Se nos ocurrió, pero no como ocurrencia forzada, sino porque parece objetivo que el aniversario de la muerte de Kirchner y este momento se cruzan en muchos aspectos, o en unos pocos y fundamentales.

Aquella imagen de convicción de hacia dónde ir, incluso asumiendo que la etapa inmediatamente previa había hecho —a fuerza de un estallido— las correcciones económicas macro que eran menester para arrancar de nuevo. Aquella imagen, aquel semblante efectivo de animarse al enfrentamiento con factores de poder. Aquella cuestión de que los discursos no sean, como no fueron, solo retórica.

Tampoco se trata de la melancolía, que en política conduce a la nada misma, como a veces decimos y no solo en política. Sí se trata, por más que parezca un cliché, de proyectar lo que enseña un pasado tan reciente, además.

No hay mucha vuelta que darle. Cualquiera sea el resultado electoral, cualquiera, y mucho más si se confirman o amplían los números desfavorables, el gobierno entrará en una etapa de definiciones a la que es muy difícil encontrarle punto intermedio. Eso significa, descartado que la oposición acepte sentarse a dialogar y acordar… ¿Acordar sobre qué? Significa un escenario a dos puntas regido por las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

En un rato, a las doce (del sábado 30 de octubre), se juntan en Roma el presidente Alberto Fernández y la titular del FMI Kristalina Georgieva y absolutamente nadie espera que de esa reunión salga ni acuerdo ni definición de tipo alguno. Aun cuando se conviniera un plazo de gracia de cuatro años para recién después empezar a pagar la deuda monstruosa dejada por Macri, también indefectiblemente el FMI exigirá su invariable programa de ajuste, que ya se sabe contra quiénes es, más allá que en rigor, el FMI no dice: “Cóbrenles a tales o a cuáles para devolvernos la plata”. Ya se sabe quiénes son.

Y así acaba de adelantarlo, por si alguien se ensueña con otra cosa, el futuro embajador de los Estados Unidos en la Argentina. Habría que ver si hay antecedentes de unas declaraciones como las del tejano Mark Stanley ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de su país tras ser nominado por el presidente Biden para desempeñarse acá en Buenos Aires. Habría que ver.

Mark Stanley y Joe Biden, su jefe. Stanley tuvo la desfachatez de exigir un plan económico de la Argentina para pagar la deuda y para alinear al país con los intereses de los Estados Unidos en el marco de la guerra contra China la hegemonía mundial, tecnológica y de negocios. Y prometió intervenir fuertemente para que eso sea así. Un nuevo Braden, demócrata como el original, como se ve.

Parecería no haber adjetivo que califique al apriete de un diplomático —palabra tornada ridícula en estas circunstancias— capaz de presentar sus credenciales con las frases que despachó con toda tranquilidad, alegremente. Le reclamó al gobierno argentino que presente el plan económico que aún no tiene y con aspiraciones de ironía, directo al ultimátum, agregó: “Dicen que ya pronto viene uno”. Como además se ve que tiene empeños metafóricos, describió a la Argentina cual “hermoso autobús turístico —¡turístico!— al que no le andan las ruedas”.

“Tampoco debe ser la falta de alineamiento del gobierno de Alberto Fernández con la lucha de Washington por los Derechos Humanos en Venezuela, Cuba y Nicaragua”, dijo el amigazo Stanley, pero a esta altura de sus inconcebibles declaraciones, vamos a ponerle que esa parte es una minucia obvia al lado de lo siguiente: “A medida que Estados Unidos dé una mayor competencia con la República Popular China en la Argentina y en otros lugares, haré que sea una prioridad mantener los pies en el fuego, sobre todo cuando productos como la tecnología 5G están ingresando al mercado regional y permitiendo que China acceda a todos los datos e información de la población argentina”.

En medio de semejante ametralladora de amenazas explícitas e implícitas, por supuesto, Stanley coló sin exponer un solo dato, porque sencillamente no lo hay, que “algunas empresas estadounidenses están abandonando el país debido a barreras regulatorias”.

Voy a personalizar en el modo expresivo, porque está personalizado. Ante una audiencia como esta, compuesta por gente con alto consumo de información política e intelectualmente presta, inquieta, me provoca un tanto de rubor la insistencia, el marcaje textual de los dichos del futuro embajador de los Estados Unidos. Cabe inferir que una gran mayoría de ustedes ya los leyó, ya los sabe, ya los impactó, ya los sublevó. Pero ocurre que la pornografía de Stanley da una dimensión demasiado cabal de lo que se viene, o de lo que ya está mientras eventualmente nos distraen las elecciones y el show de debates que no lo son y las chicanas de baja estofa y el regodeo con el papelón del juez que debía tomarle declaración a Macri por espiar a los familiares de los muertos del ARA San Juan y el papelón de Macri con los cuatro gatos locos que convocó a Dolores.

Y los neodiscursos del oficialismo que le muestran los dientes al FMI mientras a la par se asimila la necesidad de arreglar sí o sí. Y la hipocresía siniestra de una oposición que se abre de plantear cualquier alternativa económica que no sea más ajuste contra los que menos tienen.

Pasarán las elecciones, volverá a haber cambios de gabinete, ni lo duden, que expresen nominalmente un poco más o un poco menos las tensiones entre Alberto, Cristina, Máximo, los gobernadores, los intendentes del Conurbano, La Cámpora. Volverá a verse muy probablemente redoblado el espectáculo opositor de confiar en que “esta vez sí”, en que esta vez se habrá acabado la potencia del peronismo para reciclarse como fuerza del orden social y una distribución más equilibrada de la riqueza porque ya no tiene o no tendría cómo ofertar un destino para las grandes mayorías que no sea seguir ajustándose.

Es injusto, muy injusto lo que le pasó a este gobierno. Es decir, “injusto” es la palabra que sale. Lo agarró la pandemia a tres meses de asumido, en los dichosos primeros cien días. ¿Pudo haber tomado gestos y medidas drásticas, efectivas y simbólicas “a la Néstor” que hubieran representado otras probabilidades de confrontar cuando le daba la correlación de fuerzas surgida de las urnas? Posiblemente sí, es contrafáctico. Comoquiera que hubiese podido ser, ya fue, ya está.

Kristalina Georgieva y Martín Guzmán, junto al Papa Francisco durante el momento de idilio entre el gobierno de Alberto Fernández y el Fondo Monetario Internacional (FMI) a principios del año 2020. En ese momento nadie se atrevía a hablar de aquello que es una verdad absoluta y que hoy se hace más patente que nunca frente a la contingencia: el FMI siempre exige ajustes en las economías de los países deudores, que para eso mismo presta dinero a tasas inferiores a las del mercado. Cualquier acuerdo con el FMI implicará un ajuste brutal sobre los que menos tienen y sobre la clase media en nuestro país.

Dicho hasta el cansancio por propios y ajenos, la notable movida de entronizar a un moderado para poder lo que “con Cristina no alcanzaba” (ni alcanza) resultó insuficiente. Un partido o movimiento inevitablemente verticalista no resistió conducción de doble comando o compartida entre líneas y figuras disímiles con las que se debió negociar repartos y sapos hasta último momento. ¿Estuvo mal? No. También dicho hasta el cansancio, era la única chance que había para sacarse de encima a lo peor: un gobierno en manos de dueños, no de políticos en el sentido más altruista del término, que chocó la calesita con absolutamente todo a favor.

Todo: las corporaciones, los medios, la familia judicial, el presunto apoyo internacional, etcétera. Más, ahora, el problema impresionante de que la memoria popular es cada vez más frágil, pero ayudada por el hecho de que quienes gobiernan, así en plural, todos y todas incluidos, no contribuyen a recuperarla.

Volvemos a hacer una pregunta: ¿Es todavía viable sin sonar a poética infantilista que el presidente y Cristina y sus etcéteras se dispongan a superar rencores y trazar un rumbo concreto para identificar cuáles intereses afectarán? Ya se hizo esta pregunta desde este espacio varias veces y continuará haciéndosela en el entendimiento de que no hay otro interrogante más importante que ese.

¿El gobierno y sus aliados marchan definitivamente hacia la versión conservadora de un peronismo que quiere el poder por el poder mismo? Cristina, el cristinismo, ¿militarán el ajuste exigido por Stanley con todas las letras? ¿Harán las valijas? Y en esa hipótesis: ¿Rumbo a qué? ¿A asumir ser una fracción minoritaria, una corriente testimonial, o intentarán mantener la unidad siempre y cuando los sectores de la moderación hasta hoy inútiles den alguna muestra de eso de querer enfrentarse con alguien, de entusiasmar con algo o de recrear mística, de que por abajo y en el medio se note algún efecto de bolsillo concreto?

Al gobierno se le acaba el tiempo de ser un comentarista. Parece lo contrario, pero es una buena noticia.

Por Eduardo Aliverti