Al momento de escribir estas líneas, los embajadores de China y sobre todo de Rusia ante las Naciones Unidas terminaban de “pasarles el trapo” a los Estados Unidos en el Consejo de Seguridad, donde se realizaba una reunión de urgencia sobre el asunto de Venezuela. Una por una, las maniobras del imperialismo yanqui fueron denunciadas por esos embajadores, los que fueron sucedidos por el canciller Jorge Arreaza con las pruebas de todas las operaciones de falsa bandera perpetra- das por los Estados Unidos y sus cipayos en la región en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero último. También hablaron los embajadores de México, Bolivia y Cuba, todos en la misma tesitura.

Eso ocurría a escasas horas de la difusión en la televisión rusa de una noticia que daba cuenta de que cinco blancos habían sido designados en los Estados Unidos por el Kremlin para sus flamantes misiles hipersónicos. Entre esos blancos estaban el Pentágono, el Ministerio de De- fensa y la residencia presidencial de Camp David. Todas esas ubicaciones serían alcanzadas por los misiles hipersónicos en aproximadamente cinco minutos después de su lanzamiento desde territorio ruso. Véase bien, atento lector: esos misiles hipersónicos cubren en menos de cinco minutos una distancia de 10.000 kilómetros que los aviones comerciales tardan hasta 12 horas en recorrer.

Rusia mostraba así los dientes a pocas horas de la reunión en el Consejo de Seguridad por Venezuela. Pero Rusia no tiene ninguna intención de lanzar sus misiles hipersónicos contra el territorio estadounidense ni contra nadie. En realidad, según el análisis coyuntural que hacemos, lo que hace Putin aquí es agregar un argumento a un relato que viene construyendo hace ya varios años y que tiene como objetivo culminar en la formalización de un nuevo orden mundial que ya existe de hecho.

Digámoslo de una vez: ya cayó el orden mundial establecido luego de la caída del Muro de Berlín y la disolución de Unión Soviética o el campo socialista en el Este, y el ascenso de los Estados Unidos a la posición de única potencia a nivel global. Ese orden se derrumbó en la práctica hace ya algunos años y fue reemplazado por otro, uno de tipo multipolar en el que nadie corta el jamón en soledad. No es del todo visible aún, porque falta precisamente su formalización, como veremos más adelante.

Lo que estamos viendo en la actualidad no es más que una simulación del viejo orden unipolar con hegemonía total de los Estados Unidos en el mundo. Y las pruebas están todas a la vista. Haga el atento lector memoria y trate de recordar durante la década de los años 1990 algún intento de intervención militar llevada a cabo por los Estados Unidos que no se haya llevado a cabo porque un tercero o terceros —país, grupo de países, organismos supranacionales o lo que sea— se hayan opuesto a esa invasión. El atento lector no va a encontrar un solo caso.

En la conferencia de Yalta, los Estados Unidos (Roosevelt, al centro) y la Unión Soviética (Stalin) empezaban acordar el nuevo orden mundial y el descenso de Gran Bretaña (Churchill) a la categoría de potencia regional tras la II Guerra Mundial.

Luego de la desintegración de la URSS, los Estados Unidos hicieron básicamente lo que les vino en gana por todo el planeta. Empezando por la invasión para llevar el golpe de Estado a Panamá en 1989, pasando por la Guerra del Golfo, los ataques sobre Somalia, Bosnia y Herzegovina, Sudán y Afganistán, concluyendo en Yugoslavia, no hubo nadie que alzara la voz contra los atropellos de los Estados Unidos en los países donde los estadounidenses y sus corporaciones consideraban que existía alguna amenaza a sus intereses.

Pero al empezar el nuevo siglo las cosas iban a cambiar. En 1998 surge un Hugo Chávez en Venezuela y el atento lector podrá argumentar, quizá con mucha razón, que los yanquis no sabían en qué iba a resultar eso y optaron así por permitir el ascenso de Chávez. Puede ser, pero resulta difícil comprender cómo la CIA permitió que desplazaran del Kremlin a su mejor amigo en el Este, Boris Yeltsin, y el ascenso de Vladimir Putin en 1999. Vendría más: Brasil con el ascenso de Lula en 2002, Argentina con el de Néstor Kirchner en 2003, Bolivia con Evo Morales en 2005, la sucesión exitosa en Corea del Norte en 2011. ¿Por qué la hegemonía yanqui no impidió esos procesos políticos de empoderamiento popular, que son realmente nocivos a sus intereses imperialistas? Porque no pudo.

Lo que no vemos porque todavía no se ha formalizado es que el orden mundial unipolar terminó de derrumbarse en algún momento durante la primera década del siglo. A partir de ese derrumbe, el poder mundial se distribuyó en distintos polos por todo el planeta y los Estados Unidos ya no pudieron intervenir en todas partes a gusto.

En los últimos años esa situación viene haciéndose cada vez más visible, con un país como Rusia rechazando en soledad agresiones estadounidenses en Crimea y en Siria. Lo que ha pasado en sus regiones es que los Estados Unidos han sido frenados por un país económicamente muy inferior y no han podido imponer su voluntad. La hegemonía ha dado todos los signos de haberse quebrado.

Pero los órdenes mundiales nuevos aparecen de hecho y solo son comprendidos por las mayorías cuando se formalizan. La historia nos enseña que esa formalización queda marcada En la conferencia de Yalta, los Estados Unidos (Roosevelt, al centro) y la Unión Soviética (Stalin) empezaban acordar el nuevo orden mundial y el descenso de Gran Bretaña (Churchill) a la categoría de potencia regional tras la II Guerra Mundial por un evento de gran magnitud, normalmente bélico. Los órdenes mundiales nuevos se formalizan después de guerras: el orden mundial bipolar que partió el mundo en dos entre capitalistas y socialistas polarizados en los Estados Unidos y la Unión Soviética se formaliza tras la finalización de la II Guerra Mundial en 1945. El orden mundial unipolar —aunque ya era una realidad en los años 1970— se formaliza al finalizar la Guerra Fría entre 1989 y 1991. Y si analizamos la historia encontraremos que la regla se confirma en todos los casos en los que un nuevo orden mundial se estableció y se hizo consenso tras su formalización.

El muro de Trump en la frontera de México es precisamente eso, un muro, al igual que el Muro de Berlín. Y como tal, podrá servir en el futuro al propósito simbólico de formalizar la caída del viejo orden mundial y la hegemonía estadounidense.

He aquí la verdad a gritos: los Estados Unidos ya saben que su hegemonía se derrumbó. Si no lo supieran (lo que en sí ya es una hipótesis muy difícilmente corroborable), habrían llevado hasta sus últimas consecuencias los conflictos en Crimea y en Siria, estacionando a sus marines en la costa y avanzando con la totalidad de la fuerza de sus armas. Y sin embargo eso no ocurrió: Los Estados Unidos se retiraron de esos lugares ante la presión rusa y también se retiraron de Irak y Afganistán, países donde no han podido obtener los resultados esperados por diversos factores. Si los yanquis tuvieran intacta la fe en su hegemonía, no se dejarían frenar por aquellos que solían considerar como subalternos. Pero se dejan efectivamente y por Rusia, los mismos que ahora apuntan misiles hipersónicos contra el territorio de los Estados Unidos y promete hacerlos caer allí en menos de cinco minutos, lo que inutiliza todos los sistemas de alerta antimisiles e inviabiliza cualquier intento de evacuación.

Existen y son muy fuertes las hipótesis sobre la existencia de una alianza secreta entre Vladimir Putin y Donald Trump. Al parecer, pudo haber existido incluso intervención de Rusia en las elecciones de Estados Unidos, cosa que no podría ocurrir en un país hegemónico ni mucho menos. Sea como fuere, el comportamiento de Donald Trump en los dos primeros años de su presidencia da todas las señales de que los Estados Unidos están buscando un descenso suave a la posición de potencia regional como alternativa a la destrucción que podría representar la posibilidad de que todos aquellos con cuentas pendientes con los yanquis un buen día quisieran saldarlas.

Incluso cuando los Estados Unidos parecerían exacerbar las contradicciones para reafirmar su autoridad imperial y sostener la dominación, la lectura también puede ser la opuesta. Esa exacerbación puede ser la aceleración del proceso de cara a su rápida resolución, para que tenga lugar en el corto plazo y todavía durante el tiempo de vida de los involucrados. Vista la cosa desde ese ángulo, se entiende mejor no solo la locura bélica contra Venezuela, sino además algo que ha sido mentado por muchos en los últimos días: el muro que Trump construye actualmente sobre la frontera de México.

La agresión a Venezuela, por El muro de Trump en la frontera de México es precisamente eso, un muro, al igual que el Muro de Berlín. Y como tal, podrá servir en el futuro al propósito simbólico de formalizar la caída del viejo orden mundial y la hegemonía estadounidense una parte, no termina jamás de concretarse y sigue sin pasar de provocaciones, intentos de desestabilización y de una guerra económica, todas maniobras de bajo costo y fácilmente realizables mediante el empleo de segundones y cipayos. Lo que nunca llega y al parecer no va a llegar jamás es la clásica invasión militar directa al territorio. ¿Estarán China y Rusia frenando a los marines? ¿O es que, en realidad, todavía no es tiempo de deflagrar la operación?

Los nuevos órdenes mundiales, ya lo sabemos, se instalan con guerra y se formalizan cuando esas guerras finalizan. Cuando eso pasa hay un símbolo, un hito. Así, no es difícil adivinar que la guerra puede empezar en Venezuela, pero puede terminar en otra parte: allí donde está el símbolo.

La Guerra Fría entre 1945 y 1989 fue entre la Unión Soviética y los Estados Unidos en el marco de un orden mundial bipolar y sostuvo dicho orden —al menos formalmente— por largos 44 años en los que el mundo vivió bajo la amenaza de una guerra nuclear que jamás llegó. Y terminó en Alemania, donde estaba emplazado el símbolo. Al derrumbarse el Muro de Berlín, la disolución total del bloque socialista en el Este fue tan solo una consecuencia necesaria, pues los Estados Unidos ya habían triunfado, ya habían logrado el símbolo que formalizaba y marcaba el inicio de su propia hegemonía.

Putin y Trump: ¿Acuerdo, sociedad o nada más que una hipótesis descabellada?

El “muro de Trump” sobre la frontera de México es un muro. Y es de Trump. Y puede fácilmente verse como un muro fascista, una Bastilla, un Reichstag, un Muro de Berlín, un símbolo a derrumbarse para dar paso a lo nuevo. El “muro de Trump” puede que no tenga ninguna finalidad de frenar la inmigración ilegal ni nada que ver con lo que los Estados Unidos dicen. El “muro de Trump” puede el símbolo que Trump necesita para, al salir derrotado de Venezuela luego de algunos años de guerra estéril, evitar que los venezolanos terminen plantando la bandera de Francisco de Miranda en el Capitolio de Washington.

Si el “muro de Trump” existe y Trump pierde en Venezuela la guerra que necesita perder para marcar el fin de la hegemonía de los Estados Unidos en el mundo, tendrán los mexicanos su Bastilla para tomar justo en la frontera y marcar la caída del imperio. Algunos mazazos, una cantidad de gente concentrada y muchas cámaras de televisión apostadas en el lugar. Así fue como cayó el Muro de Berlín en 1989: sin la necesidad de que Occidente entrara a Alemania Oriental degollando a nadie. Con el símbolo y show mediático ya fue más que suficiente.

No sabemos si existe realmente un acuerdo secreto entre Putin y Trump, pero la solución propuesta es de compromiso. Los unos se bajan y los otros, que suben, dan las garantías de que la barbarie no llegará al territorio de los que se bajan. Para ello, estos últimos ponen el sím- bolo en la frontera, bien lejos de todo, y hasta ahí llegamos.

Es imposible saber si la caída formal de la hegemonía yanqui será realmente así y también el inicio formal del orden mundial multipolar que ya es una reali- dad práctica, pero es siempre bueno estar atentos y prevenir. Por las dudas el atento lector sabrá guardar este artículo para la eventualidad de que las cosas terminen siendo como parecen que van a ser. No será mucho, pero al menos nos vamos a dar el gusto de decirles a nuestros hijos y nietos, con Fidel: “No se trata de ver el futuro, sino de conocer bien la historia y hacer todos los análisis coyunturales del caso”. Al fin y al cabo, la historia todo lo enseña y también que el tero pone los huevos en una parte, pero canta en otra.

(Por Erico Valadares)