En un acto organizado para su despedida a tres días de entregar la botonera del poder político en el Estado, el presidente Mauricio Macri se dirigió a sus seguidores con una breve arenga en una Plaza de Mayo repleta, aunque no desbordada ni nada parecido a eso. Allí, en esa Plaza gorila donde abundaron las expresiones de odio y hasta las agresiones a noteros televisivos identificados por el gorilaje como enemigos, llamó la atención una frase del presidente Macri: “Esto recién empieza”.

Está claro que ningún gobierno que termina su mandato en tiempo y forma se va diciendo “adiós” y que, por regla general, lo que se usa es un “hasta pronto” que sostenga el ánimo de la tropa propia de cara a futuras batallas. En ese sentido, no debió ser llamativa la expresión de Macri, puesto que claramente y desde un punto de vista de praxis política, esto para Macri y para los suyos efectivamente recién empieza. De aquí en más Mauricio Macri buscará consolidar el lugar deseado de jefe de la oposición al gobierno peronista —lugar que no está garantizado ni mucho menos— y desde allí intentará construir un relato que suavice el recuerdo de su paso por el gobierno para volver a tener los votos, si le dan los años de vida para hacerlo.

Así vistas las cosas, no es extraño que Macri diga que “esto recién empieza”. ¿Qué otra cosa podía decir? Ningún dirigente político, por más derrotado que esté, les va a decir a sus seguidores que bajen los brazos y sigan a otro. El llamado capital político no es algo que se suela entregar así tan mansamente. Entonces Macri hace bien en sus propios términos al decir que “esto recién empieza”, aunque la arenga les siga haciendo ruido a muchos. ¿Qué cosa es lo que recién empieza?

Desde el punto de vista de los que trabajamos y/o alentamos para que el peronismo hiciera la unidad de los sectores populares, progresistas y demás opositores a las políticas de saqueo de Macri, lo de “esto recién empieza” es extraño porque entre nosotros existe la percepción de que Macri está muerto políticamente, esto es, que se trata de un cadáver político. Frente a la catástrofe económica y social que va dejando el gobierno saliente, resulta para nosotros hasta obvio que Macri no debería postularse nunca más a un cargo público y menos que menos al cargo de presidente de la Nación. “No gana nunca más ni para concejal, ni para administrador del consorcio del edificio”, decía uno de los nuestros al evaluar con un simpático comentario la pesada herencia que deja el presidente Macri a partir del 10 de diciembre.

¿Pero es así? Cabría preguntarse hasta qué punto es un cadáver político un dirigente que sumó el 41% de los votos en las últimas elecciones y, aun perdiendo en primera vuelta, quedó a tan solo 7 puntos del ganador y próximo presidente de la Nación, Alberto Fernández. Es sin dudas una derrota digna, muy digna si la ponemos en el contexto de lo que fue la obra de destrucción nacional de Macri. Es que si la política fuera lo que debió ser y los dirigentes políticos fueran debidamente juzgados como prescribía Maquiavelo, a saberlo, solo por sus logros en el campo de batalla, entonces Macri tendría que tener solamente el voto de sus familiares, amigos, socios, el suyo propio y poco más que eso. Pero la política no es lo que debe ser y los votos de Macri no están en relación con su obra. Macri tiene hoy el 41% de los votos aun habiendo hecho todo el desastre que hizo.

Entonces no, Macri no es un cadáver político ni está cerca de serlo, Macri no es como Fernando de la Rúa después de su renuncia en diciembre del 2001 ni mucho menos. Macri es, como se ve, un dirigente político activo y vigente mucho más allá de lo que pensemos nosotros de él. Y eso es así porque, para serlo, Macri no necesita que lo valoremos bien ni que lo votemos: solo necesita que lo haga su propio núcleo duro y que sus secuaces estén dispuestos a aceptar su liderazgo sin armarle internas.

Por eso el problema a resolver aquí no es Macri. Si lo miramos a Macri, lo observamos en su patética individualidad y si ponderamos lo que es, lo que hizo y lo que hace no vamos a estar cerca de comprender por qué Macri no termina de morir políticamente. El problema a resolverse aquí es precisamente el núcleo duro de Macri o ese 41% del electorado argentino que lo votó a Macri aun con todo el desastre macrista a la vista. Para entender cómo Macri puede seguir y seguirá vigente en la política es necesario observar bien a los que sostienen a Macri. Ahí está la clave.

Es un error grosero pensar que los seguidores de Macri se van a amilanar porque nosotros digamos que el gobierno de Macri fue un desastre o incluso si los indicadores económicos y sociales confirmen que fue un desastre. Eso para ellos es tan irrelevante como pueden ser para nosotros las denuncias que hacen contra Cristina en el lawfare mediático y judicial. Para los seguidores de Macri nada de lo que digamos nosotros, las estadísticas o la misma justicia sobre Macri es relevante, les da igual. Si Macri sigue siendo el jefe de la oposición desde el 10 de diciembre en adelante, el núcleo duro gorila se va a abroquelar y se va a alinear detrás de su liderazgo. Ese es un hecho de la realidad fáctica y contra la realidad fáctica, como ya sabemos, no se puede.

Los seguidores gorilas de Macri no solo no se van a amilanar, sino que tienden además a envalentonarse a partir de la misa realizada en Plaza de Mayo para agasajar al líder. Al verse todos reunidos en comunión y al ver que son una buena cantidad de gente, a ellos les va a pasar más o menos lo que nos pasó a nosotros a partir del 9 de diciembre de 2015. Ellos van a tomarse fuerte de las manos para resistir con aguante y hasta van a corear que “vamos a volver”. ¿Por qué no, si ellos son como nosotros, pero en espejo?

Si no comprendemos que la fe de los gorilas de Macri y nuestra fe son de la misma naturaleza, entonces será imposible para nosotros entender cómo es posible que Macri siga políticamente vivo. La fe de ellos y la nuestra son la misma fe allí donde lo único que varía es el objeto del acto de fe. Por lo tanto, si hemos podido resistir manteniendo una cierta cohesión en el grupo y hemos podido seguir un relato con coherencia interna hasta que se produjera el retorno de la fuerza y de los dirigentes en cuyas políticas tenemos fe, ¿por qué no habrían de hacer lo mismo ellos?

Los gorilas de Macri no se van a esfumar en el aire, no se van a ir a ninguna parte ni van a cambiar de opinión. Y es probable que estén al acecho del nuevo gobierno nacional-popular desde el minuto uno, aprovechando cada contradicción para meter bombas “por derecha” e intrigas “por izquierda”. Por lo tanto, no conviene consumir el humo del “no vuelven más” o el de un Macri inhabilitado a postularse a elecciones, porque si pensamos así y damos por muerto al enemigo gorila no vamos a estar prevenidos para hacer lo que hay que hacer y evitar el retorno de la política que destruye la patria.

¿Y qué es lo que hay que hacer? En primer lugar, según nuestro modesto entendimiento, debemos aprender a ignorar las provocaciones que vengan desde los cuarteles gorilas y también a evitar la confrontación con el gorilaje pedestre con el que nos cruzamos en el cotidiano. Es importante comprender que, hagamos lo que hagamos o digamos lo que digamos, la opinión de ese sector no va a variar jamás. Esa es una opinión formada de núcleo duro, sobreideologizada al extremo. Y ahí también ellos son nuestro espejo: si el atento lector piensa en sí mismo y se pregunta sobre la posibilidad de ser convencido por algún gorila en la lid, verá que eso es imposible. A ellos no los vamos a convencer de nada ni ellos a nosotros y, en consecuencia, cualquier escaramuza con ellos es para nosotros inútil, nociva y directamente contraproducente. No es por ahí.

Es preciso comprender cabalmente que ellos, de ser muchos, no son suficientes por sí solos para ganar las elecciones y hacer un gobierno, de la misma forma que nosotros con nuestros votos tampoco lo somos. Hay alguien más involucrado en esto y es el sentido común despolitizado o no sobreideologizado que no suele votar en una elección en coherencia con cómo votó en las elecciones pasadas. En una palabra, las elecciones las va a ganar siempre el bando que en vez de perder el tiempo y la energía lidiando con los que piensan de modo diametralmente opuesto mantenga el contacto con los que no piensan igual, pero tampoco radicalmente distinto. La mayoría necesaria para ganar en las urnas y hacer un gobierno se construye con el diferente que duda y cambia su voto en cada elección, no con el que por sobreideologización está en las antípodas del que desea triunfar y formar ese nuevo gobierno.

Por lo tanto, lejos de desear que otro se mande a mudar porque piensa distinto y aun más lejos de dar por muerto al enemigo en base a su obra de destrucción, es preciso no volver a caer en el microclima militante de hablar solo con los que ya están convencidos de antemano y, todavía más importante, hay que tratar de no espantar al indeciso “del medio” con delirios de sobreideologizado que en política son inviables. Las elecciones no se ganan con coreografías en las plazas, con tuitazos ni saliendo a gritar como desquiciados nuestra verdad. La política se hace y las elecciones se ganan teniendo cerca al que no comulga con nosotros y tampoco con los que se nos oponen radicalmente, con los que votan a los unos y a los otros según sea la percepción que tengan en el momento del estado en el que se encuentren ambos bandos.

Sí, claro que esto recién empieza. Van a querer volver, quizá con Macri o quizá con otro nombre propio y otra cara, aunque siempre con las mismas políticas de saqueo y destrucción. Van a querer volver y ya empezaron a construir el relato para que ese retorno se produzca, como nosotros hemos construido el nuestro también en la Plaza de Mayo a partir de aquel 9 de diciembre de 2015. Van a querer volver basados en su núcleo duro y en la voluntad de los “del medio” y ahí es donde entramos nosotros. Si no nos encerramos y no nos creemos poseedores de la verdad revelada, si comprendemos que el otro piensa distinto por una infinidad de razones y aceptamos que eso está bien porque siempre fue así, porque es la manifestación de la misma naturaleza humana, entonces tenemos grandes posibilidades de seguir contando con el voto de los indecisos para no volver a caer en proyectos políticos nefastos para el conjunto del pueblo. Esto recién empieza y solo depende de nosotros. Esto va a ser lo que nosotros queramos que sea, como decía Cristina, precisamente, ese 9 de diciembre que hoy es ya historia.

Hay que decidir. ¿Talibanes piantavotos o militantes expertos en el arte de la persuasión? Hoy los talibanes son ellos y por eso pierden y lloran. ¿Queremos volver a ese lugar amargo? Cualquier buen peronista conocerá la respuesta y obrará en consecuencia, porque lo que está en juego aquí es la patria.


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