Después de cinco días de una crisis política colosal con ribetes de tragedia ocasionada por la derrota en las elecciones primarias del pasado domingo 12 de septiembre, se anunciaron informalmente una noche los tan esperados cambios en el gabinete de Alberto Fernández. Al momento de escribir estas líneas, nombres como los de Juan Manzur (a la Jefatura de Gabinete), Aníbal Fernández (a Seguridad) y Julián Domínguez (a Agricultura, Ganadería y Pesca), entre muchos otros, parecían haberse confirmado y programado para la correspondiente asunción el lunes subsiguiente. Se saldaba la cruenta interna del Frente de Todos —al menos momentáneamente— con un resultado que a primera vista indicaría un triunfo de Cristina Fernández contra todo lo que se pronosticaba en los medios de difusión.

El triunfo kirchnerista vendría dado por la permanencia de Eduardo de Pedro como ministro del Interior, por la salida de Santiago Cafiero de la Jefatura de Gabinete (trasladado a modo de premio de consuelo a Cancillería) y, sobre todo, por el ascenso de Juan Manzur, prescrito un día antes por la propia vicepresidenta en una carta abierta. Parece que Cristina Fernández fue atendida en todas sus demandas y se habría impuesto por lo tanto en una feroz interna que tuvo todo tipo de operaciones, incluso la difusión de audios “filtrados” en los que la diputada kirchnerista Fernanda Vallejos expresaba de un modo descarnado la opinión brutal de su conductora sobre las políticas del gobierno y también sobre sus miembros.

Cristina Fernández logró todo eso y logró además privar a Alberto Fernández de Juan Pablo Biondi, uno de los colaboradores más cercanos, hombre de extrema confianza del presidente. Cristina Fernández triunfaba en una interna que se había desencadenado por la derrota electoral del Frente de Todos, pero esencialmente por el reconocimiento del kirchnerismo de una verdad a gritos: el capital político de su conductora venía siendo dilapidado por un gobierno cuyo plan económico “secreto” resultara ser un total fracaso. El plan económico de Alberto Fernández es “secreto” por nunca haber sido oficialmente anunciado, aunque no tan secretas son sus consecuencias. Un pueblo muy golpeado por el ajuste votó en contra del gobierno y eso prendió todas las luces de alarma en el número 80 de la calle Rodríguez Peña, sede del Instituto Patria. Es ajuste del presidente estaba consumiendo el capital político de la vice y había que frenar la sangría.

Supuestamente por su belleza —cuestiones de la subjetividad de quien mira—, Santiago Cafiero fue elevado por la militancia al lugar de ídolo intocable, una suerte de símbolo sexual para los que dicen no cosificar a las personas. Pero Cafiero fue más bien el símbolo de los funcionarios que no funcionan, fue señalado por Cristina Fernández y barrido en consecuencia de la Jefatura de Gabinete. La militancia en general aún no lo comprendió, pero estuvo adorando largamente a un ídolo de barro.

Quizá Cristina Fernández piense hacerlo de aquí en más desde la Jefatura de Gabinete con un Juan Manzur indicado por ella y quiera mejorar los índices de inseguridad ciudadana con Aníbal Fernández en el Ministerio de Seguridad, todo es posible. Pero cierta pregunta seguirá siendo inevitable en los próximos días: si ya se sabe que las mayorías votan con el bolsillo y probablemente han castigado al gobierno por la pésima gestión de la economía nacional, ¿por qué Cristina avanzó sobre todos los ministerios de importancia, salvo el de Economía? ¿Por qué la dueña de los votos que se están perdiendo por el ajuste, la devaluación de la moneda nacional y la inflación galopante aceptó la permanencia de Martín Guzmán, el responsable técnico del fracaso económico, en ese ministerio neurálgico del gobierno?

La vicepresidenta de la Nación y conductora de aproximadamente un tercio del electorado argentino no solo no pudo, no quiso o no supo voltear a Martín Guzmán, sino que además se apresuró en informarle al ministro que no tenía nada en su contra y que no iba con intenciones de destituirlo de su cargo. ¿Por qué? Es por cierto muy extraño que, viendo cómo su capital político disminuye por razones económicas, Cristina Fernández no haya impuesto el reemplazo de Guzmán como sí hizo con Santiago Cafiero y otros funcionarios que no funcionaban, según sus propias palabras. Desde un punto de vista económico, que es el punto de vista más importante en todo tiempo y lugar, Guzmán es el funcionario que menos funciona puesto que la situación de la economía nacional no es para nada buena: casi el 50% de pobres en todo el país, inflación igual o superior a la de la que se registrara durante el régimen de Mauricio Macri, 3 de cada 4 niños en el Conurbano bonaerense que apenas comen una vez al día, todo eso gracias a las políticas claramente neoliberales implementadas por Guzmán. Pero Guzmán sigue en el Ministerio de Economía. ¿Cómo puede ser posible esa contradicción?

Solo podría haber dos respuestas a lo que parece ser un misterio. La primera, la más insólita, sería la anuencia de Cristina Fernández a la implementación de políticas neoliberales de la mano de Martín Guzmán, esto es, un giro copernicano por el que la dos veces presidenta de la Nación habría renegado de sus convicciones y habría abrazado las ideas opuestas. Es realmente insólito que luego de haber gobernado mayormente con políticas económicas dichas contracíclicas o heterodoxas Cristina Fernández esté ahora muy cómoda con un ajuste a lo Domingo Cavallo que está exprimiendo al pueblo hasta la última gota, aunque a cuentagotas.

Juan Pablo Biondi, gran delincuente de la operación política y hombre de confianza de Alberto Fernández. Cristina Fernández demandó su expulsión del gobierno y así fue. Es uno menos para hacer maldades con el dinero del contribuyente.

Cristina Fernández nunca fue amiga del ajuste y únicamente lo autorizó ya al final de su segundo mandato, después de la derrota en las elecciones de 2013 a manos de un envalentonado Sergio Massa. Como consecuencia de esa derrota, para enero de 2014 se habían ido ya del gobierno kirchnerista los últimos elementos peronistas y el nuevo ministro Axel Kicillof inició tímidamente la etapa del ajuste que dura hasta los días de hoy. El ajuste de 2014 fue ínfimo si comparado a todo lo que vino a partir del triunfo de Mauricio Macri, pero fue el primero desde que Néstor Kirchner se hizo de la presidencia de la Nación en el año 2003. Durante los diez años de la década ganada el kirchnerismo fue peronista en el sentido de expansión económica con justicia social y sin ajuste sobre las clases populares medias y trabajadoras, por lo que se sabe que el ajuste no es el elemento de Cristina Fernández. Sería muy raro entonces que ella se amigara con esas prácticas ortodoxas a esta altura del partido.

Por eso la respuesta al interrogante debe ser la segunda, a saberla: Cristina Fernández no pudo remover a Martín Guzmán y ni siquiera pudo confrontar con él, aclarando que no tenía contra el ministro neoliberal ninguna inquina. ¿Pero cómo puede ser eso? ¿Cómo es posible que la representante de un tercio de la voluntad popular en Argentina —ningún dirigente tiene un capital político de semejante magnitud ni cerca— tenga que levantar el pie del acelerador frente a un simple ministro de Economía votado por nadie? Quedó demostrado en estos años que Cristina Fernández no deja de acelerar frente a nadie, que si va en un coche a 120 km/h y siente vibraciones y ruidos, entonces acelera aún más y se lleva puesto al que se cruce por el camino. ¿Cómo iba a ponerse frenos frente a Guzmán?

La explicación no está en el propio Martín Guzmán ni mucho menos, no es que el hombre tenga poderes sobrenaturales para imponerse en un mano a mano contra semejante animal político. En realidad, Guzmán es un auténtico don nadie en la política nacional. Hágase el atento lector el siguiente ejercicio, que es muy sencillo: pregúntese cuántas veces había sentido nombrar a Martín Guzmán antes del 10 de diciembre de 2019 y verá que el hombre es un total paracaidista, alguien que aparece literalmente de la nada y se instala en el ministerio más importante del gobierno del Frente de Todos sin que ningún argentino más o menos politizado sepa explicar por qué ni cómo.

Con los cuatro años de Néstor Kirchner y los seis primeros de Cristina Fernández en el gobierno se dio la década ganada, una etapa de oro en la historia argentina de expansión económica con justicia social y sin ajuste. Al terminar el año 2013 con el triunfo de Sergio Massa en las elecciones de octubre de ese año se van del gobierno los últimos artífices de esa década ganada y arranca el ajuste, que sigue hasta hoy.

Según la diputada Vallejos en uno de sus escandalosos audios de operación, Martín Guzmán “salió del frasco de la Universidad Nacional de La Plata, se fue al frasco de yanquilandia, lo trajeron y lo sentaron ahí en el Ministerio de Economía”. Y lo dicho por Fernanda Vallejos es rigurosamente cierto: Guzmán no tiene en la política argentina más trayectoria que cierto paso quizá fugaz por la agrupación universitaria gorila Franja Morada y eso es todo. Fue a terminar de formarse en los Estados Unidos a la sombra fresca de Joseph Stiglitz —un delincuente globalista sobrevalorado por los medios de difusión del poder— y un buen día se vio sentado en el sillón de ministro de Economía de la Argentina al resultar electo Alberto Fernández. En una palabra, pusieron en el lugarcito más caliente de la administración de lo público a alguien que no hizo méritos en la política argentina para estar allí.

Entonces la explicación de cómo Guzmán le frenó el carro a la dirigente más poderosa de nuestra política no puede estar en el propio Guzmán, de ninguna manera. A menos que domine como un maestro esas técnicas de brujería, magia negra, potentísimos gualichos y cosas por el estilo, es sencillamente imposible que un cuatro de copas como Martín Guzmán se quede donde está si Cristina Fernández no quiere. La explicación va a estar en quiénes trajeron (o mandaron, mejor dicho) a Guzmán desde los Estados Unidos a sentarse en el sillón de ministro de Economía, son los espónsores de Guzmán los que explican la existencia de Guzmán y nunca al revés.

El negocio del ajuste

Constituye una sólida evidencia de nuestra falta de cultura política el hecho de que Martín Guzmán haya venido de “yanquilandia” a ocupar el Ministerio de Economía sin que eso le haya hecho ruido a nadie. El General Perón solía decir que nuestro país está muy politizado, pero no tiene cultura política, es decir, el argentino no está generalmente preparado para comprender los tejemanejes del reverso de la trama. De hecho, en estos últimos tiempos nos hicimos adictos a la categoría de “conspiranoia” para clasificar lo que no vemos y no comprendemos, lo que es básicamente toda la política nacional e internacional. Si las cosas no salen estampadas en las letras de molde de los grandes medios, los argentinos no las cuestionamos y ni siquiera nos enteramos de su existencia.

Entonces desde los Estados Unidos nos impusieron directamente un ministro de Economía y nosotros, lejos de cuestionar esa loca imposición, nos pusimos a aplaudir a ese ministro como si se tratara de un prócer del peronismo largamente probado en el campo de batalla. El ala progresista del Frente de Todos destacó rápidamente la “deconstrucción” de Guzmán y dio inicio al culto a su personalidad. Hoy por hoy y por lo menos hasta el estallido de la actual crisis, que puso patas arriba las certezas ideológicas de muchos, Martín Guzmán es un ídolo de la militancia del Frente de Todos y cualquier crítica en su contra se castiga en las redes sociales con cancelaciones, agravios, escraches y todo tipo de violencia simbólica por parte de los que se jactan precisamente de combatir la violencia, los muy hipócritas.

Martín Guzmán junto a Joseph Stiglitz, su mentor. Es realmente insólito el hecho de que la opinión pública en Argentina no haya comprendido que las potencias occidentales impusieron el ministro de Economía en el gobierno del Frente de Todos para llevar a cabo el macabro plan del Fondo Monetario Internacional.

Pero la verdad es que Martín Guzmán no tiene arraigo en nuestra política, no tiene trayectoria y, por lo tanto, no está capacitado para ejercer el cargo que ejerce. Alguien dirá a partir de la vieja zoncera del “economista técnico” que Guzmán tiene muchos pergaminos académicos, pero eso no alcanza. Un ministro de Economía es sobre todo un político, un sujeto involucrado en la dinámica social de su tiempo y lugar con plena comprensión de la complejidad de la sociedad. Si es un técnico “limpio” de política, pues no es más que un Domingo Cavallo, un economista dicho técnico al que la política le dio el extraordinario estatus de superministro para que haga un desastre. ¿Por qué Cavallo hizo un desastre? Porque no tenía compromiso político con el pueblo sobre el que descargó sus maldades y, fundamentalmente, porque alguien en “yanquilandia” lo mandó a hacer esas maldades.

Martín Guzmán tiene esas mismas características y es evidente que se trata de una reedición cavallista. No tiene compromiso político con el pueblo porque nunca militó en la política, se presenta como un economista técnico, fue adiestrado en los Estados Unidos para hacer las maldades que hace y también es un gran neoliberal, como confirma la diputada Vallejos en sus audios que son como podcasts y ya quedaron para la historia. Lo que la militancia sobreexcitada no ve porque carece de cultura política es que está repitiendo el error de la militancia en los años 1990. Como el de Carlos Menem se presentó como un gobierno peronista, a la militancia no se le ocurrió mejor idea que respaldar a Domingo Cavallo. Eso pasó entonces y vuelve a pasar hoy con el gobierno de Alberto Fernández, que también se presenta como peronista y por eso la militancia se enamora otra vez del verdugo respaldando a un Martín Guzmán importado. Tenemos un ministro yanqui y eso nos parece de lo más “cool”.

Nadie cuestiona nada, todo es meta bombo y consigna. Y por eso nadie ve lo obvio ululante: fue “yanquilandia”, o más exactamente el Fondo Monetario Internacional, quien puso a Martín Guzmán en el lugar donde se encuentra y lo sostiene allí. La explicación para ese hecho es también muy sencilla y tiene que ver con nuestra deuda externa, pero para comprenderla debemos primeramente comprender la real naturaleza del Fondo Monetario Internacional, al que llamaremos de aquí en más FMI, por sus siglas en castellano.

La propaganda fue muy efectiva en vender las “buenas relaciones” entre Martín Guzmán y la titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, como una señal positiva para la Argentina. Lo que nadie vio, en realidad y en el reverso de la trama, es que tanto Guzmán como Georgieva son empleados del mismo patrón: las élites globales y sus corporaciones. Ambos trabajan para el FMI, pero Guzmán lo hace como encargado de negocios en nuestro Ministerio de Economía.

El sentido común suele pensar en el FMI como quien piensa en cualquier prestamista común y silvestre, pero eso es un gravísimo error. El FMI no existe para prestar dinero y cobrarlo más tarde con ciertos intereses, no vive de eso. El FMI existe como una suerte de ministerio occidental para las colonias cuyo objetivo es endeudar a los países dichos en desarrollo y sobre todo —aquí está el centro de la cuestión— para asegurar que esos países nunca paguen lo que deben. Dicho de otro modo, el FMI presta dinero para no cobrarlo. Al ser un instrumento de las potencias occidentales y siendo la principal de esas potencias los Estados Unidos, el FMI imprime todos los dólares que quiera a través del Departamento del Tesoro estadounidense, lo que a su vez significa que para el FMI el dólar tiene el mismo valor que cualquier papel pintado. ¿Para qué querría el FMI que un país deudor le pague su deuda con esos papelitos pintados sin ningún valor?

Para nada, el FMI no quiere eso. Lo que el FMI realmente quiere es que los países no puedan pagar sus deudas. ¿Por qué? Porque un país que no paga con dinero debe pagar entregando su soberanía sobre los recursos del territorio, objetivo central de las potencias imperialistas. El dinero, como veíamos, es solo papel pintado para quienes lo imprimen, no es riqueza real. Pero los recursos de territorios tan extensos y variados como el de la Argentina sí que son riqueza real y es así, final y desgraciadamente, cómo por la ganga de 44 mil millones de dólares las potencias que utilizan el FMI a modo de instrumento de recolonización querrán acceder a lo equivalente a cientos de miles de millones y hasta a billones de dólares en riqueza real de nuestro país. Es sin lugar a dudas un negocio redondo para el que lo hace desde todo punto de vista.

John Quincy Adams fue el sexto presidente de los Estados Unidos entre los años 1825 y 1829, aun en la etapa de liberación nacional estadounidense y mucho tiempo antes de que ese país fuera una potencia imperial. Desde ese lugar, que es un lugar revolucionario y antimperialista por definición, John Quincy Adams tuvo una epifanía y dijo alguna vez que hay dos formas de conquistar y esclavizar una nación, siendo una de ellas la espada y la otra la deuda. Se puede invadir un territorio con tropas y fracasar, como en el caso de los yanquis en Afganistán y en todos los otros casos a lo largo de la historia. Y también se puede someter con la deuda, que es precisamente el mecanismo actual de sumisión colonial para el que las potencias occidentales utilizan los servicios del FMI. La Argentina se está recolonizando por una deuda de escasos 44 mil millones de dólares, un vuelto para quienes los prestaron. Nos están comprando la soberanía sobre recursos incalculables por un vuelto que además nadie sabe muy bien adónde fue a parar.

La pobreza de los países dichos en desarrollo, sobre los de África, es el verdadero absurdo de la historia: sentados sobre riquezas incalculables, los pueblos de esos países no logran levantar cabeza y ven cómo las potencias extranjeras hacen un saqueo permanente de sus territorios sin poder hacer mucho al respecto. Ninguno de esos países tuvo que ser ocupado militarmente para que esa relación colonial se impusiera. Con el mecanismo de la deuda y el ajuste los ricos del mundo los tienen bajo la bota desde tiempos inmemoriales. Ese es el juego del FMI, que no casualmente está muy presente en África.

Ahora bien, aquí es donde vuelve a entrar el bueno de Martín Guzmán en la historia. Resulta que con un Mauricio Macri solo no alcanza para hacer exitosamente la operación de endeudamiento para someter una nación, hace falta más. Con Macri el FMI tuvo el socio idóneo para la primera parte del plan, que es la toma de los empréstitos que serán la perdición, pero luego viene la etapa en la que el pueblo querrá pagar la deuda por más abultada que sea esta, la querrá pagar para liberarse del yugo. Para que la jugarreta del endeudamiento y la sumisión colonial funcione es necesario que el país no pueda pagar su deuda y entonces el pueblo sea inducido a creer que no conviene o que es imposible pagarla. Y para eso hay un mecanismo: el ajuste.

En los tiempos de Domingo Cavallo fue recurrente la dinámica de hacer un ajuste, cosechar malos resultados económicos y entonces hacer otro ajuste para reequilibrar la economía, tan solo para cosechar resultados igualmente malos y hacer un nuevo ajuste. Es un ciclo vicioso que se explica por la contracción de la economía. Cuando el Estado hace un ajuste fiscal, la economía se contrae en vez de expandirse por la sencilla razón de que hay menos dinero circulando y por eso se vende menos, se produce menos, hay menos empleo y nada de crecimiento, lo que va a resultar en serios desequilibrios macroeconómicos. Sobre eso los economistas neoliberales u ortodoxos como Cavallo o Guzmán no tienen mejor idea que hacer más ajustes para cubrir el déficit fiscal entre lo que se recauda (que es cada vez menos, por la contracción de la economía) y lo que se gasta. Ahí está que con el ajuste el FMI se asegura de que un país deudor esté siempre cada vez más lejos de poder pagar su deuda con el propio FMI.

Es justamente por eso que a los países deudores como el nuestro el FMI les impone el ministro de Economía, les instala una oficina dentro del ministerio y les exige el cumplimiento de una serie de metas fiscales que el gobierno del país deberá cumplir para llegar a un acuerdo con el FMI y sostenerlo en el tiempo. Es una trampa infernal a todas luces que, no obstante, nadie ve porque los medios de difusión no la muestran. ¿Por qué los periodistas en los medios no explican esto al pueblo, no explican que la única manera de pagar la deuda externa es expandiendo la economía, creciendo y generando más riqueza real a partir de la transformación? Porque los medios son de las corporaciones y, en última instancia, son de propiedad del mismo aparato colonial que controla el FMI. Están en ambos lados del mostrador, están en el Ministerio de Economía, están en todas partes. Y siempre son ellos mismos.

En los años 1990, con la creencia de que existía un gobierno peronista, la militancia respaldó a Domingo Cavallo y la sociedad lo valoró como un “economista técnico, no político”. Cavallo hizo un desastre cuyas consecuencias las seguimos padeciendo hasta hoy y en, buena medida, están en el origen de nuestra debacle. Ahora hacemos lo mismo con Martín Guzmán sin percatarnos de que se trata de otro Cavallo, con buenos modales, “deconstruido” y hablando bien bajito. Pero las maldades son las mismas.

Y es por eso que Guzmán ajusta. Es falso que el hombre oriente su praxis por un gusto estético o ideológico, eso no existe en la política real. A Guzmán lo sacaron del frasco de “yanquilandia” y lo sentaron en el Ministerio de Economía para que ajuste, vuelva a ajustar una y mil veces, para que la economía argentina sea cada vez más pequeña y finalmente para que estemos cada vez más lejos de poder pagar esos miserables 44 mil millones de dólares que Macri contrajo como deuda durante su gobierno. Martín Guzmán y los sádicos del macrismo que tomaron los empréstitos son distintas etapas, son diferentes engranajes de un mismo plan de endeudamiento infinito y sometimiento colonial de la Argentina a las potencias occidentales y a sus corporaciones.

He ahí por qué nadie en Argentina puede con Martín Guzmán, ni siquiera Cristina Fernández. Nadie puede ni podrá con él mientras él esté allí como un sicario a sueldo del poder fáctico global, nadie se va a meter con él y todos tendrán que apresurarse en aclarar que no tienen contra él nada en absoluto. Solo el pueblo podrá voltear a Martín Guzmán, correrlo de vuelta hasta Harvard y terminar con el perverso ciclo de endeudamiento, ajuste, contracción económica y recolonización de la Argentina. Solo el pueblo en la consciencia de su deber histórico podrá realmente decir en esta etapa lo que dijo Néstor Kirchner en otro tiempo, cuando pagó y expulsó al FMI que se había instalado en el Ministerio de Economía: “No voy a pagar la deuda con el hambre del pueblo, los muertos no pagan. Déjennos crecer y les pagaremos todo”. Hoy la política es incapaz de emular a Kirchner, hay un estancamiento y una fenomenal desmoralización. Existe un atolladero y solo el pueblo podrá salir de él. Solo el pueblo salvará al pueblo.


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