En la historia de las relaciones internacionales, la primera unidad política en utilizar de forma consciente, sistemática y premeditada el imperialismo cultural —es decir, la subordinación ideológico-cultural como herramienta fundamental de su política exterior para imponer su voluntad a las otras unidades políticas— fue Gran Bretaña. Los británicos exportaron como ideología de dominación el libre comercio, idea que se cuidaron muy bien de no aplicar sobre su propio territorio. En Argentina, el primer intento denodado por desafiar esa lógica de dominación imperial a través de una insubordinación fundante del ser nacional lo ha constituido el gobierno de Juan Domingo Perón.

Una de las cuestiones más llamativas y a la vez más ignoradas de la historia de las relaciones internacionales se refiere al hecho de que a partir de su industrialización Gran Bretaña pasó a actuar con deliberada duplicidad. Una cosa era lo que efectivamente había realizado en materia de política económica para industrializarse y progresar industrialmente y otra muy distinta la que propagaba ideológicamente con Adam Smith y otros voceros. Inglaterra se presentaba al mundo como la patria del libre comercio, como la cuna de la no intervención del Estado en la economía, cuando en realidad había sido en términos históricos la patria del proteccionismo económico y del impulso estatal.

De esa forma, la subordinación ideológica en las naciones que aceptaron los postulados del libre comercio se constituyó en el primer eslabón de la cadena que las ataba y condenaba al subdesarrollo endémico y a la subordinación política, más allá de que lograran mantener los atributos formales de la soberanía. Por lógica consecuencia, para que a partir de entonces un proceso emancipatorio emprendido por cualquier unidad política sometida a la subordinación ideológica británica fuese exitoso debía necesariamente partir de la ejecución de una insubordinación fundante, es decir, de la puesta en marcha de una insubordinación ideológica consistente en un rechazo de la ideología de dominación difundida por Gran Bretaña. Eso debía ser complementado por la aplicación de un adecuado impulso estatal que pusiese en marcha el proceso de industrialización y de reconstrucción del ser nacional. Fue gracias a la realización de sus respectivas insubordinaciones fundantes que países como los Estados Unidos, Alemania, Japón, Canadá y Corea del Sur lograron industrializarse y reconstruirse moralmente, factores estos que le posibilitaron a cada una de estas naciones convertirse en unidades políticas efectivamente independientes. A partir del proyecto político de Perón, Argentina no alcanzó tal grado de desarrollo no por ausencia de un impulso a la insubordinación fundante, sino por la intervención directa del poder imperial sobre el gobierno legítimo a través del golpe de Estado de septiembre de 1955.

Política y economía en los países subordinados

José Pablo Feinmann afirma que “para Perón la economía sólo existe en tanto es orientada por un proyecto político nacional. Si hay política, hay economía. Si no hay política, la que se adueña de todo es la economía. Y como la economía la dominan los países centrales, son ellos los que se adueñan del país cuando el país carece de un proyecto político que los enfrente. ¿Qué requiere un proyecto político que haga de la economía uno de sus resortes, pero no su fundamento? Requiere un Estado fuerte”. Fue justamente un Estado fuerte el que construyeron, por ejemplo, los Estados Unidos luego de la guerra civil, tras la victoria del norte industrialista sobre el sur librecambista y probritánico.

Nada quedó en los Estados Unidos librado a la mano mágica del mercado. Para garantizar el desarrollo industrial en su territorio, luego de la guerra civil los Estados Unidos debieron regular y limitar enérgicamente la inversión extranjera en recursos naturales, los derechos de explotación minera a ciudadanos norteamericanos y sociedades anónimas estadounidenses, prohibir la compra de tierras por parte de extranjeros no residentes, establecer una barrera arancelaria para proteger a la industria norteamericana de la competencia británica y utilizar la indisciplina monetaria y financiera para solventar su desarrollo industrial. Hasta 1862, es decir, hasta el fin de la guerra, Estados Unidos había sido un país dependiente del monocultivo del algodón con todas las características de un país periférico.

Los países dependientes son países pobres o relativamente pobres, monoproductores o, en el mejor de los casos, proveedores de varias materias primas. Y económicamente débiles. Pero como lo demuestra la historia de los Estados Unidos, Canadá y Australia, por mencionar algunos ejemplos, no son dependientes porque son pobres, son pobres porque son dependientes, como otra vez señala Feinmann: “Esta dependencia les ha sido impuesta por las naciones imperialistas, quienes han realizado su política de dominación con la más poderosa de sus armas: la economía. ¿Por qué el libre comercio de Smith y Ricardo? ¿Por qué esa confianza en la mano invisible? Porque ahí ganaban ellos, los dueños de la economía. Lo dice Canning cuando festeja la liberación de Hispanoamérica: ‘Si llevamos bien nuestros negocios es nuestra. Nada de cañonazos ni soldados, la economía se encargará de la política de dominación’”.

La estructura económica neocolonial

El modelo económico instaurado después de Caseros le había dado a la Argentina una fisonomía agrícola-ganadera dependiente. Una fisonomía análoga a la que tenían los Estados Unidos de Norteamérica hasta el triunfo en su guerra civil. En Argentina, el modelo agrícola-ganadero fue acompañado por “un modelo educativo que impedía toda conciencia industrialista en el sector empresario: sus hábitos mentales inducidos lo empujaban a considerar como poco noble dedicarse a las manufacturas”, afirma Fermín Chávez. De hecho, si bien la I Guerra Mundial, la depresión de 1929/1930 y el estallido de la II Guerra Mundial habían promovido un cierto desarrollo fabril, se miraba a esa industria “como un sucedáneo artificial, destinado a desaparecer en cuanto se normalizasen las apuntadas circunstancias excepcionales”.

Por otra parte, el Banco Central creado en 1935 tendría como funciones principales la de determinar la orientación del crédito (cosa que en términos más completos incluye el manejo de la tasa de interés y con ello el poder de acelerar o desacelerar la economía), la paridad monetaria y la emisión del circulante. Quedó entonces organizado como una institución de capital mixto conformada por el Banco de la Nación Argentina, los bancos provinciales, las entidades bancarias de capital privado consideradas como empresas argentinas y los bancos extranjeros. Así conformado el Banco Central, el Estado nacional en el caso de que pudiera convencer a las provincias de que votaran siempre de forma conjunta con él podía llegar a reunir, como máximo, 2777 votos en la asamblea accionaria de esa entidad. La banca privada en su conjunto podía reunir nada menos que 5941 votos.

La estructura económica de la Argentina sobre la que tuvo que operar el peronismo era verdaderamente neocolonial. Pero este hito —la creación de un Banco Central controlado por el capital foráneo —la hizo peor aún porque había quedado “institucionalizada” y con plena dominación de la economía doméstica. Un Banco Central “privado” se constituirá así en piedra angular de la estructura neocolonial —es decir, de la dominación del capital extranjero que en ese momento era mayoritariamente inglés— sobre la Argentina. El Estado argentino perdería entonces total poder sobre su política económica interna, dejando aun las decisiones más coyunturales en manos del extranjero. Así, en la práctica la banca extranjera “orientó” la política económica argentina desde 1935 hasta 1946.

La conclusión es que la economía argentina era dirigida completamente por la banca de Gran Bretaña. Nacionalizar el Banco Central significaba entonces herir de muerte al dominio profundo, sutil y casi imperceptible que los británicos ejercían sobre la Argentina y justamente esa herida mortal infligida a la dominación británica fue lo que la élite política de ese país no perdonaría jamás a Juan Domingo Perón.

El mundo según los Estados Unidos

El politólogo e historiador estadounidense John Lewis Gaddis afirma que, durante el transcurso de la II Guerra Mundial, “los líderes norteamericanos consideraban que la reconstrucción de la economía mundial era un objetivo a lograr, tan importante como la autodeterminación si es que se quería terminar verdaderamente con las causas de la guerra”. Cabe entonces preguntarse: ¿cómo debía reconstruirse la economía mundial según los líderes norteamericanos? Para ellos, responde Gaddis, era claro que los nacionalismos económicos eran la causa principal de las guerras y que, por lógica consecuencia, la economía mundial que los Estados Unidos debían reconstruir después de la guerra era una economía basada en el libre comercio absoluto. “El veterano secretario de Estado Cordell Hull —sostiene Gaddis— hacía ya mucho que se había convencido de que los nacionalismos económicos eran la causa de las guerras. La solución, creía Hull, era eliminar las barreras comerciales de cualquier tipo para que todo el mundo comerciara con todo el mundo”.

Es de suponer entonces cuál sería la posición de los Estados Unidos ante la aparición de un joven coronel que en los confines de la periferia decidía aplicar todo tipo de trabas al comercio internacional para defender la industria naciente de su propia nación. Ciertamente no había ninguna originalidad en el discurso de Cordell Hull, pues era lo que habían sostenido siempre los liberales clásicos. Hull retomaba en su discurso el pensamiento de David Ricardo y John Stuart Mill de que el proteccionismo económico era la principal causa de las guerras y el libre comercio, la mejor garantía para la paz. Lo novedoso era que lo expresara el secretario de Estado de una nación que había aplicado y defendido desde su independencia el más feroz proteccionismo económico.

Es poco después de junio de 1943 que el secretario de Estado Cordell Hull eleva como propuesta al presidente Roosevelt el primer plan de intervención militar en Argentina para acabar con el gobierno surgido en Buenos Aires en junio de 1943. La “sugerencia” norteamericana, encarnada en el secretario de Estado Hull, era que Brasil debía cooperar con los Estados Unidos bombardeando Buenos Aires con armas norteamericanas. La propuesta contó con el beneplácito de algunos diplomáticos y militares brasileños que se entusiasmaron con la ilusión de que, en compensación por el esfuerzo realizado, Brasil podría extender sus fronteras hasta el río Paraná, ocupando las provincias argentinas de Misiones, Corrientes y Entre Ríos. Sin embargo, la oferta fracasó por no recibir apoyo del presidente Getulio Vargas.

Cordell Hull acusó entonces al gobierno argentino de haber promovido el golpe de Estado de diciembre de 1943 que derrocó en Bolivia al presidente Enrique Peñaranda y de pretender expandir la influencia del gobierno argentino a Paraguay, Uruguay, Chile y Perú.

En febrero de 1944 el almirante norteamericano Jonas H. Ingram al mando de una escuadra conformada por barcos estadounidenses y brasileños se aproximó a la Argentina con el objetivo específico de “promover el bloqueo del Río de la Plata, lo que por cierto precipitaría el conflicto armado forzando a Brasil a invadir la Argentina”. Una vez más, solo la oposición del presidente Getulio Vargas hizo que la amenaza de la invasión norteamericano-brasileña se desvaneciera momentáneamente.

El significado profundo de las elecciones de 1946

Después de su triunfo electoral en febrero de 1946, Juan Domingo Perón le pidió al General Farrell la creación de cuatro instrumentos decisivos para poder poner en marcha el proceso de insubordinación fundante en Argentina: la nacionalización del Banco Central y de los depósitos bancarios, la asunción por parte del Banco Central de todas las facultades relativas al control de cambio y la creación del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI). Medidas todas implementadas por decretos-ley por el presidente Farrell antes de junio de 1946.

Entonces los principales países latinoamericanos a raíz del estallido de la II Guerra Mundial, que interrumpe casi totalmente el suministro de los productos industriales desde Europa y Estados Unidos, inician un proceso de industrialización acelerada. Un proceso anárquico y no planificado, sino hijo de la necesidad de abastecerse de bienes de consumo imposibles de ser importados desde las metrópolis industriales. Aunque en menor escala, el mismo fenómeno se había producido ya durante la I Guerra Mundial. La interrupción de las importaciones había creado las condiciones necesarias para el desarrollo industrial.

No se puede entender la historia reciente de América Latina sin comprender que el objetivo de los Estados Unidos —convertido en campeón del libre comercio luego de haber sido durante casi 100 años la patria del proteccionismo económico— era que cuando terminara la guerra todo volviera a la normalidad, los países latinoamericanos siguieran exportando productos primarios e importando productos industriales.

Curiosamente se pasa por alto en los estudios sobre el peronismo que, en las elecciones de 1946, lo que estaba en juego era si la Argentina iba a seguir el “consejo” de los Estados Unidos de aplicar una política basada en el libre comercio o si, en cambio y de alguna manera, iba a intentar defender su industria naciente.

Es claro que la Unión Democrática, conformada entre otros partidos por la UCR y el Partido Socialista e integrada por muchos sectores como la Sociedad Rural y finalmente patrocinada, financiada y organizada por el embajador de los Estados Unidos de Norteamérica, en caso de triunfar en las elecciones hubiese seguido el “consejo” norteamericano de llevar adelante una apertura irrestricta de la economía argentina. Y es claro que el peronismo intentó defender la industria naciente del país. Este es el hecho que nos permite afirmar que el peronismo representó el intento de realizar una insubordinación fundante. Rechazó la ideología del libre comercio propuesta primero por Gran Bretaña y después por los Estados Unidos e intentó, mediante el impulso estatal, poner en acto las potencialidades de la Argentina. El rechazo del libre comercio (apertura indiscriminada de la economía que hubiese llevado al “infanticidio” industrial argentino y generado la indigencia de las 720.000 personas que por inicios de la década de 1940 dependían de la industria para su subsistencia) y el intento de aplicar una política pro industrial alcanzan para calificar al peronismo como un intento de insubordinación fundante.

La decisión del gobierno peronista de implementar una serie de medidas que sirvieran de protección a la industria nacional para evitar esa especie de “infanticidio industrial” impidió que la Argentina se desindustrializara, volviendo a la condición de exportadora exclusiva de productos primarios sin elaboración. Así, mientras los países latinoamericanos se sometían a un proceso de reprimarización de sus economías, la Argentina peronista profundizaba su proceso de industrialización y los trabajadores participaban del 50% del Producto Bruto Interno.

Es este razonamiento el que nos lleva a afirmar que el peronismo no fue tan importante por lo que hizo, sino por lo que no dejó hacer. De haber triunfado la Unión Democrática se hubiese producido, empleando una terminología acuñada por Alexander Hamilton, secretario del Tesoro y padre del industrialismo norteamericano, un “infanticidio industrial”.

A esta afirmación se le podría oponer la idea de que la política industrial del peronismo fue, en términos coloquiales, una política de pan para hoy y hambre para mañana, pues se basó en la industria liviana y no en la construcción de la industria pesada. A la acusación de no haber comenzado por la industria pesada, resulta interesante la refutación hecha por Arturo Jauretche: “Las industrias se crean en el orden de las necesidades del mercado y el primer mercado es el de la industria liviana, que a su vez origina el de la industria pesada. Pero, aunque el argumento en contra fuera válido en un mundo abstracto, no es válido en el mundo concreto. Parece que se olvidan deliberadamente de que el país estaba bloqueado internacionalmente, que regían para el mismo toda clase de trabas financieras y que nos estaba cerrado totalmente el acopio de materiales críticos”.

Por otra parte, Jauretche hace notar que muchos economistas razonan como si la política no existiese, como si una medida económica pudiese ser tomada y aplicada sin consideración alguna de la situación política. Es en ese sentido que afirma: “Por otra parte, postergar el desarrollo de la industria liviana a un hipotético desarrollo de la industria pesada significaba destruir la base de sustentación democrática de los gobernantes. Surgidos estos de la voluntad de un pueblo en ascenso, se pretende que frenaran las formas de producción que originaban ese ascenso, tal vez por simple imitación del sistema aplicado en los regímenes totalitarios. Hitler podía imponer coercitivamente sacrificios de esa naturaleza, como el de ‘menos manteca y más cañones’. También Stalin lo hizo en sus sucesivos planes, pero esta política era impracticable en la Argentina, además de disparatada, por lo dicho anteriormente. La industria pesada debía venir en su hora. La verdad es que en definitiva todo lo que existe en la materia tiene su punto de partida allí”.

El impulso estatal y la defensa de la industria naciente: pilares de la insubordinación

El Primer Plan Quinquenal estimuló entonces la industria liviana con el propósito de evitar la desocupación en la posguerra. Es decir, la desocupación que se hubiera producido si el peronismo hubiese aceptado las “sugerencias” venidas de Washington de aplicar una política absolutamente librecambista.

Sin embargo, el dato políticamente más relevante que los economistas suelen desconocer por su falta de formación en historia de las relaciones internacionales es que, terminada la II Guerra Mundial, los Estados Unidos comenzaron a predicar en el mundo que el origen de las guerras y del fascismo se encontraba en el proteccionismo económico. Si el razonamiento norteamericano fuese correcto, habría que concluir que George Washington, al aplicar un programa económico basado en el proteccionismo siendo presidente de los Estados Unidos, fue decididamente un líder fascista.

Se comprende entonces la enorme presión a la que estuvo sometido el peronismo, decidido a llevar a cabo una política de protección de la industria nacional. Con su política económica, el peronismo se insubordinaba como en su momento lo habían hecho el propio Estados Unidos, Alemania y Japón a los dictados de la potencia hegemónica y por ello tuvo que resistir todo tipo de presiones y agresiones. En ese marco poco importa saber si el peronismo estableció o no una jerarquía clara de objetivos o si estableció minuciosamente los instrumentos específicos a utilizar para alcanzar las metas generales, definidas en el Plan Quinquenal como ingenuamente pretenden algunos economistas sin entender que la improvisación se debía, entre otros motivos, a que la Argentina estaba casi en estado de guerra con Estados Unidos, potencia que no estaba dispuesta a permitir en su zona de influencia ninguna experiencia proteccionista ni proindustrial.

El peronismo intentó defender a la industria naciente con una batería de medidas, pero importa destacar en ese sentido que una de las más significativas fue la política crediticia desarrollada a través del BCIA (Banco de Crédito Industrial Argentino) y el Banco de la Nación Argentina, de los bancos provinciales y de otros organismos financieros como el IAPI o el IMIM, que movilizaron depósitos y otros recursos financieros para las necesidades de las actividades productivas.

El impulso estatal necesario para poner en acto todas las potencialidades contenidas en la Argentina, en su territorio y en su gente, fue llevado a cabo por el peronismo principalmente a través de la planificación y ejecución de un plan de obras públicas que, por su envergadura, nunca antes se había visto en la historia argentina. Sin embargo, más allá de la enumeración realizada con mala gana por muy pocos de los académicos que se han dedicado a estudiar al peronismo, la descripción de las obras y la explicación de la importancia de cada una de ellas brilla acientíficamente por su ausencia.

Como el déficit energético estructural de la Argentina impedía el desarrollo industrial y constituía el talón de Aquiles de cualquier proyecto industrializador, el esfuerzo principal del gobierno peronista estuvo dirigido a la superación de ese problema estratégico. El plan de obras públicas se puso en marcha el 19 de enero de 1947, apenas cumplidos 6 meses de la asunción oficial del gobierno por parte del presidente Perón el 4 de junio de 1946. Las primeras medidas consistieron en terminar las obras iniciadas por la revolución del 4 de junio de 1943: los diques Escaba en Tucumán y Nihuil en Mendoza, con sus centrales hidroeléctricas y el dique Los Quiroga, en Santiago del Estero.

Si entendemos entonces que una insubordinación fundante consiste en el rechazo de la ideología de subordinación exportada por la o las potencias dominantes, más la aplicación de un adecuado impulso estatal, no cabe duda alguna de que el peronismo constituyó un intento de insubordinación fundante. Intento, no obstante, que quedó trunco porque fue interrumpido por el golpe militar que en septiembre de 1955 derrocó al gobierno constitucional presidido por Juan Domingo Perón. El peronismo es una insubordinación fundante, hispanoamericana, nacionalista y formadora de una idiosincrasia argentina e hispana que quedó inconclusa no por falta de proyecto o de impulso, sino abiertamente como consecuencia de la violencia que se aseguró, aunque fuese por algunas décadas, el rol de colonia de la Argentina. Será imprescindible refundar ese espíritu de insubordinación a la doctrina liberal foránea para que el pueblo argentino recupere las riendas de su propio destino.