Como quien no quiere la cosa, un famoso operador de los medios tradicionales se animaba a adelantar una tarde cualquiera frente a un micrófono de radio la estrategia de la inteligencia occidental en las próximas semanas para ganar la guerra propagandística: la homologación de los personajes del presente a otros bien conocidos del pasado, de la historia. Ese operador —quien se hace llamar Alfredo Leuco, aunque en realidad oculta su verdadero nombre— daba en Radio Mitre la “noticia” de que entre sus pertrechos para la batalla en el oriente de Ucrania el ejército ruso transportaba además crematorios móviles, con la finalidad de usarlos para deshacerse de los cadáveres del enemigo ucraniano caído. Y allí nomás Alfredo Leuco dejaba dicho que, de alguna forma, el formidable aparato propagandístico de Occidente y sus colonias va a instalar de aquí en más que Vladimir Putin es una suerte de Adolfo Hitler del presente.

La elección de Alfredo Leuco para anunciar la bajada de línea no es accidental. Leuco es uno de los grandes difusores del mensaje ideológico impulsado desde la embajada de Israel en nuestro país y, en consecuencia, tiene enorme llegada a los sectores consumidores de dicho mensaje. Por razones históricas y culturales que no necesitan mayores explicaciones, en esos sectores está presente con mucha intensidad la memoria del Holocausto nazi que tuvo lugar entre 1941 y 1945 en los campos de concentración de Alemania y de Europa del Este y la sola idea, por lo tanto, de la cremación masiva de cadáveres en un contexto bélico tiene el efecto de una bomba atómica discursiva. Lo automático es la homologación de un Putin enviando crematorios móviles a Ucrania y un Hitler que en determinado momento utilizó el método de la cremación para llevar a cabo su proyecto.

Alfredo Leuco es uno de los más sucios y deshonestos operadores de la fuerza brutal de la antipatria en la Argentina y no es casual que haya sido el elegido para adelantar la estrategia propagandística del imperialismo yanqui para la guerra en Ucrania. Operaciones de sentido como la de Leuco van a bombardear incesantemente al pueblo argentino mientras dure la guerra, con el fin de alinear nuestro país con los Estados Unidos en su aventura bárbara.

En dicha homologación o intento de homologación hay muy poca novedad. Decía Carlos Marx en la introducción a su El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte que “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, significando que en la construcción política del presente están las imágenes del pasado proyectadas. Y agregaba Marx, de manera sensacional y conclusiva: “Y cuando éstos [los hombres que hacen la historia] aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto (…) es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra y su ropaje para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”.

Marx ofrece en esas líneas tan reveladoras el ejemplo de Martín Lutero, el teólogo agustino que impulsó la reforma protestante en Alemania a principios del siglo XVI, quien se había disfrazado de apóstol Pablo para predicar o militar con éxito los principios reformistas de lo que hasta hoy es el protestantismo. Y también los ejemplos de las revoluciones burguesas de Francia travestidas en símbolos históricos universales para su praxis de entonces: “(…) La revolución de 1789/1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y del Imperio romano y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal”.

Entonces el presente se viste con el manto del pasado con el fin de legitimarse y, a la vez, hacerse comprensible frente a los ojos de los contemporáneos, allí donde estos tienden a entender mejor lo que ya saben de antemano en un determinado momento. Es mucho más fácil para un hombre de fines del siglo XX y principios del siglo XXI ver en los movimientos de Rusia sobre los territorios de Luhansk y Donetsk una reedición de la invasión alemana contra Polonia en 1939 que ver dicho proceso en sí mismo, simplemente porque lo nuevo es lo desconocido y no tiene categorías propias mientras se desarrolla. Y también porque el episodio histórico referido es, a esta altura, harto conocido al haber sido ampliamente desarrollado por los medios de difusión a lo largo de décadas. Son fuertes las imágenes de los tanques nazis cruzando la frontera hacia Polonia y provocando el incidente que para la historia oficial desencadenó la II Guerra Mundial. Es por eso que, si vamos a hablar hoy de una III Guerra Mundial como secuela de aquella, lo más natural es que en la historia “se repita”, o que en la comprensión de quienes observamos el evento actual haya más continuidad que ruptura entre el presente y el pasado.

Imagen histórica de la invasión alemana a Polonia en 1939: unos soldados abren una tranquera, los tanques pasan y eso es todo. Pero la imagen es muy significativa al retratar lo que se considera el detonante de la II Guerra Mundial. En nuestros días, la imagen de los tanques rusos avanzando sobre un territorio que se supone es de Ucrania —nada en las fotos lo corrobora, se trata de un descampado como cualquier otro— ha dado la vuelta al mundo y se ha utilizado convenientemente para hacer la homologación entre los rusos del presente y los nazis del pasado. La política vistiéndose con el manto de la historia para hacerse entender.

La operación de sentido tiene entonces altísimas probabilidades de ser exitosa y de instalarse fuertemente en el sentido común de la opinión pública como una verdad revelada, como una epifanía. La imagen de los tanques rusos entrando al territorio ucraniano en disputa —la que efectivamente fue muy difundida en los últimos días de febrero— tiene que ser la reedición de los tanques nazis ingresando a Polonia hace ya más de ocho décadas, es muy fácil entender eso porque también es muy fácil transmitir la idea con pocas palabras, toda la narrativa ya está instalada en la historia universal. Y más fácil aun si se le suma el relato de crematorios móviles que nadie jamás vio ni verá, puesto que en toda guerra la primera víctima siempre es la verdad.

Ahí está el que la idea que empieza a circular a partir de la acción de los spin doctors muy bien pagados por las embajadas y por los servicios de inteligencia y luego se difunde en la voz de un Alfredo Leuco es una verdadera bola de nieve destinada a crecer y crecer. En el tiempo, las similitudes entre la campaña rusa en Ucrania y el avance nazi sobre Europa (que también fue sobre Ucrania, dicho sea de paso) van a ir surgiendo a borbotones, en cada acción o discurso de Vladimir Putin habrá en el archivo una acción o un discurso de Adolfo Hitler para homologar y para reforzar cada vez más el lugar común. De hecho, esto ya está sucediendo: cuando Putin dijo en su discurso del lunes 21 de febrero, día en el que el líder ruso incendió literalmente la pradera al reconocer la independencia de las repúblicas separatistas de Luhansk y Donetsk, que para los rusos Ucrania no es un país vecino, sino “parte de nuestro espacio espiritual”, no tardaron en aparecer en miríada expertos y analistas de todo lo que existe a hablar del espacio vital que Ratzel teorizó a fines del siglo XIX y Hitler esgrimió como argumento treinta años más tarde para justificar el avance de Alemania sobre sus vecinos europeos.

Es poco probable, por otra parte, que las palabras de Putin sobre ese “espacio espiritual” ruso hayan sido dichas en la ignorancia de que eso sería aprovechado para hacer una homologación con la teoría del espacio vital utilizada por Hitler en el siglo XX, también hay una dosis de provocación en todo lo que se comunica en tiempos de guerra con la finalidad de confundir o por lo menos de desviar la atención del enemigo. Pero la homologación en sí es del todo inoportuna si se tiene en cuenta que el “espacio vital” en sus términos originales es absolutamente fútil en el caso de Rusia: Alemania, como se sabe, pensaba en un espacio vital proveedor de los alimentos y materias primas que un Hitler sin colonias en América, en África y en Asia necesitaba para realizar su proyecto industrial. El problema de Rusia es radicalmente opuesto, ya que tiene sobreabundancia de territorio y, por lo tanto, de alimentos y materias primas para industrializarse muchísimo más allá de los actuales niveles. En una palabra, Rusia no busca hacerse de un espacio vital a modo colonial o neocolonial, sino justamente de un espacio espiritual para la integración de su propia soberanía.

Celebraciones de la comunidad rusa en Ucrania por el reconocimiento de Putin de la independencia de la República Popular de Donetsk y la República Popular de Luhansk. Desde el golpe de 2014 que destituyó a Víktor Yanukóvich, Kiev viene maltratando sistemáticamente a la minoría rusa de su población, lo que está en la base del separatismo y de la actual guerra. Los libros de historia lo dirán, eso sí, al gusto de los ganadores.

La tentación de homologar es muy fuerte, pero conduce a errores y anacronismos que impiden la correcta observación de los hechos. La consolidación del espacio espiritual ruso tiene mucho más que ver con una cuestión defensiva que ofensiva y ahí tiene el atento lector otra diferencia entre los nazis de ayer y estos rusos de hoy. La Alemania de Hitler tenía un proyecto expansionista manifiesto incluso en lo discursivo, la propaganda nazi a cargo de Joseph Goebbels jamás ocultó su insatisfacción con el reparto colonial de los territorios y siempre consideró un acto de justicia derrotar en el campo de batalla a las potencias imperialistas de la vieja Europa. Y eso tiene por su parte un trasfondo histórico aun más largo: las naciones europeas que navegaron entre los siglos XIV y XVIII fueron precisamente las que en ese momento estaban unificadas en sí mismas: Portugal, España, Inglaterra, Francia, Holanda y Bélgica, todos reinos unidos, sin divisiones internas y listos para realizar el proyecto de la conquista. España, por ejemplo, llega a América en 1492, pocos meses después de la reconquista y la integración de su territorio. Por su parte, tanto Alemania como Italia no lograrían reunificarse sino hasta fines del siglo XIX, ya bien entrada la modernidad industrial. Son justa y no casualmente estos dos países los que cuestionan el reparto colonial a principios del siglo XX en las guerras mundiales.

El espacio vital de la Alemania nazi es ese cuestionamiento y es la reclamación de su parte en las utilidades, es una forma de decir “nosotros también somos una potencia occidental y tenemos igual derecho a tener colonias que nos abastezcan de las cosas que necesitamos para sostener nuestro estatus de potencia”. El caso de Rusia, no obstante, fue y es muy distinto. A pesar de haberse unificado progresivamente entre los siglos IX y XIII, mucho antes que las potencias occidentales, Rusia no navegó el Atlántico ni el Pacífico en la era de las grandes navegaciones y en consecuencia no se hizo de colonias, tal vez por no tener una vocación para la conquista del mar o quizá por ya tener una inmensa extensión territorial hacia el interior de sus fronteras, es irrelevante para el caso. La cuestión es que Rusia no tiene ni nunca necesitó lo que pequeñísimos países como Portugal, España, Holanda o Inglaterra veían como una condición sine qua non para desarrollarse como potencias, que es el espacio vital colonial geográficamente lejano. Lo que Hitler a partir de Ratzel llamó “espacio vital” es precisamente lo que esos países de Europa occidental ya habían hecho siglos antes en Asia, en América, en África y también en Oceanía, aunque nadie se va a atrever a llamar “nazi” a la reina de Inglaterra, por supuesto.

El concepto de espacio vital de Ratzel, aquí expresado en la propaganda del III Reich y justificada de la forma más sencilla posible: en la clara desproporción entre cantidad de población y extensión territorial disponible. Este no es el caso de los rusos, quienes están sentados sobre el país más extenso de la Tierra y además tienen al interior de sus fronteras ya muchísimo más de lo que necesitan. El espacio espiritual de Putin es de una naturaleza muy distinta.

Por lo tanto, como se ve, tampoco es la vocación histórica de Rusia el expandirse a la caza de recursos naturales, materias primas, combustible y alimentos, puesto que ya cuenta desde siempre con una sobreabundancia de todo ello en su propio territorio soberano. El espacio de Rusia es espiritual y no vital. Y es importante saber la diferencia: los rusos consideran que, precisamente por la vocación colonialista de las potencias de Occidente, su país necesita una suerte de “cordón sanitario” para la prevención de invasiones a su propio territorio. Eso tiene su justo contraste en cómo la Unión Soviética se formó con catorce naciones ubicadas alrededor de Rusia como en un escudo y, además, construyó políticamente el Pacto de Varsovia para hacerse de una “cortina de hierro” hacia el oeste que la separara de los hambrientos tiburones de Europa occidental, de un escudo adicional formado por países que no se habían adherido a la Unión Soviética propiamente dicha. Ese es el espacio espiritual del que habla hoy Vladimir Putin, es mayor distancia posible y la mayor cantidad de territorio controlable entre sus fronteras y las de los países de Occidente.

Para que se tenga una idea, una vez finalizada la II Guerra Mundial y durante toda la Guerra Fría en el espacio espiritual de Rusia, más allá de las demás repúblicas soviéticas —entre las que estaban la propia Ucrania y los bálticos Lituania, Letonia y Estonia, hoy los tres ocupados por Occidente en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)— había toda una serie de países socialistas en relación de independencia respecto a la URSS, pero estratégicamente ubicados de modo a prevenir cualquier avance de los occidentales contra Moscú. Polonia, Alemania Oriental, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria, Albania y, si se quiere, Yugoslavia, que hacía un juego más bien propio sin dejar de ser una barrera geográfica muy cómoda para los rusos e incómoda para los demás. Hoy todos esos países, algunos de ellos fragmentados en países más pequeños, forman parte de la OTAN y no son cordón sanitario para Rusia, sino todo lo contrario.

Esquema simplificado de la llamada “cortina de hierro”, el cordón sanitario de la Unión Soviética formado por países socialistas independientes contra la influencia y la amenaza occidentales. Desde el norte hacia el sur, en sentido horario: Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria. Cerrando el muro, en color verde está Yugoslavia, nación que con el Mariscal Tito hacía un juego propio —dicho “no alineado”—, aunque en la práctica estaba en función del esquema soviético. Otro tanto pasa con Albania, que en el mapa se ve rayada y que con Enver Hoxha también se ubicaba entre los “no alineados”. Todos estos países dejaron de pertenecer a un Pacto de Varsovia extinto y hoy son miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la alianza guerrera creada para combatir a la Unión Soviética.

Así definido el concepto de espacio espiritual, es fácil concluir que el interés demostrado por el presidente ucraniano Volodímir Zelenski en el sentido de ingresar también a las filas de la OTAN es el verdadero disparador de este conflicto que tiene hoy en vilo al mundo entero. Cuando Ucrania empieza a llenar los formularios para hacerse socio del club de las potencias occidentales, aunque solo en calidad de peón y de receptor de bases militares ajenas, se prenden todas las luces de alarma en Moscú y con mucha razón. Si la OTAN se hiciera del control del territorio ucraniano, tendría no solo una base sólida para lanzar ataques militares desde allí contra Rusia y Bielorrusia, sino además un lugar estratégico para instalar misiles con la capacidad de impactar en cuestión de minutos sobre Moscú, San Petersburgo o cualquier ciudad importante de la zona más poblada del territorio ruso.

Es por eso que la idea de espacio espiritual es cualitativamente muy distinta a la de espacio vital en todos los sentidos. En realidad, desde el punto de vista de los rusos, controlar y hasta anexionar el territorio de Ucrania es solo una etapa en una guerra de carácter defensivo: de permitir que la OTAN siga instalándose en las que alguna vez fueron las repúblicas soviéticas adjuntas a su territorio soberano, será tan solo cuestión de tiempo hasta que Occidente reúna todas las fuerzas necesarias para realizar el proyecto de siempre, el que habían intentado Napoleón y Hitler: la conquista de la mismísima Rusia y su desactivación como rival geopolítico en Oriente. No se trata hoy de ninguna utopía y, bien mirada la cosa, estamos mucho más cerca de ver una invasión occidental a Rusia que lo contrario a eso. Rusia está rodeada en toda su extensión por bases militares de la OTAN, por potencias nucleares rivales (específicamente India y Pakistán, aunque podría incluirse a China en esa lista, como verá el atento lector a continuación) y por enclaves de Occidente que son absolutamente hostiles, como Japón y Corea del Sur. Una rápida lectura de un mapa de la región arrojará como resultado el que Rusia se encuentra totalmente rodeada por su enemigo histórico y que ese cerco se está cerrando ahora por el flanco europeo en el intento de incorporar Ucrania a la OTAN.

Imagen histórica de Hitler junto a sus generales, haciendo planes que serían finalmente fracasados. La idea de que Hitler estaba destinado a perder la II Guerra Mundial es falsa y contradice frontalmente el hecho de que, en realidad, estuvo muy cerca de ganarla. Entender por qué la perdió es fundamental para comprender también que Occidente no es tan fuerte como solemos pensar y que desde el punto de vista de Rusia la cuestión es cubrirse bien la espalda por el flanco oriental.

Ahora bien, está claro que la estrategia propagandística de guerra de Occidente va a basarse en pintar a Putin como un nuevo Hitler y, a partir de la instalación de esa idea, formar una alianza que sea capaz de derrotarlo. Eso es así y, sin embargo, es también una cosa muy problemática tanto en su instalación en la forma de narrativa coherente con el fin de formar un frente como en su ejecución, esto es, en el hacer marchar a ese frente unido sobre Moscú hasta capturar el poder político y rendir a los rusos. Y no solo porque Rusia es un territorio prácticamente inexpugnable donde la guerra se hace inviable en determinada época del año, cosa que otra vez Napoleón y Hitler podrían atestiguar, sino también por un hecho que empieza a analizarse por una pregunta: ¿Por qué fue derrotado el III Reich alemán de Hitler en la II Guerra Mundial?

La propaganda occidental se encargó de contar la historia de esa que fue la última guerra mundial desde el punto de vista de los ganadores, como siempre ocurre. Y entonces se hicieron sendas películas de Hollywood donde el espectador puede ver y puede educarse con la imagen de un Hitler desesperado, rodeado por los flancos y a punto de perder la guerra, aunque esos son tan solo los últimos minutos del film y jamás el film entero. En una realidad no propagandística, durante mucho tiempo entre 1939 y 1943 Hitler estuvo muy cerca de doblegar la voluntad de los británicos a base de bombardeos sistemáticos sobre Londres, con lo que se habría hecho con el control efectivo de toda Europa. Francia ya había caído y los Estados Unidos no hacían mucho más que armar a los soviéticos, que es donde precisamente estuvo el error. La mayoría de los analistas coincide en que, de no haber lanzado la Operación Barbarroja para violar el Pacto Ribbentrop-Molotov que se había firmado entre nazis y soviéticos en 1939 y que establecía un firme acuerdo mutuo de no agresión, lo más probable es que Hitler se hubiera deglutido a toda Europa occidental sin mayores problemas y de un solo bocado. Inglaterra y Francia no daban la talla y los demás europeos eran, como se dice, de palo.

Xi Jinping y Vladimir Putin, suscribiendo uno de los tantos convenios bilaterales entre China y Rusia. ¿Habrán suscrito estos líderes ya un pacto de no agresión firme antes de lanzarse Putin a la campaña en Ucrania? Y de haberse firmado dicho pacto, ¿se cumplirá a rajatabla mientras duren las hostilidades entre Rusia y Occidente? Aquí está la clave de la guerra.

Pero lo contrafáctico es del todo inútil y la verdad es que Alemania invadió la Unión Soviética en 1941 y esa traición de Hitler a Stalin iba a significar la incorporación de un aliado clave para Occidente, justo en el momento que Occidente más lo necesitaba. Pese a los intentos de Hollywood por romantizar desembarcos yanquis en Francia y largas campañas también yanquis en Italia, fue la Unión Soviética la que ganó la II Guerra Mundial en una contraofensiva fulminante que empezó a pocos kilómetros de Moscú y terminó en el centro de Berlín con muchos alemanes muertos, algunos capturados y otros pocos habiéndose suicidado antes de caer en manos de los bolcheviques, sus enemigos ideológicos más acérrimos. Y con la bandera soviética desplegada sobre el Reichstag, por supuesto. Entonces la respuesta a la pregunta de por qué Hitler perdió la II Guerra Mundial es que se equivocó al abrir demasiados frentes simultáneos, aunque eso en vista de la teoría del espacio vital y la necesidad de materias primas, combustibles y alimentos que en Alemania escaseaban y en la URSS sobreabundaban no debe considerarse una equivocación. Hitler necesitaba lo que Stalin tenía y, en consecuencia, avanzó contra Stalin. El Pacto Ribbentrop-Molotov siempre fue una cosa insostenible en la práctica, una entelequia y no podía durar. Hitler lo rompió y allí perdió la guerra.

Esta conclusión conduce a otra, a saberla, que si Alemania pudo haber derrotado sola a todo Occidente y no lo logró únicamente porque se puso en contra a la Unión Soviética cuando no debió hacerlo, la cuestión de Rusia hoy en su lucha contra las potencias occidentales se reduce a saber quién será su Unión Soviética en un sentido estricto de analogía, si es que habrá tal cosa. Y aquí es donde finalmente entra China en la discusión.

Como se sabe, la lucha por la hegemonía global que alguna vez fue entre la Unión Soviética y los Estados Unidos se da hoy entre estos y China, es entre estas dos superpotencias donde se da la discusión por definir quién va a conducir con sus políticas el destino de la humanidad por lo que queda de este siglo. La llamada “guerra comercial” entre Washington y Beijing indica hace ya muchos años esa situación mostrándole al observador quiénes son realmente los protagonistas del presente. Si bien es la heredera legal de la Unión Soviética y posee aproximadamente el 60% de las armas nucleares existentes, Rusia es tan solo el 12º. producto bruto interno del mundo, con una economía similar en tamaño a la de Brasil e inferior a las de países de segundo orden como Corea del Sur, Canadá e Italia, no da la talla para una lucha frontal en lo económico contra los estadounidenses y los chinos, primera y segunda economías a nivel global respectivamente. Por lo tanto, el primer interesado en el conflicto que se desarrolla al momento de escribir estas líneas en Ucrania es Beijing, puesto que aquí habrá un cambio significativo en el orden mundial y China puede verse muy beneficiada en el proceso.

La idea de un “Putin nazi” es el desiderátum de Occidente para asegurar el triunfo sobre Rusia. Si la comunidad internacional logra convencerse de que Putin es la reedición de Hitler en el siglo XXI, Occidente con la OTAN estará justificado históricamente para lanzar la guerra total contra los rusos. El problema aquí es que Hitler no tuvo armas nucleares y la guerra todo en su contra fue posible sin arriesgar la destrucción del planeta. Con Putin la cosa es bien distinta.

La pregunta es si Moscú va a lograr o si ya logró secretamente un nuevo Pacto Ribbentrop-Molotov —más precisamente Pacto Wang Yi-Lavrov, por los nombres de los actuales cancilleres de China y Rusia, respectivamente— que garantice mínimamente la neutralidad de China mientras dure el combate el Europa oriental. Si dicho pacto se suscribe y no se rompe hasta que Rusia logre el objetivo geopolítico de recuperar el control sobre su espacio espiritual, es muy poco probable que Occidente pueda resistir al embate ruso en el corto y en el mediano plazo. Pese a ser por lejos la primera potencia militar mundial, los Estados Unidos están muy lejos de la zona de conflicto y además están bajo una muy intensa presión de China en esa “guerra fría” prolongada que se libra en el campo de lo comercial y lo económico, el país está gobernado por un Biden más bien inoperante. Europa está sola en la práctica frente a Rusia y también está en una situación de mucha dependencia energética, allí donde el gas proveído por los rusos es vital para que la economía europea no se detenga. Si los Estados Unidos sostienen que Putin es Hitler, deberíamos preguntarnos si Xi Jinping será Stalin. De no ser así, Europa está en una situación demasiado precaria.

¿Xi Jinping puede ser un Stalin para un Putin convertido por la narrativa occidental en un Hitler? He ahí la pregunta que todos deberían hacerse en este momento, es China y no los Estados Unidos y mucho menos las potencias venidas a menos de Europa occidental la que puede hacer la diferencia en esta coyuntura. Es evidente que a China le conviene sentarse a ver cómo se debilitan sus rivales de Occidente de la misma forma en la que los Estados Unidos permitieron que la II Guerra Mundial avanzara hasta niveles de barbarie para consolidar su posición hegemónica sin el concurso molesto de ingleses, franceses y alemanes a la mesa de decisiones. No obstante, por otra parte, es poco probable que a Beijing le convenga un triunfo rutilante de Moscú, puesto que tal cosa podría elevar a Rusia en un lugar de supremacía militar y luego económica bastante molesto para China. Por eso la pregunta es pertinente y la respuesta permanece oculta incluso para los siempre muy bien informados servicios de inteligencia europeos y estadounidenses: ¿Será China la Unión Soviética o el frente oriental cuya apertura determinará una derrota de Rusia?

José Stalin, presente en la firma del pacto de no agresión entre la URSS y Alemania a pocos días de iniciarse la II Guerra Mundial en 1939. A su derecha, Joachim von Ribbentrop, canciller de Hitler; a su izquierda, Viacheslav Molotov, canciller de la URSS. De ahí el nombre del pacto suscrito. Hitler no cumplió lo firmado por Ribbentrop y tuvo su Stalin. ¿Cumplirá Xi Jinping para no ser un Stalin para Putin?

Por lo demás, conviene no olvidar lo obvio ululante y es que, en pocas palabras, Rusia sentada sobre su posición es inexpugnable para Occidente en todos los sentidos. En control de un arsenal nuclear mucho más que suficiente para destruir todo el planeta varias veces, Rusia es un país que difícilmente podría invadirse sin arriesgarse a un holocausto atómico y un evento de extinción masiva, destrucción mutua asegurada. Rusia juega de local en el territorio de Ucrania y en el de todos los países que alguna vez formaron parte de la Unión Soviética o de la “cortina de hierro” en Europa oriental, no es asunto de concentrarse en las fronteras y combatir a Putin desde allí. Y tampoco hace avanzar demasiado la cuestión el palabrerío diplomático en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), puesto que Rusia tiene el poder de veto en el Consejo de Seguridad y, de hecho, históricamente, es el país que más veces ha hecho uso de dicho poder.

El actual conflicto en Ucrania es un evento mayor de la historia de la humanidad y no precisamente por Ucrania en sí misma, país que es tan solo un pequeño capítulo en un plan mucho mayor. La guerra hoy en Oriente es la que puede redefinir el orden mundial para las próximas décadas, ya sea con una reafirmación del poder de Occidente, con el renacimiento de Rusia con todo su espacio espiritual como superpotencia global o con la consolidación de China como nueva hegemonía sobre un mundo en el que todos los enemigos de Beijing tendrán que transitar un largo proceso de reconstrucción. El resultado también puede ser el establecimiento de un orden multipolar en el que disminuiría en consecuencia el poder delirante de las corporaciones trasnacionales en la redención de los Estados nación, o la geopolítica clásica de los siglos XIX y XX. El conflicto hoy en las fronteras de Rusia y Ucrania estará impreso en las páginas de los libros de historia del futuro y quizá nuestros nietos y bisnietos hablen de Luhansk y Donetsk como hoy hablamos de Leningrado, El Alamein, Midway, Berlín. La historia es la política del pasado y en la política se escribe en el presente la historia para el futuro. Al fin y al cabo, la III Guerra Mundial siempre fue tan solo una cuestión de tiempo.