En siglos de tradición cristiana en Occidente y en las colonias, la navidad ha sido la celebración universal por antonomasia más allá de las pascuas y el día de acción de gracias, tan típico de los cristianos protestantes anglosajones, especialmente en los Estados Unidos, que tienen un significado si se quiere menor o geográficamente restringido en comparación con la costumbre cultural de reunirse en familia cada 24 de diciembre para celebrar la nochebuena y la llegada de la fecha que convencionalmente se considera como la del nacimiento de Jesucristo. Alrededor de todo el planeta, casi una tercera parte de la humanidad o unos 2.400 millones de cristianos detienen sus actividades habituales para las celebraciones de la fecha más importante del calendario. Guerras y revoluciones se han puesto en pausa durante casi dos milenios desde la Antigüedad tardía hasta el presente para que en familia el hombre pudiera cumplir con una tradición que siempre ha sido mucho más cultural que religiosa, aunque para algunos sin menoscabo de este último elemento.

Guerras y revoluciones, como veíamos, se han visto interrumpidas momentáneamente por navidad, al igual que otros eventos de gran magnitud a lo largo de la historia. La navidad es lo más sagrado en un sentido ampliamente cultural incluso para los pueblos en países donde el cristianismo ha languidecido hasta virtualmente dejar de existir en la práctica y es también por eso que más allá de la incidencia de la religión el hábito de conmemorar la navidad se ha generalizado hasta convertirse en un sinónimo de civilidad, con un sentido más bien ecuménico. Es una tradición fuerte de la humanidad en Occidente y en sus colonias de América, África, Oceanía e incluso en algunas partes de Asia, en virtud de la acción colonizadora occidental desde el siglo XV en adelante. Una tradición fuerte a la que nadie se había animado a cuestionar, por lo menos hasta el presente.

Pero una auténtica señal de los tiempos habría de darse en los últimos días de este 2021 —el que pasará a la historia como el año en el que se quiso suspender la navidad por decreto— cuando a pocas horas de nochebuena el titular de la Organización Mundial de la Salud (OMS) Tedros Adhanom Ghebreyesus lanzó al mundo una dura advertencia: celebrar la navidad en familia podría ser peligroso en el marco de la pandemia del coronavirus. En línea con dicha advertencia, la OMS “recomendaba” suspender las celebraciones de la festividad más importante para el tercio cristiano de la humanidad, lo que fue recibido con una mezcla de estupor y chacota en países como el nuestro. “Es mejor cancelar ahora y celebrar más tarde, que celebrar ahora y estar de luto más tarde”, decía Tedros Adhanom, desde la comodidad de una rueda de prensa en Suiza, refiriéndose a las celebraciones de navidad.

El director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom, aquí saludando al líder chino Xi Jinping. Al retirar los Estados Unidos su financiación regular a la OMS, este organismo multilateral de fármacos quedó enteramente bajo el control del gigante asiático, de la industria farmacéutica y de “filántropos” como Bill Gates, quien hoy por hoy aporta de su inmensa fortuna buena parte del dinero que la OMS necesita para seguir funcionando. De hecho, Gates —un privado— es el segundo mayor aportante de fondos al organismo, sin que nada de eso aparentemente le haga ruido a nadie.

Se quiso entonces suspender por decreto o por “recomendación sanitaria”, que equivale en los días de hoy a un decreto, la navidad desde uno de los centros del poder global en el mundo y esa maniobra se instrumentó con el señalamiento de los peligros de contagio del coronavirus en la mesa familiar. La observación superficial que carga sobre las individualidades la explicación de los procesos políticos concluirá que a un Tedros Adhanom etíope, ateo y marxista la navidad le tiene sin cuidado al no ser parte de su tradición cultural o ideológica, pero esa sería una explicación escasa, digna de la tradición historiográfica liberal. No sería por el gusto estético o ideológico de un solo hombre que un organismo multilateral como la OMS se pondría en frente a prácticamente un tercio de la población mundial materializada en una cristiandad multitudinaria, eso no tendría sentido.

¿Qué cosa habrá motivado entonces al exguerrillero del Frente de Liberación Popular de Tigray a intentar suspender la festividad cristiana universal? Pues está claro a esta altura de los hechos que la OMS realmente no persigue un fin sanitario, sino más bien geopolítico, o que no existe para ocuparse de la salud mundial. Más allá de la figura de un Tedros Adhanom investigado por Human Rights Watch por una gestión autoritaria como ministro de Salud en Etiopía, la OMS que él dirige con mano de hierro apoyado principalmente por China y por famosos “filántropos” como Bill Gates, entre otros oscuros magnates, es el equivalente al Fondo Monetario Internacional (FMI) en todo lo que se refiere al control y a la gestión global de lo sanitario. Podría decirse entonces que la OMS es el FMI de los fármacos o que, alterando el orden de los factores, el FMI es la OMS de las finanzas. Sea como fuere, lo que hay en realidad son organismos multilaterales de saqueo a la soberanía política y a la independencia económica de las naciones, allí donde la “multilateralidad” no es más que un pretexto para la imposición de una estrategia colonial que no es nueva, aunque se presenta como novedosa: el sometimiento de países al poder global ya no por la fuerza de las armas, sino por la destrucción de sus estructuras sociales.

La relación entre el carácter neocolonial de la OMS y su proyecto de suspensión de festividades universales por decreto se encuentra en medio a la larga descripción de cómo el poder fáctico desterritorializado, apátrida en todo sentido, fragmenta las naciones mediante la destrucción de la cultura que es la amalgama de todo pueblo-nación y no es precisamente el objeto de este modesto artículo. Habrá visto ya el atento lector en las páginas de esta revista sendos análisis sobre la cuestión del ejercicio del poder sobre los territorios, la espada o la deuda en los términos planteados por John Quincy Adams, quien fuera el sexto presidente de unos Estados Unidos en plena etapa de liberación nacional. Los organismos multilaterales son precisamente la institucionalización del ejercicio del poder sobre los territorios, aunque hay mucho más.

Un viejo conocido en las páginas de esta revista, John Quincy Adams fue el sexto presidente de los Estados Unidos en la etapa de liberación nacional de dicho país y, desde ese lugar, concluyó que existen dos formas de dominar una nación. La primera es la espada, la guerra común y silvestre. La segunda, mucho más sutil, es la deuda. Para el control de los territorios las potencias globales siempre alternaron entre esos métodos, pero la posmodernidad habría de enseñar que ninguna dominación es completa sin una gestión integral del miedo, del deseo y de la voluntad de los hombres que habitan el territorio.

Para dar cuenta del ejercicio del poder sobre el cuerpo de los individuos y ya no solo sobre los territorios donde dichos individuos habitan, el filósofo francés Michel Foucault acuñó en la década de los años 1970 las categorías de biopolítica y biopoder, ambas en relación con una forma de gobernanza y control social que el mismo Foucault llamó “gubernamentalidad”. Estos tres neologismos importados de la lengua francesa pueden parecerle al atento lector un tanto estrambóticos, de difícil comprensión, pero no son más que la descripción objetiva de la gestión que el poder hace del miedo, del deseo y de la voluntad de los individuos en una sociedad para lograr reemplazar el costoso sistema de represión a los díscolos. En una palabra, veremos en estas páginas un análisis de una hipótesis foucaultiana que hasta hoy no ha podido falsarse: la de que mucho antes de la formación de una disidencia el poder ya controla la subjetividad de los individuos para que estos hagan exactamente lo que el poder quiere que hagan y, lo que es aún mejor (o peor, según desde donde se lo mire), con esos individuos creyendo erróneamente que obran en función de su propio deseo.

El miedo, el deseo y la voluntad

Bien observada y reducida a una simplificación, la “gubernamentalidad” que plantea Foucault no es otra cosa que la gestión previa de las aspiraciones y de los temores del individuo humano con la finalidad de orientar y limitar su comportamiento hacia y dentro de unos límites bien establecidos. Desde el punto de vista del poder, un territorio no puede dominarse y explotarse en sus riquezas adecuadamente en el mediano plazo si sobre ese territorio hay individuos cuyo comportamiento está por fuera de la racionalidad propuesta por el explotador. Y eso es cultura. Un ejemplo de dicha problemática fue la invasión militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) liderada por los Estados Unidos e impulsada por las corporaciones petroleras a Irak y Afganistán. Apresurados por hacerse de los recursos de esas naciones soberanas y evitar una nueva crisis del petróleo a principios de este siglo, las potencias globales y el poder fáctico se montaron sobre pretextos como el del terrorismo internacional o de la violación de los derechos humanos para hacer una incursión armada en esos países de Oriente Medio. Se lanzaron a la campaña entonces las fuerzas armadas mejor equipadas del mundo contra dos naciones tecnológicamente muy atrasadas y el resultado, no obstante, fue un rotundo fracaso: la explotación de los recursos naturales petroleros fue siempre dificultosa mientras duró la invasión y la propia ocupación no pudo sostenerse en el tiempo.

¿Por qué? Porque tanto en Irak como en Afganistán los individuos no habían sido aún debidamente aculturados para desear la ocupación ni para temer las consecuencias de sublevarse eventualmente contra la bota que los oprimía. La cultura general de los pueblos iraquíes y afganos no había sido objeto de un trabajo previo de aculturación —el que por otra parte requiere de cantidades ingentes de inversión y tiempo, sin garantía de éxito— y fueron constantes entonces los movimientos de sublevación en la forma de guerrilla por todo el territorio ocupado, lo que se materializó en atentados contra los proyectos de infraestructura necesarios para las correctas exploración y explotación de esos recursos naturales que yacen bajo la tierra. Dicho de otra forma, tanto en Irak como en Afganistán la mayoría del pueblo nunca aceptó la invasión occidental a los territorios sobre los que habitaban. Hubo control territorial, pero no hubo control del deseo, del miedo y de la voluntad de los hombres que allí vivían. Y esa no es la “gubernamentalidad” foucaultiana.

Las campañas militares de la OTAN liderada por los Estados Unidos en Irak y Afganistán no tuvieron un correlato previo de gestión de la subjetividad de los iraquíes y los afganos para que estos desearan la invasión extranjera y/o temieran sublevarse en su contra. Y el resultado fue una ocupación dificultosa, imposible de sostener en el tiempo. En países donde el pueblo está culturalmente educado para la resistencia el uso de la fuerza bruta no da buenos resultados y es incluso contraproducente.

Culturalmente educada en milenios para la resistencia al mandato foráneo, la generalidad de los individuos en esa región no podía obrar ni obró dentro de los límites de “civilidad” impuestos por el invasor occidental, nunca asimiló la “democracia” representativa con los dirigentes oficialistas y opositores en alternancia controlada para la defensa del statu quo colonial. Lo que hubo en realidad fue toda una política real desplegada en la clandestinidad por fuera del sistema institucional artificial instalado ad hoc por las potencias interesadas en la ocupación del territorio. Y todo eso porque el hombre promedio tanto en Irak como en Afganistán no había sido previamente aculturado para que se gobierne a sí mismo dentro de los límites de la racionalidad colonial, no se había autoimpuesto culturalmente dichos límites.

El ejemplo de Irak y Afganistán es histórico y es genérico para la explicación que aquí se quiere dar sobre la gestión del miedo, del deseo y de la voluntad de los individuos en un grupo, por supuesto, aunque es a la vez prácticamente muy revelador de cuán compleja es esta “gubernamentalidad” foucaultiana. Desde el punto de vista del poder dominante, nuevamente, el control del territorio es inviable si no se complementa del control del comportamiento de los individuos que habitan el suelo, son dos dimensiones de la dominación que no pueden ser la una sin la otra. Occidente no tuvo el control cultural de la región antes de lanzar su campaña bélica y es precisamente ese control cultural el que garantiza la “gubernamentalidad”, la autogestión individual de todo el grupo social dentro de los límites del statu quo colonial.

Ahora bien, la brutalidad de la OTAN en Oriente Medio no es la regla, sino más bien la excepción en la praxis neocolonial desde el siglo XIX en adelante. Las invasiones inglesas de 1806 y 1807 al territorio del Virreinato del Río de la Plata (lo que luego sería nuestra Argentina) sirvieron para que la corona británica tomara nota de inviabilidad de una invasión militar allí donde los hombres que habitan el suelo aún no están culturalmente preparados para legitimar sobre sí mismos la dominación foránea. Después de ser rechazados por un pueblo que no los aceptaba, los ingleses empezaron a desplegar estrategias mucho más sutiles de dominación económica y cultural, mucho más con la deuda de la Baring Brothers que con la espada de sus Highlanders. Juan Manuel de Rosas habría de ser luego un intento de lo que el politólogo Marcelo Gullo califica como insubordinación fundante y por eso otra vez iban a tronar los cañones de los ingleses —ahora en alianza contra natura con los franceses, sus enemigos históricos— en Vuelta de Obligado, de nuevo sin mucho éxito. Sin la gestión del deseo, del miedo y de la voluntad de los individuos, el grupo no tolera un control territorial por parte de una potencia alienígena, no hay “gubernamentalidad” y la campaña tiende a fracasar en el corto y en el mediano plazo sin que se pueda extraer del territorio todo el rédito proyectado que había motivado la campaña en primer lugar.

A pesar de que los funcionarios de la corona española —salvo Manuel Belgrano— juraron rápidamente lealtad a Gran Bretaña en las invasiones inglesas, el pueblo de Buenos Aires seguía siendo leal al rey de España y se organizó para resistir hasta expulsar de estas tierras al invasor. Los ingleses habrían de comprender que los métodos brutales del colonialismo clásico estaban ya obsoletos y pasaron a invertir mucho más en la dominación diplomática, económica y cultural que en fusiles.

Pero Rosas es el resultado de una cultura que todavía no se había puesto en caja, como se usa decir, de un pueblo argentino que había logrado liberarse del yugo colonial español y no había sido aculturado para desear otro collar foráneo. Son menos de cuatro décadas las que hay entre la última invasión inglesa al Virreinato del Río de la Plata y la agresión de Vuelta de Obligado contra los criollos de la Confederación Argentina, tiempo insuficiente para adiestrar a las generaciones en la sumisión. Aun habiendo logrado vencer la resistencia del General Mansilla y habiendo roto las cadenas dispuestas en la angostura del Río Paraná, ingleses y franceses no pudieron establecer el libre comercio río arriba al encontrarse con resistencia por doquier. Esa misma es la resistencia de la que habla Foucault en oposición a la “gubernamentalidad” normalizadora del poder.

Entonces el poderoso ya sabe con precisión que en esta nueva geopolítica de corporaciones contra Estados-nación la clave del triunfo está en establecer una “gubernamentalidad” estable y duradera y que eso no se hace a la fuerza brutal de los tiros. Por el contrario, la cuestión reside en la gestión del deseo, del miedo y de la voluntad de los individuos que habitan el territorio que se quiere colonizar para asegurar la libre extracción de los recursos naturales y los alimentos. El criollo en las invasiones inglesas, luego en la gesta de Vuelta de Obligado y después el iraquí o el afgano en las precipitadas campañas de la OTAN en Oriente Medio fueron individuos cuya subjetividad no había sido aún debidamente colonizada y así fueron igualmente los vietcongs descalzos de Ho Chi Minh en Vietnam y tantos otros a lo largo de la historia. Fueron, en una palabra, hombres cuyo deseo y cuyo miedo no estaban dentro de los límites de la racionalidad normalizadora del invasor y por eso lucharon por su liberación, tenían voluntad de liberarse y no de someterse.

Ingeniería social

De amenaza en amenaza, el poder fáctico global que hoy está perfectamente materializado en las corporaciones de propiedad de unas élites mundiales muy reducidas ha intentado dar con la “fórmula mágica” para la gestión del miedo, del deseo y de la voluntad de los individuos en todas partes, una suerte de panacea universal que pueda aplicarse para someter tanto a un polinesio como a centroafricano o a un hispano de América mediante la imposición de una vez y para siempre de los límites racionales de la “gubernamentalidad” foucaultiana. Esa panacea siempre se les presentó frente a las élites globales como una utopía, la de cómo formular una amenaza universal que sirva para normalizar a cualquier hombre, más allá de su cultura particular y del lugar que ocupa en la distribución geográfica de la humanidad en un mundo muy vasto. Y la respuesta al enigma, como veremos, siempre estuvo explícita en la hipótesis de Foucault sobre la “gubernamentalidad”, siempre estuvo en las categorías de biopolítica y biopoder, pero con una pequeña vuelta de tuerca.

En la Batalla de Vuelta de Obligado los ingleses se asociaron con los franceses, sus enemigos de toda la vida, para intentar por última vez vencer la resistencia de los criollos, ahora en la ya independiente Confederación Argentina. Pero el resultado fue el de siempre: triunfo militar y posterior derrota a manos de la resiliencia de los civiles, los que no estaban aún culturalmente preparados para aceptar una bota inglesa sobre el suelo argentino.

En las categorías posestructuralistas de Foucault, la biopolítica y el biopoder son la prerrogativa del Estado para la gestión del cuerpo del hombre en un sentido de normalizarlo y tornarlo apto para la reproducción del sistema capitalista, esto es, Foucault pensaba en la biopolítica como una acción del poder político en el Estado con la finalidad de estandarizar biológicamente la existencia humana mediante la aplicación de la ciencia, logrando en dicho proceso hacerse del biopoder ya no solo sobre el territorio, sino además del cuerpo del hombre que lo habita. Las corporaciones son la etapa superior de la política estatal, son supranacionales y desterritorializadas y, en cambio, no hacen ya la biopolítica ni tienen el biopoder para lograr un estándar humano apto para la reproducción de ningún sistema. Las corporaciones manipulan la ciencia para tomar de rehenes a los Estados y obligarlos a implementar su biopolítica, la que viene ahora a hacer la gestión del miedo, del deseo y de la voluntad de los individuos para someterlos, destruirlos y tener vía libre para el saqueo de los territorios sobre los que habitan. Eso es el biopoder para las corporaciones y las élites globales hoy.

Siempre con la mirada puesta en el poder político en el Estado, lo que en sí es muy típico de quienes abrevan en la tradición marxista, Foucault dice que el biopoder es el objetivo de la biopolítica y que esta es el despliegue de técnicas de gobernanza orientadas a “programar” a los individuos para que estos se conduzcan solos, por “voluntad propia”, en unas pautas de comportamiento funcionales al aumento de la riqueza en el sistema capitalista y la preservación y la reproducción de la lógica del Estado. Así vista la cosa, es indudable que pocas obras de ficción distópica describen mejor y más gráficamente ese proceso que la mundialmente aclamada novela de Aldous Huxley Un mundo feliz, publicada cuando Foucault tenía apenas seis años de edad, en 1932. Es así como Huxley supo expresar con la mímesis lo que Foucault explicaría en lo académico unas cuatro décadas más tarde.

Un mundo feliz es un auténtico vejestorio que, no obstante, sigue más vigente que nunca en esta posmodernidad absolutamente distópica. Lejos de quedar desfasada, esa caracterización de Huxley sobre una sociedad controlada por un poder global ubicuo parecería acercarse cada vez más a la realidad palpable actual, allí donde la observación de la tendencia a la concentración y a la centralización del poder puede verse objetivamente en cada uno de los avances dichos científicos y tecnológicos que modificaron profundamente la existencia humana desde finalizada la II Guerra Mundial, pero con aún más intensidad a partir del último cuarto del siglo pasado. Un mundo feliz puede leerse hoy en posesión del “diario del lunes” para hacer en retrospectiva el análisis de cualquier proceso y concluir que Huxley dio más o menos en el clavo en un sentido conceptual con sus predicciones en la forma de literatura. Lo que existe hoy es una ingeniería social orientada a la programación de los individuos para la gestión de sus miedos, sus deseos y su voluntad, pero con una finalidad que ni Huxley ni Foucault supieron predecir.

Ilustración de ‘Un mundo feliz’ (‘Brave new world’, en su título original), novela de ficción distópica de Aldous Huxley que mejor representa la gestión del miedo, del deseo y de la voluntad del hombre para una gestión biopolítica integral y una total dominación.

He ahí el problema que nos atañe. La biopolítica y el biopoder estatales en clave foucaultiana son de sencilla interpretación y comprensión, es fácil ver en las acciones del Estado el interés último en homogeneizar a las mayorías, ponerlas en caja y al servicio de una racionalidad sistémica en un sentido económico: el del sistema capitalista y su reproducción. El Estado liberal del triunfo de la revolución burguesa de Francia desplegó la biopolítica y tuvo el biopoder desde un primer momento al combinar la ciencia y la industria en la producción de soluciones para lograr un descenso brusco de la mortalidad infantil, un aumento progresivo de la expectativa de vida y también de los índices de productividad, en consecuencia. Bastará con observar que entre lo que se supone son los embriones de la civilización hace quizá unos 12.000 años y el principio del siglo XIX la población mundial ascendió lentamente hasta llegar a mil millones, tan solo para multiplicarse por seis o siete en poco más de 200 años.

Esa es una evolución difícil de representar en un gráfico y es una pequeña muestra de la magnitud del triunfo de la biopolítica estatal en manos de los liberales revolucionarios. La garantía del derecho a la propiedad privada puso la ciencia al servicio de la industria y se desarrollaron cosas que hoy son más bien elementales, pero que en su momento supusieron un punto de inflexión en la existencia humana como los antibióticos y las vacunas, el conocimiento aplicado de la biología con capacidad de reproducirse en escala industrial y llegar rápidamente a todas partes. Eso fue lo que hizo el Estado moderno y sobre eso desplegó su biopolítica, tuvo el biopoder con un fin muy claro: la gestión de la vida para la reproducción del sistema.

Todo eso habría de cambiar con el advenimiento de la posmodernidad en la década de los años 1970, coincidiendo así con el auge de la producción intelectual de Michel Foucault. Es decir, Foucault hizo en retrospectiva toda la descripción de la biopolítica y el biopoder estatales simplemente porque otra cosa no podía hacer, no hay forma de analizar un futuro que aún no está escrito. Pero a partir de los años 1970 las corporaciones empiezan a triunfar y a manipular directamente los Estados-nación para que apliquen el proyecto político neoliberal por una parte y, por otra, para que cambien el sentido de la biopolítica. El poder fáctico de las élites globales destruye la revolución burguesa de 1789 al hacerse del control del Estado moderno y eso es, ni más ni menos, una verdadera restauración monárquica.

Impactante gráfico representativo de la evolución de la población mundial en los últimos 12.000 años. Nótese que a partir del año 1800, solo en los dos últimos siglos y como resultado de la revolución burguesa industrial, la biopolítica estatal hace florecer la humanidad como nunca antes en la historia. Esa es la épica del gran relato liberal que la nueva monarquía restauradora de las élites globales está destruyendo en nombre del “liberalismo” y del “capitalismo”.

Con la posmodernidad advinieron la sociedad de la información y los medios técnicos para la gestión integral de la vida humana ya no por parte del Estado y ya no con la finalidad de reproducir el sistema capitalista burgués, sino para su destrucción en el mediano plazo. Lo que hoy llamamos “capitalismo” es una proyección bastante burda en la que toda la economía mundial está bien concentrada en poquísimas manos, la competencia y el libre mercado no son más que entelequias para ocultar ideológicamente los monopolios. El mundo real de hoy está mucho mejor descrito en las páginas de ficción distópica de Aldous Huxley que en la obra de Michel Foucault, en la diferencia entre el análisis histórico y la aventura de proyectar el futuro. La verdad es que existe un gobierno central globalizado, supranacional —que está por encima de las naciones y ya no paralelo a estas— y técnicamente dotado de las capacidades para realizar un proyecto de dominación mundial al que todavía no podemos ni nombrar porque no sabemos bien cómo llamarlo.

Doble hermenéutica

La biopolítica y el biopoder en manos del Estado moderno de la burguesía revolucionaria tuvieron una finalidad muy clara, como veíamos: el progreso de la humanidad en su conjunto como método de reproducción del sistema capitalista. En una palabra, podría decirse que el Estado en la modernidad fue un agente de la burguesía revolucionaria y que desplegó unas estrategias de biopolítica para, en posesión del biopoder, garantizar y prolongar la vida humana como forma de reproducir el capitalismo. Sin entrar en valoraciones subjetivas e ideológicas la obviedad es que, con el fin de hacer triunfar su proyecto político o modo de producción sobre modelos anteriores, a los que había derrotado, la burguesía favoreció desde fines del siglo XVIII hasta el último cuarto del siglo XX el desarrollo de la humanidad infinitamente más que todos los sistemas previos en decenas de miles de años. Esa es la épica del liberalismo que hoy se utiliza simbólicamente para realizar un proyecto radicalmente opuesto al de los liberales.

La revolución burguesa de Francia transformó el mundo entero e inauguró la modernidad industrial que en dos siglos llevaría la humanidad a su máxima expresión. Al combinar la ciencia y la industria en la garantía del derecho a la propiedad privada, se liberaron todas las fuerzas productivas que las élites monopólicas monárquicas quieren destruir en esta posmodernidad. Está en marcha la imposición de un proyecto político premoderno y prerrevolucionario.

El gran relato de la modernidad industrial y burguesa está hoy al servicio de una monarquía sin corona cuyo proyecto es la desindustrialización y, sobre todo, la despoblación. Poseedora de la mitad de la riqueza del mundo y en la conciencia de que los recursos naturales del planeta deberían agotarse en el mediano plazo (en cuestión de pocas décadas) si la población mundial sigue aumentando y si se mantienen los niveles de consumo actuales por parte de las mayorías populares, estas élites globales toman de rehenes a los Estados-nación obligándolos a hacer la doble hermenéutica de su biopolítica, esto es, haciéndolos cambiar radicalmente el sentido de la cosa hasta que pase a significar exactamente lo opuesto. Si el Estado moderno desplegó estrategias de biopolítica para garantizar, multiplicar y prolongar la vida del hombre y que este sea funcional al modo de producción capitalista mediante el trabajo asalariado y más tarde el consumo, el Estado posmoderno en manos de las corporaciones va a aplicar la biopolítica para con el biopoder detener y luego reducir la población mundial, garantizando así en el tiempo la explotación de los recursos de los territorios para el uso exclusivo de unos pocos.

La conclusión es que las seis u ocho familias que concentran más riqueza que 3.500 millones de seres humanos son profundamente anticapitalistas y, si se quiere, antihumanas. Y que también, a raíz del vertiginoso desarrollo de las tecnologías de la información, de la inteligencia artificial y de la robótica, hoy tienen los medios técnicos para controlar e incluso para prescindir de lo humano. Véase bien: la tecnología actual es suficiente para implementar una biopolítica total y totalitaria a base de informática, sin precedentes y casi sin la necesidad de operadores humanos. Y también es suficiente para hacer, con el concurso de los medios de propaganda que también pertenecen a las élites globales en monopolio, que dicha biopolítica se oriente a utilizar el control del miedo, del deseo y la voluntad del hombre para su autodestrucción. Las élites globales pueden hacer que por miedo a la muerte tengamos el deseo y la voluntad de morir.

Eso es lo que vemos hoy en esta pandemia del coronavirus, la que ya se había ensayado con el SARS/MERS a principios del siglo y con el H1N1 diez años más tarde. Con la amenaza de un virus presentado por los medios como un “enemigo invisible”, las élites globales instalaron a nivel mundial el miedo a la muerte. A continuación, forzaron el despliegue por parte de los Estados-nación de una serie de políticas sanitarias cuyo resultado es la destrucción de la economía de los países, pero que asimismo son deseadas por las mayorías populares. Del miedo a la muerte a manos del “enemigo invisible” viral se desprende el deseo de más seguridad, cuya consecuencia es el incremento del control por parte de las fuerzas del orden de un Estado consciente de que así paraliza la economía, destruye el tejido social y se autodestruye en el proceso, pero impotente para sublevarse en defensa propia. He ahí el uso de la biopolítica por parte de las élites globales en la imposición del miedo en la conciencia de las mayorías para que estas le exijan al Estado políticas que en el corto y mediano plazo resultarán en su propia muerte. Así se tuerce y se manipula la voluntad del hombre.

Los poderes que cooptan la ciencia mediante la imposición de la industria farmacéutica en las academias y en los laboratorios ensayaron la pandemia del coronavirus en al menos dos ocasiones durante los primeros veinte años de este nuevo siglo: primero con el SARS/MERS y luego con el H1N1 o “Gripe A”. Habiendo probado la reacción de las mayorías frente al “enemigo invisible”, el poderoso lanzó el virus definitivo para transformar finalmente el mundo, aunque según uno de esos potentados —el mismísimo Bill Gates— otras pandemias serán lanzadas en el futuro. Han aprendido a jugar y le han tomado gusto al juego de meter miedo y dominar por extorsión.

Todo eso puede verse plasmado claramente en los países europeos y también aquí en nuestro país. Luego de haber destrozado la economía paralizándola con delirantes restricciones a la circulación —las que fueron legitimadas por las mayorías populares temerosas y luego deseosas de más control— durante todo el año de 2020, al terminar el 2021 la Argentina impone más control sobre el control ya existente con la implementación de un pase de circulación con el pretexto de lo sanitario, justo en el momento de mayor necesidad de un repunte de la actividad económica. ¿Qué otra respuesta podría dar el Estado argentino frente a la introducción de nuevas y misteriosas variantes virales que los medios de difusión presentan como el anuncio del apocalipsis? La biopolítica y el biopoder en manos de las corporaciones se instrumentan en la práctica instalando en primer lugar el miedo a la muerte, luego el deseo de más seguridad (más control social) y finalmente la voluntad totalitaria, allí donde muchos están dispuestos a aceptar la suspensión indefinida de sus derechos humanos y garantías constitucionales por una tiranía si esta viene a garantizar la vida.

Entonces el Estado-nación, el que antes desplegaba la biopolítica y tenía el biopoder y ahora es rehén de una situación que no puede resolver, responde haciendo aquello que va a resultar en su destrucción puesto que en el frágil equilibrio político de la democracia representativa ningún dirigente tiene la fuerza para sublevarse o mínimamente cuestionar lo que todos los dirigentes ya saben que es una extorsión. Los medios anuncian la muerte inminente, manipulan el miedo, el deseo y la voluntad de las mayorías y estas le exigen al Estado que haga algo al respecto. Después de gastar miles de millones en la adquisición de vacunas experimentales que no son efectivas frente a nuevas variantes virales que van surgiendo o no son efectivas en absoluto, al Estado no le queda más alternativa que golpear nuevamente contra la economía del país imponiendo más control social, el que tampoco produce los resultados sanitarios esperados. Esa es la situación que el Estado no puede resolver y frente a la que únicamente puede hacer lo que un muy reducido grupo de científicos autorizados vaya a saber por quién sugiere como solución: lo que ya se probó, no funcionó y solo resultó en la rotura del tejido social y en la destrucción de la economía.

El filósofo francés Michel Foucault, ya en los últimos años de su vida. Foucault dejó como legado la sistematización de las categorías de biopolítica y biopoder, aunque ambas fueron útiles en su momento para describir un mundo que ya no existe. La actualización del pensamiento de Foucault exige el reconocimiento de la derrota del Estado-nación a manos de las corporaciones y la identificación clara de estas como detentoras del biopoder.

Las élites globales son dueñas de las corporaciones que controlan los medios de difusión y la industria farmacéutica, la que a su vez hegemoniza el discurso científico, de modo que la ciencia normal dice y los medios difunden solo lo que esas élites quieren que sea la verdad. El Estado perdió el monopolio de las estrategias biopolíticas, perdió el biopoder y ahora la corre desde atrás, es rehén de un poder muy superior al suyo y no tiene con qué hacerle frente a la presión de una monarquía global desterritorializada. El biopoder lo tienen ahora los seis u ocho dueños del mundo y lo usan para destruir lo que queda de modernidad revolucionaria haciendo triunfar las restauraciones que en el siglo XIX habían sido derrotadas por la burguesía y retrocediendo en la historia hasta la premodernidad. En términos foucaultianos y en resumen, la “gubernamentalidad” está hoy en manos del enemigo de la humanidad.

La resistencia según Foucault

De todo lo anteriormente visto resulta configurada una situación límite en la que los pueblos ahora atomizados ya no pueden contar con el Estado para la organización de la defensa del grupo frente a la embestida del poder fáctico global, no hay posibilidad de resistir en la política institucional cuando las instituciones han sido todas compradas, cooptadas o tomadas como rehenes por el enemigo globalista. Y aún peor: ese pueblo atomizado no puede contar ni siquiera con la totalidad de su propia fuerza, puesto que la ingeniería social impuesta por las élites globales se asemeja a una muy sofisticada pieza de relojería cuyo fin es, como veíamos, la gestión previa de las aspiraciones y de los temores del individuo humano para orientar y limitar su comportamiento hacia y dentro de unos límites bien establecidos. Lo que es lo mismo, muchos de nosotros ya hemos sido previamente gestionados en nuestras aspiraciones y en nuestros temores, nos vamos a comportar “bien” dentro de esos límites establecidos por el enemigo y además creyendo que esa es nuestra legítima voluntad.

Concretamente, lejos de rebelarse frente al avance de la tiranía global con el pretexto de la emergencia sanitaria, la tendencia de muchos —al parecer, de la mayoría— es hacia obrar de una manera determinada en el sentido de sostener vigente esa emergencia, lo que se hace con una obediencia deseada. En vez de ponerse a cuestionar las innumerables y cada vez más frecuentes contradicciones en el discurso que baja del poder fáctico a través de una ciencia normal cooptada por la industria farmacéutica y luego reproducido por los medios de difusión, la mayoría de los individuos tiende a acatar dicho discurso y, en consecuencia, a obedecer ciegamente sus lineamientos, sean los que fueren y por más absurdos que sean estos.

Las restricciones a la circulación llamadas vulgarmente en nuestro país “cuarentenas”, que no fueron útiles para resolver ningún problema sanitario y, por el contrario, causaron enormes daños a la economía y al tejido social. Extorsionados con la amenaza de muerte, los pueblos fueron obedientes y el Estado dio la única respuesta que pueden dar los dirigentes que siempre están en la cuerda floja. Y así el poder fáctico avanzó varios casilleros en la implementación de su proyecto político. Al terminar de prenderse las luces, nos encontraremos con un mundo muy transformado, pero no en un sentido positivo para los Estados-nación y mucho menos para las mayorías populares.

El ejemplo de las restricciones a la circulación es revelador en ese sentido. A la vista del fracaso de las llamadas “cuarentenas” en todo lo que se refiere a lo sanitario, aún hoy hay gente exigiéndole al Estado el endurecimiento de esas medidas que no resolvieron ningún problema y además dañaron el tejido social. La idea del pase de circulación llamado “pase sanitario” es la reedición de las “cuarentenas” fallidas, ahora instrumentadas como segregación social con los vacunados por una parte y los no vacunados por otra. Lo que nadie quiere cuestionar es la efectividad sanitaria de dicha segregación, que parece ser ninguna: la propia narrativa oficial admite que los vacunados pueden ser portadores y vectores de transmisión viral, que son vulnerables al contagio, a la enfermedad y también a la muerte, pero nadie a la vista de ese hecho se pregunta de qué serviría el separar de la sociedad a los no vacunados para ir condenándolos a una inevitable muerte civil. Condicionados por el miedo irracional, un miedo gestionado biopolíticamente por el poder, perdemos de vista lo esencial en la cuestión y terminamos legitimando la maniobra política que se oculta muy mal tras el pretexto de lo sanitario.

Otro tanto ocurre con las propias vacunas experimentales que la industria farmacéutica puso en el mercado prácticamente de la noche a la mañana. Además del propio hecho de su velocísimo advenimiento, que ya resulta en sí mismo muy sospechoso en vista de que la propia ciencia estima en décadas el tiempo prudencial de desarrollo de una vacuna, se cae por su propio peso la afirmación temeraria de su eficacia, la que puede falsarse fácilmente con el análisis más superficial de los datos de la realidad. Descartando de plano la tesis “conspiranoica” de que en las propias vacunas está el mal, es evidente que las inyecciones no tienen ese 90% y más de efectividad que había sido anunciado con bombos y platillos a fines del año 2020. Los vacunados siguen infectándose, siguen padeciendo la enfermedad y siguen muriéndose, aunque nada de eso impide que sigan poniendo el brazo para sucesivas dosis tan solo para esperar la próxima. ¿Por qué nadie discute la maniobra de la industria farmacéutica? ¿Por qué nadie se atreve a cuestionar al fabricante que vendió una supuesta panacea universal sin hacerse asimismo cargo legalmente de sus eventuales efectos colaterales ni responsabilizarse cuando se descubre que la efectividad no es la anunciada hace solo unos pocos meses?

Los auténticos conspiranoicos antivacunas, una pequeña minoría que elige llevar el cuestionamiento hasta sus consecuencias más extremas. Pese a ser los menos, son muy útiles para descalificar a todo el que se atreve a cuestionar mediante el simple método de la sinécdoque: alguien cuestiona y es antivacunas, entonces todos los que cuestionan también lo son.

Nada de eso se hace, sino más bien todo lo contrario. Sin cuestionar nada en absoluto, nos sometemos pasivamente a la aplicación de sucesivas dosis sin percatarnos de que estamos en la trampa del burro y la zanahoria, una más vieja que la propia injusticia: siempre será la próxima dosis la última, la que nos dará la inmunidad duradera y definitiva. Pero a las pocas semanas surge una nueva variante imprevista, las vacunas se vuelven inefectivas y otra vez volver a empezar el ciclo. ¿Hasta cuándo? Pues hasta que el propio ciclo sea objeto de cuestionamiento, aunque eso no parecería estar ni cerca de ocurrir. La gestión biopolítica del miedo y el deseo determina el comportamiento de las mayorías y coloca en el lugar de inferioridad moral del “negacionista”, del “conspiranoico” y del “antivacunas” al solitario díscolo que se atreve a cuestionar. No hay quien quiera estar en el lugar infamante del “anticiencia”, todos se portan bien dentro de los límites establecidos por el poder y desean solo lo que se les permite desear.

Este es el resultado de la gestión del miedo, del deseo y de la voluntad de los individuos que las élites globales y sus corporaciones hacen mediante el aparato terrorista que poseen y controlan. La mayoría de nosotros ha llegado a desear el endurecimiento de las restricciones a la circulación que siguen destruyendo la economía y el tejido social de nuestra comunidad, aunque ya se sabe que nada eso resulta en ningún beneficio en lo sanitario. La mayoría de nosotros desea seguir sometiéndose a aplicaciones cíclicas de vacunas experimentales sin cuestionar jamás al fabricante por la nula efectividad del producto que el Estado-nación compra y paga con dinero público a precios exorbitantes, de los que además ya ni siquiera se habla. Con las estrategias biopolíticas y en posesión del biopoder, el poderoso fáctico globalista nos gestionó primero el miedo para condicionarnos y luego canalizó nuestro deseo hacia dentro de unos límites determinados que estaban previstos en su estrategia. Y entonces nuestra voluntad es su voluntad, hacemos lo que el poder espera de nosotros y encima pensando que hacemos lo que queremos.

Pfizer, Moderna, Johnson & Johnson, CanSino y todos los demás gigantes de la industria farmacéutica son controlados por básicamente tres grandes fondos buitres de inversión: The Vanguard Group, BlackRock y State Street, los tres instrumentos de las élites globales para gobernar el mundo. En posesión de esta información, que es pública, a ningún medio de difusión se le ocurre cuestionar las contradicciones de estos fabricantes de fármacos e impulsores de experimentos génicos. ¿Cómo hacerlo, si también los medios son de propiedad de los fondos de inversión antes mencionados y, en última instancia, de los ricos del mundo que llevan a cabo todo el proyecto?

La finalidad de la ingeniería social sigue siendo desconocida para las mayorías populares, los muchos no sabemos adónde nos llevan los pocos. Como en la obra de Huxley Un mundo feliz, la hipnopedia aplicada en la repetición indefinida del discurso terrorista logró su cometido al condicionar a las masas de una forma tal que para muchos cuestionar el statu quo no es un horizonte, ni siquiera una utopía. Ahora lo deseable es portarse bien y portarse bien es acatar la narrativa oficial sin cuestionar ni siquiera aquello que evidentemente es contradictorio, por lo que se cae de madura la explicación sobre el porqué del intento de suspensión por “recomendación sanitaria” de las celebraciones de navidad por parte de la OMS, se trata de otra hipnopedia: la OMS nunca quiso realmente suspender la navidad presente, sino reforzar la idea instalada de un peligro inminente frente al que la única posibilidad de salvación es la obediencia. Para las próximas navidades, el individuo ya estará condicionado para aislarse en su casa y romper lo que le queda de sus vínculos familiares, para terminar de atomizarse suspendiendo de aquí en más toda su actividad social real. Y así, solo frente a los medios de difusión que le llegan por todas partes en esta sociedad de la información hiperconectada, será presa fácil del control social en un esquema puro de comunicación de uno a muchos ya sin la posibilidad de contrastar ese discurso único en la interacción con sus pares más que en la impersonalidad del ambiente controlado de las redes sociales.

He ahí la biopolítica y el biopoder en manos de las élites globales y apátridas, he ahí la derrota de los Estados-nación en un sentido de comunidad nacional defensora de los intereses de los pueblos. De aquí en más los Estados serán el vulgar instrumento de la imposición por la fuerza del proyecto político del globalismo hasta que el propio globalismo pueda disponer de los Estados e instalar el gobierno mundial totalitario descrito en la obra de Aldous Huxley, pero también en la de George Orwell y en la de otros tantos que supieron proyectar el futuro en el arte. Todo eso sigue siendo distópico hoy, aunque un poco menos distópico de lo que fuera a principios y mediados del siglo XX. Con la venia de Ud., avanzamos a paso acelerado hacia ese futuro distópico. ¿Qué hará el atento lector frente a esa realidad que ulula a gritos?