Se hicieron eco de la noticia todos los diarios, en todos los medios estuvo replicado: el ministro de Economía de la Nación Martín Guzmán pasó por Nueva York y mantuvo un encuentro “muy productivo y positivo” con burócratas del Fondo Monetario Internacional (FMI). Tan “productivo” y “positivo” que en dicho encuentro se pactó ya para febrero el viaje de una misión del Fondo a la Argentina, además de confirmarse la reunión del propio Guzmán con la titular del organismo Kristalina Georgieva en el Vaticano el 5 del próximo mes, en la que deberá continuar el amargo diálogo entre deudores y acreedores en una relación infernal de una deuda que tanto los unos como los otros saben que no es pagable.

El viaje y la catarata de anuncios derivados fueron más que suficientes para colmar la bronca de los que ya venían mostrando insatisfacción ante otro viaje oficial, el de Alberto Fernández a Israel. En menos de dos meses, el gobierno nacional-popular ha dado una buena cantidad de señales que no cayeron simpáticas entre los que esperaban ver en este ciclo más continuidad que ruptura respecto al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Por lo menos en la previa, el gobierno de Alberto no se parece en nada al de su antecesora indirecta. No parece serlo en materia de políticas públicas y tampoco lo es en la orientación de su diplomacia y política exterior. Luego de que Néstor Kirchner pagara la deuda heredada e invitara amablemente a retirarse del país a los funcionarios del FMI que se habían enquistado en el Banco Central y en el Ministerio de Economía, el gobierno de Cristina Fernández se mantuvo lejos de tener encuentros “productivos” y “positivos” con cualquier enviado o representante del Fondo y mucho más lejos de ir a jugar de visitante con ellos en Nueva York. La relación entre el gobierno kirchnerista y el Fondo Monetario Internacional fue literalmente ninguna, hecho singular que fue presentado por ese gobierno —con mucha razón— como un símbolo de la independencia, la soberanía y la dignidad que dan el desendeudamiento. Ahora, a poco más de cuatro años de finalizado aquel ciclo, el nuevo gobierno peronista hace todo lo opuesto, se reúne con funcionarios del FMI en Nueva York y coordina allí futuros encuentros, además de anunciar la llegada de una misión del organismo al país. Y califica todo eso como “muy productivo” y “positivo”.

El presidente Néstor Kirchner, heredero de una pesada herencia y una crisis de deuda que supo resolver exigiendo tiempo para reactivar el crecimiento del país. “Los muertos no pagan sus deudas”, solía decir. Ahora le toca a Alberto Fernández ponerse el traje de Kirchner y lograr la misma hazaña, aunque desde luego la situación presente es mucho más grave que la encontrada por Néstor Kirchner en el 2003.

¿Quedaría justificada entonces la bronca de los que veían en el gobierno de Alberto Fernández una perfecta continuidad del kirchnerismo finalizado en el año 2015 y ahora ven con desazón cómo avanza la relación “productiva” y “positiva” entre el Estado argentino y el FMI? Sí, pero solo si no se atiende el hecho de que entre el 10 de diciembre del 2015 y el mismo día del año 2019 pasaron exactamente cuatro años en los que nuestro país fue gobernado por una verdadera banda de saqueadores. De hacer caso omiso de ese hecho y considerar que el presidente Fernández es el sucesor directo del kirchnerismo sin que medie un periodo de gobierno de las corporaciones en el que se abrieron otra vez las puertas de la Argentina al FMI, entonces quedaría absolutamente justificada la bronca de los que no pueden oír pronunciarse nombres como Fondo Monetario Internacional, Israel y Reserva Federal de los Estados Unidos, entre otros que han aparecido con mucha frecuencia en los medios en las últimas semanas. Pero no es así, el 2019 no viene inmediatamente después del 2015 y entre Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner ha pasado el presidente Mauricio Macri, hecho evidente que la crítica ideológica, irreflexiva y mordaz prefiere ignorar.

Es imposible, no obstante, ignorarlo. Es escandalosamente cierto que el FMI volvió a aterrizar en la Argentina durante el gobierno de Mauricio Macri y en ese periodo se contrajo una deuda efectiva de unos 44 mil millones de dólares con ese organismo multilateral prácticamente dominado por los Estados Unidos. Por más que quisiera hacerlo, Fernández no puede hoy hacerse el loco frente a la realidad de que Macri le dejó como pesada herencia una deuda que posiblemente no pueda pagarse, como suele pasar con las deudas dichas normales. Nadie puede hacerse el loco teniendo sobre su cabeza una deuda monumental que, de no pagarse o renegociarse para pagarse de alguna otra forma, podría resultar en nefastas consecuencias para la economía del país. En una palabra, toda la admiración hacia Néstor Kirchner por haber expulsado el FMI y hacia Cristina Fernández de Kirchner por no volver a abrirle las puertas de la Argentina para que vuelva es una admiración hoy ideológica. Hoy, tras cuatro años de gobierno de Mauricio Macri y de la firma de un acuerdo por 57 mil millones de dólares, de los que 44 mil millones nos fueron enviados y nadie sabe muy bien dónde están, la realidad efectiva es que los argentinos estamos profundamente endeudados y el gobierno —sea el que fuere en el momento— debe resolver la cuestión si no quiere generarse un descalabro en la economía nacional. La realidad es que el país que le toca gobernar Alberto Fernández no es aquel país desendeudado que dejó Cristina Fernández al finalizar su mandato el 10 de diciembre de 2015, sino un país económicamente arruinado y sobreendeudado: el país de la famosa y pesada herencia macrista.

El presidente Mauricio Macri, quien ganó las elecciones con una monumental estafa y luego hundió la Argentina en una crisis sin precedentes. Macri ahora es dirigente de la FIFA y parece alejarse de la política local, aunque sigue midiendo como principal figura de la oposición.

Claro que la descripción de que Alberto no sucede a Cristina directamente y de que en el medio hay un Macri de cuatro años endeudándonos con el FMI y con bonistas privados es bastante pueril y hasta parecería ser innecesaria. Pero tan pueril e innecesaria no es cuando dicha descripción se dirige a gente que hoy está escupiendo fuego contra el gobierno nacional-popular como si el FMI apareciera literalmente de la nada, invitado por Alberto Fernández. No es así, como tampoco es cierto que países como Israel y personajes como el inefable Benjamín Netanyahu aparezcan involucrados en nuestra política exterior como por arte de magia. Lo que les falta a los que atacan con furia las primeras definiciones del nuevo gobierno, digamos, “por izquierda”, es la perspectiva histórica a corto y mediano plazo. Si no se tiene en cuenta que Mauricio Macri trajo al FMI, firmó un acuerdo de 57 mil millones de dólares y dejó una deuda efectiva de 44 mil millones de dólares que no estamos en condiciones de pagar, entonces es posible llegar a la conclusión de que Alberto Fernández quiere llevarse bien con el FMI porque pretende orientarse hacia una relación de dependencia con ese organismo. De manera análoga, si uno ignora que la política de seguidismo y obsecuencia hacia los Estados Unidos en sus agresiones imperialistas a principios de los años 1990 resultaron en los atentados a la embajada de Israel y a la AMIA, en el posterior memorándum de entendimiento con Irán y en todo el asunto Nisman, uno tiende a pensar que Alberto Fernández desea alinearse con Israel por razones de convicción ideológica. Lo que resulta de la pérdida de la perspectiva histórica es la incapacidad de comprensión de los hechos del presente y el ver la historia no como una película, sino como una foto fija.

¿Por qué? Porque, como solía decir precisamente Cristina, nada ni nadie nace de un repollo, todo viene históricamente determinado. Entonces las decisiones del presente no son otra cosa que la continuidad de la historia al saldar las deudas de ayer. La metáfora de la deuda es muy oportuna, por cierto, ya que es además materialmente aplicable en el caso de la relación que viene estableciendo el gobierno de Alberto Fernández para tratar de, en esa relación, resolver el problema de una deuda que la Argentina hoy no está en condiciones de pagar y quizá jamás lo esté de no mediar allí una renegociación. Dicho de una forma tal vez un tanto brutal, Alberto Fernández no envía a Martín Guzmán a Nueva York a hacer buenas migas con el Fondo Monetario Internacional porque quiera tener una buena relación con ese organismo. Alberto Fernández busca tener esa relación porque de otro modo su gobierno durará hasta que venga el primer vencimiento de la deuda y es probable que la Argentina entera estalle cuando eso pase. La pesada herencia de honrar deudas ajenas es la determinación histórica a corto plazo que no le permite hacer a su voluntad al que se hace cargo de la herencia que es una deuda.

Complicadas maniobras

La determinación histórica es un condicionamiento para los que vivimos y hacemos en el presente. Todo lo que somos y hacemos hoy está condicionado o determinado por lo que hicieron otros ayer, sin que nada de eso sea discutible. Un pensador como Sartre lo expresaría con mucha más certeza y elegancia diciendo que “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”, esto es, nunca somos todo aquello que desearíamos ser porque las condiciones en las que nos desarrollamos no son necesariamente las que deseamos. Las condiciones de nuestro desarrollo presente son una herencia normalmente muy pesada. Así en la vida, así en todos los órdenes de la vida. También así en la política.

Incómodo para muchos. La reunión entre Alberto Fernández y Benjamín Netanyahu en Israel cayó como una bomba entre sectores de la militancia, pero fue justificada en el marco de la negociación de una deuda que la Argentina no puede pagar y la necesidad de hacerse de amigos en el mundo que puedan ayudar en ese problema.

Las condiciones en las que Alberto Fernández asume como presidente de la Nación y sobre las que se desarrolla su gobierno desde el último 10 de diciembre son una suma de todo lo que ocurrió política y socialmente en la Argentina y en el mundo antes de esa fecha, es decir, son un cúmulo virtualmente infinito de cosas casi en su totalidad ignoradas por nosotros y hasta por el propio Alberto Fernández. Al asumir el gobierno en el Estado, un presidente se encuentra con esas condiciones, a las que debe atender a la hora de tomar las decisiones y orientar la gestión, sin importar mucho las intenciones que haya tenido antes de asumir el cargo. Un jefe de gobierno puede haber prometido, por ejemplo, construir un determinado número de viviendas para reducir el déficit habitacional y hasta puede querer hacerlo genuinamente, pero si al hacerse de la botonera se encuentra con que en la caja del Estado no existen los fondos para llevar a cabo la obra y que tampoco existe la posibilidad de recaudar esos fondos, la obra no se llevará a cabo mientras ese dinero no esté. Y si nunca llega a estar, entonces por más voluntad política genuina que haya las viviendas serán nada más que otra promesa de campaña incumplida. No es una cuestión ideológica, no se trata de querer y sí de poder. La cuestión de las condiciones heredadas es material, es lo que el General Perón solía llamar la realidad efectiva.

El ejemplo es bastante elemental y aun así sirve de base para extrapolarlo y aplicarlo a cosas mucho menos elementales que el “solo se puede hacer obra pública si hay dinero en la caja del Estado”, una mera operación de restar, sumar y ver cuánto tiene uno en el bolsillo. En el fondo, filosóficamente hablando, se trata de heredar condiciones y desarrollarse uno sobre ellas. De hacer con lo que hicieron de nosotros, como diría Sartre. Siempre es así, por más compleja que sea la cuestión: siempre se toman las decisiones del presente atendiendo los condicionamientos que resultan de la acción de los hombres en el tiempo pasado. Y así es cómo Martín Guzmán va a Nueva York a buscar el beneplácito del FMI en el problema de una deuda que no podemos pagar. La deuda impagable es el condicionamiento; hacer reuniones “positivas” y “productivas” con el Fondo Monetario es lo que se hace de eso para salir adelante.

Pero no es solo eso, sino que hay más y las maniobras se van complicando hasta que los de a pie perdemos de vista las relaciones existentes entre los hechos de la gran política. Ya está bastante claro —al menos para los que tenemos la voluntad intelectual de relacionar hechos antes de sacar las conclusiones del caso— que el viaje de Alberto Fernández a Israel viene determinado por una secuencia de hechos históricos que empiezan con la desintegración de la Unión Soviética, la elevación de los Estados Unidos a la condición de única superpotencia global en un orden mundial unipolar, pasan por el consiguiente y necesario seguidismo de la Argentina a las políticas imperialistas de esa superpotencia y por el resultado de ese seguidismo, a saberlo, los atentados de 1992 y 1994 en la Ciudad de Buenos Aires. Todo eso va a resultar en el memorándum de entendimiento con Irán y en la muerte del fiscal Alberto Nisman. Ya está claro, reiteramos, que el viaje del presidente Fernández a Israel es otro capítulo en esa novela interminable: Fernández va a Israel a participar de un acto en conmemoración a las víctimas del Holocausto para poner paños fríos sobre la espantosa relación entre la Argentina, Israel, Irán, los atentados, los servicios secretos y mucho más, relación en la que llevamos todas las de perder. Fernández va a Israel porque recibe de herencia esa relación espantosa, porque esas son las condiciones sobre las que debe necesariamente desarrollarse.

El Papa Francisco, recibiendo en el Vaticano al ministro de Economía Martín Guzmán. Entre los amigos que pueden aportar a la solución del embrollo infernal de la deuda, el más amigo de todos es Francisco. Y también el más influyente.

Entonces la conclusión es que Alberto Fernández sabe que, de no recomponer y armonizar esa relación, Israel —o alguien a instancias de Israel— puede hacerle daño a la Argentina. Aquí es donde la cosa empieza complejizarse, ya que es poco probable que Israel, el Estado de Israel, le haga más daño a la Argentina de lo que ya hace inmiscuyendo a sus espías en nuestros asuntos internos. No es probable que Israel le haga una guerra abierta a la Argentina y tampoco que nos castigue con sanciones económicas, puesto que el comercio exterior con ese país mueve muy poco la aguja en nuestra balanza comercial. ¿Qué podría hacer entonces Israel contra la Argentina si la Argentina no hiciera un esfuerzo diplomático para recomponer la relación atendiendo los hechos históricos? Pues Israel podría activar a otros para que produzcan ese daño.

Y de pronto aparece la relación entre el viaje del presidente Alberto Fernández a Israel y el del ministro de Economía Martín Guzmán a los Estados Unidos para reunirse con los burócratas del FMI. Allí donde veíamos a priori dos hechos no relacionados entre sí existe una relación y es la vieja y conocida promiscuidad existente entre Washington y Tel Aviv. Según ciertos analistas, Israel no es un títere de los Estados Unidos en Medio Oriente, sino que es precisamente lo opuesto. Los Estados Unidos son, en realidad, el brazo armado del sionismo internacional en el mundo y, por esa razón, están siempre a disposición de los israelíes para operar indirectamente los intereses de estos. Si están en lo cierto los analistas de política internacional que sostienen esa teoría, la de la funcionalidad de Washington al sionismo internacional con sede en Israel, entonces llevarse mal con Tel Aviv puede tener y necesariamente tendrá como consecuencia una represalia por parte de Washington.

La titular del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva. Católica, Georgieva tiende a aceptar la influencia del Papa Francisco en la negociación de la deuda argentina. Si eso ocurre, será adecuado definirlo como un acto de la divina providencia.

¿Qué es lo que podrían hacer entonces los Estados Unidos a instancias de Israel contra la Argentina en el corto plazo y a modo de represalia? Por lo pronto podrían no interceder o hacerlo desfavorablemente en las negociaciones entre nuestro país y el FMI por aquella deuda de 44 mil millones de dólares que no podemos pagar y que estamos tratando de renegociar con reuniones “positivas” y “productivas”. ¿Cómo? Pues con una llamada telefónica: el FMI es un organismo multilateral, pero solo en teoría. En la práctica es unilateral y está dominado por los Estados Unidos desde el vamos. Nada se hace allí sin el visto bueno de Washington y el FMI es, al fin y al cabo, un vulgar instrumento más del imperialismo para el sometimiento de los pueblos en los países dichos “en vías de desarrollo”. Si los Estados Unidos quieren, el FMI ejecuta la deuda argentina impagable con solo un clic y nuestro país cae en el abismo de la cesación de pagos que suele llamarse “default”, resultando en una crisis terminal de la economía y en la apertura de las puertas del infierno para los 45 millones de argentinos.

Si los Estados Unidos quieren, que es como decir —con los analistas que sostienen la predominancia del sionismo internacional en la Casa Blanca de Washington— si el que quiere es Israel. Si ellos quieren, nosotros desbarrancamos. He ahí el condicionamiento que recibe Alberto Fernández al asumir como presidente de un país que no tiene soberanía política ni independencia económica: en nuestro ser lo que hacemos de lo que hicieron de nosotros sartreano la parte del “lo que hicieron de nosotros” es una colonia. Somos lo que podamos hacer de esa colonia sometida a los intereses de los poderosos del mundo.

Martín Guzmán, en Nueva York junto a un colaborador. Los viajes del ministro de Economía y su tacto en el trato con sus anfitriones puede ser clave en las negociaciones de lo que, a primera vista, parece innegociable.

Alguien dirá y con justa razón que es imposible dejar de ser colonia buscando hacer buenas relaciones con la metrópoli dominante y que, por lo tanto, en vez de hacer reuniones “positivas” y “productivas”, lo que tendría que hacer la Argentina para liberarse es cortar relaciones con el FMI y dar por toda respuesta a la deuda dejada por Mauricio Macri un hermoso “que lo pague Magoya”. Todo eso es cierto y es hasta ideológicamente justo en nuestra opinión, aunque no viene sin cola: hacerse el loco frente al Fondo Monetario Internacional —y quebrarlo, por supuesto, porque el dinero prestado por el FMI al gobierno de Macri es inaudito, incluso para los estándares y la capacidad de financiarse del propio FMI— resultaría en la reacción de prácticamente todo Occidente, empezando por los Estados Unidos, lógicamente. Y allí no habría alternativa que la de seguir los pasos de Venezuela, casarnos con Oriente y empezar a resistir acá a todo lo que el pueblo venezolano viene resistiendo hace décadas en materia de boicot a la economía y las respectivas penurias en el cotidiano. En una palabra, existe la opción de enfrentar al dominante y declararle la guerra, de ignorar al FMI y esperar a que nos caigan los tiros desde las potencias occidentales confiando en que vendrá el auxilio desde Beijing y Moscú. Esa opción está y es exactamente la que han elegido tomar en Caracas desde hace mucho. Los resultados de la opción venezolana están a la vista.

Consecuencias

Vaya el atento lector a Caracas y pregúntele a un funcionario venezolano o directamente al propio Nicolás Maduro qué opina respecto a los atentados a la embajada de Israel en Buenos Aires y a la AMIA, a la firma de memorándum de entendimiento entre la Argentina e Irán y a la muerte del fiscal Alberto Nisman. En Caracas el atento lector se va a encontrar con una respuesta más o menos así: “Las bombas en la embajada israelí en Buenos Aires y a la AMIA son obra del mismísimo Estado de Israel, son autoatentados o los llamados atentados de falsa bandera. El memorándum iba dirigido a dilucidar esa verdad, cosa que Israel no puede permitir que pase y entonces Israel orienta al Mossad a hacer la pantomima de Nisman para encubrir sus actos de terror contra su propio pueblo, acusando de encubrimiento a los que buscaban llegar a la verdad histórica”. En Venezuela dicen eso. ¿Por qué? Porque ya están jugados y pueden expresar su opinión sin estar tan condicionados. Nicolás Maduro no viaja de visita oficial a Israel, sino a Irán. En Argentina, al parecer, eso no se puede hacer. ¿Por qué? Porque Venezuela ha elegido el camino de la guerra de liberación nacional y nosotros no. Es cierto que podríamos tomar ese camino, siempre y cuando estemos dispuestos a atenernos a las consecuencias.

Con las armas en la mano, Venezuela ha elegido el camino de la guerra de liberación nacional para lograr su segunda y definitiva independencia. En un sentido histórico, Chávez y Maduro hacen lo que hubiera hecho Bolívar en la misma situación: desenvainan la espada y cargan contra el enemigo, asumiendo las consecuencias de su elección.

He ahí la cuestión, o la pregunta que debe hacerse cualquiera al hacerse —valga la redundancia— del poder político en el Estado en Argentina: ¿Está dispuesto el pueblo argentino a atenerse a las consecuencias de una guerra de liberación nacional al estilo venezolano? El atento lector comprenderá que no tenemos nosotros aquí la respuesta a semejante pregunta totalizadora y que, en un sentido más bien ideológico, nos gustaría decir que el pueblo argentino no solo está dispuesto, sino que está deseoso de atenerse a esas consecuencias para liberar la patria del yugo imperialista de una vez por todas, llegando a nuestra segunda y definitiva independencia. Pero no se trata de hacer de este espacio una tribuna de opinión ideológica, sino un medio de análisis de los hechos, por lo que va a quedar sin respuesta la pregunta de si el pueblo argentino está dispuesto a sufrir las penurias que resultan de una guerra de liberación nacional como la que se está librando hoy en Venezuela. No tenemos aquí toda la información necesaria para saber la respuesta, aunque desde luego y conociendo los bueyes con los que aramos sospechamos que dicha respuesta será negativa.

Los que sí deben tener esa información y están obligados a saber a ciencia cierta si el pueblo argentino está dispuesto a transitar el camino de liberación nacional que el pueblo hermano de Venezuela viene transitando desde que llegó Hugo Chávez son los que nos gobiernan hoy. Alberto Fernández tiene la obligación de saber si el pueblo en su conjunto, esto es, en su mayoría, quiere empezar hoy una lucha de décadas durante la que la vamos a pasar muy mal, pero que dará como resultado un futuro brillante para las generaciones venideras. Y si nos orientamos por los hechos políticos del viaje del propio Alberto Fernández a Israel y del intento de construcción por parte del ministro de Economía Martín Guzmán de una relación “positiva” y “productiva” con el Fondo Monetario Internacional, podemos concluir que también Alberto Fernández cree que la respuesta al enigma será negativa. Alberto Fernández no elige el camino de la confrontación con los poderosos del mundo porque cree saber que la mayoría de los argentinos —cuya opinión y voluntad quiere seguir representando en la política— no desea transitar ese camino. De un modo contrafáctico, si la opinión de la mayoría de los argentinos fuera la opuesta y estuviéramos en pie de guerra como los venezolanos exigiendo la liberación nacional a cualquier precio, entonces Alberto Fernández ni hubiera llegado a ser presidente porque la política argentina no propondría como candidato ganador a un conciliador para satisfacer la demanda de una mayoría que no quiere conciliar nada en absoluto. Como se ve, Alberto Fernández es presidente de Argentina porque su opinión conciliadora es reflejo de la opinión de la mayoría del pueblo argentino.

Los presidentes Alberto Fernández y Mauricio Macri, donde el segundo es la expresión material de la definición sartreana: ser lo que se hace con lo que hicieron de uno. Fernández no puede más que construir a partir de la pesada herencia que recibió al ganar las elecciones y reemplazar a Macri.

Al igual que todos los demás dirigentes políticos habidos y por haber, Alberto Fernández no hace lo que quiere, sino que hace y es con lo que hicieron de él. Y hace, en esencia, lo que quiere la mayoría del pueblo al que gobierna, justamente para seguir gobernándolo con el voto de ese pueblo. A la cuestión de exigirles a los dirigentes que hagan lo que las minorías politizadas queremos que hagan se impone la solución de que primero es necesario trabajar para que eso no sea una demanda de minorías, sino de las mayorías populares. Si lo que queremos es cortar relaciones con Israel y decirle al FMI que no vamos a pagar una deuda contraída por un gobierno de las corporaciones, lo que tenemos que hacer es persuadir a nuestro pueblo de que ese es el camino y de que atenerse a las consecuencias será un precio razonable a pagarse por la obtención de nuestra liberación nacional. Como en Venezuela. Lo que no puede hacerse simplemente porque no puede lograrse es exigirles a los dirigentes que se opongan a la opinión y la voluntad de la mayoría de los electores y pierdan las elecciones, de mínima, o tengan un estallido social, de máxima. Si le demandamos el suicidio político a un presidente electo por el voto popular no nos podemos quejar luego si ese presidente hace oídos sordos a nuestra demanda, porque eso es precisamente lo que hará. Ahora y siempre, aquí y todas partes. Nadie se suicida para darle el gusto a otros y todos somos, ni más ni menos, solo lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Eso y tan solo eso somos.


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