El resultado de las elecciones primarias del pasado domingo cayó como una bomba o como una enorme sorpresa entre la militancia del Frente de Todos de un modo general, la que a instancias de sus dirigentes había proyectado en la previa un triunfo con cierta comodidad en la provincia de Buenos Aires y un buen desempeño electoral en el resto del país, sobre todo en la Capital Federal. Por razones que trataremos de explicar en este artículo, el kirchnerismo silvestre —militantes y simpatizantes sin cargos en el Estado— tuvo hasta las ocho de la noche del domingo 12 de septiembre fe en un triunfo que no llegó y de ninguna manera podía haber llegado.

Los resultados fueron muy malos y más aún si tenemos en consideración que los cosechó un gobierno que no llega todavía a la mitad del mandato logrado en las urnas en octubre de 2019. En menos de dos años el gobierno del Frente de Todos dilapidó buena parte de su capital político, se puso en una posición de vulnerabilidad frente a la oposición y ahora tambalea como había tambaleado Fernando de la Rúa hace exactos 20 años luego de ser castigado en las elecciones de medio término del 2001. Es una situación insólita cuya explicación no es para nada fácil.

En el fondo de esta cuestión está el kirchnerismo como un factor determinante en la política argentina por lo menos desde el año 2008 en adelante o a partir de la constitución del propio kirchnerismo como fuerza política organizada al calor de la lucha contra los golpistas del lock-out patronal de aquel año. Desde que el kirchnerismo existe y no como gobierno, sino como superpotencia política y electoral, prácticamente nada ocurre en la Argentina sin que bajo la conducción de Cristina Fernández un numeroso núcleo duro de alrededor del 30% de los votantes esté de alguna forma involucrado en el proceso. En una palabra, la política argentina no funciona desde el 2008 sin el kirchnerismo y aquí tenemos que el actual gobierno solo existe porque el kirchnerismo supo organizarse para ganar las elecciones de 2019 en primera vuelta y poner a Alberto Fernández en el sillón de Rivadavia.

Fuerte imagen de una Cristina Fernández agachando la cabeza —un gesto que no es propio de su personalidad— durante el triste discurso de Alberto Fernández luego de la derrota.

Entonces el actual gobierno es kirchnerista, aunque desde luego en su praxis política no se parece en nada a los gobiernos que entre el 2003 y el 2013 hicieron la década ganada del pueblo argentino para superar tanto el neoliberalismo menemista como la debacle y la catástrofe del gobierno de la Alianza que huyó espantado en helicóptero. Quizá se parezca en algo a los dos últimos años del segundo mandato de Cristina Fernández entre el 2014 y el 2015, pero eso no es lo importante. Lo que importa es que Alberto Fernández no hubiera derrotado a Mauricio Macri y no sería hoy el presidente de la Nación sin el concurso decisivo del kirchnerismo, cosa que se sabe desde aquel día extraordinario en el que Cristina Fernández anunció la fórmula que iba a ser ganadora en octubre con ella misma en el lugar de la vicepresidencia. El gobierno actual es kirchnerista por origen electoral y nadie lo puede negar.

Por eso es inconducente analizar y señalar hoy a Alberto Fernández para dar cuenta de los resultados electorales y más inconducente aun sería hacer lo propio con los fantasmas que están pintados en los ministerios llevando a cabo ninguna gestión en absoluto. Alberto Fernández y sus ministros son la impotencia política por antonomasia y no estarían ni cerca de los cargos que hoy ocupan si la gran electora no hubiera puesto su capital político en la campaña del Frente de Todos para ganar las elecciones de 2019. He ahí toda la verdad: Alberto Fernández no tiene ni podría tener voluntad propia, no llegó a la presidencia de la Nación por sus propios medios. De haberse postulado como candidato en esas elecciones o en cualquier elección sin el respaldo del kirchnerismo, Fernández habría sido un enano más con quizá unas pocas decenas de miles de votos, no sería viable. Lo que debe analizarse aquí es el kirchnerismo, esa superpotencia política y electoral de la Argentina sin la que el juego no funciona.

¿Qué le sucedió al kirchnerismo para pasar de ser en menos de dos años la esperanza del pueblo argentino a ser sindicado como partícipe necesario de una catástrofe multidimensional? ¿Cómo se hace para perder el favor de millones de electores en tan poco tiempo? Pues es evidente que, al meterse en alianzas coyunturales contra natura, el kirchnerismo extravió el rumbo y dejó de ser aquello que alguna vez fue. Esa es la crítica más profunda que se le puede hacer a una fuerza política en cualquier tiempo y lugar, la crítica ontológica. Es preciso saber por qué el kirchnerismo se desnaturalizó a punto de permitir la debacle de un gobierno propio hasta recibir un castigo durísimo en las urnas y entonces la incomprensión del kirchnerismo es igualmente la incomprensión de la política argentina como un todo. Para entender el fracaso del actual gobierno de Alberto Fernández es preciso primero entender a un kirchnerismo mutante.

Otra imagen, esta icónica de la década ganada entre 2003 y 2013. El kirchnerismo fue peronista, se plantó frente al poder real en representación de los intereses de las mayorías y fue invencible. Al perder el camino del peronismo y hacerse progresista, la derrota fue el signo de una fuerza política que supo ser gloriosa.

La primera hipótesis es aquella que los pacatos suelen calificar como una “conspiranoia”, la hipótesis de la existencia de un pacto con finalidades judiciales por el que Cristina Fernández se vio directamente obligada a aceptar una alianza con el enemigo de siempre para evitar consecuencias trágicas para sí misma y para su familia. Esta es la hipótesis del pacto hegemónico que en este espacio venimos analizando en profundidad desde mediados del año pasado para explicar la insólita pasividad del kirchnerismo frente a un gobierno que desde el vamos ya daba señales de que iba a hacer agua por todos lados. Cuando Alberto Fernández empezó a hacer barbaridades tales como detener toda la actividad económica basado en una narrativa sanitaria muy discutible, ajustes fiscales que harían sonrojar al propio Macri y una devaluación brutal de la moneda nacional, todas las miradas se posaron en Cristina Fernández. ¿La vicepresidenta iba a permitir todo eso en silencio? Pues sí, o por lo menos desde el punto de vista de la opinión pública que se informa por los medios de difusión, Cristina Fernández sí lo permitió o no hizo nada para frenar al presidente puesto por ella misma a dedo en la Casa Rosada. Todo lo que hizo Alberto Fernández desde diciembre de 2019 fue con el visto bueno del kirchnerismo, a menos que en realidad haya allí algún factor desconocido de condicionamiento.

¿Qué es eso? Es la segunda parte de la hipótesis del pacto hegemónico. Extorsionada judicialmente, Cristina Fernández no podría intervenir en las decisiones del gobierno pues eso, que ante los ojos del pueblo son barbaridades, en realidad es un plan. Alguien habría extorsionado a Cristina Fernández para que ponga en la presidencia a un notorio empleado de Héctor Magnetto y, finalmente, para que este haga exactamente todo lo que hizo hasta aquí. El pacto hegemónico es una pieza de relojería muy sofisticada y no se explica en estas pocas líneas. Le hemos dedicado muchas páginas en las ediciones anteriores de esta Revista Hegemonía y recomendamos al lector referirse a ellas para saber de qué se trata o, mínimamente, de qué podría tratarse. Lo que sí está claro es que Alberto Fernández no habría hecho nada de lo que hizo sin la anuencia del kirchnerismo, pues este es dueño y señor de la mayoría de los votos necesarios para elegir y sustentar al gobierno.

Queda por dilucidar el porqué de esa anuencia. ¿Por qué el kirchnerismo habría de apoyar y sostener un gobierno cuya agenda y cuya praxis son diametralmente opuestas a todo lo que el kirchnerismo representa en la política, al menos ideológicamente? De todas las decisiones tomadas y de todas las políticas implementadas por Alberto Fernández, solo una ínfima minoría podría caracterizarse como “kirchnerista” en un sentido estricto. El presidente Fernández no solo no pudo revertir el desastre ocasionado por Mauricio Macri en cuatro años, sino que lo continuó y lo profundizó, lo que puede verse de manera objetiva en los indicadores socioeconómicos de la actualidad.

Es de público conocimiento el hecho de que Alberto Fernández fue jefe de gabinete en el gobierno de Néstor Kirchner por exigencia de Héctor Magnetto, como garante del pacto entre el gobierno y el Grupo Clarín que se suscribió para contrarrestar la amenaza golpista de la oligarquía en el Diario La Nación apenas asumido el nuevo gobierno. En el nuevo pacto, Magnetto volvió a imponer a Alberto Fernández, a quien Cristina había expulsado del gobierno al romperse el pacto anterior con el lock-out patronal del 2008.

Alberto Fernández hizo macrismo sin eufemismos y sin atenuantes al ubicar a un radical en el Banco Central, a un socialista en el Banco Nación y a un agente desembozado de la timba financiera global en el Ministerio de Economía. Con la santísima trinidad económica del país en manos de antiperonistas furiosos el resultado fue la continuidad del ajuste de Macri, disimulado en declamaciones ideológicas que el pueblo finalmente no compró. Las mayorías populares sienten la presión del ajuste fiscal del gobierno, la sienten en el cuerpo entero y votan, en consecuencia, contra esas políticas antipopulares.

Mutación

El porqué es un misterio, como se ve. Lo que no es misterioso para nada son las consecuencias prácticas de las políticas del gobierno de Alberto Fernández, similares a las de Mauricio Macri. En el año 2019, el pueblo argentino despidió a Macri por haber hecho añicos de las esperanzas en un país económicamente estable y socialmente más justo. Los mismos que habían votado en 2015 a la alianza Cambiemos y habían puesto a Macri en la presidencia le dieron la espalda cuatro años después y nada de eso tiene una explicación ideológica ni mucho menos. En realidad, el pueblo no tiene ideología, no es de derecha ni de izquierda, como diría el filósofo ruso Aleksandr Dugin. Cuando le permiten votar, el pueblo lo hace siempre por una propuesta que en el momento considera más conveniente para sus intereses o, lo que es lo mismo, vota en contra de la fuerza política que haya desordenado su cosmovisión y/o trastornado su vida, su modo cultural de existir en el mundo.

Lo propio pasa hoy con el gobierno del Frente de Todos, el que siguió el proceso de desordenamiento de la cosmovisión de las mayorías y con el trastorno de su modo de existencia. Al kirchnerismo se le dio una segunda oportunidad en el 2019, pero el kirchnerismo no pudo poner orden en la casa, la sociedad argentina está igual o incluso peor hoy que al finalizar el gobierno de Mauricio Macri. Y hasta aquí tenemos la parte práctica de la explicación para la derrota del Frente de Todos en las primarias del domingo 12 de septiembre. Al hacer la continuidad de un gobierno que ya había fracasado, el Frente de Todos recibió el mismo castigo que se le había impuesto a Cambiemos en el 2019.

Habiendo subvertido el orden de la existencia del pueblo argentino, Mauricio Macri fue expulsado del gobierno en las elecciones del 2019. Está claro que el 48% aquel año no votó al kirchnerismo, sino para echar al macrismo que tanto daño hizo al país.

Eso significa que el pueblo no votó ideológicamente a la alianza Juntos (nuevo nombre de fantasía de Cambiemos y de Juntos por el Cambio), ya hemos visto que las mayorías populares no votan por ideología, no la tienen ni la quieren. El pueblo volvió a votar a los cambiemitas por la misma razón que en el 2019 volvió a votar al kirchnerismo: por percibir el fracaso del oficialismo del momento. Entonces no hay ningún “giro a la derecha” ni mucho menos “derechización” de la sociedad, eso solo existe entre las minorías militantes, que son ideológicas y viven en un termo de microclima y rosca. El pueblo argentino castigó el fracaso en 2019 y volvió a hacerlo este año.

Entonces volvemos al núcleo de la cuestión y volvemos a preguntarnos: ¿Por qué el kirchnerismo permitió ese fracaso en el corto plazo, por qué no hizo nada para torcer el rumbo y retomar la senda del progreso que había sido la orientación entre el 2003 y 2013? Descartada por el momento la hipótesis del pacto hegemónico —la que por razones obvias no puede corroborarse al ser por definición una cosa secreta— solo queda por analizar los caracteres visibles de la mutación del kirchnerismo, o lo que está a la vista de todo el mundo.

Al perderse las elecciones de medio término del año 2013 a manos de un entonces envalentonado Sergio Massa, salieron despedidos del gobierno de Cristina Fernández los últimos elementos peronistas que habían sido los artífices de la gloriosa década ganada. Esa década terminaba allí y el gobierno fue copado por los progresistas, quienes durante diez años habían acompañado a Néstor Kirchner y a Cristina Fernández sin tener acceso a cargos de importancia en la administración del Estado. Para enero de 2014 todo eso cambió, el gobierno abandonó el peronismo para embarcarse en una aventura progresista que terminó siendo la mutación del propio kirchnerismo. Es correcto decir que el kirchnerismo tiene una etapa peronista desde el ciclo Eduardo Duhalde/Néstor Kirchner hasta el segundo año del último mandato de Cristina Fernández y una etapa progresista o socialdemócrata desde ese momento hasta la actualidad.

Esa mutación, como toda mutación, llegó acompañada por cosas muy extrañas. Desde el gran protagonismo otorgado a antiperonistas “de izquierda” que habían sido detractores del kirchnerismo y que de pronto se vieron ubicados en cargos clave del Estado hasta una completa renovación de las consignas ideológicas orientadoras, pasó de todo en el kirchnerismo desde octubre del 2013 a esta parte. Una fuerza política que había orientado su militancia en lo nacional-popular, en la lucha contra las corporaciones y en una doctrina nacional justicialista de nacionalismo con justicia social claramente llevada a cabo en la praxis, el kirchnerismo pasó a asumir una agenda progresista de minorías que incluyó y sigue incluyendo cuestiones de género, de moral sexual y religiosa, de estética militante típica de izquierda. Para las elecciones del pasado domingo 12 de septiembre fueron apenas perceptibles las diferencias entre el discurso del kirchnerismo y el del trotskismo de las Myriam Bregman, las Manuela Castañeira y de los demás enanos políticos que se ubican a sí mismos en la izquierda: feminismo, aborto, narrativa sanitaria a ultranza con un componente autoritario muy marcado, omisión del rol de las élites globales y sus corporaciones en la geopolítica, absoluta sumisión simbólica a las potencias de Oriente como Rusia y China. Escuchar a Leandro Santoro o a Victoria Tolosa Paz en campaña fue como escuchar a cualquier trotskista de los que siempre se llevan el 2% de la voluntad popular expresada en las urnas, pues la agenda y el discurso son en efecto los mismos.

El trotskismo y la ideología de género, propia de la izquierda en todo el mundo luego de la caída del Muro de Berlín y la quiebra del socialismo como alternativa de modelo económico. Bien mirada la cosa, la agenda del kirchnerismo es en un 90% y más coincidente con la del trotskismo, lo que para nada puede ser un buen augurio.

El kirchnerismo hoy es de izquierda y esa sola definición ya es útil para empezar a entender precisamente por qué el trotskismo dio un salto de calidad electoral logrando más que el doble de los votos que acostumbra a tener. Es que frente al fracaso oficialista, siendo la misma la agenda y el mismo el discurso, muchos votantes del kirchnerismo no vieron ningún inconveniente en votar al trotskismo. ¿Por qué habría de haber algún inconveniente en ello, si ambas fuerzas hablan de lo mismo y solo una de ellas tiene un fracaso a cuestas? Ese es un ejercicio de lógica allí donde si dos fuerzas políticas proponen lo mismo, es natural que alguien opte por votar a la que está menos sucia. Y en términos de limpieza y pulcritud el trotskismo es imbatible, puesto que nunca gobernó en ninguna parte. Los electores del Frente de Todos que migraron este año a la izquierda siguen esa lógica y eso explica, por ejemplo, el 6,3% obtenido por un fantasma como Myriam Bregman en Capital Federal y el 5,2% alcanzado por un fantasma aún más fantasmagórico como Nicolás del Caño en la provincia de Buenos Aires. Ambos prácticamente triplicaron sus caudales electorales y todos esos votos extra provienen de un kirchnerismo que se fusionó con la izquierda.

Claro que esas son las consecuencias menos nefastas de la mutación del kirchnerismo desde una continuación lógica del peronismo hacia una fuerza de izquierda progresista emparentada con la socialdemocracia europea en un esperpento pocas veces visto en la política. Al correrse a la izquierda, el kirchnerismo empezó a hacer lo que hizo históricamente el trotskismo en todas partes: ser funcional al poder real. Y eso lógicamente tiene que resultar en la no representación de los intereses de las mayorías populares, puesto que la sumisión al poder fáctico de las corporaciones supone necesariamente la paz de los cementerios, esto es, en una contradicción real entre los de arriba y los de abajo el que se somete al poder no puede seguir luchando por el pueblo. No se puede servir a dos patrones y entonces el kirchnerismo convertido en un partido de izquierda abandona la representación y la reivindicación de las clases populares trabajadoras y medias, de las mayorías, para asumir la de las minorías ideologizadas de izquierda.

Eso fue lo que el pueblo percibió en estas elecciones de una manera más bien práctica. Mientras la economía se derrumba, la inflación se dispara, la moneda se devalúa y la economía no se recupera tras un largo periodo de detención forzada, el kirchnerismo aplaude y celebra la aplicación de políticas de Estado por las que se invierten miles de millones de pesos en cuestiones meramente simbólicas, como en el caso de la ideología de género. Existiendo la percepción de un país prendido fuego, de una verdadera catástrofe social y económica con la mitad de la población por debajo de la línea de pobreza, el gobierno de Alberto Fernández con el respaldo del kirchnerismo presentó prácticamente en casi dos años desde diciembre de 2019 a esta parte todos los días una nimiedad simbólica como el cambio de una letra en el documento de identidad y similares que no le dan de comer a nadie. “No llego a fin de mes y estos políticos están en la pavada”, concluyó más de un votante frente a esta insólita situación. Y muy errado no estuvo.

La delirante predilección del gobierno por temas que no le dan de comer a un pueblo en harapos. El anuncio con bombos y platillos del “DNI no binario” en vísperas de las elecciones fue recibido por las mayorías como la gota que rebalsó el vaso y formó la opinión de que Alberto Fernández no se ocupa de lo que es importante para la enorme mayoría del pueblo.

Por otra parte está la insistencia en una narrativa sanitaria a ultranza que, además de exasperante, es contraproducente en el mediano plazo. Para justificar la suspensión de la actividad económica durante casi todo el año 2020 —nadie sabe por qué al Frente de Todos le interesó hacer eso, si supuestamente la idea era la de revertir la debacle heredada de los años de Macri— el gobierno se expresó mediante verdaderos talibanes de lo sanitario tanto en los ministerios como entre los operadores mediáticos que tiene a sueldo. En vez de llevar tranquilidad y sostener una cierta normalidad que permitiera conjugar las medidas de prevención con el trabajo y la actividad económica en general, el gobierno de Alberto Fernández apostó al terrorismo, a meter miedo en la población para que esta quedara paralizada. Y así fue cómo el derrumbe de la economía empujó a millones hacia la pobreza y dejó un tendal de destrucción en los hogares de las familias argentinas.

Es muy probable que se haya calculado una estrategia de terror por una parte para presentar, por otra, la solución de un Estado presente en el cuidado de la ciudadanía, una estrategia paternalista: ante la existencia de un peligro inminente que a la vez se percibe como descomunal, aparecer frente a las mayorías aterradas como garantía de seguridad y protección. Eso no funcionó y, por el contrario, se percibió como una movida autoritaria y como parte de la explicación para la debacle económica y social. Canales de televisión como C5N, a instancias del gobierno y de la millonaria pauta pública, hicieron terrorismo mediático las 24 horas del día durante meses al hilo con las palabras “contagio” y “muerte” en placas rojas y a los gritos, nadie escatimó escándalo en la narrativa sanitaria a ultranza. ¿Y todo para qué? Tan solo para abandonar súbitamente esa narrativa, ocultar del todo la pandemia e intentar convencer ahora a las mayorías de que es seguro salir a la calle para reactivar la economía. En C5N los números escalofriantes de contagios y muertos desaparecieron de los zócalos y del discurso como por arte de magia y nadie parecería ya estar demasiado preocupado por lo que hace unas pocas semanas se presentaba como el anuncio del apocalipsis o poco menos que eso.

Derrota y castigo

Es evidente que la narrativa sanitaria a ultranza no rinde políticamente, lo que por otra parte es bastante lógico. Cualquier manual de política va a indicar que una población aterrorizada y con la moral por el piso no tiende a responder positivamente y más bien tiende a expresar su angustia en las urnas castigando al gobierno de turno. Pero el gobierno de Alberto Fernández insistió con esa narrativa hasta pocos días antes de las elecciones del pasado domingo 12 de septiembre, tan solo para comprobar que la estrategia no era idónea. Narrativa sanitaria a ultranza e ideología de género hasta en la sopa, como suele decirse, he ahí la fórmula del gobierno del Frente de Todos con el concurso decisivo del kirchnerismo para intentar contener en casi dos años a una sociedad en la que la mitad es pobre, buena parte de la otra mitad teme llegar a serlo y 3 de cada 4 niños en el Gran Buenos Aires no comen todos los días. Eso no podía funcionar.

La imagen de la fiesta de Olivos en plena cuarentena, una bomba sobre la credibilidad del gobierno. Mientras imponía el encierro y reventaba lo poco que había quedado de la economía después de Macri, Alberto Fernández no respetó su propio decreto y demostró con el cuerpo que la narrativa sanitaria a ultranza no era verdadera. Eso fue utilizado por la oposición y los resultados están a la vista.

Ahora bien, ¿por qué? ¿Se habrán equivocado los estrategas del Frente de Todos y las cabezas iluminadas del kirchnerismo vanguardista? Es poco probable. Lo que se hizo hasta aquí y aparece frente a los ojos del observador como un cúmulo de errores puede ser más bien el resultado de la mutación kirchnerista antes descrita y eso por una sencilla razón: al girar del peronismo a la izquierda progresista y socialdemócrata, el kirchnerismo debió necesariamente abandonar la lucha contra el poder real de las corporaciones globales y sus socios locales. Y eso no puede ser sin un cambio radical en la praxis y en el discurso. Si no se puede luchar contra el poder, entonces no se puede hablar de esa lucha y mucho menos del propio poder. Y por eso hay que hablar de otra cosa.

Toda fuerza política necesita un discurso, consignas firmes y certezas, así funciona la política moderna. Y si el kirchnerismo en algún momento de su desarrollo y mutación debió abandonar la afirmación de “pueblos o corporaciones” que había orientado la praxis militante en el pasado, es lógico que debió en el mismo acto reemplazar todo eso por otra cosa. Es ahí donde aparece la ideología de izquierda progresista como manera de desviar la atención de la militancia y, a la vez, reorientarla de cara a la nueva realidad. Para ser una fuerza política de izquierda progresista, en suma, el kirchnerismo tuvo que abandonar su prédica revolucionaria inspirada en el peronismo y al mismo tiempo tuvo que empezar a hacer un discurso totalmente nuevo.

Ese cambio se dio de modo paulatino y los militantes fueron como una rana en una olla de agua fría puesta sobre una hornalla encendida. En un principio, con la prestidigitación discursiva fue haciéndose la doble hermenéutica sobre una serie de significantes, vaciándolos de sentido y volviendo a llenarlos con otra cosa. Por ejemplo, la justicia social que es un clásico del peronismo y estuvo muy presente como un faro durante la década ganada fue mutando en “ampliación de derechos” y nadie en ese momento se percató del truco. Más tarde, esa “ampliación de derechos” se asoció al aborto o a la posibilidad de que un transexual se presente en sociedad con un documento que refleje su autopercepción, etc. Es decir, la justicia social dejó de ser el avance progresivo sobre la desigualdad en un sentido económico y pasó a ser la garantía de derechos individuales para una pequeña minoría de la población. El kirchnerismo dejó de representar a las clases populares trabajadoras y medias y pasó a representar a las minorías identitarias que se definen por razones de moral sexual o racial y no por su posición económica real en la sociedad.

Las marchas que durante el año 2020 fueron rápidamente calificadas por los operadores mediáticos del gobierno como “anticuarentena”, aunque contaron con una mayoría exigiendo poder trabajar. El gobierno eligió descalificar a quienes protestaban, la economía se deterioró por el largo parate y eso se hizo una bola de nieve que se expresó en las elecciones, lógicamente.

Eso fue exactamente lo que ya había hecho la izquierda después de la caída del Muro de Berlín, la implosión de la Unión Soviética y de todo el campo socialista en el Este. Imposibilitada de seguir luchando por el socialismo marxista que había orientado su praxis durante décadas desde mediados del siglo XIX, la izquierda tuvo que buscarse una nueva razón de ser y la encontró en la agenda de las minorías sexuales, raciales, religiosas y toda una serie de reivindicaciones que nada tienen que ver con lo económico y, por lo tanto, no constituyen ninguna amenaza real a los privilegios de los ricos. Ahí está el cómo la izquierda dejó un día de ser revolucionaria y pasó a ser funcional a los intereses de las élites globales, de las corporaciones y de las oligarquías locales aquí en nuestra región. La izquierda es identitaria desde hace ya tres décadas y por ese mismo camino va el kirchnerismo al abandonar la doctrina peronista en la que había nacido y al arrimarse a esa izquierda que es identitaria y es políticamente inocua, inofensiva frente al poderoso.

Desde ese punto de vista puede entenderse la pasividad kirchnerista ante el desastre de la no gestión de Alberto Fernández que finalmente condujo a la catástrofe electoral. No es que el kirchnerismo no sabía que eso iba a terminar mal, siempre lo supo y nunca pudo hacer nada al respecto simplemente porque su militancia ya está en otra. Mientras Alberto Fernández siguiera la agenda de la ideología de género y de la narrativa sanitaria a ultranza (que por otra parte es muy funcional a la industria farmacéutica, como se sabe), la militancia iba a seguir dando su total apoyo y apenas alguna crítica muy tímida, siempre reprimida entre pares por los propios militantes porque “no hay que hacerle el juego a la derecha”. El cachetazo electoral pone todo eso al desnudo, pero no es ni mucho menos garantía de que la militancia kirchnerista comprenda la mutación a la que fue inducida, sino más bien todo lo contrario. Metida entera en el delirio ideológico de la sobreideologización tan típica de la izquierda fanática e identitaria, la militancia kirchnerista tiende a redoblar la apuesta, a clasificar de “fachos” a los que en estas elecciones no votaron al Frente de Todos y a la confrontación ideológica contra los que no tienen ni quieren tener ideología y solo votan de acuerdo con su situación económica en cada momento, votan con el bolsillo para castigar al que atentó contra el bolsillo.

De hecho, al momento de escribir estas líneas, en C5N un referente casi sagrado del kirchnerismo como Víctor Hugo Morales apelaba a la opinión de Jorge Alemán para hacer el relato del avance de la derecha en todo el mundo. ¿Qué fue eso? Fue Morales instruyendo a la militancia a no dar un solo paso atrás, a no reconocer la pésima gestión de Alberto Fernández y a atribuir la derrota electoral al avance de la extrema derecha, de los fachos que vienen degollando. Por lo tanto, frente al avance del enemigo ideológico, la militancia no tiende a salir del frasco para hablar con los vecinos de a pie y tratar de recomponer el vínculo de alguna forma, sino todo lo contrario. La militancia tiende a ir al choque con los civiles no ideologizados, a tildarlos de “fachos”, “desclasados”, “antiderechos” (esa maravilla discursiva de la ideología de género que el kirchnerismo hizo propia y usa de comodín en cualquier partida) y todo lo que ya se sabe. Y así es cómo la militancia kirchnerista va a terminar de enajenar al pueblo, lo va a poner en frente y va a lograr que con más furia ese pueblo castigue al gobierno en las elecciones de noviembre de este año.

Una de las últimas expresiones del kirchnerismo peronista: la lucha contra los fondos buitres en el marco de la consigna “pueblo o corporaciones”. Allí iba a empezar la mutación progresista y hoy el kirchnerista no solo no lucha contra las élites globales —la sinarquía internacional de la que hablaba Perón— sino que además tilda de “conspiranoico” al que insiste en hacerlo. De hecho, las relaciones entre el fondo buitre BlackRock y el gobierno de Alberto Fernández son carnales, al igual que la relaciones con otras corporaciones globales.

La izquierda es una cosa contracultural, se basa en una ideología política que no tiene arraigo en la cultura de las mayorías. Y por eso siempre va a trastornar el modo de vida de los pueblos y va a ser una expresión electoral ínfima. La forma en que la izquierda históricamente se ha hecho con el poder en el Estado es la de la revolución armada y llevada a cabo por vanguardias decididas, nunca por el voto popular. El sistema dicho democrático de la burguesía occidental que rige aquí en las colonias de América no es el juego para la izquierda, ahí pierde y perderá siempre por las razones antes enumeradas que son las del no arraigo en la cultura de los pueblos. ¿Cuál podría ser entonces el destino del kirchnerismo si este gira a la izquierda, se aleja de la cultura de la mayoría y empieza a representar una agenda de minorías?

La pregunta es obviamente retórica y la respuesta está en los resultados de estas elecciones. Alejándose de la cultura de las mayorías populares, sobreideologizado y militando una agenda políticamente de minorías sexuales y raciales para no molestar al poderoso ni hacer los cambios que el pueblo exige, el kirchnerismo pierde su esencia y se dirige inexorablemente al fracaso. Si no se sacude el yugo progresista para volver a cuestionar al poder fáctico de tipo económico, no podrá representar los intereses de la mayoría del pueblo argentino y cosechará resultados electorales cada vez más pobres hasta quedar reducido a una expresión estrictamente militante, sin votos entre las mayorías no ideologizadas.

Esa es la descripción actual del trotskismo y podrá ser la del kirchnerismo si insiste en ofrecerle el DNI no binario como toda respuesta a una sociedad que no llega a fin de mes y exige la resolución de la economía, o si sigue hablando de los protocolos y de prohibir en medio a una realidad acuciante en la que el pueblo necesita margen de maniobra para respirar. La hora es ahora: más allá de lo que hagan los dirigentes, les toca a los militantes elegir de qué lado de la historia van a quedar. De no recuperar su memoria peronista, el kirchnerismo va a terminar militando a Sergio Massa, a Rodríguez Larreta o a ambos, pero con un discurso bien trotskista para disimular. Aunque desde luego no disimulará nada en absoluto porque el pueblo sabe y entiende mucho más de lo que pueden suponer esas minorías militantes que se creen a la vanguardia del mundo.


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