Pasado el tiempo de la especulación electoral que suele inviabilizar el análisis de la política, llega al fin el momento de observar la realidad bajo su verdadera luz, en todos sus colores. Todo lo que había quedado condicionado por el discurso de campaña de pronto se sincera, ya no están los eslóganes cuya finalidad es la conquista del voto y allí aparece un tema que durante la campaña fue gravitante: el famoso acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), el que junto a las cuestiones de seguridad pública e inflación ha sido central en el debate político de la Argentina.

Tanto desde la política como desde los medios ese acuerdo viene presentándose frente a la sociedad mucho más que como una necesidad. Mediante una serie de operaciones de sentido fundadas en las supuestas consecuencias catastróficas de un hipotético fracaso en las negociaciones con el FMI —consecuencias que nadie se atreve a enumerar abiertamente, todo es una cosa más bien velada—, se ha logrado instalar en la sociedad argentina la deseabilidad de un acuerdo, esto es, tanto se habló de la cosa y tanto se la ha presentado como un logro anhelado por el gobierno bajo la presión de la oposición, que hoy el argentino medianamente politizado ve en ese acuerdo una suerte de horizonte. De una forma que veremos a continuación, hay mucha gente pensando que la falta de un acuerdo con el FMI es la causa de todos los males o, lo que es lo mismo, que llegar a dicho acuerdo es la llave para que mejore la economía del país.

Pero esa es una quimera, es una de esas zonceras que desde los medios los operadores instalan en el sentido común con valor de verdad y que, con el paso del tiempo, adquieren las características de una estafa. Sin ni una sola voz disidente, todas las fuerzas políticas relevantes y todos los medios de comunicación del país desde C5N hasta TN pasando por todas las radios y todos los diarios le han sugerido a la ciudadanía que un acuerdo con el FMI es una cosa deseable, es una condición sine qua non para que nuestro país no estalle por los aires. Y así estamos hoy, con una población pendiente del famoso acuerdo y con nadie, o casi nadie, atento a sus términos. En una palabra, estamos todos tan ansiosos por la firma del contrato que a nadie se le está ocurriendo leer las cláusulas.

Boquitas tapadas y manitos juntas en posición de plegaria, postura de buen comportamiento y sumisión para instalar la idea de la existencia de una relación en buenos términos con el poder fáctico global. Desde la asunción de Alberto Fernández como presidente la tarea fue lavarle la cara al FMI, hacer que la militancia acepte la presencia de sus técnicos en nuestro país y hasta vea esa presencia como una cosa deseable. La operación fue en parte exitosa: parte de los militantes que antes habían estado prendidos fuego en la comprensión de que el FMI y Macri se asociaron para entregar la soberanía nacional hoy por hoy milita el acuerdo y el “buen entendimiento” con el propio FMI.

¿Y cuáles son esas cláusulas? He ahí el problema. Ni el gobierno ni los periodistas en los medios (con honrosas excepciones) parecerían estar muy dispuestos a explicar claramente qué es lo que se va a firmar cuando se firme el acuerdo con el FMI, o las condiciones concretas de la cosa. La naturaleza del acuerdo con el FMI directamente no se discute y eso equivale a una preparación psicológica de toda una sociedad para una rendición incondicional. La guerra es cruenta, todos gritan que lo es y gritan que el armisticio es la solución, que necesitamos el armisticio a cualquier costo, pero nadie hace mención a los términos del armisticio, los que podrían llegar a ser aun más dolorosos y costosos que la propia guerra.

Hay armisticios que lo son, en efecto. Ansiosos por terminar la I Guerra Mundial que tanto sufrimiento y muerte causó en toda Europa, los alemanes aceptaron firmar sin mucho miramiento el Tratado de Versalles frente a los franceses y demás aliados, quienes los habían derrotado en el campo de batalla. El problema es que los términos del Tratado de Versalles de 1919 fueron sumamente humillantes y onerosos para Alemania: con el fin de terminar con la guerra infernal, los alemanes firmaron en Versalles la aceptación de toda la responsabilidad moral y material por el conflicto que allí finalizaba, la realización de concesiones de territorio soberano y exorbitantes reparaciones a las potencias centrales que habían triunfado, además de someterse a un desarme que se pensó como la garantía de que a nadie en Alemania se le ocurriría sublevarse en el futuro contra semejante ultraje. El Tratado de Versalles era allí una rendición incondicional y en la práctica equivalía a la colonización de Alemania por parte de Francia, Gran Bretaña y aliados hasta un punto tal que el pueblo alemán estuvo peor a partir de la firma del armisticio de lo que había estado durante la propia guerra. A los alemanes les dijeron que la paz a cualquier costo era una cosa deseable, pero eso no fue ni nunca será así. De hecho, hoy sabemos que la II Guerra Mundial es una consecuencia directa del Tratado de Versalles, puesto que el pueblo alemán efectivamente se sublevó en el mediano plazo y el resto es historia.

Nadie les habló a los alemanes acerca de los términos de la rendición incondicional que sus generales iban a firmar en un vagón de tren y luego iban a ratificar en Versalles y es probable que todo el pueblo alemán haya festejado entonces la firma de ese acuerdo que ponía fin a la guerra. ¿Habría sido posible para los alemanes saber cuáles eran los términos de la rendición incondicional sin contar con la información que sus propios líderes escatimaban? Sí, porque cuando en el bando propio nadie quiere hablar de los términos del armisticio, la alternativa es ir a ver qué piensa el enemigo al respecto. La verdad va a estar allí, estará en los intereses permanentes cuyo conflicto causaron la guerra en primer lugar. Históricamente, Francia y Alemania han sido enemigos en Europa y siempre han anhelado someterse mutuamente, se enfrentaron en sendas guerras para poner de rodillas al vecino y colonizarlo. Y ya con esa información, la del solo conocimiento de la naturaleza del enemigo frente al que se va a firmar una rendición llamada eufemísticamente “tratado” (o pudo haber sido “acuerdo”, como en el caso que nos toca en el presente), cualquier alemán más o menos informado pudo saber de antemano que la paz iba a ser peor que la guerra puesto que las condiciones impuestas por los franceses no serían nunca menos que infernales. ¿Qué otra cosa puede esperar un alemán que se arrodilla frente a un francés, o viceversa, más que maltrato, humillación y saqueo?

Representación artística de la firma del armisticio entre Alemania y sus triunfantes enemigos, a fines de 1918 en un vagón de tren estacionado en las cercanías de Compiègne, norte de Francia. Para poner fin a una guerra terrible, los alemanes no solo se sometieron a condiciones económicas incluso peores, sino que además abrieron la caja de Pandora: la burla y la colonización de Alemania por parte de Francia, Inglaterra y demás aliados occidentales habría de resultar en el ascenso de Adolf Hitler —cuyo discurso apeló inicialmente a la soberanía nacional entregada en Compiègne— y en la II Guerra Mundial años más tarde.

De manera análoga, Si el FMI le prestó 44 mil millones de dólares a un país que nunca estuvo en condición de pagarlos y a sabiendas de ello, puesto que en esos niveles de la política internacional no hay tontos ni incautos, entonces es necesario saber qué cosa es la que motivó al FMI a meterse en lo que parecería ser un brete. ¿Prestarles una millonada a los que son insolventes? ¿Por qué? Si nuestros generales no nos informan correctamente y no podemos saber a partir de ellos de qué se trata, debemos preguntarnos por la naturaleza del enemigo. ¿Qué cosa es el Fondo Monetario Internacional y para qué demonios les presta dinero a países que no van a poder pagar?

Prestidigitación

La Real Academia Española define una prestidigitación en una simple acepción como el “arte o habilidad de hacer juegos de manos y otros trucos para distracción del público”, pero esta definición es un tanto insuficiente. En realidad, la prestidigitación es la capacidad de poner la atención del observador lejos del lugar donde el truco se realiza, esto es, la magia de distraer al que observa para que este no vea la ilusión de la que será víctima. En el caso que nos atañe la prestidigitación tiene por finalidad ocultar la real naturaleza y los reales intereses del FMI y eso se logra mediante el sencillo movimiento de decir que el FMI es lo que de ninguna manera podría ser. En una palabra, se nos dice con insistencia que el FMI es una especie de banco o prestamista universal, incluso a veces un fondo de socorro a los países en dificultades. Pero en realidad el FMI es algo muy distinto a eso.

Atentos al discurso de quienes hacen el truco, solemos pensar entonces en el FMI como un banco o un vulgar prestamista que presta dinero con el objetivo de cobrarlo en el mediano o en el largo plazo con ciertos intereses y que ahí está el negocio, en esas tasas de interés que además son muy inferiores a las de mercado. Acá tenemos la primera y la más escandalosa contradicción: de haber sido un banco o un prestamista, no habría para el FMI ningún negocio en prestar dinero con tasas de interés inferiores a las del mercado. Por eso es posible descartar ya de plano y sin la necesidad de más información la hipótesis de que el FMI funciona como un banco o prestamista universal, no hay nada de eso.

La segunda información que cualquier observador más o menos atento puede tener mediante el solo uso del sentido común es la de que en el sistema capitalista nadie hace nada sin perseguir una ganancia material o simbólica concreta. Si el FMI no es un banco, si no es un prestamista y si no vive de prestar dinero para lucrar con tasas de interés, entonces por lógica al FMI le tiene que interesar otra cosa cuando viene todo mimoso a entregarles miles de millones de dólares a los gobiernos de los países que no están en condiciones de pagar sus deudas. Y esta es una verdad que no admite dudas, puesto que por la propia naturaleza del sistema es imposible e inviable la existencia de alguien —ya sea un simple particular o un organismo multilateral sostenido por las potencias globales— dispuesto a prestar dinero porque sí y dispuesto además a perderlo.

La sede del Fondo Monetario Internacional en Washington, DC. El que mirara sin comprender toda esta institucionalidad clásica de organismo multilateral podía pensar que el FMI es una suerte de banco universal cuyo negocio son los préstamos, pero eso no es así. El FMI es un ministerio colonial y existe para perpetuar el sometimiento de los países deudores mediante la imposición de recetas económicas orientadas a destruir la economía de esos países. Mientras más quebrados estén los deudores, más lejos estarán de poder honrar sus compromisos y eventualmente tendrán que entregar la soberanía sobre sus recursos y territorio. Toda la prestidigitación de la deuda, al desnudo.

Es que en términos financieros estrictos el FMI siempre pierde, aunque esto parezca muy extraño a primera vista. Al prestar dinero con tasas de interés inferiores a las del mercado, el FMI pierde si el país deudor paga su deuda y pierde si no lo hace. De ocurrir lo primero, recupera capital e intereses bajos, no es negocio; de pasar lo segundo, pierde directamente todo. Pero esta también es una contradicción: si el FMI pierde cuando presta dinero, ¿por qué no lo cierran las potencias globales que lo financian? ¿Por qué habrían de mantener funcionando un organismo que financieramente no rinde y muchas veces pierde? Evidentemente porque el FMI no existe para ser un banco ni un prestamista, de ninguna forma es un agente financiero como quiere hacer creer la prestidigitación.

Ahora bien, todavía está pendiente saber qué cosa es realmente el FMI. Hasta aquí hemos visto, el atento lector con nosotros, qué cosas no es ni podría ser por simple aplicación de la lógica. ¿Y entonces qué es el Fondo Monetario Internacional en realidad, cuál es la finalidad de su propia existencia? Para empezar a comprender esta naturaleza es preciso entender también la diferencia entre economía y finanzas, un contraste que muchos no saben observar. El FMI no es una entidad financiera, no existe para transformar dinero en más dinero mediante la especulación con las tasas de interés de los préstamos que otorga y ni siquiera existe para obtener dinero. El FMI tiene metas económicas, es decir, persigue como fin transformar dinero en riqueza real, material.

Aquí aparece la segunda prestidigitación, la que puede observarse en el discurso mediático y político todos los días. Cuando un país contrae una deuda con el FMI y llega el momento de empezar a pagarla, no hay un solo día en el que los medios y los dirigentes de dicho país no hablen de un acuerdo en términos de plazos para pagar lo debido. Cada vez que aparece el FMI en la conversación, los periodistas y los dirigentes se muestran muy compungidos por el fracaso o exultantes por el éxito en las negociaciones sobre los plazos de pago de los vencimientos de la deuda y eso es, sencillamente, una montaña de humo. Los plazos para el FMI no son importantes e incluso podría decirse que el negocio está precisamente en que dichos plazos sean más o menos eternos, que no llegue jamás el día en que un país deudor tenga en efecto que pagar lo que debe. Y eso es así por una sencilla razón: al no tratarse de un agente financiero, el FMI quiere transformar dinero en riqueza, quiere pasar de lo financiero a lo económico y, en suma, no está interesado en cobrar ninguna deuda. Dicho más claramente, el negocio del FMI con los préstamos a los países es no cobrarlos jamás.

Carlos Menem y Domingo Cavallo fueron muy exitosos en su plan de someter a la Argentina al círculo vicioso de endeudamiento, ajuste impuesto, contracción económica y más ajuste. No obstante, en el año 2005 Néstor Kirchner cortó el nudo gordiano pagando y echando al FMI de la Argentina, lo que resultó en la recuperación de la soberanía nacional sobre las políticas económicas. Y nada fue igual, al menos hasta la llegada de Mauricio Macri.

Pero los dirigentes y los periodistas actúan y hablan de una manera tal que todas las atenciones se vuelven hacia los plazos de pago de los vencimientos y a eso se reduce el “acuerdo” en la conciencia colectiva de la ciudadanía. He ahí la prestidigitación, la diversión del foco hacia un aspecto secundario para que nadie se fije en lo que es central en el asunto. Mientras todos están atentos al próximo vencimiento de la deuda y a si el gobierno de turno estará en condiciones de afrontarlo o si tendrá que obtener una prórroga, etc., nadie discute lo que realmente es importante en las negociaciones. El FMI presta dinero, pero no quiere cobrar en dinero. ¿Para qué lo querría, si el dinero no es riqueza real sino tan solo papeles de colores que pueden imprimirse a discreción en los bancos centrales de las potencias, fundamentalmente en los Estados Unidos? Los términos de cualquier acuerdo con el FMI, por lo tanto, no pueden resumirse a los plazos de pago, no pueden tener nada que ver con eso. El FMI tiene que querer otra cosa, tiene que haber en los términos de la rendición que se les quiere imponer a los países deudores insolventes ciertas condiciones para que el FMI obtenga de esos países (del nuestro, en la actualidad) la riqueza que el FMI realmente quiere.

La entelequia de la austeridad fiscal

Entonces el Fondo Monetario Internacional presta dinero con el fin de no cobrarlo, de que los países deudores sean insolventes y en última instancia tengan que ceder la soberanía sobre sus recursos materiales —la riqueza concreta antes mencionada que nada tiene que ver con el dinero, que es su representación monetaria— a las potencias centrales y a las corporaciones que sostienen al propio FMI. Aquí se ve con claridad el carácter de instrumento de recolonización que tiene cualquier organismo multilateral y no solo los de crédito como el FMI. Cuando los países dichos desarrollados o dominantes crean y luego sostienen la existencia de esos organismos, en realidad lo que hacen es instituir ministerios para las colonias. Así definía brillantemente Fidel Castro la real naturaleza de la Organización de los Estados Americanos (OEA), pero la definición es genérica. Todo organismo multilateral sostenido por las potencias y sus corporaciones es un instrumento de dominación de estas sobre los subalternos que entran a participar en su constitución.

Es por eso que al FMI no le conviene cobrar el dinero que presta a los países que recurren a sus empréstitos y es también por eso que a esos países les conviene pagar sus deudas lo más pronto posible y liberarse. De hecho, cuando en el año 2005 Néstor Kirchner pagó los casi 10 mil millones de dólares que la Argentina le debía al FMI, lo primero que hizo fue presentarse en la oficina que los funcionarios de este organismo multilateral ocupaban en nuestro Ministerio de Economía, comprobante de pago en mano, para echarlos de ahí. A la Argentina le convenía sacarse de encima al FMI, pero al FMI no le convenía ser expulsado de la Argentina, no quería cobrar y retirarse. ¿Por qué? Porque al ocupar el Ministerio de Economía de un país con sus técnicos, el FMI dicta las políticas económicas de dicho país y ahí está la dominación con fines de perpetuarse.

Fidel Castro, aquí en una de sus históricas y disruptivas intervenciones en la Asamblea de la Naciones Unidas. Fidel tuvo el coraje y la lucidez para definir la Organización de los Estados Americanos como un “ministerio de las colonias”, un instrumento de dominación de los países desarrollado con los Estados Unidos a la cabeza sobre los países dichos de “tercer mundo”. Esa misma definición es válida desde siempre para el FMI.

Mientras un país debe y no puede pagar por cualesquiera motivos, debe aceptar la imposición de metas fiscales por parte del acreedor. Según el discurso oficial, esas metas fiscales se imponen para lograr el equilibrio macroeconómico que en el mediano plazo le posibilitaría al país deudor ordenar sus cuentas y poder pagar lo que debe, pero lo que ocurre en la realidad fáctica —sin que nada de esto sea accidental ni mucho menos, aquí está justamente el truco que no nos permiten ver a los civiles— es que esas metas fiscales se quieren lograr con sendos ajustes que no van a resultar en ningún equilibrio fiscal, sino en más desequilibrio, luego en sucesivos ajustes para “corregir” las distorsiones que el ajuste había ocasionado en primer lugar y así hasta el infinito, como en un bucle o círculo vicioso.

Nada de esto es difícil de comprender y tampoco es ninguna novedad, el truco ya nos los hicieron a nosotros hace dos décadas con Domingo Cavallo. Y ese círculo vicioso solo se cortó justamente porque Kirchner pudo pagar la deuda de la Argentina con el FMI, echar de aquí a sus técnicos y así empezar a tomar decisiones soberanas de política económica. De no haber sido así, es presumible que estaríamos aún hoy en el bucle de ajuste fiscal, desequilibrio macroeconómico y más ajuste fiscal, es una espiral descendente que tiene una finalidad muy concreta: la inviabilidad final de un país y el posterior saqueo de las riquezas de dicho país sin la necesidad de una invasión militar. Si Kirchner hubiera optado por seguir dejando el control de la política en manos del FMI, es muy probable que, luego de una larga seguidilla de ajustes y caídas de la economía resultantes de los propios ajustes, estaríamos a esta altura del partido con declaración de inviabilidad y entregando nuestras riquezas en una bandeja de plata a cambio de “salvatajes”.

Pero ese círculo vicioso se cortó en 2005, Kirchner reivindicó para el Estado argentino el control soberano de la política económica y terminó con el ajuste. Puso proa hacia el sentido radicalmente opuesto, empezó un periodo de expansión fiscal con la aplicación de políticas económicas contracíclicas que potenciaron el crecimiento de la economía y estas, a su vez, posibilitaron más expansión fiscal. He ahí el circulo virtuoso de la economía que los ortodoxos niegan porque son, precisamente, amigos del ajuste. Círculo vicioso de ajuste sobre ajuste o círculo virtuoso de expansión sobre expansión, todo es una cuestión de tomar o no tomar las decisiones soberanas de política económica.

Fernando de la Rúa no supo, no quiso o no pudo terminar con la convertibilidad menemista y los efectos catastróficos del círculo vicioso de ajuste sobre ajuste continuaron en su gobierno. Impotente para cambiar la situación, De la Rúa terminó empoderando otra vez a Cavallo en el Ministerio de Economía y la bomba le estalló en la cara, como suele decirse.

Los pesimistas dicen que el argentino no aprende de sus propios errores y los más pesimistas dicen que, en realidad, así es el ser humano en general, sin cuidado de su nacionalidad. Sea como fuere, lo cierto es que por alguna razón nos hacen hoy el mismo truco que nos hicieron hace pocas décadas sin que tengamos la capacidad de entenderlo. A los desequilibrios macroeconómicos causados por la convertibilidad del peso argentino —política económica menemista y cavallista aprobada por el FMI— se prescribió entonces el ajuste fiscal para corregir el desequilibrio fiscal entre la recaudación y el gasto público. Se dijo que la solución era el recorte del gasto, pero nadie explicó que eso iba a resultar en más caída de la recaudación al enfriarse la economía y que eso iba a generar un nuevo desequilibrio fiscal, el que también se quiso corregir bajando el gasto público.

Eso nos hicieron a los argentinos desde principios de la década de los años 1990 hasta bien entrado el siglo XXI, hace muy poco tiempo. La mayoría de los que vivimos hoy fuimos contemporáneos de esa estafa y aún así es muy difícil explicar hoy lo obvio ululante: el desequilibrio fiscal no se resuelve ajustando el gasto público, sino expandiéndolo para aumentar la recaudación. La austeridad como método para lograr un equilibrio fiscal es una entelequia. La metáfora de la economía familiar, en la que una familia no debe tener un gasto superior a sus ingresos, es inaplicable a la macroeconomía del un país y nunca pudo realizar con éxito en ninguna parte, aunque sigue poderosamente instalada en la conciencia de muchos y es por eso que el truco de vender la austeridad como panacea universal funciona una y otra vez.

Con todo cocinado

Entonces ya sabemos los términos del acuerdo con el FMI, no hace falta que nos lo digan abiertamente los dirigentes políticos, los funcionarios del organismo multilateral en cuestión o los periodistas en los medios de difusión. Con tan solo conocer la naturaleza del poder fáctico con el que se va a celebrar ese acuerdo ya conoceremos de antemano sus términos. No hay secretos, no hay imponderables: el FMI tiene un propósito establecido, siempre persigue los mismos objetivos y emplea los mismos métodos en el marco de la estrategia geopolítica de las corporaciones y potencias globales a las que sirve como instrumento de recolonización. El tan anhelado acuerdo con el FMI ya está escrito, no hay realmente nada que negociar allí ni hay ningún misterio.

El error está precisamente en presentar o en interpretar el acuerdo con el FMI como un vulgar plan de pago, esto es, en pensar que los términos que van a acordarse son los plazos y los intereses de una deuda. Por el contrario, como veíamos, lo que se va a “acordar” —no se acuerda nada en realidad, como ya sabemos— es el plan de metas fiscales que Argentina deberá cumplir porque es deudora y no quiere que la manden al default. Pero también podemos saber cuáles son esas metas fiscales, puesto que el FMI se las impone a todos los países deudores al firmar acuerdos como el que aquí nos ocupa. Es más: ya nos impuso a los argentinos esas mismas metas en el pasado, no hace mucho, de modo que tampoco aquí hay nada desconocido.

La entonces titular del Fondo Monetario Internacional Christine Lagarde y Mauricio Macri, quien hizo entrar otra vez el ladrón luego de una década de desendeudamiento y manejo soberano de las cuestiones económicas del país. Macri vino a esto, apoyado por los poderes fácticos globales ganó las elecciones con la finalidad de someter nuevamente al país a la dominación por deuda. Esa es la verdadera pesada herencia macrista, la de una deuda que nos va a condicionar por mucho tiempo o quizá incluso para siempre.

Por lo tanto, lo que ya está cocinado y se presenta como negociación para distraer la atención e ir dando la noticia de a poco. ¿Y qué es lo que ya está cocinado? Pues lo de siempre: un vulgar ajuste fiscal que se traduce en la práctica para la ciudadanía en reducción del gasto del Estado. Desde el aumento en las tarifas de los servicios públicos, de los transportes y de los combustibles para reducir o eliminar los subsidios actualmente existentes, pasando por el “sinceramiento” del tipo de cambio que es una devaluación masiva de la moneda nacional y llegando al recorte hasta su mínima expresión de la inversión en obra pública, educación y salud, recortes en las jubilaciones, devaluación en salarios, etc., todo entra en el marco de un ajuste fiscal que tiene por objetivo lograr que el Estado argentino gaste menos de lo que recauda, o mucho menos de que gasta hoy. Esos son los términos del “acuerdo” que el FMI le impone a un país deudor y, por supuesto, le querrá imponer a la Argentina en tanto y en cuanto debemos 44 mil millones de dólares en un programa de 57 mil millones, dinero que evidentemente hoy no podemos pagar.

Ahora bien, el atento lector se estará preguntando por qué el FMI se empecina en imponer recetas económicas que ya se saben fracasadas en cuatro décadas de experiencia. Si el ajuste fiscal resulta en la contracción de la economía y termina requiriendo más ajustes fiscales sucesivos en un círculo vicioso cuyo destino es la inviabilidad del país deudor, ¿por qué sigue imponiendo la austeridad fiscal a sabiendas de que así el deudor nunca será capaz de honrar sus compromisos de deuda? Pues por aquello mismo que veíamos anteriormente, a saberlo: el FMI no quiere cobrar, aquí el asunto no es recuperar ningún dinero sino obtener el control total de los recursos naturales, de la riqueza real de un país. Si tan solo se lograra suprimir el error de pensar que el FMI presta dinero para recibir dinero, es fácil comprender que el FMI no quiere cobrar lo que presta. Lo que el FMI hace, en una palabra, es entrampar con deuda a los países ricos en recursos y luego asegurarse de que esos mismos países jamás sean capaces de pagar lo debido, de modo a que las potencias globales y las corporaciones que financian al FMI puedan ir a esos países finalmente con planes de “salvataje” a cambio de soberanía sobre el territorio y sus recursos.

John Quincy Adams fue el sexto presidente de unos Estados Unidos ya independientes, en plena etapa de liberación nacional de ese país que hoy es una potencia global imperialista. Pero Quincy Adams veía las cosas desde el otro lado del mostrador en sus tiempos y dio entonces para la posteridad una definición inmortal, que es la siguiente: “Hay dos formas de conquistar y esclavizar a una nación: una es la espada, la otra es la deuda”. John Quincy Adams ya sabía a principios del siglo XIX que es mucho más barato someter a las naciones con deudas impagables que el despliegue de tropas de ocupación sobre el territorio, sabía lo que sabe hoy el FMI y saben los que lo controlan, quienes quieren asegurarse el control de los recursos naturales, del agua, de los hidrocarburos, de los alimentos y de todo lo que los países más ricos del mundo, el nuestro entre ellos, tienen en abundancia. No hay otra definición mejor para el FMI que la de Quincy Adams, la de un instrumento de sometimiento y posterior saqueo por deuda.

La quita de los subsidios a los combustibles, al transporte, a los servicios públicos como la electricidad y el gas, además del achatamiento de salarios y jubilaciones y la licuación del ingreso de los trabajadores en general mediante la devaluación de la moneda y la inflación. Eso es un ajuste y hace ya por lo menos ocho años que viene aplicándose en la Argentina, aunque no abiertamente. El acuerdo con el FMI será el sinceramiento político de esta realidad y su consolidación.

Nos querrán distraer con el truco y la prestidigitación, los economistas hablarán en complejos lenguajes técnicos para que no entendamos lo que realmente ocurre actualmente desde que Mauricio Macri trajo de nuevo al ladrón, pero la verdad está a la vista. No quieren que sepamos entender la economía, no quieren que veamos la obviedad de que la jugarreta de la deuda y el “acuerdo” es siempre la misma. En Brasil el sentido común popular suele decir que los economistas hablan en “economés”, un idioma técnico propio que los propios economistas han creado para hablar y hablar sin decir nada, para que nadie salvo ellos mismos entienda de qué se trata y así meter el perro. Pero Ud., atento lector, no necesita un título universitario en Economía Política para entender la realidad, solo necesita saber leer entre líneas, necesita aplicar el sentido común y, sobre todo, necesita tener memoria. Estos asuntos de economía y finanzas, decía nuestro Raúl Scalabrini Ortiz, prócer del pensamiento nacional-popular, son tan simples que están al alcance de cualquier niño, solo requieren saber sumar y restar. Cuando Ud. no entiende una cosa, pregunte hasta que la entienda. Si no la entiende es que están tratando de robarlo. Cuando usted entienda eso, ya habrá aprendido a defender la patria en el orden inmaterial de los conceptos económicos y financieros. Va a ser preciso preguntar y cuestionar, como decía el amigo Scalabrini Ortiz, porque aquí están tratando de robarnos el futuro entero.


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