Hace unos años en un curso que hice sobre gestión cultural con Pablo Montiel y Bruno Maccari, y en un momento dijeron algo que me dejó pensando:

“En Buenos Aires hay talleres de formación para lo que quieras. Talleres de guitarra, de actuación, de canto, de trombón… lo único que no hay es un taller de formación de audiencia.”

El tema me quedó dando vuelta. Uno escucha música y divide al mundo en dos grandes grupos: la música que me gusta y la que no me gusta. Uno tiene una discoteca, ha juntado discos durante años. ¿Quién me formó? ¿Quién modeló mis gustos? ¿Qué me llevó a mí a tener la discografía de los Beatles, discos de Miles Davies, de The Doors, de Pink Floyd? ¿Qué es lo que hace que un artista como Roger Waters venga a la Argentina y llene un estadio de audiencia no sólo dispuesto a escucharlo, sino que conoce todas sus canciones?

La respuesta a estas preguntas es la misma y también cierra la idea. Si bien no existen los talleres de formación de audiencias, las audiencias y los gustos de esas potenciales audiencias las forman los medios de comunicación.

Sabemos que los medios hegemónicos desinforman. Todo lo que se transmite es un recorte: qué noticias se dan y qué noticias se omiten.

Este mismo mecanismo funciona con la divulgación cultural. Los medios definen qué música escucho y qué música no escucho. ¿Y con qué criterio se realiza ese recorte? Cómo todo dentro del sistema capitalista, se define comercialmente: Suena la música que paga. Y la música que paga es la música de las discográficas multinacionales. O sea, nuestro “gusto” lo moldea el mercado. Así uno no tarda en comprender que hay música que no es que a uno no le guste, sino que simplemente es música que uno no conoce.

Es así que toda la música anglosajona de la década del 60 para acá es significativa e importante para nosotros. Escuchar Aspen nos garantiza escuchar música que no sólo conocemos, sino que son temas relacionados a nuestra vida, a nuestra adolescencia. Música ligada a recuerdos.

Lo preocupante es que toda esa información implica el desconocimiento de mucha otra música, básicamente música nacional.

Cualquiera de nosotros conoce muchos más temas de los Beatles o de los Rolling Stones que de Atahualpa Yupanqui o del Cuchi Leguizamón. Cualquiera sabe cuáles son las diferencias entre un rock y un blues, entre el soul y el funk, pero no sabe reconocer un chamamé de una chamarrita o una zamba de una cueca.

Todos somos víctimas de la dominación cultural. ¿Se puede hacer algo para evitar esto?

Desde lo personal, uno puede procurar tomarse el trabajo de buscar las otras músicas, y prestarle atención. Desde lo político, desde las políticas culturales se puede hacer mucho más que eso.

De hecho, la muy peleada Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (mal llamada “Ley de Medios”) establece la obligatoriedad de programar un 30% de música nacional (el 50% de la cual debe ser independiente). Es decir, de cada 100 temas que suenan, 30 deberían ser nacionales y 15 de estos no deberían ser editados por discográficas. Pero sabemos que esa ley ha sido derogada parcialmente y nadie se ocupa de cubrir esa cuota. Nadie. Ni siquiera las radios alternativas. Ni siquiera nosotros, que tanto peleamos por esa ley.

Agreguemos como dato histórico que la disputa por la cuota de música nacional en los medios de difusión no es nueva. Ya en 1950 Juan Domingo Perón dicta el Decreto 33.771/50 (B.O. 20/01/50) para la difusión obligatoria de un 50% de música nacional y, en su tercer mandato, Perón sube la apuesta: en 1974 amplía el porcentaje al 75% mediante el decreto 1085/74 (B.O.16/10/74).

¿Qué música suena en nuestras radios?

Lo notable es que las radios alternativas —me refiero a esas radios que no son del multimedio, ni son radios comerciales— son radios opositoras al gobierno neoliberal y lo dicen con todas las letras. Radios que periodísticamente se la juegan y cuentan lo que los medios hegemónicos ocultan. Radios que resisten los embates económicos, donde muchas se sostienen a pura militancia. Radios donde todos tienen una mirada política clara, donde todos pertenecen al campo nacional y popular. Si embargo, ninguna tiene presente el 30% de música nacional al momento de musicalizar. Y que quede claro, que ese cupo es de mínima, no dice que no pueda pasarse el 75%.

¿Por qué sucede esto? Es bastante lógico: quienes musicalizan ponen la música que “les gusta”. Y ese gusto fue moldeado por las discográficas multinacionales. No conocen la cantidad de artistas que hay hoy tocando géneros nacionales y populares, que han grabado discos, que hacen sus recitales en locales (tal vez no muy alejados de la radio) a los que les cuesta llevar público. Porque nadie los conoce. Porque nadie los pasa.

Infinidad de veces me pasa de poner una radio alternativa (puede ser Radio Caput, puede ser El Destape Radio o La Imposible (y ni hablemos de FutuRöck, que hasta lleva al género anglosajón como identificación “generacional”). También sucede en Radio del Plata, que si bien no es técnicamente una radio alternativa, sí es una radio de la oposición al neoliberalismo. Siempre el mismo panorama: después de escuchar a un periodista hablando con lucidez sobre la interna peronista, sobre la realidad sindical o sobre los presos políticos, al momento de musicalizar se convierte en “DJ Falkland” y pone un tema de Oasis, de Leonard Cohen o de Janis Joplin. Incluso pueden hacer efemérides del casamiento de John/Yoko, pueden pasar un rato hablando, contando anécdotas de la vida de estos artistas tan alejados de toda nuestra realidad, sin percibir el salto de surco entre el aspecto periodístico/ideológico y el cultural/musical.

La batalla es cultural, vos también rompé el cerco

Es fundamental plantear este debate. Hacernos cargo de que muchos músicos argentinos carecen de difusión, ignorados por el aparato aplastante de difusión musical de los medios hegemónicos. Músicos que son, en muchos casos, escuchas de esas radios alternativas que eligen difundir la música de las multinacionales ad honorem.

Hay músicos independientes y también hay sellos pequeños, casi artesanales, que deciden editar música nacional de calidad. También hay artistas que fueron editados por alguno de los grandes sellos, pero que lo “cajonean” y tampoco suenan.

El listado de artistas es gigante: tango y folklore en todas sus ramas, ortodoxos o fusionados con jazz o con rock, con instrumentos tradicionales o eléctricos, cantados o instrumentales. Intérpretes de grandes autores y compositores de nuestro legado cultural, y también de material propio, con poesía, con letras que hablan de nuestra realidad.

También entender que cuando hablamos de la Unidad Latinoamericana debemos unirnos culturalmente. No puede ser que sepamos tanto del rock inglés o yanqui y no conozcamos nada o muy poco de la música del resto de Latinoamérica. Y cuando hablo de música de Latinoamérica no me refiero a los grandes éxitos hiperdifundidos. Y desde luego no a las bandas de rock latinas, que hasta tienen su propio canal de televisión. Es conocer los ritmos, es conocer la poesía de los artistas populares de nuestra América.

El compromiso de los medios alternativos, cuando se dice “vos también rompé el cerco mediático”, es comprender que no se trata sólo de la información periodística, sino de toda la información. Y esa información incluye lo cultural. Es imprescindible romper el cerco mediático cultural.

Cierro con un verso de una canción de un grupo que muchos no conocen, justamente, porque es invisibilizado en todos los medios. Los hegemónicos y los alternativos. El grupo Mano a Mano en el tema Milonga a mi generación, compuesto por Federico Cáceres.

“Qué patria van a liberar
si no conocen ni una sola zamba
Ningún pájaro se libera
con el canto del que lo enjaula”.

*Conrado Geiger
Conductor de Radio Caput y La Imposible