La Argentina se acerca a uno de los momentos más decisivos de su historia con un desafío: hacer la unidad de su pueblo-nación para conseguir en las urnas una nueva mayoría que resulte en un nuevo ciclo de gobierno nacional-popular y evitar que el país estalle. Para que esa nueva mayoría sea una realidad y se exprese en las urnas en forma de votos, la unidad nacional-popular no puede referirse (y de hecho no se refiere de ninguna manera) a las posibles alianzas y acuerdos electorales que vengan a formar los dirigentes a la hora de definir las listas de candidatos. Lo que el atento lector verá a partir de aquí será una explicación de qué es una unidad nacional-popular bien entendida, además de una descripción de la magnitud del desafío que tenemos por delante.

En el año 2003, la Argentina acudió a las urnas en una situación parecida a la actual, aunque políticamente muy diferente y un tanto menos desesperada en términos económicos. Nuestro país venía estabilizándose en el fondo del pozo luego de la debacle política, institucional, social y económica de fines del 2001 y llegaba a las elecciones del 2003 bajando los niveles de conflictividad, pero además sin mucha perspectiva de futuro. La renuncia de Fernando de la Rúa, el estado de sitio y el caos en las calles, la sucesión de interinos y finalmente la asunción y la presidencia de transición de Eduardo Duhalde terminaron resultando en un proceso de pacificación del territorio “por las malas” —con represión y muertos incluidos— y dicho proceso fue suficiente para anestesiar a la sociedad argentina, creando la antesala de lo que iba a venir.

Nuestro país estaba por ese entonces estable, pero hundido en una depresión que había sido resultado de una década larga de destrucción del aparato productivo. Y afirmar que la situación es más desesperada ahora que entonces no es ninguna exageración: el ciclo de gobierno de los ricos iniciado en 2015 también llevó a cabo y aun más rápidamente la destrucción de la producción nacional, destruyó el empleo, descontroló toda la economía e hizo de las finanzas una timba. La diferencia es que, además, la coyuntura actual también presenta un brutal endeudamiento y una inflación altísima, cosas que no existían para el año 2003.

En otras palabras, estamos quebrados como en el 2003, pero encima endeudados a niveles inauditos y acosados por un proceso inflacionario que nos destruye el poder adquisitivo de los salarios día tras día, como en una suerte de mezcla entre la retirada del gobierno de la Alianza, la parte final de la presidencia de Raúl Alfonsín y la etapa posterior a la Guerra de Malvinas de la última dictadura. Es la tormenta perfecta.

Es por eso que la Argentina se encuentra hoy en una situación desesperada y quizá nunca antes vista. Es cierto que todos los gobiernos preperonistas hasta la Década Infame le dejaron una herencia pesadísima al pueblo argentino, una deuda social que Perón tuvo que pagar. No obstante, el estado de la economía y los niveles de conflictividad social que el actual gobierno de las corporaciones representado en Mauricio Macri va a legar son realmente inéditos. Si llega a las elecciones en una sola pieza, lo que en sí también es dudoso, el gobierno de Macri le dejará al sucesor un 2020 muy complejo, una auténtica bomba de tiempo para desactivar.

En el año 2003 Néstor Kirchner llegó sin ser esperado por el pueblo-nación argentino y supo cuidar la unidad nacional-popular convocando a todos a soñar con un país en serio, pero además un país justo. Y enamoró a millones con su prédica.

Así es como llega nuestro país a las elecciones de este año, las que no dudamos en calificar como las más importantes de nuestra breve historia. Del resultado de las urnas en este 2019 depende el futuro a corto, mediano y largo plazo, no son unas elecciones regulares. No hay nada de ordinario en la decisión frente a una encrucijada que presenta como opciones la liberación nacional o la consolidación del estatus colonial, la unidad de un pueblo-nación o la disolución de la comunidad con tendencia a la destrucción de 209 años de construcción política y la posterior balcanización. La Argentina está frente al desafío mismo de seguir existiendo tal y como la conocemos hoy. Los proyectos políticos en pugna son tan radicalmente opuestos que sus resultados son extremos: ser o no ser, no estar mejor o estar peor, no es cuestión de matices. Si en las urnas optamos por seguir con el actual modelo, entonces estaremos firmando nuestra sentencia de muerte como sociedad y país, porque las fuerzas del enemigo proponen el proyecto de nuestra liquidación y remate en una mesa de saldos.

He ahí la encrucijada. Y también la necesidad de hablar hoy de unidad nacional-popular por encima de intereses sectoriales o de opiniones de esta o aquella minoría. Cuando Cristina Fernández habla desde el lugar de la conducción de la fuerza política de las mayorías populares y dice que “izquierda” y “derecha” son categorías perimidas que no sirven para describir la realidad en este siglo XXI, lo que en verdad está diciendo es que no existen opiniones posibles frente a la encrucijada a la que nos enfrentamos y en la que se define nuestro destino.

En el siglo XX que ya es historia, tanto los proyectos de derecha como de izquierda tenían algo en común: la referencia a un destino nacional. Hablaba cada cual desde su lugar y opinión sobre cómo debería ser ese destino, pero se hablaba de un destino nacional al fin. Y eso no ocurre en la actualidad. No es de izquierda ni de derecha el que propone la disolución de la comunidad, la destrucción de la construcción política —que es perfectible, siempre y en todas partes—, la balcanización del territorio y la enajenación de los recursos humanos y naturales de un país.

Incluso la derecha más extrema en el siglo pasado tenía perspectiva de soberanía nacional, incluso la izquierda más apátrida la tenía. Era entonces una lucha por la manera cómo se iba a distribuir la riqueza nacional, nunca una discusión sobre si la riqueza nacional iba a seguir siendo nacional o si se iba a regalar, desposeyendo a la totalidad. Hoy la discusión es otra.

Lo que está en juego es nuestra propia existencia desde que las corporaciones comprendieron que podían ir por todo, esto es, por la destrucción de los Estados nacionales y finalmente la implementación del proyecto que siempre tuvieron: el de un gobierno mundial corporativo. Aquello que se representa en las ficciones distópicas estilo 1984 y Un mundo feliz no es otra cosa que una forma artística y literaria que los Orwell y los Huxley encontraban en su momento para describir ese proyecto, que es el proyecto de las 60 familias más ricas del planeta. Claro que la descripción de la realidad política en clave literaria no es ninguna novedad desde que Maquiavelo publicó El Príncipe hace cinco siglos y, desde entonces, lo más significativo en narrativa política tiene esa forma novelesca que a veces es difícil de descodificar.

Pieza artística alusiva a ‘1984’, de George Orwell, una obra que no fue bien comprendida en la advertencia que contiene sobre el proyecto de las corporaciones.

El proyecto de un gobierno mundial de las corporaciones que Orwell expone en 1984 es un claro ejemplo de ello. No son pocos lo que ven en esa obra una metáfora del estalinismo, aunque no hay nada más alejado de eso. En realidad, el estalinismo con su consigna de “socialismo en un solo país” es la propia reconversión del modelo soviético —de extrema izquierda, como se ve— de un utópico internacionalismo proletario a un proyecto posible de soberanía nacional. El propio Stalin aclara que la prioridad es la patria en su El marxismo y la cuestión nacional, una obra desconocida para nuestra intelectualidad y que es un canto a la importancia de la conquista de una patria soberana, independiente y socialmente justa, en lo que van a coincidir con Stalin, por ejemplo, los Perón de ayer y los Chávez de hoy.

Entonces no, 1984 no es una metáfora del estalinismo ni de ningún proyecto nacionalista. Orwell se refiere precisamente al internacionalismo, pero el de las corporaciones, que hoy se expresa bajo la máscara de la globalización neoliberal. Pero esa globalización no es neoliberal ni liberal. No es de derecha ni es de izquierda, es simplemente de las corporaciones, de los ricos del mundo, y a ella se le debe oponer un proyecto nacional. Un proyecto nacionalista al estilo de Jauretche, quien no dudaba en definir su nacionalismo de la siguiente forma: “El nacionalismo de ustedes se parece al amor del hijo junto a la tumba del padre; el nuestro, se parece al amor del padre junto a la cuna del hijo. Para ustedes la Nación se realizó y fue derogada; para nosotros, todavía sigue naciendo”. Nuestro nacionalismo no es el de los nazis ni mucho menos, es el nacionalismo de la Patria Grande latinoamericana que lucha por su liberación y por abrirse del proyecto de la globalización que oculta el reinado mundial de las corporaciones.

Por lo tanto, frente a la amenaza que imponen las corporaciones a la construcción política de nuestro país y de todos los países, la única opción viable es la oposición de un nacionalismo popular, de un proyecto nacional-popular, en una palabra, que rescate la defensa del destino común por encima de orientaciones ideológicas y opiniones particulares de “izquierda”, de “centro” o de “derecha”. Esa forma de representar el espectro es un producto de la Revolución burguesa de 1789 en Francia y ya está caduca, puesto que esa burguesía se ha concentrado al extremo en dos siglos de historia y ha asumido el lugar de la monarquía que fue su enemiga entonces. Las corporaciones son otra forma de dominación monárquica, ahora multi y supranacional, a la que solo puede oponerse la fuerza del pueblo organizado en su conjunto y sin divisiones por opinión. Igualito que en 1789, cuando burgueses y proletarios marcharon juntos para destruir el Antiguo Régimen, que se parece muchísimo al actual en su carácter despótico. Esa es la unidad nacional-popular.

Los chalecos amarillos de Francia en plena protesta social: la bandera tricolor es una constante es las expresiones de este movimiento, poniendo en evidencia el grado de conciencia nacional-popular que el pueblo francés heredó de su Revolución.

Claro que las cosas son hoy infinitamente más complicadas que en 1789. Para empezar, el concepto de clase social solo iba a aparecer seis décadas después de la caída de la Bastilla, o el símbolo de aquella revolución burguesa, con la publicación del Manifiesto Comunista por Marx. Los proletarios en 1789 no sabían que lo eran en un sentido de autopercepción de clase. Lo que existía era la idea de “ciudadanos” opuesta a la de “súbditos”, donde la primera tenía un estatus de libertad frente al despotismo monárquico que ofrecía la segunda. Y en ella entraban todos y todas, sin diferencias según la posición social real de cada uno de los individuos y sectores. El pueblo francés salió a derrocar al monarca en unidad por encima de esas diferencias, porque no las había sistematizado aun y, sobre todo, porque fue capaz de pensar en un destino nacional común cuyo resultado es la República francesa de los tiempos que corren.

Es interesante ver cómo esa tradición nacional-popular de los franceses sigue teniendo eco en los días de hoy: los chalecos amarillos son precisamente una expresión pura de conciencia nacional-popular, ya que allí no existen divisiones por opinión ni posición social real. La sociedad francesa vuelve a comprender que existe una monarquía despótica, aunque esa monarquía no sea visible con sus coronas y títulos nobiliarios. Entonces el pueblo-nación de Francia retoma su mejor tradición para luchar contra el enemigo del pueblo-nación y en eso se materializa la idea de lo nacional-popular con una claridad inusitada.

También surgen por el mundo occidental otros ecos de aquella tradición revolucionaria. Es en los Estados Unidos —acaso un pueblo-nación tributario de las ideas de la Revolución burguesa en Francia— donde aparece la consigna del “Somos el 99%” por parte del movimiento Occupy Wall Street, colocando el mercado financiero en el lugar del despotismo monárquico y convocando a la lucha al 99%, que es el pueblo-nación hoy en la posición de sumisión propia del súbdito frente al poder del dinero. Occupy Wall Street también entendió que existe una monarquía despótica de alcance mundial en las corporaciones de los ricos del mundo. Y está llamando a la unidad nacional-popular para derrotarla.

‘La libertad guiando al pueblo’ de Eugène Delacroix es a menudo considerada una obra representativa de la Revolución burguesa de 1789, aunque en realidad representa una escena de las Tres Jornadas Gloriosas (o Revolución de Julio) de 1830, cuando la burguesía derrotó la restauración borbónica de Carlos X e instaló en el trono a Luis Felipe I de Orleans, el “rey burgués” que permitió la rápida industrialización de Francia y consolidó a la burguesía como clase dominante, en un modelo similar al de Inglaterra. La institución de II República en Francia tendría que esperar 18 años más, hasta 1848, cuando también cayó el reinado de los Orleans.

Pero no es solo en Occidente donde esa comprensión empieza a aparecer. Sin ir mucho más lejos, en el concepto fundamental de lo que hoy es Unidad Ciudadana está expresada la idea de los revolucionarios de 1789. En el propio nombre elegido para bautizar el espacio político, que pudo haber sido cualquier otro nombre, pero refiere a la unidad ciudadana por encima de las diferencias de posición social real y opiniones de “izquierda” y “derecha”. El concepto de “ciudadano” es opuesto al de “súbdito” y está en la raíz filosófica de los liberales clásicos que animaron la Revolución de 1789. Hasta aparece en las estrofas de La Marsellesa, canción revolucionaria que hoy es el himno de Francia. Cuando Cristina Fernández dice que las facturas de electricidad y de gas no vienen con el escudo del Partido Justicialista, del Partido Comunista o de la Unión Cívica Radical, sino con las marcas de Edesur, Edenor, Metrogas, etc., está diciendo eso: esto es pueblos o corporaciones, es el pueblo-nación contra la monarquía de los déspotas ricos. Cristina va muchos años por delante de todos nosotros y aún no estamos preparados para comprenderla debidamente. Pero podemos hacer el esfuerzo para descodificar el mensaje.

Jacobinos y girondinos: los escollos en el camino a la unidad

La unidad nacional-popular no se da automáticamente, por el principio fundamental de la política que sostiene la inexistencia de lo espontáneo. La Revolución burguesa de Francia no fue porque “la gente” (una entelequia) se enojó con María Antonieta cuando esta sugirió que el pueblo sin pan comiera pasteles, ni siquiera se sabe si María Antonieta dijo tal cosa y tampoco se sabe cómo pudo haber trascendido, si es que efectivamente lo dijo, puesto que no existía la radio y mucho menos la televisión en 1789. En realidad, no había gente enojada. Lo que había era una clase dirigente que organizó al pueblo-nación de Francia en una unidad nacional-popular para destruir el proyecto político de la monarquía absoluta y reemplazarlo por otro proyecto, uno de tipo republicano y burgués. No hay nada más, no hay mitos ni nada sobrenatural. Lo que hay en la base de lo que llamamos “Revolución Francesa” es solo organización política hacia la unidad nacional-popular que se logró y triunfó.

También sería ingenuo, por otra parte, pensar que al interior de ese movimiento nacional-popular que hizo la Revolución no existían los partidos. Los había, estaban los jacobinos, los girondinos y los sans-culotte, había divisiones internas basadas en la posición social real de aquellos individuos revolucionarios y también basadas en opiniones particulares. Tampoco existe la homogeneidad en la política y eso es algo que debemos tener muy en claro, porque siempre que se buscó esa homogeneidad la cosa no terminó bien para los involucrados.

Lo que ocurre es que la construcción política supone un esfuerzo de construcción, precisamente. Y eso cuesta. Hay que hacer un esfuerzo para levantar una casa, lo que en sí es la mejor metáfora para este caso porque eso es lo que entendemos naturalmente cuando escuchamos la palabra “construcción”. Entonces el esfuerzo necesario para que una construcción política triunfe y finalmente se realice es poner los intereses de esa construcción por encima de los intereses particulares o sectoriales de cada individuo o grupo de individuos involucrados. Todos lo que quieran logran la unidad nacional-popular debemos someter nuestros intereses y opiniones particulares al interés superior, a la necesidad que tiene la construcción para realizarse.

Eso fue lo que hicieron los revolucionarios de Francia en 1789, pusieron el destino común por encima de sus propios intereses sectarios e hicieron la unidad nacional-popular —siempre una cosa heterogénea, como veíamos— para derrotar a la monarquía e implementar la república, un nuevo proyecto político. Una vez que lo lograron se pelearon entre ellos y mutuamente se mandaron a la guillotina, es cierto, pero solo después de haber logrado el objetivo primario. Claro que les hubiera ido mucho mejor si se mantenían unidos también después de la lucha, porque el haberse desunido en lo sucesivo fue precisamente lo que dio lugar a las restauraciones monárquicas durante la primera mitad del siglo XIX. Siempre es mejor mantener la unidad a medida que se van logrando los objetivos, pero eso es muy difícil. Lo básico, lo fundamental es lograr esa unidad para la lucha contra el enemigo común y la unidad nacional-popular en esta etapa de nuestra historia se refiere inicialmente a eso: a una alianza entre sectores e individuos que piensan muy distinto respecto a los más variados asuntos para derrotar la amenaza de la globalización corporativa que nos quiere desguazar. Y después vemos, paso a paso, como solía decir el célebre “Mostaza” Merlo en su sabiduría futbolera.

Protesta de Occupy Wall Street en los Estados Unidos. El movimiento es precursor de los chalecos amarillos en Francia y hace referencia a la monarquía invisible de los ricos del mundo, sus corporaciones y la especulación financiera.

Entonces el primer escollo a la construcción de la unidad nacional-popular hoy en Argentina —y también el más difícil— es que no queremos abrazarnos con el que piensa distinto. Y acá vamos a empezar a ver que cuando decimos “unidad nacional-popular” no nos estamos refiriendo a la rosca entre dirigentes en la que se dirime quién va a ser candidato a qué y a quiénes les va a tocar esta o aquella porción del poder político una vez que la victoria se conquiste. Nada de eso. La unidad nacional-popular es entre el carnicero y el verdulero, entre el abogado y el chofer de micros, entre el limpiavidrios y el jubilado. La unidad es con el de al lado, la unidad del pueblo argentino, del atento lector y nosotros, no la alianza de los dirigentes, que del pueblo no son más que una representación.

Y ahí tenemos las dos claves para definir finalmente qué es la unidad nacional-popular. Por una parte, la unidad del pueblo-nación, de clases populares y sectores medios del país. Por otra, que la alianza entre los dirigentes se va a dar sí o sí cuando exista esa unidad, porque los dirigentes representan al pueblo literalmente y no al revés.

Los dirigentes no bajan del cielo ni vienen de Marte a dirigir a unos pueblos estúpidos e incapaces de organizarse. El dirigente, en realidad, en un individuo formado en la misma sociedad que se propone a dirigir, lo que en sí es una perogrullada. Pero es importante tener en cuenta esa verdad de Perogrullo para no olvidar jamás que todo dirigente hace siempre lo que el pueblo al que representa quiere en cada momento. De ahí la máxima de que “todo pueblo tiene el gobierno que se merece”, a la que le solemos agregar “en cada momento de su desarrollo como pueblo”. Por lo tanto, si el pueblo argentino está unido alrededor de la comprensión de que hay que defender la patria y eso es consenso social, desaparecen automáticamente del escenario político todos los dirigentes cipayos y los que queden van a hablar y hacer en función de la defensa de lo nacional. ¿Por qué? Porque si no lo hacen, entonces nadie los va a apoyar, no van a tener votos y no existen. El dirigente representa al pueblo, la conciencia del dirigente es la representación fiel del nivel promedio de conciencia del pueblo al que dirige.

Vladimir Putin, símbolo de unidad nacional-popular en Rusia. Aquí, junto a Cristina Fernández, en un momento memorable.

Entonces el problema no está en si Cristina se junta con Massa, si entra Pichetto en la jugada o si Vidal adelanta las elecciones en la provincia de Buenos Aires y entonces Cristina tiene que presentarse ahí, dejando el camino despejado para un Lavagna, un Solá o cualquier Fernández. No se trata de eso, esa rosca no es nuestra, el pueblo no participa de esa discusión sentado en la mesa de negociaciones. El pueblo-nación impone la decisión cuando la tiene, esto es, cuando sabe lo que quiere y se une para exigirlo. Cuando eso pasa, los dirigentes se ponen en el lugar de la representación de esa exigencia.

Podríamos aquí traer a colación innumerables casos de temas puntuales que demuestran esa teoría, la de que los dirigentes son la representación de sus dirigidos en un sentido estricto y no al revés. Vladimir Putin obtuvo en las últimas elecciones en Rusia un aplastante triunfo por el 77% de los votos válidos, lo que habla de una verdadera hegemonía de su proyecto político entre los rusos. Putin es frecuentemente calificado por los opinólogos de Occidente y de estas colonias como “homofóbico” por sus expresiones abiertamente contrarias a la difusión del homosexualismo en Rusia. Pero los opinólogos no entienden nada de Oriente y mucho menos de política, porque Putin no es homofóbico, no es “mataputos” ni nada por el estilo. Putin es tan solo el reflejo, la representación de la sociedad rusa, una sociedad muy tradicional en materia de sexualidad. Y eso es todo: Putin hace y es lo que la mayoría del pueblo ruso quiere que haga y sea, representa fielmente el pensar y el sentir de su pueblo, y por eso gana las elecciones “por afano” hace ya casi dos décadas en Rusia. Putin es el resultado de la unidad nacional-popular de un país que salió muy golpeado de la década de los años 1990, de la quiebra de la Unión Soviética y el avance de la globalización, y ahora se recupera gracias a que esa unidad existe, está fielmente representada y sigue su curso.

Imagen icónica de la represión a las protestas durante el estado de sitio en el 2001. Unidad por las malas, pero unidad al fin.

Entonces lo que hace falta es consenso social y para lograrlo hay que ir a construirlo desde las bases, desde el pueblo-nación. Y el principal escollo en el camino a ese consenso, a esa unidad y a la construcción de esa mayoría es precisamente la grieta, que se ensancha todos los días porque estamos más preocupados en meter nuestras opiniones personales en la discusión que en buscar los puntos de contacto y coincidencia con el vecino, con el amigo, el familiar y el compañero de trabajo o de estudio. La grieta no se cierra porque nosotros mismos queremos tener la razón en lo que cada uno de nosotros cree que es lo justo. Somos una sociedad de disenso permanente en busca de un consenso mínimo para salvarse de la disolución.

Cuando Néstor Kirchner ganó las elecciones y alcanzó el poder político en el Estado en las circunstancias que describíamos al introducir este artículo, prácticamente no existía la grieta. Todo el pueblo-nación argentino estaba en unidad nacional-popular alrededor de un solo objetivo común, bien elemental: no morir de hambre. Y así acudió a las urnas el pueblo argentino para participar en unas elecciones que fueron lo opuesto a la polarización verificada en el presente. Las elecciones del año 2003 fueron las más fragmentadas en términos de oferta electoral de nuestra historia, habiéndose presentado un total de 18 fórmulas de candidatos a presidente y vicepresidente, siendo que la mitad de esas fórmulas no superó el 1% de los votos válidos y el ganador triunfó con un 22% que supuestamente no legitimaba. Unas elecciones fragmentadas frente a un pueblo que estaba unido por la desgracia y por el espanto. Y ahora tenemos el escenario opuesto a modo de espejo, es decir, unas elecciones con poca oferta electoral frente a un pueblo fragmentado y dividido por la desgracia y el espanto, que son las constantes acá.

Eva y Juan, dos exponentes máximos de la unidad nacional-popular en Argentina.

La grieta es un problema y hay que cerrarla, aunque la idea no le guste al talibán que prefiere “morir con la suya” y tener toda la razón antes de establecer un diálogo con el que no está de acuerdo. De esta parte, de la parte de la fuerza militante de lo nacional-popular, a veces se tiene la impresión de que existe una fuerte tendencia al trotskismo, que es justamente la expresión política de la fragmentación absoluta donde es necesario estar de acuerdo en todos los asuntos para poder marchar hacia un destino común. El sector más enardecido de nuestra militancia sigue obnubilado por el descubrimiento de una verdad revelada, según la que esto tiene que ser de un modo muy preciso o mejor que estalle todo en llamas. Así, pese al esfuerzo reciente de la conductora del movimiento por poner los patos en fila y terminar con la fracción, hay militantes que no aceptan a nadie que no presente certificado de pureza expedido por autoridad competente, acompañado por pañuelos de determinados colores y su respectiva deconstrucción individual. Parecería que para luchar por un nuevo ciclo de gobierno de los pueblos y defender la patria es necesario haberlo entendido todo (siempre desde el punto de vista del que cree entenderlo todo, claro, porque ese “todo” también es relativo y lo que verdad para unos no lo es para otros).

No es una cuestión de candidatos. “Tragar el sapo” no es aceptar a Sergio Massa en una lista de candidatos, eso es fácil. “Tragar el sapo” es literalmente tragarse el orgullo en seco y cruzar la calle para establecer un diálogo sincero con el vecino que está pensando volver a votar a la fuerza política de los ricos porque piensa que odia a la conductora de nuestro movimiento por lo que le contaron de ella los medios de difusión, que también son de los ricos. Tragar en seco el orgullo y mirar a los ojos a ese familiar que está dispuesto a votar a Macri otra vez con tal de vernos perder a nosotros, que somos unas “kukas” insolentes. El “tragar el sapo” es precisamente el esfuerzo de construcción del que hablábamos, es hacer aquello que cuesta, poner el grano de arena individual por el bien del grupo. Es aceptar la diferencia del otro en la búsqueda de lo que hay en común, porque algo en común siempre hay.

La posible (o improbable) alianza entre Cristina Fernández y Sergio Massa es hoy objeto de especulación entre militantes, simpatizantes y amigos del proyecto nacional-popular. Y esa especulación es altamente nociva, puesto que pone en compás de espera a mucha gente que desde ya tendría que estar explicando la realidad para ir cerrando la grieta por abajo. Infelizmente, mientras no están definidos los candidatos y las alianzas de cara a las elecciones, buena parte de los nuestros no se va a mover y la pregunta es: si dichos candidatos y alianzas no agradan, ¿harán fuerza por la victoria o harán la plancha como en 2015?

Buscar desacuerdos equivale a levantar paredes y, por el contrario, buscar el acuerdo es tender puentes. Los que hoy son rehenes del relato de los medios del poder y siguen votando contra sus propios intereses jamás van a tender ese puente. No, no lo harán si están a punto de morirse de hambre, eso no pasa. Esperar a que todo esté a punto de desintegrarse para cosechar el triunfo “de arriba” es el clásico método trotskista del “cuanto peor, mejor” y no funciona. Es nuestra obligación tender el puente con el que piensa distinto, con el que está enojado con nosotros o con el que piensa que odia a Cristina porque siempre escuchó a Cristina mediatizada por el relato del poderoso, nunca directamente. El que está en esa situación es un rehén y siempre va a levantar paredes para que no nos acerquemos, por lo que nos corresponde a nosotros dejar a un costado nuestro orgullo y tirar la soga para que la tomen. El orgullo es personal y lo personal no es político, no debemos llevar nuestras broncas, resentimientos y mucho menos nuestro odio al debate con el que piensa distinto, porque se lo vamos a volcar a la primera expresión desagradable que salga de su boca y así lo vamos a terminar de enajenar. Lo que tenemos que hacer es buscar ese punto de encuentro, ese lugar donde vamos a estar casi todos —salvo los enfermos y los sociópatas, que son muy pocos— de acuerdo. Y ese lugar es la patria, el destino común y el bienestar general, que son propios del pueblo-nación.

La unidad nacional-popular solo puede hacerse desde las bases de la sociedad, porque la grieta no se va a cerrar por arriba. Si la sociedad sigue fragmentada, esa fragmentación va representarse siempre en la oferta electoral por lo que veíamos antes, la verdad objetiva de que los dirigentes son la representación de los dirigidos. Mientras haya gente pensando que la dicotomía es entre “izquierda” y “derecha”, habrá dirigentes oportunistas dispuestos a vivir de eso. Y mientras exista gente dispuesta a votar por odio, habrá dirigentes que representen ese odio y ganen elecciones para meter más odio en la política. Pero si lo que existe entre el pueblo-nación argentino es la conciencia de que tenemos un destino común, de que si la Argentina estalla y se disuelve somos nosotros mismos los que vamos a estallar y a disolvernos, ahí nomás aparecerán los dirigentes y la alianza entre los dirigentes para dar la oferta electoral que exprese en votos dicha conciencia. Y cuando eso pase, entonces habremos puesto primera para arrancar en nuestro proyecto de soberanía política, independencia económica y justicia social, que bien explicados no pueden tener la objeción de nadie entre ese 99% que no somos de la familia real. La tarea de cada argentino que haya comprendido esta verdad objetiva es la de explicar, explicar y explicar. La de armarse de paciencia, poner lo personal a un costado y volver a explicar tantas veces como sean necesarias hasta hacerse entender. Si cada uno de nosotros hace eso y logra rescatar a uno de los que hoy son “ni-ni” y no están convencidos de nada, entonces tendremos un pueblo unido y el ganar las elecciones será una consecuencia natural. Y la unidad nacional-popular el resultado de todo eso.

El peronismo no es la lucha entre argentinos, sino la unidad de todos. El peronismo es Perón, desde luego, pero también es Evita, la que afirmaba que “no hay nada que sea más fuerte que un pueblo. Lo único que se necesita es decidirlo a ser justo, libre y soberano”. Lo único que necesitamos hoy es decidirnos a decidir al que está indeciso. Allí está la unidad que los dirigentes van a representar en la lucha política y la haremos nosotros mismos, con la fuerza del pueblo organizado en oposición a la fuerza brutal de la antipatria, como decía ella, la que nos sigue guiando espiritualmente a pesar de nuestra terquedad, orgullo infantil y pusilanimidad. Seamos dignos de quien dejó toda la vida por nosotros. Ya habrá tiempo para ver si somos jacobinos, girondinos, ateos, cristianos, verdes, celestes, de Boca o de River. Primero salvemos la patria, que lo demás no importa nada.

*Erico Valadares