En la maraña de acontecimientos que los medios de difusión presentan todos los días como “información” en un torbellino inconexo, con los hechos apareciendo como si entre ellos no existiera relación alguna, lo que realmente se difunde es un comportamiento frenético. Nos fanatizamos y gritamos todos los días lo que creemos ser nuestra opinión sobre los más variados asuntos sin formar jamás una idea totalizadora de la realidad. Y eso es así precisamente porque recibimos la información fragmentada y no hay quienes nos la ordenen en categorías para que el mundo, de pronto, tenga orden y sentido ante nuestros ojos confundidos. En este siglo XXI, que es el siglo de la posmodernidad mediática, nuestra cosmovisión viene cada vez más fragmentada hasta no formar ninguna cosmovisión en absoluto, ninguna idea de cómo es el mundo y de cómo debería ser.

Eso produce angustia en el individuo. El ver pasar todos los días los hechos sin poder aprehenderlos y hacer de ellos un sistema que ordene su realidad termina generando aquello que un personaje como Esteban Bullrich, sincerándose y diciendo lo que jamás debe decirse, llamaba “vivir en la incertidumbre” como si se tratara de un valor positivo. He ahí el truco que el imprudente Bullrich dejó al descubierto por hablar demasiado: en la era de la información veloz, abundante e insustancial, el método de las clases dominantes en el sistema para disciplinar a las mayorías populares es imponer la incertidumbre y eso, como veremos, difiere radical- mente de métodos anteriores, en los que se trataba de ocultar mediante la censura directa lo que los pueblos no debían saber para no rebelarse frente a injusticia cotidiana, aunque esa injusticia fuera patente.

Se trata, en una palabra, de una avalancha de información sin un correlato ordenador, o de que la mejor manera para ocultar un elefante en la calle Florida es justamente llenando la calle Florida de elefantes. No se trata ya de acallar por la fuerza al que dice cosas peligrosas para el sistema y el establishment en general, sino todo lo contrario. Lo importante para el sistema es que todos hablemos y hablemos mucho, que los medios de difusión inunden los canales, las radios, los diarios y las redes sociales de todo tipo de información —relevante e irrelevante, mientras más de esta, mejor—, que nos pongamos a discutir todos y cada uno de los temas propuestos y que, en fin, el debate público se convierta en un pandemonio en el que no exista la posibilidad de que dos o más individuos lleguen a dialogar sobre lo mismo en los mismos términos. Con la calle Florida llena de elefantes es imposible ver ese elefante, el que antes intentaban tapar y que ahora simplemente queda oculto entre tanto elefante. No se ve ese elefante ordenador que nos permitiría parar, pensar y concluir al fin que algo pasa: hay un elefante en calle Florida.

La metáfora sirve como eso, como una metáfora para hacer simple lo complejo. De un modo general, los posmodernos vivimos angustiados bajo una avalancha de información que nos tapa a diario sin que podamos entender nada de lo que pasa. Nos falta ese elefante, el que pone todo lo complejo en sus categorías y ordena la totalidad. En otros tiempos, sin avalanchas mediáticas y con la censura al acecho, ese elefante podía verse en el correlato de Raúl Scalabrini Ortiz, donde lo complejo se llenaba de un sentido único y ordenador, al alcance de cualquier nivel de entendimiento. Ese es el sentido que da la categoría de lo nacional-popular.

Un joven Scalabrini Ortiz, en imagen de fecha indefinida. Scalabrini Ortiz llegaría a Buenos Aires para estudiar ingeniería en la Facultad de Ciencia Exactas y allí toma contacto con los círculos intelectuales que lo impulsaron a la militancia.

Raúl Scalabrini Ortiz nació en el siglo XIX, más precisamente el 14 de febrero de 1898, en la ciudad de Corrientes. Fue hijo de un inmigrante italiano y una criolla cuyas raíces en América se remontaban a los años de la conquista española, lo que en sí ya es todo un símbolo. Así, con esa mezcla que resulta en la síntesis ideal del argentino con un pie en el barco y otro en el arraigo, Scalabrini Ortiz habría de expresar lo complejo del crisol en la sencillez de una identidad nacional que él mismo, junto a su amigo Arturo Jauretche y otros próceres del nacionalismo popular, ayudaron a forjar. No es tanto una cosa de razas como de culturas, o bien de la integración de distintas culturas que hombres como Scalabrini Ortiz iban a asumir para, a partir de ello, empezar a construir la identidad nacional a la que los argentinos y los latinoamericanos aun no pudimos dar su forma final. Ese correntino hijo de un intelectual italiano y una criolla con cierto abolengo va a ser luego, de cierta forma, en la esquina de Corrientes y Esmeralda que es el corazón de la urbe porteña, quizá la mejor representación del hombre que está solo y espera.

Mucho antes de su acercamiento a Jauretche y los muchachos patriotas de la Fuerza de Orientación Radical de la Juventud Argentina (FORJA), Scalabrini daría su primera y una de las más importantes colaboraciones a la formación del ser nacional con la publicación de esa obra. El hombre que está solo y espera es la descripción precisa y profunda del hombre porteño de las décadas de los años 1930 y principios de los 1940, esto es, del argentino de la Década Infame. Sin saberlo. Scalabrini Ortiz daría entidad en 1931 al personaje que, una década y media más tarde, sería central en su relato presencial de los hechos del 17 de octubre de 1945, cuando las “hordas de bárbaros” y de “cabecitas negras” atropellaron a sus conducciones políticas y sindicales e invadieron la Ciudad de Buenos Aires para exigir la liberación de Juan Domingo Perón, dando nacimiento al movimiento político de mayor vitalidad en América Latina que es el peronismo. Ese día, Scalabrini Ortiz vio cómo las masas de trabajadores llegaban de todos los rincones y fue capaz —gracias a su inmensa sensibilidad e inteligencia— de saber allí nomás, de comprender en ese momento y no “con el diario del lunes”, que algo muy grande había sucedido.

El resultado de esa comprensión es el emocionante relato del Subsuelo de la patria sublevado, en el que Scalabrini Ortiz recoge la avalancha de información que llegaba con aquel inesperado “aluvión zoológico” y la coloca en la sencilla categoría de lo nacional-popular, la que todo lo ordena. Dice Scalabrini Ortiz en ese relato, que debería ser de lectura obligatoria para todos los argentinos desde los primeros años de su vida escolar:

“Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad. Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio. Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto. Era el sustrato de nuestra idiosincrasia y de nuestras posibilidades colectivas allí presente en su primordialidad sin reatos y sin disimulo. Era el de nadie y el sin nada, en una multiplicidad casi infinita de gamas y matices humanos, aglutinados por el mismo estremecimiento y el mismo impulso, sostenidos por la misma verdad que una sola palabra traducía”.

Esa palabra era Perón y esa verdad, el peronismo, el que allí mismo era parido por una masa de hombres y mujeres que habían estado solos y habían esperado quince largos años para expresarse y verse expresados en una cosmovisión ordenada y ordenadora. Eso fue lo que Scalabrini Ortiz vio ese día en la Ciudad, esta fue la lectura que hizo del momento culminante de la Argentina moderna: el que había estado solo y había estado esperando ya no estaba solo ni esperaba. Había llegado el día de su reivindicación y así lo interpretó el genio de la lectura de nosotros mismos:

“Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años estaba allí presente, corpóreo, tenso, multifacético, pero único en el espíritu conjunto. Eran los hombres que están solos y esperan que iniciaban sus tareas de reivindicación. El espíritu de la tierra estaba presente como nunca creí verlo”.

Imagen de Raúl Scalabrini Ortiz junto a sus cinco hijos, cortesía del Archivo General de la Nación.

He ahí el elefante en calle Florida, que pasa inadvertido ante los ojos del observador que no está preparado para verlo porque, simplemente, no entiende qué está mirando. Pero el elefante que representa el pueblo-nación argentino en perfecta unidad nacional-popular no podría escapársele a un Scalabrini Ortiz provisto de las categorías precisas para comprender a primera vista lo que allí estaba sucediendo:

“No era esa muchedumbre un poco envarada que los domingos invade los parques de diversiones con hábitos de burgués barato. Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de restos de brea, de grasas y de aceites. Llegaban cantando y vociferando unidos en una sola fe. Era la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir. Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. Descendientes de meridionales europeos iban junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún”.

Mientras otros se preguntaban si se trataba de alguna huelga o sublevación, qué hacían esos negros en el centro y se veían desbordados por un acontecimiento inesperado y único, de esos que desorientan a más de uno, Raúl Scalabrini Ortiz vio lo que realmente era, vio al pueblo-nación argentino como un todo. Lo que Scalabrini Ortiz vio fue un enorme elefante en calle Florida, un gigante único donde otros no veían más que un océano de individualidades:

“Así avanzaba aquella muchedumbre en hilos de entusiasmo, que arribaban por la Avenida de Mayo, por Balcarce, por la Diagonal (…) En las cosas humanas el número tiene una grandeza particular por sí mismo. En ese fenómeno majestuoso a que asistía el hombre aislado es nadie, apenas algo más que un aterido grano de sombra que a sí mismo se sostiene y que el impalpable viento de las horas desparrama. Pero la multitud tiene un cuerpo y un ademán de siglos. Éramos briznas de multitud y el alma de todos nos redimía. Presentía que la historia estaba pasando junto a nosotros y nos acariciaba suavemente como la brisa fresca del río (…) La substancia del pueblo argentino, su quintaesencia de rudimentarismo estaba allí presente, afirmando su derecho a implantar para sí mismo la visión del mundo que le dicta su espíritu desnudo de tradiciones, de orgullos sanguíneos, de vanidades sociales, familiares o intelectuales. Estaba allí desnudo y solo, como la chispa de un suspiro: hijo transitorio de la tierra capaz de luminosa eternidad”.

El subsuelo de la patria sublevado es, sin lugar a dudas, el mejor relato de aquel 17 de octubre de 1945 y no lo es solo por la superlativa calidad poética que caracterizaba Scalabrini Ortiz. El es mejor porque es el más completo, el que aprehende la totalidad del fenómeno en tan solo 730 palabras. Ni una de más o una de menos, nada de largas peroratas innecesarias o de largas investigaciones para apilar en archivos que nadie lee. Solo unas setecientas palabras que lo dicen todo y transportan al lector al lugar de los hechos. La descripción, en fin, del elefante en calle Florida, la noticia del hecho y el correlato ordenador, que es lo más importante y es lo que no existe en los tiempos que corren.

No es descabellado suponer que, si el 17 de octubre de Perón ocurriera hoy, los medios harían correr ríos de tinta con una infinidad de microrrelatos sobre lo sucio que dejaron la Plaza, todo lo que rompieron las columnas a su paso, cada uno de los incidentes menores que son inherentes a cualquier concentración de multitudes, los comentarios de todos los que comentan desde lejos, los comentarios de los que comentan esos comentarios… y lógicamente se perdería de vista el hecho concreto y evidente, el elefante en plena calle Florida, que es el del hombre que sale a decir que no va más luego de una década y media de estar solo y esperar. Ahí está la mediocridad del método del poder para que lo esencial sea invisible a los ojos: no hay un Scalabrini Ortiz que capte la esencia de lo que es y, si lo hay, no le dan la difusión que debió tener.

Porque Scalabrini Ortiz no es un solo un personaje central de nuestra historia y de la formación del ser nacional, es mucho más que eso. Raúl Scalabrini Ortiz es en sí mismo una manera de hacer de la realidad una cosmovisión. Cuando Scalabrini Ortiz dice en El subsuelo de la patria sublevado que el pueblo argentino se había hecho presente ese 17 de octubre para afirmar el derecho de implantar para sí mismo su propia visión del mundo —su propia cosmovisión, como se ve—, está haciendo también el correlato del relato. Lo que se lee allí es justamente la reivindicación de pensar desde el “estar” propio del americano, como decía Rodolfo Kusch. En ese sentido, lo que hace Scalabrini Ortiz en El subsuelo de la patria sublevado y a lo largo de toda su obra es eso, es ordenar el cosmos desde Imagen de Raúl Scalabrini Ortiz junto a sus cinco hijos, cortesía del Archivo General de la Nación el punto de vista de nosotros mismos. Y ese es un ejercicio muy profundo de patriotismo y nacionalismo populares entendidos de la manera más amplia posible.

En términos prácticos y actuales, lo que hoy nos pasa y sigue pasando al pueblo-nación argentino y latinoamericano en general es que no hemos todavía incorporado ese correlato propio, hecho desde las bases y hacia arriba, para ordenar la cosmovisión y los hechos diarios que se nos aparecen como “noticia” en los medios de difusión según lo que realmente somos. Este es el signo de que nuestro ser nacional aun no ha terminado de formarse: no recibimos la avalancha de información ni lo que vemos como “novedades” en el contexto de un relato de nuestra cultura. Lo que solemos hacer es simplemente recibir lo que nos es ajeno y consumirlo de modo irreflexivo según el gusto o el nivel cultural de cada individuo por separado, lo que va a resultar en que seamos un rejunte de individualidades y no “el cimiento básico de la nación”, como decía Scalabrini Ortiz. Lo que no existe, en una palabra, es la tan mentada unidad nacional-popular porque no estamos debidamente adoctrinados para comprender que compartimos un mismo destino común y que, por lo tanto, tenemos todos los mismos intereses y somos eso, una sola entidad cuyo nombre genérico es pueblo-nación argentino y latinoamericano.

De esa disgregación del cuerpo social y de esa falta de unidad nacional-popular frente a las “novedades” con las que nos embiste la realidad todos los días se han visto dos ejemplos muy claros en los últimos años. Uno de ellos fue el debate por lo que supuestamente debió ser una ley de salud pública como la llamada interrupción voluntaria del embarazo; otro fue (y es, porque está en curso) el asunto de la probabilidad de una invasión militar imperialista a Venezuela, una parte de la patria en sentido ampliado, que es la Patria Grande. En ambos casos el argentino promedio ha mostrado una incapacidad de ordenar esas informaciones en una cosmovisión propia, en un relato ajustado a su cultura y a su destino e intereses comunes.

En el primer caso, que es el del aborto legal, seguro y gratuito, en vez de discutir el cómo y el por qué, lo que se armó fue una guerra santa con fanáticos de ambos lados dispuestos a destruir al otro —al compatriota— con tal de imponer su opinión sobre un asunto particular y coyuntural. En la controversia se escuchó de todo, fueron innumerables las opiniones en contra y a favor, se llenaron páginas de diario, horas y horas de radio y televisión, todo. Lo único que no se escuchó fue el siguiente cuestionamiento: ¿Qué sería más conveniente para el conjunto del pueblo-nación argentino en todo este asunto? Lo único que jamás ponderamos, justamente por no tener el correlato que ordene lo coyuntural en las categorías de lo nacional-popular, que son (o debieron ser) categorías fijas, es el interés común en cualquier diferendo.

Lo que pasó entre “verdes” y “celestes” fue que ambos se desconocieron mutuamente y se ubicaron en posturas absolutas donde el uno tenía toda la razón y el otro, ninguna en absoluto. “¡Las mujeres están muriendo en clínicas clandestinas!”, gritaban de un lado. “¡Asesinas! ¡Salvemos las dos vidas!”, respondían del lado opuesto. Más allá de que es cuestionable la instalación del desacuerdo en sí y son abundantes las evidencias de la intromisión de agentes foráneos en la importación a la Argentina de un concepto y una estética a todas luces occidental, hemos fallado como grupo en recibir esa información importada y ordenarla según nuestra propia cultura, intereses y necesidades reales.

Entonces una parcialidad simplemente tomó la cosa tal y como vino importada de los países donde el concepto de la interrupción del embarazo como opción ya existe, mientras que la otra parte, para ponerse en modo “contreras”, fue a hurgar en lo más conservador de nuestra cultura para ponerse en la vereda de en frente porque sí. El resultado fue la masacre simbólica de todo aquel que intentara acercar ambas posiciones y avanzar hacia una salida de compromiso que no fuera del todo globalista ni del todo tradicionalista. No operó allí la conciencia del destino y de los intereses comunes, nadie quiso saber que el resultado del conflicto habría de afectar a todos los involucrados en igual medida y que, por eso, la decisión debió ser necesariamente una síntesis de los extremos, pero nunca la imposición de un extremo sobre el otro, ya que eso no suele ocurrir en la realidad sin que las consecuencias para el grupo sean nefastas.

Es imposible saber qué diría Scalabrini Ortiz sobre el asunto si aun viviera, pero es fácil aplicar a Scalabrini Ortiz como método para comprender que las opiniones no pueden estar por encima del interés general. No se trata de tener razón o no tenerla —ambos bandos están además convencidos de que la tienen toda y eso no se dirime—, sino de poner la novedad en las categorías fijas, que son las de lo nacional-popular, para ver qué es lo que le conviene al grupo hacer con eso mucho más allá de las opiniones de las parcialidades del grupo. Nada de eso ocurrió y los “verdes” adoptaron la postura del trotskismo, mientras que los “celestes” hicieron lo propio desde el lugar del conservadurismo extremo. Al ser extremas, ambas posiciones son enemigas de la unidad nacional-popular, no quieren la unión del grupo, sino el triunfo de una parte sobre las demás partes. Y eso es el germen de la guerra civil y es precisamente lo que Scalabrini Ortiz no quería.

La materia de discusión en sí siempre es irrelevante cuando se pone en comparación con lo que no se discute. Más allá de si debe existir la interrupción del embarazo como opción libre y gratuita, como quieren los trotskistas, de si no va a haber nada de eso en absoluto, como quieren los conservadores, o hasta si lo que finalmente va a imponerse es una síntesis entre ambos extremos, lo indiscutible es que ningún diferendo puede tener lugar fuera del relato primordial del interés del pueblo-nación argentino y latinoamericano como un todo. Si vamos a poner como argumentos que “aborto se hace en Finlandia o en el Congo Belga y por eso tenemos que hacerlo acá también” o que “el Vaticano no quiere, entonces no va”, lo que se pierde es la posibilidad de que discutamos lo que realmente nos sirve a nosotros y no a los finlandeses, a los congoleses o a la política del Vaticano en el mundo. Y eso es ser funcional al negocio de otros rifando lo propio en el proceso, lo que Raúl Scalabrini Ortiz denunció a largo de toda su vida.

La patria que nosotros mismos despedazamos

Ser funcionales a los intereses de otros entregando los propios, lo que un gran amigo de Scalabrini Ortiz como Arturo Jauretche solía calificar como un proceder cipayo. Cuando de un extremo o del otro lo que se quiere es imponer una opinión sin tener en cuenta los intereses de la totalidad, del pueblo-nación como un todo, normalmente lo que se oculta son unas inclinaciones a adherir a modos de pensar y a comportamientos que son ajenos a los propios.

Eso fue lo que se vio en el diferendo por el aborto, en el que los “verdes” mostraron una tendencia al globalismo occidental antiamericano y los “celestes” se acercaron más y más a una inquisición cristiana que es absolutamente ajena a la cultura de América Latina. Ninguno de los dos bandos ponderó que los argentinos y los latinoamericanos no somos “ciudadanos del mundo” y que tampoco somos cruzados en el Medioevo europeo. No somos “cosmopolitas” atentos a todo lo que nos quieren bajar desde el Occidente imperialista, pero tampoco somos el Cid Campeador en defensa de una raza que aquí solo existe muy mezclada con otras tantas. El argentino y el latinoamericano es precisamente la síntesis, como lo es un Raúl Scalabrini Ortiz, correntino y cruza de inmigrante italiano y criolla. Al ser esa síntesis, el argentino tiene cultura, intereses y proyecto propio. Y también tiene su propia categoría: no es occidental ni oriental, es latinoamericano y es así diferente a todo lo demás.

Es un grave error creer que el nacionalismo de los Scalabrini Ortiz, de los Jauretche y compañía es un “patriotismo de campanario”, como decía Miguel de Unamuno. En realidad, ese brillante grupo de argentinos hablaba de un nacionalismo popular que es inclusivo, pero jamás expansivo. Y al serlo, no podía menos que considerar la patria en un sentido de Patria Grande necesario. Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche estaban pensando en la unidad nacional-popular de América Latina

¿Por qué? Porque esos patriotas nunca perdieron de vista la película completa. Además de Jauretche, Scalabrini Ortiz ha escrito una crónica precisa, con toda justicia histórica que el episodio se merece, de lo que hoy solemos llamar la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay del mariscal Francisco Solano López. El relato de Scalabrini Ortiz sobre esa guerra fratricida en la que hermanos americanos se hicieron matar entre sí para mejor provecho de terceros ajenos nos permite comprender la falsificación de la historia que hicieron Mitre y los mitristas con su historiografía de corte liberal —Mitre, por lo demás, está directamente involucrado en el episodio, haciendo aquí de juez y parte—, además de conducirnos al segundo ejemplo de “novedad” comunicacional que embiste contra la unidad-nacional popular y la disgrega: el candente asunto de Venezuela. Y resulta que, gracias a los medios de difusión, estamos todos los argentinos hoy enfrentándonos para imponer una opinión sobre qué debemos hacer con Venezuela. Véase bien: qué hay que hacer con Venezuela. Estamos discutiendo una solución para un país soberano que no es el nuestro y estamos ponderando la posibilidad de intervenir a instancias de un tercero —los Estados Unidos— en ese país para resolver problemas del pueblo-nación venezolano. Lo que estamos haciendo es reeditar la guerra de la Triple Alianza, en la que fuimos a “resolver los problemas” del pueblo-nación paraguayo porque la superpotencia imperialista de la época —Inglaterra— decidió que el Paraguay estaba sometido a una tiranía y eso tenía que cambiar

Moneda conmemorativa del Paraguay en homenaje al mariscal Francisco Solano López, prócer superlativo de la Patria Grande latinoamericana.

En su artículo titulado Defensa retrospectiva de una coima de un millón de libras, Raúl Scalabrini Ortiz nos muestra cómo una alianza de cipayos, fratricidas, ladrones y piratas fue organizada por el gobierno inglés para destruir al país latinoamericano que había llegado Moneda conmemorativa del Paraguay en homenaje al mariscal Francisco Solano López, prócer superlativo de la Patria Grande latinoamericana a industrializarse en plena revolución industrial de Europa:

“(…) En las luchas entre hermanos hay siempre un tercero que las atiza y las aprovecha. Allá por los años 1860 el Paraguay era la nación más próspera, adelantada y progresista de todo el continente sudamericano. Sin pedir prestado un solo centavo al extranjero, con sus recursos propios, había construido el primer ferrocarril que se tendió en Latinoamérica, el primer telégrafo, la primera fábrica de armas digna de ese nombre y los primeros —y hasta hace poco los únicos— altos hornos erigidos en esta parte del mundo. Construía sus propios barcos en sus propios astilleros, sus telas y sus calzados. Había realizado el prodigio con operaciones muy sencillas. Traía su yerba y sus cueros hasta el puerto de Buenos Aires, los vendía y con el oro adquiría en Europa los materiales que necesitaba y contrataba los técnicos que le hacían falta. Nada más simple, honrado y aparentemente más merecedor de elogios. Pero la existencia del Paraguay, su prosperidad y progreso eran un pernicioso ejemplo para todo el continente que podía aprender la manera de crear capitales propios con los frutos de su trabajo, y de progresar sin necesidad de enfeudarse al extranjero. Con su simple ejemplo, el Paraguay impedía el amplio desarrollo de esa técnica de dominación invisible que mucho más tarde se denominaría como imperialismo económico. Para que la política de endeudamiento y de reverencia al capital extranjero —que traía el único progreso posible, según se diría después— no fuese constantemente desmentida, era ineludible eliminar el modelo paraguayo y borrarlo de la memoria de los pueblos. La diplomacia inglesa tramó pacientemente, en secreto, quizá la más monstruosa e injustificada coalición de fuerzas de la vida civilizada contemporánea. Tras cinco años de lucha, durante la cual la población paraguaya se redujo a la mitad, las tropas aliadas entraron en Asunción. Lo primero que hicieron fue dinamitar los altos hornos. Hasta hace diez años, casi un siglo después, no volverían a erigirse otros en toda la América Latina. Después impusieron un gobierno doblegado y sumiso que contrajo en Londres una deuda de tres millones de libras esterlinas, de las cuales no llegó al Paraguay ni un solo maravedí, según lo ha investigado y denunciado el expresidente de ese país, Natalicio González. Luego transfirió el ferrocarril a una compañía establecida en Londres. Se adjudicaron inmensas extensiones de tierra a compañías extranjeras para que talaran sus montes. La población se componía casi exclusivamente de mujeres. Los hombres habían muerto defendiendo su solar, su auténtico progreso y su forma de vida.

“El Paraguay no podía servir Bartolomé Mitre, animador de la triple infamia y luego el encargado, con su Diario La Nación y el monopolio de la historiografía, de contarla toda al revés de ejemplo sino de una de las mayores canalladas de la historia.

“Destruida la cohesión nacional, en que todos los intereses hallan mutua defensa, arrasadas las industrias, copados por los extranjeros los centros de información y de dominio, el campo de la iniciativa quedó reducido para los paraguayos tanto como lo estaba el suyo para los argentinos. Podían ser hacheros, labradores, peones, empleados, pequeños comerciantes. Algunos pocos, los más cínicos, actuaron de representantes de la voluntad extranjera y fueron los encargados de cuidar el orden, hacer producir frutos que dieran un rédito a los capitales invertidos y convencer a sus conciudadanos de los méritos del capital extranjero. El desaliento transformó a los paraguayos que se volvieron tan ociosos como los antiguos ingleses y por las mismas causas. Adam Smith dice: ‘Los antiguos ingleses eran ociosos por falta de fomento para la industria: para no ganar, mejor es jugar que trabajar, rezaba un antiguo proverbio’.


En nuestra obra Los cracks de lo nacional-popular, en la que publicamos este extracto, hacemos el análisis del relato de Scalabrini Ortiz para concluir que el modus operandi del imperialismo económico no ha variado jamás desde que Mitre, los golpistas uruguayos y la monarquía de Brasil destruyeron al país que en nuestra región iba a marcar el camino de la liberación y la revolución general los pueblos de América Latina.

Bartolomé Mitre, animador de la triple infamia y luego el encargado, con su Diario La Nación y el monopolio de la historiografía, de contarla toda al revés.

Para entender esto y ponernos en contexto de lo que pretenden hacer hoy en Venezuela y mañana en cualquiera de nuestros países, si es que alguno se atreve a levantar cabeza más tarde, es preciso hacer abstracción del Paraguay actual, el que todos conocemos de alguna manera. El Paraguay que vamos a descubrir antes del genocidio y del fratricidio americanos no tiene nada que ver con eso y, diríamos, parecería no tratarse del mismo país. Toda esta preparación es necesaria para decir esto, que para el sentido común adoctrinado por la historiografía de Mitre es una barbaridad: el país de Francisco Solano López estaba a punto de ser una potencia industrial regional, es decir, lo que solemos denominar como “de primer mundo”. Y no, Solano López no era, ni mucho menos, el tirano que les pintan a los chicos en los manuales escolares y a los grandes en la “tribuna de doctrina”, que son todas publicaciones escritas por la “intelligentzia” cipaya y demás capataces asociados. De hecho, el Diario La Nación, cuyo lema informa que “será una tribuna de doctrina”, no es el único medio de difusión del poder que ha azonzado a las generaciones con el mito del “tirano” Solano López. Prácticamente todos los medios hicieron lo mismo y, si bien en los últimos años el tono ha bajado considerablemente, durante las décadas de 1980 y 1990 —de las que tenemos memoria— era imposible encontrar el nombre de Solano López sin que el propio viniera acompañado de los adjetivos “tirano”, “déspota”, “dictador”, etc. El fundador del Diario La Nación, como se sabe, fue Bartolomé Mitre, el entusiasta e iniciador del genocidio en la parte que le toca a Argentina en —ahora sí— la cuádruple alianza con Brasil, Uruguay y, lógicamente, Inglaterra.

Scalabrini Ortiz informa en el fragmento de Defensa retrospectiva de una coima de un millón de libras aquí presentado que el Paraguay tuvo el primer ferrocarril y el primer telégrafo de América Latina, cuando esas tecnologías en nuestros pagos estaban más para ciencia ficción; tenía fábrica de armamentos propia y altos hornos, por lo que también tenía siderurgia, o sea, industria pesada apta para la construcción de máquinas. El país hacía sus propios barcos en astilleros también propios, pero también fabricaba los bienes de consumo necesarios para abastecer el mercado interno: ropa, calzados, alimentos, etc. Todo, el Paraguay lo tenía todo y lo tenía —acá va a empezar a jorobar en serio el “tirano” Solano López— sin la necesidad de pedir préstamos en el extranjero. Por lo tanto, el Paraguay era un problema. No para los paraguayos, desde luego, que estaban chochos con su “déspota sangriento”. El Paraguay era un problema para el imperialismo en general y para Gran Bretaña en particular, principalmente por las siguientes razones (que no excluyen otras tantas):

  1. Al tener industria propia, el Paraguay no necesitaba importar bienes de consumo desde otros países industrializados que, justamente por serlo, buscaban exportar su producción para continuar vendiendo y seguir con sus propias revoluciones industriales;
  2. Como tenía industria propia, procesaba y le daba valor agregado a la materia prima de su país en el mismo el país, no la exportaba/regalaba en crudo. Y los países industrializados necesitaban esa materia prima en crudo, como veíamos, para continuar con la producción en sus propias revoluciones industriales;
  3. El primer resultado de los puntos 1 y 2 es el excedente de manufactura, que únicamente sirve para ser exportado. El Paraguay entraba a jugar en primera, a competir en los mercados de productos industrializados con las potencias mundiales del momento;
  4. El segundo resultado es que los paraguayos iban a necesitar cada vez más materia prima, a medida que se desarrollara su industria. Al escasear la materia prima propia, tendrían que salir a comprarla, lo que haría subir los precios en el mercado internacional de commodities;
  5. Los paraguayos, insolentes, no pedían préstamos en el extranjero y, naturalmente, no se endeudaban. Al no endeudarse, no se sometían a la tutela de los países acreedores (que eran justo los industrializados, oh, casualidad); tenían soberanía política e independencia económica efectivas, y así podían hacer lo que querían, es decir, hacer lo descrito en los puntos 1, 2, 3 y 4 anteriores;
  6. Al tener soberanía política e independencia económica efectivas, y al poder así hacer lo que quería, el Paraguay hacía también justicia social efectiva, por lo que el pueblo paraguayo gozaba de un nivel de vida desconocido para los pueblos de muchos países industrializados de Europa occidental. El “tirano” Solano López no era capitalista y no hallaba muy gracioso el capitalismo salvaje que se practicaba, por ejemplo, en Inglaterra, donde las jornadas laborales eran extenuantes y hasta los niños tenían que trabajar. En realidad, entre un adulto y una criatura, el capitalista inglés optaba siempre por esta última, porque demandaba salarios/jornales mucho más bajos y tenía manos pequeñas, que son ideales para meterlas en los engranajes de las máquinas y quedar mutiladas de por vida.
Retrato del Mariscal Francisco Solano López.

Ahora bien, el Paraguay era entonces un país relativamente pequeño (hoy lo es absolutamente, gracias al aporte “humanitario” de la cuádruple alianza de ladrones, genocidas, fratricidas y oportunistas) y no representaba en sí mismo una amenaza significativa a la revolución industrial de Occidente. Gran Bretaña, por ejemplo, podía zafar muy bien con la mitad del mundo que tenía bajo su bota colonial. No faltarían los proveedores de materia prima, los mercados consumidores de productos manufacturados ni los tontos dispuestos a tomar empréstitos, endeudarse sin límites y rifar la propia soberanía, para tener que seguir proveyendo materia prima barata, comprando manufacturas caras y tomando más préstamos para pagarlas… y así hasta el infinito. Sí, Gran Bretaña podía arreglárselas muy bien si los paraguayos se iban del juego. Entonces la pregunta es: ¿Con qué necesidad los británicos hicieron destruir un pueblo-nación, financiando la alianza de los cipayos de Brasil, Argentina y Uruguay?

Porque un país con independencia económica, soberanía política y justicia social efectivas, por más pequeño que sea ese país, es un mal ejemplo para los demás condenados de la tierra. Y por fin llegamos a ver lo que anunciábamos al comienzo, esto es, el proyecto que el imperialismo tiene escondido bajo la manga para resolver el “problema” de cualquier pueblo-nación que se atreva a ser soberano, que se anime a prescindir de las fantasías “institucionales” y “republicanas” que Scalabrini Ortiz nos describe brillantemente en la exposición de su tesis sobre el imperialismo económico. Ese proyecto es muerte y destrucción, y ahí está el Paraguay como botón de muestra: el saldo del genocidio y el fratricidio de la cuádruple alianza fue la muerte del 60% de su población total (el 90% de los varones, que eran la única población económicamente activa de entonces); ferrocarril, telégrafo, altos hornos e industria destruidos o apropiados por capitales ingleses; producción agrícola sometida al control de testaferros brasileños, estos al servicio de inversionistas también ingleses; reparaciones de guerra impagables, por las que los paraguayos entraron al fin — como deseaba el imperialismo— en un ciclo de endeudamiento infinito, y otra vez, con bancos ingleses; importantes pérdidas territoriales a manos de Brasil y Argentina. En una palabra, el Paraguay murió, la nación paraguaya murió al ser asesinado y desposeído el pueblo paraguayo. Como entelequia “republicana” e “institucional” el país Paraguay sigue ahí: es el cuarto más pobre de América Latina, el más pobre de Sudamérica y uno de los más pobres del mundo. De su soberanía política, independencia económica y justicia social de potencia industrial regional solo quedó un fantasma, para escarnio de sus vecinos que lo tienen ahí, como un mercado de contrabando, drogas, automóviles robados, timba y prostitución.

Ahí está el Paraguay como ejemplo claro de lo que la potencia imperialista de nuestros días quiere hacer en Venezuela y ahí, en esa verdad a gritos que no vemos por no tener el correlato nacional-popular ordenador de la cosmovisión para filtrar la información que nos llega en avalancha desde los medios, está la muerte de nosotros mismos en el mediano y en el largo plazo. Lo que no vemos cuando leemos los titulares que dan cuenta de un “Nicolás Maduro dictador” es que con ese mismo cuento pintaron la figura de Solano López para que nos dispusiéramos a discutir en Argentina, en Brasil y en Uruguay los “problemas” del pueblo-nación paraguayo hasta generar el consenso social necesario para que los gobiernos de esos países se lanzaran a la locura fratricida contra el hermano paraguayo La “Alianza del Pacífico”, aun con el cesado Peña Nieto. Los otros tres, Chile, Perú y Colombia forman en el Grupo de Lima, que se creó para presionar a Venezuela para resultar en otro tipo de alianza, una más parecida a la del genocidio en Paraguay y para que en Londres puedan obtener lo que querían.

Y hay más: nos hacen discutir problemas que claramente no son los nuestros, puesto que Venezuela es un país soberano y ninguno de nosotros vota ni paga los impuestos allí, para agitar la guerra y que nos manchemos nosotros de sangre, porque el yanqui no quiere venir a hacerlo, pero además utilizan el asunto para torcer la voluntad de los pueblos aquí nomás. Al enfrentar a los argentinos en una grieta sobre qué hay que hacer con Venezuela, los unos gritan que invasión, que guerra, que tirarles una bomba nuclear al “tirano” y listo, mientras que los otros dicen que es todo mentira y que en Venezuela no hay problemas. Pero la respuesta no es la una ni la otra, sino una mucho más sencilla: no nos incumbe. Si en Venezuela hubiera inestabilidad política, cabría únicamente a los venezolanos resolverlo y es eso lo que precisamente vienen haciendo en los últimos 20 años, en los que el pueblo-nación venezolano fue a las urnas más veces que cualquier otro pueblo del mundo, ha logrado una nueva constitución, se ha empoderado en el manejo de sus propios recursos naturales y humanos, lo ha hecho todo. Todo en el sentido de resolver sus problemas en un proceso de poco más de dos décadas, lo que en sí es un instante en el contexto histórico. Lo que nos hacen pensar es que, si el proceso político en Venezuela presenta problemas, debemos ir nosotros a invadirlos, matar y morir entre hermanos, para llevarles una “solución” que ellos no tienen y nosotros tampoco. Y, mientras eso no pasa, que nos sigamos dividiendo por opiniones en un asunto que no nos atañe, por puro vicio nomás.

Viñeta paraguaya simbolizando el atropello de la justicia que significó la guerra fratricida que llevaron a cabo la monarquía absoluta de Brasil, los golpistas de Uruguay y Bartolomé Mitre, que no necesita epítetos.

Es la repetición de los métodos utilizados en la historia para que resolvamos entre americanos diferencias que no son nuestras y a los tiros, con la finalidad de proteger los intereses de otros. Pero Scalabrini Ortiz, en un artículo de 1957 titulado justamente Palabras para comenzar a entendernos —lo que en sí es bastante profético respecto a nuestra actual coyuntura—, habla de defender la patria y explica en qué consiste esa defensa aludiendo al clásico lema del Club Tiro Federal: “Aquí se aprende a defender la patria”, es decir, a los tiros.

“(…) Pero la patria no es simplemente un suelo extendido en la topografía de valles, llanuras y montañas. La patria es una fraternidad sostenida por tradiciones que son como la memoria colectiva de los pueblos y por ideales nacionales en que se funden y sobreviven los perecederos ideales de los ciudadanos aislados. Pero es también una especie de sociedad comercial sui generis, cuyos miembros están entrelazados —a veces contra su voluntad— por vínculos económicos indisolubles. Dentro de esa sociedad comercial hay grandes diferencias, injusticias y privilegios, pero lo que cada uno tenga dependerá en gran parte de la prosperidad o del empobrecimiento del conjunto social”.

La “Alianza del Pacífico”, aun con el cesado Peña Nieto. Los otros tres, Chile, Perú y Colombia forman en el Grupo de Lima, que se creó para presionar a Venezuela para resultar en otro tipo de alianza, una más parecida a la del genocidio en Paraguay

Y luego de explicar cómo la patria es mucho más que solo un territorio al que se defiende a los tiros, Scalabrini Ortiz nos enseña a las generaciones posteriores que la comprensión de los mecanismos y métodos del imperialismo económico es la mejor garantía de que sepamos siempre qué hay por detrás de las consignas de “democracia” y “libertad” que las potencias económicas siempre nos quisieron exportar e intentan ahora mismo imponer en Venezuela, como hicieron en Paraguay en el siglo XIX. Dice Scalabrini, acuñando su inmortal expresión:

“Para defender el suelo de la patria, usted necesita saber manejar el fusil de guerra. Para defender su riqueza —en que está comprendido su bienestar— usted necesita instruirse en la técnica de esa explotación que en la jerga contemporánea se denomina imperialismo económico, en que todas las palabras se usan al revés. En ese sentido de humilde didáctica, esta recopilación trata de ilustrar lo para que colabore usted con su conciencia de ciudadano y por eso también ‘aquí se aprende a defender la patria’.

El bravo pueblo de Venezuela, que lucha por su soberanía y liberación definitivas frente al chantaje de otros latinoamericanos fieles a la tradición cipaya y cobarde de los Mitre, los Venancio Flores y los Pedro II, monarca de Brasil.

“Si en la lectura de estas notas tropieza el lector con alguna dificultad de compren- sión, acháquelo a mis defectos de expositor. Estos asuntos de economía y finanzas son tan simples que están al alcance de cualquier niño. Sólo requieren saber sumar y restar. Cuando usted no entiende una cosa, pregunte hasta que la entienda. Si no la entiende es que están tratando de robarlo. Cuando usted entienda eso, ya habrá aprendido a defender la patria en el orden inmaterial de los conceptos económicos y financieros”.

Fachada del genérico Club Tiro Federal, donde se aprende a defender la patria a los tiros. Nada de eso pudo habérsele escapado al ojo crítico de Raúl Scalabrini Ortiz, el patriota que propuso una manera entonces novedosa y más eficiente para defender la patria: la que lucha en el orden inmaterial de los conceptos financieros y económicos.

El elefante está en calle Florida y es un escándalo. Mediante la avalancha de información sin un correlato coherente los medios de difusión intentan copar la escena, llenándola de elefantes para que no se note que algo anda mal y es por eso que las ideas de Raúl Scalabrini Ortiz están más vigentes que nunca: ha llegado la hora de los nacionalismos populares y de defender la patria. Eso implica de- fenderla en el orden inmaterial de los conceptos económicos y financieros, lo que incluye desde luego comprender que la guerra imperialista contra el Paraguay fue por razones económicas, que la guerra imperialista que pretenden llevar a Venezuela también lo es y que, finalmente, todas esas son amenazas a la unidad nacional-popular que es el sinónimo necesario de la patria, es la materialización de ella. Cuando el atento lector logre hacer la relación de los conceptos de Scalabrini Ortiz y sepa verlos claramente en la actual coyuntura y en todas coyunturas, ahí sabrá defender la patria efectivamente. Lo que los pueblos necesitamos para entrar al nuevo orden mundial con soberanía, independencia y justicia es un correlato que nos ordene la realidad, más allá de cualquier coyuntura y aplicable a todas. Si eso pasa y logramos revivir a Scalabrini Ortiz en esa comprensión, sabremos ver y también sabremos correr de calle Florida al elefante que nos quieren ocultar. Scalabrini Ortiz tiene la síntesis de todo lo que necesitamos y aquí, en dicha síntesis, aquí se aprende realmente a defender la patria, que es lo que se viene de aquí en más.

(Por Erico Valadares)