De un tiempo a esta parte venimos intentando (e insistiendo en) explicar cómo es que la posmodernidad ha llegado para cambiar el paradigma de las tradiciones de los pueblos-nación con el propósito —propio del avance mismo de las tecnologías, el uso y abuso de los recursos naturales y también proyectado por sujetos concretos a lo largo de la historia de la humanidad— de fracturar el tejido social de las diferentes comunidades alrededor del mundo, para poder someter a la mayor parte de la humanidad al poder financiero y redirigir nuestra fe hacia el dios dinero. Esto es objetivo y parte fundamental de lo que debemos comprender para poder encontrar soluciones a los problemas que esta ingeniería social nos viene generando a lo largo del tiempo.

A su vez, tenemos que recordar los innumerables avisos de que todo esto iba a suceder con décadas de antelación, lo cual podría atribuirse a una suerte de videncia o proyección divina de un futuro lejano, como si distintos sujetos de la historia del mundo hubieran tenido la bola de cristal para advertirnos lo que vendría. Pero como en verdad la respuesta más simple suele ser la correcta, lo cierto es que sólo se trata de ser observadores de la realidad y de ir atando cabos para armar el rompecabezas del que formamos parte. Y es entonces que podemos concebir que películas como La vida de Brian de los Monty Python nos vinieron a advertir, con 40 años de antelación, sobre lo que hoy estamos padeciendo como conjunto.

La vida de Brian (Life of Brian, Reino Unido, 1978. 94 min.) es un film que relata la historia de Brian, un judío que nace el mismo día que Jesús y al que, de ahí en adelante, le toca transitar una existencia marcada por ese hecho que lo pone una y otra vez en el lugar del posible Mesías, conformando un relato hilarante sobre las consecuencias de ser perseguido por un designio que no le es propio y que tampoco desea tener.

Brian Cohen (Graham Chapman) llega a sus 33 años de vida acompañado siempre de su madre, un personaje estrafalario y determinante que lo condiciona y que construye la historia de la película con intervenciones propias de una mujer (que además es interpretada con un mensaje en sí mismo que quien la vea comprenderá de inmediato) que no cree en nada y que sólo se guía por los placeres materiales y los instintos más elementales.

A su vez Brian, que quiere pertenecer para terminar con su soledad, se enamora de una muchacha que forma parte de un grupo de 4 personas autodenominado “Frente de Personas de Judea”, que son la analogía del trotskismo y la fragmentación del campo popular perfecta de la que tendremos, a lo largo de todo el relato, todas y cada una de las expresiones propias de quienes pretenden “hacer la revolución” con la pancita llena y mucho tiempo libre desde la comodidad del hogar y sin hacer realmente nada concreto más que discutir al respecto de lo que se debería hacer.

Escena de ‘La vida de Brian’, otra de las grandes películas de los geniales Monty Python que viene, como siempre, con contenido al que atender.

Recién cuando Brian se entera por su madre de que en realidad no es judío, sino que es hijo de un soldado romano, con el resentimiento que le genera el haber odiado toda su vida a los que suponía sus opresores sale en busca de un pretexto para negar su identidad revelada y es allí donde encuentra el espacio para acercarse a Judith, ya que el “Frente de Personas de Judea” es exclusivo para aquellos que realmente odian a los romanos, aunque esa exclusividad se reduzca al criterio de quienes conforman el grupo. Y entre los detalles de este grupo, que será determinante a lo largo de toda la historia, tenemos a uno de sus integrantes manifestando hace ya 40 años lo que hoy conocemos como “ideología de género”: hay una autopercepción identitaria que empieza a exigir su lugar y que nos da la pauta de que no hay nada nuevo bajo el sol, sino más bien vamos repitiendo los mismos errores hasta perfeccionarlos y convertirlos en un verdadero problema. Y de estos hay varios detalles, pero nada mejor que dejarse sorprender por la espontaneidad de un relato genial.

Y volviendo a la incorporación de Brian a este grupo selectivo, como requerimiento de aceptación le piden que escriba en las paredes del palacio del gobernador “Romanos váyanse a su casa” (un perfecto “yanquis go home”), pero al hacerlo con errores ortográficos, un centurión que lo encuentra in fraganti, lo corrige y le hace escribir 100 veces de manera correcta la frase, con lo que empieza la seguidilla de “hazañas” realizadas por Brian, que no son más que una serie de errores con suerte, casi ironías del destino del que él mismo quiere huir.

Perseguido por su propia conciencia, Brian intenta demostrar cuánto odia a los roma- nos hasta que se ve envuelto en un problema que le costaría la vida, de modo que comienza a querer utilizar su condición de romano para intentar zafar del castigo que los propios romanos le quieren imponer. Y en medio de las permanentes huidas de situaciones cada vez más descabelladas y místicas –y en referencia permanente a la prédica de Jesús en Nazareth–, lo único que logra nuestro protagonista es convencer (contra su propia voluntad) a una creciente cantidad de “seguidores” de que él es el Mesías y que se lo debe seguir y adorar con fervor, ya que trae la palabra de Jehová al mundo de los mortales. Y en esa fe ciega que manifiestan los talibanes de Brian podemos observar detalles magníficos de cómo siempre existe la necesidad de creer en algo que justifique aquellas cosas de las que no queremos o podemos hacernos responsables.

La historia transcurre así entre situaciones que se van encadenando, poniendo a Brian en una posición cada vez más compleja. Y ya llegando al momento cúlmine, presentándose la oportunidad de que el análogo de Poncio Pilatos (caracterizado de una manera muy particular y significando, a su vez, cómo el uso de las palabras alteradas transforma lo dicho en la forma y deja de lado al contenido) libere a un prisionero, la distracción es tal que Brian queda en medio de una burla descontrolada del pueblo judío al representante romano que podía darle libertad. Porque lo que atraviesa todo el largometraje es justamente esta evidente necesidad de Brian de no ser nada de lo que los demás quieren que sea, pero a medida que va queriendo escaparles a esas exigencias del entorno que no termina de comprender, lo único que logra es quedar cada vez más involucrado con una vida que no era la suya, pero que termina siendo parte de él.

No queremos dar demasiados detalles ya que es una verdadera obra de arte, no sólo en lo conceptual y argumental sino en la manera clara, contundente e hilarante que tienen los Monty Python de decirnos, como si le hablaran al futuro, que todo esto que nos pasa hoy en verdad ya estaba pasando, sólo que no le veníamos prestando la suficiente atención. La música es un lujo extra, además de los detalles escenográficos y de vestuario, propio de las cosas que se hacen con el corazón y la firme convicción de que hay que dar un mensaje para la posteridad.

La vida de Brian es una película imprescindible en tiempos de ingeniería social evidente, no sólo para comprender sino también para que nos regale una hora y media de risas y ejemplos perfectos, que en conjunto la convierten en una herramienta de lucha por el buen sentido en la era de la estupidez colectiva. Por eso y todo lo que no les podemos contar, pero esperamos que vean, La Batalla Cultural y Revista Hegemonía recomiendan este film con 5 estrellas sobre 5, para que vayan a disfrutar, pero también a ver que podemos anticiparnos a la jugada del enemigo, sólo se trata de mirar un poquito más allá.

(Por Romina Rocha)