Los meses de enero en nuestro país suelen ser distendidos y de muy poca rosca en todo lo que se refiere a la trama política. Tradicionalmente, las vacaciones de verano están para el debate y la lucha en Argentina cual las olimpiadas para la guerra en la Grecia clásica: son la suspensión necesaria de actividades para que todos podamos descansar y pensar en otra cosa por lo menos una vez al año. En verano no suele haber combate, ya que el campo de batalla con casi 40 grados de calor no es lugar más indicado para empezar otro año.

Este 2019, no obstante, presenta un panorama muy diferente. Por una parte, gracias a la degradación de las condiciones de existencia del argentino en general después de tres años de gobierno de los ricos, las vacaciones se han vuelto un artículo de lujo. Son los menos los compatriotas que hoy pueden darse el gusto de una quincena en la Costa Atlántica o en las Sierras de Córdoba, ni que hablar de hacer un viaje al exterior. Entonces vuelven las pelopinchos en el patio, vuelve el tomar sol en las terrazas y, en definitiva, el quedarse en casa durante el mes de enero. Y si las mayorías no salen a distenderse, es natural que sigan atentas a la realidad del país, máxime cuando lo que hay en el aire es una incertidumbre enorme respecto al futuro en el corto y en el mediano plazo.

Pero eso no es todo. Por otra parte, más allá de la pobreza que se generaliza y no permite el cumplimiento de los rituales de descanso previstos en nuestra cultura, el año electoral que empieza en medio a tanta incertidumbre se hace más largo que de costumbre y en consecuencia debe empezar más temprano. Faltan pocas semanas para que se presenten las opciones electorales y podría faltar incluso menos si ciertas maniobras en el sentido de adelantar las elecciones tuvieran realmente lugar. Entonces empiezan las negociaciones entre los que deben negociar y las especulaciones entre los que son de especular. ¿Quiénes serán los candidatos? ¿Habrá alianza entre los distintos sectores de la oposición para hacerle frente al gobierno de los ricos, que quiere renovar para seguir saqueando? ¿Va a jugar Cristina?

Muchas preguntas que empiezan a sonar ya en enero y todo eso sumado a la ebullición inesperada en Venezuela movieron el avispero de un mes que de otra manera tendría que ser tranquilo. Los argentinos terminamos empalmando el 2018 con el 2019 sin pausa mediante y los ánimos están encendidos, lo que podría servir para sacudir la modorra y que finalmente tomemos una decisión respecto a lo que queremos para el futuro de nuestro país.

Pero la rosca y las negociaciones para nosotros son el símbolo, la representación de lo que realmente es. Y lo que realmente es no suele ser noticia: son los movimientos silenciosos que tienen lugar entre las clases populares y los sectores medios, entre las enormes mayorías, que es donde consideramos debe realizarse la unidad nacional-popular. Es allí donde queremos agitar y sacudir la modorra, es en este subsuelo de la patria que no se decide todavía si sublevarse o no donde consideramos que debe hacerse la unidad. La unidad nacional-popular no es una cuestión de que los dirigentes se pongan de acuerdo y ya, es un asunto que debe resolver el pueblo-nación argentino en su conjunto.

Es por eso que esta decimosegunda edición de nuestra Revista Hegemonía viene totalmente dedicada al enorme problema que supone el cerrar la grieta falsa que existe hoy entre nosotros y nuestros amigos, familiares, compañeros de trabajo y estudio. Hablamos aquí de hacer el esfuerzo de construcción necesario para pasar del modo Daniel Cantieri —“mis familiares son todos gorilas y que se vayan a la puta que los parió”— a un estado de reconciliación y diálogo con gente que, al igual que nosotros y todos los demás argentinos, está siendo enormemente perjudicada por el gobierno de los ricos y necesita en forma urgente un nuevo ciclo de gobierno nacional-popular para volver a respirar.

Sabemos que no es fácil, comprendemos las dificultades en volver a establecer un diálogo con gente que nos ha insultado y vilipendiado durante años en base a su propia incapacidad de ver la realidad. Sabemos que cuesta y por eso mismo lo llamamos esfuerzo de construcción, que es esfuerzo y siempre presupone una cierta cantidad de sacrificio, para lograr el objetivo. Y con esta edición de Hegemonía queremos dar el primer paso, ya en este enero que se va, para que los argentinos vayamos comprendiendo que la hora es de unidad por encima de cualquier opinión personal o individualidad. Creemos que lo personal no es político y que podemos lograrlo, creemos que podemos priorizar el grupo y salir a flote de esta situación desesperada.

Creemos. Y aquí estamos, una vez más, para sostener nuestra fe en la cultura del pueblo argentino. Aquí estamos de pie y listos para abrir los brazos y tender la mano. Llegó el momento del abrazo que nos venimos negando mutuamente desde que un poderoso decidió que debíamos odiarnos. Llegó la hora y aquí estamos.

Erico Valadares
Revista Hegemonía
La Batalla Cultural