Mientras los argentinos hablamos del dólar y vemos cómo sube otra vez su cotización frente a nuestra moneda nacional, unos 5.000 kilómetros al norte de nuestro país se está decidiendo ahora mismo toda la suerte o el destino de toda América Latina. Eso está muy emparentado con el dólar y necesariamente nos afecta de lleno a nosotros, aunque todavía nos cueste un poco entender muy bien por qué.

En una hipotética invasión de Venezuela por los Estados Unidos, directa o mediante sus cipayos en la región, hay mucho más que un asunto interno y exclusivo del pueblo-nación venezolano. Desde la continuidad del actual gobierno de Mauricio Macri, pasando por el resultado de las elecciones de octubre (si es que se realizan efectivamente en octubre) y hasta el carácter que va a tener el nuevo gobierno a partir del 10 de diciembre de este año, todo depende de lo que pase en Venezuela. Es más: lo que será la Argentina como país y lo que serán los demás países de la región en un futuro a mediano y largo plazo se define hoy más bien en Caracas que en Buenos Aires, al intentar Juan Guaidó penetrar con “ayuda humanitaria” estadounidense por una frontera cerrada y fuertemente militarizada.

El atento lector sabe que en este espacio solemos hablar con mucha frecuencia de la Doctrina Monroe y de la política del “big stick” o “gran garrote” que de ella resulta. Pero muchas veces, para no abundar en datos que aumentarían la densidad de textos orientados a la difusión masiva, no se explica de manera adecuada qué significado tienen esa doctrina y esa política para nosotros en América Latina. Y, no obstante, ambas cosas han sido determinantes para nuestra región en los últimos dos siglos de nuestra historia.

La Doctrina Monroe nace de las mentes estratégicas de James Monroe y John Quincy Adams en la década de los años 1820 como una respuesta al colonialismo europeo en América. Para evitar que las potencias coloniales de la época se inmiscuyeran en los países recién independizados del Nuevo Mundo, los Estados Unidos sostuvieron que debía haber una “América para los americanos”. No obstante, al erigirse los Estados Unidos como una potencia regional y luego mundial en lo sucesivo, la Doctrina Monroe fue utilizada para los fines opuestos, esto es, para expandir un nuevo colonialismo: el de los Estados Unidos sobre América Latina.

John Quincy Adams y James Monroe, 6º. y 5º. presidentes de los Estados Unidos de América, respectivamente, padres fundadores del país en su versión imperialista.

Esa idea orientó las relaciones exteriores y toda la diplomacia de Washington desde entonces, al estar a su vez filosóficamente fundamentada en una idea anterior, la de que los Estados Unidos tienen un “destino manifiesto”. Los padres fundadores de los Estados Unidos tenían tanta fe en su construcción política que llegaron a creerse sinceramente una suerte de pueblo elegido para exportar y generalizar su modelo de democracia liberal a todo el mundo, especialmente a nuestra región, la que a partir del siglo XX pasaría a ser considerada un “patio trasero” suyo. Y aquí empieza el problema.

A principios del siglo XX, ya montado sobre la Doctrina Monroe y la idea del “destino manifiesto” bien consolidadas en el imaginario colectivo, el presidente Theodore Roosevelt acuño la expresión del “big stick” para definir lo que en adelante sería la política exterior de los Estados Unidos —ahora una potencia regional indiscutida y a punto de auparse a la condición de potencia mundial, lo que finalmente ocurriría cuatro décadas después, al finalizar la II Guerra Mundial— respecto a su relación con América Latina. La política del “gran garrote” fue el corolario de la Doctrina Monroe y la aplicación práctica del “destino manifiesto”, y se considera como hito inicial del imperialismo estadounidense.

A partir de esas definiciones, se produjeron todas las intervenciones políticas y militares de los Estados Unidos en América Latina. La política del “gran garrote” fue aplicada sobre nuestros países cada vez que Washington consideraba que había un riesgo inminente a sus intereses “legítimos” en su “patio trasero”. Cuando eso pasaba, los Estados Unidos sacaban ese garrote largo y golpeaban hasta destruir el riesgo o la amenaza, lógicamente, a garrotazos.

Ahora consolidados el “gran garrote”, la Doctrina Monroe y la idea del “destino manifiesto”, los Estados Unidos pudieron acumular el dinero y el poder necesarios para ingresar a la II Guerra Mundial justo en el momento más oportuno para sus intereses, ganarla y salir de ella como una de las dos superpotencias a nivel global junto a la Unión Soviética. Existen y son muy fuertes las teorías que dan cuenta de un atentado de falsa bandera en Pearl Harbour, mediante el que los Estados Unidos se habrían hecho bombardear a sí mismos en la isla de Hawái para convencer a la opinión pública del país de la necesidad de abandonar la neutralidad y meterse de lleno en la guerra. Sea como fuere, los Estados Unidos entraron a la II Guerra Mundial cuando los demás ya habían quemado mucho resto y eso representó para el país una enorme ventaja comparativa.

Alemania, Japón, Francia y Gran Bretaña salieron arrasadas de esa guerra y la Unión Soviética, aunque triunfante, pagó también un costo altísimo en destrucción material y humana. Solo los Estados Unidos, en cuyo territorio no cayó una sola bomba salvo el mentado y sospechado incidente de Pearl Harbour, salió ileso y más rico que nunca. En una palabra, los únicos que salían realmente parados de esa gran guerra mundial en 1945 eran los yanquis.

Representación del supuesto ataque japonés a Pearl Harbour. A partir de este episodio, el gobierno de los Estados Unidos logra el consenso necesario para entrar a la II Guerra Mundial, ganarla y salir de ella como superpotencia mundial para dominar a nivel planetario en lo sucesivo.

Así fue cómo, en muy resumidas cuentas, en la Conferencia de Bretton Woods inmediatamente posterior a la guerra los Estados Unidos pudieron imponerse sobre sus socios occidentales, fundaron el Fondo Monetario Internacional con sede en Washington y, lo más importante, impusieron el dólar (respaldado inicialmente en las reservas de oro del país) como divisa internacional. A partir de allí, el comercio exterior en el mundo tendría la moneda de los Estados Unidos como instrumento para el intercambio, con todas las implicaciones del caso que el atento lector seguramente conoce.

Pero faltaba todavía más: la hegemonía estadounidense se siguió cristalizando y ya para 1971 el presidente Richard Nixon se percató de que se habían emitido muchos más dólares que la cantidad de oro existente es las reservas del país. ¿Qué hizo Nixon? ¿Retiró de circulación los dólares excedentes hasta que todos los demás tuvieran su equivalente en oro guardado en el Fort Knox? De ninguna manera: la posición de los Estados Unidos era demasiado hegemónica y Nixon simplemente decidió que el dólar no necesitaba más respaldo que el suyo propio, esto es, destruyó oficialmente el patrón oro que había respaldado la moneda desde 1944.

No, el dólar no cuenta con ningún respaldo en oro desde 1971. Lo único que garantiza el dólar es el propio dólar, un delirio que el mundo tuvo que aceptar bajo la amenaza permanente del “gran garrote”. El dólar es hoy una “moneda fíat” o un dinero cuyo valor se define por decreto y no tiene ningún valor intrínseco. El dólar es humo.

Eso es lo que los argentinos atesoran en sus casas y consideran un refugio de estabilidad monetaria: un dinero por decreto. Es probable que nadie sepa a ciencia cierta cuántos dólares han sido emitidos por los Estados Unidos desde 1971 sin respaldo en nada concreto, ni siquiera los mismos Estados Unidos. Eso se traduce en la posibilidad inverosímil de que, si todos los que hoy tienen un billete de dólar quisieran de alguna manera cobrárselo a los Estados Unidos, es decir, quisieran cambiarlo por algún tipo de riqueza con base material, eso no sería posible. Más allá de su deuda externa, que es la más grande del planeta, los Estados Unidos tienen una cantidad no determinada de títulos de su tesoro en forma de billetes dando vueltas por el mundo sin tener ningún valor real en absoluto.

Afiche de propaganda gubernamental para agitar los tambores de guerra en 1941. Allí se lee, sobre la imagen de una mano estadounidense reprimiendo in fraganti al japonés asesino: “Recuerde Pearl Harbour. Trabajo, lucha, sacrificio. Lo recordaremos y, por Dios, ustedes no olvidarán”.

Y aquí está la cuestión de Venezuela, porque tanto Rusia como China saben perfectamente que eso es así y que la hegemonía yanqui funciona literalmente en el aire. De hecho, los chinos son hoy los mayores acreedores de los Estados Unidos, pues poseen muchos miles de millones —aproximadamente 1,2 billones de dólares en papeles y sin contar los billetes que, como veíamos, nadie sabe cuántos son— y saben que esa deuda es incobrable simplemente porque es impagable. Se trata, para que se tenga una idea, de todo el PBI de países como Australia, España o Rusia. En consecuencia, las potencias emergentes como China, la misma Rusia y otras ya están haciendo sus negocios bilaterales prescindiendo del dólar estadounidense en las transacciones. La mentira se está derrumbando rápidamente porque es insostenible.

Los Estados Unidos son hoy mucho más que un imperio en decadencia: son una simulación y están acorralados por países que pujan por imponer un nuevo orden mundial de tipo multipolar. Entonces, en dicho orden, los Estados Unidos van a querer hacer un “descenso suave” a la categoría de potencia regional, la misma que ocuparon antes de la II Guerra Mundial. Para ello, es fundamental hacerse con el control absoluto del “patio trasero” y eso se hace, ya lo sabemos, con la aplicación de la Doctrina Monroe y la política del “gran garrote” sobre América Latina.

Los Estados Unidos no buscan en Venezuela solo el control de las reservas de petróleo, oro y demás riquezas del territorio venezolano. Lo que ellos quieren realmente es hacerse con la base material para la dominación de toda América Latina. Trump se retira de Oriente Medio y concentra sus fuerzas acá, la estrategia es clara: hacer el llamado “descenso suave” que los ingleses lograron realizar con éxito a partir de 1945 y no terminar invadido por los “bárbaros” al estilo de Roma de Occidente en el año 476.

Si los Estados Unidos logran su objetivo en Venezuela, la suerte de los demás países de la región —incluyendo el nuestro, por supuesto— estará sellada. El mundo se repartirá de otra manera y estaremos en la órbita del Tío Sam hasta que aparezca un nuevo orden mundial, lo que puede tardar décadas y hasta siglos, o puede no ocurrir en absoluto.

Es por eso que el futuro de Argentina se juega hoy en Venezuela y todo lo que creemos ser un asunto interno de nuestro país está subordinado a lo que de allí resulte. Desde el punto de vista de los pueblos, ganar o perder las elecciones de octubre pasará a ser irrelevante si Venezuela cae, puesto que el gobierno resultante de esas elecciones, sea el que fuere, estará determinado por la voluntad de los Estados Unidos.

Portada de la 13ª. edición de nuestra Revista Hegemonía —edición de aniversario—, que tiene en su centro al enorme patriota Raúl Scalabrini Ortiz y la cuestión candente del nacionalismo popular.

Algo parecido ya sucedió, por cierto, en la década de los años 1990. A la caída del Muro de Berlín y la disolución del campo socialista en el Este con la desintegración de la URSS, los Estados Unidos se quedaron solos como única potencia mundial. El resultado de eso para América Latina fue el llamado Consenso de Washington y es así como el peronismo ganó las elecciones en Argentina hablando de “salariazo” y “revolución productiva”, pero fue neoliberal con el gobierno de Carlos Menem. Otro tanto pasó en Brasil con el sociólogo de izquierda Fernando Henrique Cardoso, que rivalizaba con Menem para decidir quien era el “mejor alumno” de Fondo Monetario Internacional y la Casa Blanca. ¿Qué otra cosa podían hacer ante el “gran garrote” pendiendo sobre sus cabezas y nadie en el mundo capaz o dispuesto a interceder para equilibrar el juego?

Mientras los argentinos hablamos de un dólar que vale humo y nos refugiamos locamente en eso, el mundo cambia. Los Estados Unidos pueden imponer su voluntad en Venezuela, pueden hacer valer su “destino manifiesto”, pueden imponer la Doctrina Monroe en su totalidad y pueden aplicar la política del “gran garrote” para acomodarse en la posición de potencia regional a costa de nosotros. Pero eso puede no pasar, Maduro puede triunfar con la ayuda de Putin, Xi Jinping y otros interesados en el nuevo orden mundial, y América Latina puede conquistar su soberanía e independencia reales en el proceso, pasando a funcionar como socio estratégico del Este de cara al futuro. Y allí queda la pregunta: ¿Qué pasa con los Estados Unidos si eso pasa?

La respuesta empieza a dibujarse hoy, cuando Juan Guaidó avance sobre la frontera y veamos, como se decía allá lejos y hace tiempo, quién tiene más botellas vacías, cartón y chatarra vieja para vender cuando pase silbando el cartonero.


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