La irrupción de la pandemia del COVID-19 en el escenario político internacional no hizo sino precipitar la crisis económica y política mundial, cuyos síntomas resultaban cada vez más evidentes antes de la llegada del coronavirus a todos los rincones del planeta. A medida que transcurren los meses, además, se está poniendo de manifiesto que la oligarquía financiera internacional se ha valido de la crisis para intentar el mayor experimento de control social de la historia de la humanidad. Sin embargo, es posible que los pueblos de la América hispana salgan airosos en esa puja brutal entre la oligarquía global y los pueblos libres. Debe hacer, eso sí, un uso provechoso de sus riquezas naturales y humanas, estar a la altura de las circunstancias de esta última oportunidad histórica depende de su capacidad para dar nacimiento a una insubordinación fundante que rubrique su independencia definitiva.

La pandemia del COVID-19 dejó al desnudo los objetivos ocultos del capital financiero internacional. El miedo natural de los hombres a la muerte fue el instrumento del que se valió el poder internacional con el propósito de alcanzarlos y así, a través de la “palabra autorizada” de la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de sus nuevos ministerios de las colonias, la estructura hegemónica del poder mundial empujó a los gobiernos del mundo hacia una cuarentena total e irreflexiva. Sin embargo, ahora queda claro que entre la cuarentena total e irreflexiva y la negación absoluta e irracional de la cuarentena estaba el justo medio. A través de la cuarentena, la oligarquía financiera internacional generó condiciones para la consecución de sus tres principales objetivos a nivel global: un objetivo económico, uno antropológico y uno geopolítico.

Como afirma el virólogo y premio Nobel francés Luc Montagnier, el coronavirus “es un virus creado artificialmente en un laboratorio”. No sabemos si su expansión se debió a un error o un acto premeditado, pero lo que sí sabemos es que estamos vivenciando el experimento de control social más grande de la historia y que la OMS y los medios de comunicación, por afán de rating o complicidad, se prestaron en todo momento a ese experimento. El miedo a la muerte hizo su trabajo y todos terminamos encerrados en nuestras casas como si fuésemos peligrosos delincuentes, mientras los poderes financieros operan para cristalizar su proyecto de dominación global.

Objetivos del capital financiero internacional

El objetivo económico de este experimento de control de las personas es el de paralizar las economías y aprovechar la crisis para profundizar el proceso de concentración de capital. Es evidente que en la mayoría de los países el pez grande se va a comer al pez chico, que las pequeñas y medianas empresas están y seguirán siendo devoradas por las grandes multinacionales. Eso ha sucedido en todas las crisis provocadas por el capitalismo y más en esta ocasión. Las consecuencias económicas de la cuarentena están a la vista en la mayoría de los países e implican la posibilidad para unos pocos actores de amasar crecientes volúmenes de ganancia.

El otro objetivo es de orden geopolítico. El capital financiero internacional es el gran actor de las relaciones internacionales y eso viene de larga data. Tuvo sus etapas fundantes con el imperialismo británico y con el imperialismo norteamericano. No obstante, luego de la caída del muro de Berlín y sobre todo a partir de las leyes que desregularon el sistema financiero de los Estados Unidos en el gobierno de Bill Clinton creció más. Tras la ausencia de las leyes por las que el Estado controlaba el sistema financiero y con el avance tecnológico, el capital financiero internacional empezó a tener vida propia. Se convirtió en una especie de Frankenstein.

Barack Obama y Hillary Clinton, los “demócratas” al servicio de las élites globales haciendo el trabajo de difundir las ideologías dichas “progresistas” que son corrosivas para la integridad de los pueblos-nación en su cultura.

El capital financiero internacional tiene condiciones incluso para controlar el complejo mediático-cultural. Según una investigación de la Universidad de Zúrich, el 60 por ciento de la economía mundial está en manos de 600 empresas, estas 600 empresas son controladas por 300 bancos y estos 300 bancos, a su vez, controlan a la mayoría de las agencias de información del mundo. Con esa base, en las últimas décadas el capital financiero internacional impuso dos etapas de subordinación cultural sobre los pueblos: neoliberalismo y progresismo. Aquí entra a jugar el objetivo antropológico del capital financiero.

Se trató de un movimiento de pinzas mediante el que la oligarquía financiera internacional fomentó dos ideologías presuntamente opuestas, aunque ambas funcionales a sus intereses. Eso se puede ver claramente al evaluar cómo y dónde sus fundaciones y organizaciones pusieron el dinero. En una primera etapa, entre los gobiernos de Clinton y Obama, el capital internacional hizo hincapié en la difusión, como ideología de subordinación, del neoliberalismo. Como sabemos, esta teoría está centrada en el libre comercio, la desregulación de las economías estatales y en el desmantelamiento de la legislación que protegía a los trabajadores.

Más tarde, a partir del gobierno de Obama, este complejo mediático-financiero empieza a poner su acento en otro lugar. Sus fundaciones, extrañamente, empiezan a subvencionar a los sectores llamados “progresistas”, a aquellos que el filósofo español Gustavo Bueno llamaba “izquierda indefinida”. En el centro de ese progresismo se encuentran la ideología de género, el garantismo y, como señalaba Andrés Soliz Rada, el fundamentalismo indigenista. Organizaciones dirigidas por pseudoizquierdistas recibieron a manos llenas el dinero de esa oligarquía financiera internacional para predicar el progresismo.

La ideología “de género” se oculta bajo la supuesta justicia universal de los argumentos que esgrime, pero es utilizada por el poder real para fracturar el tejido social e imponer el esquema del hombre individual fuera de cualquier contexto comunitario, absolutamente indefenso frente a los poderes que lo dominan.

El motivo de ese juego a dos puntas es claro. Por una parte, con el libre comercio se proponía la destrucción material de los pueblos: en la década del ‘90 se debilitó enormemente a los Estados nacionales y a los sindicatos, quitándole así a la humanidad la protección natural que tenía. Con el progresismo, por otra parte, se busca la destrucción espiritual y cultural de los pueblos. Esta ideología engendra la posverdad, la idea de que no existe verdad, de que todo es relativo. Hoy se puede ser una cosa, mañana otra. El progresismo dio lugar al reinado del ser y el no-ser al mismo tiempo y entonces, si no hay verdad, no hay valores y el hombre no puede construir poder cuando se le presentan adversidades en la vida. Las nuevas generaciones comenzaron a vivir en el nihilismo. Como “no existe la verdad”, no tienen ninguna motivación para dar su vida por algo en favor del bien común.

Estas ideologías fragmentan de tal manera a los pueblos que no sólo hacen desaparecer el concepto de clase, sino también el concepto mismo de pueblo. Sin la protección de su Estado, sin sindicato, sin pueblo, en el nuevo escenario al hombre se le quiere quitar la última protección que le queda: la familia. Ese es el objetivo antropológico, el de construir una sociedad de individuos, de hombres como seres solos frente al poder mundial, fácilmente dominables.

Putin, aquí junto a un jerarca de la Iglesia Ortodoxa. El retorno a las tradiciones religiosas de la Rusia de todos los tiempos fue la piedra angular con la que Putin empezó a reconstruir la unidad nacional, congregando a los pueblos rusos alrededor de lo que para esos pueblos siempre fue materia de consenso.

Y esta afirmación no es una mera hipótesis, podemos sostenerla con rigurosidad científica. Estas oenegés pseudoizquierdistas han tenido la desfachatez de publicar abiertamente su objetivo de atomizar a la sociedad. Un ejemplo de ese interés por desarticular por completo el tejido social lo constituye el artículo publicado en el foro OpenDemocracy.net el 24 de marzo de este año, escrito por Sophie Lewis, que se titula La crisis del coronavirus. Ahí se plantea textualmente: “En resumen, la pandemia muestra que no es el momento para olvidarse de la abolición de la familia. La familia privada, en cuanto a modo de reproducción social, todavía francamente apesta. Nos merecemos algo mejor que la familia. Y el tiempo del coronavirus es un excelente momento para practicar su abolición”. Vale la reiteración: se busca dejar al hombre solo frente a un enorme poder, al quitarle los tres fundamentos de la solidaridad: el Estado y las estructuras sindicales, el pueblo y finalmente la familia.

Entonces está en juego el objetivo económico que es la concentración del capital y un objetivo antropológico, el dejar solo al individuo. En ese esquema, desde el punto de vista geopolítico, los poderes financieros internacionales buscan golpear a toda fuerza patriótica que se oponga a la constitución del nuevo orden mundial a manos de esa oligarquía. En Rusia, por ejemplo, Vladímir Putin decidió reconstruir el poder nacional ruso y concibió que en el origen del poder de las naciones hay una fe fundante. Entonces decidió hacerlo a partir del cristianismo ortodoxo ruso, que es la fe fundante rusa. Así, comenzó a reconstruir el poder ruso desde los cimientos, desde la fe fundante, como siempre ha pasado en todo tiempo. Ese es el motivo por el que los poderes oligárquicos lo golpean.

Y del mismo modo golpean a Donald Trump, ya que el presidente norteamericano reaccionó contra esa ideología progresista que está socavando la fe fundante de los Estados Unidos. El capital financiero internacional, sin embargo, ha sabido hacer uso del ala “demócrata” de la política estadounidense para permear a través de la ideología progresista y de género al interior de la sociedad norteamericana.

El presidente de los Estados Unidos Donald Trump es el villano perfecto de casi todas las corporaciones mediáticas a nivel global, aunque ha llevado a cabo una tarea de reconstrucción nacional en su país que no se ha visto en muchas décadas. Más allá de la campaña “progresista” en su contra, es probable que Trump obtenga su reelección basándose en los votos de quienes ven en su figura un baluarte del sostenimiento de la cultura de las mayorías populares en Estados Unidos.

El caso de China posee características particulares. En principio, ha existido una alianza entre el capital financiero internacional y China desde tiempos de Mao Zedong, cuando el líder revolucionario recibió a Henry Kissinger. Más tarde, Deng Xiaoping profundizó la relación del gigante asiático con la oligarquía financiera y esta alianza logró imponer la globalización en beneficio de China, que llegó a industrializarse y a crecer a razón de un 9 por ciento anual. Pero nadie puede aliarse con el diablo sin que el diablo al final lo traicione y en medio de esa alianza la oligarquía financiera internacional quiere más de China.

Está claro que el poder transnacional gana muchísimo aliándose a China, pero no es suficiente. La República Popular China es el único país que controla su aparato financiero, el único poder estatal financiero poderoso en todo el mundo. La oligarquía financiera internacional desea ese aparato, quiere que ese país se lo entregue y eso supone un conflicto en las mismas entrañas del gobierno oriental. Hay sectores patrióticos que se oponen a esta entrega, pero también sectores del Partido Comunista dispuestos a entregarlo y hacerse ricos ellos, sus nietos y sus bisnietos.

Coronavirus y consecuencias económicas

La crisis sanitaria mundial y la concomitante cuarentena infinita impulsada por la Organización Mundial de la Salud como brazo científico de la oligarquía transnacional significaron un golpe particularmente duro para Europa, sobre todo para España e Italia. Pero tampoco ese golpe es azaroso, pues trae aparejadas consecuencias funcionales a los intereses del capital internacional.

Allí fueron aprovechadas las circunstancias para desindustrializar completamente a Italia y a España. El capital financiero mundial hace alianzas en cada región con poderes distintos y en Europa las ha hecho con Alemania, país que juega el rol industrial en la nueva división internacional del trabajo al interior de este nuevo orden internacional. Italia y España se convertirán en una especie de gran parque temático para que lo visiten los turistas asiáticos y entonces asistimos a la desindustrialización de Italia, España y, en menor medida, de Francia.

Para Hispanoamérica también el golpe es terrible. Estamos a las puertas de la desindustrialización completa de Argentina y es posible que cuando pase la crisis, Argentina —país que alguna vez fue el más industrializado del Cono Sur— se parezca al Paraguay después de la Guerra de la Triple Alianza. Sin embargo, aunque suene paradójico, esta crisis constituye una oportunidad, porque Sudamérica es una de las pocas regiones en el mundo con tres condiciones clave: es capaz de autoabastecerse de alimentos, de energía y de materia gris. Cuando existen esas condiciones se puede aprovechar las crisis para llevar adelante una insubordinación fundante.

El “Colorado” Jorge Abelardo Ramos, quien junto a otros pensadores de nuestra América como Alberto Methol Ferré, Helio Jaguaribe y Andrés Soliz Rada marcó el camino de un pensamiento nacional necesario para la liberación definitiva.

Las crisis mundiales generan condiciones de liberación para las colonias, pues durante la contingencia las metrópolis tienden a ejercer un dominio más laxo sobre las periferias. Entonces estamos atravesando un gran momento para realizar su insubordinación fundante. Para ello hace falta que surja el rechazo a la ideología de la dominación creada por el poder mundial, a la vez que es preciso un adecuado impulso estatal de parte de los gobiernos de nuestra región.

Se trata de un desafío muy grande, no será nada fácil lograr el objetivo. Los pueblos hispanoamericanos hemos sido subordinados por dos ideologías, el neoliberalismo y el progresismo. Si somos capaces de rechazar a ambas ideologías al mismo tiempo, será posible. Es el momento en el que los pensadores nacionales deben cumplir el papel que cumplieron, por ejemplo, Alberto Methol Ferré, Helio Jaguaribe, Abelardo Ramos o Andrés Soliz Rada. Si los pueblos estamos a la altura de las circunstancias, sacaremos provecho de esta especie de última oportunidad histórica. Urge una insubordinación fundante que nos permita desarrollar una nueva industrialización, esta vez tecnologizante y ecológica. Es como un partido de fútbol en el que ha terminado el primer tiempo y la oligarquía financiera internacional les gana 7 a 0 a los pueblos del mundo. Asistimos al más grande golpe de la historia al humanismo, pero hay salida. Queda todo el segundo tiempo por jugarse.

Por Marcelo Gullo