En 1784 el filósofo alemán Immanuel Kant publicaba un texto corto titulado Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, en el que presentaba la Ilustración —el movimiento cultural que en Europa dio a luz a los valores que eclosionarían en la revolución burguesa de 1789— como “la salida del hombre de la condición de menor de edad de la cual él mismo es culpable. La minoría de edad es la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la dirección de otro”. En ese sentido es posible trazar un paralelismo entre iluminismo y peronismo, para dar cuenta del potencial revolucionario que ese movimiento habría de manifestar al interior de la sociedad argentina desde 1945 hasta la fecha.

El peronismo en Argentina ha sido capaz, al igual que la Revolución Francesa en Europa, de establecer un corpus doctrinario de categorías capaces de ordenar el mundo que le es propio, es decir, la sociedad argentina, así como los valores de la revolución de 1789 ordenaron la política y la sociedad europeas durante todo el largo siglo XIX y el corto siglo XX, al decir del historiador Eric Hobsbawm.

La característica más saliente y superadora del peronismo respecto de la categorización francesa es, sin embargo, su condición de respuesta nativa, genuinamente argentina, a las demandas políticas de la sociedad que lo vio nacer, por el contrario de la implantación de las categorías foráneas. La doctrina nacional justicialista, que es el corpus doctrinario que enuncia la filosofía política propia del peronismo, se percibe a sí misma como de tercera posición, es decir, como superadora de la oposición entre las ideologías de “izquierda” y de “derecha” que el mundo heredó de la revolución francesa. La tercera posición nacional justicialista se opone a los postulados del liberalismo y del comunismo, pues persigue la justicia social y la felicidad general sin destruir el sistema económico. Se trata de una doctrina social que acepta al capitalismo como sistema ordenador de la economía, por lo eficiente de este para generar riqueza, pero a su vez reconoce al capital una función social ineludible. Si bien no es posible considerar al justicialismo como un “justo medio” entre el liberalismo y comunismo, sí es posible encontrar puntos de convergencia entre esa doctrina y elementos propios de esos dos sistemas. El peronismo, sin embargo, es superador.

Se entiende por “peronismo” a dos principales fenómenos: el primero es el movimiento de masas que cristaliza el 17 de octubre de 1945 en Argentina, cuya figura resultante es el coronel Juan Domingo Perón, exsecretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra y vicepresidente de la Nación designado en el interregno de 1943/1945, durante el gobierno de la revolución militar que puso fin a la llamada “Década Infame”. El segundo fenómeno es la doctrina que nace como consecuencia de la praxis política del propio Perón como líder de ese movimiento y como cabeza del Estado entre 1946 y 1955, pero que trasciende a Perón y lo sucede aún en el exilio y aún luego de su desaparición física. Lo que entendemos por “kirchnerismo” puede considerarse como un heredero del movimiento peronista original.

Populismo o peronismo

La doctrina nacional justicialista se basa en cuatro banderas fundamentales: la soberanía política, la independencia económica, el nacionalismo cultural y la justicia social. Toma su nombre, no obstante, de esta última, pues se entiende que la justicia social es una consecuencia natural de las otras tres banderas. El contexto histórico de su surgimiento, sumado al carácter nacionalista de su doctrina, a la peculiar relación que el coronal Perón y su esposa mantuvieron con el pueblo argentino y a la desconfianza del imperialismo hacia un movimiento de enorme potencialidad revolucionaria para la región del Cono Sur, implicaron una interpretación errónea del peronismo por parte de la intelectualidad argentina, que durante décadas consideró al movimiento nacional justicialista como un movimiento “populista”.

El concepto de “populismo” tiene en las ciencias políticas una connotación marcadamente peyorativa. Según la definición de Ernesto Laclau, “por ‘populismo’ no entendemos un tipo de movimiento —identificable con una base social especial o con una determinada orientación ideológica—, sino una lógica política.” Es decir, un movimiento populista puede ser urbano o rural, de “izquierda” o de “derecha”, restaurador o revolucionario. Lo que realmente lo identifica como tal es la forma en la que articula un discurso que a su vez define una noción de “pueblo”. Un movimiento populista surge, explica Laclau, “cuando un conjunto de sectores de la sociedad es excluido, ignorado o descalificado como interlocutor cuando demanda soluciones específicas al Estado, al que reconoce como legítimo. Lo que eran en principio peticiones democráticas son posteriormente articuladas por un liderazgo y se convierten en una confrontación que implica una ruptura con los esquemas tradicionales de dicho Estado y devienen, entonces, en demandas populares”.

En el caso del peronismo, la primera acusación de “populismo” provino del sociólogo italiano nacionalizado argentino Gino Germani, quien, en concordancia con la intelectualidad contemporánea al propio gobierno de Perón, vio en el justicialismo un movimiento de cuño “fascista” y populista y en Perón a un líder de masas asimilable a Hitler o Mussolini.

Pero el concepto de “populismo” contiene un vicio de origen. Si bien la raíz del concepto es la palabra “pueblo”, se consideran populistas aquellos movimientos que sostienen una relación emotiva con las “masas populares”. Populismo, entonces, es sinónimo, intercambiable por “demagogia”, es decir, literalmente, “decir lo que el pueblo quiere oír”. Según la interpretación canónica de Germani, esta “masa” es “heterónoma” por contraposición a “autónoma”, pues vierte una pasión irracional y afectiva hacia la figura del líder carismático. La explicación del estrecho vínculo entre Perón y su pueblo y la capacidad para perdurar en el imaginario de la sociedad argentina de un movimiento como el peronismo, según esta interpretación, entonces, quedaría reducida exclusivamente a la capacidad de oratoria y al carisma del líder. Interpretación que de mínima subordina a un rol pasivo y casi infantil al pueblo argentino que se identificó peronista.

Una interpretación más moderna, que logra establecer una explicación equilibrada entre la escuela de Germani y la de historiadores posteriores, como Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero o Juan Carlos Torre, acerca de cuál es el origen de la adhesión popular hacia el peronismo es la que propone el historiador británico Daniel James. Este historiador, estudioso del movimiento sindical argentino, logra dar en la tecla respecto de la capacidad de Juan Perón para granjearse la lealtad de los trabajadores argentinos. James critica la postura despreciativa de Germani respecto de las capacidades intelectuales de la clase trabajadora (o, más precisamente, de lo que Germani considera la “nueva clase trabajadora”, que es aquella que él asimila al peronismo). Pero, además, James discute con el que considera como un “instrumentalismo materialista”, que es el que predomina en las teorías de Torre o Portantiero. James plantea que estas reducen la adhesión al peronismo a una cuestión meramente económica, derivada de los derechos económicos que Juan Perón le reconoció al movimiento obrero argentino.

De acuerdo con la explicación que brinda James, el pueblo trabajador argentino volcó su adhesión hacia el peronismo debido a la capacidad natural de sus líderes Juan y Eva Perón para resignificar la noción de ciudadanía en términos no solo políticos sino económicos y fundamentalmente, sociales. El nacionalismo popular de inclusión argentino, que tomó el nombre de su principal impulsor y filósofo, no solo le reconoció al trabajador su participación en la construcción de la patria, sino que lo hizo a través de un lenguaje llano, de carácter concreto y creíble y con arraigo en la idiosincrasia nacional de la Argentina, en contraposición con la experiencia de ignominia que lo había sometido durante la “Década Infame” y que aún permanecía fresca en la memoria popular. De ahí su penetración en la conciencia social, que perduró en el imaginario de la sociedad argentina y perdura hasta nuestros días. En palabras de Eva Perón, “el peronismo es la fe popular hecha un partido en torno a una causa de esperanza que faltaba en la patria”.

Peronismo y kirchnerismo

El presidente Néstor Kirchner afirmaba sobre el llamado “kirchnerismo” lo siguiente: “somos peronistas; nos dicen kirchneristas para bajarnos el precio”. Pero, ¿es efectivamente así? ¿Es el “kirchnerismo” un nombre de fantasía para el peronismo del siglo XXI o existe efectivamente una identidad novedosa que entronca en la tradición del nacionalismo popular del peronismo, sin identificarse por completo con este?

La respuesta es incierta.

Luego del golpe de Estado que derrocó al gobierno de Juan Domingo Perón en 1955, ningún otro ciclo político logró el crecimiento económico, la distribución progresiva de la renta y la obtención de derechos civiles, sociales y económicos que otorgó la virtual década que va desde 2003 hasta 2013, es decir, coincidente con el gobierno de Néstor Kirchner y casi la totalidad del de Cristina Fernández de Kirchner.

La efervescencia de la actividad política, la capacidad para movilizar a la sociedad, el carácter nacionalista popular de la política y la procedencia justicialista de los líderes del llamado “kirchnerismo” constituirían argumentos a favor de la hipótesis de que, tal como lo manifestaba el propio Kirchner, el Frente para la Victoria fue una coalición propiamente peronista, heredera de la doctrina del General Perón.

Sin embargo, existen especificidades en el llamado “kirchnerismo” que harían suponer que no es posible identificar de manera automática a este movimiento con el que surgió al calor de la sublevación popular del 17 de octubre de 1945. Para empezar, la convergencia hacia el Frente para la Victoria de sectores que no se identifican con el peronismo y que en determinados momentos históricos se han alineado abiertamente en contra suya. Tal sería el caso de vertientes del socialismo, el comunismo y la ideología “progresista” que promueve reivindicaciones sociales propias de minorías (de género, étnicas, religiosas, etcétera) en contraposición con el contenido social universalista (de mayorías) de la doctrina justicialista.

Estas ideologías “de izquierda” se aliaron al Frente para la Victoria sin haber abrevado en el peronismo y se asimilaron tanto a él que es dable preguntarse si en la mezcolanza ideológica aquello que se ha dado en llamar “kirchnerismo” no es en definitiva un fenómeno distinto del peronismo cuya doctrina escribió y ejerció Juan Perón. Una doctrina novedosa, nacionalista popular y derivada de la justicialista, pero kirchnerista al fin.

No obstante, es imprescindible reconocer en el plano de lo económico, que es el que define el verdadero rumbo de un país, importantes hilos conductores entre la política de los gobiernos peronistas y la de los gobiernos denominados kirchneristas.

En primer lugar, el entendimiento de una economía como necesariamente arbitrada por el Estado nacional, aunque sin que este intervenga como empresario necesariamente, pues el objetivo es que la actividad económica esté mayoritariamente ocupada por el sector privado, al que se le reconoce una función social.

En segundo lugar, la intervención del Estado en sectores clave de la economía, estratégicos para el desarrollo de las industrias nacionales y de la soberanía política y económica del país. En el caso del primer peronismo, esto se vio de manifiesto en políticas tales como la política energética, la nacionalización de los servicios públicos y del transporte ferroviario o la creación de flotas navales y aéreas manejadas por el Estado. En el caso del kirchnerismo, la matriz se repite, con políticas tales como la reestatización de los ferrocarriles, la aerolínea de bandera, o la explotación hidrocarburífera, actividades que habían sido privatizadas durante la orgía neoliberal de la década de 1990.

En tercer lugar, el estímulo al consumo de las capas medias y populares como motor económico por excelencia, con atención a la industrialización para abastecer al consumo interno, en detrimento del modelo agroexportador, que es el que defiende históricamente la oligarquía argentina.

La raigambre popular del movimiento “kirchnerista”, el origen humilde de sus líderes, la capacidad para canalizar demandas de derechos civiles y sociales, a los que en la “década ganada” se sumó el reclamo por los derechos humanos, propio de la era de la posdictadura, también entroncan con la tradición del movimiento que debe su nombre a la justicia social que persigue. Son estos los elementos que cuajan en la sociedad y explican la profunda adhesión popular, rayana en lo religiosa, al peronismo y a su heredero, el kirchnerismo.

A diferencia de otros movimientos populares, el peronismo fue capaz de romper la barrera que separa a la política del pueblo. La relación íntima de retroalimentación entre el peronismo/kirchnerismo y su pueblo es posible por el origen social popular de los cuadros que han liderado a esos movimientos, por la capacidad de hacer carne la idiosincrasia popular argentina y por el reconocimiento de los trabajadores argentinos de su estatus de agentes de la construcción de una nación. El carácter concreto y asequible y a la vez profundamente humano del discurso peronista hizo posible que la relación entre este movimiento y sus seguidores penetrara en el corazón del pueblo, de manera tal de perdurar en la memoria colectiva bajo ese halo de ensueño que rodea al peronismo, resumido en la consigna: “los días más felices fueron, son y serán peronistas”, que describe con la sencillez del lenguaje popular la experiencia de comunión, de fraternidad, de pertenencia que fueron las características de ese tiempo.

El peronismo ha sido revolucionario en sus métodos y en sus efectos. La sociedad argentina es imposible de pensar sin el estudio minucioso de la década del gobierno de Juan Perón, las dos décadas de proscripción subsiguientes y los intentos reaccionarios de eliminar al peronismo de la faz de la Tierra, que fueron las sucesivas dictaduras gorilas. Si la Ilustración fue considerada por Kant como la salida de la humanidad de la minoría de edad a que se había sometido ella misma tras siglos de un presunto oscurantismo, el peronismo es la salida de la sociedad argentina de la minoría de edad, implica la maduración de la clase trabajadora argentina y el reconocimiento de ella misma de su capacidad creadora, de su potencial revolucionario y de su carácter protagónico en la construcción de la patria.

En espejo, si la clase trabajadora creó a Juan Perón como líder popular, cuando un 17 de octubre se volcó a las calles el “subsuelo de la patria sublevado” en reclamo de la libertad de aquel coronel que había cometido la osadía de reconocerles a los trabajadores sus derechos laborales, del mismo modo Juan Perón creó la clase trabajadora argentina, puesto que luego del surgimiento de la doctrina justicialista la historia argentina no volvería nunca a ser la misma.