Apocalipsis, tercera guerra mundial, fin del mundo, destrucción y muerte a nivel global. Los primeros días de este nuevo año quedaron teñidos por la especulación tremendista en los medios y en las redes sociales sobre qué podría pasar a partir del acto de terrorismo de Estado cometido por el imperialismo occidental en Irak, cuyo objetivo logrado fue la muerte de un militar clave para Irán. Cuando los Estados Unidos bombardearon en las inmediaciones del aeropuerto de Bagdad y mataron al General Soleimani en el ataque, muchos vieron en ello la reedición del asesinato del archiduque Francisco Fernando que encendió la mecha de la primera guerra mundial en 1914.

Muchos vieron entonces la historia repetirse a lo marxista, esto es, primero como tragedia y luego como farsa. Y así volaron las hipótesis de conflicto global como en 1914, pero con una diferencia: ya en la era de los misiles hipersónicos y de las armas nucleares con la supuesta capacidad de destruir el planeta entero en cuestión de horas. Entonces las hipótesis de conflicto que volaron fueron sobre esa tercera guerra mundial y sobre lo que vendría a ser el último acto de la humanidad. Si Irán respondía a la provocación del atentado y el crimen, los Estados Unidos iban a utilizar su armamento nuclear, las demás potencias harían lo mismo y el mundo se iba a acabar en un holocausto nuclear.

Pero no es así de sencillo y, en realidad, es bastante utópico que algo así o un escenario similar llegue a tener lugar. Está más que claro que no existe por parte de nadie el interés de utilizar esa tecnología infernal que conocemos vulgarmente como la bomba nuclear. Ese desinterés en el uso de bombas atómicas para la resolución de conflictos es muy fácil de corroborar si para ello se recurre al análisis histórico: desde que se desarrolló la tecnología nuclear para ser aplicada a la guerra, la bomba atómica solo fue utilizada dos veces y en ambas por los Estados Unidos sobre un derrotado Japón en 1945. Solo Hiroshima y Nagasaki recibieron el impacto de la bomba nuclear y desde entonces nunca más nadie —ni los Estados Unidos ni las demás potencias que fueron desarrollando sus arsenales atómicos— quiso, pudo o supo arrojar dicha bomba donde no haya sido para hacer pruebas en lugares deshabitados.

¿Por qué? Porque precisamente los que desarrollaron y poseen armamento nuclear son los que mejor saben qué podría pasar en caso de que se empezaran a lanzar esas bombas. Una guerra no se gana si al final de ella todos los contrincantes resultan destruidos, ni siquiera puede haber una victoria pírrica si todos mueren al final. El uso de las armas nucleares pasó a ser una imposibilidad práctica en 1949, cuando la Unión Soviética terminó de desarrollar la RDS-1 tan solo cuatro años después del genocidio yanqui sobre el pueblo japonés en Hiroshima y Nagasaki. Cuando además de los Estados Unidos alguien más tuvo acceso a la posibilidad de utilizar armas nucleares, entonces esa posibilidad se esfumó para todos, incluso para los que vendrían luego a construir su propio arsenal. Y eso simplemente porque una guerra nuclear es inviable sin que el resultado sea la destrucción de la humanidad entera. La inevitable pregunta de por qué otros siguieron con sus proyectos atómicos si ya se sabía de la imposibilidad del uso de armas nucleares se resuelve con lo siguiente: las armas nucleares no son para ser utilizadas, sino para disuadir a otros. Son armas de disuasión. Y finalmente, en última instancia, son la garantía última de soberanía para el que las tenga, porque nadie se mete con el que las tiene.

Los Estados Unidos lanzaron Little Boy sobre Hiroshima y Fat Man sobre Nagasaki tres días después, pero no para derrotar a los japoneses. Japón ya estaba derrotado para agosto de 1945, al igual que sus aliados alemanes e italianos. Los Estados Unidos lanzaron dos bombas sobre un Japón derrotado para “marcarles la cancha” a los soviéticos, que habían tomado Berlín y habían así ganado efectivamente la guerra mundial. En una palabra, los Estados Unidos lanzaron la bomba nuclear sobre Japón a modo de ensayo y de advertencia a terceros justamente porque esos terceros no tenían la bomba atómica. “Miren lo que tengo”, diría el Tío Sam, por ejemplo, en Potsdam, la conferencia de posguerra en la que las potencias aliadas se reunieron con el objetivo de repartirse otra vez el mundo. Potsdam terminó el 2 de agosto de 1945 y menos de 24 horas después los Estados Unidos lanzaron el ataque nuclear contra Japón.

“Miren bien lo que tengo y no se hagan los locos”, parece haber dicho Harry Truman al bombardear a los civiles de Hiroshima. No es descabellado concluir que Truman se fue de Potsdam con un pliego de condiciones de los soviéticos —de nuevo, legítimos ganadores de la II Guerra Mundial— y que una de las exigencias en ese pliego pudo haber sido el control por parte de la URSS sobre la totalidad del territorio, de la industria y del potencial de una Alemania ocupada. Para no permitir que eso pasara y que los soviéticos se hicieran de los recursos que necesitaban para ser la primera potencia mundial, los Estados Unidos mostraron al día siguiente el poder de destrucción de su bomba atómica utilizando como cobayos a unos cientos de miles de civiles en Japón. Al día siguiente, véase bien, como para garantizar que el mensaje a Moscú fuera inequívoco.

Entonces la Guerra Fría —que en realidad nunca terminó, por lo que vemos ahora— no empieza en Potsdam ni al día siguiente en Hiroshima y tampoco tres días después en Nagasaki. La Guerra Fría arranca en 1949, cuando se concreta el proyecto de la RDS-1 y Stalin se hace de su bomba atómica. A partir de ese momento, del momento en el que Stalin les dice a los Estados Unidos “miren ahora lo que tengo yo acá, no se hagan ustedes los locos”, la utilización fáctica de las armas nucleares pasó a ser una utopía. Nadie las va a arrojar porque si alguien lo hace nadie va a estar para celebrar el triunfo y hacerse del botín.

Por lo tanto, la hipótesis de que el atentado y el crimen yanqui del General Soleimani en el aeropuerto Bagdad van a resultar en una guerra mundial con armas nucleares no es una hipótesis, no hay posibilidad de que eso ocurra. Lo que falta averiguar es si lo que va a haber es una guerra mundial a secas, sin armas nucleares, o si habrá guerra en absoluto. ¿Es tan tremenda la situación como quieren hacer ver los medios y los bravucones de Twitter? Quizá no.

“¡Un delirio!”, gritará alguien. “Está clarísimo que acá va a haber guerra. Quizá no escale al nivel de una guerra mundial, pero al menos quilombo entre Irán y los Estados Unidos va a haber”, agregará el gritón. Pero el frío análisis de la coyuntura mundial actual y de los datos históricos más recientes indica que el “quilombo” no puede ser entre Estados Unidos e Irán sin que se metan China, Rusia y muchos otros. Y además indica que, lejos de buscar la guerra con nadie, los Estados Unidos están buscando una forma de ir retrocediendo lentamente hacia otro lugar.

Por lo primero, la obviedad ululante: Irán es una potencia de orden regional cuyos principales socios son sus vecinos de Rusia y China. Si bien la relación entre estos tres monstruos siempre fue y lógicamente siempre será complicada, está claro que existe entre ellos una alianza y hay cooperación en distintos niveles. Entonces es un poco cándido pensar que los Estados Unidos van a poder hacer una guerra en Irán sin que Rusia y China participen del juego y más cándido aún imaginar que chinos y rusos no van a querer sacar provecho de la situación al ver que el enemigo fundamental, que son los Estados Unidos, está encajado en una guerra imposible contra un tercero y, por lo tanto, vulnerable.

En ese sentido, el dilema de los Estados Unidos (que también es el dilema de Rusia y de China en el momento) es que no pueden involucrarse en una guerra con un tercero sin que eso resulte en dejar descubierto algún flanco. Washington sabe que tiene unos recursos extraordinarios para hacer la guerra, pero además sabe que esos recursos no son ilimitados. Entonces tanto Rusia como China pueden estar esperando que los Estados Unidos vuelquen sus recursos para hacerle la guerra a un tercero y allí dar el batacazo por el flanco descubierto. Ninguna de esas tres potencias puede ocuparse con un enemigo de segundo orden sin que eso implique una debilidad y una vulnerabilidad potencial frente a los demás, que siempre están al acecho.

Con esa información objetiva se pasa a la observación histórica reciente para ver que en los últimos años los Estados Unidos han hecho de todo con Donald Trump para evitar conflictos con enemigos de segundo orden e incluso para evitar molestar a los rusos y a los chinos en alguna parte. Washington empezó a incursionar en Crimea y luego retrocedió; hizo lo propio en Siria y también se retiró; presionó en Venezuela y nunca ni siquiera amagó con enviar allí un solo soldado, reculando en chancletas a medida que el gobierno de Maduro volvía a fortalecerse con el apoyo de China y de Rusia. He ahí tres casos concretos y recientes de avance e inmediato retroceso de los Estados Unidos para evitar el conflicto abierto.

Y eso no es normal. Hasta hace muy poco tiempo, los Estados Unidos no retrocedían en ninguna parte. Si desde Washington partía la orden de bombardear, invadir, robar y matar, esa orden siempre se ejecutaba hasta las últimas consecuencias por los militares estadounidenses. Pero algo claramente cambió porque en los últimos años los Estados Unidos retrocedieron en todos sus proyectos de hacer la guerra imperialista aquí y allí. ¿Por qué?

Porque hoy existen otros dispuestos y capaces de “pararles el carro” a los yanquis, cosa que no existía, por ejemplo, en el año 2001. A diez años de la desintegración de la URSS y sumida en una debacle neoliberal a manos de Boris Yeltsin, Rusia había dejado de ser una potencia mundial y se encontraba de rodillas, mientras que China seguía enfrascada en la realización de su plan económico orientado al dominio del comercio exterior a nivel global. Es decir, los unos no tenían con qué y los otros no estaban interesados en medir fuerzas con la única superpotencia mundial que emergiera de la caída del Muro de Berlín y la disolución del campo socialista en el Este. Así los Estados Unidos pudieron invadir en Afganistán y luego en Irak sin mayores problemas que el de batir las resistencias locales. Nadie se metía porque la hegemonía de los yanquis en la última década del siglo XX y en la primera del siglo XXI era total, cosa que hoy no existe.

Entonces la guerra localizada y prolongada entre Irán y Estados Unidos es improbable porque hoy está China y está Rusia de pie y dispuestos ambos a participar de alguna forma para debilitar al enemigo occidental. Y la guerra nuclear fulminante es una imposibilidad porque no se pueden prever los resultados y se trata de una verdadera caja de Pandora. ¿Por qué demonios van, entonces, los yanquis a provocar a los iraníes con el terrorismo y el crimen contra uno de sus próceres?

He ahí la hipótesis: los Estados Unidos se están retirando de un lugar en el que ya no pueden sostenerse, que es el lugar de única superpotencia a nivel mundial. Washington ya comprendió que no existen los recursos necesarios al sostenimiento de ese estatus exclusivo si en el mundo hay otros con la fuerza de China y de Rusia dispuestos a disputárselo. Una cosa fue hacerlo después de la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS, mientras Rusia estaba sumida en el caos y China estaba retirada del juego para ocuparse de sus asuntos económicos en silencio, pero otra cosa muy distinta es hacerlo ahora que esos actores se pusieron de pie, miraron hacia afuera y quieren discutir. En una palabra, el lugar de única superpotencia mundial es insostenible para los Estados Unidos, pero también lo es para Rusia, para China o para el que sueñe ocuparlo, simplemente porque eso incompatible con un orden mundial multipolar.

El mundo es multipolar y los liderazgos regionales se imponen en cada región. Cuando eso ocurre, la superpotencia en declive no puede imponer su voluntad en todas partes, que es lo propio de una superpotencia. Los Estados Unidos no pueden imponer su voluntad en Asia de que Irán abandone su proyecto nuclear porque en la región hay potencias regionales que no están exactamente en plan de servir los intereses de los yanquis, sino más bien de socavar su poder. Entonces la superpotencia a nivel mundial es un fantasma, es una simulación. Los Estados Unidos son una gran potencia mundial que en el nuevo juego debe ser una potencia regional consolidada o desaparecer.

Sí, porque la alternativa a bajarse gradualmente del lugar de privilegio es la destrucción. Si los Estados Unidos no aceptan que su hegemonía mundial está liquidada y que deberán de aquí en más compartir el poder con otros, caerán necesariamente en la espiral de destrucción romana. Roma no quiso dejar de ser imperial y los que si querían destruir ese imperio finalmente lo hicieron por la fuerza, invadiendo, saqueando y destruyendo Roma. Lo equivalente a eso para los Estados Unidos en los tiempos que corren sería un escenario en el que todos sus enemigos —que son muchos, los yanquis han sembrado el odio por todo el mundo— le hagan la guerra y terminen plantando su bandera en territorio estadounidense al finalizarla.

Pero existe otro escenario posible, uno que es alternativo al de Roma: el de Inglaterra, potencia que desde la I Guerra Mundial en adelante fue descendiendo a la categoría de potencia regional luego de haber sido un imperio global en los siglos anteriores. Los ingleses hicieron eso, se fueron replegando de a poco mientras las generaciones se sucedían y se iba borrando el odio que ellos mismos habían sembrado por el mundo. Inglaterra hoy es una potencia con capacidad de optar por abrirse de su alianza regional, que es la Unión Europea, además de ya no ser el objeto del odio generalizado como sí lo son los Estados Unidos.

Para hacer la de Inglaterra y evitar la invasión “bárbara” de su territorio, no obstante, los Estados Unidos deben luchar en dos frentes, que son el frente externo y el frente interno. En el frente externo debe negociar con las potencias emergentes su propio descenso o las condiciones y los tiempos en los que se dará ese descenso. Dicho de otra forma, para ir retirándose del lugar de superpotencia mundial sin que en el proceso a los emergentes se les ocurra aprovechar el repliegue para atacar, debe existir entre los jugadores un alto nivel de diálogo. Y ya nadie duda de que ese diálogo es muy fluido entre Trump y Putin, por ejemplo, pero también entre Trump y Xi Jinping, aunque “pour la galerie” se muestren como rivales a muerte en una supuesta guerra comercial.

En el frente interno, lo que los Estados Unidos tienen que hacer es lograr convencer a los propios yanquis de que el descenso es la alternativa a la destrucción. No, el gobierno de los Estados Unidos no puede simplemente decir por televisión que eso es así, sino que debe hacer entender que la nafta no da y que es más conveniente desensillar e ir metiendo violín en bolsa de a poco. ¿Cómo se logra eso? Con la simulación de avanzar sobre un enemigo secundario e inmediatamente retroceder, con arrojar una bomba sobre Irak para agredir a Irán y, frente a la respuesta de Irán, hablar de diálogo, de paz y de ir retirando alguna que otra tropa estacionada en la región. Eso fue exactamente lo que hizo Trump hoy y con eso puso una capa más en el dibujo de un cuadro de situación que los yanquis están pintando para que los mismos yanquis vayan comprendiendo de a poco que ya no estamos en 1991, que el mundo cambió y que es necesario aceptar la realidad o ser arrollados por ella.

No es que los halcones del Pentágono no quieran entrar a Irán matando, bombardeando, violando, saqueando y haciendo terrorismo. Eso es lo único que ellos hicieron cada vez que pudieron hacerlo y es lo que quieren hacer, no solo en Irán, sino en Venezuela y en todas partes. El asunto es que ya no les da el cuero para hacerlo y ya son conscientes de que eso es así.

En otro tiempo, el ataque de un país como Irán contra una base militar de los Estados Unidos hubiera resultado en una declaración inmediata de guerra por parte del presidente de Estados Unidos. Pues bien, Irán bombardeó no una, sino dos bases de los Estados Unidos en Irak hoy y Trump habló de “sanciones económicas más severas” y de “retomar el diálogo”. No hay declaración de una guerra que nadie quiere porque nadie puede sostener. Los Estados Unidos quieren ir retirándose e Irán no quiere caer en la volteada de ser arrollado por una potencia que está en retirada. Por eso los iraníes afirman querer la expulsión de las fuerzas de Estados Unidos de Medio Oriente y no hablan de querer la guerra: Irán quiere quitarse la bota de encima y Estados Unidos quiere irse de allí de la forma más decorosa y disimulada posible, para cumplir su parte del acuerdo con Rusia y China agitando poco las aguas.

El mundo real no es un tablero de TEG ni el objetivo de las fuerzas involucradas en la lucha se resume en una carta, no se trata de destruir el ejército amarillo y conquistar una cantidad de territorios. Los intereses reales son una maraña invisible para la mayoría de nosotros. Y allí donde uno está acostumbrado a ver la imagen de una superpotencia mundial puede haber un país tratando de reubicarse dignamente en un escenario global muy distinto al que suponemos. No se trata de apretar el botón rojo y disparar ojivas nucleares para resolver ningún asunto y mucho menos de hacerse los locos frente a la realidad. Históricamente todos los imperios nacieron, florecieron y cayeron. Lo único que hace el imperialismo estadounidense es elegir la forma de su propia caída. Y esa forma es una simulación, porque el orden mundial ya es otro.

La guerra mundial y el holocausto nuclear son la simulación hoy. La realidad es otra, no hay hipótesis de conflicto en un reordenamiento pactado y el apocalipsis va a tener que quedar para otro día.


Este es un adelanto de la 23ª. edición de nuestra Revista Hegemonía. Para suscribirte, acceder a todos los contenidos de la actual edición y todas las anteriores, y apoyar La Batalla Cultural para que sigamos publicando en estos tiempos difíciles, hacé clic en el banner abajo y mirá el video explicativo.
Nosotros existimos porque vos existís.