el progresismo resuelven ideológicamente la cuestión y salen del brete esgrimiendo la vieja tesis marxista de la enajenación y la falta de conciencia de clase, como veíamos, ubicando simbólicamente al trabajador díscolo en el lugar de la “derecha” y dando por terminado el asunto. El progresismo y la izquierda de una manera general beben filosófica y políticamente en la fuente del marxismo y tienen ahí sus comodines, pero lejos de resolverse la cuestión se hace más aguda: ¿Es de derecha un trabajador que reivindica su derecho a trabajar libremente sin las limitaciones impuestas por el Estado y por cualesquiera razones? Aquí tenemos la contingencia del coronavirus con un gobierno cuyo signo es el signo del progresismo por la naturaleza de las fuerzas que componen su alianza, pero además un gobierno que ha tomado como bandera la narrativa sanitaria y la ha puesto por encima de las necesidades más inmediatas de las clases populares trabajadoras y medias. En una palabra, al advenir la pandemia del coronavirus el gobierno de Alberto Fernández priorizó la estrategia de la restricción a la circulación incluso por encima de la defensa de los trabajadores en su derecho a ganarse el pan.

En ese escenario se da la sublevación del vendedor ambulante de Morón y tantas otras pequeñas sublevaciones diarias del trabajador por todo el país. Son claramente más importantes para el actual gobierno —y para una parte de la sociedad que está de acuerdo con eso— las medidas de prevención contra el coronavirus que la propia subsistencia económica de las mayorías. Un ambulante es un trabajador que vive literalmente al día y no se sostiene si no puede salir a vender, esto es, es alguien que probablemente va a padecer mucho más el hambre y la desesperación que cualquier eventual enfermedad. Por eso es insuficiente ubicar en la categoría de “derecha” al que reclama su derecho elemental a subsistir por sus propios medios. He ahí la contradicción: los que en teoría representan a los trabajadores no priorizan hoy la posibilidad de que esos trabajadores trabajen y clasifican como “de derecha” a los que se sublevan contra ese grosero error. ¿Para tener conciencia de clase y ser de izquierda un trabajador debe necesariamente aceptar sin chistar la quita de sus medios de subsistencia cuando la vanguardia política e ideológica considera que eso es lo mejor para el propio trabajador?

Vanguardias iluminadas y pobres “rebeldes”

Claro que las categorías de izquierda y derecha están perimidas y por eso mismo son el problema en sí, la complicación empieza cuando intentamos hacer entrar lo fáctico en marcos teóricos y no al revés, es decir, cuando en vez de ajustar la teoría a la práctica nos encaprichamos en hacer lo diametralmente opuesto. Hay una diferencia enorme entre Marx y los marxistas por el hecho de que Marx pertenece al siglo XIX y sus continuadores interpretan la teoría como mejor les convenga en cada momento. Lo que Marx caracterizó como “izquierda” en representación del trabajo y “derecha” en representación del capital se ha subvertido hasta el punto de que, por ejemplo, los marxistas hoy militen directamente los intereses de la industria farmacéutica —la patronal corporativa global— mientras los trabajadores exigen simplemente que se los deje trabajar. Pero ese es un asunto para otro artículo, de lo que se trata aquí es de saber qué tiene que hacer un trabajador para no ser ubicado por los neomarxistas del progresismo actual en el lugar de la derecha.

La íntima relación entre el peronismo y los trabajadores, que es histórica y fundacional del propio movimiento. Como para la izquierda el trabajador es una cosa teórica, un número en una planilla o en todo caso masa de maniobra, el Frente de Todos se aleja de los trabajadores a medida que se corre hacia la izquierda del arco, lo que finalmente resulta en el abandono de posiciones que vendrán a ser ocupadas por otros.

Es imposible desde luego saberlo y eso es así porque las exigencias de pureza ideológica de las vanguardias dirigentes y militantes son muy arbitrarias, no están arraigadas en una doctrina. Un día ser de izquierda es ponerse del lado del trabajo en la pugna contra el capital, pero al otro día ser de izquierda puede ser decir que el trabajo es una cosa secundaria frente a una contingencia urgente, la que fuere. El trabajo no es un valor positivo absoluto y entonces las vanguardias iluminadas son inestables en su praxis, aunque no por ello dejan de arrogarse el derecho a clasificar a quienes siguen firmes siempre en el mismo lugar.

Entonces ser de izquierda hoy es decirle “quedate en casa” a un trabajador que necesita precisamente salir de casa para subsistir. El gobierno del Frente de Todos, copado por socialdemócratas, progresistas, radicales y gente que gusta de ubicarse a la izquierda en general o en la “centroizquierda”, pone ideológicamente la narrativa sanitaria por encima del que fue en los siglos XIX y XX el gran relato ordenador de la política: la épica del trabajo, del ascenso social mediante el esfuerzo del trabajador organizado para la lucha. Y el resultado es una contradicción en la que los trabajadores se ponen en ruta de colisión con la representación política que en teoría les es propia. De pronto, por exigir la libertad de trabajo, el trabajador pasa a ser “de derecha”, pasa a ser liberal. Se opone a un gobierno que se autopercibe “de izquierda” y es puesto automáticamente en esos lugares.

Pero ahí hay varios errores, empezando por el de insistir en el ya mentado ordenamiento horizontal de la política entre izquierda y derecha y a partir de ahí clasificar a los actores sobre el escenario según las necesidades coyunturales de la política. Haga lo que haga un gobierno que simbólicamente quiere ubicarse a la izquierda del arco, siempre va a colocar a la derecha a los que se le oponen aunque —he aquí el núcleo del problema— las ideas expresadas por esos opositores no sean de derecha. La libertad de trabajar es leída como liberalismo de derecha, cuando en realidad es el grito del sector productivo de la sociedad y fundamentalmente de los más postergados en ese sector, los que en lenguaje coloquial se suelen llamar pobres.

La épica del trabajo se inscribe en el gran relato del siglo XX y está en la base de la constitución del peronismo. Perón supo ya en 1943 de la no existencia de una representación política de los trabajadores y llenó genialmente ese vacío. Hoy, el peronismo diluido en frentes electorales abandona esa épica y se acerca a las clases medias intelectualizadas “de izquierda” y tiende a tener cada vez más conflictos con las clases populares trabajadoras que fueron su esencia en el pasado.

Los pobres pasan entonces a ser “de derecha”, pasan a ser liberales y ahí está el segundo error, el de enajenar y entregar en una bandeja de plata el favor político de vastas mayorías sociales a la oposición. Al comprometerse con la narrativa sanitaria hasta asumirla como bandera y, en consecuencia, al dejar de afirmar el trabajo como prioridad primera, el gobierno del Frente de Todos entra en contradicción con su base electoral histórica y ve cómo ese capital político se esfuma, cómo se le van sublevando los trabajadores en la lucha por garantizar la satisfacción de sus necesidades esenciales. En vez de resolver el problema corrigiendo el error, los dirigentes instruyen a sus intelectuales orgánicos para que estos en los medios y en las redes sociales ubiquen a los trabajadores en el lugar de la derecha y del liberalismo. Y ahí es donde los regala.

Eso es lo que va a explicar otra imagen que se difundió muchísimo en los últimos días y que escandalizó a los que no comprenden esta dinámica: la de un Javier Milei, un anarcocapitalista de derecha sin eufemismos, caminando por las villas de emergencia de la Ciudad de Buenos Aires y siendo celebrado allí. Los pobres, esos mismos trabajadores a los que el gobierno del Frente de Todos había optado por enajenar ideológicamente, recibieron a Milei en la villa como si se tratara de un peronista, un representante del verdadero interés de los trabajadores más pobres. ¿Y por qué? Porque en este momento y discursivamente esos pobres perciben que Javier Milei los representa en la política, aunque eso siga escandalizando a los que ven la política como un juego de asociaciones ideológicas inmutables y piensan que todo trabajador es automáticamente de izquierda o que todo pobre es peronista solo porque eso es lo que corresponde. Eso no es así.

La imagen de la furia del vendedor ambulante en Morón y la de un campante Javier Milei por los pasillos de una villa miseria son, por lo tanto, la misma imagen repetida. La realidad efectiva es que las clases populares trabajadoras, aquí, en Francia y hasta en el Congo Belga, si se quiere, no son de derecha ni son de izquierda, no comprenden ni participan de ese ordenamiento horizontal de la política. Los trabajadores son los que llamamos pobres y por eso saben que están ubicados abajo en un ordenamiento vertical y en oposición a los de arriba, donde ubican a los ricos y también al Estado cuando los dirigentes no los interpelan con su discurso y su praxis para representar sus intereses. Por lo tanto, reprochar a un villero porque se abraza con la “derecha” en la figura de Javier Milei o reprochar al vendedor ambulante de Morón porque le hace la guerra a los militantes de Nuevo Encuentro, que es la izquierda, es absolutamente inconducente porque el trabajador y el pobre no comprenden ni comparten esos códigos.

Estupor. La imagen de un liberal como Milei caminando por una villa sorprendió y hasta escandalizó a muchos, pero es lo más lógico que puede haber. Al producirse la desconexión entre las viejas fuerzas populares y los más pobres, es solo una cuestión de tiempo hasta que vengan otras identidades políticas a llenar ese vacío. La cuestión de si Milei representa o no los intereses concretos de los sujetos que hoy lo abrazan y lo aplauden es irrelevante. Lo que importa aquí es la percepción de los de abajo, que son la inmensa mayoría de los votos.

La verdad brutal es que el vendedor ambulante de Morón percibe a los militantes de Nuevo Encuentro como representantes de los de arriba y el villero percibe a Milei como representante de los de abajo, la política es un sistema muy dinámico de representaciones que cambian constantemente. No importa lo que pensemos los que nos dedicamos a la construcción del discurso político, nuestras categorías y nuestras vacas sagradas, pues las mayorías solo nos comprenden cuando representamos sus intereses concretos. Las categorías de izquierda e incluso la de peronismo son significantes vacíos en la conciencia de esas mayorías cuando no se materializan en una representación clara de sus deseos, esperanzas, temores y aspiraciones.

La construcción de la riqueza

Todo eso es muy difícil de comprender por parte de la militancia. Enamorada de símbolos a los que hacen propios, los militantes tienden a la pureza ideológica y a eventualmente percibir como enemigo a todo aquel que no comulgue en el canon ideológico al que esos mismos militantes están afiliados. Es muy difícil explicarle hoy a un militante oficialista que la base electoral del kirchnerismo se está socavando y va a seguir deteriorándose mientras el gobierno del Frente de Todos no abandone la narrativa sanitaria y el pobrismo del asistencialismo social para recuperar la mística del trabajo. Penetrado y parasitado por el progresismo, la izquierda y la socialdemocracia, el peronismo se está hundiendo en un relato que nada tiene que ver con doctrina y si el hundimiento se concreta, el fracaso se le va a adjudicar al peronismo cuando los trabajadores y los pobres dejen de ver allí una representación política de sus intereses.

Juan Domingo Perón se cuidó muchísimo de esas penetraciones y de ese parasitismo ideológico con una fórmula muy sencilla: la de la tercera posición. El peronismo en la idea de Perón nunca fue de derecha ni fue de izquierda, sino que se ubicó conscientemente en una posición equidistante entre el liberalismo occidental y el socialismo oriental, tomando del uno y del otro lo que podía ser útil en la construcción de una doctrina nueva. Perón sabía que la derecha tenía la limitación de carecer de justicia social y que a la izquierda le faltaba la perspectiva de la realización individual del hombre. Y entonces surge el peronismo en el equilibro entre el individualismo total y el colectivismo total, aparece como síntesis y fórmula para evitar el fracaso.

Una de las cartillas de formación en el concepto de la tercera posición nacional justicialista, que no es una posición de centro sino de síntesis. Perón sabía que por las limitaciones inherentes a ambos sistemas, tanto el socialismo como el liberalismo estaban destinados a fracasar en el mediano plazo y actuó en consecuencia creando una doctrina que subsanara la falta de libertad en el colectivismo y la falta de solidaridad en el individualismo.

El éxito del peronismo está, por lo tanto, en la búsqueda de la justicia social y de la igualdad, pero también en el garantizarle al individuo la posibilidad de su realización personal. El peronismo no es el liberalismo y tampoco es el socialismo, presiente el fracaso en el largo plazo de ambas expresiones por lo que les falta y las quiere superar. Pero al ser penetrado y parasitado por la ideología de los progresistas de izquierda, ese subproducto posmoderno del socialismo colectivista oriental, el peronismo pierde la perspectiva del respeto a la individualidad del hombre y se pierde a sí mismo en frentes electorales donde la doctrina peronista se proscribe. El Frente de Todos poniendo todo el acento en el “Estado presente” y en lo colectivo se acerca a la izquierda, se hace de izquierda y deja de ser peronista dejando descubierto el aspecto individual del hombre en la organización social. Y así se dirige a la catástrofe.

Eso pasa porque existimos en dos dimensiones, que son la del grupo y la del individuo, existimos en esa dualidad. Somos un poco nosotros mismos individualmente y otro poco la sociedad en la que nos desenvolvemos, esa es la naturaleza del hombre. Y en eso está la imposibilidad de, por ejemplo, convencer a un trabajador de que no debe salir a trabajar porque eso pone en riesgo la salud o la seguridad del grupo. Se sacrificaron por la colectividad los obreros soviéticos durante el estalinismo en el comunismo de guerra del siglo XX, fueron esos obreros unos abnegados en el sentido más estricto de la expresión. Lo hicieron por el socialismo, trabajaron a destajo por el socialismo y padecieron hambre por el socialismo, aunque en el mediano plazo todo eso colapsó al desintegrarse el campo socialista del Este con la caída del Muro de Berlín y la posterior disolución de la Unión Soviética. A los soviéticos no se les permitía la realización individual, se sublevaron y llamaron al liberalismo con Boris Yeltsin en 1991, poco más de cuatro décadas después del triunfo épico de la URSS en la II Guerra Mundial.

En este punto cabría preguntarse: ¿Por qué habría de sacrificarse hoy el trabajador argentino? ¿Por una identidad nacional que aun no termina de formarse al ser demasiado joven? ¿Por un gobierno al que debe necesariamente considerar como propio? ¿Por qué? Por nada, el trabajador argentino no está dispuesto a inmolarse por nada en absoluto, no está dispuesto a sacrificar el bienestar de su familia y el suyo propio por razones políticas y entonces la política debe tener muy en cuenta el aspecto de la realización individual de los más postergados en la sociedad. Es un error muy grosero el de suponer que solo la clase media tiene aspiraciones de ascender socialmente en la realización personal de los individuos.

La Unión Soviética realizó un proyecto de justicia social con niveles de igualdad sin precedentes y fue un país muy justo, pero al desintegrarse esa constitución política los propios beneficiados se ensañaron con los símbolos revolucionarios del socialismo y aceptaron una década de liberalismo salvaje con Boris Yeltsin. La demanda reprimida por libertad individual era inmensa y allí pasaron de un extremo a otro en el péndulo, hasta que llegó Vladimir Putin e inició un proceso político de tercera posición en la búsqueda del equilibrio.

Es más bien todo lo contrario: en ninguna parte existe más deseo de ascenso social que entre los más pobres en una sociedad y es un mito muy difundido el de que en las villas miseria y demás barrios populares la gente está muy cómoda recostada en la asistencia social, eso no es ni jamás fue así. De hecho, los más laboriosos y progresistas —en el sentido original del término— en cualquier sociedad son siempre los más postergados. Es en las villas de nuestro país donde vamos a encontrar a los que más innovan todos los días para ganarse la vida y estar mejor a cada día. Basta con entrar a una barriada o una villa para ver cómo lo que hay allí es distinto a lo que supo ser en el pasado y que, en esencia, todo ese mejoramiento es fruto de la libre asociación sin intervención del Estado ni de nadie que no viva esa realidad cotidiana. Ahí la realización individual motoriza el cambio, los individuos se asocian libremente y construyen lo colectivo así, de abajo arriba.

Un liberal como Carlos Maslatón diría que eso es el liberalismo real y hasta tiene para definir ese fenómeno social una categoría histórica e históricamente verificable: la de “liberalismo manchesteriano”. Bien observados los albores de la revolución industrial inglesa, veremos que Manchester a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX no era más que una enorme barriada donde el Estado, todavía en pañales, no intervenía y quedaba librada a su propia suerte el destino de los hombres de ese tiempo. Manchester fue una villa miseria en un sentido de informalidad de la economía, se los dejó hacer y se los dejó pasar, como es del gusto de los liberales decir. Y el resultado fue el ascenso de una burguesía nacional inglesa que llegó a ser lo que es hoy.

Así piensa el argentino que hoy vive en una villa y se las rebusca en un ambiente de economía informal, piensa como el protoburgués manchesteriano de la revolución industrial y quiere hacer. ¿Qué podría pasar si la política en el Estado viene e impone allí esas limitaciones a la actividad económica, no deja hacer y no deja pasar por cualesquiera motivos? Es evidente que habrá conflicto y esos individuos antes libremente asociados le retirarán el favor político a la fuerza que desde el Estado imponga esas limitaciones. Y, por supuesto, se lo darán a quien venga proponiendo dejarlos hacer y dejarlos pasar.

Lo que hizo Javier Milei entonces para entrar a una villa y hacerse recibir por la gente de allí fue nada más que eso, fue proponerles liberalismo manchesteriano. Milei no entregó colchones, no repartió prebendas y no prometió planes sociales simplemente porque los más pobres, en realidad, no quieren nada de eso. Los sectores más postergados de las clases populares trabajadoras no quieren otra cosa que margen de maniobra para hacer lo que saben hacer y hacen todos los días: trabajar. Milei representa hoy al vendedor ambulante de Morón, no es muy complicado y cualquiera puede entenderlo con hablar no ideológicamente con el que vive en una villa o tan solo con quitarse las anteojeras. “¡Un peronista no puede decir eso!”, gritará el sobreideologizado, sin comprender que el peronismo en su doctrina le atribuye un valor sagrado al trabajo y que, por lo tanto, jamás haría nada con tal de entorpecer la actividad económica y perjudicar al trabajador. Si el sobreideologizado quiere pensar que eso es “de derecha” y es de liberales, no hay ningún problema. Pero la doctrina peronista es clara y la única verdad es la realidad.

Imagen de una familia inglesa de trabajadores en Manchester, probablemente de fines del siglo XIX. La idea de que Inglaterra tuvo altos niveles de desarrollo social y humano desde los albores de la revolución industrial es ridícula: la descripción de la ciudad de Manchester y demás centros industriales ingleses en la época es aun más lúgubre que la de nuestras villas miseria hoy. Al Estado inglés, recién nacido y fundado sobre la base de la ideología liberal, no le quedó más remedio que dejar hacer y dejar pasar, con lo que las asociaciones libres se formaron y el resultado es conocido.

El discurso colectivista es más bien propio de las clases medias, es una cosa de jóvenes educados en el Pellegrini y en otras buenas escuelas, de gente cuya familia está acomodada y ve a los pobres desde un lugar paternalista. De hecho, el grueso de la militancia de izquierda y progresista es de clase media, no de las clases populares trabajadoras. He ahí lo que leyó Javier Milei con oportunismo, leyó que el discurso socializante no es para el consumo de los barrios populares. Cuando el Frente de Todos asumió una identidad de clase media, se mimetizó con el radicalismo y también con el mal llamado “macrismo”, que es socialdemocracia en igual medida, dejó de representar a las mayorías trabajadoras. En una palabra, el Frente de Todos tiró el peronismo por la ventana y fue solo una cuestión de tiempo hasta que viniera alguien dispuesto a hacer la lectura del hecho y a poner esa lectura en praxis política.

El peronismo en su esencia es el liberalismo según los pobres y es el socialismo según las clases medias, es una síntesis inteligente para dar a cada cual lo que es de su deseo. Al que quiere trabajar y progresar sin mayores intervenciones, el peronismo lo deja hacer. Y al que necesita ayuda por cualesquiera razones, el peronismo tiende la mano sin cuestionamientos. No es exagerado decir que Milei hizo peronismo en uno de sus aspectos, fue peronista cuando leyó las aspiraciones de un sector y se presentó allí como el que va a garantizar la realización de esas aspiraciones. Parece cosa de mandinga y es solo política, pero los peronistas olvidamos nuestra doctrina, la sacrificamos en el templo del frente electoral y ahora vemos cómo un liberal se presenta a tapar el hueco, a llenar el vacío que hemos dejado al corrernos hacia la izquierda. Javier Milei no es un invento de los medios, no es una creación ad hoc de nadie, ni siquiera de sí mismo. Javier Milei es una creación de los peronistas que abandonan su doctrina y se meten en ideologías raras que además son ajenas. Parafraseando y quizá modificando un poco a Ricardo Iorio, podría decirse que Milei existe por quienes lo execramos. Y probablemente ya sea demasiado tarde para frenarlo.


Este es un adelanto de la 43ª. edición de nuestra Revista Hegemonía. Para suscribirte, acceder a todos los contenidos de la actual edición y todas las anteriores, y apoyar La Batalla Cultural para que sigamos publicando en estos tiempos difíciles, hacé clic en el banner abajo y mirá el video explicativo.
Nosotros existimos porque vos existís.