En su inmensa sabiduría, el General Perón solía decir que la verdadera política es la política internacional. Y la razón por la que esa definición fue precisa en los tiempos de Perón y sigue siéndolo en los días de hoy es que, sobre todo en países semicoloniales como el nuestro, los intereses de las potencias globales y de las corporaciones modifican profundamente la dinámica de la política local. No se trata de ninguna “conspiranoia” ni nada por el estilo, sino de una mera cuestión de observación del comportamiento de nuestros dirigentes y de hacer un ejercicio lógico para ver cómo dichos dirigentes van cambiando sus discursos de acuerdo a los lineamientos que se marcan en otra parte.

Eso es lo que pasa en los países económicamente dependientes. Al no tener independencia económica, se pierde también la soberanía política y la lucha por el poder en el Estado se transforma en una representación de intereses foráneos donde nadie se puede hacer el loco, como dice el buen sentido popular: en mayor o en menor medida y por más nacionalistas que sean los sectores políticos y los dirigentes en pugna, todos deben estar pendientes de lo que se juega en la política internacional, que es la geopolítica. Y entonces todos representan alguno de esos intereses geopolíticos en el plano local de nuestra política de cabotaje.

Eso pasa en todo el arco político, como se ve, desde la derecha más notoria e históricamente cipaya hasta la izquierda que el sentido común asocia con todo lo opuesto. Por una manipulación en el lenguaje, las posiciones dichas de izquierda suelen percibirse como parte de un difuso “campo popular” donde todo lo que hay es defensa de los intereses del pueblo y, en consecuencia, de la patria. El pueblo es la patria, es el pueblo-nación en la conciencia colectiva de las mayorías y de ahí nace el concepto de “campo popular” con la inclusión de los sectores ubicados a la izquierda del arco, tendemos a ver las cosas de esta manera y allí es donde está el engaño más potente del poder.

El General Juan Domingo Perón, militar e intelectual de fuste, gran estratega de la geopolítica. Perón solía decir que la verdadera política se desarrolla en el plano internacional y eso se aplica aún con más intensidad en los países dependientes o en desarrollo como el nuestro. El concierto de las naciones sumado a la lucha de estas contra las corporaciones impacta en nuestra política local y nadie es ajeno a los enormes intereses en pugna.

Son patrañas, no hay nada de eso. Un cipayo puede serlo y puede ser funcional a los intereses foráneos tanto por derecha como por izquierda y el ejemplo más cristalino de esta realidad es el trotskismo de siempre. Por más que se pinten de rojo y se llenen la boca para hablar de los trabajadores, el sentido común del argentino y del americano en general ya sabe que los trotskistas son el vulgar instrumento del imperialismo y la reacción, como solía decir Fidel Castro hace ya muchas décadas. Todo el mundo sabe que el trotskismo es un dispositivo del poder fáctico global por izquierda para meter confusión y romper cualquier conato de organización popular en la política, todo el mundo sabe eso y aun así sigue siendo fuerte la asociación simbólica de una izquierda difusa con la representación de los intereses del pueblo-nación.

Esas son las consecuencias del triunfo del ordenamiento horizontal de la política legado por la revolución burguesa de Francia desde fines del siglo XVIII a esta parte, la polarización binaria entre dos extremos clásicos, derecha e izquierda, donde la primera se asocia a la reacción y la segunda, a la revolución. Es viejo y está perimido, nunca fue realmente así en la práctica, pero sigue funcionando por tratarse de una estructura mental que condiciona la forma de pensar en la política antes incluso de que la empecemos a pensar: al empezar a observar la lucha por el poder en el Estado, uno ya arranca esa observación con el prejuicio. No vemos a los de arriba oprimiendo a los de abajo como ocurre fácticamente desde siempre, sino que vemos a los de la derecha contra los de la izquierda en un teatro donde todos están claramente caracterizados, en una lucha sobre un plano horizontal entre gente que piensa distinto. No vemos los intereses de los de arriba condicionando la praxis y el discurso de los dirigentes y en eso hay inocencia, la dosis justa de inocencia de los civiles que el sistema necesita para seguir funcionando.

Bellos discursos vacíos

Dos noticias en el lapso de una hora, así fue como el medio de difusión de la izquierda progresista —no trotskista, aunque pega en el palo— se apuró en instalar una idea profundamente cipaya. A las 11 de la mañana del miércoles 20 de octubre, el Diario Página/12 informaba que la Argentina ocupa el 14º. puesto en un ranking histórico del calentamiento global, esto es, que desde el año 1850 nuestro país ha sido uno de los que más han contribuido a la contaminación del planeta. Véase bien: observando el ascenso de la revolución industrial en Occidente y luego en China a lo largo de los siglos XIX, XX y lo que va de este siglo XXI, se cuela entre esos países desarrollados el nuestro, uno que nunca tuvo ni tiene industria en serio ni parque automotor relevante. O por lo menos así nos dice esta narrativa.

La promoción de las llamadas “fake news” por parte de Página/12 el miércoles 20 de octubre. Con una hora de diferencia, el medio depositario y difusor de la ideología de la izquierda progresista lanzó la operación en dos partes, sumando un ladrillo más a la construcción de la narrativa con la que el poder fáctico global intenta hacer retroceder a la Argentina al preperonismo mediante la destrucción de la industria.

¿Qué narrativa? Este primer artículo de Página/12 está firmado por un Javier Lewkowicz (homónimo de los famosos Alfredo y Diego Leuco del Grupo Clarín) y se basa en el informe de una oenegé inglesa llamada Carbon Brief. Dicho de otra forma, a partir de lo que dice una de las tantas oenegés ficticias creadas y mantenidas por el Foreign Office inglés, un inimputable llamado Javier Lewkowicz anuncia con grandilocuencia que la Argentina está en el grupo de los países que más emiten los llamados gases invernaderos que estarían contaminando la atmósfera hasta causar el calentamiento global. Pero como nadie se fija en quién dice las cosas ni a instancias de qué o quiénes las cosas se dicen, se instala finalmente con valor de verdad la aseveración de que un país desindustrializado como el nuestro está destruyendo el planeta. Este es el punto de partida de la operación.

Ya instalados los argentinos entre los villanos del cambio climático, una hora después el propio Diario Página/12 publica otra nota, esta ya sin la firma de nadie y apenas atribuida a la Radio AM 750, perteneciente al mismo conglomerado mediático que controla Página/12. Aquí, en la estela del artículo anterior, se informa que la Argentina y Colombia piden canjear sus deudas por “acciones climáticas”. Y ahora sí la operación toma su forma final.

Se trata de una narrativa muy sofisticada que impacta fuertemente sobre la conciencia del individuo de izquierda que lee el Diario Página/12 y cree en lo que lee ahí como ocurre con el sujeto de derecha que hace lo propio con el Diario La Nación. El caso es que se juntan el hambre y las ganas de comer allí donde primero se instala sobre el relato apocalíptico del calentamiento global el dato de la Argentina como destructora del planeta y el problema de la deuda externa, que es acuciante. Podemos pagar nuestra deuda con “acciones climáticas” y a la vez salvar el mundo con eso, es una oferta que nadie podría rechazar, como diría Don Corleone.

Cubierta en petróleo. Greta Thunberg es la reina de la sobreactuación y es una verdadera vaca sagrada para Página/12 y para los que consumen ideológicamente el contenido de dicho medio. Thunberg simboliza el grito progresista despojado de argumentación, absolutamente ahistórico e ignorante de las realidades nacionales en los países donde ese grito se replica irreflexivamente. La narrativa del ambientalismo a ultranza se usa en la práctica para condicionar el desarrollo de los países dependientes, es un instrumento vulgar del imperialismo por izquierda. Y en ello tanto Thunberg como sus admiradores son partícipes necesarios, aunque casi siempre involuntarios.

Mientras los argentinos nos ocupamos precisamente del cabotaje en vísperas de elecciones parlamentarias y estamos pendientes de los resultados, de ver qué frente suma más diputados y senadores, por lo bajo los medios de la izquierda progresista van instalando la narrativa que ubica a nuestro país —a partir, como hemos visto, del informe de una oenegé inglesa y poco más que eso— entre los villanos del cambio climático. En paralelo, se instala además la idea de la posibilidad de transformar la deuda externa en “acciones climáticas” y el problema es justamente ese, a saberlo, el que nadie explica aún en qué consistiría tal cosa.

El negocio de la dominación

Se ha hablado abundantemente en este espacio del mecanismo de la deuda como instrumento no financiero ni mucho menos, sino de dominación. Es un hecho muy conocido en la política a esta altura el de que las potencias y los organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) no prestan dinero a los países en desarrollo con problemas como el nuestro para cobrar luego esos empréstitos con cierto interés, ese no es el negocio. La deuda externa es como decía John Quincy Adams en los albores de la constitución de los Estados Unidos como país soberano: es, junto a la espada, una de las dos formas de someter a una nación. El poderoso presta dinero para no cobrar jamás, para que la deuda sea eterna y entonces en el ínterin controlar los recursos de los países que deben.

John Quincy Adams, el sexto presidente de los Estados Unidos (1825/1829), en la etapa de liberación nacional de ese país que luego se convertiría en una potencia imperialista. Quincy Adams dio una definición para la eternidad al decir que la espada y la deuda son las dos formas de esclavizar a una nación. Hoy lo segundo es ampliamente utilizado mientras lo primero cae en desuso: la guerra tiene costos demasiado altos y realmente solo tiene por finalidad incrementar el poder del complejo industrial-militar. Para la dominación real la deuda es el mecanismo más idóneo.

Por eso no es difícil ver aquí un plan a mediano y largo plazo cuya finalidad es el sometimiento de países ricos en recursos naturales como la Argentina al poder fáctico global, a las grandes potencias dominantes, a las corporaciones o a todos estos combinados. La primera parte del plan se ejecutó durante el gobierno de Mauricio Macri, la Argentina se endeudó mucho más allá de su capacidad de cumplir los compromisos financieros, capital e intereses, de los empréstitos contraídos. Luego, ante la imposibilidad de pagar, la deuda se convierte en eterna y la Argentina queda a merced de la voluntad de los prestamistas, en este caso del FMI a modo de ministerio para las colonias. Y finalmente los argentinos nos vemos obligados a aceptar todo tipo de injerencia en nuestros asuntos internos, desde la imposición de un ministro de Economía como Martín Guzmán (un clarísimo operador de los mercados globales enviado por Harvard a hacer lo que hace) hasta, precisamente, las “ofertas” de canjear deuda por “acciones climáticas”.

No sabemos todavía de qué se trata, nadie explica si esas “acciones climáticas” van a consistir en plantar árboles, en descontaminar riachuelos o en reducir el uso de sorbetes de plástico en los restaurantes de comida rápida, pero está claro que no va a ser nada de eso. Aquí se habla de emisión de gases invernadero, el problema declarado es el calentamiento global que se asocia en el mismo relato a la emisión de CO2 a la atmósfera y eso claramente tiene por finalidad disminuir y hasta clausurar las actividades que hacen a esa emisión. En una palabra, las “acciones climáticas” que nadie quiere explicar en qué demonios consisten son la exigencia de una desindustrialización drástica. Hay que parar de contaminar porque el mundo se acaba.

El mundo se acaba, eso puede ser cierto y más aún en el aspecto de los recursos del planeta, aunque de ninguna manera nuestro país ni los demás países en desarrollo somos responsables de ello. Entre China, los Estados Unidos, Europa Occidental, Japón y Corea del Sur está la casi totalidad del consumo de los recursos del mundo y también de la emisión de gases invernadero que contaminan la atmósfera. Y, no obstante, nadie puede presionar a esos países para que se desindustrialicen rápidamente, puesto que ellos no son rehenes del empréstito. Nos vienen a presionar a nosotros, con la ayuda interna de los cipayos de derecha que nos endeudan más allá de nuestra capacidad de pagar, pero también con la ayuda de los cipayos de izquierda que ideológicamente venden la patria promocionando la lucha contra el cambio climático como la urgencia más grande y la idea de que nuestro país es responsable por la catástrofe que se anuncia.

Amoroso con la extitular del Fondo Monetario Internacional Christine Lagarde, Mauricio Macri es el cipayo de derecha que hundió al país en la deuda impagable. Una vez terminado su trabajo de demolición, Macri dio paso a los cipayos de izquierda cuya función será legitimar la deuda y transformarla en dominación. Cuando el pueblo argentino entienda la maniobra ya será demasiado tarde: se habrá entregado toda la soberanía y tendremos como resultado un país fragmentado incluso en lo territorial.

A los argentinos primero nos preparan y luego nos condicionan. Los cipayos de derecha nos endeudan y con eso nos preparan para el descenso en las tablas mundiales de dignidad, nos ponen en el lugar del mendigo; los cipayos de izquierda nos condicionan para pensar que encima somos culpables y que por eso debemos aceptar alegremente no solo toda clase de injerencia foránea en los temas de nuestra organización nacional, sino además la destrucción de la escasa industria que nos queda en nombre del clima. En el altar de esta nueva religión ambientalista vamos a sacrificar lo que aún queda de desarrollo industrial después del desguace de la dictadura entre 1976 y 1983, después del menemismo asociado al Consenso de Washington y después del macrismo que continuó la obra de demolición. Nos queda muy poquito y ahora vamos a aceptar el remate de lo residual para “salvar el planeta”.

Ideología

Es una estafa a todas luces, sin lugar a dudas, pero no es la única. Con el discurso ideológico de izquierda luego del saqueo material de derecha también van por la fragmentación territorial, puesto que es inaudito para quienes cortan el jamón a nivel mundial que la Argentina sea el octavo país más extenso del mundo, que esté en posesión de incalculables riquezas en el territorio y en el subsuelo y que sea un solo país. Por el contrario, para una mejor explotación y saqueo de esas riquezas convendría una balcanización territorial que transformara lo que hoy conocemos como Argentina en unos cuantos pequeños países del tamaño de Uruguay y Paraguay o incluso menos que eso, países menores sin ninguna capacidad de reorganizarse para la defensa de su patrimonio.

De hecho, eso fue lo que pasó a principios del siglo XIX cuando la diplomacia y la inteligencia de Gran Bretaña metieron cuña en los procesos de independencia en Hispanoamérica para impedir que todo el territorio del imperio español en decadencia mantuviera su unidad territorial formando el país más extenso del mundo después de Rusia y el más poblado después de China y la India. Eso sería la patria grande hispanoamericana desde el Río Bravo hasta la Patagonia, de México a la Argentina excluyendo a Brasil —que era de los portugueses— y otras pequeñas posesiones británicas, francesas y holandesas en el Caribe y en el extremo norte del subcontinente sudamericano. Así sería hoy una potencia global tricontinental con salida a dos océanos, con 11,5 millones de kilómetros cuadrados de superficie y una población de más de 400 millones de habitantes, todo eso con un pueblo-nación culturalmente homogéneo y hablando un mismo idioma. Un hueso durísimo de roer para quienes pretendieran venir aquí a robar.

Esquema de lo que pudo haber sido una patria grande hispanoamericana históricamente. A excepción del sector apropiado por los Estados Unidos a México y a Cuba y de lo que más tarde sería Brasil, posesión de los portugueses en América, la unidad del viejo imperio español habría resultado en el segundo país más extenso de la tierra, el tercero más poblado y lejos el más rico en recursos naturales. Pero la diplomacia y la inteligencia de los británicos metieron la cola y balcanizaron, proceso que pretenden continuar hasta la fragmentación total como se ha hecho en África.

Nos balcanizaron entonces y pretenden seguir con el proceso de creación de pequeños países indefensos allí donde todavía hay gigantes con capacidad de pararse de manos. Para eso cuentan otra vez con los cipayos de derecha en todo lo que es rifar y regalar el patrimonio y la soberanía, pero también con los de izquierda para ideologizar con el asunto del indigenismo a ultranza, la negación del mestizaje hispanoamericano que está en nuestra esencia. Las consignas progresistas de la “autodeterminación” de los pueblos con derecho a territorio propio nos están llevando a pensar que los pueblos originarios deben tener el derecho a escindirse de las constituciones políticas actuales hasta fundar nuevos países independientes dentro de lo que hoy es una unidad precaria. Esto es lo que hay en el fondo del asunto de los llamados mapuches.

Ese problema tiene varias dimensiones, siendo la más evidente la de una contradicción que en ningún caso los argentinos podemos incurrir. De aceptar la legitimidad en los reclamos secesionistas del territorio por parte de los pueblos originarios, automáticamente estaremos legitimando también el derecho a la autodeterminación, por ejemplo, de los kelpers en nuestras Islas Malvinas. Como se sabe, Gran Bretaña pretende sostener la usurpación de esas islas con el argumento de que los kelpers se pueden independizar tanto de Londres como de Buenos Aires, lo que en la práctica significa la dependencia de Londres en la lógica de la Mancomunidad de Naciones que ellos llaman Commonwealth. No hay nada que se asemeje a una “autodeterminación” para esas 3.500 almas que sostienen con el cuerpo la usurpación de las Islas Malvinas llamándolas Falklands. Lo que hay es colonialismo mal disimulado con férreo control por parte del gobierno británico sobre los recursos naturales alrededor de las Islas y sobre el tránsito en el Atlántico sur y en el Estrecho de Magallanes.

Lo mismo intentan hacer los ingleses, siempre ellos, oponiendo a sus filibusteros autodenominados mapuches a la constitución política de la Argentina, enfrentándolos con el Estado nacional y los Estados provinciales de la región patagónica para generar una tensión en escalada hasta que eso sea suficiente para reclamar la secesión del territorio soberano. Tendrán la “autodeterminación” estos filibusteros para crear una nación mapuche sobre las zonas ricas en petróleo, gas y litio para luego ponerse bajo la protección de Londres. O de Bristol, que es donde tienen sus sedes las oenegés que agitan todo esto a instancias de la corona como si se tratara de una defensa de los intereses de los pueblos originarios.

Los autodenominados mapuches, aquí en conflicto con el Estado nacional de Chile. En la Argentina, el gobierno del Frente de Todos se encuentra en una posición de rehén frente a esta cuestión gracias a la ideologización progresista del grueso de su militancia. Imposibilitado de actuar ante los actos de agresión en la región patagónica, el gobierno de Alberto Fernández es pasivo en el conflicto territorial y las provincias quedan libradas a su suerte.

No lo es ni está cerca de serlo. Estamos más bien frente a la misma actividad de la diplomacia y de la inteligencia británicas que nos habían balcanizado a principios del siglo XIX y ahora vuelven por más a la luz del hallazgo de ingentes riquezas en el subsuelo de la región patagónica argentina. Allí van a querer instalar micropaíses nuevos y supuestamente independientes cuyos gobiernos sean los garantes de la libre explotación de aquellos recursos por parte de las potencias occidentales y las corporaciones. ¿Y qué hace nuestra izquierda al respecto? Pues antepone el indigenismo a ultranza a la defensa de la soberanía nacional, legitima el saqueo futuro en base a una narrativa ideológica profundamente antinacional, pero que no se percibe así por su barniz progresista.

Tanto la narrativa ambientalista como la indigenista radicalizadas a punto de negar la necesidad de desarrollo de una industria propia por una parte y, por otra, la naturaleza mestiza del hombre hispanoamericano son instrumentos de construcción de sentido de cara a un plan a mediano y largo plazo. Todo eso es lo que hace la izquierda progresista cuyo faro comunicacional son los medios como Página/12 y afines, todo eso hacen algunos adrede y otros sin saberlo, aunque lo hacen todos. Por izquierda deconstruyen la unidad nacional, dan marcha atrás en el ya de por sí dificultoso proceso de integración regional americana y retroceden hacia la balcanización, la división y la sumisión colonial. Están los cipayos de derecha y están los cipayos de izquierda, está visto.

La gran parte de estos últimos no es consciente de su cipayismo, se deja encandilar por la ideología. La narrativa de la justicia universal en abstracto es el peor enemigo que tienen hoy los pueblos: el enemigo tiene el poder y se ha metido en las mentes de quienes lo tendríamos que estar combatiendo. Tiempos peores vendrán.


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