Hubo en la historia de nuestro país dos periodos en los que la aplicación de un proyecto político en el Estado supo garantizar la felicidad del pueblo-nación argentino. El primero de esos dos ciclos es el que va de 1946, desde el triunfo de Juan Domingo Perón en las elecciones de ese año, a 1955, al tener lugar el golpe de Estado gorila y la posterior dictadura que se autodenominó “Revolución Libertadora”. Durante esos diez años bajo la batuta de Perón, el trabajador conoció sus derechos y tuvo acceso a un nivel de dignidad nunca antes alcanzado en nuestro país ni en ningún país de la región. Y al dignificarse el trabajador en un proceso de rápida industrialización de la economía con justicia social, la totalidad del pueblo-nación argentino experimentó la felicidad común. Tanto es así que esos años del primero y del segundo gobierno del General Perón entre 1946 y 1955 son referidos en nuestra cultura como “los días más felices”.

Pasaron casi cincuenta años desde aquel golpe gorila para que el argentino tuviera acceso a otro ciclo de felicidad garantizado por un gobierno que realmente defendió sus intereses. Ese periodo quedó conocido como “década ganada” y es el que va desde la consagración de Néstor Kirchner en mayo de 2003 hasta fines del año 2013, cuando en el seno del gobierno nacional-popular un cambio en el gabinete derivó —como suele pasar con los cambios de figuras en un gabinete— en la aplicación de una política económica distinta a la inicialmente planteada para transitar los dos últimos años del segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner. Fue entre los años 2003 y 2013 cuando se reeditaron entonces aquellos días más felices del peronismo original y el pueblo argentino fue feliz otra vez.

Expresión en la cultura con la pintada militante del concepto de “los días más felices” como caracterización del peronismo, ya todo un clásico argentino. Existe la percepción —incluso en aquellos que coyunturalmente se enojan— de que los ciclos peronistas han garantizado la felicidad del pueblo argentino y ahí reside la fortaleza del peronismo, en la convicción de que representa en la política los intereses de las mayorías.

Dos ciclos de diez años cada uno, veinte años en una historia de dos o de cinco siglos, según el punto de vista que defina desde cuándo somos argentinos. Pero más allá de esa controversia, que aquí es infértil, lo cierto es que ambos ciclos tienen en común el hecho de que hicieron peronismo total en el Estado. Y que, en consecuencia, le dieron felicidad al pueblo argentino. He ahí la hipótesis: cuando el peronismo es total, esto es, cuando un gobierno despliega la totalidad de la doctrina peronista expresándola en sus políticas públicas, sube el nivel de calidad de vida de los argentinos tanto material como espiritualmente. Cuando eso pasa, el pueblo argentino es feliz.

El argumento surge de la observación histórica y nada tiene que ver con nostalgias ni declamaciones de amor por un peronismo idílico. El argumento es que el peronismo total o la aplicación de la doctrina peronista desde el poder político en el Estado es más que suficiente para que el pueblo argentino esté satisfecho con su gobierno y no lo quiera cambiar. Se sabe que en nuestro país son necesarios el 40% más uno de los votos y una diferencia de 10 puntos sobre el segundo más votado o el 45% “derecho”, es decir, sin importar cuántos votos tengan los demás, para ganar unas elecciones generales en primera vuelta, sin la necesidad de un ballotage. Y eso nos conduce inmediatamente a la cuestión de los llamados núcleos duros y el electorado de tres tercios, allí donde hay dos fuerzas hegemónicas alternándose en el poder en el Estado y cada una de ellas cuenta con un voto “duro” que corresponde a un tercio del electorado total. A ese tercio se le debe sumar una cantidad de votos “ni-ni” en cada elección para llegar al triunfo electoral y, por el momento, es importante comprender que ninguna parcialidad política es capaz de ganar las elecciones con su tercio propio, con el voto de sus militantes y simpatizantes únicamente. Para ganar en las urnas, una parcialidad debe fidelizar a los ideológicamente convencidos, impedir que se dividan o se dispersen, pero además debe obtener entre los “ni-ni” los votos que faltan para llegar al 40%, al 45% o al 50% más uno, como ocurre en aquellos países donde rige esa definición de mayoría absoluta.

Celebraciones en el partido de La Matanza por la “década ganada”, sin olvidar el llamado a reflexionar sobre los logros alcanzados y por todo lo que en ese entonces aún faltaba y hoy se ve muy lejano.

Entonces no se trata de nostalgia, sino de sacar bien las cuentas: si el peronismo es total, el tercio duro queda fidelizado y a dicho núcleo se van a sumar los votos de una cantidad de electores que están felices y quieren seguir estándolo. Cuando el pueblo está feliz, el gorila es impotente con su núcleo duro que oscila entre el 25% y el 30% de oligofrénicos y otros resentidos sociales. Si a ese núcleo duro el gorila no logra sumarle una buena cantidad de gente que está infeliz, el peronismo va a llegar siempre a los 45% necesarios para ganar en primera vuelta y normalmente a mucho más que eso. El peronismo total da felicidad y esa felicidad garantiza un nivel de apoyo social que se traduce siempre en votos, que son suficientes para ganar todas las elecciones en primera vuelta sin importar la individualidad del candidato presentado u otras cuestiones secundarias. Si existe el peronismo total y el pueblo está feliz, el candidato peronista puede ser un auténtico helado de lechuga —el que no tiene gusto a nada— y va a triunfar igualmente.

Ahora bien, es precisamente esa imposibilidad matemática del triunfo electoral gorila en un país donde existe la felicidad entre el pueblo la razón de los golpes de Estado. El gorila sabe muy bien que es imposible desplazar al peronismo en las urnas cuando el peronismo es total. Por lo tanto, cuando el peronismo es total, al gorila no le queda más opción que la del golpe de Estado para interrumpir los procesos políticos de claro avance de los pueblos. Lo que veremos aquí es eso, es que tanto “los días más felices” como la “década ganada” tuvieron que interrumpirse de manera antidemocrática, porque de otra forma no hubiera sido posible finalizar esos ciclos.

La fuerza brutal de la antipatria

En 1955, haciendo una proyección bien sencilla, el gorila supo que Perón iba a ser invencible y que probablemente gobernaría alternando con algún candidato de su riñón por todo lo que le quedara de vida, al cabo de lo que habría tenido lugar ya un recambio generacional y el núcleo duro del gorila se habría esfumado. Perón vivió dos décadas más después del golpe en su contra y entonces el gorila no estaba tan errado en su proyección: sin un golpe, el peronismo duraría treinta años ininterrumpidos bajo la conducción ordenadora de Perón y luego duraría por toda la eternidad, aun sin la presencia de Perón, puesto que todo rastro de cultura antiperonista sería borrado del mapa por acción de la biología, que no falla.

Al momento de llevarse a cabo el golpe militar de 1955, había un peronismo, era total y el pueblo era feliz. Había un núcleo duro peronista de alrededor del 30% y había, por otra parte, un 25% más de no peronistas que eran felices y estaban dispuestos por eso a seguir votando al peronismo para perpetuar el ciclo. El gorila no podía derrotar a Perón y aunque Perón postulara como candidato a un segundo suyo, el voto al peronismo jamás estaría por debajo del 55%, cantidad relativa más que suficiente para una paliza mucho más que un triunfo electoral. La oligarquía gorila no podía derrotar a Perón en las urnas y entonces optó por derrocarlo mediante el empleo de la fuerza bruta.

Portada del Diario La Nación en ocasión del acto de asunción del General Eduardo Lonardi al frente del gobierno golpista resultante de la autodenominada “Revolución Libertadora”, en rigor una reacción fusiladora a secas. El júbilo de La Nación es una excelente muestra de que ese golpe fue un enorme triunfo, un batacazo de la oligarquía cipaya en 1955.

Lo mismo ocurrió sesenta años después, cuando con un golpe de tipo mediático y judicial el gorila puso fin a otro ciclo de gobierno peronista y de felicidad para el pueblo argentino. No va a faltar quien aduzca que el triunfo de Mauricio Macri fue un triunfo electoral y que esa fue la legítima voluntad del pueblo, pero es necesario matizar esa afirmación sin olvidar aquello que es más allá de la opinión particular de cada uno. Por una parte, está claro que hubo una manipulación de voluntad popular más bien escandalosa al llevarse a cabo una muy intensa campaña de desgaste mediático y judicial en la que el gorila no se privó de nada. El Poder Judicial tiró toda la carne a la parrilla con sus “investigaciones” de casos de supuesta corrupción y los medios difundieron conclusiones, digamos, apresuradas de dichos casos hasta el infinito. Machacaron día y noche durante meses al hilo con una corrupción que nunca pudo probarse, pero que hizo mella en la conciencia del pueblo. Y también se inventaron a un Nisman, el que hicieron pasar como un crimen con todos los dedos señalando para el mismo lado. El golpe mediático y judicial para terminar con la “década ganada” fue eso y la incidencia de dicho golpe en el resultado de las elecciones del año 2015 es hoy una verdad hasta de sentido común. Nadie va a negar abiertamente que esas elecciones estuvieron atravesadas y hasta definidas por ese golpe “blando”, un golpe que se realizó así ante la imposibilidad práctica de acudir a los militares en este siglo XXI para la interrupción de procesos democráticos.

Por otra parte, también es cierto que en los dos últimos años del segundo mandato de Cristina Fernández el peronismo no fue total. La ida de Guillermo Moreno del lugar de quien cuidaba el nivel de consumo de las mayorías y el cambio de gabinete de ministros a fines del año 2013 resultaron en un giro en la política económica respecto a la que venía implementándose desde aquel mayo del 2003. La consecuencia fue que el gobierno de Cristina Fernández llegó a las elecciones del 2015 rodeado de “progresistas” y otros aliados menores, todos aupados a puestos claves en la gestión. Esos aliados abandonaron el programa ideológico del peronismo y eso dio muy malos resultados. La economía no estaba en buenas condiciones y los dos últimos años del gobierno de Cristina Fernández fueron más bien recesivos. Se había perdido la felicidad del pueblo en esos dos últimos años de gobierno y eso habría de pagarse caro.

El affaire Nisman, una trama exquisitamente armada para “tirarle un muerto” importante al gobierno peronista de Cristina Fernández de Kirchner y debilitarlo. El occiso era en efecto de máxima importancia y aún así le sirvió al gorila —junto a todo el paquete de operetas diversas y los errores propios del peronismo en el gobierno— para ganar por poco más de un punto porcentual, una diferencia irrisoria.

Así y todo —véase bien, aun con la concurrencia de lo que podría calificarse como una tormenta perfecta en la mezcla de embates del enemigo y errores propios—, Mauricio Macri ganó las elecciones del año 2015 por una diferencia mínima de unos 650 mil votos, menos de dos puntos porcentuales. Toda esa monstruosa campaña mediática y judicial, con “corrupción” por doquier y hasta un muerto en la cuenta, todos los errores de un gabinete “progresista” que tiró los papeles de la doctrina y quiso reinventar el agua tibia, un candidato no muy carismático como Daniel Scioli y hasta traiciones en ciertos distritos populosos. Todo eso para que el gorila gane por un estrechísimo margen, en segunda vuelta y pidiendo permiso. Entonces la pregunta es inevitable: más allá del golpe mediático y judicial, más allá de las operaciones de sentido con Nisman y todo lo demás, ¿habría triunfado el gorila si el peronismo no hubiera dejado de ser total en los dos últimos años de gobierno de Cristina Fernández y la felicidad del pueblo no hubiera escaseado?

Está claro que no y está clara, fundamentalmente, la irrelevancia del pataleo gorila cuando el peronismo es total. Las operaciones de sentido pueden ser diarias desde los medios durante décadas y hasta siglos si se quiere, pero aún así el gorila será incapaz de desplazar al peronismo del lugar del poder político en el Estado si el peronismo es total y representa así cabalmente los intereses de las mayorías populares en Argentina. El peronismo solo depende de sí mismo, solo necesita ser total para reproducirse al infinito y ganar indefinidamente todas las elecciones.

Las celebraciones del triunfo gorila en el año 2015, a sesenta años exactos de la “Revolución Libertadora”. Una vez más el gorila lograba interrumpir un ciclo de felicidad para el pueblo argentino, esta vez con un golpe “blando” de tipo judicial y mediático que les permitió a Mauricio Macri y a María Eugenia Vidal ganar las elecciones nacionales y en la provincia de Buenos Aires, respectivamente. No obstante, queda claro que el giro político del gobierno en los dos últimos años de mandato de Cristina Fernández de Kirchner fue determinante para la derrota del peronismo. Si hay felicidad, difícilmente prenden en el pueblo las operaciones de sentido con las intrigas judiciales orientadas a desestabilizar.

La conclusión es esa, es que el peronismo solo puede perder las elecciones cuando no es peronismo, o cuando no es un peronismo total. Si lo es, si despliega toda la doctrina peronista en sus políticas públicas y garantiza la felicidad del pueblo argentino, es irrelevante el núcleo duro gorila y son irrelevantes las operaciones de sentido del gorila. Haga lo que haga aquello que nuestra Evita caracterizó como la fuerza brutal de la antipatria, el peronismo siempre será invencible mientras sea total. No se trata de una opinión, sino de un cálculo frío: el gorila solo puede ganar las elecciones si hay infelicidad en la sociedad argentina y el peronismo es la garantía de que eso no ocurra.

El peronismo deja de ser total y hasta deja de ser peronismo a secas cuando se desvía hacia los extremos de “izquierda” y de “derecha”, pasando a representar esas opiniones particulares y dejando de ser la expresión de la cultura del pueblo-nación en la política o la representación de los intereses de las mayorías. Cuando el peronismo se desvía hacia la “izquierda” o hacia la “derecha” por el entrismo y por la pérdida de sus principios doctrinarios, entonces deja de representar los intereses de las mayorías populares y se ve como ajeno a la cultura del pueblo, se ve como si fuera importado. Y cuando eso pasa, a los peronistas se los empieza a llamar “doctrinarios” —como si existiera un “peronismo no doctrinario”— para segregarlos e ir apartándolos del lugar de las decisiones. La “izquierda” o la “derecha” se apoderan del centro del campo y ponen en el lugar del hereje a esos “doctrinarios”, los llaman minoritarios e instalan la idea de que se trata de gente trasnochada, gente que se aferra a ideas que ya son viejas y necesitan ser “aggiornadas”. En ese momento cuando el peronismo deja de ser total, empieza a ser un menjunje de ideologías que le son extrañas a la cultura del pueblo-nación argentino y al propio peronista. Estamos ahí a un paso de que ese peronismo parcial dé lugar a cualquier otra cosa, que se va a llamar “peronismo” sin serlo. Allí empieza la derrota, la que en los años 1990 se dio por entrismo “de derecha” y hoy se anuncia con el entrismo “de izquierda”, el entrismo de los “progresistas” que se han hecho del centro del campo y corren desde ese lugar a los “peronistas doctrinarios” que exigen un peronismo total para salvar las papas.

Tener vergüenza y pedir permiso

Entonces resulta que ahora los llamados “progresistas” se han adueñado del campo de lo nacional-popular y empiezan a cortar el jamón, vienen con sus pañuelos de colores y sus fantasías ideológicas orientadas al consumo de minorías bien alimentadas y sobreideologizadas, ubicadas más bien en los sectores medios de nuestra sociedad que en las clases populares. Vienen estos “progresistas” y, en vez de asumirse como tales, adoptan para sí la identidad del peronista y determinan que el peronismo ahora va a ser eso, un espacio para el debate de temas ideológicos que no constan de la doctrina peronista. Su argumento para hacerlo es tan pedestre como puede ser la mentalidad “progresista” en todos los tiempos: a la doctrina peronista hay que “aggiornarla”, ya no corresponde que se limite a las tres banderas que son la soberanía política, la independencia económica y la justicia social y tampoco conviene hacerles mucho caso a las veinte verdades establecidas por el General Perón. En realidad, para el gusto de estos “progresistas” que han copado las unidades básicas y las han convertido en centros de rosca e intriga intelectual —para que no funcionen como antes, como integradoras de la política con la comunidad—, no sirve estar hablando muy seguido de Perón, puesto que se trata de un militar un tanto “facho” en la opinión de muchos biempensantes de clase media. Van a hacer un peronismo sin Perón y encima creyendo estar reinventando la rueda.

Vergüenza debe darle al peronista y debe por eso pedir permiso para hablar de su doctrina, de sus tres banderas y sus veinte verdades. Cuando al peronista se le ocurre observar que, en realidad, el peronismo es eso y no las consignas interpoladas por la “izquierda progresista”, rápidamente al peronista lo corren con el argumento de que “nadie tiene el peronómetro para definir qué es el peronismo”. Y entonces el peronista se rinde, porque tiene instalado en su cultura que el peronómetro no se le aplica a nadie. Los “progresistas” han encontrado la forma de penetrar en el peronismo, colgarle todas sus banderas y de resistir en la ocupación cuando los peronistas vengan a reclamar contra esa usurpación. Basta con mencionar al peronómetro y el peronista se echa hacia atrás avergonzado. De ahora en más, los peronistas van a pedir permiso antes de hablar de peronismo en el interior de un movimiento peronista “aggiornado”.

Gabriela Cerruti, Elizabeth Gómez Alcorta, Ofelia Fernández y Victoria Donda, grandes referentes del “progresismo” de colores que hacen muchísimo ruido en los medios y en las redes sociales, pero aportan muy poquitos votos a cualquier construcción política. Pese a su escaso peso electoral en la composición del triunfo del Frente de Todos en el año 2019, al “progresismo” se le dio un lugar central en el gobierno de Alberto Fernández, desplazando de ese lugar al peronismo. El resultado es la inexistencia de peronismo total y, en la opinión de algunos, de cualquier peronismo a secas.

Como los dirigentes definen el programa político y los dirigentes no son otra cosa que militantes elevados a lugares de gestión en el Estado, esa usurpación “progresista” terminará impactando en los contenidos programáticos del proyecto político una vez que el peronismo gana las elecciones. Eso va a pasar porque estarán a cargo de la gestión de gobierno unos dirigentes de cualquier color, menos del color del peronismo. Así es como lugares clave de la gestión de la Economía serán ocupados por “progresistas” con fantasías ideológicas. El Banco Central estará en manos de un radical, el Banco Nación será conducido por un socialista y el propio Ministerio de Economía tendrá como titular a un alumno de Harvard al que no se le conoce ningún historial de militancia peronista en ninguna parte. Más allá de los demás ministerios y demás puestos de gestión política del nuevo gobierno electo con una mayoría de votos peronistas, que también fueron casi todos copados por la “izquierda progresista”, está claro que el manejo de la política económica no está hoy en manos peronistas y eso va a repercutir en el resultado de la gestión. Lejos de priorizar los intereses de las mayorías populares —que es lo que hace el peronismo históricamente y por eso mismo es la representación de los intereses del pueblo en la política—, los “progresistas” van dar lugar a sus fantasías ideológicas, las que suelen ser muy bien ponderadas por los biempensantes de clase media, aunque no son muy útiles a la hora de poner el pan sobre la mesa de las familias trabajadoras.

El peronismo parado sobre su doctrina no se opone a las fantasías ideológicas de colores del “progresismo” ni las apoya, simplemente habla de otra cosa. La diferencia entre los peronistas y los “progresistas” es que estos últimos suelen hacer de su militancia una reivindicación de causas ideológicas que son justas desde el punto de vista de ellos mismos, mientras que los peronistas ya están inclinados por la causa común de las mayorías populares en Argentina. Entre militar lo que uno quiere y militar lo que la patria demanda, como se ve, hay una diferencia brutal. Y como el objetivo de la militancia se eleva y determina la postura de la dirigencia, la invasión “progresista” en el peronismo dará como resultado un gobierno “progresista” electo con votos peronistas, un gobierno que tiende a priorizar las fantasías ideológicas y a olvidarse de las necesidades urgentes de las clases populares. He ahí el significado de la expresión “a este gobierno le falta peronismo” y no es otra cosa que el reconocimiento del hecho de un exceso de fantasías políticas “progresistas” allí donde debió haber peronistas prácticos persiguiendo la resolución de los problemas también prácticos del pueblo argentino.

Claudio Lozano (socialista), Miguel Pesce (radical) y Martín Guzmán (egresado de Harvard) son los titulares del Banco Nación, del Banco Central y del Ministerio de Economía, respectivamente. Ningún peronismo a la vista en la conducción de la política económica del gobierno no puede, como es de imaginarse, resultar en muchas políticas económicas orientadas por el programa ideológico peronista.

Por eso en un gobierno peronista con dirigentes “progresistas” hay ingentes partidas presupuestarias para la difusión de la ideología “de género”, para la atención del muy mal llamado “garantismo” y, en fin, para debatir al pie de la letra todos y cada uno de los puntos de la agenda que baja de los poderes fácticos globales —la sinarquía internacional, en palabras del General Perón— a través de un sinfín de oenegés “filantrópicas” cuyo objetivo es difundir esa agenda y establecer las prioridades por encima de las necesidades reales de un país. Cuando la gestión de gobierno cae en manos de los “progresistas” que están en la nómina de esas oenegés, esa agenda pasa a ser la agenda del gobierno, dejándose a un costado la atención de las necesidades inmediatas del pueblo, de las que el peronismo históricamente se ha ocupado. El gobierno de pronto deja de ser peronista y pasa a ser “progresista”, aunque las mayorías lo hayan votado para que haga lo primero y no lo segundo. Y empiezan los problemas al por mayor.

¿Desde cuándo? Desde que el peronista debe pedir permiso y debe avergonzarse por exigir que un gobierno propio lleve a cabo el programa ideológico establecido en la doctrina peronista. Cuando eso pasa y el peronista percibe que lo empiezan a correr de todas partes con el argumento del peronómetro, el peronista comprende que ya no es bienvenido en el peronismo. Lo han “aggiornado” otros con la finalidad de vaciarlo de su sentido original y volver a llenarlo con otras categorías y contenidos, los del “progresismo” socialdemócrata occidental.

Consecuencias

El resultado es que al peronista le han usurpado el peronismo sin que eso signifique tan solo un robo de las banderas históricas ni nada simbólico, sino más bien una pérdida de los principios rectores que han orientado al peronismo para que ocupe el lugar de la representación de los intereses de las mayorías populares. Si el peronismo va a ocuparse de la agenda de colores del “progresismo” socialdemócrata occidental —que es una agenda de minorías bien alimentadas y sobreideologizadas—, entonces no va a ocuparse de los intereses de las mayorías populares, no las va a representar en la política. Y esas mayorías van a quedarse sin representación, quedando a la vez libres para darle su voto a cualquier fuerza oportunista que haga demagogia con aquello que el pueblo necesita. Así es como el peronismo pierde en las urnas, cuando deja de ser total y hasta deja de ser peronismo a secas.

La cuestión es, como habrá notado el atento lector, de carácter fundacional. Lo que está en juego aquí es la definición de qué cosa será el peronismo de cara a este siglo XXI. ¿Será lo que quiso Perón al dejar su voluntad expresada por escrito en las páginas de la doctrina? ¿O será lo que otros, después de Perón y no autorizados por él, quieran interpolar en la doctrina con el pretexto de “aggiornarla”? No es una cuestión simbólica, no se trata de una defensa apasionada de los símbolos como hacen los barrabravas frente a otros barrabravas que les quieren robar los trapos. Nada de eso. Se trata de saber si el peronismo va a seguir siendo la representación de los intereses del pueblo-nación argentino en su conjunto o si va a seguir el camino de la Unión Cívica Radical y de otros partidos históricos en todo el mundo, que fueron vaciados y diluidos tras la caída del Muro de Berlín y la desintegración del bloque socialista en el Este. Si va a haber dilución y el peronismo “aggiorna” su doctrina para imponer las premisas ideológicas del “progresismo”, la consecuencia será que las mayorías populares van a pasar a asociar la categoría de “peronismo” con la inutilidad, como hacen ya con la categoría de “radicalismo”. Al no estar interesadas las mayorías en asuntos de pañuelos ni en ideologías de colores importadas, sino en la resolución práctica de sus problemas inmediatos, que son más bien urgentes, la asociación del peronismo con esa resolución va a desaparecer en la conciencia del pueblo-nación argentino. El peronismo será entonces otro sello electoral, uno más entre los tantos que hay y fueron vaciados de sentido y licuados al advenir la posmodernidad con sus doble hermenéuticas nihilistas. El destino de un peronismo “progresista” de colores es el destino del radicalismo: el del significante vacío.

A partir de la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS y el bloque socialista del Este, la hegemonía unipolar de los Estados Unidos se apresuró en vaciar de contenido a los partidos políticos en todo mundo con el objetivo de destruir la política representativa. El resultado fue que muchos partidos cayeron en la volteada y se convirtieron en cascarones vacíos, en sellos electorales sin ninguna representatividad de la ciudadanía real y absolutamente intercambiables entre sí. El peronismo, más en tanto movimiento que en tanto partido político, logró resistir y seguir reproduciéndose. Ahora lo quieren licuar mediante el entierro de su doctrina y el reemplazo de sus principios y valores por ideología “de izquierda” importada e implantada artificialmente en nuestro país, sin ningún arraigo en la cultura de nuestro pueblo-nación.

Pero ningún peronista debe angustiarse en la espera desesperada por una solución, por la respuesta al problema o por el genio que venga a salvar al peronismo de la muerte. La respuesta y la solución ya están, el héroe es y siempre fue colectivo en tanto y en cuanto, para subsistir como representación real de los intereses de las mayorías populares y del nacionalismo popular por antonomasia, el peronismo no debe inventar el agua tibia. Lo único que debe hacer es aferrarse a su doctrina, a los principios y valores definidos ya de antemano por el General Perón. Esos principios y valores alcanzan para que el peronismo se sostenga en el lugar de la representación política de las mayorías por la sencilla razón de que son los mismos principios y los mismos valores contenidos en la cultura del pueblo-nación argentino. No es poesía cuando el buen sentido popular dice que “peronista” es sinónimo de “argentino”, sino descripción de la realidad: existe la comprensión de que la doctrina peronista es el compendio de la cultura política de la Argentina, lo que queda confirmado al ver el arraigo que todavía existe en los barrios más postergados a las figuras de Perón y Evita. De alguna manera el argentino entiende que eso simboliza su felicidad, que cada vez que eso se encontró con el poder político en el Estado y pudo, desde allí, aplicarse totalmente en la práctica, el resultado fue un ciclo de felicidad para los muchos, para todos.

Las ideologías de colores para consumo de las minorías deben tener su relevancia relativa en la política, pero de la mano de los “progresistas” como aliados coyunturales del peronismo, hasta ahí nomás. El peronista no debe ocuparse de eso, pues ya tiene demasiado para abrazar con los mil y un problemas de un país que fue objeto de un saqueo oligárquico y luego vio cómo lo que le quedaba de producción y trabajo súbitamente se paralizaba por varios meses. Saldremos de este trance con más de la mitad de nuestro pueblo en situación de pobreza y con unos cuantos caídos en la miseria, saldremos de este ciclo infernal con un país arruinado. No hay felicidad y, al no haberla, el pueblo-nación argentino está preparado para hacer literalmente cualquier cosa en las urnas. Por lo tanto, si el peronismo con el poder político en el Estado no es total, seguirá la infelicidad del pueblo y al núcleo duro del gorila se le sumarán muchísimos votos, quizá los suficientes para que el gorila gane y haya un nuevo ciclo de saqueo oligárquico. Probablemente será el último, puesto que la Argentina como construcción política difícilmente resistirá a tanta destrucción y tenderá a la disolución.

Alberto Fernández, actual presidente de la Nación, quien logró el triunfo electoral empleando un discurso peronista para arrastrar los votos del peronismo. A él todo peronista debe exigirle peronismo total ahora, porque eso fue lo que mayoría peronista votó en las elecciones del 2019.

Por eso también “peronista” es sinónimo de “argentino”, pues si el peronismo se deja diluir y se deja rebajar a la condición de significante vacío, de sello electoral desprovisto de la doctrina de las mayorías populares, es probable que también se diluya la Argentina y se rebaje a la condición de país con Estado fallido, pronto a ser desguazado, fragmentado y balcanizado. Si el peronismo cae va a caer la Argentina, porque lo que realmente cae es la fe de los argentinos en que esta construcción política es viable. Si no es feliz, el pueblo argentino bajará los brazos y empezará a haber anomia, condición necesaria para la desintegración de la unidad nacional-popular. Entonces la conclusión se cae de madura y es que todo peronista está obligado a sacar de su mochila el bastón de mando y correr del centro del campo a los “progresistas” que lo vienen a diluir, imponiendo en este debate fundacional la opinión mayoritaria de que el peronismo será lo que tenga que ser y eso no es más ni menos de lo que ya está definido en la doctrina del movimiento.

No hay alternativa, el peronismo se aferrará a su doctrina o será patéticamente derrotado en las urnas en las próximas elecciones. La infelicidad del pueblo-nación argentino conducirá al desastre electoral y luego al desastre social, a la destrucción de dos siglos de construcción política a manos de la fuerza brutal de la antipatria. No hay ahí ninguna alternativa y a todo peronista le corresponde en este momento exigir peronismo total ahora, para que la felicidad general del pueblo sea una realidad y con ella podamos construir un futuro de potencia que nos corresponde por naturaleza, pero fundamentalmente por la prepotencia del trabajo. Peronismo total ahora, aunque los indefinidos nos vengan a convidar a la indefinición o a corrernos con un peronómetro que existe, pero que no está en su poder. Existe el peronómetro y no lo tenemos ninguno de los que vivimos: está en la voz de las calles. Si trae felicidad a la mayoría del pueblo argentino, entonces es peronista. Y si sirve a los intereses de los de afuera y al egoísmo narcisista y arrogante de los iluminados, pues de “peronismo” no puede tener más que impostación. Si el gorila quiere, pues que se lance otra vez a la aventura golpista y resolveremos la cuestión cuando llegue la hora, pero que no venga a diluirnos para derrotarnos desde adentro corriéndonos con la imbecilidad del peronómetro aplicado a los peronistas por el “progresismo”. A los peronistas no nos corre nadie y menos que menos cuando la patria está en peligro.