Venezuela sacudió esta semana la modorra y agitó el panorama geopolítico al responder de manera un tanto inesperada a la más nueva intentona golpista que los Estados Unidos y las corporaciones intentan imponer en su territorio. El presidente Nicolás Maduro sorprendió a todos emulando a Hugo Chávez, pero recargado: cortó de cuajo las relaciones diplomáticas entre Venezuela y los Estados Unidos, fletando de yapa al embajador de este país en Caracas al grito de “tiene 72 horas para retirarse de Venezuela”. Los Estados Unidos habían reconocido un gobierno rebelde y golpista en Venezuela, y esa fue la gota que rebalsó el vaso. Maduro entra a la historia grande da América Latina con ese gesto, del que algunos creían era incapaz.

Y al instante llovieron las especulaciones: ¿Maduro se habrá vuelto loco? ¿Habrá guerra? ¿Qué harán los yanquis? Pero no, Nicolás Maduro no está loco ni mucho menos, como tampoco lo estaba Chávez.

Lo primero que debe saber el atento lector es que Venezuela no está en condiciones de resistir a una hipotética ofensiva militar por parte de los Estados Unidos y mucho menos de la OTAN en su conjunto. Pocos países en el mundo podrían resistir a un ataque de esas potencias y ninguno de esos países está en América Latina, por supuesto.

Maduro, no obstante, no es ningún suicida ni está loco. Para cortar las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos y echar al embajador yanqui en Caracas, ha debido de tener el respaldo necesario para hacerlo. La locura y las inclinaciones individuales al suicidio aquí no son una variable del análisis.

Maduro y Venezuela tienen respaldo. La cuestión es comprender de dónde viene ese respaldo y por qué.

La situación en Venezuela, en términos de estrategia geopolítica, es muy parecida a la de Siria. Ahí tenemos a los Estados Unidos intentando instalar un gobierno títere “rebelde” para provocar una supuesta guerra civil, derrocar el gobierno nacional-popular y hacerse del control del territorio. Eso pasó y está fracasando en Siria, eso puede estar pasando ahora mismo en Venezuela.

El golpista de turno Juan Guaidó, reconocido por los Estados Unidos y las potencias occidentales que lo promueven como otro intento de destruir la Revolución Bolivariana mediante la manipulación del odio en una parte de la sociedad venezolana.

Ahora bien, ¿por qué los Estados Unidos quieren hacerse con el control del territorio venezolano? Por las mismas razones que quisieron hacerse del control de Siria: por una cuestión de pesos y centavos. Siempre es así. El control del territorio es una cosa fundamental. En el caso de Siria, por ejemplo, el control del territorio en manos de una fuerza política nacional-popular está estorbando el camino de la realización del proyecto occidental de tender un gasoducto desde el Golfo Pérsico hasta Europa. Dicho gasoducto tendría que pasar necesariamente por Siria y serviría para liberar Europa de la dependencia del gas de Rusia.

Entonces, desde el punto de vista de Occidente en general, Bashar Al-Assad estorba y debe ser derrocado, porque es un factor determinante para la defensa de los intereses de Rusia en la región, cosa que las corporaciones no quieren.

Lo mismo ocurre, por razones no muy distintas, con Maduro. Al igual que Chávez, Maduro es un estorbo para los planes de las corporaciones occidentales porque defiende los recursos naturales del país y debe ser destruido, trabajo sucio que se les encarga a los militares y los espías de los países que representan los intereses de esas corporaciones: los Estados Unidos y las demás potencias occidentales.

El atento lector recordará que ya van ocho años de ofensiva contra Bashar Al-Assad en Siria y que, sin embargo, Bashar Al-Assad sigue allí, vivito, coleando e impidiendo que pase por su territorio el gasoducto que transportaría el gas saudí a Europa. Al-Assad sigue ahí y Europa sigue dependiente del gas ruso.

Por otra parte, al igual que Venezuela, Siria tampoco estaría en condiciones de defenderse sola de un ataque de Estados Unidos y ni siquiera de desactivar una “guerra civil” instalada por la CIA en su territorio. Solo y sin amigos, Al-Assad tendría el destino de un Saddam Hussein o de un Muamar Gadafi. Pero eso no pasa y, por el contrario, Al-Assad ya retomó el control de gran parte de Siria, reconstruyendo y normalizando el país después de ocho años bajo fuego.

Pero Siria, como veíamos, está beneficiando a Rusia al impedir que pase el gasoducto por su territorio. Entonces Vladimir Putin es el respaldo de Bashar Al-Assad. Los sirios están liberando la patria con la ayuda de los rusos, porque de otro modo ya serían puré. Y lo mismo pasa con Nicolás Maduro y Venezuela.

Bashar Al-Assad junto a Hugo Chávez, bajo la atenta mirada del Libertador. El escenario de simulacro de guerra civil que Occidente armó en Siria es un prototipo muy útil para proyectar lo que puede venir en Venezuela de aquí en más.

Los precios internacionales del petróleo se establecen por una simple ley de oferta y demanda: si hay abundancia del producto, el precio baja; si hay escasez, el precio sube. Y la abundancia o la escasez se definen por la voluntad de los países que producen petróleo.

Venezuela tiene las reservas de petróleo más grandes del mundo y Arabia Saudita ocupa el segundo lugar en ese ranking. Otro gran productor y exportador es Rusia y aquí todo empieza a cerrar.

Los Estados Unidos ya controlan el territorio de Arabia Saudita mediante el sostenimiento político de una monarquía títere. Y dicha monarquía paga el favor de los yanquis quemando sus reservas de petróleo a un ritmo alucinado, esto es, produciendo por encima de su capacidad para que haya más petróleo en el mundo y, en consecuencia, el precio internacional baje. El gobierno de Arabia Saudí está reventando las riquezas de su pueblo para seguir gobernando con el apoyo de los yanquis.

Venezuela no está bajo el control de los Estados Unidos y hace justamente lo opuesto, cuida los recursos naturales y produce por debajo de su propia capacidad para forzar el alza del precio internacional, dado que su economía depende de esa cotización al no estar diversificada. Venezuela básicamente vende petróleo, vive de lo que vende y, si el precio del petróleo baja, Venezuela se va al tacho, como dicen los muchachos en el barrio.

Pero no solo Venezuela está en esa situación. Rusia tiene un PBI muy pequeño en relación a lo que es el país en términos de extensión, influencia política y poderío militar y tecnológico. El PBI de Rusia es inferior al de países como Italia, Brasil y Canadá, y está en los mismos niveles de otros como España, Australia y México. Y buena parte de ese PBI depende las exportaciones de petróleo y gas, de los que Rusia tiene —como veíamos— la tercera reserva más grande del planeta.

Si el gasoducto de Arabia Saudita a Europa haría desplomarse las exportaciones de gas natural de Rusia, en Venezuela pasa algo parecido. De caer Venezuela en manos de Estados Unidos con un gobierno títere, los yanquis pasarían a controlar las dos mayores reservas de petróleo del mundo, las harían producir a ambas muy por encima de sus capacidades y el precio del barril de petróleo bajaría al orden de los centavos de dólar.

Vladimir Putin y Xi Jinping, en la alianza antimperialista entre Rusia y China que los Estados Unidos, todo Occidente y las corporaciones temen. Recientemente, estos dos países acordaron prescindir del dólar estadounidense para sus transacciones de comercio exterior bilateral, asestando un durísimo golpe a la hegemonía de los yanquis en el mundo. Venezuela tiene su apoyo.

Si eso pasara, la que quebraría sería Rusia, puesto que los rusos también dependen muchísimo de las exportaciones de sus hidrocarburos. Habría inestabilidad económica en el país, la oposición —hoy aislada y bajo control— envalentonada haría crujir el gobierno de Putin hasta derrocarlo.

Claro que el juego se complica más todavía cuando pensamos en China. Si bien es cierto que los chinos son los principales consumidores de hidrocarburos y podrían beneficiarse momentáneamente con una baja en el precio de los combustibles, por otra parte no pueden permitir que los Estados Unidos se hagan con el control mundial de la producción de petróleo y gas, por razones lógicas.

Entonces los respaldos de Nicolás Maduro son nada menos que Rusia y China, dos socios orientales que por su parte están ya en guerra contra los Estados Unidos por la hegemonía mundial.

El asunto no está en Venezuela, sino mucho más arriba. Lo que sí es cierto es que los venezolanos pueden aprovechar esta oportunidad para aportar a la destrucción de la hegemonía de los Estados Unidos en el mundo, ayudar a construir un orden multipolar y lograr al fin la liberación nacional en el proceso.

El plano local y la batalla cultural

Lo que Occidente lleva a cabo contra Venezuela es una guerra sostenida en varios campos. El objetivo es derrocar a Maduro, porque Maduro defiende los recursos naturales del pueblo venezolano y eso las corporaciones no quieren.

Pero la guerra contra Venezuela no es inicialmente militar, es una guerra de tipo económico. Cuando uno abre el diario y ve que en Venezuela hay una inflación del orden de los millones por ciento, eso no es porque a Maduro le guste la hiperinflación. Es porque el “mercado” está operando contra la economía y contra la moneda de Venezuela para que los venezolanos la pasen mal y quieran destituir a Maduro.

En dicha guerra comercial, provocan también lo que llamamos desabastecimiento, cortando la cadena de distribución de alimentos y dejando las góndolas vacías con el mismo objetivo, a saberlo, generar inestabilidad entre la población de Venezuela para que esa población piense que la culpa la tiene Maduro y lo quiera derrocar.

Lo hicieron contra Allende en Chile, previo al golpe de Estado que lo derrocó y lo mató en 1973. Vaciaron las góndolas a punto de provocar el faltante de artículos como las tetinas de las mamaderas, sin las que muchas mamás quedaron sin tener con qué alimentar a sus bebés. Terrible, sí. Y muchos chilenos se lo atribuyeron a Allende, creando la antesala o el consenso social para el golpe genocida de Pinochet.

Vladimir Padrino López, jefe de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y ministro del Poder Popular para la Defensa de Venezuela: el as de espadas que Maduro tiene en la manga y resultado del triunfo del chavismo en la batalla cultural.

Por lo tanto, el reconocimiento de un presidente trucho por parte de los Estados Unidos y sus lacayos en el mundo no es más que otra etapa en una guerra que Venezuela viene luchando hace mucho. Y pasan a otra etapa en la guerra porque con inestabilidad económica y todo el pueblo venezolano sigue resistiendo.

Venezuela está luchando por su soberanía y el pueblo-nación venezolano está pagando un altísimo precio por ese atrevimiento. Las potencias occidentales y sus corporaciones no quieren que ninguno de nosotros sea soberano, independiente y justo. Quieren que seamos sumisos, para que un gobierno como el del actual presidente Mauricio Macri realice el saqueo monumental que está realizando mientras nosotros estamos atados de pies y manos. Pasó en Chile y Chile cayó; pasó en Cuba, pero Cuba no cayó. Venezuela no puede caer, porque si cae van a venir por nosotros, que estamos sentados sobre el Acuífero Guaraní, las reservas de agua dulce más grande de todo el planeta.

Ahora bien, todavía subsiste la pregunta: ¿Por qué el gobierno de Nicolás Maduro sigue de pie, si recibe embates de todos lados y son bien duros más allá del apoyo de una parte significativa de la comunidad internacional? La respuesta es que el chavismo ya ganó la batalla cultural en Venezuela, lo que también sirve para entender por qué en Argentina fuimos derrotados y nos dimos un gobierno como el de Macri, y por qué en Brasil fuimos derrotados y nos quedamos clavados con un gobierno como el de Bolsonaro. Al igual que en el caso de Evo Morales en Bolivia, Nicolás Maduro ya ganó la batalla cultural en Venezuela y por eso no cae ni va a caer. Nosotros la hemos perdido y aquí pasa todo lo contrario.

Entonces la clave para entender por qué ellos triunfaron y nosotros no solo puede pasar precisamente por la comprensión de qué cosa es la batalla cultural.

Se puso de moda entre nuestra progresía deconstruida y mediática el llenarse la boca para hablar de “batalla cultural”. Según dichos opinólogos, el proyecto nacional-popular habría perdido la batalla cultural en Brasil y en Argentina y, por lo tanto, en estos países tenemos a los Macri y a los Bolsonaro.

El diagnóstico de esos intelectuales livianos es correcto, pero no profundiza en la cosa. Ellos dicen “batalla cultural” sin explicar de qué se trata. Y es porque efectivamente no saben de qué se trata.

Contrario a lo que fue instalado por esos intelectuales en el sentido común de nuestra militancia sin doctrina, la batalla cultural no es una lucha entre individuos a ver quién tiene la razón. No es colgarse un pañuelo para “dar el ejemplo” y esperar que los demás se pongan de acuerdo con uno, no es ser un “kuka” e ir a pelearse con el vecino “globo”. Eso es simplemente generar fracturas innecesarias entre las clases populares. La batalla cultural es otra cosa.

De acuerdo con el autor de la categoría, el revolucionario italiano Antonio Gramsci, la batalla cultural es una lucha al interior de las instituciones de la sociedad civil, con el objetivo de copar, de hegemonizar esas instituciones y controlar el contenido del mensaje que ellas emiten.

En una palabra, no se trata de salir a convencer de a uno. Eso sirve para ganar unas elecciones y con los dientes muy apretados. Para ganar realmente la batalla cultural y abandonar el famoso péndulo que va de ciclos de gobierno de los pueblos a ciclos de gobierno de los ricos es necesario controlar las instituciones y convencer de a muchos, convencer de un solo saque a todos los que creen en esas instituciones.

Eso es lo que pasa en Venezuela, donde el chavismo ya ganó la batalla cultural y por eso no va a caer. A cada intentona golpista, la institución fuerzas armadas sale a respaldar al gobierno socialista, reafirmando su lealtad y subordinación al conductor. A cada embestida de oposición cipaya, sale la institución poder judicial a confirmar que el gobierno chavista es legítimo y que no puede ser derrocado, que eso sería ilegal.

Además de sus fuerzas armadas regulares, que están preparadas y dispuestas a todo, Venezuela cuenta con alrededor de 1,6 millones de hombres y mujeres de la Milicia Bolivariana. El escenario para una invasión militar de Estados Unidos se asemejaría muchísimo al de Vietnam: guerra prolongada, pesadilla y derrota humillante. Y el Pentágono lo sabe perfectamente.

Y ahí tenemos dos ejemplos de institución —fuerzas armadas y poder judicial— que tanto en Argentina como en Brasil los pueblos estamos muy lejos de controlar. Las controlan las minorías oligárquicas desde siempre y las usan para golpear una y otra vez a los gobiernos de tipo nacional-popular hasta destruirlos y reemplazarlos por un gobierno de ricos. Ellos están ganando la batalla cultural aquí y por eso logran hacer eso, cosa que es imposible en Venezuela y en Bolivia, por ejemplo.

En Argentina no controlamos el poder judicial y nos inventaron un Nisman, nos tienen a la conductora atosigada por denuncias y procesos inventados. En Brasil no controlamos el poder judicial y por eso Lula está preso, por eso la Corte Suprema avaló el golpe institucional contra Dilma Rousseff. Tampoco controlamos las fuerzas armadas, ni aquí ni en Brasil, y entonces no podemos contar con ellas para defender la soberanía nacional. Más bien todo lo contrario: las fuerzas armadas en estos países siempre han sido cómplices del saqueo y brazo ejecutor de la represión necesaria para que el saqueo tenga lugar.

Cuando Maduro dice que “la unión cívico-militar garantiza la paz en Venezuela”, está diciendo eso, está diciendo que controla las principales instituciones de la sociedad civil y que ni lo intenten, porque el gobierno socialista no va a caer. Por un lado, los golpistas se van a encontrar con las armas; por otro, van a chocar contra la ley.

No hay forma de derrocar a Maduro sin una intervención militar directa por parte de las potencias occidentales, puntualmente los Estados Unidos. No hay forma de hacerlo como no pudo hacerse con Al-Assad en Siria, porque Al-Assad también tiene el control de las instituciones en ese país, quizá incluso más que Maduro y que Morales en Bolivia y Venezuela.

Maduro tiene hoy el apoyo de los países emergentes que le están disputando la hegemonía a los Estados Unidos, tiene la lealtad de las fuerzas armadas, tiene un poder judicial que no es golpista y tiene un pueblo armado y dispuesto a defender la soberanía nacional en cada pueblo, en cada esquina y en cada recoveco del territorio. Maduro solo tiene que jugar bien y aguantar, solo tiene que seguir el ejemplo de Bashar Al-Assad. No hay ofensiva que dure cien años y normalmente en menos de diez los atacantes caen derrotados cuando existe la resistencia.

*Erico Valadares