En las cuatro anteriores entregas de esta Sociología del estaño para la construcción del nacionalismo popular se ha expuesto la necesidad de un proyecto político que les sirva a los pueblos de un modo genérico para afrontar la realidad de un mundo que tiende a prescindir del trabajo humano, reemplazarlo por máquinas con inteligencia artificial y enviar al descarte las grandes mayorías populares, desfasadas estas respecto a la tecnología actual. Hasta aquí, la exposición de lo que en nuestra opinión debería ser una construcción política de tipo nacional-popular basada en la cultura del pueblo-nación —elementos estos, cultura, pueblo y nación que están en la base del proyecto y son todos sinónimos equivalentes entre sí— ha puesto énfasis en esa necesidad, que viene dada por la introducción de unas tecnologías cuyo avance no puede detenerse. El atento lector podrá sacar de las anteriores entregas la conclusión de que sin un nacionalismo popular orientado a preservar la vida y la dignidad de los pueblos las élites globales no encontrarán en los Estados una resistencia real a su proyecto macabro de descarte de las mayorías, sino más bien una cómoda complicidad para llevar a cabo un genocidio sin precedentes en la historia de la humanidad. Si los pueblos-nación no logramos empoderarnos verdaderamente con la política hasta conquistar definitivamente el poder en el Estado nacional, la misma estructura estatal será utilizada por las élites globales para sus propósitos y los pueblos, dispersos y desorganizados, pereceremos sin posibilidad de resistencia frente a la fuerza brutal de la antipatria que concentra hoy la gran parte de la riqueza y quiere despoblar rápidamente el mundo. Lo que hemos querido expresar en los anteriores capítulos de esta obra a cuentagotas es que el nacionalismo popular no constituye una alternativa ideológica por la que los pueblos pueden optar sí o no, sino la única posibilidad de evitar la derrota final a manos de las élites globales. No se trata de ir de “izquierda” a “derecha” en un arco horizontal imaginario en el que se discuten matices al interior de un mismo proyecto político invariablemente liberal. Se trata, eso sí, de superar al fin el liberalismo caduco y de construir un proyecto nuevo con la capacidad y la voluntad de contemplar la existencia de miles de millones por todo el mundo más allá de los intereses de las minorías. La cuestión fundamental del nacionalismo popular es una cuestión de vida o muerte, es un triunfar o morir mucho más literal de lo que se suele imaginar.

Entonces llegó la hora de analizar las razones por las que esa necesidad, la de un proyecto nacionalista popular para la defensa mutua de los más, no se satisface. ¿Por qué los pueblos no terminamos de comprender el peligro que acecha y seguimos presos de un debate inconducente entre versiones ideológicas de un liberalismo que ya hizo agua? ¿Por qué, en una palabra, seguimos fragmentándonos entre “izquierda”, “derecha” y “centro”, por ideología, si aquí lo único que hay es una lucha a muerte entre los de arriba y los de abajo por ver quiénes van a subsistir en el mundo en un futuro a mediano plazo? Llegó el momento de ver cómo la ideología es un estorbo en el camino a la construcción de un proyecto realmente nacional-popular y entonces veremos en las próximas líneas una descripción de aquello que aquí hemos dado en llamar la santísima trinidad de la ideología liberal “progresista”, a saberla, los tres pilares ideológicos sobre los que el poder fáctico a nivel global funda hoy el falso debate entre falsas opciones políticas para que los pueblos-nación no lleguen jamás a la comprensión respecto a qué hay realmente detrás de tanta cortina de humo. Esa trinidad ideológica liberal y “progresista” se conforma de la ideología “antimilico”, de la ideología “antifascista” y de la ideología “de género”, allí donde las tres se retroalimentan mutuamente para arrastrar hacia las falsas dicotomías un debate que debió ser pragmático, puntual y objetivo: pueblos o corporaciones, naciones soberanas o élites globales con poder universal.

La ideología “antimilico”

De acuerdo con las generales de la ley, que son las reglas por las que las categorías quedan establecidas de una vez y para siempre para permanecer inmunes a los procesos de doble hermenéutica orientados a vaciarlas de sentido y liquidarlas, la aplicación de un proyecto político de tipo nacional supondrá siempre la necesidad de contrarrestar la oposición en la influencia de fuerzas cuyos intereses son ajenos y contradictorios a los de una nación. Eso es el nacionalismo en esencia y es, dicho en otras palabras, la verdad no relativa de que el nacionalismo existe porque existen primero las fuerzas antinacionales y, por supuesto, antipopulares, allí donde pueblo y nación son sinónimos necesarios. Y entonces el nacionalismo es popular y no puede ser otra cosa que una respuesta colectiva o un grito político de liberación frente a la tiranía de la fuerza brutal de la antipatria. Eso es lo general y, al igual que los demás tipos de nacionalismo expresados, el nacionalismo popular es esa respuesta colectiva allí donde el colectivo que se reivindica es el colectivo de una nacionalidad en particular. En el ABC del nacionalismo de modo genérico, lo que se tiene siempre en frente es una fuerza externa, ajena y contradictoria a los intereses colectivos del pueblo-nación que se quiere defender, ya sea esa fuerza una potencia imperialista visible, con nombre propio y bandera, como pudieron haber sido los imperialismos británico o el estadounidense, el romano o el otomano, cada uno de ellos en su momento histórico de dominación global, o una fuerza menos visible, como las corporaciones trasnacionales, el capital financiero apátrida o las élites globales.

El general César Milani, ejemplo paradigmático de víctima de la ideología “antimilico” en Argentina. Al ser nombrado como jefe del Ejército por Cristina Fernández de Kirchner y con la misión de empezar a construir el nacionalismo popular en las Fuerzas Armadas, Milani fue embestido por una operación encomendada por las élites globales y ejecutada localmente por Horacio Verbitsky, entre otros. Gracias a la ideología “antimilico”, Milani fue crucificado por propios y extraños muchísimo antes de que la Justicia le dictara sentencia. Y si bien al final quedó demostrado que Milani era inocente de las acusaciones en su contra, ya era tarde: había sido destruido “por izquierda” el proyecto de un Ejército nacional-popular.

Para los efectos prácticos de la lucha nacionalista la naturaleza específica de la fuerza foránea a la que el nacionalismo se opone es, sin embargo, irrelevante. El problema en esa oposición se reduce siempre a una cuestión de correlación de fuerzas en la que el nacionalismo debe hacerse de los medios necesarios para enfrentarse a dicha fuerza foránea, ya sea esta la de una potencia imperialista, la de una coalición de potencias, un grupo de corporaciones y/o especuladores financieros o las propias élites globales reunidas. Sea el que fuere, el enemigo foráneo debe ser combatido y derrotado, porque de lo contrario el nacionalismo caerá y esas fuerzas foráneas impondrán su voluntad, resultando en el sometimiento del pueblo-nación y su destrucción. Lo que se dice aquí es que el nacionalismo en su lucha por la liberación nacional debe necesariamente hacerse de los medios para triunfar o ser derrotado, es decir, dejar expuesto al pueblo-nación a los intereses del enemigo, el que suele ser despiadado en la victoria. Sin importar la naturaleza específica del poder foráneo que pretende someter al pueblo-nación para hacerlo funcional a sus intereses particulares, el nacionalismo de un modo genérico no puede darse el lujo de flaquear frente a dicho enemigo y debe, por lo tanto, reunir todos los recursos necesarios para no ser derrotado en la lucha. Entre esos recursos el más importante suelen ser las armas: para hacerle frente a un poder foráneo, a la fuerza brutal de la antipatria, cualquier nacionalismo debe necesariamente armarse.

Fidel Castro y Hugo Chávez, ejemplos de cómo las armas del Estado pueden integrarse a la vida nacional-popular. En Cuba y en Venezuela la ideología “antimilico” no es dominante y no hace mella en la conciencia de la militancia, por lo que Cuba y Venezuela pueden defenderse con el fusil en la mano frente a la amenaza de los ricos del mundo y son los países de América Latina mejor preparados para defender sus soberanías, derrotando la globalización neoliberal.

Los ejemplos históricos de cómo diferentes pueblos-nación se armaron para la defensa de la patria son abundantes en todo el siglo pasado. Sin ir mucho más lejos, aquí en América sigue vigente la lucha del pueblo-nación cubano, el que en las últimas seis décadas ha sido víctima de embestidas infernales por parte de todo el imperialismo occidental —con los Estados Unidos a la cabeza— y ha soportado estoicamente un bloqueo criminal que ese mismo imperialismo impone sobre la economía del país. Desde que vino Fidel en adelante, Cuba ha resistido a todos los embates con gran heroísmo, empezando con la batalla de Playa Girón en el marco de la invasión de bahía de los Cochinos, una operación bélica organizada por la CIA en la que participaron terroristas cubanos radicados en Miami. De allí en más Cuba ha resistido con el fusil en la mano a todas y cada una de las agresiones imperialistas y allí sigue firme la revolución, sin dar signos de que vaya a flaquear en el corto y mediano plazo. Otro tanto ocurre actualmente también en Venezuela, donde las fuerzas armadas coordinan esfuerzos con las milicias populares en la defensa del suelo patrio, hasta aquí con éxito. En ninguno de estos dos casos ni en caso alguno a lo largo de la historia la defensa de la soberanía de un pueblo-nación en su territorio nacional se logró de otra manera que no haya sido mediante la resistencia armada, numerosa y bien organizada. Y aquí hay otra verdad no relativa u otra ley general de la política internacional: cuando la fuerza brutal de la antipatria embiste, no existe forma de frenarla que no sea a los tiros, precisamente porque dicha fuerza nunca viene a dialogar, sino a matar para robar.

Todo eso es indiscutible, no hay forma de tratar ideológicamente la cuestión. Lo único que puede hacerse frente a la amenaza externa es aplicar el pragmatismo y atender a los casos históricos que marcan todos ellos el mismo camino: o se para el pueblo-nación firme con el fusil en la mano frente a la amenaza, o esa amenaza se concretará y el pueblo-nación perecerá bajo la bota del invasor. Si en vez de armarse y prepararse para enfrentar a los tiros los intentos de invasión orquestados por la CIA los cubanos hubieran tratado de dialogar, entonces la invasión se hubiera concretado sin oposición y Cuba habría sido invadida y recolonizada sin mayores trámites al ser destruida la revolución que previamente la había liberado. La revolución cubana con poder en el Estado hizo lo debido al formar y al preparar un ejército profesional para la defensa del territorio patrio desde el vamos, hizo lo que tenía que hacer a sabiendas de la amenaza de la antipatria siempre al acecho. Como veíamos antes, no es posible abordar esta cuestión ideológicamente, ya que ningún argumento ideológico puede resolver la contingencia que supone una invasión armada. Lo mismo han comprendido los venezolanos y, si se quiere, los vietnamitas, los norcoreanos y tantos otros que durante todo el siglo XX se han parado firmes para resistir frente al enemigo imperialista.

La fuerza brutal de la antipatria, aquí representada en unos soldados estadounidenses invadiendo alguna región de Medio Oriente para asegurar allí los intereses de las corporaciones. La dicotomía para cualquier país que aspira a ser soberano es la siguiente: cuando el imperialismo se disponga al saqueo de los recursos del pueblo-nación, ¿cómo responderá dicho pueblo? ¿Hará como venezolanos, cubanos, vietnamitas y otros que no se dejaron avasallar, o se entregará sin resistir?

El atento lector verá que el tema de las armas y la organización de fuerzas armadas regulares para la defensa de la soberanía de un pueblo-nación está bastante claro, con todas las conclusiones del caso apoyadas en sendos ejemplos históricos que son igual de cristalinos en sus resultados. No obstante, el asunto de las armas presenta varios problemas que no suelen ser resueltos de igual manera por todas las culturas. Está claro, decíamos, que no existe alternativa que no sea el empleo de la fuerza para resistir cuando la fuerza ha sido empleada por un agresor/invasor, no hay posibilidad de diálogo con el que no viene a dialogar. Y está claro también que los pueblos-nación en lugares como Cuba, Venezuela, Vietnam y Corea del Norte han llegado a tener la comprensión histórica del hecho, lógicamente más en virtud de las circunstancias que mediante un proceso planificado de reeducación colectiva. No obstante, la forma en la que resuelven el asunto de las armas no es la misma en Vietnam que en Argentina y eso, como se sabe, es así por razones históricas y culturales: tanto la experiencia histórica como la cultura —sin olvidar que la cultura resulta, por su parte, del propio devenir histórico— del pueblo-nación vietnamita son muy distintas a las del pueblo-nación argentino, lo que en sí es una obviedad. Entonces la obviedad ululante es que la forma de resolver el problema de la aplicación de la fuerza de las armas en la defensa de la soberanía jamás podría ser la misma en Argentina y en Vietnam.

Por razones que veremos más adelante, en nuestro país se da la particularidad histórica y cultural de la existencia de un pueblo-nación que obtuvo y sostuvo su primera y parcial independencia con las armas en la mano, pero que las detesta en la actualidad. La Argentina es una construcción política resultante de la acción de militares, tiene una multitud de militares en su galería de próceres y además le debe su principal movimiento político, el peronismo, a un militar. Y no obstante todo eso, es un país en el que la llamada ideología “antimilico” está más difundida que en cualquier otra parte. Eso tiene una explicación histórica: fueron militares los que ejecutaron un verdadero genocidio contra el pueblo-nación durante la dictadura que tuvo lugar entre los años 1976 y 1983. A partir de ese genocidio que victimó al menos 30.000 argentinos, se ha difundido masivamente el rechazo ideológico a todo lo que tenga aspecto a militarismo, rechazo que incluye la policía y demás fuerzas de seguridad. El argentino detesta la “gorra” y considera que la expresión ideológica de ese rechazo es condición sine qua non para ser biempensante. Hoy resultan prácticamente incompatibles la expresión política pública y la ponderación de lo militar: para participar del debate público en la Argentina, uno debe primero expresar su cuota de ideología “antimilico”, o corre el riesgo de ser descalificado de antemano. Y ese es un enorme problema práctico para la organización de una defensa estable del pueblo-nación frente a la amenaza foránea, un estorbo monumental a la construcción de un nacionalismo popular. A raíz del trauma ocasionado por el genocidio de la dictadura de los años 1970 y 1980, en la política argentina es inaceptable debatir la función social de los militares. Esa función debe ser ninguna y entonces en la política argentina es virtualmente imposible lograr un consenso sobre la necesidad de armarse para la defensa de la soberanía nacional.

El general Juan Domingo Perón, máxima expresión del nacionalismo popular en Argentina y fundador de su principal movimiento político. Si viviera, Perón descubriría amargamente cómo el “progresismo” liberal introdujo en el peronismo la ideología “antimilico”, ideología que corresponde a dicho movimiento, por razones lógicas.

Claro que en ello hay un grosero error —llamémoslo así, ya que es efectivamente un error por parte de los que lo cometen, aunque nunca por parte de los que lo inducen— de apreciación. Si bien es cierto que fueron militares los que ejecutaron el genocidio contra el pueblo-nación y fueron militares todos los que posteriormente recibieron el debido castigo, la dictadura genocida está muy lejos de haber sido fundamentalmente militar y más lejos aún de ser obra exclusiva de los militares. La llamada responsabilidad civil es un tema que jamás termina de instalarse en la agenda pública y el resultado lógico de eso es que aquí no vemos lo esencial: la dictadura fue obra intelectual de civiles y, para peor, obra de civiles foráneos. Los militares la ejecutaron y pusieron la cuota concreta de tortura, muerte y desaparición de personas. Pero lo hicieron por encargo de otros poderosos que no usan uniforme y probablemente jamás hayan pisado un cuartel. El error es grosero porque ya sabemos que se trató de una dictadura cívico-militar, una dictadura con dos patas, pero nos negamos a hacer justicia con los civiles que fueron los autores intelectuales del crimen y estos permanecen impunes.

Esa impunidad es el primer efecto deletéreo del error grosero de apreciación respecto a la dictadura genocida de los años 1970 y 1980, pero no es el único. Además de inviabilizar el juicio y el castigo a los de saco y corbata que financiaron, instigaron y hasta dirigieron a los militares, generamos entre nosotros mismos un prejuicio inconducente contra toda una institución, que es la de las armas. Omitimos la abundancia de militares patriotas habidos en nuestra historia, desde San Martín hasta Perón, poniendo el foco sobre una sola generación de militares que fueron golpistas y genocidas y extrapolando esas cualidades a todos los demás militares, de modo que en la Argentina “militar” termina siendo sinónimo de “golpista” y “genocida”. Véase bien: la inmensa mayoría de los militares argentinos no fueron ni son ninguna de las dos cosas y muchos de ellos fueron héroes de la patria, pero no dudamos en aplicar la generalización del comportamiento de una minoría a todo el conjunto. El resultado es el que venimos analizando, a saberlo, la imposibilidad de hablar de la defensa armada de la soberanía nacional porque el hacerlo equivale a la apología del golpe y del genocidio. He ahí que la Argentina es un país hoy absolutamente vulnerable a cualquier agresión externa porque los dirigentes se ven ideológicamente impedidos por la opinión publica de invertir en tecnología militar, por ejemplo.

Jorge Rafael Videla, en el banquillo de los acusados por crímenes de lesa humanidad. La dictadura ejecutada por Videla llevó a cabo un genocidio y fue fundamental para que se instalara en Argentina la ideología “antimilico”. Videla fue condenado y murió en prisión, pero sus cómplices civiles nunca se las vieron con la Justicia.

Es un error grosero, lógicamente, puesto que los militares y las armas no necesariamente deben usarse contra el pueblo-nación, como sabemos por lo que ocurre en países como Venezuela y Cuba, donde las fuerzas armadas están perfectamente integradas a la vida nacional-popular y se paran junto al pueblo-nación. Pero es una trampa en realidad, no es algo que ocurra naturalmente. La ideología “antimilico” en la Argentina no existe por obra y gracia del acaso ni resulta automáticamente de ninguna dictadura ni de ningún genocidio. La ideología “antimilico” es un ardid de los civiles cómplices en la dictadura y en el genocidio para desviar la atención sobre su propia responsabilidad y además —esto es lo principal— garantizar que el pueblo-nación argentino no llegue a tener los medios para defender su soberanía.

Por lo primero, la simple observación del comportamiento de algunos civiles en las últimas décadas es suficiente para demostrar lo afirmado. El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) es una ONG de propiedad de Horacio Verbitsky y ha sido uno de los principales impulsores de los juicios a los militares involucrados en crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura genocida de los años 1970 y 1980. Gracias a la acción del CELS, cientos de genocidas fueron juzgados y condenados por sus delitos y eso es grandioso, sin lugar a dudas. Se llama justicia y la Argentina es el único país del mundo que tuvo la capacidad de hacerla con sus propios genocidas, gracias en parte a la iniciativa de los abogados que militan en el CELS. Pero si el atento lector pone un poco la lupa y se dispone a echar un breve vistazo sobre la declaración que el propio CELS publica para informar el origen de quienes aportan a la causa con cuantiosas donaciones, verá que entre esos desinteresados donantes hay civiles cuya participación en la propia dictadura es probada, como la Fundación Ford, por ejemplo. Ford es una de las corporaciones trasnacionales que financiaron y apoyaron la dictadura cívico-militar y ahora financia y apoya una ONG cuyo objetivo declarado es la lucha por los derechos humanos, para la investigación de los crímenes de lesa humanidad cometidos bajo el auspicio de la mismísima Ford. ¿Contradicción? Ninguna. Los jerarcas de Ford están muy interesados en instalar la ideología “antimilico” para que a nadie se le ocurra cuestionar el rol de los civiles —entre los que está la propia Ford— en la dictadura y en el genocidio. Por lo tanto, la exacerbación de la ideología “antimilico” tiene por primera finalidad el encubrimiento de la complicidad de ciertos civiles en el crimen de lesa humanidad contra el pueblo-nación argentino. Nada de esto resiste mucho análisis ni requiere de profundas investigaciones para revelarse. El propio CELS informa en su web oficial el origen de las donaciones a la ONG y sus respectivos aportantes, entre los que está Ford, entre muchos otros santurrones.

Horacio Verbitsky, propietario de la oenegé Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) y de una infinidad de otros kioscos bastante más oscuros, a través de los que recibe millones de dólares en donaciones de las élites globales para instalar la ideología antinacional “por izquierda” en Argentina.

Entre estos muchos otros santurrones están los que inciden sobre la segunda finalidad de la difusión de la ideología “antimilico”, que es la de asegurar que el pueblo-nación renuncie voluntariamente a la defensa de su soberanía, o que permanezca indefenso por voluntad propia. Entre los que apoyan con mucho dinero al CELS en su cruzada por los derechos humanos también está un baluarte de las élites globales, uno que está muy interesado desde siempre en que ningún país tenga capacidad militar para defender su propia soberanía. Allí está, pagándole cientos de miles de dólares a Horacio Verbitsky para que este esparza el virus ideológico antinacional entre los argentinos, el inefable George Soros a través de su Open Society. Todo esto muy bien documentado y expuesto públicamente por el propio Verbitsky en la web del CELS, como decíamos.

Si el diablo está en los detalles, como dicen en la de Shakespeare, las intenciones concretas pueden estar expuestas en los titulares. Las “sociedades abiertas” que viene promocionando en las últimas décadas el magnate George Soros son “abiertas” en un sentido muy prosaico, que es el sentido de que cualquiera pueda penetrar en ellas como Pedro por su casa. “Abiertas” tienen que estar las fronteras y “abiertas” tienen que ser las culturas a toda innovación ideológica que surja de los laboratorios de ideas que el poder sostiene a base de mucho dinero. Para el gusto de Soros, debemos estar “abiertos” al mundo, a la globalización liberal en todos sus aspectos, porque de lo contrario nuestras defensas estarán siempre muy altas y seremos inmunes al poder del globalismo en su desiderátum de gobierno mundial. Por eso es fundamental que no pensemos como los cubanos, como los venezolanos o los vietnamitas en defender la soberanía nacional sobre las riquezas de nuestro territorio. La sociedad argentina debe ser “abierta” en ese sentido y está claro que tener fuerzas armadas numerosas, organizadas y tecnológicamente bien pertrechadas no contribuye a lograr ese fin. Ahí está la función principal del virus ideológico antinacional, de la ideología “antimilico” al descubierto: si el argentino detesta a los militares de una manera genérica, entonces el argentino tiende a rechazar cualquier iniciativa en el sentido de organizar una defensa armada de su soberanía nacional y dicha soberanía será siempre, en consecuencia, una entelequia. Nuestra sociedad estará “abierta” para que penetren cuando quieran en el territorio los que de aquí necesiten extraer. Y entonces el dinero de la Open Society se invertirá siempre en el CELS para que el alcance de los juicios de lesa humanidad se limite a los militares, hasta que se instale la idea de que todo mal emana de los “milicos” —nunca de los civiles que fueron cómplices y autores intelectuales del mal— y la ideología “antimilico” se cristalice en un rechazo permanente a todo lo militar.

James Hackett, actual CEO de Ford. Esta corporación financió y apoyó la dictadura genocida de los años 1970 y 1980, pero financia y apoya a los que investigan y promueven los juicios por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante dicha dictadura antinacional. El poder real, como siempre, en ambos lados del mostrador para garantizar su propia impunidad.

Claro que el CELS y Horacio Verbitsky aquí no son más que botones de muestra y ha sido necesario extender la financiación foránea a una multitud de periodistas, intelectuales y dirigentes para convencer a la sociedad argentina de que la defensa de su soberanía es equivalente a genocidio. Desde mamarrachos propagandísticos como la “desmalvinización” y la reducción de los héroes de la Guerra de Malvinas a la condición de “pobres víctimas” hasta la exaltación de la cultura “tumbera”, que con códigos propios del lumpenaje enseña el valor positivo en odiar a la “gorra”, todo el discurso está orientado a educar al argentino en el tiempo para que renuncie voluntariamente a la defensa de la soberanía nacional sobre sus riquezas asociando esa defensa a lo más oscuro de la represión y la muerte. La asociación es absurda, desde luego, pero muy efectiva y nadie se atreve a decir una palabra en su contra, nadie parece dispuesto a afirmar la obviedad de que el rey está desnudo: la constitución de fuerzas armadas numerosas y bien equipadas para la defensa de la patria no tiene ninguna relación necesaria con la obra de horror de algunos militares en el pasado, obra que además se realizó por cuenta y orden de intereses antinacionales y contra los intereses del pueblo-nación que esos militares habían jurado defender. El que se atreva a decirlo en la política argentina será acometido por los síntomas de otro virus ideológico y será inmediatamente ubicado en la categoría de “facho”, alejado del escenario y políticamente enterrado vivo. Y mientras tanto, la Argentina es una “sociedad abierta” en los términos propuestos por la Open Society de un George Soros, que asociado con el resto de las élites globalistas pretende destruir todo lo nacional para instalar el gobierno mundial de las corporaciones.

La ideología “antifascista”

Hasta allí el alcance, los límites y las finalidades de la ideología “antimilico”, que debe destruirse con urgencia si la Argentina quiere tener en el mediano plazo la posibilidad de defenderse de un hipotético avance de la fuerza brutal de la antipatria sobre sus riquezas y la seguridad de su pueblo. La ideología “antimilico” es una colonización pedagógica que entra “por izquierda” en la conciencia del ciudadano promedio y logra el objetivo de impedir que un pueblo-nación pueda dotarse a sí mismo de una fuerza armada para la defensa de su propia soberanía nacional, una colonización pedagógica cuyo resultado es privar al pueblo-nación del nacionalismo popular que necesita, pero por voluntad “propia” del mismo pueblo-nación. Esa voluntad no es propia, por supuesto, es una voluntad aprendida y lo insidioso de toda colonización pedagógica es la manipulación de la voluntad de los colonizados mediante la instalación de premisas ideológicas que parecen ser una cosa, pero en realidad son otra muy opuesta. La colonización pedagógica es ideológicamente falsa y es un proceso sofisticado que incluye otras ideologías, las que van a emparentarse luego con la ideología “antimilico” hasta funcionar como accesorios suyos. Una de ellas es la ideología “antifascista”, canónica entre la mal llamada “izquierda” y todo el progresismo antinacional en general.

El soldado Jacinto Eliseo Batista, en la imagen que dio vuelta al mundo de la rendición del enemigo inglés en Malvinas. Luego de la guerra, héroes como Batista serían literalmente bastardeados a raíz de la campaña de “desmalvinización”, una de las estrategias de comunicación del poder para instalar la ideología “antimilico” en el seno de la sociedad argentina.

Lo primero que debe notarse de esto es que en el actual tiempo y espacio cualquier “antifascismo” solo puede existir así, entre muchas comillas, puesto que si el fascismo todavía existiera en estos días y en la forma de neofascismo —lo que en sí ya es discutible—, esa existencia no sería local y sería, desde luego, absolutamente ajena a los americanos en general. En otras palabras, si en algún lugar de Europa subsistiera alguna forma de fascismo, eso difícilmente podría ser un problema para los que no somos europeos. Entonces no puede existir aquí ningún antifascismo al no existir asimismo su opuesto ideológico. No pueden existir “antifascistas” donde fascistas tampoco los hay, salvo que estemos ante una simulación o una colonización pedagógica cuyo fin sea ponerle el mote de “fascismo” a algo que no lo es para socavarlo “por izquierda” y derrotarlo.

Eso es precisamente lo que ocurre en América, donde no hay ni nunca hubo fascistas por el simple hecho de que el fascismo es una ideología que existió en un tiempo y en un lugar muy específicos: el fascismo fue un movimiento político que tuvo lugar en Europa a principios y hacia mediados del siglo XX y que fue derrotado al finalizar la II Guerra Mundial. Todos los ecos posteriores de esa ideología pueden clasificarse como neofascismos y nada de eso, ni el original y tampoco las fotocopias, tiene nada que ver con América. Aquí el fascismo no existe ni jamás existió y entonces lo que ideológicamente se ha dado en llamar “fascismo” en estas tierras solo puede ser otra cosa. La pregunta es por qué. ¿Por qué llamar una cosa por el nombre de otra y no por el suyo propio?

José Stalin, Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill, reunidos en Yalta al finalizar la II Guerra Mundial. La alianza contra natura entre el socialismo soviético y el liberalismo occidental fue el modelo utilizado por Braden para hacer en la Argentina otra alianza antinatural: la Unión Democrática, donde de “izquierda” a “derecha” se suspendieron las supuestas convicciones ideológicas —teóricamente opuesta e irreconciliables— para fundirse todos en un enorme abrazo gorila y en el pretexto del combate a un enemigo fascista que aquí nunca existió.

Al concluir en Europa la II Guerra Mundial gracias a la alianza contra natura entre el liberalismo estadounidense y el socialismo soviético, los Estados Unidos envían a la Argentina como nuevo embajador a Spruille Braden con una misión muy específica: organizar y unificar la oposición de “derecha” a “izquierda” con la finalidad de frenar el ascenso de Juan Domingo Perón, que finalmente se demostró imparable. Braden la tenía muy difícil y parecía poco probable que lograse al fin sentar en una misma mesa de la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires tanto a liberales y conservadores, radicales y afines, como a socialistas y comunistas. Era necesario reunirlos en una causa común a los que a primera vista parecían ideológicamente irreconciliables. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo darles a esos dirigentes tan distintos en apariencia el argumento suficiente para que se reunieran todos en la embajada sin que sus bases observaran que, en realidad, no existía entre ellos prácticamente ninguna diferencia? Lo que hizo Braden para lograrlo no fue ninguna genialidad, sino el aplicar calcado el modelo de alianza que se había formado en la guerra que estaba terminando. Para que liberales, conservadores, radicales, socialistas y comunistas unieran sus fuerzas en una causa común era necesario un enemigo también común a todos ellos y ese enemigo durante la II Guerra Mundial había sido precisamente el nazifascismo europeo, cuya irrupción en el escenario había suspendido la discordia entre el liberalismo de Occidente y el socialismo de Oriente. Entonces estaba dada la fórmula por la experiencia histórica reciente, todavía presente en esos tiempos. Lo único que debió hacer Spruille Braden fue trasladar las caracterizaciones desde el teatro de guerra europeo y anunciar solemnemente que Perón era una suerte de mezcla de Hitler y Mussolini, pero criollo. En una palabra, Braden solo tuvo que presentarse a decir que Perón era nazifascista y todo el arco político fue corriendo a sentarse en su mesa, dando allí nacimiento al antiperonismo como expresión genuina —aunque artificialmente fabricada— de la política argentina.

El embajador estadounidense Spruille Braden, introductor de la ideología “antifascista” en la Argentina. En esta representación, que fue portada de la Revista Time en su época, Braden aparece simbolizado como el que viene a fumigar la plaga fascista en nuestro país. He ahí la operación de sentido: al colocar el peronismo en el lugar del fascismo, Braden logró la adhesión automática de todas las fuerzas políticas que se habían aliado en la II Guerra Mundial, trasladando aquellas consignas a la Argentina. Y así dio nacimiento al antiperonismo, que son los gorilas protegidos por el manto del “antifascismo”.

Al decir que el peronismo era fascismo, Spruille Braden hizo la magia y allí nacieron los gorilas, esto es, los antiperonistas en nuestra política. De pronto, estaba bien visto que un socialista y un comunista se sentaran a cenar con un radical, un liberal y un conservador en la embajada de los Estados Unidos. ¿Por qué no, si frente a ellos rebrotaba la “amenaza fascista” que con tanto sacrificio el mundo había derrotado en una guerra sangrienta? Era necesario frenar otra vez la “bestia parda” y allí fueron tanto los Ghioldi como los Frondizi a conspirar junto a los Menéndez y a los Pastor, más toda la oligarquía, contra el “fascista” Perón para evitar su ascenso. Todo eso porque Braden no dijo la verdad —porque esto es la política y son los intereses, no un concurso de sinceridad, como diría Maquiavelo si pudiera observar la escena— y no declaró que, en realidad, había sido enviado por Harry Truman no para combatir ningún fascismo, que aquí no había ninguno, sino una expresión nacionalista popular que nacía de la mano del entonces coronel Juan Perón. ¿Cómo vender como si fuera “progresista” una alianza contra un movimiento cuyos objetivos son la soberanía política, la independencia económica y justicia social para un pueblo-nación? ¿Cómo se corre “por izquierda” a un movimiento de justicia para los pueblos? ¿Con qué argumentos se vende esa idea sin una épica falsificada? Eso claramente no es posible y entonces Braden jugó inteligentemente la carta del “fascismo” para lograr ese relato épico. La jugada le salió de maravilla, puesto que logró la unidad de todo el gorilaje recién nacido bajo su patrocinio, aunque en el corto plazo esa unidad iba a fracasar. Perón ganaría las elecciones de 1946 por un amplio margen con el genial lema “Braden o Perón”. Braden dejaría fundado el antiperonismo y por ello sería premiado en su país con un cargo político de primera línea en el gobierno del presidente Truman.

El premio era muy merecido. Contrariamente a lo que se suele pensar, Braden no fue derrotado en la dicotomía “Braden o Perón”. Su alianza, la Unión Democrática, perdió las elecciones de 1946, sí, pero a la vez se instaló en la Argentina la ideología “antifascista” en todo el arco de “izquierda” a “derecha”, donde el peronismo pasó a ser la versión local del “fascismo” europeo. La doctrina de liberación nacional, desde el punto de vista de los gorilas “por derecha” y “por izquierda” es “fascismo”, idea que subsiste hasta los días de hoy. He ahí el triunfo de largo alcance de Braden al homologar ideológicamente un nacionalismo popular de paz e inclusión con el nacionalismo de tipo europeo, que es de guerra, agresión y muerte. Lo que Spruille Braden logró en la Argentina fue inocular el virus ideológico que luego los gorilas locales se fueron encargando de esparcir.

El famoso “Libro azul” de Spruille Braden, en el que exponía la conclusión oficial del gobierno de los Estados Unidos acerca de la existencia de un régimen fascista en los planes de Perón. El peronismo naciente respondería con el “Libro azul y blanco”, en el que se formularía la consigna ganadora de “Braden o Perón”.

Esta colonización pedagógica funciona y seguirá funcionando porque se basa en una comparación entre cosas que se ven en la superficie, sin entrar a ver qué hay por debajo. Perón, Hitler y Mussolini tenían en común el uniforme militar y la retórica nacionalista, además de un proyecto que se presentaba como de tercera posición entre el liberalismo de Occidente y el socialismo de Oriente, autónomo respecto a estos dos grandes relatos de la modernidad industrial. Y así, poniendo de manifiesto estas coincidencias superficiales, Braden logró instalar la homologación y el imperialismo pudo de allí en más sofocar la expresión nacionalista tildándola de “fascista” para combatirla desde la “derecha” y desde la “izquierda” en simultáneo. Pero la colonización pedagógica es burda porque, más allá de lo visible que son las formas y la retórica típicas de una época, lo que existe entre el peronismo y el nazifascismo es un abismo insalvable que podría resumirse así: el peronismo es un nacionalismo popular de tipo americano cuyo objetivo es la liberación nacional, la justicia social para el pueblo-nación argentino y la posterior unidad de los pueblos-nación de la región, de la Patria Grande, ideas que no les son propias ni al fascismo ni al nazismo. Mientras existieron, los fascistas y los nazis reales de Europa no estuvieron interesados en ninguna liberación nacional, sino en disputarles a los tiros la hegemonía mundial a las viejas potencias colonialistas. Mientras aquí el peronismo perseguía la soberanía nacional, la independencia y la justicia para el pueblo-nación argentino, en Europa el fascismo y el nazismo trataban de someter a los pueblos-nación vecinos, reducirlos por la fuerza a su mínima expresión para apoderarse de las riquezas de sus territorios y garantizar para sí mismos el llamado “espacio vital”, el que consideraban necesario para la realización de lo que los estadounidenses llaman “destino manifiesto” y es la vocación imperialista que tanto los nazis como los fascistas proyectaban para sus países. El peronismo es la liberación del pueblo-nación propio, el fascismo y el nazismo son el sometimiento de otros pueblos-nación. ¿En qué medida podrían homologarse más que como una zoncera de la colonización pedagógica que fundó aquí el señor Braden por cuenta y orden del imperialismo yanqui?

Así es como el liberalismo “por derecha” y “por izquierda” es hasta los días de hoy en la Argentina “antifascista”: esa es la forma eufemística que Braden les dejó de herencia a los liberales diestros y zurdos para que no tengan que asumir que son gorilas antiperonistas a secas, para que no se vean obligados a confesar que, en realidad, luchan contra los intereses del pueblo-nación y funcionan coordinados en el sistema de dominación del imperialismo Occidental, esto es, que militan en la política para sostener esa dominación sobre sus propias cabezas. No lo confiesan, ubican al peronismo en el lugar del “fascismo” y así combaten contra los intereses del pueblo-nación argentino como si estuvieran desembarcando en Normandía.

Benito Mussolini y Adolfo Hitler, el auténtico nazifascismo como expresión política en un lugar y tiempo muy puntuales. Si esa expresión fue derrotada en la II Guerra Mundial, ¿por qué habría de emularla Perón en Argentina? ¿Cuál sería la ventaja de hacerse cargo de una derrota ajena? Cosas que, evidentemente, Spruille Braden nunca pudo explicar.

Entonces la ideología “antifascista” es un enorme estorbo en el camino de la construcción de un nacionalismo popular de paz e inclusión, puesto que dicha ideología será utilizada una y otra vez para chicanear “por derecha” y “por izquierda” todas y cada una de las veces que el peronismo intente argumentar con la necesidad de organizar la comunidad, de defender la soberanía nacional, de hacer justicia social, de fortalecer el Estado nación para lograr todo eso. Si el peronismo propusiera, por ejemplo, la nacionalización del comercio exterior para garantizar la justa redistribución de las riquezas del país, lo correrían “por derecha” los gorilas diestros con la reafirmación del fascismo implícito en la nacionalización de lo que fuere. Y si el peronismo propusiera la fuerte inversión del Estado en equipar las fuerzas armadas del país para defender aquellas riquezas, lo correrían los gorilas zurdos “por izquierda” con la reafirmación del fascismo implícito en cualquier idea de militarismo. Y así con todos los ejemplos de cosas que el peronismo debe hacer para no ser liberal ni socialista, sino de tercera posición: haga lo que haga, al peronismo lo van a tildar de “fascista” y lo van a correr por ambos flancos. Ese es el costo real de la ideología “antifascista”, que además es un simulacro en un escenario político donde el fascismo nunca existió ni existe, en un país donde la discusión siempre fue entre la oligarquía y el pueblo-nación en su conjunto. Mientras se sigan cazando “fascistas” donde no los hay, la fuerza brutal de la antipatria va a seguir manipulando el arco político ordenado en horizontal para evitar que el peronismo lo ponga en vertical y organice a los de abajo para derrotar de una vez a los de arriba. No podrá haber liberación nacional mientras el nacionalismo popular peronista sea “fascista” y el gorilaje diestro y zurdo siga disimulando su profunda vocación antinacional bajo la máscara “progresista” del “antifascismo”.

La ideología “de género”

Completa la santísima trinidad de las ideologías que estorban la construcción de un nacionalismo popular una ideología muy insidiosa en tanto y en cuanto penetra, gracias a su aspecto de justicia “progresista”, en las mismas filas de lo nacional-popular de los tiempos que corren. La ideología “de género” es eso y es, además, una actualización ideológica cuyo objetivo es renovar el juego artificial de contradicciones entre “izquierda” y “derecha” para seguir ocultando que la verdadera dicotomía no es entre los pares que piensan de una manera o de otra sobre los aspectos particulares de la organización social, pero sí entre los que estamos abajo y los que están arriba. La ideología “de género” viene a eso, a generar una nueva grieta ideológica entre los que estamos abajo y somos la inmensa mayoría para que no veamos que el enemigo del pueblo-nación no está a la “derecha” ni a la “izquierda”, no está entre nosotros, sino muy arriba. Tan arriba que puede manipularnos desde allí y hacernos pelear mutuamente a los que debimos estar unidos para enfrentarlo.

Imagen del llamado “Día D”, el desembarco de las fuerzas aliadas en Francia para luchar en el frente occidental de la II Guerra Mundial. En la película ‘Eva Perón: la verdadera historia’, el personaje del “socialista” Ghioldi conspira junto a Frondizi, Menéndez y demás gorilas y oligarcas para organizar un golpe contra el ya presidente Perón. En determinado momento de la escena, el personaje de Ghioldi concluye con entusiasmo que dicho golpe sería como desembarcar otra vez en Normandía, evidenciando la ideología “antifascista” dejada por Braden unos años antes y luego reproducida indefinidamente por gorilas locales como Ghioldi.

La cosa es insidiosa porque no se la puede criticar sin pagar un alto costo político y entonces los dirigentes no están dispuestos a hacerlo hoy. Como nadie se atreve a discutir la ideología “antimilico” por miedo a ser tildado de “facho”, nadie discute tampoco la ideología “de género” por miedo a ser puesto en el lugar del “antiderechos”, del “machista” y del “trasnochado”. La ideología “de género” se presenta como lo nuevo y como lo más “progresista” que puede haber en el mundo actual, por lo que oponerse a ella es exponerse a un verdadero linchamiento social. Pero esa es una manipulación perversa del debate allí donde nadie dio todavía con la fórmula para parar la pelota, frenar la locura y aclarar lo siguiente: lo discutible aquí no es la igualdad de género, sino la ideología “de género” como instrumento de fragmentación social creado, financiado e impulsado por las mismas élites que están detrás de las otras dos ideologías en esta santísima trinidad sobreideológica.

Lo primero que debe decirse es que el nacionalismo popular, que en Argentina es el peronismo, difícilmente podría oponerse a la igualdad de género. Más bien todo lo contrario: no hay en la historia de nuestro país una fuerza política que haya ampliado más los derechos de las mujeres y los de las llamadas disidencias sexuales que el peronismo. Desde el voto femenino hasta la unión civil entre personas del mismo sexo, fue siempre durante gobiernos de signo peronista cuando más se reivindicaron los intereses particulares de grupos por género o por orientación sexual. La historia no miente, de modo que tildar de “machista” o de “antiderechos” es un verdadero despropósito o es una deshonestidad, según de quién provenga la calificación. El peronismo nacional-popular no sería “antiderechos” y mucho menos “machirulo” si se pusiera a cuestionar el efecto disolvente que la ideología “de género” produce en la sociedad al discutir las cuestiones sexuales planteando una guerra entre hombres, mujeres y otros que no se definen ni como una cosa ni como la otra. No hay tal guerra, no puede haberla. Lo que el peronismo nacionalista popular propone es la comunidad organizada, tipo de organización social de tercera posición entre el liberalismo individualista y el socialismo colectivista en la que no existen los conflictos entre razas, credos ni entre clases sociales que no sean parasitarias. ¿Cómo podría haberlos, entonces, entre los sexos y mucho menos entre grupos por orientación sexual? Esa es la doctrina de amor e igualdad del nacionalismo popular y es, por lo tanto, deshonesto y hasta ultrajante pretender implicar en una falsa grieta entre iguales al peronismo que no discrimina entre individuos, salvo por cómo se posiciona cada uno en la grieta real que es la lucha entre pueblo-nación y la fuerza brutal de la antipatria.

Aberraciones de la ideología de género: las peronistas Mayra Mendoza, Lucila de Ponti y Mónica Macha, junto a la “progresista” Gabriela Cerruti y los gorilas Daniel Lipovetzky y Silvia Lospennato, todos metidos en una misma bolsa. Y allí está la verdad ideológica expresada: “por derecha” y “por izquierda”, la ideología de “género” deja expuestos a los liberales en su estado real y en su cruzada por instalar el virus ideológico que desorganiza la comunidad y fomenta la lucha entre pares.

La comunidad organizada es la justicia social entre los géneros sin la necesidad de ideologizar la cuestión. No hay necesidad de una ideología de “género” donde se resuelve prácticamente la cuestión mediante la ampliación de derechos que tiende a la igualdad entre iguales. Pero la ideología “de género” que plantea la guerra no fue creada para lograr ninguna igualdad, sino precisamente para instalar la lucha mutua entre los que no tienen que luchar mutuamente. Y aquí está el problema: las élites globalistas que fabricaron la ideología “de género” en sus laboratorios de pensamiento buscan eso mismo, la desunión de los pueblos-nación en la mayor cantidad posible de grietas ideológicas artificiales. Donde no existe un problema, las élites lo generan y donde el problema está en vías de resolverse, esas élites embarran la cancha para que no se resuelva. ¿Cómo? Pues mediante la fragmentación del grupo que en unidad iba en camino de alcanzar la solución. Si el diablo foráneo no mete la cola y simplemente permite que un pueblo-nación resuelva sus contradicciones con soluciones basadas en su propia cultura, en su propio modo de vida, ese pueblo-nación naturalmente llegará a la armonía al establecer en su seno las normas de organización social para alcanzar el equilibrio. Pero si el pueblo-nación logra eso, como se sabe por experiencia histórica de los pueblos que han sido soberanos, llega también a tener un nivel de conciencia nacional que luego imposibilitará la aplicación de la estrategia por parte de quienes pretenden colonizarlo.

Y aquí llegamos al meollo del asunto, que nada tiene que ver con la cuestión de género ni con la de sexualidad, nada de eso. El asunto se reduce a un divide y reinarás necesario para imponer una dominación foránea sobre el pueblo-nación. En una palabra, la ideología “de género” —al igual que la ideología “antimilico” y la ideología “antifascista— es un sofisticado instrumento de colonización o recolonización que las corporaciones y las élites globales que las poseen utilizan para destruir la unidad nacional-popular de un pueblo-nación como el nuestro, fragmentarlo mediante la instalación de las luchas intestinas y luego someterlo. No es nada más que eso, nada más que una generación de contradicciones artificiales para que luchen y se destruyan entre sí los que tendrían que estar unidos para enfrentar al enemigo real, que es común a todos.

Eva Duarte de Perón, ejerciendo su recién conquistado derecho al sufragio ya en los últimos días de su vida. Con Eva, el peronismo siempre fue pionero en la ampliación de los derechos de las mujeres sin la necesidad de plantear para ello una guerra entre los sexos. El peronismo resuelve la cuestión de la igualdad de género en el marco de la comunidad organizada, no en el de la lucha entre pares.

Lo contrario a lo expresado anteriormente, esto es, la afirmación de que la ideología “de género” es legítima más allá de quienes la hayan creado y de quienes la financien y la promocionen internacionalmente equivaldría a afirmar asimismo que el interés de un Soros, de un Rothschild o de cualquier miembro de las élites globales en asuntos como feminismo, diversidad sexual y aborto, por ejemplo, es genuino. Si la Open Society, la International Planned Parenthood Federation y demás oenegés de propiedad de las élites globales —todas auspiciantes del CELS de Horacio Verbitsky, para que se vea bien la relación existente— vuelcan millones de dólares por todo el mundo y no es para fragmentar a los pueblos-nación y luego colonizarlos, entonces tiene que ser porque se trata de gente de buen corazón y realmente interesada en promocionar las libertades individuales de las personas allí donde estas se encuentran oprimidas. Claro que esta segunda opción equivale a creer en las nobles intenciones de las corporaciones y de las élites globales, cosa que el atento lector seguramente no tiende a hacer. Es una verdad a gritos la de que los ricos del mundo no hacen nada que no sea en el sentido de someter a otros, concentrar más riqueza y más poder. ¿Quién en su sano juicio podría dudar de ello y ponerle una fichita al buen corazón de un Soros o de un Rockefeller, de un magnate sin patria ni arraigo?

Los problemas de una sociedad no se arreglan “abriéndola” a la influencia de fuerzas externas: esos problemas se resuelven en el seno de la misma sociedad, entre los actores reales presentes y permanentes en ella, que son los que van a atenerse luego a las consecuencias de dicha resolución. Los problemas de un pueblo-nación en su desarrollo histórico no pueden resolverse más que por la acción del mismo pueblo-nación sin interferencias externas y mediante la aplicación de soluciones ya existentes en la cultura de cada pueblo-nación. La forma de lidiar con los posibles conflictos sociales no es la misma en Holanda que en la India, no es la misma en Argentina y en Canadá. La forma como el pueblo-nación canadiense resuelve culturalmente un asunto tan sensible como puede ser el aborto no es aplicable para el pueblo-nación argentino. Pero eso es justamente lo que quieren hacer las élites globales, quieren exportar ideología prefabricada a todos los rincones del planeta y avasallar con esa ideología las especificidades culturales de cada región, las que derivan del desarrollo histórico de los pueblos-nación. No es tan complicado como podría parecer a primera vista, solo se trata de una cuestión lógica al alcance de cualquier niño de siete años. El objetivo es avasallar, destruir la cohesión social, dividir y reinar.

Caricatura del detestable magnate George Soros, aquí representado financiando revoluciones “liberales” desde la década de los años 1970. Soros es el gran impulsor de la ideología “de género”, repartiendo dinero entre oenegés, dirigentes e intelectuales al efecto por todo el mundo, también en la Argentina.

En un país tan poco occidental como Ecuador, un gran líder de masas como el expresidente Rafael Correa ha clasificado desde siempre la ideología “de género” como una “barbaridad”. Correa es uno de los pocos dirigentes de lo nacional-popular a nivel regional que se atreven a alzar la voz contra la movida de introducción de la ideología “de género” en las culturas de América Latina, lo que evidentemente viene con cola: lo que Correa cosecha al posicionarse tan claramente frente al atropello de las élites globales es precisamente lo que esas élites buscan, a saberlo, una fragmentación de la fuerza política que representa los intereses del pueblo-nación ecuatoriano en la política. “Me van a decir conservador, ya no soy de izquierda… porque esa es otra novelería, ¿no? El que no se adscribe a estas cosas no es de izquierda, si uno no es proaborto no es de izquierda. O sea, si Pinochet era proabortista, era de izquierda y si el ‘Che’ Guevara estaba en contra de aborto era de derecha. Eso no tiene nada que ver con izquierda y derecha. Son barbaridades, son novelerías, son cuestiones morales (…) Entonces me van a decir conservador porque creo en la familia. Bueno, creo en la familia. Y creo que esta ideología ‘de género’ y estas novelerías destruyen la familia convencional que sigue siendo y creo que seguirá siendo —felizmente— la base de nuestra sociedad. Que vivan las mujeres, que viva ese movimiento feminista por igualdad de derechos, pero atentos con esos extremos”. Correa aquí cae ciertamente en la también falsa dicotomía entre “izquierda” y “derecha”, pero a modo de respuesta a los que en ese momento lo querían ubicar a la derecha del arco y eran sus propios partidarios que adscribían a la ideología “de género”. He ahí lo más importante: más allá de cómo se resuelva finalmente el asunto en Ecuador, las élites globales que se sirven del virus ideológico para introducir la fragmentación ya lograron parte de su cometido con tan solo instalar en Ecuador un debate que no había allí. Con tan solo eso, esas élites lograron debilitar la fuerza que defiende los intereses del pueblo-nación ecuatoriano en la lucha política, lograron crear en el seno de esa misma fuerza una grieta artificial.

El filósofo ruso Aleksandr Dugin, famoso por exponer la estrategia “progresista” de las élites globales para destruir la unidad nacional-popular y someter a los pueblo-nación. Dugin afirma sin eufemismos que Soros debe ser colgado en plaza pública.

Es por eso que la mayoría de los dirigentes políticos cercanos a lo nacional-popular por toda la región o bien evitan definirse frente a la cuestión o abrazan la ideología “de género” tal como viene bajada de las oficinas de las Open Society y afines. Existe un miedo generalizado a confrontar con eso a sabiendas de que el resultado de dicha confrontación puede ser la fragmentación y el desbande. Entonces lo que hay es una auténtica extorsión, en la que muchos no pueden decir lo que piensan y saben que es lo correcto por temor a las consecuencias. “En el último de los casos vamos a consulta popular”, dice Rafael Correa en una entrevista a una radio de su país. “Porque yo tuve ataques por Twitter, por redes sociales, de los representantes de esos grupos diciendo son mis prejuicios y mis creencias. Bueno, propongamos una consulta popular para ver si son los prejuicios y creencias del presidente o los de la inmensa mayoría del pueblo ecuatoriano”. Y allí Correa resuelve el problema apelando al juez más supremo que puede existir en un país soberano: la cultura del pueblo-nación de dicho país. Lo que hizo Correa fue poner en evidencia que la ideología “de género” venía importada de otra parte y lógicamente no tenía arraigo en la cultura del pueblo sobre el que se quiso instalar a fuerza de gritos, con lo que pudo desactivar una operación en contra de sí mismo: si los dirigentes dejan de omitir y fundamentalmente dejan de aceptar la extorsión ideológica, deben remitir la cuestión a la resolución por parte de quienes van a disfrutar o van a padecer los resultados de la decisión a tomarse. Si la ideología “de género” coincide con la cultura de un pueblo-nación, entonces será incorporada y sus postulados serán llevados a la práctica en la política desde el Estado. Eso es lo que pasaría, probablemente, si se la sometiera a consulta popular en Canadá o en Holanda. ¿Pero qué pasaría si dicha consulta se realizara en Argentina o en Ecuador?

Quizá nunca sepamos el resultado y no porque el pueblo-nación en Argentina o en Ecuador no esté preparado para expresar su opinión cultural sobre un asunto, cualquier asunto, sino porque las élites globales no quieren consulta popular. Lo que las élites globales no quieren es una decisión que resuelva el problema creado artificialmente por ellas, no quieren que la discusión termine. No está en juego el género, la sexualidad, el aborto ni nada de eso, el resultado final es irrelevante e indeseable para las élites, sea cual fuere ese resultado. Lo que el globalismo quiere es la fragmentación del pueblo-nación en infinitas grietas artificiales para que allí no se forme una verdadera unidad nacional y no surja un nacionalismo popular. Lo que nunca puede quedar claro es que la lucha real es entre las mayorías nacionales populares y las minorías elitistas del globalismo apátrida de un modo general. Los pueblos deben pelear entre sí indefinidamente.

Ese es el divide y reinarás que aplican las élites globales y sus corporaciones sobre los pueblos-nación en todo el mundo mediante la inoculación del virus ideológico en las sociedades, que por su parte son cada vez más “abiertas” y tienen, por lo tanto, cada vez menos inmunidad. “Izquierda” y “derecha”, abortistas y provida, ateos y creyentes, “antifascistas” y “fascistas”, civiles y “milicos”, veganos y carnívoros, siempre es lo mismo. Por todo se pelea, por todo se discute y por todo nos dividimos en grupos ideológicos cada vez más pequeños, allí donde si se está en desacuerdo en lo que se discute en una de las minigrietas —aunque se esté de acuerdo en todo lo demás— el resultado debe ser la escisión y más fragmentación. Es la guerra civil ideológica permanente como preludio de la guerra civil concreta y es, finalmente, la mejor garantía de que nunca habrá unidad ni consenso acerca de la necesidad de defender lo propio contra la codicia de unas minorías que concentran casi toda la riqueza a nivel mundial, a las que nadie nunca le ve las caras ni nadie sabe muy bien dónde viven. Mientras nos peleamos con el vecino, con un familiar o un compañero de trabajo o de estudio en cualquiera de las muchas minigrietas que están abiertas, en algún lugar del planeta un magnate observa las encuestas, se ríe y espera. Llegará el momento en que la fragmentación esté completa, el momento de la conversión de un pueblo-nación en una torre de babel ideológica. Cuando eso pase, ese pueblo-nación habrá dejado de serlo y no será otra cosa que un enorme rejunte de gente incomunicada entre sí y dispuesta a entregar voluntariamente las riquezas de su territorio.

El expresidente ecuatoriano Rafael Correa se atrevió a denunciar la ideología “de género” como disolvente para la comunidad y fue inmediatamente expuesto a un linchamiento público. Correa, no obstante, jamás dio un paso atrás y sigue sin aceptar la extorsión de las élites globales hasta los días de hoy.

En un mundo que cambia y que ahora mismo está definiendo su sistema de funcionamiento para las próximas muchas décadas, hay una minoría que no puede tolerar la unidad. Pero también hay pueblos-nación que la necesitan para garantizar su propia existencia. Ahí está la guerra, quizá la III Guerra Mundial que no será ciertamente entre países bien identificados con sus himnos, símbolos y banderas, sino una guerra entre las mayorías populares y unas minorías sin nombre y sin rostro, pero con mucho dinero y mucha más codicia. La forma cómo esas mayorías van a agruparse y organizarse todavía está indefinida, va a depender del nivel de conciencia nacional-popular que tengan cuando la lucha empiece. El nacionalismo popular es esa conciencia y es esa organización para la lucha. Está en nuestras manos entenderlo o ser diezmados por la enfermedad resultante del contagio del virus ideológico para cumplir el mandato de los que en el mundo opinan que sobramos. Pero siempre está en nuestras manos y en las próximas entregas de esta Sociología del estaño para la construcción del nacionalismo popular veremos algunas formas posibles de inmunización para la soberanía y la felicidad del pueblo-nación.