Desde la pérdida del poder en el Estado en el año 2015, pareciera que hubieran pasado mucho más que 3 años y unas semanas. Sin embargo, este tramo corto, pero intenso nos ha servido para evidenciar aquellas cuestiones que veníamos arrastrando y que, por la inercia y la firme convicción de seguir avanzando en un camino de construcción soberana, no supimos ver a tiempo para corregir el rumbo hacia el desastre que hoy nos toca padecer como conjunto.

Y no es sólo una cuestión de autocrítica, que debemos hacerla y con profunda responsabilidad, sino también de revisión de los valores que como sociedad alguna vez compartimos sin preguntarnos demasiado por qué y que hoy añoramos como los más preciados tesoros jamás hallados en el mundo. Los lazos de amor, confianza y solidaridad que quizá no valoramos lo suficiente, hoy son la clave para sobrevivir a la angustia en la que nos envuelve el contexto de saqueo infernal y de violencia sostenida y creciente. Hoy más que nunca estamos valorando un abrazo, un encuentro con amigos y compañeros, una charla sincera y un mate con anécdotas de tiempos mejores. Porque nos han golpeado, sí, pero también porque hemos caído en la cuenta de lo que significa vivir en comunidad en tiempos de guerra.

El plan a nivel global tiene características elementales que buscan conducir a los pueblos a su fragmentación, utilizando técnicas que varían según la cultura a la que se quiere destruir. Pero en todos los casos lo que podemos observar, sin necesidad de ser expertos en lo que cada pueblo-nación representa, es que la clave está en la conformación de la familia y los vínculos afectivos. Lo que se pone de manifiesto en cada comunidad es que las tradiciones y los valores que eran la base y sustento de las relaciones interpersonales están siendo cuestionadas, objetadas, reinterpretadas e incluso silenciadas y hasta eliminadas. Y no necesariamente las que eran materia de corrección, porque no vamos a obviar el hecho de que nada es perfecto, aunque sí es perfectible, pero al ver todas las cuestiones que están involucradas en estos nuevos paradigmas impuestos por la fuerza, lo que termina siendo afectado en la generalización son las bases de nuestra supervivencia como especie a lo largo de toda nuestra existencia.

Nos están empujando, desde todos los frentes, a pasar de ser una comunidad organizada a un cúmulo de individualidades que se creen independientes del otro, autosuficientes y capaces de subsistir y avanzar en una sociedad compuesta en la que la norma ya no debe ser la cooperación, sino la competencia. Las redes sociales en reemplazo de las reuniones sociales, el mérito propio en reemplazo del apoyo mutuo, la carrera profesional y el desarrollo material en reemplazo de los proyectos familiares y la realización espiritual, la soledad en un mundo hostil en reemplazo del encuentro para fortalecernos. Todo esto, en los diferentes niveles de existencia, es lo que caracteriza al ser posmoderno que viene a ocupar el lugar del ser moderno al que no se quiere integrar, sino destruir. Porque una cosa es invitarnos a las nuevas formas de concebir el mundo y lo humano, y otra muy distinta es forzar una transformación repentina con argumentos que no son propios de nuestra cultura y de nuestra tradición nacional.

Y aunque podemos hablar de la enorme lista de motivos por los cuales las corporaciones a nivel mundial necesitan que todo esto se dé en las comunidades que representan un estorbo a los intereses de un globalismo sin gobiernos ni pueblos, lo que nos urge comprender hoy en nuestra coyuntura es que la fragmentación del conjunto es la base para que, en lugar de discutir de qué manera debemos trabajar y consensuar por el bien común, estemos midiéndonos con el vecino para ver quién tiene la razón sobre cualquier cuestión. No importa la temática, lo único que importa es que unos quieren convencer a los otros de que están equivocados, es la permanente confrontación de los opuestos para perpetuar las diferencias hasta el infinito y más allá.

Claro que esto no es novedad, ya lo hemos dicho de innumerables maneras y, sin embargo, pareciera que no terminamos de lograr la comprensión que el momento histórico que estamos viviendo requiere de todos nosotros. Porque la teoría es fenomenal, pero en tanto y en cuanto no la apliquemos a la vida diaria, es sólo información acumulada para seguir en la rosca de tener la razón.

Entonces nuestra responsabilidad como sujetos decididos a militar por el proyecto de país nacional-popular es la de buscar la manera de que aquellos a quienes queremos interpelar nos escuchen, primero, y nos entiendan, después. Y para lograr eso debemos dejar de una vez por todas los rencores personales y los gustos particulares cuando lo que está en juego y en nuestras manos son los destinos de la Patria. No queremos tener razón porque esto no es una cuestión de ego personal: en verdad se trata de una mezcla entre amor profundo por lo que defendemos y una tristeza que a veces nos desborda de saber del sufrimiento de tantos por causa de los oligarcas que nos gobiernan, sí, pero más que eso por las cosas que nosotros mismos hicimos mal y que permitieron que lleguemos a este punto tan oscuro de nuestra historia. Y será en el equilibrio que logremos hacer entre esos dos sentimientos que podremos brindarle al otro aquello que nosotros pudimos finalmente comprender.

Pero esto requiere de una respuesta sincera a una pregunta dura: ¿Por qué hacemos lo que hacemos? Al saber eso, según sea el caso, podremos trazar una línea que nos guíe en todo tiempo y lugar para cumplir con nuestra misión particular, esa que siempre estará vinculada a un otro al que buscamos interpelar. ¿Qué sería de estas palabras sin ojos que las miren, sin cerebros que las procesen, sin corazones que las signifiquen y sin identidades que las interpreten? Somos nosotros mismos un conjunto de voluntades, todas puestas al servicio de un bien superior que es nuestra propia existencia, todo junto inserto en una sociedad en la que nadie es imprescindible, pero cualquiera puede serlo también. “Nadie se realiza en una comunidad que no se realiza”, decía Perón, porque la justicia social es justamente la manera en que el todo es más que la suma de las partes, porque cuando cada individuo de esa sociedad se realiza, el resultado es un avance del conjunto hacia una etapa superior en la que los límites nos son desconocidos porque cada vez que alcanzamos una meta, podemos proponernos volver a soñar.

Acá vale recordar lo que decía Don Arturo Jauretche en su carta al Dr. Ávalos, en el año 1942, describiendo con actualidad escalofriante lo que él estaba comprendiendo de la coyuntura nacional argentina de ese tiempo: “(…) El error está en creer que el Régimen es el cuerpo de hombres que maneja los partidos de la Concordancia, cuando éstos son sus meros instrumentos. Es como creer que en Francia gobernaban los partidos y no las 200 familias. Pero aquí es peor, porque ni siquiera son familias. Las que gobiernan son sociedades anónimas, frías creaciones del dinero, sin sangre, sin corazón, sin ley, sin patria. Y para peor, con un asiento principal fuera del país y obedientes a directivas políticas que sirven fines imperiales. El buen argentino no tiene que hacer caso de estas imputaciones y debe seguir adelante sirviendo a su país, pues la propaganda trata de crear complejos de inferioridad para que el hombre no exprese lo que siente (…) La cosa es sencilla: nos quieren hacer pasar por democracia el mantenimiento del parlamento, la justicia, las instituciones, en una palabra, es decir, lo formal que el Régimen maneja. Para nosotros, la democracia es el gobierno del pueblo con o sin parlamento, con o sin jueces, y si el pueblo no gobierna, las instituciones no son más que las alcahuetas de la entrega”.

Es decir, si nosotros no nos convencemos de que el enemigo al que nos enfrentamos no es el vecino que piensa distinto, sino una runfla de delincuentes cipayos y apátridas al servicio del mejor postor, entonces no podremos retomar el poder en el Estado que jamás debimos haber perdido. Porque de eso se trata todo, de volver a las bases de la vida en comunión, de poder dejar de ver en el otro al enemigo para mirar al compatriota y saber que todo tiene que ver con todo, que nadie es ni hace solo y por su propia cuenta porque siempre, sin excepción, necesitamos que esté el otro ante nosotros y nos confirme que estamos acá, en este momento, queriendo hacer la diferencia para construir un futuro mejor.

No vamos a salir con consignas clichés a gritar verdades, tenemos que salir como argentinos de bien a persuadir, sin obligar ni mandar, para ayudar a otros argentinos a que comprendan que unidos somos invencibles para poder triunfar. Nos va la vida en ello, compatriotas, no perdamos más tiempo. El futuro está llegando y puede ser nuestro.

*Romina Rocha