De un tiempo a esta parte viene reproduciéndose en la política nacional un juego de discursos y contradiscursos plagado de ambigüedades, contradicciones calculadas y doble hermenéutica que me gusta dar en llamar el doble juego de la Reina de Corazones. Este último epíteto, como se sabe, suele ser pronunciado en ardorosas declaraciones de amor por parte de los seguidores de la actual vicepresidenta de la Nación, quienes suelen rendir culto a su figura como si se tratara más de una estrella de rock o de una sacerdotisa pagana que de un cuadro de la política argentina.

El doble juego consiste en la construcción de dos discursos antagónicos que responderían supuestamente a la opinión de Cristina Fernández respecto del plan de ajuste diseñado por el FMI y ejecutado por el gobierno del Frente de Todos y que encierran, en rigor de verdad, un intento de ella por evitar las consecuencias políticas de ser la cara más visible de ese plan de ajuste que viene aplicándose con cada vez más intensidad.

Por un lado, se nos dice que Cristina no habla o que no habla en favor de lo que el gobierno nacional hace, sobre todo en materia económica; por otro lado, desde el núcleo duro del oficialismo y los medios obsecuentes al gobierno se encargan de dejar bien pegada a Cristina en las decisiones que toma Alberto Fernández.

La hipótesis fuerte aquí es que al interior del gobierno persiste y se exacerba una lucha silenciosa entre modelos de país —nacionalismo y globalismo—, una disputa que tiene como principal protagonista a la vicepresidenta y que también se libra al interior de la persona misma de Cristina Fernández en una suerte de soliloquio constante, una pelea entre la doctora Jekyll y la señora Hyde. Ambas se debaten en posiciones antagónicas entre el ser y el deber-ser. ¿Permanecer leal a los principios que históricamente supo defender con el pueblo de su lado o sostener, por los motivos que fueren, la coalición que ella misma conformó, garantizando el sufrimiento a millones de argentinos? He ahí la cuestión.

Indisimulable. Cristina Fernández no pudo ocultar su disgusto al recibir el saludo del entonces presidente saliente Mauricio Macri. Allí, en el acto de asunción de Alberto Fernández en diciembre de 2019, quedó quizá por primera vez en evidencia que algo no cuadraba en la conformación del Frente de Todos, sobre todo por contraste entre el disgusto de CFK y la comodidad con la que recibieron el abrazo de Macri tanto el propio Alberto Fernández como Sergio Massa.

Nadie puso a Cristina Fernández en el incómodo lugar en el que se encuentra. Nadie más que la propia Cristina Fernández en las decisiones que ha venido tomando desde hace por lo menos unos siete u ocho años. Este texto no pretende ser una apología de Cristina, pero tampoco es de esperarse aquí una crítica descarnada, desmedida ni que apele a los mismos epítetos que usan desde siempre para descalificarla los gorilas que la odian. A mí no me mueve el odio, tampoco el resentimiento ni el encono; ni siquiera la bronca. Tan solo estoy analizando lo que observo de la realidad.

Y lo que veo es eso, un doble juego. Veo que la famosa jugada maestra de ponerse el país de sombrero designando a dedo a un verdadero cuatro de copas por su “buena relación con los medios de comunicación” se va cerrando alrededor de Cristina como una muralla que la aprisiona cada vez más. Y es que no se podía esperar otra cosa de un burro, como reza la sabiduría popular, que una tremenda patada. El poder no perdona a quien le devuelve al pueblo su participación en la riqueza de la patria, con un proyecto de país más justo y soberano. Pero el pueblo —que es bueno, pero no es zonzo— tampoco puede perdonar a quien se recuesta en sus glorias pasadas para salvarse o salvar a los suyos mientras entrega a las mayorías a ser carne de los leones.

En esa encrucijada se encuentra Cristina, quien se metió en la celda y tiró la llave, pero a veces envía a alguno de sus allegados a gritar, como si ello la exonerara de las responsabilidades que le caben, por cómo la cosa está que arde. Entonces nos encontramos desde los medios de comunicación supuestamente “opositores” al gobierno con un discurso que apunta a señalar que decisiones políticas como aceptar los términos impuestos por el Fondo Monetario Internacional para el pago de la deuda impagable que el gobierno de Mauricio Macri tomó y el gobierno de Alberto Fernández legitima no cuentan con el visto bueno de la vicepresidenta, en virtud del silencio que ella parecería guardar.

Días enteros nos bombardean con ese doble carácter en el silencio de Cristina. Los medios supuestamente “opositores” nos dicen que ella pretende poner palos en la rueda y que por ello no aplaude abiertamente el acuerdo con el FMI. Todo para que venga convenientemente el ministro de Economía Martín Guzmán a agradecer especialmente a Cristina por su apoyo a lo largo de la “negociación” y estimular de ese modo otra catarata de definiciones esta vez de parte de los medios “oficialistas” y de la militancia palaciega que gusta de aplaudir acríticamente.

Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, aun durante el acto de asunción de aquel a fines de 2019. Ese mismo día por la noche, frente a una Plaza de Mayo repleta, CFK adelantaba en tono profético el comportamiento errático que iba a tener el presidente de allí en más. Y toda la profecía se cumplió, precisamente porque no era una profecía: era el conocimiento de antemano de la naturaleza contra natura del frente que se había armado para derrotar al Mauricio Macri.

“¡Hurra! ¡Viva la Reina de Corazones! ¡Viva Guzmán, viva Kristalina! ¡Viva el FMI, viva Alberto!”, vocifera la militancia del núcleo duro kirchnerista, cada vez más aislada de la realidad e insistente en la práctica del seguidismo acrítico y riverboquista. “Qué alivio”, comentan. “Ya lo dijo Alberto, no va a haber ajuste ni la deuda se va a pagar a costas del hambre y el sufrimiento del pueblo argentino. Señalar que este acuerdo es lesivo del interés nacional es cosa de trotskistas o antiperonistas”. Y siguen muy tranquilamente en la alegría de su militancia de colores de banderas; no de acciones de gobierno o, aunque más no sea, de ideas sublimes. No se dan cuenta de que en realidad es cierto, que Cristina no aplaudió nada, que simplemente se quedó callada. Ni tampoco reparan en el hecho de que sugestivamente desde el arco mediático que la odia desde siempre las operaciones están dirigidas a señalar que ella no apoya a Alberto Fernández. Simplemente no reparan en ello, lo que bien visto es una señal poderosa.

Y en eso está la cosa cuando salta a gritar uno de los miembros más prominentes del círculo más íntimo de la vicepresidenta, nadie menos que su propio hijo, para patear el tablero de la política renunciando a la presidencia del bloque de diputados oficialistas y poniendo en un verdadero brete a los obsecuentes acríticos que dos días antes aplaudían y celebraban con bombos y platillos el mismísimo acuerdo que motivó la renuncia.

Cristina Fernández ya habló por boca de su economista de confianza, la exdiputada Fernanda Vallejos, luego de la catastrófica derrota del Frente de Todos en las elecciones primarias de medio término. Habló en cada una de sus poco frecuentes epístolas. Habló el Día de la Democracia ante una plaza repleta instigando al pueblo a volcarse a las calles en defensa de la patria y el futuro de los hijos. Habló y siempre dijo cosas muy distintas de aquellas que los medios afines al gobierno dicen que dijo. Entonces, ¿por qué se nos informa la cosa al revés?

Bueno, la hipótesis fuerte sigue siendo la misma desde comienzos de este proceso y es que Cristina es el chivo expiatorio en el gran lío que se avecina, propiciado de derecha a izquierda del arco político y mediático dependiente del poder global. Sí, es verdad que ella solita se metió dónde está, pero también es cierto que desde el poder, que jamás perdona, siguen pidiendo su cabeza. Si ella entregó el país al massismo o comoquiera que vaya a llamarse de ahora en más el cipayismo globalista (el frente de Todos Juntos por el Cambio en cualesquiera de sus versiones) a cambio, supongamos, de que no se llevaran presos a sus hijos, de todos modos no va a lograr zafarse ella misma de pagar los platos rotos. Es el precio que le toca por pactar con el Diablo.

La diputada Fernanda Vallejos, amiga y economista favorita de CFK. Vallejos generó un escándalo a mediados del año pasado al destrozar a Alberto Fernández mediante la difusión de audios evidentemente filtrados por ella misma. Vallejos fue allí la voz de una vicepresidenta que no podía hablar y expresó brutalmente la opinión que CFK siempre tuvo sobre su compañero de fórmula en 2019. La conductora habló entonces de manera inequívoca, pero no con su propia boca. Y por eso no condujo.

Si cada tanto la Doctora Jekyll pega algún que otro grito por lo general por boca de otros para advertir al pueblo acerca de la malignidad de los tiempos que se avecinan, haciendo caso del deber-ser que le impone a la conciencia de cualquier peronista privilegiar al pueblo antes que a las personas, de todos modos la señora Hyde ya pactó a espaldas de ese mismo pueblo la conformación de un gobierno que más temprano que tarde iba a exprimir a los argentinos para hacer frente a unos compromisos de deuda a todas luces completamente inabarcables.

El día que la toquen a Cristina ningún quilombo se va a armar y eso es así porque Cristina hizo caso omiso del principio que todo peronista debería poner en práctica más que ningún otro: primero es la patria, luego el movimiento y por último los hombres (y las mujeres). La conducción se ejerce, no se declama. Y mana directamente de la voluntad del pueblo. El pueblo será bueno, pero no es tonto ni masoquista: cuando el conductor no conduce el pueblo se aparta, es sencilla la ecuación.

Mientras un grupúsculo de militantes persiste en su culto a la personalidad de Cristina, ella se ocupa de practicar su doble juego para sostener el equilibrio entre el deber-ser y el ser, entre la doctora Jekyll que desea el bienestar general con justicia social y la señora Hyde que pugna por la salvación de su tribu. Y por fuera de la rosca estamos nosotros.

Estamos los que tenemos que aguantarnos la reforma laboral de facto que se viene llevando a la práctica so pretexto “sanitario” desde por lo menos marzo de 2020. Estamos los que tenemos que salir a la calle a trabajar sabiendo que nuestro salario equivale a algo así como treinta kilos de carne, en el país de las vacas. Estamos los que nos amanecimos en el día de hoy con un aumento en los combustibles del orden de entre un 9 y un 11%, a sabiendas de que, como se decía durante los años de Macri, la comida no va a las góndolas del supermercado volando amarrado al pico de una paloma mensajera.

Estamos, en fin, nosotros, el pueblo, los que pagamos desde siempre todas las deudas que contrae el poder político a través de nuestro trabajo y nuestro sudor, sacrificando nuestro progreso y nuestro futuro.

Junto a la imagen mítica de su padre. Máximo Kirchner renunció a la presidencia del bloque del Frente de Todos en el Congreso de la Nación y con ello expresó una vez más la opinión de su madre, esta vez sobre el acuerdo entre el gobierno de Alberto Fernández y el Fondo Monetario Internacional. Está todo más que claro o bien, como decía Descartes, acaso un dios nos engaña.

Cuando la toquen a Cristina ningún quilombo se va a armar un poco porque el capital político del que gozaba hace apenas tres años y con el que ganó ella sola las elecciones de 2019 se le está diluyendo en partes iguales por transferencia a un Frente de Todos que nació para hundirla y por la legítima rebeldía de quienes se hartaron del palabrerío y desean ver reflejado lo que votaron en una mejora efectiva de sus condiciones de vida. Mejora que no llega ni tampoco parecería que va a llegar.

Y otro poco porque el día que la toquen a Cristina vamos a estar todos tan ocupados en sobrevivir, en ganarnos el mango del día, que ni siquiera nos vamos a enterar. A las puertas del calabozo la va a acompañar un patético grupito de enajenados panzallena aislados de la realidad y el resto se habrá olvidado de ella. Estamos yendo hacia un estado de hartazgo tal que el humo tribunero a la mayoría le resbala olímpicamente.

Y es que es eso lo que está pasando ahora.

Mientras el pequeño grupo de obsecuentes del Frente de Todos que aún apoya al gobierno se debate en la contradicción existencial acerca de si debe o no apoyar el acuerdo con el FMI y defenestrar a Máximo Kirchner o, si por el contrario, el pataleo de este último le permitirá a ese grupo canalizar un cierto descontento que este se venía negando a sí mismo por “conducta partidaria”, el pueblo argentino sigue en el devenir cotidiano con la ñata contra el vidrio, ajeno a la rosca y más ocupado en la subsistencia. El doble juego de la Reina de Corazones tiene fecha de caducidad, sencillamente porque no se puede quedar bien con Dios y con el Diablo.

No se le puede hacer creer al poder que una es parte de sus acólitos y a la vez pretender que el pueblo no pague las consecuencias. Antes del final de su carrera política Cristina va a tener que terminar el doble juego y definirse. Cuando el momento de la verdad llegue sabremos finalmente quién ha sido en verdad a lo largo de todos estos años, quién es la verdadera Cristina y quién la impostora: si la doctora Jekyll o la señora Hyde.

De momento, hay que esperar para ver. La pelota está en su tejado, nadie la puso en el brete en el que está.

Por Rosario Meza