Un sábado por la mañana y en medio a un clima de desazón e incertidumbre que no pesaba solo sobre la tropa propia, sino sobre la generalidad del pueblo, Cristina Fernández anunció en las redes sociales con un video de estilo motivacional y de casi 13 minutos aquello que nadie pudo anticipar: ella sería candidata en las elecciones de ese 2019, sí, pero no en el lugar que todos esperaban. Cristina Fernández de Kirchner formaría en una lista de unidad como candidata a la vicepresidencia y dicha lista, para asombro de propios y extraños, sería encabezada por un Alberto Fernández que nadie vio venir. El secreto mejor guardado —o quizá no tanto, puesto que ya se veía el acercamiento de Alberto y Cristina en las presentaciones de Sinceramente— se revelaba esa mañana, revolucionando los medios de difusión y las redes sociales desde las nueve. Cristina Fernández a la vicepresidencia y, aún más asombroso, un detractor suyo como candidato titular en la lista.

La categoría de “jugada maestra” no tardó en aparecer cuando el primer análisis del anuncio arrojó que la fórmula sería ganadora simplemente por destrabar el problema del techo electoral que la propia Cristina Fernández tenía y amenazaba con darle a Macri la reelección. Con Cristina alejada del lugar de mayor visibilidad y dicho lugar siendo ocupado por un dirigente de perfil tibio y conciliador (que además estaba insospechado de ser kirchnerista, puesto que había sido hasta entonces un tenaz contreras), se removía la última traba existente para que los saqueados por Macri votaran a una lista alternativa. La “jugada maestra” fue eso, una concesión al votante que la estaba pasando mal con el gobierno de Mauricio Macri, pero estaba igualmente dispuesto a volver a votarlo con tal de que no viniera otra vez la “yegua”. Cristina Fernández ya no era candidata titular y, de pronto, una lista suya pasaba a ser potable para muchos como por arte de magia. El movimiento fue efectivamente de jaque mate y desconcertó a los intelectuales de Juntos por el Cambio hasta el punto de forzarlos a intentar emular la jugada presentando a un peronista como Miguel Ángel Pichetto en el lugar del candidato a vicepresidente para intentar contrarrestar los efectos de la bomba, sin mucho éxito. El golpe ya había sido dado.

Alberto Fernández se había escindido del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner a mediados del año 2008, luego de la derrota parlamentaria en el conflicto sobre la resolución 125 y la intentona golpista fracasada de la oligarquía terrateniente. A partir de ese abandono, el que ahora se presentaba como titular en la lista del kirchnerismo recorrió todos los canales y radios haciendo oposición abierta al gobierno y hasta participó, en el 2015, de la marcha por un tocayo suyo, el fiscal Alberto Nisman, implicando allí su opinión de que el gobierno kirchnerista tenía responsabilidades en el hecho, mínimamente. Entonces Alberto Fernández no solo no era ningún kirchnerista, sino que además era considerado por la opinión pública como todo lo opuesto. Hasta ese sábado por la mañana, cuando fue ungido por la mismísima Cristina Fernández como candidato a presidente por el que sería el Frente de Todos. “Unidad verdadera entre gente que piensa distinto”, fue la siguiente conclusión de aquella movida estratégica. “Si Cristina está dispuesta a cederle el lugar de cabeza de lista a alguien que hasta hace muy poco fue su enemigo, es porque quiere cerrar la grieta”, concluyeron varios en el momento.

Así transitaron Cristina y Alberto Fernández las subsiguientes semanas hasta las elecciones primarias del mes de agosto, en las que la fórmula Fernández-Fernández arrasó con un triunfo aplastante sobre la lista del gobierno con Mauricio Macri a la cabeza y Miguel Ángel Pichetto de escolta. Los casi 16 puntos de ventaja en favor del Frente de Todos fueron demoledores y el gobierno de Macri tambaleó ese domingo 11 de agosto. Luego de una demora en la entrega de los resultados por parte de la empresa contratada por el gobierno para los cómputos, apareció el famoso 48% para Alberto Fernández contra un 32% para Macri, muy magro resultado para un presidente que buscaba la reelección. Por su parte, la gobernadora María Eugenia Vidal no tuvo mejor suerte y quedó en un estado incluso más precario al ser vapuleada por Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires por una diferencia aún más abultada. Todo indicaba que el gobierno de Macri estaba terminado y que Alberto Fernández ya era el virtual presidente de la Argentina. El golpe de las PASO del 11 de agosto fue tan brutal para el oficialismo macrista que hasta el asesor estrella Jaime Durán Barba salió despedido e inmediatamente huyó a Ecuador. Todo en Juntos por el Cambio era descalabro.

Pero faltaban unos 80 días para las elecciones generales del 27 de octubre. Faltaba eso, la campaña electoral propiamente dicha y durante ese periodo Alberto Fernández dio fuertes definiciones de peronismo explícito dando a entender que su gobierno, doctrina en mano, habría de borrar hasta el último rastro de presencia oligarca en el Estado argentino. Mientras tanto, en el campo del enemigo, con la ida de Durán Barba y tras una primera semana de furia, con varios movimientos erráticos y hasta berrinches, Macri y Vidal se ponían a trabajar y empezaban a hacer lo que sería una excelente campaña de recuperación de cara a las elecciones generales. Y así, con un Alberto Fernández peronizándose por un lado y el oficialismo apostando todo a una fuerte campaña mediática llegaron las elecciones generales, en las que el macrismo recuperó más 2,5 millones de votos respecto a agosto y la diferencia se recortó a la mitad, consolidándose en un 48%/40% o unos ocho puntos porcentuales, bastante más digna para el perdedor, por cierto, aunque insuficiente para evitar el triunfo en primera vuelta del Frente de Todos. La fórmula Fernández-Fernández evitaba así un ballotage que, dadas las características del escenario, hubiera sido demasiado peligroso. Luego de tan solo un mandato de cuatro años, era desplazado del Estado por la fuerza de la voluntad popular expresada en las urnas un gobierno pura sangre de la oligarquía apátrida. Una auténtica hazaña electoral, sin lugar a dudas.

Elección, sur y después

Los días que mediaron entre las elecciones del 27 de octubre y la asunción presidencial el 10 de diciembre se hicieron eternos para todos los que padecimos cuatro años de saqueo oligárquico. Flotaba en el aire la expectativa en torno a la asunción de Alberto Fernández con la posibilidad de que con medidas de shock lograra inyectar en la sociedad argentina la dosis justa de optimismo y esperanza para seguir y también volaban los pronósticos de lo que haría el nuevo presidente una vez sentado en el famoso sillón de Rivadavia. Mientras tanto, Mauricio Macri mantenía la compostura y negaba las especulaciones de una transición conflictiva. Con el correr de los días, fue quedando claro que esa transición iba a ser ordenada, como es el del gusto de los que ponderan las formas republicanas y demás adornos.

El tan esperado 10 de diciembre al fin llegó y con un Alberto Fernández simpático, arribando al Congreso de la Nación conduciendo su propio auto, gesto que puso en estado de gracia a la tropa propia, dispuesta a leer todas señales bajo una luz positiva para terminar de enamorarse del candidato ungido por Cristina Fernández unos meses antes. Las multitudes copaban esperanzadas las calles y, como el que no quiere la cosa, apareció de pronto la primera señal de alarma: durante la ceremonia de asunción del mandato Alberto Fernández y Sergio Massa se mostraron amistosos y hasta algo efusivos al saludar a Mauricio Macri, el presidente saliente. Cristina Fernández, por el contrario, hizo todo lo posible para dejar bien en claro con el lenguaje corporal que nada de eso estaba bien. En ese momento la actitud de CFK se interpretó como una expresión de rencor personal suyo hacia Macri, pero el diario del lunes nos diría otra cosa. Lo que Cristina Fernández marcaba es que allí había cosas puercas, cosas que Dios no quiere, como suele decir el buen sentido popular.

Alberto Fernández produjo un discurso de asunción en el que algunos vieron similitudes con el de Néstor Kirchner en el 2003 y luego, antes de que empezaran las clásicas celebraciones en la Plaza de Mayo, el nombramiento del gabinete de ministros fue el primer baldazo de agua fría para el peronista que observa los hechos más allá de la euforia del momento. Uno tras otro los nuevos ministros juraban y se iba concretando inequívocamente la realidad: había muy poco peronismo en el nuevo gabinete y, en cambio, una profusión de socialdemócratas, radicales e indefinidos, todos ellos ubicados en sectores estratégicos del nuevo gobierno. Hasta Horacio Verbitsky logró acomodar a tres de las suyas como titulares en ministerios, lo que no implicaba ningún augurio de que allí estaba empezando un proyecto político nacionalista popular ni mucho menos.

Otra señal de alarma imperceptible por el clima de euforia que se vivía apareció durante los discursos al cerrar el multitudinario acto en Plaza de Mayo, en el que militantes y simpatizantes se dieron un desahogo durante toda la tarde con espectáculos musicales, algunos —dicho sea de paso— de gusto muy dudoso y hasta vulgares. Finalizadas esas presentaciones musicales, se dirigieron a la multitud tanto el presidente recién asumido como su flamante vicepresidenta y la bandera amarilla de atención apareció en las palabras de esta. Mirándolo en retrospectiva, es posible comprender que Cristina, frente a una plaza repleta y frente a otros tantos que lo miraban por televisión en todo el país, le recomendaba al presidente que no se apoyara en titulares de los diarios, sino en el pueblo. La larga y harto conocida relación entre Alberto Fernández y Héctor Magnetto, gran jefe del Grupo Clarín, era lo que flotaba en el aire y entre las palabras de Cristina Fernández de Kirchner. “En mis años trabajando en Jefatura de Gabinete”, solía decir un compañero de larga trayectoria en la función pública, “nunca supimos si Alberto fue el hombre del gobierno en el Grupo Clarín o si fue el hombre del Grupo Clarín en el gobierno”.

A gobernar

Las sospechas pasaron, no obstante, a un segundo plano. Y al fin empezó el tan esperado gobierno del Frente de Todos, aunque sin las medidas de shock esperadas por la militancia para revertir de golpe los efectos del saqueo macrista que finalizaba. Por el contrario, en los días subsiguientes a la asunción fueron apareciendo más radicales y socialdemócratas a formar en las filas del presidente Fernández. Algunos de ellos incluso en los lugares más neurálgicos del gobierno, como el radical Miguel Pesce en el Banco Central y el socialista Claudio Lozano en el Banco Nación. Ahora en la santísima trinidad de la economía no había ni un solo rastro de peronismo, con lo que quedaba ya descartada allí mismo cualquier posibilidad de aplicación de la política económica peronista.

Seguían pasando los días y llegaba el año nuevo con un conato de conflictividad social por parte de ciertos sectores de la mal llamada “izquierda” plantados en las vías del ferrocarril. Y con la ausencia de medidas de fondo para reorganizar económicamente un país muy maltrecho. Aparecían entonces, ya a principios de enero, los primeros cuestionamientos desde el peronismo en ese sentido al expresarse Guillermo Moreno ante la ausencia de un plan económico claro. Esos cuestionamientos tuvieron poca y ninguna difusión, ya que todo indicaba existir un esfuerzo de reorganización del Estado y una herencia muy pesada. Moreno habló de los 90 días de gracia que todo gobierno debe tener para afirmarse y tomar un rumbo definitivo, un gobierno debe disfrutar de esa “luna de miel” con su electorado mientras va ocupando los espacios en la función pública. La idea de que Fernández debía emular a Macri firmando decretos a troche y moche para defender los intereses de su sector fue rápidamente descartada y, por alguna extraña razón, la tropa que había estado ansiosa por cambios simplemente aceptó un gobierno estático. La mayoría terminó aceptando que en el caso de Alberto Fernández todo debía empezar a resolverse después del verano, aunque lo cierto es que las definiciones siguieron sin aparecer y esa situación sigue hasta los días de hoy.

Lo que no tardó en aparecer fueron las contradicciones de tipo ideológico, que se expresaron tanto mediante declaraciones del propio Alberto Fernández a los medios como en movimientos erráticos de su entorno o del propio presidente. Para empezar, Fernández eligió hacer su primer viaje oficial como presidente a Israel, país que para el grueso de la militancia propia simboliza el sionismo y el genocidio sobre el pueblo palestino. Entonces el viaje fue interpretado como un signo de debilidad del país por la crisis heredada del macrismo y la necesidad de “ir al pie” para resolver esa debilidad, pero lo cierto es que Alberto Fernández pasará inexorablemente a la historia como el presidente que no siguió la tradición de hacer su viaje inicial a Brasil y eligió ir a un país en el que las violaciones a los derechos humanos son sistemáticas. El costo político no se pagó en ese momento pues había una “luna de miel” o el famoso periodo de gracia de 90 días, pero queda.

Después de casi 90 días de un gobierno prácticamente detenido en el que apenas tuvieron algún protagonismo los flamantes ministerios de género y afines con un gran despliegue ideológico progresista, llegó la crisis del coronavirus tomando por sorpresa a un ministro de Salud que parecía estar dibujado. La inacción del gobierno de Alberto Fernández en materia de construcción de políticas públicas para revertir el daño del macrismo anterior se convirtió pronto en el llamado “gobierno de científicos”, esto es, en un gobierno muy activo, pero únicamente en todo lo que se refiere al manejo de la contingencia sanitaria. La política, que ya se encontraba suspendida, se detuvo por completo mientras un equipo de infectólogos daba las cartas e imponía medidas extremas para intentar contener el avance del virus que había llegado de China vía Europa. En una palabra, el coronavirus fue llover sobre mojado o dar un buen pretexto para la inacción gubernamental. Y un excelente pretexto, uno indiscutible en tanto y en cuanto se trataba de salvar vidas. La actitud de toda la militancia, que ya había sido pasiva hasta allí, fue la de justificar la parálisis por la pandemia y entonces, al no haber ya nadie exigiendo la aplicación de políticas concretas dichas políticas no se aplicaron jamás.

A eso se sumaron otras movidas ideológicas bastante extrañas, como la negación de la bandera peronista que Fernández había levantado con fervor en campaña y su reemplazo por una reivindicación de la cultura hippie y un culto a la personalidad de Raúl Alfonsín, un radical. Alfonsín fue un símbolo al que acudió Fernández cada vez que surgía algún cuestionamiento a la gran pasividad de su gobierno, esgrimiendo al histórico dirigente radical como modelo de ética. Eso fue socavando de a poco las bases peronistas del gobierno, las que vieron como una traición el abandono de las banderas del nacional justicialismo en el gobierno.

Y finalmente aparecieron los nuevos “amigos”, muchos de ellos directamente involucrados en el saqueo de la etapa macrista anterior y hasta en la dictadura genocida de los años 1970/1980. Alberto Fernández se acercó a Marcelo Mindlin, coautor de la monumental fuga de capitales y de los tarifazos en los servicios entre el 2016 y el 2019. Mindlin es propietario de Edenor y de Pampa Energía y un notorio socio de Mauricio Macri, pero fue presentado en un acto como un socio del gobierno de Alberto Fernández, amén de otros grandes gorilas como el titular de la Sociedad Rural Daniel Pelegrina y hasta el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, el oligarca Horacio Rodríguez Larreta, al que Fernández calificó como un amigo suyo. El famoso eslogan de “es con todos” se revelaba de una forma literal, por una parte, pero contradictoria, por otra: aparecían por todas partes los cómplices del saqueo y se sumaban. Los que jamás se acercaban a la mesa eran los peronistas.

La naturaleza de los frentes

Los argentinos ya llevábamos más de cien días de confinamiento y la economía nacional se encontraba en estado de calamidad cuando Alberto Fernández hizo pública su amistad con Horacio Rodríguez Larreta y esa quizá haya sido la gota que rebalsó el vaso. En un determinado momento, más allá del coronavirus y todo lo que está implicando en términos más bien económicos y sociales que sanitarios, empezó a existir entre los simpatizantes y militantes de lo nacional-popular la conciencia de la naturaleza de los frentes electorales. Cuando la heterogeneidad resultó al fin en el acercamiento de símbolos del enemigo a la conducción del proceso político, la generalidad de los votantes del Frente de Todos empezó a comprender la existencia de una interna o una lucha por esa conducción. De pronto, dejó de existir en la conciencia de muchos la cándida idea de que el Frente de Todos era un grupo de dirigentes políticos que estaban todos de acuerdo en todo unos con los otros. En ese justo momento empezaron a tener lugar las primeras escaramuzas en la guerra por ver quién finalmente va a tener la llamada manija en el presente gobierno. Al momento de cerrar esta edición de la Revista Hegemonía, concluía una semana agitada en la que esas escaramuzas fueron muchas y preanunciaban el inicio de las hostilidades.

El domingo 12 de julio la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner habló abiertamente de política, algo que en ella había sido inusual desde la asunción del gobierno el 10 de diciembre del año pasado. Cristina Fernández lanzó apenas un escueto mensaje en Twitter recomendando la lectura de un artículo que venía firmado por un periodista propio suyo —uno del riñón, como se usa decir— y que fue interpretado como la expresión de una crítica cristinista a la política económica del gobierno de Alberto Fernández, que es prácticamente ninguna. El artículo de Alfredo Zaiat fue correctamente leído por propios y extraños como si hubiera sido escrito por la mismísima CFK y eso dio inicio a un movimiento de sublevación que se había hecho esperar, uno que quizá se haya demorado más allá de la cuenta por la contingencia sanitaria. La conducción política del poder económico fue el título de la nota de Zaiat que CFK calificó como “el mejor análisis que he leído en mucho tiempo”, agregando que allí no había subjetividades ni anécdotas y rematando con que, en tiempos de pandemia, esa lectura era imprescindible para entender y no equivocarse. Más claro imposible: había un poder económico influyendo en la conducción política —los nuevos “amigos” del presidente Fernández, como se ve— y el asunto aquí pasaba a ser entenderlo y no equivocarse. La vicepresidenta informaba a la tropa su desacuerdo con la política económica conducida por la voluntad de los enemigos del pueblo, aunque entonces muchos eligieron mirar para el otro lado y hacerse los desentendidos.

Esa postura de desentendimiento de la guerra por la conducción del proceso político sería cada vez más difícil de sostener en los siguientes días. Ya el lunes posterior, Sergio Berni, el ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires y uno de los soldados más fieles de Cristina, se hizo presente en un canal de aire para decir que “la patria no se construye con los traidores de la patria”, en otra alusión muy clara a los nuevos “amigos” que el presidente Fernández había sentado a su mesa. Por si eso fuera poco, menos de 24 horas después cayó otro torpedo brutal, tanto en la forma como en el contenido: desde la asociación de Madres de Plaza de Mayo Hebe de Bonafini le envió a Alberto Fernández una carta abierta en la que lo acusaba de haber sentado en su mesa a todos los que explotan a los trabajadores, a los que saquearon el país y, lo más grave de todo, a los que en un pasado más lejano habían estado involucrados en la dictadura genocida ya mencionada en este artículo.

Tres bombas de mucho efecto en tres días, con las que la guerra se declaraba inequívocamente. Se siguieron otras escaramuzas entre soldados de Cristina Fernández y defensores del gobierno de Alberto Fernández, como la trifulca tuitera entre Julio de Vido y Juan Grabois, en la que intervino inesperadamente el abogado y amigo de Cristina Fernández, Gregorio Dalbon, y luego el diferendo por Venezuela. Aquí las posiciones terminaron de establecerse, con Sergio Massa posicionándose claramente como el jefe ideológico de uno de los bandos y un apagado Fernández intentando equilibrar desdiciendo a su embajador en la ONU. Al finalizar la semana en la que cerramos esta edición de nuestra revista, la situación era ya bastante clara y la guerra por la conducción del proceso ya estaba declarada.

Ahora bien, ¿por qué? ¿Por qué los dirigentes se pelean entre sí justo en el momento más crítico de la crisis sanitaria y en pleno descalabro económico? Desde el punto de vista del que vio en el Frente de Todos una unidad verdadera, esto es, una unidad con unanimidad de criterios, las escaramuzas de la semana aparecen como un “puterío” entre dirigentes ególatras, más o menos. Y de hecho así se expresaron muchos en las redes sociales, reprobando la actitud de esos dirigentes “ahora que necesitamos estar más unidos que nunca”.

Pero esa es una forma inocente de encarar la realidad de lo que es la política verdadera y nada tiene que ver con la política en sí. Los dirigentes raramente se pelean en público por razones de ego u otros motivos así de prosaicos. Y mucho menos en el presente caso. Aquí, las escaramuzas entre dirigentes son un síntoma —o el síntoma más inequívoco— de la existencia de dos bandos bien marcados en la lucha por la conducción del proceso político. En otras palabras, a mediados de julio de 2020 había empezado en la Argentina la guerra por ver quién debería tener la manija en el gobierno surgido del triunfo del Frente de Todos en octubre de 2019. “¿Pero no ganó Alberto Fernández las elecciones? ¿Quién va a tener la manija sino el propio Alberto Fernández, que es el presidente?”, se pregunta el que desconoce o pretende ignorar la naturaleza de los frentes en la política.

Pero eso, como decíamos, es inocencia o una candidez simulada con la finalidad de no encarar la realidad. Mientras los mortales nos quedamos en casa porque hay una pandemia, el coronavirus y todo el riesgo que se anuncia como inminente, la lucha política no se detiene. La lucha política nunca se detiene y ahora mismo, al momento de escribir estas líneas, se lleva a cabo una guerra feroz por ver quién va a conducir el presente proyecto político. Y en dicha guerra hay dos bandos bien determinados: el bando que podría ideológicamente ubicarse en un progresismo o una socialdemocracia cuyo proyecto es el proyecto del globalismo, el de reprimarizar la economía y hacer de Argentina una factoría agroexportadora sin rastros de desarrollo industrial. Por otra parte, el peronismo con la clásica idea de soberanía política, independencia económica y justicia social, con la defensa de las pymes como sostén de nuestro siempre incipiente desarrollo industrial y la inclusión del 100% de los argentinos al progreso. Esos dos bandos luchan y seguirán luchando para imponer su propio proyecto.

Y son alternativas directamente antagónicas. Las dos corrientes que existen al interior del Frente de Todos no son conciliables simplemente porque la aplicación del proyecto de uno de los dos bandos automáticamente excluye al proyecto del otro, todos los intereses de ambos están en juego. Eso son los frentes: son lugares simbólicos a los que acude gente con ideas muy distintas con la sola finalidad de ganar las elecciones y después, una vez logrado el triunfo, definir con el poder político en el Estado quién va a ejercer la conducción para implementar su propio proyecto. Seguramente ahí reside la razón de la inexistencia de un plan económico a siete meses de iniciado el gobierno del presidente Fernández: al no haberse saldado todavía la disputa, ninguna definición puede tener lugar. Si Fernández se inclina por el proyecto de los pueblos representado por el ala peronista del frente, el otro bando empieza a desestabilizar con sus medios de difusión hegemónicos, el Poder Judicial y el monstruoso aparato de inteligencia que posee. Y si, por el contrario, tiende hacia el proyecto de la oligarquía personera cipaya de las élites globales en general, el que se retoba es el peronismo, que es exactamente lo que estamos viendo en estos momentos. Las escaramuzas son el efecto de la expresión de disconformidad del peronismo respecto al avance de oligarcas como Rodríguez Larreta, Mindlin, Pelegrina y asociados sobre los lugares de decisión al interior del gobierno. Lo que sabe Cristina Fernández es que debe evitar ese avance, no puede permitir que el rumbo se defina para el lado del proyecto de la fuerza brutal de la antipatria. Y por eso reacciona, habla indirectamente mediante sus delegados y se prepara para intervenir directamente cuando la coyuntura lo amerite.

Alberto Fernández tendrá que tomar decisiones, especialmente una que será central en la definición de la guerra: ¿De dónde saldrá el dinero necesario para la reconstrucción de un país que hoy está económicamente destrozado en la combinación letal de cuatro años de saqueo y cuatro meses de parate económico a raíz del coronavirus? ¿Pagará la cuenta la oligarquía cipaya y parasitaria de su bolsillo, anunciando el triunfo del peronismo en la lucha? ¿O la cuenta se pagará sobre la base de infinitos ajustes a los trabajadores, imponiéndose así la oligarquía? Ningún plan de reactivación económica será real mientras eso no esté claramente definido, no existe la posibilidad de que la Argentina se ponga de pie sin que se sepa quién va a pagar la cuenta. El acuerdo por la deuda externa que viene intentando lograr el gobierno con las gestiones de Martín Guzmán, por lo tanto, no pasa por cuántos centavos de dólar pagará la Argentina por cada dólar debido, sino precisamente por quién va a pagar. Alberto Fernández tendrá que tomar decisiones, es solo una cuestión de días y horas. Nuestro país es insostenible si no aparece el que lo va a financiar y la guerra por la conducción es por esa definición. El presidente Alberto Fernández tendrá que tomar decisiones, ya las está tomando. Y entonces veremos de qué lado va a caer la moneda. ¿Pueblo o antipueblo? Empieza a conocerse hoy el resultado de octubre del 2019. El pueblo argentino sabrá al fin quién ganó realmente esas elecciones.